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lunes, 4 de noviembre de 2019
Barcelona 1912: el caso Enriqueta Martí en Excodra
Esta pasada Semana la revista Excodra tuvo a bien reseñar Barcelona 1912: el caso Enriqueta Martí. Puedes leerlo aquí
lunes, 22 de junio de 2015
Vídeos de la antipresentación de El teclado en el Chinobar
El pasado viernes presenté en el chinobar de Gracia mi obra de teatro El teclado. Me acompañó Federico Fernández Giordano y conseguimos nuesro objetivo de generar una antipresentación cercana que rehuyera la solemnidad que suele marcar estos actos. Puedes ver un poquito de la charla en los enlaces.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Sólo quería hablar del caballo de Fuseli, Revista Excodra
Sólo quería hablar del caballo de Fuseli, por Jordi Corominas i Julián
Desde hace una temporada noto que sólo recuerdo mis sueños cuándo estoy fuera de Barcelona. Si viajo y procedo al rito de abrazarme con Morfeo tengo experiencias oníricas maravillosas, y lo mismo sucede si decido emigrar al pueblo durante unos días. La calma rural aporta sosiego a las sinapsis, que se recrean en mil aventuras imposibles de retener en la urbe, enemiga de esas fantasías inconscientes, ceremonias invisibles de pasaje que solemos desaprovechar pese a la idea primigenia e infantil de su magia, maravilla que, tras el despertar, suele evaporarse en pocos minutos.
Hay una anécdota poco conocida de Federico Fellini. El gran director transalpino dibujó durante decenios sus trances en la cama. Abría los ojos por la mañana y corría hacia su cuaderno para inmortalizar esos viajes libres que nos depara la noche. Esa actividad dio rienda suelta a un imaginario único, y fue así por desterrar la pereza del diván donde solemos activarnos con cafés y algo de comida. El artista de Amarcord optaba por lo mismo, pero antes, como un buen peón de sí mismo, ajustaba cuentas con la luna entre lápices, pinceles en un diario quizá más importante porque mostraba las consecuencias de la jornada.
Al soñar penetramos en la senda de la conclusión diaria, un resumen de sensaciones, encontronazos, placeres y deseos que nadie nos puede quitar. La acción felliniana es como un conjuro que desafía la amnesia y anula las fronteras entre la realidad y su idóneo lapso de ocho horas entre sábanas y oscuridad.
Hay una interesante paradoja en esta cuestión, muy elemental, si quieren. Al dejar fluir el río onírico permanecemos estáticos mientras la mente nos mueve a lugares, situaciones y vivencias que están clausuradas en nuestra caja de pensamiento. Sin caminar damos con la tecla de un avance supersónico que nos transporta a enclaves que pisamos sin gastar la suela de los zapatos.
Hace tiempo que no se repite en mi testa, pero, como todo el mundo, tengo alguna que otra quimera redundante mientras me aposento en el lado bueno del lecho después de contar ovejas y dejar que la radio se apague a los cincuenta y nueve minutos. Estoy en París, en una de sus suntuosas estaciones decimonónicas. Miro los marcadores con los horarios, noto el bullicio de sudor humano intercalándose entre mis angustias y, de repente, opto por una salida digna, analizo las cuadrículas pétreas que generan esquinas y balanceo mi cuerpo para enfilar una que abre un ángulo hacia lo desconocido y sin comerlo ni beberlo la distancia entre la ciudad de la luz y Roma se ha reducido a menos que nada. Llego a la Urbe y me reciben unos amigos con un descapotable al lado del río, con sus árboles en pleno flirteo con el viento. Dejamos atrás el Lungotevere y los semáforos nos ayudan a alcanzar mi meta, mi antiguo hogar, donde los vecinos, apostados en mugrientos balcones de polución y periferia, me saludan entusiastas.
Los sueños están compuestos de lo imprevisible, ahí radica parte de su gracia. Tanto puedes aterrizar en una villa holandesa y deambular desnudo como hacerlo por una barriada de Barcelona donde la gente se ríe de ti. En el caso neerlandés recuerdo que el pueblito era espectacular, casi como una pintura de la edad de oro de los Países Bajos. Lucía el sol, circulaba en cueros y mis semejantes me ignoraban hasta que subí a una casita de esas que parecen de cuento y me acogió la hija joven de la familia. Nos encerramos en una habitación e hicimos el amor hasta que su madre irrumpió y nos expulsó a la calle. Éramos Adán y Eva sumidos en el desprecio ajeno. La chica, de piernas torneadas y curvas que ni las del Garraf, clamaba al cielo por un poco de atención, algo que llegó cuando, harto de la situación, me dirigí a una pareja que respondió con mutismo a mis súplicas de reconocimiento en cueros.
Lo erótico juega con el trauma más que ninguna otra efeméride del ritual de conciliar lo palpable con lo volátil. Desde la cópula con la profesora en el instituto hasta el polvo con una turbadora desconocida, el horizonte está repleto de matices carnales que no solemos comprender a la primera y que a buen seguro harán las delicias a Freud en su sofá del infierno, donde ríe a carcajada limpísima por su revolución que ahora está de moda despreciar, como si antes de Viena tuviéramos la libertad actual en lo de escarbar en nuestro interior. El psicoanalista se casó con la máxima délfica.
