Mostrando entradas con la etiqueta Primera Guerra Mundial. Mostrar todas las entradas
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lunes, 2 de agosto de 2021

El genocidio armenio en El Confidencial

 


Artículo dedicado a diseccionar la verdad no explicada por Turquía del genocidio Armenio de 1915. Puedes leerlo aquí

viernes, 30 de julio de 2021

jueves, 15 de octubre de 2020

La gripe española de Woodrow Wilson en El Confidencial Cultura

 



La semana pasada dediqué mi artículo de El Confidencial a Woodrow Wilson y la incidencia de la gripe española en su proceder político. Si quieres puedes leerlo aquí

domingo, 27 de septiembre de 2020

Una violencia indómita en El Confidencial Cultura

 


Esta semana he escrito en El Confidencial Cultura sobre Una violencia indómita, ensayo de Julián Casanova sobre el siglo XX europeo. Puedes leerla aquí

viernes, 4 de septiembre de 2020

La batalla de Varsovia de 1920 en El Confidencial



La semana pasada escribí en El Confidencial sobre la batalla de Varsovia de 1920, crucial hasta el punto de poder cambiar la Historia de Europa. Si quieres puedes saber más aquí

jueves, 20 de agosto de 2020

El asunto Redl en El Confidencial



La semana pasada escribí en El Confidencial sobre el asunto Redl, uno de los casos más apasionantes de la historia del espionaje. Si quieres puedes leerlo aquí

sábado, 25 de julio de 2020

Los alemanes del Matadero en Catalunya Plural

La semana pasada cerré la serie dedicada al barri de Romans con un episodio poco mencionado, el de los alemanes del Matadero durante la Primera Guerra Mundial. Si quieres puedes leerlo aquí

martes, 18 de junio de 2019

sábado, 30 de marzo de 2019

Media Europa cae en el 24 horas de RNE





Ayer en el 24 horas de RNE Nono delgado y servidor hablamos de la exposición Media Europa cae, Josep Pla y la Gran Guerra que puede visitarse hasta mañana en el Palau Robert de Barcelona. Si quieres puedes escucharlo a partir de 1:03:00 clickando aquí

sábado, 9 de marzo de 2019

Centenario del Fascismo en El Confidencial Cultura



Hoy escribo en El Confidencial sobre el centenario del Fascismo, nacido hará cien años en Milán de la mano de Benito Mussolini. Si quieres puedes leerlo aquí

lunes, 7 de enero de 2019

Centenario de la muerte de Jacques Vaché en El Confidencial



El pasado domingo se cumplieron cien años de la muerte de Jacques Vaché, sin el que quizá el Surrealismo no hubiese existido como lo conocemos. Si quieres puedes leerlo aquí

martes, 13 de noviembre de 2018

El final de la Gran Guerra a través de los diarios de tres escritores en El Confidencial



La semana pasada publiqué en El Confidencial este artículo sobre el final de la Primera Guerra Mundial a través los diarios de tres escritores. Gide, Woolf y Josep Pla. Puedes leerlo aquí

sábado, 3 de noviembre de 2018

Cien años de la Revolución alemana en El Confidencial


Este fin de semana he escrito en El Confidencial sobre los cien años de la Revolución alemana de Noviembre de 1918. Si quieres puedes leerlo aquí

viernes, 5 de octubre de 2018

Roland Garros en Todos somos sospechosos




La pasada madrugada se cumplieron cien años de la muerte de Roland Garros, el aviador, no el torneo, y Laura González et moi decidimos hablar de él en Todos somos sospechosos. Puedes escucharlo aquí

viernes, 2 de marzo de 2018

El quinto jinete del apocalipsis o el centenario de la gripe española en El Confidencial



Hoy en El Confidencial Cultura hablé del centenario de la gripe española a partir del estupendo ensayo El jinete pálido, publicado en Crítica. Si quieres puedes leer el artículo aquí

martes, 20 de diciembre de 2016

Sofía Casanova en Todos somos sospechosos



Esta madrugada Laura Gionzález y servidor hemos dedicado las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Sofía Casanova, una absoluta pionera que cubrió cuatro grandes conflictos internacionales, se ganó el respeto del priodismo de su tiempo y luego cayó en un triste olvido. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

sábado, 16 de agosto de 2014

España en la Gran Guerra, de Fernando García Sanz



España en la Gran Guerra, de Fernando García Sanz, por Jordi Corominas i Julián
Fernando García Sanz, España en la Gran Guerra, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014

Siempre he pensado que el sistema educativo español propicia que el ciudadano cultive una ignorancia supina sobre la Historia reciente de su país. La calle puede llenarse de gritos rabiosos en los que suele faltar una verdadera revisión del pasado. Resulta más que curioso el silencio sobre el principio del Novecientos, cuándo el contexto propició situaciones que hoy en día se repiten, con los lógicos matices de cada situación, con apabullante matemática.

