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martes, 16 de mayo de 2017

Carson Mccullers en Todos somos sospechosos



La pasada madrugada Laura González y servidor dedicamos las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Carson McCullers. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

martes, 29 de noviembre de 2016

Dorothy Parker en Todos somos sospechosos



Esta madrugada Laura González y servidor dedicamos las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Dorothy Parker, bastante más que la carismática líder de la mesa redonda del Hotel Algonquin de NY. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

martes, 11 de octubre de 2016

John Dos Passos en Todos somos sospechosos



Esta pasada madrugada dedicamos las Noches en la tierra de Todos somos sospechosos a John Dos Passos, un escritor muy rompedor en sus concepciones literarias que merecería más reconocimiento. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

martes, 30 de agosto de 2016

John Steinbeck en Todos somos sospechosos



Ayer en las noches en la tierra de Todos somos sospechosos abordamos la figura de John Steinbeck, premio Nobel de 1962 y autor de una de las mayores novelas del siglo XX: Las uvas de la ira. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

martes, 2 de agosto de 2016

Ernest Hemingway en Todos somos sospechosos de Radio3



Esta madrugada dedicamos las noches en las tierras de Todos somos sospechosos a glosar la figura de Ernest Hemingway, tan famoso que no requiere ninguna presentación previa. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

martes, 24 de mayo de 2016

Edith Wharton en Todos somos sospechosos



Esta madrugada hemos dedicado las noches en la Tierra de Todos somos sospechosos a la figura de Edith Wharton, gran cronista de las clases adineradas del New York finisecular. Si quieres puedes escucharlo clickando aquí

martes, 3 de mayo de 2016

Henry James en Todos somos sospechosos



Esta madrugada hemos dedicado las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a la figura del escritor estadounidense, aunque nacionalizado británico, Henry James. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

martes, 19 de abril de 2016

Mark Twain en Todos somos sospechosos



Esta madrugada Laura González y servidor hemos dedicado Las noches en la tierra a Mark Twain, autor de Huckleberry Finn y uno de los escritores fundadores de la moderna literatura estadounidense. Si quieres puedes escuchar la charla aquí

lunes, 1 de febrero de 2016

martes, 26 de enero de 2016

Emily Dickinson en Todos somos sospechosos



Esta madrugada en Todos somos sospechosos Laura González y servidor hemos dedicado nuestras noches en la tierra a Emily Dickinson. Si quieres puedes escuchar la charla en el enlace

martes, 5 de enero de 2016

Herman Melville en Todos somos sospechosos



Esta madrugada Laura González y servidor hemos hablado en Todos somos sospechosos de Herman Melville para proseguir así nuestro ciclo norteamericano de Noches en la tierra. Si quieres conocer más del creador de Moby Dick puedes clickar aquí

martes, 29 de diciembre de 2015

Edgar Allan Poe en Todos somos sospechosos



Esta madrugada en Todos somos sospechosos Laura González y servidor hemos dedicado nuestras Noches en la tierra a Edgar Allan Poe, si quieres puedes escuchar la charla aquí

domingo, 3 de noviembre de 2013

La cartera del cretino, de Kurt Vonnegut




El testamento: La cartera del cretino de Kurt Vonnegut, por Jordi Corominas i Julián
Kurt Vonnegut, La cartera del cretino, Malpaso, Barcelona, 2013
Traducción de Ramón de España

Me llega La cartera del cretino a casa y no la tiro a la basura, no piensen mal, es de Vonnegut, es inédita y merece reposo; decía el emperador Augusto aquello de apresúrate lentamente y, créanme, para cuestiones lectores conviene hacerle caso. Luego diremos que sí, devoré el libro, y suele ser cierto, pero también hay que degustar las páginas, captar su sabor porque forman parte de un conjunto en principio coherente, con una línea común y unas ideas que reflejan el pensamiento de su autor.

Abro el volumen e intento no distraerme con la belleza del naranja que envuelve su diseño. Tengo experiencias con el escritor norteamericano, sucumbí a su Matadero 5 y al Desayuno de los campeones, pero no sé tanto como Laura Fernández, que siempre me menciona algo del bueno de Vonnegut, como si fueran amigos de toda una vida. Su entusiasmo, del que suelo fiarme, fue una de las razones por las que afronté esta nueva lectura con muchas ganas, y debo decir que la prueba se ha superado con holgura.
En primer lugar por determinados juegos que son de mi agrado. La cartera del cretino es una colección de relatos que culminan con un ensayo que es todo arrojo y otro cuento incompleto, su última pieza de ciencia ficción. La compilación inicial está dividida en episodios que muestran una especie de unidad invisible entre las partes, unidad que si existe es temática y de estilo a partir de determinadas obsesiones y rasgos inconfundibles del escritor de Indiana.

