jueves, 1 de septiembre de 2011

Poema Historias del sombrerero loco


Historias del sombrerero loco, por Jordi Corominas i Julián


Tengo una cita con los dioses en Oxford, me prestarán una chistera
De mercurio decimonónica y naipes anárquicos de la reina
De corazones, quieren desvelar el misterio de Alicia
Dándome mando de sombrerero loco en la periférica
Oficina de un periódico embaucador de gran tirada.

Compro tazas de té en los chinos, bolsitas de ácido
Lisérgico al camello de la barriada, bandejas de plata
En el Cash Converter y robo en el autobús una garrafa
Con líquido elemento para travestir la amenidad de la ofrenda
En una granada que explote en pulcros hipotálamos sin levita
Victoriana, labriegos a sueldo en la redacción del tanatorio.

Firmo el ingreso, lirios de plástico, el recepcionista
Licua el sudor de su frente en una toalla republicana,
Sorbe el brebaje con deleite, arquea la espalda
Contra el yeso, ráscalo con contundencia anglicana,
Ve a la sala de reuniones, toma el mantel de mi abuela
E invita al no cumpleaños de la desidia a la jirafa
Del director, apriétale sus tirantes, su jaqueca
Parará las rotativas, máquinas de trucada imprenta,
Linotopias con la tipografía malograda por voluntad propia.

¿Qué se le ofrece? ¿Interrumpo? Preparen la mesa,
Gusten del elixir, brinden con mi dádiva en el gaznate,
Si me permiten desharé ese ábaco, el manifestante
Agradecerá el viraje de precisión para remediar el disparate
De esa España vuestra donde la representación de Belchite
Es un croquis arrugado titulado en la impostura.

Resbalan los cronistas, el golpe es epifánico,
El cultural acaricia la ceniza de poses pop, pirómano
De instantáneas, plácida estética para lobotomizar lectores
analfabetos y equiparar la escritura al pronóstico de anticiclones,
El contable reparte cheques y en la sección de política
Se han amotinado aceptando que ser amanuenses del negocio
No es lo que les incitó a tener un carnet de prensa, vanagloria
Que los becarios arguyen para ligar en la discoteca.

Unos twittean a Cánovas del Castillo, otros a Garcilaso de la Vega,
Vicepresidenta del gobierno, los ordenadores son Lady Gaga,
La cafetera un pinball del rastro, las señoras de la limpieza
salivan chorizo de cantimpalo y cada maquetador un surrealista
Editor de portadas que escandalizarán al mundo entero
Por proclamar tautologías de Perogrullo, madre del verbo
Archivada en el decálogo que vetan consultar en la rubrica
Del contrato, papel de fumar, víspera cauterizada, paja
En ojos que de tanto empotrarse en redacción abrazan la pantalla
Con devoción mariana, pero la virgen pide otro tipo de sexo.


Apago el hilo musical, cierro la puerta, salgo propulsado a la calle
Con una libreta de notas y custodio la chistera en la caja fuerte
Con la esperanza que los durmientes que babean por mi droga
Sientan su influjo en el amanecer donde no asociemos la gaceta
Con espías asomando por sus hojas con chicha, limoná
Y ternura barata, Pinocho está en un cuento y la gravilla
De polvo y análisis en una vitrina a hollar con un hacha
Que extermine bacterias impronunciables y dignifique la medicina
Que los padres fundadores dieron con su receta en la notaría.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Poema "El patio de vecinos"



El patio de vecinos, por Jordi Corominas i Julián


Desnudo y estirado en mi cama favorita
Destilo gotas de realidad desde la ventana
Con un gramófono de todos los públicos
Perteneciente al patio de vecinos.

El tosco muro rojo del tendedero parte en dos
Su arquitectura, cuadro sonoro de partículas
Anónimas que dan al eco redoble en sus comentarios,
Intimidades cotidianas, pequeñas historias de huevos
Fritos, películas de sobremesa, charlatanes y catedráticos
De un inmueble donde ciegas voces generan polifonías
De una totalidad desdeñada, épica de buenos días.

Por la mañana la galipandria sacude al del cuarto,
Tiene muy buena plantilla este año el Atlético,
Los estornudos retumban y se enfría el marmitako,
Tere, no llegues tarde, que se enfada tu novio,
Un orgasmo produce silencio, asombro pasmado
Respeto al amor absoluto en el sofoco del verano.

A media tarde un teléfono da la murga
Trastocando la sinfonía de nuestra siesta,
Vuelvo del sepelio de mi peluquero
De siempre, no cortará más mi pelo,
Hay uno muy bueno justo al lado
Del ojos negros, no es lo mismo,
Guardaré fidelidad a esas tijeras,
A ver qué opinan tus mujeres,
La radio y las reformas constitucionales,
Hasta luego, me toca fregar los platos.

De madrugada tintinean gotas de la nada
Ensambladas con el maullido de un aristócrata
Persa, cavilamos si son la eufórica antesala
De una tortilla, un adolescente en masturbatoria
Algarabía o un simple desajuste de la tubería
Que nunca arreglan porque la pobreza
Del frío nos congelará en invierno, manta
Que no entiende de alquileres ni gripes
Para completar injusticias a fin de mes.