No dedicaremos estas líneas a glosar las similitudes entre el declive del sistema de la Restauración con lo nacido tras la muerte de Franco. Sin embargo, choca que se hable tan poco de lo acaecido durante la Gran Guerra en nuestro territorio. Fernando García Sanz lo intenta sine ira et studio en un ensayo bien estructurado que acerca la temática a partir de sus puntos clave.

La situación del país al estallar la contienda no era la más propicia para intervenir en ella. El desastre del 98 y los fracasos del primer decenio del siglo XX, con el magnífico colofón de la Semana Trágica de Barcelona y las frustraciones marroquíes, no invitaban a entrar en el conflicto. Desde un primer momento la opinión pública se dividió entre germanófilos y aliadófilos. El 19 de agosto el Conde de Romanones publicó sin firmar su famoso artículo Neutralidades que matan, donde apostaba claramente por la opción que representaban Francia, Inglaterra y Rusia.





Las potencias enfrentadas consideraron a la Península Ibérica como un espectacular campo de operaciones tanto en lo geográfico como en lo económico. La inmensidad de sus costas se revelaba idónea para la innovadora guerra submarina, así como base de operaciones en el Mediterráneo y el Océano Atlántico. Las reservas naturales de España se consideraban fundamentales por la abundancia de materias primas útiles. El autor del volumen no exagera al mencionar la trascendencia de la pirita y el wolframio español para la suerte de las hostilidades. En este sentido los aliados llevaron las de ganar, pero todas estas acciones no eran posibles sin la creación de una amplia red dentro del territorio nacional.

En esos momentos, eran poco los extranjeros residentes en la piel de toro, hombres que desde su cotidianidad se plegaron a las órdenes de sus embajadas, empeñadas en tejer una red de espionaje que posibilitara conocer cualquier movimiento digno de ser considerado. Los alemanes se llevaron la palma en el empeño. La población teutona creció como por arte de magia y su control se extendió con pasmosa facilidad mediante infiltraciones en todos los ámbitos sociales. Eso, como por otra parte es bien comprensible, implicaba la participación de españoles en la tarea, hombres y mujeres de toda clase y condición esparcidos en mil y un lugares a la búsqueda de informaciones que justificaran su cometido.



Si los germánicos llevaron la iniciativa, sus rivales sólo se quedaron atrás hasta cierto punto. Pese a ello les costó horrores aplacar el dominio del águila en los mares, donde los submarinos no tuvieron piedad alguna con navíos y buques españoles, lo que comportó en más de una ocasión serias crisis diplomáticas entre el gobierno de Alfonso XIII y las fuerzas aliadas, quienes desconfiaban de una verdadera neutralidad en medio de lo inestable de la política del período, donde los cambios ministeriales y militares estaban a la orden del día y enmarañaban más un tablero ya de por sí complicado.

El conflicto marítimo es una de las claves que articulan el libro del director de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, algo visible en la abundancia de datos relativos a Italia, inferior a los demás contendientes pero con un interés fortísimo en asegurar su red española, centrada, como sucedió con los demás implicados en la partida, en Madrid y Barcelona.

Cada año propiciaba variaciones internas y externas. El curso de los acontecimientos españoles era una constante fuente de problemas. Si el país era un nido de espías, prolongado tras el armisticio, no era extraño que el rey pensara que la triple crisis de 1917 estuviera ideada por elementos que hacían de España un lugar que escapaba a su control porque los extranjeros eran capaces de mover los hilos con una soltura imposible de evitar. Los sucesos militares, políticos y obreros de ese año tuvieron participación foránea, aunque, lo expreso desde mi modesta opinión, respondían a factores macerados largamente que se precipitaron por la conflagración, enriquecedora de pocos, fuente de precariedad para muchos y letal a la hora de incrementar los desequilibrios de una sociedad enferma que derivaba hacia la agonía.