Entre tibio y Tombuctú es un delirio de empecinamiento de un pintor que tras perder a su mujer y salvar la vida de su vecino se pregunta, mediante el capricho de un médico, si es cierto aquello que cuando casi te vas al otro barrio te pasa toda la vida por delante. Para comprobarlo fríe a preguntas al pobre galeno e idea un endiablado sistema que para funcionar requerirá casi que los astros se alineen y desafíen la conflagración del absurdo, siempre presente en nuestra existencia a partir de pequeños detalles capaces de alterar el panorama con un soplido. Lo mismo ocurre en Roma, relato donde una obra de teatro topa con la machacona insistencia de un padre corrupto que controla los movimientos y las costumbres de su hija, a la que impide desarrollar con naturalidad la afición que la liberara del tedio.

Esa voluntad de escapar del aburrimiento asoma en Paraíso junto al río, narración con trampa donde un chico y una chica coinciden mientras golpean una piedra. El encuentro conduce, algo que suele ser frecuente pese a que nos fijemos poco en la minucia, a otro lugar donde la historia recibirá justa rúbrica, bien diferente a la del cuento que da título al volumen. La cartera del cretino, con un final sutil e imprevisto como marca de fábrica de Vonnegut, donde un estudiante de teología perderá el oremus y querrá dilapidar la fortuna legada por sus padres en pocos días. ¿Las causas? Eso mismo se pregunta su experto consejero, quien con afán detectivesco seguirá a su cliente para meternos en un embolado caricaturesco, no tan pronunciado en Señorita Snow, está despedida. Aquí la clave, que revela una honda observación de la psicología de mediocres en altos puestos laborales, es la belleza de una jovencita, obstáculo insalvable para alguien que ya tuvo que vérselas con el exceso de guapura de una mujer. La cosa deriva en un episodio fuera de la oficina para corroborar la simpleza de todos y la profunda soledad del hombre contemporáneo.



En París, Francia vemos como la vejez puede tener múltiples rostros que van desde las famosas viruelas hasta una negatividad que Vonnegut decide enfocar desde el surrealismo que es mero reflejo de la realidad y sus excesos. El viaje de una pareja a la capital de las Galias le sirve para inmiscuir a otro matrimonio retrógrado y a una pareja de enamorados que levantan envidias en los viajeros del tren rumbo a París. La desgracia, la calamidad y las apariencias vertebran esta apoteosis de cotidianidad llevada a la hipérbola para que riamos y el narrador se divierta con sus marionetas.

Sin embargo este disfrute, que en muchos casos a lo largo de su trayectoria se ha visto como indudable cinismo, contiene un poso de amargura que transmite el último capítulo que constituye el ensayo titulado El último de Tasmania. ¿Quién era? Los habitantes de esta isla se extinguieron porque los colonizadores los juzgaron demasiado feos como para irse a la cama con ellos. Así desapareció un cachito de humanidad. El escritor de origen alemán insiste en este potente texto en cómo el hombre blanco, y no es nada casual la constante mención al día de la basura, perpetua la sumisión del otro e intenta excusar con lustrosas reflexiones encuadernadas y de venta en librerías. Los dos conceptos que resumen el pensamiento expuesto son el que nace de la metáfora de los dos Heinrich. El primero se apellidaba Himmler y mientras amaba a los animales se dedicaba a exterminar sin piedad a sus semejantes. El otro era escritor de los buenos, se apellidaba Böll y opinaba que el gran error de los humanos, su principal defecto, ha sido, es y será la obediencia.


Y de ella deriva el grito mudo de la excavadora que todo lo alisa, segundo gran pensamiento a tener en cuenta, simbolizada en nuestra era contemporánea, hay que tener en cuenta que el ensayo fue escrito en 1992, por la televisión, invento que no se añade a las pocas fechas clave que debemos aprender para simular tener una visión del universo porque sería demasiado poco pudoroso hacerlo, el dominio debe ser sigiloso, los artefactos ya ejecutan su melodía, inacabada en el caso de Vonnegut con su La ciudad robot y el señor Caslow, aunque la sensación de terminar de leer sin ver un punto y final tiene algo de reconfortante porque la imaginación es inagotable y continuar esa línea es un acicate más, otra muesca oculta del revólver. 

lunes, 30 de abril de 2012

El Cristiano mágico de Tery Southern en Revista de Letras




La advertencia del humor: “El cristiano mágico”, de Terry Southern, Por Jordi Corominas i Julián

| Destacados | 25.04.12
El cristiano mágico. Terry Southern
Traducción de Enrique Gil-Delgado
Impedimenta (Madrid, 2012)




Vayamos por décadas. La primera escena nos sitúa en Nueva York, a mediados de los cincuenta del pasado siglo. Greenwich Village revoluciona una visión de la cultura. La música, la literatura y las calles se dan la mano. En ellas, además de Ginsberg y compañía, es posible dar con el joven Terry Southern que no tardará en emigrar por un breve período a Ginebra, donde escribirá El cristiano mágico, novela paradigmática de su gran estilo satírico.