Si quieres tú puedes escribir la misma historia
Con otros vocablos, está en cada bloque del planeta
Y reclama atención sin saberlo, dale lumbre, todos
Configuramos la tesela del prójimo, héroes normales
Encapsulados entre cuatro paredes, mártires de la desmemoria
secuestrados en el almacén de un barco a la deriva.








domingo, 28 de agosto de 2011

Poema sonoro "Sin título 8"



En esta ocasión no pongo título, si bien este poema sonoro es eminentemente urbano,como un paseo por varias latitudes de la ciudad hasta que uno toma asiento y ríe con lo absurdo que sacude nuestra visión cada dos por tres.



sábado, 27 de agosto de 2011

Rescates veraniegos (VI): Ese chico guapo que sale en las películas en Panfleto Calidoscopio ( 2007)



Ese chico guapo que sale en las películas: Alain Delon y el duro camino del actor símbolo erótico, por Jordi Corominas i Julián

El espectador que visualiza una película puede pensar en muchas cosas al tiempo que olvida muchas otras. Una de ellas, a la que se tendría que prestar más y mejor atención, es la imagen del protagonista masculino en contraposición con su partenaire del sexo opuesto. La reflexión es necesaria. Desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial se habla de mayor libertad de la mujer, de nuevos tiempos donde el cerebro brille por encima del cuerpo. Sin embargo, siempre hay excepciones que confirman la regla, el mundo del cine no camina por esos derroteros. La mayoría de actrices son bellas y nadie pone en duda su presencia, mientras que un varón guapo corre el riesgo de ser denostado por su simple y profunda combinación genética, fortuna natalicia, vamos.

En el siglo veintiuno Jude Law, Brad Pitt, Gael García Bernal, dejen los suspiros, y un largo etcétera son los encargados de lidiar con esa particular cruz. “Sí, yo sé que soy buen actor, pero resulta que los hombres me envidian por ser guapo y las mujeres me adoran sin valorar mis capacidades interpretativas”. ¿Qué hago? La Doctora Francis tiene la respuesta a sus problemas trabajar no sólo en tus actuaciones, sino también en el rumbo que le das a tu carrera en el celuloide.

Un ejemplo cabal es el caso Alain Delon. El francés no pasó por una infancia sencilla, llegó a luchar en Indochina y su vida parecía un vaivén con punto y final condenatorio. El joven aprovechó su oportunidad en el Festival de Cannes de 1957. No participaba en ninguna producción, sólo se dedicaba a pasear en limousina con su amigo Jean Claude Brialy. Dio la casualidad que David Selzsnick, productor de Gone with the wind, lo vio, se prendó y le propuso, ¿intuición masculina?, un suculento contrato de siete años en la Metro Goldwin Mayer. Delón rechazó y espero su oportunidad en Francia. Cuando llegó estaba preparado para cualquier circunstancia.

Sus inicios fueron típicos y resultones. En su segunda película, Soit belle et tais toi (1958, Yves Allegret) compartió cartel con otro joven destacado: Jean Paul Belmondo, muy diferente a su nuevo amigo. El futuro protagonista de Pierrot le fou tenía una fuerte preparación teatral y el cine parecía, a la espera de tiempos mejores, una solución económica con el añadido de la fama. Por su parte Delon fue calificado desde esta película como un beau garçon, sin más. El público veía en él un continuador de la tradición de guapos con oficio, al estilo Gerard Philippe. Un año después obtendrían una respuesta de rumbo. Belmondo aterrizó de casualidad en la Nouvelle Vague, mientras Delon, dando un puñetazo de autoridad en la mesa, llegaba directamente al gran cine con Plein soleil( adaptación de El talento de mr. Ripley de Patricia Highsmith) de Renè Clement y Rocco e i suoi fratelli del inmortal Luchino Visconti. Muy diferente hubiera sido la historia de nuestro protagonista de no haber protestado en una reunión donde le confirmaron que le correspondía el rol de Greenlief. Delon se plantó, dijo que quería el personaje de Ripley y, sorprendentemente, sus deseos fueron órdenes.

Esa película empezó a configurar una tipología de creación interpretativa propia. Muchos de los mejores papeles de Delon corresponden a tipos fríos, duros, calculadores, sin atisbo de sentimientos en el aire, que luchan por conseguir sus objetivos a toda costa. No obstante, el francés demostró lo bueno que podía llegar a ser al bordar su papel de Rocco, basado en el protagonista del Idiota de Dostoievski, y mostrar al gran público que su belleza no era un obstáculo para brillar en obras de directores como Visconti, considerado por aquel entonces como uno de los máximos renovadores del teatro en Europa sin olvidar su don estético en cualquier tipo de actividad artística. El papel en la novela fílmica del italiano le permitió una nueva jugada genial al irrumpir con fuerza en la que era la segunda cinematografía mundial a nivel productivo y comercial. Su nombre se internacionalizaba a pasos agigantados y ya estaba en disposición, siempre con el sambenito colgando, de acometer retos impensables años atrás.

Sus opciones fueron sabias. Se decantaron inicialmente por dos vertientes. La primera consistía en acrecentar su popularidad en el Hexágono para combatir, visto que la Nouvelle Vague no requería sus servicios, las amenazas internas y ser el número uno en su País. Lo logró participando en películas de estrellas, aquellas en que el cartel sufre la invasión de nombres famosos, como Les amours cèlebres (con Brigitte Bardot) o Mèlodies en sous soul (con Jean Gabin), donde por otra parte asumió el riesgo de no cobrar un sueldo a cambio de llevarse la recaudación del filme en tres países, entre ellos La Unión Soviética y Brasil. Estos largometrajes suelen recaudar mucho en taquilla y no pretenden ofrecer cine de autor, son cintas comerciales con intención ociosa, cine popular que logra el cariño del espectador y, por consiguiente, consolida la reputación de sus participantes. Esta senda sirvió para que Delon nunca abandonará esta necesidad de estar en contacto con el público, consciente de la necesidad de gustar a quien paga la entrada para ser tenido en cuenta por una parte concreta de la industria.

