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lunes, 30 de marzo de 2015
Cocaína de Massimo Carlotto, Giancarlo Carofiglio y Giancarlo De Cataldo en El Mundo
Este lunes aparece en el diario El Mundo mi reseña sobre Cocaína, recopilación de relatos italianos que publica en España Malpaso, puedes leer mi crítica aquí
viernes, 24 de enero de 2014
Diálogo con Eduardo Lago en la Microrevista
Entrevista a Eduardo Lago
Por Jordi Corominas
El trajín de la semana me obliga a leer Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee de Eduardo Lago como si fuera un enorme tripi que devoro entre fiebre y mucha concentración para captar todos los detalles del exceso. Enrique Vila-Matas apuntó en la presentación barcelonesa de esta primera novela publicada por la editorial Malpaso que la obra de su amigo clausuraba la metaliteratura, y sus palabras se entienden una vez cerramos el libro y reflexionamos sobre un contenido donde las referencias, la ironía y los juegos son intensivos hasta el punto de agotarnos. Entremedias de un punto y otro navegamos por las páginas con Hallux, Marlowe, el original de Laura, escritores fantasmas, no les llamen negros, y una pléyade de personajes bien delirantes que sirven a Lago para exprimir un indudable talento muy anómalo en nuestra prosa.
Llego demasiado pronto a la cita en la librería +Bernat. Charlo con la librera Montse y al cabo de poco tiempo llega Eva, la jefa de prensa de Malpaso. Dos minutos más tarde aparece su editor, Malcom Otero, y Eduardo, al que acompaño hasta el fondo del establecimiento para que el ruido no nos moleste durante la charla. Sin conocernos de nada compartimos una pastilla efervescente, reímos por la bobada y decidimos empezar con la entrevista. Enciendo la grabadora.
Jordi Corominas i Julián: Eres un gran entrevistador. Parece que hayas escrito un libro para poner en dificultades a los entrevistadores.
Eduardo Lago: ¿En serio?
En serio.
¿Por qué?
Porque apabulla. Todas las piezas encajan. Dentro de lo que se estila en la literatura todas las relaciones que vas hilvanando exigen mucho al lector.
Tras la presentación del miércoles continué hablando con Enrique Vila-Matas y me dijo que no hay nada parecido en la literatura española y también comentó que era el fin de la metaliteratura. Me pareció sumamente interesante que dijera esto precisamente porque cuando empezaron las primeras series de entrevistas con el síndrome de Wikipedia, hay gente que te pregunta tonterías impresionantes, todo iba a lo de la meta literatura. Trataba de explicar que no y Enrique lo verbalizó muy bien. Al final de la conversación me preguntó por mi próximo proyecto y le conté que vislumbro una novela muy larga sin poderle explicar más, porque las obras van concretándose con el tiempo; ahora mismo imagino una novela de mil páginas, aunque vete a saber, quizá sólo escriba un cuento. Seguimos con la charla y Enrique, ¡Enrique!, me planteó la idea de escribir un libro que me acercara a un público más amplio. Eso sería un reto y un desafío, pero en clave de humor, sin arrogancia.
Tanto Enrique como tú, otra cosa es que determinados lectores lo noten, os ceñís mucho al humor y a la ironía, en este sentido la metaliteratura casi es un vehículo para lo primero.
En Aurora Lee es deliberado, palpable y muy directo. Lo de la metaliteratura es bastante interesante porque la parte central de la novela es el informe sobre El original de Laura, que sólo es una excusa para ir a otro lugar. No es tanto Nabokov como presenciar un proceso creativo y de destrucción en directo. En una de las fases de la novela una amiga mía, Catedrática de literatura en Nueva York, me comentó que le parecía muy interesante que una vez agotado el experimentalismo me metiera por ahí, experimentado y jugando con la idea de la ficción crítica. Me pareció darle la vuelta a la idea normal. No es metaficción, no es literatura, no es posmodernismo ni meta literatura. Eso son lenguajes que pertenecen al pasado.
No es sólo meta literatura. Hay una mezcla de textos, conceptos y estilos que le dan categoría de indefinible.
No creo que resulte posible, pero hay varios elementos.