El 24 de julio de 1969 Paul McCartney decidió esperar al resto de The Beatles en la soledad del estudio 2 de Abbey Road. Corrían malos tiempos para el conjunto, y el músico mató el aburrimiento grabando en una sola hora la canción Come and Get It. Dobló su voz y tocó maracas, piano, guitarra y bajo. Al cabo de una semana ofreció el tema a Badfinger, quienes lo convirtieron en el tema estrella del filme El cristiano mágico, donde Peter Sellers y Ringo Starr escandalizaban al personal a base de mucho humor negro que había viajado geográficamente de los Estados Unidos a la Inglaterra del Swinging London, cuestiones de tendencia y predominios culturales.

A lo largo de los sesenta Southern triunfó en Hollywood. Escribió o colaboró en los guiones de célebres películas entre las que podemos citar Doctor Strangelove de Stanley Kubrick, la fabulosa The Cincinnati Kid y las legendarias, cada una en su género, Barbarella, Casino Royale y Easy Rider. El lanzamiento a la gran pantalla de El cristiano mágico, aparecida en las librerías en 1959, fue el colofón de un tiempo feliz.

¿Qué sentido tiene publicar la obra que nos concierne en pleno siglo XXI? Hace pocos estaba en un bar con varios amigos y sacamos a colación el eterno debate de nuestra integridad, siempre más nimia, y el dinero. ¿Por qué montante económico te irías a la cama con Carmen de Mairena? Risas y más palabras. Negativas en el aire y la cantidad de un millón de euros en el tintero. Cambio de tercio. ¿Lo harías?




El cristiano mágico es una novela que puede resumirse en una serie de números cómicos que, desde una perspectiva muy anglosajona, quieren ir más allá de la carcajada para plantear dilemas morales. El inicio es deslumbrante y demuestra que el vocablo hilarante puede no es un mero reclamo publicitario de críticos y contraportadas. Guy Grand es un avezado viajero. Conoce los ferrocarriles de USA al dedillo y en uno de sus recorridos un súbito de inspiración le convierte en ídolo del surrealismo. En una parada divisa a un vendedor de perritos calientes y le pide uno. Le da un billete de cinco mil dólares. El tren arranca, y mientras el pobre chico busca monedas para el cambio, nuestro hombre se enfunda una máscara de cerdo y procede a devorar el manjar. La velocidad de la locomotora aleja el dinero y la broma, bien lucrativa para quien la ha recibido, se completa.

Y diréis, el personaje es original, más aún si nos sorprendemos como lectores cuando cerramos el libro y descubrimos que con muy pocos rasgos hemos seguido sus delirantes andanzas, que si acaecieran en nuestros días provocarían un terremoto capaz de hundir el orden social. Grand es un cincuentón rechoncho y calvo con aspecto de rábano que nació con dinero en el cordón umbilical. Le encanta gastarlo y divertirse a lo grande. No invierte: desperdicia, y no por apuestas fallidas. Es un jugador de riesgo que se permite gastar con alegría, consumar barbaridades y luego ocultar su autoría mediante el pago de ingentes cantidades que compensan el disparate.

Entre ellos podemos citar algunas perlas. Mierda y orines entre billetes a la vista del respetable, periódicos que desconciertan con léxico extranjero y transforman su rúbrica para generar conflictos urbanos, combates de boxeo amañados con actuaciones amaneradas o introducir pequeños cambios en el montaje de largometrajes comerciales para alterar su trama y trastocar las neuronas del espectador, estupefacto ante esa leve chispa de lo incomprensible. Todas estas acciones pueden interpretarse desde la dinámica que en los cincuenta marcaba la vida norteamericana, alocada con la exuberancia del poderoso caballero de Quevedo. Estados Unidos poseía el 56% de la riqueza mundial y la existencia era un opulento valle de dólares donde nada era quimérico porque los billetes propiciaban la realización de los sueños. Sin embargo, un clima histórico con estas características suele generar un ambiente anodino y uniformizado que termina por generar una lógica réplica crítica desde la contracultura, que al usar con acidez los elementos aceptados por la mayoría desenmascara lo convencional y lo exhibe, sin miramientos, grotesco e inmundo.

El fragmento que da título al volumen trata de un barco faraónico, ultramoderno, una maravilla de última generación tecnológica al alcance de los más ricos. No desvelaré los desastrosos tejemanejes del viaje, pero ese navío huele a Titanic con el plus humorístico. Fin de fiesta. Intuición de exceso de opulencia narrado desde otro exceso, porque sí, las ingeniosas ocurrencias de Guy Grand son infinitas astracanadas, sandeces de máxima categoría que si se trasladaron a los sesenta al celuloide fue porque en Londres la euforia decaía y la sátira tenía su lugar en la advertencia. Quizá en 2012 su función sea la misma. Avisar con la risa, abrirnos los ojos, una vez más.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El niño perdido de Thomas Wolfe en Revista de Letras


Perfecta estructura, magnífico lirismo: “El niño perdido”, de Thomas Wolfe
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 16.11.11


El niño perdido. Thomas Wolfe
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas
Periférica (Cáceres, 2011)


Cada literatura contiene en su maleta un recoveco casi indetectable por donde circulan grandes autores desconocidos, nombres que brillaron en su época y más tarde cayeron en un amargo pozo del olvido. El caso de Thomas Wolfe constituye un notorio ejemplo que sorprende y desconcierta por la facilidad con que apartamos determinadas perlas del horizonte, como si del infinito río de palabras que se publican el paso del tiempo seleccionara un decálogo destinado a eclipsar fuegos de calidad sin tanta resonancia.

