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domingo, 8 de junio de 2014

Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre



Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre, por Jordi Corominas i Julián

Pierre Lemaitre, Nos vemos allá arriba, Salamandra, Barcelona, 2014
Traducción de José Antonio Soriano Marco

No parece casual que dos de los grandes premios del panorama actual, si bien con distinto prestigio, hayan premiado recientemente a autores provenientes del género negro. En el caso español creo que se intentó dar un aire distinto al Planeta a través de la figura de Lorenzo Silva, fuerte por número de lectores y presencia tanto en redes como en medios de comunicación.

Si cruzamos la frontera y vamos a Francia veremos que el Goncourt de 2013 sigue unas coordenadas parecidas porque Pierre Lemaitre proviene del Polar, que es como se llama en el Hexágono a la novela policíaca, y ha usado alguno de sus recursos en Nos vemos allá arriba, obra que aborda la posguerra del primer conflicto mundial con mucha inteligencia y una trama más que perfecta para el séptimo arte entre enredos, personajes perfectamente cincelados y mil vueltas de tuerca aderezadas con muchas dosis de suspense.

Tras el último párrafo creo que cualquier lector podrá entender que he disfrutado mucho con el libro de este autor desconocido en nuestro país, tanto que hasta en algún momento, como ocurre en las buenas producciones de ficción, he sufrido por el destino de sus criaturas, víctimas desheradadas, desmovilizados del frente con graves problemas para reingresar a la vida cotidiana. Padecí con las historias de Albert y Édouard, quise todo el mal del mundo al pérfido Pradelle y deseé que todo terminara bien, casi como si fuera un niño pequeño sin capa de crítico, sólo un lector dichoso por disfrutar de intrigas y emociones.



Esto me lleva a pensar en la alteración del paradigma que supone para el Goncourt Nos vemos allá arriba. No cabe duda que la coincidencia del centenario de la Gran Guerra habrá sido una razón añadida para conceder el laurel a Lemaitre, pero si sólo nos ciñéramos a este argumento iríamos bastante perdidos, pues no creo que exista un solo motivo. Es probable que el insigne jurado viera en la historia de los dos excombatientes y su cínico capitán una gallina de los huevos de oro que permitiera prescindir de lo intelectual, me viene a la mente el descabellado año de Las benévolas, desde la literatura popular con denuncia nada encubierta, ideal para nuestra época de crisis, genial por cómo se plantea en la novela, donde ese par de antihéroes ninguneados urdirán un plan pluscuamperfecto para vengarse de tanto desdén para los que lucharon por lograr la victoria contra el enemigo alemán en las trincheras, lo que encaja con el presente a partir de las grandes estafas perpetradas por los poderosos.

Estos factores dan un aliño muy interesante que, sin embargo, no se sostendría sin calidad. Y aquí hay que rendirse ante Lemaitre porque ha sabido usar con inteligencia una serie de circunstancias históricas para crear algo propio y verosímil, un rompecabezas parisino donde todas las piezas encajan sin atisbo de error, impecable en la elección de una serie de espacios que evolucionan al son de los protagonistas, desde el episodio inicial en esos absurdos últimos días de contienda hasta la miseria periférica de la espera del desgarbado Albert y su compinche Édouard, desfigurado sin rostro pero con muchas ideas para cumplir su estratagema al límite.

Si nos limitáramos a estos elogios olvidaríamos otras tretas que son las que conducen a una cierta magia. El maniqueísmo entre ricos y pobres se nutre de otros ingredientes que generan una totalidad apasionante. Pradelle es diabólico porque no tiene ningún tipo de caridad. Su pasado bélico está coronado por medallas, pura fachada como todo su ser, más interesado en recuperar el prestigio de sus apellidos y burlar a una autoridad que considera vetusta porque considera que la nueva era será de los audaces que abrazarán a la fortuna con métodos nada ortodoxos que, en realidad, siempre han existido. Su labor se contrapone a la de la pareja del suburbio, sus rivales en un juego del gato y el ratón repleta de embustes con opuestas intenciones y un peligro bien distinto. Pradelle se siente seguro desde el cobijo de su círculo de relaciones, mientras Albert y Édouard, sobre todo el primero, temen quemarse como es normal en los que nada tienen y siempre reciben el duro peso de la ley, siempre favorable a los de arriba.




Podría calificar sin riesgo Nos vemos allá arriba como una gran novela de aventuras y un doble fondo que recorre la Historia desde una perspectiva inusual, muy fílmica y con gran tino a la hora de enhebrar su tejido, con capítulos que combinan bien acción y diálogo, trances cómicos, mucha intriga y roles medidos al milímetro hasta en la repartición de sus atribuciones, por eso quizás no podemos terminar esta aproximación sin mencionar al funcionario Merlín, compendio de muchas otras zonas grises de la literatura francesa, ejemplo idóneo para exhibir cómo Lemaitre triunfa con su obra al saber mezclar valores antiguos tanto en contexto como en forma y adaptarlos a nuestra modernidad desde lo trepidante que impide soltar un libro diseñado para ser devorado en una sentada, cúmulo de felices coincidencias muy difíciles de encontrar con o sin crisis, con aniversarios conmemorativos o sin ellos. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

14 de Jean Echenoz



El lirismo de la minucia: 14 de Jean Echenoz, por Jordi Corominas i Julián
Jean Echenoz, 14, Anagrama, Barcelona, 2013
Traducción de Javier Albiñana
Estamos metidos de lleno en una era que rechaza el presente, engullido por la velocidad que anula la solidez de las noticias y oculto por un cambio de dinámicas que la mayoría se niega a comprender. El alud de célebres defunciones certifica el adiós al siglo XX y coincide con la estúpida moda de conmemorar cualquier aniversario, como si hubiéramos perdido la brújula y necesitáramos demostrar nuestro conocimiento a través de la banalidad de la anécdota.