La otra parte, segunda opción, es el prestigio, trabajar con autores de pies a cabeza. Para hacerlo necesitaba retomar la aventura italiana y, como Napoleón, obtener victorias decisivas. Estas llegaron como si de una Blitzkrieg se tratara. 1962 le vio participar con el director más filosófico de la segunda mitad del siglo XX, Michelangelo Antonioni, en la magistral L’eclisse, donde interpretó a Piero, un joven agente bursátil prototipo avant lettre del hombre postmoderno, alienado, devoto del dinero y ajeno al resto de la humanidad, simple instrumento de placer y negocio. Su interpretación no le reportó ningún premio individual, pero el filme ganó, como ya había hecho L’avventura en 1960, el premio especial del jurado del Festival de Cannes.
En 1963 consolidó su mariscalato transalpino con Il Gattopardo; es imposible leer las páginas de la novela Lampedusiana y no pensar en Delon cuando aparece el nombre Tancredi. Su construcción del gran oportunista, buen lector de la nueva época, le reportó aún más prestigio, siempre al alza. La película ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes. En sólo 3 años Delon había hundido, en parte, la fama del guapo y punto.

En 1964 su estrategia se vio consolidada. Ya podía participar en operetas internacionales como The Yellow Rolls Royce (filme con más estrellas que en el cielo), producciones comerciales ( La tulipe Noire) y aspirar a dar el salto a Hollywood, donde penó durante tres años en los que participó en producciones de todo tipo, consiguiendo la admiración de un futuro mito, Sam Peckinpah, y salvando el pabellón francófono con su papel en Once a Thief, noir de altísima categoría que merece ser revisitado, no cómo, elecciones comerciales muy oportunas, Lost Command o Paris Brule-t-il?, largometrajes de pasarela ideales para recaudar mucho dinero y dar más fama a la fama.

Cuando vuelve a Francia Delon es un mito. Sólo le queda un reto: lograr una interpretación cumbre, algo que llegará en 1967 con Le samourai de Jean Pierre Melvilla, clásico del género negro que aún impacta como el día de su estreno tanto en cuerpo como en forma.

La última muestra del poder deloniano, la belleza vence a la belleza, es su faceta de productor. Quizá algún día la contemos.

jueves, 25 de agosto de 2011

Rescates veraniegos(V): El reloj en literatura o leer el Ulises en 2006 (Panfleto Calidoscopio, septiembre de 2006)


El reloj en literatura o leer el Ulises en 2006.

Este texto está escrito desde la óptica de quien a las doce de la noche del 19 de septiembre de 2006 se sienta en su mesa y se pone a teclear palabras pensando en literatura, dándole vueltas al tema sin saber con qué llenar un folio. Por eso me he decantado por el reloj y una obsesión particular. Desde hace cinco años acaricio un proyecto que sufrió una brusca pausa y que luego retomó el vuelo con la modestia del que no se siente preparado. Para poder enfrentarme a mi propio monstruo decidí que una posibilidad sería leer obras, como ocurre con la idea que tengo en mente, que condensaran el tiempo narrativo. Hay muy pocas que tengan la capacidad de ser eficaces, quizá porque la labor exige un dominio de la técnica y de la escritura que necesita años y años de práctica y meditación.

Ahora mismo se me agolpan- no sufran, soy de plástico- los libros a la cabeza. Mencionaría la señora Dalloway y dejaría a todo el mundo contento. He de admitir que con ella, más bien con la fea señora Woolf, ya la podían temer, aprendí mucho, pero quizá por casualidades del papel, ¿por qué ese libro que me dieron en La central llevaba el autógrafo del escritor?, siento más afinidad por como hiló Don DeLillo Cosmópolis, una de las mejores novelas de este inicio de siglo tanto por ritmo como por estructura narrativa y la habilidad de dar vigor a la unidad de tiempo, lugar y acción. Cuando leía las páginas de esta novela me iba reafirmando, modestia aparte, en mis propias ideas sobre cómo tengo que enfocar el proyecto, llamémosle así, con el espacio como protagonista inevitable y el vagar por el entramado urbano como un gran viaje físico y mental. La elección del escritor de un joven millonario no sé si obedece a un capricho americano, pienso en American Psycho, o en la posibilidad de dar al personaje el deseo de cambio y curiosidad. Las novelas que transcurren en pocos días suelen ser caminos de iniciación, descubrimiento y muerte, y Cosmópolis cumple con todos los requisitos.

Poco después encontré perdido en las estanterías de casa- debe saber el lector que aún me faltan muchos libros de 24 horas, entre ellos el de Ian McEwan- 24 horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig; su lectura me encandiló; era otro punto de vista, pero el narrador austriaco se centra en el día que cambió la vida de la protagonista y vete a saber por qué prefiero las novelas que enfocan este subgénero desde y para la cotidianidad.

Este verano estuve en Roma, donde transcurre la acción del proyecto, y la idea, y una excitación indescriptible por la misma, retomó fuerza. Aún así mi mente me decía, y hasta lo comentaba con los puentes de la Ciudad Eterna, que no entendería la dimensión de mi sueño y cómo enfocarlo, sin leer el Ulises de James Joyce, autor de quien hasta la fecha había degustado con placer, y alguna que otra depresión, Dublineses y Giacomo Joyce.