Alfonso XIII quiso vender su papel de mediador en el conflicto para hacer de Madrid la capital de la paz mundial. Su envite era absurdo porque, efectivamente, poco o nada podía regir de su corona. Los periódicos estaban a sueldo de las potencias y manipulaban la información para que los lectores y la órbita del poder plantearan debates favorables a uno u otro bando. Pese a ello da la sensación que ni los aliados ni Alemania tuvieron claras las preferencias españolas. En 1916 existió la posibilidad de entrar en guerra con Francia, Inglaterra y Rusia, pero sus peticiones, donde Marruecos era esencial, no fueron bien acogidas. Se lograron muchos acuerdos con la triple entente, pactos que no paraban el desdén y las dudas. El país respondía impotente a las violaciones marítimas de los teutones, y sólo al final, cuando la derrota del ejército imperial parecía irreversible, hubo algo de dureza en la posición del gobierno para con la arrogancia germánica.

Cuando todo terminó la ingenuidad volvió a triunfar. España pensó que recibiría una silla en la conferencia de Versalles, vana ilusión, porque Wilson podía charlar sin que ello supusiera ningún beneficio por el esfuerzo realizado en favor de la causa ganadora.

El ensayo de García Sanz es preciso en su desarrollo, disecciona con orden el laberinto y sabe contar historias que desencorsetan el tono académico. La historia del comisario Bravo Portillo, a sueldo de los alemanes en Barcelona, es digna de una novela. Denunciado por el mítico anarquista Ángel Pestaña fue asesinado en 1919 en lo que puede considerarse como el inicio de los años del pistolerismo en la Ciudad Condal, preludio de otra suma de malestares que culminó con el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera y el adiós a una democracia insalubre que dio paso a siete largos años de dictadura. ¿Fue consecuencia de la Primera Guerra Mundial en España? Sí, pero esa ya es otra historia. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Historia en viñetas de la Gran Guerra, de Louis Raemekers



Historia en viñetas de la Gran Guerra, de Louis Raemaekers, por Jordi Corominas i Julián
Louis Raemaekers, Historia en viñetas de la Gran Guerra, Ginger&Ape, Jaén, 2014
Traducción de José María Matás

Resulta gracioso observar cómo en la España contemporánea la gente idolatra las estupendas viñetas de Andrés Rábago, El Roto, y las cuelga en las redes sociales, donde su efecto simboliza muy bien nuestra época, donde la repetición de contenidos termina por sedar su mordacidad.

Este 2014 es un año de recuerdo de lo acaecido hace un siglo. Mientras escribo pienso en los hombres que en ese lejano verano luchaban en una contienda insensata que acababa de estallar porque se había roto el equilibrio de un sistema de alianzas incapaz de aguantar la burda excusa del asesinato de Sarajevo. En ese tiempo los viñetistas ejercían una importante labor crítica en todo el mundo, baste recordar la revista alemana Simplicissimus o la legendaria Esquella de la Torratxa. Esos dibujos ponían el dedo en la llaga con brutalidad e ironía hasta el punto de constituirse en una amenaza para el orden establecido, siempre desconfiado ante aquellos capaces de advertir de los desmanes del poder.



Hoy en día, al menos en nuestro país, nos creemos muy especiales por el humor gráfico surgido de la crisis, pero no conviene tirarse flores sin conocer el pasado. Durante la Primera Guerra Mundial un holandés que luego fue errante se equiparó en influencia a Emperadores y Generales mediante su arte en un estado de gracia que ya jamás repetiría.

Su nombre era Louis Raemaekers, tenía 45 años cuando estalló el conflicto que le aupó a la fama internacional. Sus caricaturas devinieron más eficaces que cualquier propaganda y los alemanes llegaron a poner precio a su cabeza. Los aliados aprovecharon su lápiz para, nunca mejor dicho, cargar las tintas contra el enemigo y difundir su crueldad por todas partes.

Durante la conflagración su obra fue traducida a dieciocho idiomas, y en 1919 se publicó la Raemaekers’ Cartoon History of War, que ahora amplía en una extraordinaria edición la editorial jienense Ginger&Ape, uno de esos sellos independientes que no da un paso en falso en su aun breve y jugoso catálogo.