La meta literatura sería la excusa.
No lo sé. Dices que hay muchos registros. La parte central es una especie de testimonio de cómo se crea una obra vista desde lejos, con lo cual, en lugar de analizarla, creo una narración paralela y la dirijo a la zona de las notas para que haya muchísimo humor y en ese sentido se revientan las notas porque no tienen cumplen su función informativa y en cambio adquieren una cómica.
Juegas con Nabokov, un maestro en este tipo de recursos, un gran mentiroso.
Es la estructura de Pálido fuego.
Sí, por eso lo decía.
Porque es un poema de 999 versos de John Shade que luego explica el profesor. La novela aquí se desarrolla en pequeños fragmentos.
En la universidad tuve un profesor fanático de Nabokov y nos destripó Pálido fuego. De todos modos en este sentido, ¿crees que le conviene al lector leer El original de Laura antes de leer tu novela?
Durante mucho tiempo hice mi propia traducción de El original de Laura. No se trata tanto de esclarecer lo qué pasa en ese texto. La clave es observar la mente privilegiada de un narrador.
En su deriva de finitud.
¿Podemos parar un momentito?
Sí, claro.
Durante tres minutos Eduardo desaparece y charla con Malcolm Otero. El problema de estas pausas es que generan una segunda entrevista que en este caso cobrará un rumbo que desde el libro versará sobre la novela, nuestro tiempo y los cambios que, poco a poco, lentamente, alteran el panorama.
A lo largo del informe de El original de Laura se menciona con relativa frecuencia la dinámica de un personaje que a través de la autodestrucción encuentra placer. ¿Es esa una característica en común de muchos personajes de la novela?
No. Lo interesante de la propuesta de Nabokov es que crea dos textos dentro de su propio texto que desarrolla simultáneamente por un sistema de fichas que le permite saltar de un lado a otro. Por una parte está escribiendo una novela dentro de la novela. Hay dos personajes femeninos que uno es el modelo del otro y también hay dos textos que uno es el modelo del otro. Esto es una novela de un escritor ruso que al principio conoce a una mujer muy joven que es a su vez la esposa de un neurólogo hilarante, muy gordo, quien está escribiendo un tratado secreto sobre el suicidio. Esto es lo que le interesa de verdad a Nabokov y es el subtítulo de la obra: Morir es divertido. Se trata de una reflexión de alguien que ve que se acaba todo, pero sin tonos trágicos. Se acaba la vida, se acaba la novela, se acaba la literatura y entonces tiene un tratado inacabado que es una operación de destruirse y tiene que ver un poco con la mística oriental, de la que también se ríe: borrar los pies, las piernas, el ombligo y el corazón. Lo interesante tanto en el tratado como en la novela es que ninguna de las dos se terminan. Nosotros sólo vemos sus nervios y cartílagos, produciéndose un fenómeno a mitad del proceso creativo en el que todo se desmorona de repente y se confunde. Escribe una novela, un tratado sobre el suicidio y de repente te produce una escena donde se habla de la novela y el lector queda desconcertado porque pensaba que se estaba escribiendo un tratado.
Las fichas tienen la belleza de lo que aún debe pulirse.
Pero eso hace que todo sea más interesante. Si Nabokov hubiera terminado El original de Laura nos habría legado una novela de segunda, una novelita sin la grandeza y el misterio de sus obras maestras.
Y las fichas para tu novela son el acicate que permite jugar.
Es lo que lo provocó directamente. En vez de ver algo perfecto e inacabado pensé en las fichas como el laboratorio de un loco o un mago.
Y la influencia del mago, como estas fichas, afecta años después a seres humanos que en principio no deberían tener ninguna relación de él, porque el encuentro de Hallux con El original de Laura es epifánico.
Y desencadena todo. La parte clave de la novela es cuando hablan los dos escritores, Hallux y Marlowe, que además tienen dos nombres, uno verdadero y otro falso, para jugar como Laura y Flora, que Flora es el original de Laura. Eso es lo que desencadena el proceso total. Empieza a partir del reconocimiento entre ellos dos, ciando Marlowe pregunta a Hallux qué se propone hacer. Ese diálogo es fundamental porque permite una reflexión sobre todo lo qué es la literatura, de los títulos a los best sellers.