Por suerte, en ocasiones alguien acude al rescate y restablece el hilo cronológico. Wolfe fue alabado por Sinclair Lewis , que incluso lo mencionó en su discurso de recepción del Nobel, admirado por William Faulkner e idolatrado por Jack Kerouac, quien consideraba El niño perdido como una obra cumbre por poética y altura narrativa.

No nos extraña en absoluto la opinión del autor de On the road. El niño perdido es una nouvelle autobiográfica sobre la muerte de un hermano contada desde cuatro puntos de vista que dan a la trama un atuendo filosófico que de la vida en estado puro vuela hacia la permanencia del recuerdo cuando todo el mundo ha marchado y los espacios marcan la arqueología de la memoria.

La desaparición física de Grover a los doce años termina con una etapa de ilusión y optimismo resumida en su energía. El chico no necesita recorrer mucho trecho para maravillarse y saciar su curiosidad. Más tarde sabremos que viene de Indiana y está en Saint Louis por la célebre Exposición Universal de 1904, que coincidió en la ciudad norteamericana con la tercera Olimpíada de la era moderna. Grover tiene la plaza como gran patio de recreo que comunica con sus inquietudes desde una falsa estabilidad. La detallada descripción que Wolfe ejecuta de ese pequeño mundo en miniatura concuerda con la velocidad de pensamiento del protagonista, cámara que en su nerviosismo sitúa cada pieza del tablero con precisa aceleración hasta que centra el foco en una escena interna. Del exterior nos movemos al interior del negocio de gelatina, donde surge el conflicto y una agridulce historia entre estampillas y la imponente figura paterna, apabullante desde su simpleza.



Leemos esta fábula real y nos dejamos contagiar por su despliegue de vitalidad, desvanecida en las últimas tres partes por la misma estructura del manuscrito, una elegía que del canto inicial vira hacia zonas más oscuras mediante un engarce de testimonios que podrían haberse inspirado, aunque es algo osado decirlo y más tratándose de una nouvelle, en la estructura narrativa de El ruido y la furia. Las voces glosan una escala decreciente que apaga el hálito de Grover poco a poco, lentamente. La madre rememora el viaje de la ilusión hacia Saint Louis, con el niño metido de lleno en una situación típica y concreta. Una charla en el tren completa el círculo de la avidez de conocimiento y prosigue con la dinámica de escenarios donde las personas apenas se mueven, son más bien transportadas. En la plaza las tiendas delimitan el teatro, que en la locomotora es un compartimento de un vagón, suficiente para responder a muchos porqués que trazan un esbozo de la personalidad del joven que con su esperanza hacia avanzar a los otros miembros de su familia.

Las dos secuencias que cierran El niño perdido son las más poéticas y abordan la muerte desde una vertiente que convierte en un cuadro cubista o uno de los experimentos de Monet con la luz. Los cuatro facetados de Grover forman un lienzo que no puede mirarse, en este caso leerse, con ojos rutinarios. El relato exige y su progreso llena huecos incomprensibles hasta alcanzar una totalidad que asimismo es posible observar como varias muestras exhibiendo estados que se comunican entre sí con naturalidad porque parten del mismo hilo.

La conciencia del inminente fallecimiento, la asunción de la enfermedad, tiene un lirismo más contenido que no renuncia a construirse con tintes sociales. La euforia por tener dinero es una constante que esgrime solidaridad y compañerismo quebrado con el mal, volver al hogar y hallar reposo en la cama, metáfora evidente que permitirá un sentido colofón que en mi modesta opinión va más allá de las letras al articular imágenes de rara belleza.

La economía de medios de Wolfe aturde en el cuarto segmento. El retorno a Saint Louis del narrador es una travesía en la invisibilidad, un paseo a tientas que advierte de la precariedad de nuestras referencias y de la fugacidad que nos rodea. Recuperar el pasado se revela un imposible alimentado por el presente, que destroza hábitos que van desde el nombre de una avenida hasta la desaparición de un mapa que creíamos fijo. Está el alojamiento que los padres de Grover usaron para alojar a los vecinos de su Asheville natal. Permanece y quizá quiera ser el eterno vestigio que todos conservamos en la superficie incluso cuando nuestros seres queridos hayan expirado, milimétrica parcela de esencia que en el relato es percibida como un milagro o la visita a un lugar santo, la constatación de una brizna que activa reminiscencias canceladas de la tierra y el cerebro.