Esta adenda añade textos e ilustraciones del final de la contienda, una etapa brumosa que aun muchos desconocen. Pese al alud de información, o quizá por ello, del siglo XXI seguimos en el limbo de nuestros antepasados, que entendían todo mejor a través de las imágenes, y en este sentido las del neerlandés son un estupendo compendio didáctico que resume con pocos trazos un sinfín de episodios que conmocionaron al planeta.



Es interesante comprobar, sobre todo si uno piensa en las decisiones tomadas en Versalles, cómo la visión del autor centra su mirada en la barbarie germánica desde esos primeros días en Bélgica donde el delirio bélico de violaciones, saqueos, incendios y otras calamidades tiñó el cielo humano de negros nubarrones. El Káiser Guillermo II es dibujado como un personaje diabólico, líder de unas fuerzas del mal que contrastan con la relativa belleza en el trato a sus oponentes, armónicos frente a la devastadora y ambiciosa Kultur, empecinada en barrer del mapa cualquier obstáculo que le impidiera culminar su objetivo.

Si sólo fijara su atención en los teutones, el libro sería completo, pero su fuerza radica en ofrecer una perspectiva general de la Gran Guerra donde caben desde el genocidio armenio hasta la revolución femenina que supuso la contienda. No por azar menciono estos dos temas, silenciados durante decenios por la opinión pública mundial, aquella voz autosuficiente con tendencia a olvidar el pasado porque ella sola construye por desgracia nuestro presente a través de la transmisión de datos que juzga interesantes para su cometido.

Las tragedias civiles, las batallas más célebres o los discursos más apasionados se funden en el libro. Los textos, cortos y estupendamente seleccionados tanto en la edición original como en la ampliación ya comentada, son un apoyo vital que permite entender mejor lo expresado por un héroe que sin mostrar su rostro era más efectivo para la causa de los oponentes del Reich, a la postre vencedores de la carnicería.
Tras la guerra, Raemekers se trasladó a Bruselas, donde vivió de su ingenio druante más de veinte años. Perdió la magia, se trasladó a Estados Unidos y hasta colgó los pinceles antes de volver a su tierra natal, donde murió olvidado por todos en 1956, cuando la publicidad avanzaba en su órdago por imponerse como estrategia y Occidente buscaba nuevas formas de sugestión.




Puede que tras esta machacona conmemoración volvamos a desterrar lo ocurrido en las trincheras, pero la obra del holandés va más allá de las mismas y sirve cómo cura de humildad ante nuestra petulancia de inventores de la nada. Mirar atrás es útil y en este caso necesario para rememorar el oprobio que aceleró el suicidio del Viejo Mundo y encumbró a los altares a un cirujano de la realidad con un quirófano diseñado para la toma de conciencia colectiva. 

viernes, 11 de julio de 2014

La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I)




La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I) 
El camino de este artículo, que en realidad debe contener la simiente de un ensayo, está plagado de baches divertidos, más bien absurdos, que van de la pérdida de ciertos libros a una alergia veraniega en un pueblo perdido en la montaña. Todos estos factores, pueden creerme, explican que un texto destinado a comentar dos libros proustianos termine abarcando varias vertientes relacionadas con lo finisecular y la milagrosa Belle èpoque.

El punto de partida, al que ya volveremos, fue la biografía, reeditada en 2013 por Anagrama, que Ghislain de Diesbach escribió en 1991 dedicada al autor francés más comentado y menos leído. De ahí me metí en los entresijos de las relaciones del monstruo de La Recherche con Freud a través de Jean-Yves Tadié y finalmente, porque soy de lecturas ordenadas y aborrezco cada vez más el gusto actual por la falsa novedad erudita, me sumergí por mero placer en dos volúmenes dedicados al momento de la paz armada, al instante donde el mundo corría hacia un ángulo y Clío, incapaz de finiquitar etapas, decidía pegar un tiro en la suela de Europa.

Quiso cierta dicha que el siempre avispado Eric J. Hobsbawm mencionara en el prólogo de su La era del Imperio la obra de Barbara W. Tuchman, una de las primeras historiadoras que cobró importancia internacional y fue leída por presidentes que tomaban sus disertaciones como ejemplos. Eso, por mucho que el mimético fuera JFK, es algo que debe hacerse sólo si se domina la materia, algo difícil para cualquier lector español aficionado a la Historia. Puede resultar sencillo, sobre todo si se es políglota, armar una bibliografía lógica, pero nuestro mercado gusta mucho de la efeméride y parece olvidar títulos publicados no hace tanto tiempo.