Mezclas el concepto de lo qué es la literatura con detallitos que tienen que ver con las nuevas formas de expresión narrativa. Los dos escritores coinciden en una empresa de videojuegos más tarde Marlowe visita al camello Gordon Carver que se parece sospechosamente al protagonista de Breaking Bad: videojuegos y series dentro de un discurso literario.
La desaparición de la persona física de Nabokov es una metáfora de la desaparición de una manera de expresar las cosas. Lo de los videojuegos se ve cuando la azafata lleva a Hallux por un pasillo que le lleva a Marlowe y en un momento concreto son víctimas de un ataque sideral. Para mi el videojuego es una forma narrativa muy poderosa. Mis alumnos dicen que no juegan a eso, claro, son alumnos serios, no saben de eso.
Pero si verán series, seguro que eso no lo niegan.
Creo que ahora mismo los mejores escritores trabajan para la televisión, y es así porque le da mucha agilidad al formato narrativo. La novela está muy esclerotizada. ¿Por qué me interesa tanto El original de Laura? Porque es una novela que ha estallado, se ha roto, no está terminada, es como cuando metes una botella en el congelador y estalla. La novela no cabe en el formato anterior y ahora mismo ya no valen los códigos de antes. Y no es la crisis.
Es algo previo a la crisis.
Estamos viviendo la revolución que ha habido en el mundo de la narrativa después del libro. La palabra literatura se acuña en el siglo XIX, pero antes tenemos la épica homérica, cantares de gesta y sin ir más lejos siempre se ha transmitido algo, desde el aeda, desde el rapsoda. Una gran revolución es cuando se inventa el alfabeto y las historias pueden transcribirse. La segunda revolución es el libro. Antes del alfabeto existían los memorizadotes. La revolución actual es la desaparición del libro, que se transformará en otra cosa. Estamos en una librería, pero esto ya ha muerto, ya no es el reflejo nuestro tiempo.
¿Esta esclerosis se produce por una incomprensión de los novelistas hacia lo que es el cuerpo de la novela? ¿Surge por la ceguera de no renovarla y conformarse?
Sí, pienso que sí. Aún tenemos grandes genios absolutos como Coetzee. Me ha llamado la atención lo que has dicho de Breaking Bad, pero es la transmigración de ciertos modos expresivos de la narración a otros formatos nuevos como la televisión o lo que vaya a pasar en Internet. En este sentido sí que pienso que es totalmente absurdo y obsoleto aferrarse a contar historias dentro de un esquema anterior que ya no vale. La novela tal y como existía antes no comunica con la gente, y eso sucede porque el autor se aferra a un modo que ya no es válido. Nabokov es un grande, pero es más allá de él.
Nabokov es una metáfora de finitud de una forma de entender la literatura, su desorientación es como la de los ordenadores cuando empiezan a hacer el tonto.
Y es un fin que es un principio. Estamos al principio de algo. Hay una idea de Bajtín muy interesante, y vieja. Dice que la novela es el género más joven de todos, y está en su infancia. Yo digo que está en su Prehistoria, no ha llegado a desarrollarse plenamente, mientras otras formas como la épica sí.
Y estamos, ahora que mencionas esta palabra, creo que hay un uso y abuso de ciertas palabras. En tiempos de crisis cultural hay un exceso de novelistas que no han entendido tu idea de que la novela está en su Prehistoria y siguen anclados en usos decimonónicos de la narrativa.
Totalmente. Hay una escena en mi novela donde un personaje es un perro. ¿Un perro que habla?
Y sale la anécdota pynchoniana.
Pynchon es uno de mis grandes referentes porque nos lleva por un camino nuevo y diferente. En Mason &Dixon habla un pato, pero es que en los primeros paradigmas de novela como En las mil y una noches hay caballos que vuelan. Los tiempos nuevos requieren un formato nuevo para la narrativa.
¿Y hacia dónde crees que puede orientarse?