Abrí los ojos. Lo hago ahora. No suelo practicar el noble deporte hispano de la siesta, y por lo tanto no sé muy bien cómo sabe Oniria en ese plácido interludio de media tarde. A falta de pan buenas son tortas. Cada uno de nosotros suele escoger sus distracciones en función de unos intereses bastante relacionados con la ilusión de una brújula que nos propulse a un paraíso utópico que en mi caso se halla en partículas cotidianas que reordeno mientras mis ojos captan la realidad hasta estrujarla desde una óptica positiva. Siempre he pensado que las personas somos aburridas porque damos todo por hecho. Nos conmovemos escasamente con lo que nos rodea, y es una lástima, porque eso sólo demuestra nuestra sedación desde lo pedagógico, como si ya fuéramos incapaces de aprehender varitas en lluvia, sonrisas, esquinas y pequeñas migas del camino, repleto de una fábula que se escribe simultáneamente en cualquier rincón del Planeta. Al resignarnos a unas coordenadas fijas levantamos la bandera blanca, factor agravado en lo cultural por un seguidismo a formas tradicionales que con ligeros retoques quieren presumir de vanguardismo. Las nubes cubren el cielo y la pesadilla derriba cimientos para refundar una perpetua mediocridad.
A nivel literario los sueños pueden medir la obsesión por el proceso creativo. En verano de 2005 preparaba mi segunda novela en catalán, Colors. La trama transcurría en un enclave utópico con centro en un paseo rodeado de árboles y masías. Procedía a reposar y mis neuronas ejecutaban una sinfonía que completaba la redacción diurna. Veía personajes, enclaves y hasta mejoraba con leves bríos lo concebido en las horas laborales. El texto contenía abundantes dosis de delirio, lo que sin duda influyó en la extensión de su machaconería en el asueto de la vigilia de los pajaritos y sus trinos, alarmas naturales que no han retirado el sonido pese a la tecnología.
Quería terminar mi reflexión con una deriva hacia lo que anhelamos en el futuro. Escribo estas palabras refugiándome en la actitud de mis abuelos. Aún no se han abierto las urnas en Cataluña y noto una profunda desazón por la inminencia de un resultado vendido por un oportunista como un sueño barnizado de banderas que escurren el bulto de recortes y un porvenir de penuria. Esta derrota de la razón huele un poco a Europa en los años treinta del siglo pasado, época trágica que evitaremos juntando fuerzas, y eso sí que es un sueño auténtico, el de andar juntos para mejorar la sociedad. A veces, sobre todo en medio de crisis tan turbulentas como la que padecemos, lo mejor es darse la mano y aparcar en un ángulo tanta codicia y ego para ir más allá y recoger el testigo de la comunidad, divisa sin colores que debería inundar el panorama de la justicia.
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viernes, 30 de marzo de 2012
Adrenalina en el especial erótico de la Revista Excodra
Adrenalina, por Jordi Corominas i Julián
Me pide Excodra, que no es ningún extraño programa informático, que escriba sobre lo erótico, y ello ya de por sí implica un posicionamiento. Podría salir del paso con un relato medio subido de tono y repleto de situaciones morbosas. La última palabra saca un detalle de mi apreciación del fenómeno, pero no define lo que verdaderamente concibo como tal, sólo apunta un matiz del conjunto.
Al meditar sobre el tema me descubro impregnado de literatura. Dicen que los poetas escriben de amor, y la modernidad les ha dado la opción de prescindir de metáforas para describir las sensaciones que les transmite el cuerpo deseado. Bien, esto es así, no lo negaremos. Mi problema personal parte de una profunda negatividad de forma y concepto. No suelen gustarme, tampoco en narrativa, las cursilerías que empapan un texto hasta el pastel. Lo lógico sería hablar del gran motivo universal, olvídense de flechazos y Cupidos, con palabras descarnadas, y eso emplean muchos supuestos valientes que al no medir el ritmo y la atmosfera anulan nuestro objeto de reflexión, que deviene sexo puro y duro, siempre salvaje, raramente suave o tierno, como si tales adjetivos estuvieran reservados a las reinas de la novela rosa.
Reflejar el deseo y preguntarse los motivos que lo activan. Eso es erotismo. Vayamos por partes. Baudelaire tenía razón con A une passante. La modernidad y el nuevo espacio urbano invirtieron nuestra concepción del tiempo. La velocidad tomó los mandos de la nave y dobló su apuesta. Si hiciéramos una encuesta algunos de los participantes confesarían su fijación por fantasías bucólicas en la soledad de lo rural, con una muchacha recostada en un árbol mientras los pájaros silban dulces melodías. He imaginado un cuadro decimonónico y luego mis neuronas han concretado el paso con Scarlett Johanson mojada en la campiña británica en Match Point. Lo arcaico de la soledad et in Arcadia ego y la acústica del silencio, que en lo carnal adquiere otra dimensión en Venecia, tienen su encanto. Es una lástima que anuncios de mantequilla y musas de la repostería hayan ridiculizado esa imagen.