Dotado de un especial talento para armar obras maestras en formato breve, Thomas Wolfe feneció a los treinta y ocho años de edad víctima de la tuberculosis. El niño perdido desprende inteligencia en cuerpo y forma. Su estructura es una invitación al riesgo que se complementa con una prosa ágil, medida en función del ritmo que quiere darse al conjunto y habilidosa al emplear los vocablos con vocación poética sin que esta anule al texto, más bien lo contrario, porque cada palabra elegida ocupa su posición en la obra en función de lo narrado. Sin barroquismos, dominando con maestría la simplicidad de una existencia y unos hechos cotidianos hasta conferirles épica mediante una grandeza intangible que empapa El niño perdido.

lunes, 14 de marzo de 2011

J.D. Salinger,una vida oculta de Kenneth Slawenski en Revista de Letras


Loca cordura de un hombre: “J. D. Salinger. Una vida oculta”, de Kenneth Slawenski
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 11.03.11


J. D. Salinger. Una vida oculta. Kenneth Slawenski
Traducción de Jesús de Cos
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores (Barcelona, 2011)


El 27 de enero de 2010 estaba tan tranquilo malgastando el tiempo en Facebook. Al cabo de unos segundos, algo muy típico bajo las premisas actuales de lamento cool, el muro principal se llenó de necrológicas dedicadas a la memoria de J. D. Salinger, escritor que con su obra y actitud vital removió conciencias hasta convertirse en paradigma, literato ermitaño que enarboló con suma ética y valentía su bandera de privacidad.

Mis recuerdos de su obra se limitan a una lectura adolescente de El guardián entre el centeno por obligación escolar. Abrí el libro a las tantas de la noche y lo devoré en mi cama, quedándome de ése instante un reflejo más bien borroso, y así seguimos, con la idea de Holden Caulfield entre ventanas de Nueva York, oscuridad viciosa, risas a tutiplén y la más que probable certeza de no haber captado su esencia. Quería terminar la novela y dormir, pero lo importante es que sus páginas perduraron sin caer en el pozo del olvido al que sepultamos tantas letras que circulan por nuestros ojos. Quizá por eso me hizo ilusión dar con la biografía que recién acaba de publicar Galaxia Gutenberg, volumen, y más al abordar un caso tan complejo, que no podemos calificar de definitivo pese a la ejemplar brillantez con que Kenneth Slawenski disecciona la existencia del neoyorquino.

Salinger nació el día en que el mundo se aprestaba a iniciar una nueva era. 1 de enero de 1919. Atrás quedaba la Primera Guerra Mundial y el dominio europeo, suplantado por la potencia norteamericana que rezumaba cambio desde la Gran Manzana. Los primeros años suelen ser claves para configurar la personalidad del individuo, y en el caso de nuestro protagonista su infancia y adolescencia ya ofrecen retales de la trilogía que caracterizará su actitud: disciplina, narrativa y egolatría.

No podemos entender al puntilloso Jerry sin su eterno alegato a favor de una más que metódica disciplina. Ser hijo de un hombre forjado a sí mismo le sirvió para ahondar en el amor materno y comprender la necesidad de trabajar con constancia para alcanzar sus objetivos, punto de vista sin duda reforzado por su estancia en una academia militar y el infierno de su carrera marcial durante la Segunda Guerra Mundial entre Inglaterra y Alemania. El soldado de aspecto exótico con la máquina de escribir a cuestas padeció lo indecible en el bosque de Hürtgen, salvó el pellejo y recibió otro letal puntapié al contemplar consternado la abominable carnicería programada de los campos nazis. Estas experiencias sepultaron su escasa ingenuidad y le ayudaron a concebir parte de su particular visión del universo.




El joven sociable se transformó hasta purificar su figura de inconveniencias. Quiso despojarse de lo superfluo, abrazó una intensa búsqueda espiritual y siguió a lo suyo. Desde 1940, gracias a un providencial curso en la Columbia University, tenía claro su destino y apostó todo para conseguirlo. Tanta era su voluntad que hasta preparaba sus relatos en función del tipo de revista y estipendio. Durante esa década entabló amistad con importantes editores, coincidió con Hemingway en París y alcanzó la cima soñada al mantener una relación privilegiada con The New Yorker, que se aseguró la exclusiva de sus textos creyendo en su indiscutible y extraña calidad. Cabe remarcar que el rumbo tomado por Salinger se debió a su irrompible creencia en su talento y un desdén al murmullo que sólo puede entenderse analizando desprecios, Oona lo abandonó por Charles Chaplin, y un ego desmedido que luchó hasta la extenuación por anular sus fragmentos ociosos, tentaciones de las que disfrutaba en grado sumo hasta que los palos rebasaron a las delicias.

Volvió de la arruinada Europa de 1945 casado y con un perro. Le exigían una novela. Se encerraba dieciséis horas al día y las invitaciones se acumulaban en su buzón. Su nombre estaba en boca de todos. Sus relatos, que aturdían por diferencia, triunfaban. Él, hastiado tras otro fracaso amoroso, optó por emigrar al campo como consecuencia de aspirar a una paz que lo urbano no consentía, menos aún tras el apabullante éxito de El guardián entre el centeno, anhelado hasta que se presentó con ropajes que anticipaban la modernidad por el fanático estruendo que generó en el conformismo de los cincuenta, furor inextinguible aupado por lo corrosivo de las expresiones vertidas en el manuscrito, afrentas léxicas que clamaban por otra América que se desprendiera del pestilente hedor consumista que la carcomía en su gloria. Los polos opuestos se atraen. No podemos sacralizar una figura de tal envergadura sin apreciar sus contradicciones. Salinger era dogmático y privilegiaba su alma, y lo mismo vendía la sociedad donde desarrollaba su profesión. La discordia radica en el modo de aplicar ambas cosas. Su país imponía, él se alejaba emitiendo contundentes voces que ataran bien todos los cabos. Al ser desoídas el sentimiento de traición se acentuaba y el desapego florecía con estrépito.