Saltará por los aires. La imagen no puede estar tan reñida como la ha estado hasta ahora. ¿Por qué no leen las nuevas generaciones? Lo que se les da es muy antiguo, se niegan a leer estos tostones realistas. Está naciendo una nueva criatura, si supiera cual es, trataría de cultivarla. No se trata de logros, más bien de intentos. Con mi novela comparto la perplejidad de un hallazgo. La imagen que utilizo de La casa encantada de John Barth encaja muy bien: estamos en un lugar donde pasan cosas maravillosas que no entendemos muy bien porque estamos a oscuras.
Lo más interesante en cualquier circunstancia es que para entender tienes que investigar, que es lo que propones en la novela.
Comparto una perplejidad, pero tampoco elegí escribirla. Es como cuando percibes que en un sitio hay algo importante y no sabes qué es. Tanto tu pregunta inicial como las observaciones de Enrique son reveladoras, pero claro, yo no puedo cambiar nada, no hay ninguna fórmula de entretenimiento.
Otra problema de la literatura actual es que está muy cerrada en sí misma, y eso posibilita dos lecturas de tu novela: el amante hermético de la literatura se tomara todo muy en serio y disfrutara las referencias sin captar las múltiples ironías que divertirán a un lector menos encorsetado.
La ironía es absolutamente clave. Tengo una teoría de la literatura actual que se centran en lo norteamericano y se centran en Jonathan Franzen y David Foster Wallace.
Que aparecen en la novela.
A propósito, y se encuentran a través de la muerte y después del suicidio. Mientras hablo contigo me acabo de dar cuenta de un aspecto, a ver si lo retengo. Franzen se pregunta en voz alta quien tiene tiempo hoy para leer una novela en las circunstancias de la vida moderna. Nadie. Muy interesante, entre otras cosas porque él escribe novelas de mil páginas con mucho interés. Ahora mismo en todas partes se sigue el modelo televisivo norteamericano, donde además de las imágenes principales lees siete informaciones distintas de forma simultánea. Te informan de un atentado mientras lees de una victoria de Djokovic. Nuestra percepción ha cambiado y nuestra relación con la realidad se ha alterado. Ahora estamos en un ámbito de multitas King. Foster Wallace muere sin entender del todo Internet. Lo entrevisté y me lo confesó. Si ahora estuviera vivo haría cosas completamente diferente, y lo serían en un sentido de simultaneidad. Todos los aparatos que desarrolla con notas al final de La broma infinita son tentáculos de la narrativa que te obligan a dispersarte y a perderte en muchos otros lugares. ¿Por qué el realismo es absurdo, negativo y falso? Porque no refleja cómo son las cosas, nadie vive en mundo lineal. Vivimos como en la televisión, percibiendo mil cosas a la vez.
Isaac Rosa hablaba del panóptico, y tiene razón. El tiempo actual nos acerca más a la posibilidad de una simultaneidad que nos hace intuir una totalidad que es imposible de abrazar.
Lo del panóptico lo explica perfectamente. Algo antiguo que podemos relacionar con nuevas formas de percibir y una exigencia.
Marlowe y Hallux precisamente siempre están en paranoia porque creen que alguien les investiga, se sienten perseguidos en todo momento.
Y no pueden comunicarse por teléfono móvil ni por correo electrónico porque alguien persigue lo que están haciendo, pero aquí entra el aspecto delirante del tema: ¿Quién querrá asesinar a alguien para leer un informe literario?
Pero los parámetros absurdos rigen la sociedad.
Sí, y claro, eso es deliberado.
Todo lo que hemos hablado de la esclerosis lo había visualizado más en la poesía, un arte que en la gran mayoría de casos no ha renovado ni formatos ni temas, está anquilosada en el pasado. Eres de los pocos que me habla del bache de la novela, quizá porque no vives aquí.
Sí, pero lo hago desde la idea de la posibilidad de un renacimiento. Si nos conformamos con lo que hay se quedan los productores sin los receptores. Mi hermano es escritor, tiene una hija fantástica de diecinueve años y ella al ver la novela la observó como si hubiera encontrado un objeto brillante y radioactivo que no abrió. Y hablamos de una persona sensible, criada en un ambiente culto y literario. La culpa es del rancio que dice ser novelista y seguirá escribiendo las mismas novelas que se escribían hace dos siglos. Franzen es muy inteligente porque sí lo ha conseguido. Ha escrito un tipo de novela, que rechazo para irme con el modelo de Foster Wallace, con el que ha llegado a millones de personas. Pero no podemos escribir como hace ciento cincuenta años.