Me decanto por la progresión de Las flores del mal. Su continuidad radica en que la aceleración ha adquirido tonos milimétricos. La abundancia es la mejor aliada del detalle. Mi poética es esencialmente urbana, y buena parte de culpa tiene mi obsesión por pasear y sorprenderme con pequeñeces que no había captado con anterioridad. Las casas regalan joyas inéditas que llegan porque debemos masticar mucho para engullir la comida y saborearla en su justa medida. Miramos demasiado poco hacia arriba y nos han inculcado el piñón fijo, lo que perjudica la maravilla de tener ojos fotográficos. Camino sin música, ya la crea el ambiente, y con los seres humanos que circulan por las avenidas. Son relámpagos de si te he visto no me he acuerdo, peones en el tablero, infinitos lienzos en un segundo, y en cada uno de ellos hay un eco que en función de su procedencia potenciará lo erótico.
Las piernas de una chica en un bar del Paseo del Born, años atrás, en un reloj borroso. Una tarde de deambular rescatada del olvido por una formidable minucia. Llevaba un vestido blanco y puede que fuera morena con flequillo. Lo ignoro. Lo trascendente fueron las piernas, y hasta puede que una ventana tapara el resto del cuerpo. Las piernas o una sonrisa. Añadan un contoneo. Hay magnetismo y fascinación por un instante concreto que alargo con otra efeméride que me suscita casi más erotismo que cualquier otra. Con toda seguridad la clave es intuir la seducción y corroborar que estamos muy vivos.
El parque. El metro. Un claustro medieval. Una esquina de la casualidad. Una patinadora en una tarde romana. Una morena que clavaba sus pupilas en las tuyas y luego disimulaba. La rubia del diciembre napolitano y la absurda y pedante evocación a Petrarca. El piropo de la estudiante universitaria en el Hospital de Sant Pau. La esperanza de las cuatro historias parte del imprevisto, fuente de emoción. Los dados te brindan una oportunidad que rompe tus esquemas. Cavilas y maldices tu agenda diaria. Te levantas del banco. Bajas en la estación que te corresponde. Te despides sabiendo que la atracción ha sido mutua. Son las 18:00, si me paro llegaré tarde. Simpatía universal por quien transgrede lo tejido por las parcas y agita una potencia que nunca se va del todo. Caen las hojas del calendario y un recodo de nuestro cerebro retiene la magia de las musas fantasmagóricas de la ilusión.
Pregunten a novios, amigos, compañeros de trabajo, taxistas y afiladores cómo prefieren calentar su imaginación, si con féminas vestidas o desnudas. Bingo. La primera se llevaría el premio de calle. Lo oculto, velos que desde lo visual activan el resto de sentidos. El olor de la piel. La locura del tacto. El sonido de la inminencia. El gusto de saborear la excitación. Sí, lector, nadie niega que la ausencia de ropas nos conduce a otra esfera. Sin embargo, los trapitos son una trampa que casa con la armonía. Quizá lo más simple sea aceptar que lo erótico se compone de porciones de una belleza que no basta con admirar. La robarías si estuviera en un museo y no la venderías ni por todo el oro del mundo.
Lograr lo que uno se propone es la consecución del morbo. Hay gente que en las horas previas a un acontecimiento de importancia es un manojo de nervios. Con el fútbol ya ni les cuento. Suena el pitido del árbitro y su mecánica de lo histérico es otra. Un gol se equipara a un orgasmo, y hasta hay aficionados que no soportan la tensión y se relajan cuando el partido está controlado por su equipo. Si el contrario remonta recuperan el brío porque el lance es de incierto resultado reavivan su fuego hasta el minuto noventa. Entonces despliegan velas y celebran la victoria poseídos por abstractos furores.
El romance del forofo con su club es una metáfora de cómo no es quimérico perpetuar el morbo tras éxitos apoteósicos, aunque chirría al sonar un poco a sustitutivo del sexo o la ingesta de drogas. La religión fue una cima erótica no hace tantas décadas. Ir a misa, acudir al estadio o al bar. Expectativa de cópula. Fusiones.
Casi me atrevo a declarar con un megáfono que lo erótico desde mi perspectiva monopolizada por el morbo es la piedra filosofal. El Barça de Guardiola y su persistencia con pálpito de metamorfosis positiva. The Beatles hasta el divorcio. Picasso y sus pinceles. Giacomo Casanova y su elegancia de pionero con la escritura más letal sobre nuestra diatriba. Obras que han aprendido a estabilizar el morbo, una atracción indescriptible que deviene creativa, hasta claudicar por tanta descarga eléctrica y finiquitar sus entelequias, primaveras para la superficie.
Desde hace cuatro párrafos el poema Encara el tram de Joan Salvat-Papasseit me persigue. Es el perfecto reverso de los versos baudelerianos, donde el jeroglífico se descifra desde la levedad del cruce de miradas de los transeúntes, efímera corona de laurel. El poeta catalán gira la tortilla. Lo vanguardista reside en el lugar. Un tranvía. La joven lee, no se distinguen sus ojos. Medias finas, manos claras, un pañuelo limpio adornando el cuello rosado. Però els ulls no els sabem! El poeta desciende del vehículo a sabiendas que no verá el iris de la chica. Té, ara ja he baixat! Se regocija de su derrota. Es un impostor que se engaña por lirismo. La dicha por elevar el recuerdo de lo invisible, lo breve enfrentado a lo imborrable del episodio fallido, rutinas del novecientos, costumbres para aliviar el dolor.