Cornish y lo medieval. El artista como un eremita que acepta ciertas normas del mercado hasta que éste se desnaturaliza y propicia el acoso a la intimidad, la tergiversación y el íncubo de una exposición mediática no requerida que favoreció su silencio. Marujeen que algo queda. Jerome David sometió sus obras al veredicto del público hasta 1965, cuando optó por proseguir su singladura en un oasis inaccesible de narrativa, oración y recogimiento. Dijo basta. Vivió conforme a sus principios en una comunidad sin las ínfulas de lo contemporáneo, desde el respeto y la calma de quien es querido sin tanto aspaviento. Error en la cronología, mente del siglo XX. Hoy daría gracias a Dios por librarse de bitácoras, crispaciones y frivolidades tan típicas de nuestra época, aunque pensándolo fríamente uno de los motivos que le hizo despedirse de lo mundano fue el mezquino artículo que Tom Wolfe lanzó como una andanada contra Brian Shawn, editor de The New Yorker y uno de los mejores amigos del autor de A perfect day for the bananafish. Calculen, miren atrás, vuelvan su cabeza al presente e interpreten.

Holden y Phoebe. Franny y Zooey. Caulfield y Glass. La familia, paraíso perdido en el empecinamiento de su rebelión, fue la piedra miliar que articuló sus dinámicas tanto en vida como en literatura, si bien en la primera su matrimonio con Claire Douglas, entregada a la causa durante una larga década, constituyó una derrota a la que se sobrepondría desde una pasmosa ataraxia basada en hacer lo que su rigor imponía en esa habitación donde no cejaba en su empeño de acumular creaciones por el mero placer de perfeccionar su técnica, apuntalada mediante una serie de sagas con las que hacía suyos, quizá demasiado, unos personajes a los que confesaba amar con devoción religiosa.

Pese a su logrado estudio de la obra, la biografía de Slawenski, administrador del sitio www.deadcaulfields.com, se centra en los hechos, contrasta datos en abundancia hasta la fecha bisagra de 1965 y en el último tramo no especula con informaciones útiles para rellenar el vacío documental que el mutismo del mito engendró hasta levantar un muro sólo quebrado cuando atentaban contra sus derechos elementales de su ser y sus manuscritos fomentados con creces por un género que rehúye aceptar el aislamiento de un semejante y hasta le atribuye, véase el nefando asesinato de John Lennon y el frustrado homicidio de Ronald Reagan, dones malignos para dañar su reputación. Esta objetividad se agradece porque, si bien notamos simpatía hacia el autor, en ninguna circunstancia se percibe un atisbo hagiográfico. Salinger es plasmado desde un claroscuro nada barroco, el propio y elemental de cualquier individuo, dimes y diretes, textos y mujeres, urbe y campo, presencia y ausencia, suceso y crítica estéril, luz y enigma acompañará su estela hasta que el paso del tiempo nos regale el hipotético manantial que aclare esa pared silenciosa que el escriba tejió con flemática e indignada sabiduría a lo largo de media centuria.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Mi crítica de un adúltero americano de Jed Mercurio en Panfleto Calidoscopio



Un adúltero americano de Jed Mercurio

Por Jordi Corominas i Julián


“Antiguamense te decía que sólo un buen hombre sería un buen rey, pero si el fornicio fuese un acto infame habría habido muy pocos reyes buenos”
(Jed Mercurio, Un adúltero americano, Barcelona, Anagrama, 2010)

Juventud, temple, carisma, capacidad de liderazgo, glamour, Camelot, nuevas fronteras, conciencia cívica, deshielo, igualdad racial, deshielo atómico, preocupación global, pero también, para su propia desgracia, la enfermedad de Addison e hipotiroidismo con la consecuencia de sufrir fatiga, debilidad, anorexia, vómitos, náuseas, pérdida de peso, pigmentación de la piel y las mucosas, somnolencia, pérdidas capilares, depresión y aumento del colesterol, todo ello tratado con un abundante surtido diario de píldoras rojas, verdes y amarillas. John Fitzgerald Kennedy, encarnación presidencial vivía un tormento continuo con su cuerpo, sujetado por una faja ortopédica, que sólo lograba aliviar con la mejor medicina: el sexo.
La figura del primer mandatario católico del país de las barras y estrellas siempre levantará ríos de tinta y montañas de celuloide. Hace ya casi veinte años Oliver Stone recuperó su figura a base de polémica con la meritoria JFK, película de tesis que desmontaba las conclusiones de la comisión Warren sobre el asesinato de Dallas. Jed Mercurio, y es de agradecer, concluye Un adúltero americano ese fatídico 22 de noviembre de 1963, abordando el asunto desde otra óptica, pues su libro puede leerse como una interpretación de los dos años y medio de Kennedy en la Casa Blanca con lo que ello conlleva en decisiones y medidas adoptadas, granjeándose con las mismas la profunda y temerosa enemistad de las más altas instancias, poderes fácticos que en absoluto podían tolerar el golpe de timón que se pretendía dar desde el despacho oval para cambiar órdenes estables poco aconsejables para quien cada mañana se sentaba con la aspiración de construir un mundo pacífico que sepultara la Guerra Fría al bunker de la Historia.