Uno de ellos es La Torre del orgullo, donde Tuchman aborda el período comprendido entre 1890 y 1914 mediante una cierta taxonomía ya superada desde lo metodológico. No se estila, aunque no me extrañaría un retorno a la baja de este modus operandi, hilvanar los temas para llegar a una conclusión rotunda, menos aun cómo lo hace la norteamericana, quien parte de países para dar saltos en el mapa y generar un puzle fascinante que aborda todas las teselas fundamentales del convulso mosaico.


La casilla de salida se sitúa en Inglaterra y explica bien la esquizofrenia de una sociedad pionera en lo laboral y anquilosada en lo social. El gran cambio que irrumpió con el Novecientos se intuía desde decenios atrás, pero los nobles, casta gobernante, preferían seguir con sus rutinas excéntricas para mayor gloria de una época donde la tolerancia, entendida como hipocresía que ocultaba males mayores, permitía que el cadáver no oliera tan dramáticamente. Wilde es el paradigma del no retorno, ejemplo de un doble, expresado con múltiples espejos, destinado a acechar la gloria imperial como advertencia de un malestar que en otros lares se transmitía en clave internacionalista, y no deja de resultar curioso que los desposeídos de la tierra fueran los que pregonaran un mundo sin fronteras, algo que a los patrones poco interesaba en ese empecinamiento nacionalista que caracterizó el fin de la centuria entre problemáticas absurdas y asuntos coloniales.


El Anarquismo cobró carta de peligro público número uno en la última década del diecinueve. Su amenaza, bien esgrimida en Barcelona al atentar contra las tres bestias del sistema, indicaba la vulnerabilidad del poder temporal y la desesperación de una casa que a través de la propaganda por el hecho, con una intuición única de lo mediático del periodismo, asesinaba gerifaltes sin miedo alguno y con escasa efectividad real, pues sus pretensiones sólo cobraron legitimidad y se revistieron de esperanza con la asociación sindical y la presión socialdemócrata en muchos parlamentos del Viejo Mundo, tan arcano que sólo podía lanzarse flechazos en su contra para mostrar disensiones. Una clarísima fue el caso Dreyfus, donde la brillante Francia de Zola y compañía se las tuvo que ver con la intransigencia marcial, las ínfulas de las instituciones y una serie de valores arcanos que querían imponer su estela en la aun inestable Tercera República. La mención, básica en el proceso, al antisemitismo no es casual y revela, algo también presente en la esplendente Viena de por aquel entonces, como el odio interior se postuló como un modo de canalizar tensiones con enemigos externos, con los que era mejor no conflagrar.


La época que trata Tuchman avisaba de unos cambios que no sólo eran tecnológicos. La derrota española de 1898 permitió que, al fin, los Estados Unidos se posicionaran como una gran potencia con aspiraciones imperiales. Se entendía que la época sería para la Marina, y por eso Alemania, que crecía como ningún otro país y además ganaba respeto por sus instituciones educativas, decidió que incrementar su flota era el modo de plantar cara a la inabarcable Gran Bretaña, Reina y señora de los mares y el suelo firme, segura de sí misma por la extensión de sus dominios y por poder dormir tranquila sin avergonzarse como rusos e italianos, derrotados antes Japón y Abisinia, debacles que eran humillaciones porque en un universo europeo era inconcebible perder contra países ajenos a esa órbita centralista.


La rueda siempre gira. Culturalmente los años finiseculares fueron de una riqueza que navegaba de la mano de la revolución tecnológica donde el teléfono, el coche, el aeroplano, la bicicleta y muchos más artefactos aceleraban el paso. No tardarían en llegar los futuristas con su quemad los museos, pero si debemos buscar una raíz comprensible para un gran público deberemos acudir a Wagner, con su aspiración de un arte total, y a Nietzsche como profeta. Ambos se funden, y ahí la historiadora estadounidense hila muy fino, en Richard Strauss, quien asimismo supo aunar otros dos factores que apuntalaban una nueva modernidad: calidad artística y ojo para saber que ser camaleón y apartarse de la linealidad era un triunfo anómalo, revolucionario y más que certero.