Después de leer la novela de novelas estoy más que tranquilo. Señores, siempre se puede inventar, no lo duden, pero al mismo tiempo creo que la magna obra del irlandés es una especie de libro de libros, una Biblia de técnica que todo aquel que ame la literatura ha de leer obligatoriamente. Por otra parte no entiendo como algunos tildan la de surrealista algunas partes de la obra. Suelo decir que el exceso de realidad puede parecer surrealista, pero simplemente es hilar fino y eso es hiperrealismo insuperable. Los detalles, las metáforas, el humor (se nota que Joyce sufría y reía mientras trabajaba en su hijo más famoso) y la gran recursividad técnica- tenemos en el libro teatro, monólogos, cambios constantes de la voz narrativa, narración convencional, metáforas espléndidas de páginas y páginas- que usa el escritor transforman la lectura, ardua, es como si nos enfrentáramos a alguna de las proezas de Odiseo, en una fuente de aprendizaje tan bestial que si alguien después de leerlo se queda igual es que no es humano.

¿Qué se puede inventar? Por suerte Dios, si existe, sólo es uno, luego no hay que tentar imposibles. El Ulises es perfecto, casi fílmico, porque desde tantos puntos de vista logra captar la totalidad de la vida y el pensamiento de una ciudad el jueves 16 de junio de 1904. Leopold y Stephen son claves, pero en cierto sentido son excusas, marionetas absorbidas por el espacio, que todo lo condiciona, como, recuerden que escribo sin pensar, llevamos 15 minutos de artículo, y determina, cuando se escribe en un sitio que te da todo, mientras otro te pones de los nervios e imposibilita, si fuera ciclista me harían visualizar la carretera, la creación. Ciudad como protagonista y sus personas como almas pasajeras que la pueblan. Quizá por eso Joyce preguntaba por carta de que color era una puerta en el mítico Bloomsday, ¡Boom!
Ese toque de pincel- sea del color que sea- indica un estado de ánimo o una simple decisión de un segundo. Cuando este verano caminaba por las calles de Roma con mi libreta y la cámara fotográfica en mano, aún sin leer la Biblia del irlandés, pensaba hasta en los olores, porque si se quiere captar la totalidad uno ha de saber hasta que lleva su protagonista en los bolsillos, y eso que en ocasiones Leopold Bloom dudaba de la ubicación de la pastilla que había adquirido sin pagar antes de mediodía.
Lo más curioso es que la totalidad se puede captar mejor en una unidad espacio temporal reducida. Las grandes crónicas que abarcan un vasto arco cronológico, hagamos un idioma tetrahispánico y así podréis usar la hermosura de anys i panys, son dispersas aunque, eso sí, venden más ejemplares.
Me voy a dormir. Parad el reloj. 24 minutos. Respiro.

martes, 23 de agosto de 2011

Poesía "Contra los poetas en minúscula"



Contra los poetas en minúscula, por Jordi Corominas i Julián


Cansado de tanta solemnidad abrí la libreta
Del recuerdo y constaté que mi poesía
Viene del laurel en el barro, amigo
De una normalidad que tanto astro
Ansioso por coronarse dice detestar,
La originalidad radica en ser humano,
Mancharte en la calle y figurar
Sólo en versos que son trabajo
De observación, receta y curiosidad
Por nuestro entorno, santo
Pagano que incita al infinito,
Ya lo dijo Terencio, despreciado
Por los guardianes de la ortodoxia
Que no existe, dentistas que bien
Harían curando sus caries de arrogancia,
Parloteo, politesse y sobremesa de petulancia
En vez de disparar contra la sien
Que tanto dicen amar en capilla, protegidos
En un caparazón, tortugas miedosas
En fuentes de agua virgen, manantial de público acceso
Que ansían demoler para dilatar su reino extinto.

Reirán por lo bajo cuando les cuente del viejo
Agarrado a la columna del parking, meón
Paralítico de categoría, susurrarán perfidias
Al mentar esa pobre sirviente sudamericana
o al negro disecado del museo de provincias,
argumentos que vapulearán en su sabia opinión
alegando frikismo para tapar su envidia, impotencia
de erectos mástiles de madera, rapsodas verticales
en su huida hacia adelante pensando en panteones
que a nadie interesan en la imitación de lo pretérito,
verbo que hiede y parece de segunda mano,
manoseado como esa estatua vaticana
con el pie desgastado por la repetición del gesto.

No levantarás al respetable
Dándole cicuta
Con la consumición gratuita,
No resucitarás un arte
Apoyando la mano en el mentón
De la estafa.

Tanta compostura, tanto aspaviento
Os hacen hijos de vuestro tiempo
Políticamente correcto donde el escándalo
Es cháchara, cha cha cha de plató televisivo
Al que no vais porque preferís ser un grano
En el culo de universos más elevados
Que desprestigiáis aburriéndonos
Con citas de nombres bibliográficos
Que conocen esos cuatro gatos
a los que destináis vuestros esfuerzos
con la creencia de Clío con los brazos abiertos
dándoos la bienvenida en un paraíso
donde no hay cabida para el vulgo.

¿Habéis estudiado la cronología?


Produce la impresión que os habéis saltado
Baudelaire a la torera, clásico y moderno
Son novios inseparables, si los escindes
Demuestras que tu ego no quiere aprendizajes
Al arrimarse demasiado al pilón de la soberbia,
Asesina de la autocrítica en el cajón del ombligo,
Y no sois Mitridates ni el campesino
Que educando la tierra tiene más visión de futuro
Que vosotros, fútiles esclavos de un pasado
Deshonrado, el arado requiere semillas de primavera
Y métodos que amplíen el rendimiento de la cosecha
No tanto con tecnología sino con amor, contexto y lectura.






domingo, 21 de agosto de 2011

Hombres de Laurent Mauvignier en Revista de Letras


La moralidad pervertida del desconocimiento: “Hombres”, de Laurent Mauvignier
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 19.08.11


Hombres. Laurent Mauvignier
Traducción de Antonio-Prometeo Moya
Anagrama (Barcelona, 2011)

Por algún extraño motivo las fiestas de cumpleaños siempre han sido un objeto de conflicto en cine y literatura. Las celebraciones suelen condensar en un espacio muy reducido a muchas personas que comparten vínculos sanguíneos o de amistad, lo que naturalmente muchos creadores han usado como perfecta excusa para generar tensiones capaces de enhebrar una buena historia. Mientras escribo estas líneas pienso en Helmut Berger en la maravillosa escena inicial de La caída de los dioses de Luchino Visconti, pero el libro que nos concierne tiene otro tipo de matices que virarán a un pasado de guerra capaz de alterar por completo la personalidad de los hombres protagonistas de la novela de Laurent Mauvignier.