Y de hecho en la novela en algunos momentos Marlowe y Hallux hablan siguiendo el formato pregunta respuesta de la catequesis que ya usó Joyce en el Ulises.
Si nos ponemos a analizar técnicamente la novela veremos que la segunda persona es importante y asimismo el uso del diálogo como exégesis crítica. No obstante me interesa lo que has dicho de la poesía. Si dura será que tiene algo de eterno, ha tenido pocos cambios. Hay una ley darwiniana en la novela. La gente busca lo que necesita. Si la gente no necesita novelas pues adiós muy buenas.
La ley de la oferta y la demanda.
Es muy evidente que la gente no quiere este tipo de novelas. El afán de supervivencia de la industria editorial hace que se torture al público deformando sus gustos y obligándoles a leer basura tras basura.
Y en la novela se menciona esto con el elenco de superventas donde poco importa el nombre del autor.
En Estados Unidos se están haciendo cosas muy interesantes, pero ojo, también está amenazada la novela literaria en Estados Unidos, no te creas.
sábado, 14 de diciembre de 2013
No pasarán, de Édouard Martin
No pasarán, de Édouard Martin, por Jordi Corominas i Julián
Édouard Martin, No pasarán: contra la economía canibal, Malpaso, Barcelona, 2013
Traducción de Dánae Barral Hortet
Entre las mil novelas de crisis, la mayoría con más fuego artificial que otra cosa salvo honrosas excepciones, y panfletos escritos por nonagenarios, hay otra clase de documentos que tienen más valor porque están escritos por protagonistas directamente implicados en la lucha del trabajador.
No esperaba mucho de No pasarán del Édouard Martin, probablemente porque siento un cierto hartazgo por la enésima maravilla que levantará a la gente de sus cómodos asientos. Ninguna obra hará que la gente salga a la calle. No lo hizo la de Hessel, que vendió mucho porque valía cuatro duros y porque a nivel mundial quedó bien, anulaba la rabia sin que su autor lo quisiera, pobre difunto si viera la que armó, un bonito nombre de batalla que le sirvió a la prensa para no usar la palabra ciudadano al hablar de las protestas. Tampoco soy un gran devoto de Salvados, si bien reconozco que informa, y en estos tiempos eso ya es bastante. Un domingo por la noche apareció el granadino que se trasladó a Francia con su familia con la esperanza de un futuro mejor. Habló de los revolucionarios de Facebook y reí por su santa razón. Sin embargo, no podía entender la dimensión de su compromiso hasta que leí su reivindicación que ahora edita Malpaso. ¿Reivindicación?
Más bien debería hablar de la constatación de un naufragio que la evolución económica del mundo ha catapultado hasta la desesperación. Como tiendo a analizar los textos desde una vertiente literaria creo lícito asociar el inicio del volumen, con las duras condiciones de la dictadura franquista, con su conclusión, donde gobiernos republicanos y democráticos incumplen sus promesas sin pensar en los que pueden perder sus empleos, impotentes ante magnates que, como si fueran el malo del Inspector Gadget, acarician gatos desde una sede lejana, casi invisible por mucho que tenga unas determinadas coordenadas geográficas.
Lo que explica Édouard Martin, obviando el prólogo de Alfonso Guerra que me parece incomprensible desde un punto de vista ético, es el descalabro de un modelo de vida que se cargó Margaret Thatcher en Inglaterra sin miramientos. El sindicalista galo habla de amor a la fábrica, modelo de vida que se transmitía de padre a hijo y creaba unas tradiciones que iban desde la amistad hasta la devoción por un lugar que, desde parámetros reivindicados desde finales del siglo XIX, aspiraban a una repartición ecuánime de la jornada, los famosos tres ochos, uno para conseguir un sueldo, el otro ocioso para instruirse y el último destinado al descanso.