Quien recoge ideas osadas y sabe encadenar cuestiones con gran maestría es, era, el difunto Eric J. Hobsbawm. Su figura sigue reivindicándose, y en estos tiempos de crisis sus síntesis históricas cobran más valor porque la misma sociedad rechaza lo monográfico intenso para quedarse con bloques asequibles que permitan un conocimiento de Trivial Pursuit. Aun así no quiero que se me malinterprete, entre otras cosas porque en el texto que reeditó hace poco Crítica se condensan los temas con afán democrática con la intención de servir la Historia en una bandeja de plata al alcance de cualquier mortal que sienta curiosidad. A diferencia de Tuchman, que dispara con bala y no da lugar al respiro, su La era del Imperio presenta desde sus notas iniciales una coherencia basada en imbricar segmentos hasta configurar un todo meridiano, de la economía al feminismo, de la fe en la ciencia al camino que llevó a la fatídica guerra de 1914. El alud de buenos datos del apéndice, indispensable, dan a la obra un temple distinto desde su intención de máxima proximidad, pequeño regalo si consideramos que a lo largo de sus más de cuatrocientos folios el autor no olvida ningún detalle y es exhaustivo hasta lograr la consecución de su objetivo.


Estos dos libros sirven, desde puntos de vista diametralmente opuestos, para comprender el período previo a la Gran Guerra. A lo largo de este 2014 la bibliografía española relacionada con el conflicto se ha incrementado con títulos oportunistas y otros imprescindibles. Uno de ellos, recomendable al 100%, es Sonámbulos de Christoper Clark, lúcido al explicar las causas que llevaron a la conflagración que aceleró el suicidio europeo. Clark, magistral en su crónica del entramado del asesinato de Sarajevo, es objetivo dentro de su subjetividad y no acusa con el dedo a Alemania con el descaro de otros. Quizá esto es así porque es mayor conocedor actual de Guillermo II y sabe que las meadas fuera de tiesto del Kaiser poco o nada tuvieron que ver en la explosión de las hostilidades en aquel caluroso julio de 1914. También lo considero así David Fromkin, quien sin embargo sí se recrea en sostener la tesis canónica de responsabilizar al Reich del desencadenamiento de la orgia de sangre y muerte. Su libro, inédito en España y muy recomendado en el resto del Continente, se titula Le dernier éte de l’Europe y es una especie de alma gemela del de Clark con algunas diferencias de peso. La primera es estilística. Ambos textos son fluidos, pero el de Fromkin, más didascálico, tiene un aire de cercanía que atrapa en contraste con lo académico de Sonámbulos, algo más farragoso. Un segundo punto de disensión lo encontraríamos en cómo se estructuran las ideas. Clark, y aquí redunda en su faceta de investigador puro y duro, divide el texto en largos capítulos muy lógicos con su contenido. Si son extensos es porque una ecuación de principio y fin así lo requiere. Fromkin es más breve e intenso, como si con la forma de la obra quisiera conferirle una intensidad letal que toma velocidad a medida que nos acercamos a los acontecimientos culminantes.




Leí Sonámbulos hace meses y aun hoy en día puedo afirmar sin temor a equivocarme que es el mejor libro sobre la Génesis de la Primera Guerra Mundial que ha aparecido en España a lo largo de 2014. Sin embargo recomiendo leer con atención el volumen de Fromkin, pues capta como ningún otro el absurdo político-diplomático que degeneró en la mayor matanza que el mundo había vivido hasta la fecha.
Las conmemoraciones en nuestra era son de una flagrante estupidez. Ya hemos hablado alguna vez de cómo cualquier aniversario es bueno para mostrar una falsa erudición. Si el número es redondo cobra más sentido sacar productos relacionados con la efeméride, y así ha sido con 1914, aunque si llega a darles por la primera gran derrota napoleónica también hubiera estado bien, no crean. En Cataluña se habla de 1714 y en Toledo de un siglo antes con el Greco y de repente, todos los catorces tienen un sentido Áulico que se vende desde el gusto actual por la anécdota de cuatro duros, útil para rellenar una información del telediario o una charla del bar.