Situémonos en un pueblo francés, no importa mucho la fecha presente. Solange cumple años rodeada de sus seres queridos. El ambiente es jovial, la fiesta procede con ingredientes típicos. De repente irrumpe el hermano maldito, Bernard, sesentón cansado de todo, borracho al que odia la mayoría por su hedor y costumbres, despojo humano, fuego de leña en su carné del seudónimo con escaso futuro por una decadencia que pocos entienden al no haber vivido su calvario de juventud. Pero eso, seamos claros, no lo sabemos mientras la música se congela y el silencio anuncia la explosión emocional del despropósito. El buen Bernard, simpático por su patetismo, sabe que a su hermana le encantan las joyas, por lo que ha comprado un broche que levanta suspicacias. ¿Cómo un tipo sin oficio ni beneficio puede adquirir tan preciado tesoro? Las sospechas se convierten en quejas, las quejas en insultos, los insultos en un quitarse la máscara de la tolerancia para exhibir el don de la bondad hipócrita de quienes teniendo la vida solucionada se creen con el derecho de emitir juicios morales. El clamor por su expulsión del convite encierra una ira que deriva en otra. Bernard tiene insertado en su disco duro cerebral un odio eterno a los árabes que estalla cuando aparece en el evento Saïd, el primer magrebí que llegó al villorrio allá por el lejano 1978. Su irrupción nos acercará al quid de la cuestión en forma de allanamiento de morada para asustar a los hijos y a la mujer de su enemigo racial. Cuando la información se expande las autoridades del pueblo, hartas del comportamiento de nuestro protagonista creen que lo mejor será denunciar el hecho para acabar con tanta absurdidad en la fechoría y en un bar se discute del tema. Entre los tertulianos está Rabut, primo del monstruo a quien comprende porque conoce muy bien las razones de su transformación al haber compartido con él periplo militar en la ya lejana guerra de Argelia, cuando muchos jóvenes franceses fueron reclutados para luchar por nada, porque los acuerdos de Evian aceleraron el proceso de independencia de la antigua colonia del Hexágono, dejando la lucha arrinconada y el sacrificio de las armas aparcado.

Laurent Mauvignier (foto: Anagrama)

Y aquí ya tenemos los ingredientes. Mavignier es sumamente hábil al entroncar el acontecimiento clave de una jornada, la trama transcurre a lo largo de veinticuatro horas, con las partes ocultas de una biografía anónima, lo que hace de Hombres el título perfecto de su novela. La gente de la calle suele ignorar las teclas que han pulsado las vidas ajenas. Caer en el tópico es fácil. Bernard no es un alcohólico desquiciado porque sí, siempre hay razones para una conducta y aquí un flashback solventa el enigma. De la negra y sobresaltada noche del siglo XXI nos trasladamos a esa Argelia donde el destino optó por la tortura visual de lo bélico, el amor y la madurez prematura de unos chicos menores de edad que no estaban preparados para empuñar un fusil y combatir contra el Frente de Liberación Nacional en esas áridas tierras que clamaban por liberarse del yugo colonizador. Bernard y Rabut dejan atrás sueños, incorrecciones, rencores y mientras creen oler el puerto de Marsella se embarcan en una pesadilla que en realidad es un viaje iniciático de imprevisibles consecuencias.

El autor describe la contienda con frialdad. En algunas páginas asoma El desierto de los tártaros de Dino Buzzati y esa vista puesta en un horizonte donde no aparece nadie. Castañean los dientes, el horror es incendio y la rutina del regimiento tiende sus redes y el único respiro es el permiso a Orán para volver a la normalidad de lo humano con cerveza y mujeres, esa Mireille que encandila a Bernard y le hace albergar deseos de formar una familia y montar su taller mecánico en París para desterrar lo rural y sentirse independiente de una vez por todas. Entre el anhelo y la realidad media un mundo de inseguridades, un universo que nos parecerá arcaico por mucho que hasta hace bien poco marcara la pauta. Cartas, desengaños, desconocimiento que conduce a precipitarse y mucho callarse la boca en un ambiente hostil sólo por lo que conlleva haber presenciado matanzas, violaciones y saber que un día quizá el boleto pueda tener tu nombre y tu placa, porque los soldados son un número, retorne al hogar para certificar tu defunción.

Mavignier juega con dos desenlaces y a partir de ello hilvana una estructura que va saltando de lo pretérito a lo actual de la ficción mediante varias voces narrativas que nos permiten entender los movimientos de los personajes tras su padecimiento norteafricano hasta alcanzar la fatídica fecha que articula todo el entramado. Cuatro décadas antes acaeció un “no retorno”, un bloqueo imposible de aparcar entre la coincidencia y las minucias de lo privado, y ése punto, tan simple y tan complicado al mismo tiempo, determina un comportamiento y altera el orden sin que los demás puedan hacerse claramente a la idea porque lo que no se vive cae en la opinión banal a la que tanto nos hemos aficionado en esta triste era de conformismo y maldad gratuita.