Esta imperfecta perfección empezó a resquebrajarse con la caída del muró de Berlín y la preponderancia de un nuevo capitalismo de una virulencia terrible. La fábrica lorenesa de nuestro protagonista padeció un cuadro de síntomas típicos. De la orgullosa resistencia inicial aceptó la fusión con otras compañías europeas y de ahí, casi sin respiro, la llegada del malo de la película, el hombre que la semana pasada casó a su hija en Barcelona para mayor oprobio de sus habitantes: Lakshmi Mittal, multimillonario industrial que acapara y acapara sin entender el sistema con el que desea obtener un sinfín de beneficios.
La contienda es de David contra Goliat, sí, y al mismo tiempo ejemplifica el proceso de debilidad, la utopía del trabajador enfrentado a bestias sin piedad que no contemplan acuerdos porque vienen de otro estilo que rompe el pacto social y contagia a los gobernantes, felices con su idea de cumplir que siempre queda en agua de borrajas por eso de rebajar el estado y exhibir una mediocridad que afecta tanto a derechas, Zarcos y el cambio de chocolatinas al gas mostaza, como a izquierdas, Hollande y su sonrisa hasta cuando se enfada.
En España la desaparición, salvo para robar, de los dos sindicatos más representativos se nota demasiado. Ver que en el país vecino la movilización, en eso y otras cosas siempre han ido por delante, sigue con empecinamiento constituye una bocanada de aire fresco pese a los palos que se ponen a sus ruedas. Al fin y al cabo no pasarán, ese es su principal valor, es un documento de época, con páginas que en un futuro serán útiles para entender el actual desaguisado y porque ha llegado a producirse y sigue su irrefrenable marcha hacia el abismo donde la desprotección va camino de ser proverbio universal.
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lunes, 9 de diciembre de 2013
Bibiana, Mittal y la decadencia
Bibiana, Mittal y la decadencia
Bibiana es un nombre que siempre he asociado con Fernández. Desde hace algunos meses mis neuronas han activado otra relación que crea la doble B que nada tiene que ver con la Bardot, vieja gloria decrépita, y aún no hablo de mi querida Barcelona. El nombre, por ahora, es Bibiana Ballbé, de quien averigüé que presentó un programa donde entrevistaba gente en la cama. Tuvo éxito, no miro en exceso la televisión ni tampoco la veo, y hace escasos meses su popularidad creció en mi TL por un atinado artículo que la postulaba como síntoma de la cultura de la carcajada, riota, nada que ver con el vocablo inglés riot, algo debido a su nombramiento entre los nuevos responsables del Centre d’Art Santa Mònica, ubicado al final de la Rambla, esa avenida que de ser interclasista pasó a ser folklórica con el franquismo y mexicana con la llegada del siglo XXI.
Pues bien, este espacio museístico afronta una nueva etapa llena de incerteza. La anterior, como ocurre en cualquier lugar financiado con dinero público, tuvo luces y sombras, pero creo, y hablo desde el conocimiento de causa de ser guía de exposiciones, que no hizo una mala labor. Apostó en muchos casos por exhibiciones que potenciaban aspectos clave de la cultura catalana y sorprendió con otras muestras que en principio no interesaban en exceso, como la dedicada al arte ruso contemporáneo. Coge el relevo del poeta Vicenç Altaió, Casanova en el último filme de Albert Serra, Conxita Oliver, de la que nada malo puede decirse y a la que hay que dejar un tiempo para juzgar su propuesta. De momento el problema, banal como un aquelarre de travestis, se llama fiesta de inauguración y la palma de los horrores es para Bibiana.
¿Qué ha hecho la jovencita? Destinada a aportar aire fresco llegó a rumorearse, según los incendiarios artículos de Teresa Sesé en La Vanguardia, que ella mismo difundió que optaba a ser directora del antiguo convento. Finalmente su cargo consiste en ser dinamizadora de creatividad cultural o algo parecido, que puede ser todo o una nimiedad absoluta. El caso es que decidió montar un sarao memorable que durara de las diez de la noche a las diez de la mañana con cien creadores de ayer y hoy, disruptivos, una palabra que usamos cada día, rompedores y, sobre todo, con vinculación nacional, que es lo que se estila en este instante donde se habla de catalanizar Barcelona.