Si enfoco todo esto desde un cierto pesimismo es porque, salvo casos aislados, nadie hablará del quince. Cuando llegue el dieciocho volveremos a recordar el centenario del armisticio y aparecerán mil y un cachivaches sobre Versalles y lo inestable de la posguerra. Desde mi humilde opinión para entender el inicio y el final hay que asumir el proceso que media entre ambos extremos, y en este sentido vamos atrás, como los cangrejos, pero si lo focalizamos sólo en la Gran Guerra veremos que de nada sirve que cada x tiempo una editorial saque una novela, y no hablo de la inteligente Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre, que aborde el tema no, hablo de material de primera calidad que muestre al público español cómo la Historia tiene muchos entresijos que aquí sepultamos ante lo elemental. Por eso no creo que nadie se atreva a sacar La Grande Guerre d’Apollinaire, de Annette Becker, ensayo donde el tópico del poeta trepanado cae en saco roto y se expone cómo el nacionalismo afectó en la mente del padre de las vanguardias, obcecado en purgar su pecado original de no nacer francés con heroísmo en el frente, su participación en la oficina de censura y unas posiciones políticas bien próximas a la Action Française de Maurras, partido protofascista de tendencia monárquica.



Apollinaire, quien en las trincheras también vislumbró el valor estético de la cacharrería, cayó en la trampa de la bandera. Su canto del cisne, Les Mamelles de Tirésias, puede y debe leerse en esa clave nacionalista que él, aún en la onda de sus amigos que habían permanecido en París, vendió desde una óptica surrealista, propulsando la palabrita a unos altares que después otros aprovecharían. No sería Proust uno de ellos. De hecho todo este artículo sale de sus entrañas y seguirá su estela para significar los universos paralelos de una época irrepetible.


Annete Becker, La Grande Guerre d’Apollinaire, Texto, París, 2014
Christoper Clark, Sonámbulos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014
David Fromkin, Le dernier été de l’Europe, Grasset, París, 2004
Eric J. Hobsbawm, La era del Imperio (1875-1914), Crítica, Barcelona, 2013
Barbara W. Tuchman, La torre del orgullo (1890-1914), Barcelona, Península, 2007


miércoles, 21 de mayo de 2014

Dos lugares y distintas paces: Monet y Barrès, el arte y Venecia





Dos lugares y distintas paces: Monet y Barrès, el arte y Venecia, por Jordi Corominas i Julián


AA.VV., Conversaciones con Claude Monet, Confluencias, Almería, 2014
Traducciones de Jesús Fornieles Alférez, Alfonso Fornieles Ten y José Miguel Parra

Maurice Barrès, Venecia en Guerra, Confluencias, Almería, 2014
Traducción de Juan José Delgado Gelabert


Entre el alud de editoriales independientes que han surgido a lo largo de estos años de crisis algunas figuran entre mis preferidas porque, más allá de la mera reedición de clásicos, intentan elaborar un catálogo con estilo propio, atrevido, consciente de la tradición y con claro afán europeo, lo que significa, y no es poco, querer desprenderse de un cierto tufo provinciano e integrar las piezas que conforman su catálogo en un mapa más allá del golpe de efecto, con voluntad de propuestas que permanezcan.

Una de ellas es la almeriense Confluencias, que alterna calidad textual y editorial. Una de sus últimas propuestas es otra muesca atrevida. Sorprende, o quizá no tanto, que en España pocos sellos se atrevan con conversaciones antiguas o presentes, como si el público nacional fuera cateto e incapaz de aprehender un producto que goza de largo bagaje en Francia y en el mundo anglosajón. En este caso cayó en mis manos un volumen de entrevistas con Monet, genio que no merece figurar como una mera postal. A veces olvidamos que el impresionismo, reto de desafío pictórico contra el avance tecnológico que supuso la fotografía, fue un arte rompedor, incomprendido en su época porque desafiaba las convenciones e intentaba captar la realidad desde una autenticidad de matices que nunca interesaron a la maldita Academia.




Y no hay nada mejor que escuchar las reflexiones del fundador del movimiento desde la sabiduría de la vejez y el reposo. En Giverny Monet coronó toda una trayectoria que del movimiento perpetuo en búsqueda de matices, de Rouen a los pajares, viró al estatismo de un lugar donde él mismo podía diseñar lo que sus pinceles recrearían.