Adrenalina.
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Jordi Corominas
viernes, 2 de diciembre de 2011
Una breve historia de Loopoesía en Excodra literatura

Una breve historia de Loopoesía, por Jordi Corominas i Julián
Han pasado ya casi tres años desde que, sin saberlo, di rienda suelta a mi imaginación y concebí, con la colaboración de otros socios que suplían mis carencias, el proyecto multidisciplinar Loopoesía, que al representarse en un escenario se adecúa con lo teatral aun sin serlo. Durante todo este tiempo me he divertido mucho con varios factores internos y externos del show. Naturalmente lo que más me ha recompensado es todo el montaje que permite descubrir un sinfín de posibilidades basadas en la ausencia de límites desde un límite. Lo que más me ha disgustado, es hora de hablar claro, es la pasividad de determinado público sabelotodo y la suficiencia de personas que por no comprender solventaban el asunto con simplezas propias de la mediocridad que no piensa, de la ausencia de esfuerzo y la aceptación de la banalidad. Triste, porque uno en cualquier actividad que desarrolle debe ser exigente consigo mismo y aplicar tan importante factor a los demás. Mover la inteligencia, exigir pensamiento y lograr que una representación sea una explosión de ideas que dejen algo en la retina y la mente del espectador.
Otros, los más osados, han calificado el espectáculo de vanguardista e innovador. No seré yo quien defina lo que hago con esos adjetivos. Hace poco Gonzalo Suárez me comentó que al fin y al cabo cualquier acción más atrevida se resume en un deseo de vivir y enterrar lo anquilosado, respirar con normalidad con gotas de desafío. Es obvio que Loopoesía nace por un hastío de lo visto en el presente, del soberano aburrimiento de la solemnidad y unas formas de acercar la poesía al público mezquinas que perpetúan la idea del verso como un reducto minoritario repleto de temas manidos, lugares comunes que crían polvo y no avanzan. Tal visión de las cosas tiene un ligero punto de verdad que se consolida porque los agentes que podrían familiarizar al respetable con esta expresión literaria tampoco salen de su torre de marfil. No soy nadie para subsanar tal error, pero no negaré que parte de la motivación loopoética navega por un mar que quite miedos y propicie una mayor conexión, bien distante de lo elitista. Aquí podríamos entrar en contradicción, porque las mismas características del proyecto- con su mezcla de poesía, música, audiovisuales, danza, teatro y performance- indican altos vuelos, accesibles desde mi punto de vista para cualquier hijo de vecino que acepte el reto que propongo.

La estructura y su evolución: una historia de cambio y evolución sin freno.
Si quisiéramos montar una fábula legendaria sería justo explicar que Loopoesía arrancó un jueves de febrero de 2009 en el Bar Fantástico de Barcelona. Neill Higgins pinchaba y le propuse mezclar música para la suite Las Nocheviejas del Patriarca. Aceptó y desde aquel instante un torbellino de ocurrencias sacudió nuestras conciencias. Me pondría un traje violeta con una camisa rosa, me enfundaría una máscara blanca, decapitaría a una muñeca fascista, tiraría gominolas contra el público y gritaría Carmen en plena posesión diabólica además de insistir en ser Isabel la Católica. Ambas mujeres causaban furor y muchas personas coreaban sus nombres tras las actuaciones. Fue fantástico.
Sí, vale, de acuerdo. Así fue la primera ráfaga, que hubiera sido utópica de no ser por mi deseo de musicar Las Nocheviejas del Patriarca. En 2008 hilvané un poema río en 136 fragmentos, Paseos Simultáneos (Vitruvio, 2010) que sirvió de inspiración para una composición más corta que nació después de un paseo completamente narcotizado por Santa María de Palautordera. Las imágenes de los versos eran tan potentes y se encadenaban entre sí con naturalidad y parecían destinadas a ser absorbidas por la vertiente pionera del lirismo, la combinación de una melodía con los poemas. Si especifico este punto es porque la base esencial de Loopoesía, en todas y cada una de sus variantes, siempre han sido los versos, lo demás es un complemento que los refuerza y les da más energía.
El primer show fue el 14 de marzo de 2009 en La Cova de les Cultures. Duró quince minutos y recuerdo ser un vendaval descontrolado. Neill se puso una careta de tigre que compramos en una tienda de disfraces y el todo fluyó con imperfección. Por temor a la SGAE debíamos reducir los segundos de las piezas elegidas, de ahí el nombre Loopoesía, porque nuestra escasa pericia nos obligaba a seleccionar fragmentos que se convertían en delirantes bucles, y no precisamente de ricitos de oro.
Durante cuatro actuaciones épicas fuimos perfeccionando los engranajes. Incorporamos dos piernas de maniquí que me regaló una tendera del barrio. Enganchamos a los muros de los locales donde hacíamos la performance símbolos loopoéticos. Lady Di, Pericles, George Harrison, Paul McCartney fumado, la Duquesa de Alba y otras ilustres personalidades acompañaban nuestros pasos. Perpetramos nuestro crimen, algo ampliado en tiempo, por Barcelona y hasta en una librería de Cambrils, donde percibimos que éramos capaces de interpretar el show en un espacio minúsculo. No importaba el enclave, la clave era aprovechar al máximo sus recovecos y conquistarlos mientras sonaba nuestra apoteosis y servidor escribía en una libreta que desgranaba versos mientras mi voz congelaba el reloj.