El personaje que aborda Mercurio, un autor idóneo para tratar el tema al ser médico de profesión, es, sin duda, uno de los pilares del último medio siglo occidental, una de aquellas figuras conocidas por todo hijo de vecino. Cualquiera puede tener una opinión formada sobre Jack Kennedy, y probablemente sea así porque su figura es pionera en el moldeo de una imagen efectiva, muy bien enfocada al universo mediático que ya despuntaba a finales de los cincuenta. Un ejemplo seria el primer debate de la campaña electoral de 1960 contra Richard Nixon, quien cayó derrotado por la telegenia de su rival, siempre mirando a la cámara, impecable en su vestimenta y con una oratoria cercana para el telespectador, embelesado y rendido ante una forma distinta de dirigirse al votante, con un lenguaje profundo y cercano que distaba un universo del empleado por Eisenhower, paternalista y anacrónico, halcón con otras perspectivas para su pueblo. Asimismo la familia del futuro presidente ayudaba a catapultar su trayectoria con influencias y consejos, entre los que cabe mencionar la búsqueda de una esposa útil para sus objetivos, una mujer perfecta de cara a la galería, que apabullara por inteligencia y atractivo para potenciar sus estratagemas de seducción a la opinión pública. Jacqueline Bouvier fue la elegida y cumplió el papel a las mil maravillas, con el añadido de ser la única con quien su esposo creía ser capaz de convivir y respetar.

Sólo como marido y mujer

El mismo título de la novela de Mercurio ya indica cual es el argumento central de la misma. John Fitzgerald Kennedy y sus amoríos, siempre mitificados, siempre flotando por la superficie ávida del cotilleo que poco se preocupa de entender los motivos que impulsaban al estadista. Ya hemos comprobado como su cuadro clínico era desolador. La responsabilidad pesaba tanto como residir en el 1600 de Pennsylvania Avenue. Antes de llevar los galones de mando las cosas eran más sencillas para saciar las necesidades del lecho; la urgencia de curvas se solventaba con secretarias, amigas y flirteos ocasionales que llegaban a buen puerto. Ser el mandamás implicaba mantener una actitud prudente o encontrar una vía óptima para dar rienda suelta a la energía que le proporcionaba hacer el amor. Es la tónica del seductor, por eso la elegancia de Jackie era menos que nada en la cama, una rutina intolerable para el conquistador doliente, voraz acaparador de presas. El orgasmo y la calma, reanudación de la normalidad y bienestar inmediato, bálsamo del dolor. Los músculos se recomponían y el trauma de ser el emblema del vigor, un engaño de carne y hueso, se mitigaba al recuperar piezas extraviadas en la abstinencia: concentración, confianza y capacidad de convicción, fundamental en la guarida del lobo de Washington, infierno sobre la Tierra, pentagonal nido de ratas. Los generales son verdugos que defienden su interés sin contemplaciones. Les ampara ser los liberadores de 1945 y el interés industrial fomentado por Ike entre 1952 y 1960. El país tiene bien implementada su fábrica de armamento. Los misiles y las pistolas deben salir de los almacenes y quemar bloques comunistas, las amenazas del bloque oriental son excusas para obtener pingues beneficios. Kennedy cae en la trampa, porque tampoco tiene otra alternativa y no sabe rechazar una operación militar heredada de su predecesor, de Bahía Cochinos, pero aprende de sus errores y empieza a pregonar con acierto sus intenciones de virar la embarcación y dirigirla al horizonte del futuro, donde la bomba atómica será un recuerdo de una época aciaga y la discriminación racial una pesadilla remota. Las ideas del presidente topan con las de sus asesores, y esa lucha produce la angustia que determina su frenesí erótico-festivo. Becarias, invitadas, actrices y prostitutas ceñidas a un mismo patrón estético desfilan por despachos, piscinas y hoteles en un circo delirante. Los coitos, por los impedimentos físicos del héroe renqueante, son suspiros que en el presente muestran la aceleración del gobernante, repleto de vínculos pasados poco recomendables que aprovisionan su despensa con Venus de rompe y rasga, famosas rendidas a la estrella del rey, quien las usa como a sus jóvenes empleadas, simples distracciones, analgésicos que, a diferencia de las pastillas del doctor, tienen sentimientos y pueden rebelarse, secretos de seguridad nacional con corazón. Si late demasiado la expulsión del paraíso está garantizada.