Dentro de pocos meses se cumplirá una centuria del inicio de la Primera Guerra Mundial, decisiva para sepultar la prórroga del Ochocientos e inaugurar definitivamente una época revolucionaria de progreso y destrucción donde todo se aceleró sin remedio. El asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo fue la excusa para activar un mecanismo que paralizó al Viejo Mundo hasta noviembre de 1918, cuando el agotamiento de recursos y la intervención norteamericana decantaron la balanza para el bando aliado en detrimento de las potencias centrales.



Si les interesa el tema están de enhorabuena porque este conflicto que durante mucho tiempo fue conocido como la guerra olvidada resucitará en 2014 como por arte de magia. Asimismo es una suerte que el primer plato del que se prevé un extenso menú sea una novela de Jean Echenoz, que tras su trilogía biográfica abandona el retrato de la pequeñez de los gigantes, hombres geniales enfrentados con un contexto empecinado en negarles, para adentrarse en una nouvelle donde vuelve a mostrar su maestría para con lo minúsculo.

14 es, ante todo, y con ello casi resumiríamos su contenido sin necesidad de rizar ningún rizo, una obra unitaria donde el lirismo inunda el conjunto mediante minucias significantes de un día a día teñido de terror y anomalía por la pólvora y la muerte. Ya desde el principio intuimos que la poesía de la brevedad surcará el texto. El toque a rebato de las campanas anuncia una desgracia que debía durar dos semanas, así lo piensa el optimista Charles, altivo ante la modestia de su hermano Anthime, quien ve el futuro con negros nubarrones de duración indeterminada. Ambos, enamorados de la misma mujer, acuden a la oficina de reclutamiento junto a Padioleau, Bossis y Arcenel, jóvenes de La Vendée que emprenden el camino hacia la batalla con un entusiasmo ingenuo repleto de alcohol e incertidumbre.



Toda guerra es un paréntesis matiza el contenido de sus extremos y apuntala la palabra que ocupará su hueco. La de 1914 se pensó con tácticas antiguas y terminó por ser el aperitivo a la modernidad con rasgos del Novecientos. Los aviones surcaban los cielos sin metralleta y nadie esperaba ni gases ni trincheras, símbolos de una inmovilidad absoluta mientras la técnica avanzaba hacia una sofisticación letal que cambió el color del horizonte.

En 14, fiel reflejo inventado de un pasado real, los soldados son marionetas, balas de una ruleta rusa. Los agentes exteriores tienen una potencia que escapa al control de los peones, maniatados tanto en su campo de acción como por circunstancias casuales que ejercen felices su baile de lo inesperado. Charles, por poner un ejemplo, es el personaje más odioso porque dispone de todos los parabienes posibles para que las bombas no le afecten. Tiene padrinos y evita el gélido frente del norte para volar y sentirse libre. ¿Seguro?
Nada lo es en esta nouvelle donde su autor afina la puntería porque la experiencia es un grado y a cada libro que pasa sabe economizar mejor las palabras para dar en el centro de la diana al primer intento. El menos es más sirve para que las imágenes propuestas adquieran una resonancia increíble al no requerir más que la esencia para proyectarse con claridad en la mente del lector, desde un paseo a escondidas fuera del barullo hasta la genialidad de un amor que redime la crueldad y es un canto optimista al mañana.



La belleza de lo imprevisto contiene en su mecanismo la geografía concreta del absurdo. No creo que Echenoz haya querido lanzar con 14 un alegato antibelicista de primera magnitud. Su trayectoria siempre tendrá el fino hilo de la observación que sin necesidad de juicio determina y emite veredictos sutiles. Aquí están presentes con esa ausencia de ruido característica, con la elegancia de quien sabe que ingredientes usa para dar al plato un sabor imborrable. Los elementos cotidianos y las normas que los hombres se imponen cuando visten de uniforme hablan de un desbarajuste donde la quiebra de la normalidad produce monstruos desde un supuesto orden justo y necesario.


Para narrar un drama no sirve ser lacrimógeno. Echenoz sabe que hasta lo más excepcional se tiñe de rutina que es mera asunción del vaivén. Los personajes de 14 se impregnan de esta filosofía y circulan por la superficie conscientes que, con todas sus desdichas, la guerra terminará porque la rueda siempre gira y hasta en una caja de zapatos nuestra especie sabe, o quiere, guardarse ases en la manga para sorprenderse ante la adversidad de la monotonía, quizá el verdadero enemigo, quizá el único muro que impide avanzar más allá de nuestras trincheras mentales.