Es posible que algunos digan que estamos ante otro libro sobre la guerra de Argelia, otra obra que quiere regodearse en el íncubo marcial para resucitar fantasmas y polemizar gratuitamente. El lector español no tiene los datos del francés y en general desconoce la trascendencia de esos años en el país vecino. Laurent Mauvignier, en un ejercicio que puede recordar a determinadas operaciones norteamericanas con los veteranos del Vietnam, los aborda con sensibilidad y, si bien en algunos pasajes corre el riesgo de hundirse en el cliché, lo evita con soltura para completar un interesante acercamiento, un profundo lamento contra el poder del poder y la arbitrariedad con la que valoramos las acciones de nuestros semejantes.

sábado, 20 de agosto de 2011

Acicates veraniegos en Sigueleyendo




Acicates veraniegos, por Jordi Corominas i Julián

Publicado en 19 agosto 2011 por sigueleyendo



El verano es una estación absurda. Cuando era pequeño, y este año el clima parece confirmar mis peores sospechas, la identificaba con el surrealismo de los dibujos donde siempre brillaba el sol. En estos meses de supuesto calor me trasladaba al Montseny y el mes de Julio César me recibía con leves precipitaciones, fantásticas tormentas y algún regalo en forma de astro rey, factor que en mi adolescencia me preocupaba en plan altruista con la vista puesta en Francia. Quería calor para el ciclismo y buen tiempo para la piscina, y quizá sigue siendo así. ¿Qué habrá sido de Stéphane Heulot, maillot amarillo en un trágico sábado lluvioso de 1996? Esos recuerdos son oro, minucias que nuestro cerebro conserva para sorprendernos, literatura al fin y al cabo, libros abiertos de la realidad de nuestro pasado individual.

La única diferencia con mis años mozos es que ahora identifico mi retiro de la ciudad como una gran ocasión para trabajar a gusto y escribir sin tanta tentación urbana, pues la verdad es que en el pueblo apenas salgo, soy otro Jordi porque aprovecho mucho mejor las horas, más pausadas y silenciosas. La música no me abandona, pero la casa, el espacio y las sensaciones son una especie de bálsamo que me ayuda a escribir con pasmosa facilidad, como si las ideas hubiesen esperado ese instante para explotar, consolidarse y plantar su campamento en el papel.

Ello sería quimérico sin determinadas lecturas, lo compruebo cada vez que releo esporádicamente mis textos, que aportan inolvidables matices que con toda probabilidad me acompañarán hasta que desaparezca de este mundo. Sonia Antón Ríos, directora junto a un servidor del Panfleto Calidoscopio, opina que pasé por una profunda fase italiana y que en la actualidad, no lo negaré, estoy más metido en lo inglés. Si analizo mi summertime por libros de cabecera le daré parte de razón.





El primero de esta modesta serie de favoritos es Conversación en Sicilia de Elio Vittorini, un autor de bandera que merecería mucho más reconocimiento en nuestras tierras. Lo compré por la portada con la irresistible Virgen de la Anunciación de Antonello da Messina. Esa imagen me catapultó a una lectura impresionante. El italiano escribió su obra cumbre harto de la situación internacional y la injusticia de la Guerra Civil Española. Para sortear la censura fascista usó un lenguaje alegórico que pasados más de setenta años sigue capturándonos con arte hipnótico. Abrí el manuscrito y me embobé.

“Io ero, quell’inverno, in preda ad astratti furori. Non dirò quali, non di questo mi son messo a raccontare. Ma bisogna dica ch’erano astratti, non eroici, non vivi; furori, in qualche modo, per il genere umano perduto. Da molto tempo questo, ed ero col capo chino. Vedevo manifesti di giornali squillanti e chinavo il capo; vedevo amici, per un’ora, due ore, e stavo con loro senza dire una parola, chinavo il capo; e avevo una ragazza o moglie che mi aspettava ma neanche con lei dicevo una parola, anche con lei chinavo il capo. Pioveva intanto e passavano i giorni, i mesi, e io avevo le scarpe rotte, l’acqua che mi entrava nelle scarpe, e non vi era più altro che questo: pioggia, massacri sui manifesti dei giornali, e acqua nelle mie scarpe rotte, muti amici, la vita in me come un sordo sogno, e non speranza, quiete.”

Un hechizo y la identificación. El protagonista viajaba a Sicilia para reencontrarse con su madre, volvía al origen, topándose con personajes congelados en la cronología. Las naranjas eran buenas y el queso incomparable, al igual que el arenque, aceitoso hasta el punto de colmar el plato y derramarse por el suelo. Luego estaba el afilador. Lloraba por el dolor del mundo ofendido, compadreaba con medio pueblo y generaba ataques de risa, mérito del gran Elio, sólo con acercar su boca al oído de un amigo y carcajearse con simplicidad rural. Vittorini, del que también es absolutamente recomendable Uomini e no, dio el pistoletazo de salida de un rompecabezas que durante esa ya lejana estación completó el volumen más heterodoxo de Cesare Pavese. El turinés es un autor difícil, tanto que durante un período compré compulsivamente sus novelas y reconozco que al acercarme a su estantería meticulosamente ordenada y reservada me entraba un miedo casi ancestral. Quería devorar Il compagno, Tra donne sole o La bella estate y algo lograba paralizarme. No fue así con mi debut en sus redes. Dialoghi con Leucò, diálogos entre dioses y mortales que descienden hasta la raíz del mito a la búsqueda de la esencia primigenia, pureza de tierra y sangre en un intento de comprender al género humano tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, como si con esa completa desnudez repleta de memorables sentencias, el lenguaje en forma de cuchilla afilada a la perfección, trazadas con un arado que quiere escapar de la oscuridad en el desolado paraje donde todo está por construir y la nada ha reemplazado al caos. Sin estas dos lecturas nunca hubiese completado Colors, novela en catalán, sepultada en el pozo de una lamentable y quebrada distribuidora, donde un hombre sin nombre llegaba de pura casualidad al pueblo de pueblos tras extraviar voluntariamente un mapa. La escritura prosiguió y surgieron personajes y escenarios simbólicos en un 14 de julio que tomé por su obvio canto de libertad y por ser el cumpleaños de Domingo Blanco, un viejo del barrio de Gràcia que escandalizaba a la muchachada con su épico toma castaña, un hit de los bares de la zona hasta que un resfriado le retiró a sus cuarteles de invierno, de los que sólo vuelve para emborracharse con sus allegados en la literaria Plaça del Diamant.