Esas amistades previas a la púrpura, la mafia y sus contactos con la farándula hollywoodiense, se juntan con los ases de la baraja -FBI, Ejército y periodistas- para facilitar a Mercurio la estructuración de la trama mediante ilustres nombres que suscitan la atención del lector. Sinatra es el pobretón que al encumbrarse se transforma en altivo pavo real, Marylin -sin un atisbo de Bob Kennedy en todo el manuscrito- el presagio de la amenaza que destruya la privacidad de la existencia, Mary Meyer la voz de la conciencia, Ellen Rometsch la espía que me amó, Judith Campbell una ruleta del hampa y J. Edgar Hoover el peso de la tradición disturbada, firme constatación que sus acciones están traspasando unos límites que incomodan a la cúpula que no depende de unas elecciones para ostentar bastones de mando, ojos que están por todas partes y se otorgan, al controlar los mecanismos, el derecho de juzgar al bostoniano de origen irlandés que ocupa el trono con ínfulas de reforma.



Hoover es el último vórtice de la pirámide. Su aparición en escena tiene ecos shakesperianos que genera la misma vida. El presidente no resiste la tentación que acucie su íncubo corporal y aprende cómo sortear las trabas, pero en ocasiones eso no basta. Ser el jerifalte conlleva estar vigilado las veinticuatros horas. Los agentes apostados en la puerta tienen años de oficio y una red amplia que va de lo más alto a lo más bajo. Los peones edifican, transmiten y las carpetas hacen el resto. El jefe del FBI, de extraños hábitos extralaborales, emite sentencia y recomienda. El disgusto moral fluye en paralelo al desencanto temeroso por la metamorfosis. Si la apariencia es agradable de cara al exterior con las giras internacionales, la distensión y un liderazgo universal, la realidad de la administración y allegados contiene un germen viciado que no tolera la actitud del mocoso cargado de buenas palabras, mejores intenciones y firme voluntad de trastocar el tinglado porque cree en lo que hace y no da su brazo a torcer. Evitar la Tercera Guerra Mundial y aplacar los belicosos ánimos comunistas se contempló como un estorbo a la lógica instaurada tras la derrota del nazismo. Las armas y el retumbe lucran más el bolsillo que erradicar enfermedades, pobreza y disputas. El enfado del verdadero poder, en la sombra, correrá siguiendo el pulso de la paranoia que mezclará el ritmo privado con la esfera histórica. La desconfianza interna se intenta contrarrestar, algo imposible, estrechando lazos con aliados fiables, primos lejanos con mucha sapiencia.



A veces las efemérides de dos naciones nadan por mares con asombrosas similitudes. La amistad de Kennedy y Harold Macmillan, primer ministro británico entre enero de 1957 y octubre de 1963, se nutre de contrarios que se complementan. La esposa del premier le es infiel desde hace siglos, al igual que JFK lo es con Jacqueline, derrochadora que suple su carencia afectiva ensalzando la moda en beneficio de su marido. Ambas parejas son discretas en sus luces y sombras, pero tienen la mala suerte de vivir en la época donde los medios de comunicación empezaron a desentenderse del elogio de la virtud para escarbar en la mierda ajena. El escándalo Profumo, ministro de defensa que mantuvo relaciones con una bailarina que a su vez se acostó con un conocido espía soviético, fue el pistoletazo de salida de ese pan que ahora masticamos cada dos por tres, mierda empapadora de cerebro, balas eficaces de múltiple impacto. La situación inglesa, que acarreó la dimisión de Profumo, ocurrió cuando el acoso al presidente se incrementaba en un negro instante donde convergieron la muerte del neonato Patrick, la presión para intervenir en Vietnam del sur y la inminente vorágine viajera por los Estados de la Unión para consolidar apoyos en vista a la cita electoral de 1964. La tragedia americana se nutría de ingredientes, y sólo el regicidio de la Plaza Dealey impidió que las hienas consiguieran su misión de devorar la carroña de un idealista herido de muerte, desafiante, empecinado en defender un proyecto y perecer, como así fue, en el intento. El tema cobra actualidad porque la actual situación estadounidense se hermana con la narrada a lo largo del relato. Un hombre valiente ocupa el poder y combate con uñas y dientes para reformar pese a la oposición de una serie de grupos, que más o menos son los mismos que en los sesenta, obstinados en no ceder ni un ápice de su terreno. La última administración democráta antes de Barack Obama se vio salpicada por un episodio sexual por todos conocido. Clinton aparece en su versión pueril, cuando con apenas dieciséis años visitó la Casa Blanca y estrechó la mano a su ídolo, y la referencia no es casual, sino otro guiño que realza la crítica completa a la tendencia de apuntar con dedo acusatorio a quien sea hurgando en secretos de alcoba y adicciones sin contemplar causas o motivos porque el dardo envenado es un certero ariete, escaparate de diseño para ocultar verdaderos males que siempre nos acompañarán si el sólido esqueleto de los titiriteros sigue esparciendo la cicuta ociosa, información de gran valor nimio, que enmascara sus fechorías.