Tras el show de la librería avanzamos un poco más. En invierno había parido otra suite, La balada del delineante, y la enlazamos con las Nocheviejas. Las dos juntas casaban bien, pero para potenciar más la propuesta modificamos la estructura e incorporamos proyecciones audiovisuales. La obra arrancaría con La balada del delineante, nadaría durante diez minutos con un interludio donde participaría la bailarina Bettina Diamond y cerraríamos con las Nocheviejas con la decapitación de la muñeca en medio del bucle alucinado de A day in the life+Wagner. A diferencia de lo que luego hicimos mis diálogos durante la actuación y los movimientos eran anárquicos, con un sentido diverso en función de mi estado de ánimo. Perdía dos quilos por show con tanto vaivén, y hasta me animé a tocar el piano con los pies. Durante el primer año puedo afirmar sin temor a equivocarme que toda la estructura fascinaba y no se entendía correctamente porque una porción de dadaísmo eclipsaba el significado absoluto de Loopoesía. La gente confesaba tener miedo, y ello acaecía por el sonido, las luces y la máscara de mi alter ego Jean Martin du Bruit. Con Neill nos lo pasábamos en grande. La mezcla en directo fue nutriéndose de nuevos elementos y hasta el Dj tigresco, con su nickname Anónimo toledano, se lanzó a jugar con armonías. Cuando yo decía lo de Yo soy Isabel la Católica él respondía con Yo soy George Harrison, lo que en medio del marasmo creaba un efecto que descolocaba a propios y a extraños y contribuía a la intencionalidad de pequeño universo particular del proyecto.
A finales de 2009 Loopoesía estaba más que consolidada en Barcelona. La primera bailarina emigró a Inglaterra y fichamos a Laura Fillola, quien durante año y medio se convirtió en un referente básico que revolucionó y dio más importancia de la que tenía a la danza en el proyecto. Laura es experta en improvisación y leyó desde que debutó la relación de los versos con la música. Puedo decir sin equivocarme que ella bailaba los poemas, algo ciertamente abstracto que ella hizo sólido. Asimismo en los últimos compases del mismo año resolví concebir una nueva suite anual, como si el proyecto fuera un grupo de música que sacara un nuevo Lp. Lo hice para no traicionar la motivación inicial. De haber seguido siempre con lo mismo hubiéramos caído en una inercia conformista absolutamente contraria a nuestra filosofía.

2010 fue de Los jugadores de ajedrez de Plaza Catalunya. Un día de lluvia paseaba por el centro de mi ciudad y observé que los habituales jugadores de ajedrez se habían desplazado a la puerta de un banco para no mojarse. De repente vi que esos hombres que quedaban para practicar su deporte favorito eran los agentes anónimos que movían los hilos de la ciudad. El ritornello del poemario fue Ellos lo saben todo, al que Neill le proporcionó impacto sonoro con un piano terrible y demoledor. Pom pom pom. Los poemas de la suite retrataban situaciones cotidianas a las que no solemos prestar atención, desde los pensamientos de los que esperan a su cita pasando por habitaciones de hotel, cementerios, bares cerrados tras la agitación de la noche, los modernos, los mercados y un círculo perfecto clausurado con el horario laboral de un hombre que deja a su mujer a primera hora de la mañana y retorna al hogar ansioso por hacer el amor.
Presentamos la propuesta en Madrid. A diferencia de nuestros primeros experimentos, pues Loopoesía siempre ha tenido la virtud de añadir variantes entre show y show si mejoraban lo anterior, queríamos ofrecer una mayor calma. Tras cada poema había una pausa de treinta segundos en la que desgranaba el sentido de los versos, pausa que también aliñaba con buenas dosis de crítica. La máscara atenuaba mis cuerdas vocales, desfigurando el tono de mis palabras. La estructura siguió siendo la misma, con un primer segmento del poemario, un interludio que me atreví a componer musicalmente y una segunda parte de traca donde continuábamos con algunos vicios adquiridos, inercia negativa de saber que ciertas cosas gustaban al público, desde la decapitación de la muñeca hasta el final seco que luego, por una súbita inspiración, se metamorfoseó en un mi ser erigido en peonza humana durante cuarenta segundos hasta que hacía la reverencia de agradecimiento.