1922 y lo inglés: Joyce, Eliot y hasta lo austrohúngaro


2008, me siento un auténtico pesado contando una y mil veces esta historia, amaneció crítico. Terminé un relato que verá la luz en breve y enfermé por culpa de mi obsesión por captar cualquier detalle del paseo de una asesina. La luz del Diamant desaparece en la Calle Asturias, en las estribaciones de Torrent d’en Vidalet y así prosigue hasta que las narcóticas farolas de la Plaza Rovira brindan la justa ambientación para una masacre que resultó ser doble: la de unos pobres que maté en mi texto y la mía en Roma, con fiebre por vez primera en una década y una confusión mental que bloqueó completamente cualquier atisbo de escritura coherente, hasta que descubrí el sentido de mis anotaciones desperdigadas en libretas donde recogía frases ajenas, pensamientos callejeros y ocurrencias que ya no desdeñaba. Entendí que quizá había rebasado una frontera, y del malestar pasé a la alegría de saber con certeza que autocensurarse e imponerse límites era ridículo y perjudicial para mi salud. Renacer es una expresión osada y falaz, porque al fin y al cabo cuando inauguramos una nueva etapa llevamos con nosotros un bagaje que no desaparece.

Lo italiano siempre estará merodeando en los alrededores, pero desde aquel entonces usé más la música para comprender mis procesos y viré hacia terrenos más satisfactorios, menos estresantes, lo que resulta paradójico porque incrementé mi actividad, dedicando muchísimo tiempo a llenar huecos con caprichos que me pedían compañía a gritos. Uno de ellos fue James Joyce. La lectura de su mítico Ulysses, una de esas obras que todos mencionan pero nadie lee, ocupó un mes y medio de ese verano, y si bien creo que transcurrirá el infinito hasta que lo retome debo decir que sus dieciocho novelas en una fueron un aprendizaje inmenso que me reafirmó más si cabe en la obsesión por captar la totalidad y para ello usar mil formas y cuerpos. Ya desde la torre Martello sientes que estás flotando, tocando lo especial, y ése pálpito se expande in crescendo por las calles de Dublín, verdadera protagonista de la trama en una tradición muy en boga a principios del Novecientos, desde Manhattan Transfer de John Dos Passos hasta Berlín, sinfonía de una ciudad de Walter Ruttman.

Sin embargo mi memoria se para en lo concreto. Los fuegos artificiales y la masturbación en la playa. La genial catequesis del capítulo quince. El funeral. El riñón. El monólogo final es una obra de arte, pero prefiero otras partes de ese conjunto segmentado que debería ser obligatorio para todos aquellos que osen llamarse escritores. El irlandés era un tipo de armas tomar, un loco ególatra, una mala persona que mediante la conciencia de su brillantez esclavizó a sus semejantes. Si quieren comprobarlo les recomiendo Mi hermano James Joyce, relato autobiográfico escrito por Stanislaus Joyce, otro abnegado que también aparece en Los años de Esplendor, James Joyce en Trieste, magnífico ensayo donde John McCourt desgrana la experiencia babélica y alcohólica del autor de Dublineses, otra obra que leí en estío con la consiguiente depresión que desprende tanta decrepitud cotidiana, en la urbe fronteriza, patria natal de Italo Svevo, otra bestia con la que gocé durante horas con sus tres novelas y sobre todo con sus relatos, entre los que destaco L’assassinio di Via Belpoggio, una perla que, espero equivocarme, aún no tradujeron al castellano.




En 2009 entregué parte de julio y agosto a lo austrohúngaro. Sí, ya lo sé, Berlanga y el humor barato que trasciende esa esfera y nos introduce en un ciclo casi perfecto, una edad de oro que marca las primeras décadas del siglo XX desde cualquier ventana de la antigua sastrería Goldman&Salatsch de Adolf Loos. Podría mentir y decir que me empapé de Hofmannsthal y Weininger. No. Mi favorito es Arthur Schnitzler. Una vez superé su tópico Kubrick me maravillé por su hermandad psicológica con Freud en novelas como La señorita Else, Apuesta al amanecer o El teniente Gustl, historias de pavor e incertidumbre que van de la mano con Veinticuatro horas en la vida de la mujer de Stefan Zweig, monstruo voraz, ejemplo de hiperactividad, a quien admiro por versatilidad, cosmopolitismo y ojo clínico.

La noria de Viena y las mil setecientas páginas de Los demonios de Heimitio von Doderer siguen en mi mesa y algún día serán devorados. Ocurre lo mismo con Proust, algún que otro Dostoievski -El idiota y, curiosamente, Los demonios- y las memorias de Carlos Barral. Sé que caerán, sé con garantías que me reservan estupendas veladas.