Es en ese espacio privilegiado, remanso de paz y creación, el octogenario francés recibía a visitantes de todo tipo y respondía a sus preguntas, cuestiones que ayudan a entender los surcos de una vida, empezando por esos inicios cargados de entusiasmo y rechazo familiar que terminó superándose, como siempre ocurre si la vocación es cierta y el talento imparable, y propició el encuentro con futuros compañeros de viaje, Renoir y Sisley, inesperados cómplices de una senda desconocida.



Por aquel entonces la mayor aspiración era el Salón y la estrella ascendente, envuelto en mil polémicas por sus lienzos, era Manet, con quien nuestro protagonista terminó llevándose bien pese a desencuentros iniciales entre similitudes fonéticas y la sorpresa de ver a un jovencito entre los elegidos para participar en el prestigioso certamen. Ambos trabajaron mano a mano, hablaron mucho y siempre tuvieron claro, otro rasgo compartido, que la pintura era un proceso paulatino, un aprendizaje constante donde el tesón era una idea y la repetición una variante en pos de la perfección imperfecta.

De ahí que Monet fuera proclive a permanecer durante largos períodos, aceptara influencias extranjeras y se empapara de atmósferas, claves de progreso, honestidad de evitar límites y asentar lo experimentado para adquirir una impronta personal e intransferible.

El formato entrevista-libro permite que los conocimientos fluyan y se hagan mucho más livianos que en determinados ensayos de tipo canónico. Lo mismo acontece, aunque aquí ya depende del escritor, cuando nos topamos con un buen relato de viaje. Venecia en Guerra de Maurice Barrès lo es, entre otras cosas porque con certeras pinceladas retrata un instante más bien desconocido de la Historia para los que no son italianos: la lucha, planteada con amargo humor por Dino Risi en La grande guerra, entre tricolores y austrohúngares en el conflicto que inauguró el suicidio de Europa en 1914.



De todos es sabido, o debería, que la monarquía de Vittorio Emanuelle III se enmarcó, dentro del sistema de alianzas de la Belle èpoque, junto a Viena y Berlín. Sin embargo, cuando estallaron las hostilidades caviló y atendió, algo muy de esa tierra, siempre chaquetera y dubitativa, siempre atendiendo acontecimientos. En 1915 llegó el momento de traicionar lo pactado y juntarse con Francia, Inglaterra y Rusia.

Y aquí es donde entra en juego Maurice Barrès, hombre con trascendencia en su época y eliminado después del relato por múltiples razones, entre las que figura un nacionalismo reaccionario, un elogio desmedido del individualismo y una ulterior transformación del yo en un nosotros que más que literatura era publicidad. Ello no quita que sea esencial para abrazar con garantías la totalidad de un período que si sólo ceñimos a los nombres de manual queda hueco e incomprensible. Nuestro siglo, tan reaccionario hasta la fecha, cae demasiado en el tópico, por lo que es más que positivo dar con esta crónica de Barres en unos meses donde su furor patriótico encajaba con el ambiente general.



El galo además no se traslada a un enclave irrelevante. La excusa, el verdadero centro de su narración, es Venecia, por aquel entonces ya símbolo de ruina y amada decadencia. Basta con leer a Proust y sentir que las veintidós horas de trayecto desde París eran un insuperable anhelo burgués. Sin embargo la guerra metamorfosea la laguna, perdida para el turismo, víctima de una extraña mansedumbre, como si silencio se hubiese proyectado hasta el infinito, con las aguas paralizadas y las calles dominadas por el malestar de una amenaza invisible.

Si se conoce la relación de fuerzas culturales de la época es gracioso ver cómo la descripción del frente, caótico y salvaje por tanta carnicería, mezcla la constatación de una catástrofe de planificación con arengas que son un testimonio del espíritu predominante. El colofón del volumen es el encuentro con el esteta, el prócer que preludió el fascismo y supo llevar, hasta que fue insoportable, la máscara del héroe: Gabriele d’Annunzio.

Quien haya estado en un palacio veneciano, con su solemnidad y la rareza de saber que los muros se burlan de nosotros por exceso de vivencias, sabrá que lo contado por Barrès es real, desde esa orquestra hasta las bravatas de su igual del otro lado de los Alpes. El cuadro, porque eso es, la efeméride adquiere trascendencia si se sabe que la unión de 1914 derivó, en el caso de los enarboladores de banderas y salva patrias, en posteriores barbaries que nunca está de más recordar con la sutileza del matiz.