A mediados de 2010 Neill abandonó el proyecto. Quedamos Laura y quien escribe. No nos sentíamos cómodos con la música y aprovechamos una buena oportunidad para renovarnos. El siete de noviembre el Papa Ratzinger visitaba Barcelona y planeamos un evento rupturista, único e irrepetible. Jean Martin du Bruit sería Pontífice por un día con una misa loopoética que celebraríamos el mismo domingo en que el Vicario de Cristo en la tierra consagraría el templo de la Sagrada Familia. El aire fresco nos dio alas, como si hubiéramos cambiado de casa, así, de golpe y porrazo. La estructura sufrió cambios fundamentales. El Papa entraba en el local, el Macondo del Guinardó, en una silla de ruedas, flanqueado por tres monjas. Luego procedía a su homilía, que alternaba una prédica y un poema grabado que completaba el discurso. Los versos eran bailados por Laura y Giuliana. En el interludio una orgía de santos imaginarios pobló el escenario hasta que irrumpió Rakel Delgado, que violaba al Papa sin pudor alguno. Una vez recuperado de tanto susto entoné la recta final alzando mi vaso de hostias, un orinal naranja en forma de elefantito que contenía gominolas. Nada de cuerpo de Cristo. Loopoesía es amor, santo y seña del proyecto. Congregamos a más de un centenar de personas en un barrio casi periférico a las siete de la tarde. El éxito fue tremendo y confirmaba las buenas sensaciones que teníamos desde octubre, cuando en el show normal nos desatamos entre los bailes de Laura, Lola Farigola en la platea, mis intervenciones vocales en el interludio y una serie de novedades que apuntaban hacia una nueva senda.
Sin embargo la misa fue el verdadero antes y después. Tomamos nota para 2011, desechamos una hipotética suite sobre el metro y enfocamos nuestra actividad a perfilar un espectáculo dedicado al Negro de Banyoles, bosquimano que penó durante siete décadas y media en la vitrina de un museo de Ciencias Naturales de Banyoles, como si fuera lo más normal del mundo tener a un hombre disecado para regocijo de autoridades, niños y otros bichos raros. Me documenté para la suite, quizá la más completa de la historia del proyecto, lo que también implicó, y fue muy importante, cambiar los objetos escénicos, preparar una proyección audiovisual muy potente, con 350 imágenes que encajaban con la evolución narrativa del espectáculo, quitarse la máscara para hablar sin tapujos de un tema tan serio, sepultar a Jean Martin du Bruit y componer una música mucho más elaborada que en las anteriores propuestas. Ahora, salvo en el baile, llevaba completamente las riendas y los resultados no tardaron en llegar. Ganamos prestancia, prestigio y sólo padecimos un descenso de público, en parte porque a muchos les costaba entender que no hacíamos lo mismo, no cuesta nada ir a Youtube y percibir la evolución, y porque la crisis en general ha generado un descenso de las audiencias. Con el negro topamos con un problema eminentemente catalán. Los grandes teatros no quieren apostar por la experimentación, aún menos si esta se vuelca con un tema que chirría en una época tan políticamente correcta. En cambio, y esto hay que remarcarlo, una multinacional del calibre de Fnac nos invitó a presentar en su sede de Callao la peripecia del negro. Triunfamos, alcanzamos un cénit absoluto.

Sé que al explicar así nuestro relato puede parecer que las dificultades han sido escasas. Hay que distinguir entre lo interno y lo externo. Lo primero ha crecido y sigue sin tener límites precisos porque ha aprendido que cada transformación es un paso adelante. Ir atrás es para los cangrejos, y en 2012 Loopoesía cobrará, es irremediable, un nuevo rostro. La temática versará sobre los inicios del siglo XX, combinando una charla entre Freud y Mahler y los supuestos crímenes de Enriqueta Martí. Habrá instrumentos anómalos en el escenario, proyecciones más complejas, música original de un servidor y un alternar entre voz registrada y recital en directo. Son esbozos que se precisarán a medida que los meses me desvelen incógnitas que sólo conocen mis neuronas. Por otro lado me gustaría que Loopoesía siguiera siendo una plataforma que propicia la eclosión de talentos y grupos jóvenes. A lo largo de nuestra actividad hemos organizado muchos eventos que dieron a poetas, músicos y performers un sitio donde exponer sus propuestas, y eso debe valorarse en su justa medida.

En lo segundo considero que hay varios factores de incomprensión. Es posible que el público no estuviera preparado. Muchos agradecen la valentía, otros, algo típico de este nauseabundo período histórico, muestran indiferencia y hasta desdén. No sé si es correcto emplear la palabra educación. A veces me da por reflexionar y compruebo, por mucho que sea algo carente de modestia, que no existe nada similar a Loopoesía en el panorama nacional, y eso genera reacciones encontradas, lo que no deja de tener mérito en un universo poético que con toda probabilidad se reduzca considerablemente en breve, pues es insostenible toda la constelación del último lustro, notoria en las redes por su autobombo que se diluye en las tablas.
Sólo queda contemplar el horizonte y dejar que una fina línea juzgue lo realizado. Entre tanta hamburguesa y refrito queda la tranquilidad de elaborar un mosaico que no se ciñe al ahora, de otro modo más que arte daríamos con nuestros huesos en la basura homologada que domina el cotarro. La ambición de acercar la poesía a la gente impulsa la idea, que no obstante va más allá, sin necesidad de manifiestos ni proclamas banales. El rumbo está marcado, queda dilucidar su destino.