Otro must de mis vacaciones es Martin Amis, de quien recomiendo, ¿por qué lo inmiscuyen a la babalà tantos literatos españoles en sus obras?, Experiencia, ligero, ácido, sarcástico y superior, sólo comparable en calidad con sus primeras novelas, en especial El libro de Rachel.

Toca ir cerrando este artículo, y lo haré con otra anécdota que condensa el porqué los libros veraniegos tienen tanta importancia en mi singladura.

En 2009 intentaba concentrarme en una suite poética, un descenso desde Sarriá al barrio de Gràcia. Mi bloqueo era monumental. De repente, husmeé en mi biblioteca y mi mirada me transportó a La tierra baldía de T.S. Eliot. Abril será el mes más cruel. Destierren lo manido. Abran el volumen. Su efecto es destructivo por benéfico, un imán que todo lo cubre, un verdadero río lírico de libertad, contundencia y empatía. Sus cinco partes, publicadas en el milagroso año de 1922, son un alud de sugerencias y estímulos que siempre me generan una irresistible necesidad de escribir, como si esas valientes palabras políglotas que circulan por un delirio muy racional supieran darme el impulso que enciende lo que guardo dentro y soy incapaz de sacar sin eso ligera ayuda casi espiritual. Naturalmente, aunque siempre habrá alguien dispuesto a trollear y opinar lo contrario, no siempre acaece así, pero reconozco que el poeta anglosajón siempre acude a mi vera cuando estoy apurado en un atasco, es mi superhéroe, y en la misma categoría podría englobar gran parte de los textos que han surcado estas líneas, acicates que demuestran su valía por su apoyo al ánimo y la mejora de mis capacidades.

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LIBROS CITADOS EN EL ARTÍCULO:

Conversación en Sicilia, de Elio Vittorini (Gadir, 2004)

Il compagno, de Cesare Pavese, (Einaudi, 1947)

Tra donne sole, de Cesare Pavese (Einaudi, 1949)

La bella estate, de Cesare Pavese (Einaudi, 1949)

Dialoghi con Leucò, de Cesare Pavese (Einaudi, 1947)

Ulises, de James Joyce (Lumen, 2010)

Manhattan Transfer, de John Dos Passos (Debolsillo, 2004)

Mi hermano James Joyce, de Stanislaus Joyce (Adriana Hidalgo ed., 2000)

Los años de Esplendor, James Joyce en Trieste, de John McCourt (Turner, 2002)

L’assassinio di Via Belpoggio, de Italo Svevo, 18990.

Dublineses, James Joyce, 1914

La señorita Else, de Arthur Schnitzler (El Acantilado, 2001)

Apuesta al amanecer, de Arthur Schnitzler (El Acantilado, 2004)

El teniente Gustl, de Arthur Schnitzler (El Acantilado, 2006)

Veinticuatro horas en la vida de la mujer, de Stefan Zweig (El Acantilado, 2010 – 11ª ed.)

Los demonios, de Heimitio von Doderer (El Acantilado, 2009)

El idiota, Dostoievski (Alianza, 2003)

Memorias, de Carlos Barral (Península, 2001)

Experiencia, de Martin Amis (Anagrama, 2000)

El libro de Rachel, de Martin Amis (Anagrama, 1985)

La tierra baldía, de T.S. Eliot (Cátedra, 2006)

jueves, 18 de agosto de 2011

Poema sonoro Normalidad 2011 o el horror


En este caso empecé a mezclar música con la idea de montar algo que sonara fuerte y luego fuera derivando a una mezcla de bajo y piano. Los acontecimientos de la jornada han llevado la pieza hacia otros horizontes que muestran la anomalía de aquello que nos quieren vender como lo más normal del mundo, y no, no puede ser.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Poema "El compromiso y los zombies"


El compromiso y los zombies, por Jordi Corominas i Julián


Llora Andrés en la oficina, arrodillado ante la máquina
Expendedora, las monedas derrochan tintineos y la huelga
Se divisa en la mampara del quinto piso, los autobuses
Eliminaron el aumento estacional y sus pasajeros son cadáveres
Que saludan a policías leyendo revistas del corazón
En las estribaciones del parque público cumpliendo órdenes
Del gobernador conectado a la web cam de pago, razón
Que exime al ministerio del comunicado que declare el estado
De guerra, malvado Rodríguez en la playa de su Historia,
Patraña de sanatorio, apogeo clínico de la canción del verano.

Expertos en anatomía diseccionan con sus prismáticos
ropa interior arrapada, Curvas que no catarán, adictos
a la cultura del escaparate, son muy escrupulosos,
pavos reales hinchados por medusas disimuladas,
espías que pregonan la única visita al hospital de damas
revolucionarias del corte inglés, tiro un peón contra las rocas
del hotel y entono fados resignados en las barricadas
que mi abuelo alzó cuando quería pan y le daban mamporros.


Echo de menos al Paperboy y su polvo de noticia
Empírica, pulo con tinta china del periódico la moqueta,
Acumulo televisores encendidos, descargo la inmundicia
Y en el Castillo de Montjuic me ofrecen vuestra ceniza,
Fusilada, quemada y empaquetada sin un solo disparo.

En la grada y en la platea el hábito de no pagar entrada
Ha instaurado sopor de luto, soy el trapero eremita
Desecho fotos etiquetadas, enmarco la semana trágica
Y en el ocaso enarco una imposible ceja epifánica
En la ilusión de un urbanismo que reviente esta Edad Media
Para que las farolas se prendan con nuestra energía.