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domingo, 2 de octubre de 2011
Divagaciones sobre lo justo en Revista Excodra

Divagaciones sobre lo justo, por Jordi Corominas i Julián
No soy mucho de repetir palabras en el mismo texto. Es algo que detesto, como si ser redundante fuera un pecado capital. El problema crece por hiperactividad. Termino un artículo o un poema, empiezo otro y evito vocablos pensando que los usé recientemente. Como pueden comprender tal manía puede conducirme a una especie de esquizofrenia que estas líneas acentuarán. Me han propuesto hablar de lo justo, y al principio quería escribir algo bastante panfletario y político. No lo haré por decencia. Soy un autor que mete ideas hasta en la sopa, así que dejemos que fluyan. Al fin y al cabo cualquier artefacto de estas características tiene matices ideológicos que a veces no captamos por simple pereza. La literatura es una imagen del mundo que proyectamos a través sus mecanismos. No le demos más vueltas. Suena el pistoletazo de salida. Estamos en el vagón de la vida.
La primera estación es una tarde de domingo y una película de los años cincuenta. De pequeño preguntaba con insistencia el porqué de la apabullante superioridad de los filmes en blanco y negro. Mi madre, amante del séptimo arte, respondía de manera comprensible. Hijo, son los actores, la fotografía y hasta las historias. Si me apuran, esto es de mi cosecha, hasta la época propiciaba un apego mayor al séptimo arte. La tele pasaba Desirée con Marlon Brando en el papel de Napoleón. Un niño de seis años no tiene porqué saber nada del corso, así que la trama me fascinó. El tipo conquistaba, residía en un palacio de aúpa y soltaba frases más que inteligentes bajo un fondo en technicolor que evocaba tierras de ensueño. Al final, siento estropearles el visionado, su aventura finalizaba mal, lo que cuestioné con otro gran interrogante. ¿Por qué siempre ganan los buenos? Querido, el guión está basado en hechos históricos, no pueden cambiarlo, las cosas pasaron así. No era justo.

Bonaparte mola, es el penúltimo héroe romántico, suerte tenemos de Lawrence de Arabia. En la cinta que le dedicó el gran David Lean respiramos más tranquilos desde los primeros minutos al saber que ha muerto en un absurdo accidente de moto, lo que le confiere más grandeza, y reposa en un templo a la altura de su categoría. La musa Clío no requiere de escribas, sus novelas acaecen con la naturalidad de la lógica.
En la Segunda Guerra Mundial los buenos ganaron por una serie de problemáticas geoestratégicas que están relacionadas con un episodio de justicia poética. Hitler pervirtió al superhombre de Nietzsche con un embuste médico. Un doctor búlgaro, advierto que quizá confunda la nacionalidad del galeno, le recetó inyecciones de Speed. La droga, también aplicada a sus tropas, generó un efecto benéfico entre 1935 y 1941, los años de máximo esplendor nazi. El Führer era más ágil en su pensamiento y ordenaba con destreza operaciones relámpago que sirvieron para conquistar media Europa y planificar el asalto al Imperio Británico con la gran ambición de estrechar una mano japonesa en La India. La guerra terminaría y el orbe terráqueo sería de la cruz gamada con ribetes de sol naciente y aliño lictor. Por suerte eso de chutarse en vena a lo bestia no podía ser bueno y Adolfo notó efectos negativos. Los pensamientos se entorpecieron, y lo que antes era sabiduría devino locura pura y dura que se agravó por los constantes fracasos en el frente ruso. Lo que otrora era potencia significó la pérdida del conflicto, por la velocidad, algo de lo que deberían tomar nota todos los amantes de lo posmoderno, que de tanto amar lo efímero quizá se encuentren un día en calzoncillos y sin ninguna medalla que colgar en su estantería. Lo justo sería que el concepto de longevidad siguiera imponiéndose en el arte, si bien el último decenio parece desmentirlo. Triunfan las fotos de modelaje y el contenido es despreciado porque es mejor tener impacto que un prestigio cimentado en el trabajo.

Un buen ejemplo de lo dicho lo tenemos en la obra de Damien Hirst. Su calavera de diamantes es una frivolidad de tomo y lomo que sedujo a los compradores al considerarla muy original. Ahora que la crisis acecha su prestigio ha resbalado y las subastas prefieren apostar sobre seguro mediante la valoración de pinturas y esculturas que muestren calidad sin estridencias plagadas de cinismo. El fracaso del inglés es un aviso para navegantes en un doble sentido. Por una parte el público no es tonto, y una cosa es la juventud que idolatra y otra bien distinta las personas con criterio que saben desmenuzar el grano de la paja, lo que nos dirige a la segunda advertencia que versa sobre credibilidad y elogio de lo insólito en el buen sentido. Con dinero yo también puedo atreverme a reconstruir un cráneo, pero como soy pobre de solemnidad y pago autónomos sé lo que vale un peine, por lo que optaré por la observación de detalles que impliquen artesanía innovadora, pues debo ser muy antiguo y sigo conservando la fe en el artista amanuense que revolucione el cotarro con simplicidad, economía de medios y un mensaje que transmitir al respetable, lo que suele conseguirse con una estructura sólida que no se desmorone en dos telediarios. Este, y no otro, es el camino que en mi modesta opinión asegura una perpetuación de lo creativo.

Al fin y al cabo nuestra era es la del asco que exalta lo políticamente correcto. En mis espectáculos de Loopoesia, a los que volveremos en próximas entregas de Excodra, he transitado por varias fases de demencia en directo que muchos han condenado entre susurros. En 2009 y 2010 el show se dividía en tres partes. El pasaje de la primera a la segunda venía marcado por un ataque epiléptico en el escenario. No vean. Jean Martin du Bruit, mi amado alter ego, derrochaba debilidad, se tumbaba en suelo y los espasmos hacían el resto. La mejor performance fue cuando un señor se acercó para ver si mi estado era óptimo. En otra ocasión un chico se desmayó. Los que criticaban esa parte de la actuación padecían el mal de la solemnidad que lleva el traje del neoliberalismo por el cual tú aspiras a todo sin abrir la puerta del gallinero. La epilepsia estaba justificada por un imperativo de libre conciencia. El hombre enmascarado con el traje violeta descansaba entre bastidores e irrumpía la bailarina en un interludio musical que calmaba al espectador antes del rush final. ¿Desaparecer sin más? No. Los mismos entresijos de la función alentaban a un hasta pronto con estrépito, como si con el retorno del héroe de la camisa rosa la poesía volviera a las tablas tras el paréntesis danzarín.
En 2011, cada año presentamos una nueva propuesta el tema escogido fue el Negro de Banyoles, un bosquimano que permaneció disecado en museos y almacenes del Viejo Mundo entre 1830 y el nuevo milenio. Su historia acongoja y le di forma lírica de manera fiel añadiendo proyecciones, música, objetos y bailes para que resultara un experimento absoluto. Me mantuve fiel a la trama de su padecimiento y sólo me la salté en un punto donde quería establecer una comparación entre la intolerancia de antaño y la actual. Tras mucho penar el negro abandona el museo de Banyoles y parte hacia el aeropuerto de Barcelona, donde atenderá en silencio un vuelo a Madrid para someterse a una autopsia que determinará que queda del cuerpo que dos taxidermistas franceses embarcaron desde Suráfrica en el siglo XIX.
El bosquimano parte de Banyoles en un camión de mercancías. El relato verídico cuenta que no surgieron problemas, embarcó correctamente y recibió sepultura en Gaborone, donde ahora los niños han rebautizado su lápida como córner de un improvisado campo de fútbol. Decidí pinchar la rueda del vehículo en la estación de Sagrera para que el negro, empaquetado en una caja de madera, subiera al metro, donde topa en un vagón con un retrasado mental al que sólo concedieron amor una sola vez en su existencia. La chica se llamaba Cristina y por eso salgo del escenario y paseo entre el público con la cabeza de una muñeca mientras mi baba gotea en mi traje y deformando mi rostro repito con machaconería Tú eres Cristina, que es lo que ése pobre chico profería a los clientes del subte. Su anécdota es real y la tomé prestada porque aunar al desdeñado de Banyoles con el de hoy en día me pareció un buen ejemplo para concienciar al auditorio de nuestra hipocresía. La gente ríe, se divierte y entiende la intencionalidad de la performance y su denuncia, pero también sé de otros que juzgan ese fragmento un acto de frivolidad. ¿Cómo osas introducir a un discapacitado? Les respondería que ellos normalmente no les prestan mucha atención, así que el gag no es tal porque ahonda en la miseria de nuestra sociedad. ¿Es una reacción de envidia o de conservadurismo que apuesta por la tradición?
En los años sesenta John Lennon, pongan en Youtube retardeds Beatles y lo verán, se burlaba del público porque quería que escucharan sus canciones. Los gritos histéricos no eran de su agrado y su carácter socarrón se expresaba de vez en cuando con imitaciones de retrasados mentales, con lo que atacaba directamente a los que pagaban su entrada para verlo. Nadie protestó. Una posibilidad es que les importara tres pepinos porque sólo querían saciar su ansia de idolatría y todo estaba bien. Hasta 1966, cuando el cuarteto de Liverpool abandona las giras, el show business prefería intérpretes. La rebelión de Lennon se centra en metamorfosear ese juicio y virar a lo justo. Ellos componían sus propias canciones y lograron cambiar el panorama. ¿Les reportaba algún beneficio ser manoseados hasta la médula por fans y medios? Sí, una ganancia económica que compensaba esas humillaciones que paliaban con comportamientos surrealistas en ruedas de prensa y conciertos para desconcertar a los apóstoles de la normalidad.

Hace seis meses tuve oportunidad de avergonzarme de mis coetáneos. Organicé un evento con música en directo y Loopoesía. El plato fuerte éramos nosotros porque presentábamos el nuevo show, pero el grupo que nos precedía era muy bueno. Permanecí en taquilla mientras tocaban y la cerré cuando me tocó actuar porque así lo estipulé con el dueño del local. De golpe y porrazo treinta personas quisieron acceder al recinto sin pagar entrada, 4 euros de nada. Cerré la puerta y expliqué a los presentes en la sala las razones de mi actitud. Mi único error fue ser demasiado duro en mi discurso, aunque por lo demás no me arrepiento en absoluto de mi acción. Durante la siguiente semana muchos amigos reprocharon mi actuación para con los desterrados. Te pasaste ocho pueblos, fuiste un cafre. ¿Y ellos? Lo justo es respetar para que respeten.
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