Su idea ha generado un aluvión de críticas que surgen desde los propios invitados hasta el departamento de Cultura de la Generalitat, cuyo director de promoción y cooperación cultural, hasta hace poco presentador de un programa de videojuegos en la televisión pública, ha lanzado mil gritos al cielo . La mayoría de artistas han declinado el ofrecimiento y los órganos institucionales han hablado de extralimitación de funciones. Se armó el Belén y la flor y nata quiso añadir su granito de arena en las redes sociales, nuevo harén de las porteras que todos somos. Luego está el factor de porqué se ha filtrado todo este embolado. La otra cuestión es plantearse si realmente Bibiana ha hecho algo mal porque se supone que su misión era montar saraos de este tipo y contenidos televisivos de promoción.
Desde una cierta ignorancia, lo más interesante del asunto sería conocer la intrahistoria del mismo, creo que al final lo triste es que el debate generado es una prueba evidente de la vacuidad del período en lo que a las artes se refiere. No estoy de acuerdo en que este tipo de perfiles cobren tanta relevancia en el sector, pero asimismo considero que básicamente asistimos a una operación de acoso y derribo en medio de un profundo aburrimiento que nace de una preocupante carencia de ideas.
La polémica ha servido para que salte a la palestra una constatación silenciada aunque sabida: muchos artistas ven como las instituciones no pagan mientras desaparecen centros de arte, y claro, que alguien se tome prerrogativas de show cuando cae el diluvio no es nada aconsejable, es más, condenarlo es digno. Mientras esto ocurre este fin de semana Barcelona se ha divertido, como si volviéramos a principios del Novecientos y el marujeo fueran risas de mercado, con la gran boda india que ha cerrado el MNAC durante un día porque así lo ha querido el Alcalde Trías. Como contrapartida nuestro Louvre, lo digo sin ironía, dejó entrar gratis en sus instalaciones el viernes y el domingo, quedando el sábado para el bodorrio de la hija de Mittal, conocido por ser el dueño de una de las mayores multinacionales del mundo. Hace poco la neonata editorial Malpaso publicó No pasarán, del sindicalista francés Éduoard Martin, donde con tono de batalla se exponían a las claras las malas prácticas del empresario indio para con sus trabajadores, y sí, me quedo corto. Esto no es una reseña del libro. En Twitter un chico opinaba que si la ceremonia, a la que también asistió el ínclito Artur Mas, reportaba tantos millones de beneficio a la capital catalana todo era comprensible. Un amigo suyo le respondió que no era una cuestión de dinero. Si así fuera venderíamos todas las vírgenes de la ciudad y nos quedaríamos tan panchos. La indignación parte de la dignidad y del abuso de privatizar un espacio que es del ciudadano, relegado por la visita de nuevos ricos que aportan calerons que ninguno de nosotros veremos.
El cabreo es más que lícito y la argumentación del replicante, nada de Blade Runner, correcta, porque está en juego el respeto a quien habita las calles de una ciudad que de modelo ha devenido marca tan ricamente, de Barcelona a BCN, ahora con cinismo, premeditación, alevosía y a la luz del día, aunque en ocasiones la nocturnidad se aplica, sobre todo cuando se quitan placas del nomenclátor y recuerdos del pasado, como sucedió con el pasaje de la Canadenca, donde se cambió el subtítulo para que nadie quisiera imitar la huelga de 1919, o con el vestigio de la Constitución de 1840 en la Plaça de Sant Jaume.
Mientras esto ocurre no se discute la gestión de la alcaldía, amenazada estos días porque la oposición tumbó los presupuestos y tiene la remota posibilidad, sería una extraña alianza la de las supuestas fuerzas de izquierda con el PP, de tumbar a Mister Trías, más preocupado por hacer de la zona de Glorias su legado y escasamente concienciado con darnos equipamientos sociales. La decadencia es el pulso que se agota y se metamorfosea con pequeños detalles como los que hemos desgranado en este texto. Saquen sus conclusiones.
domingo, 3 de noviembre de 2013
La cartera del cretino, de Kurt Vonnegut
El testamento: La cartera del
cretino de Kurt Vonnegut, por Jordi Corominas i Julián
Kurt
Vonnegut, La cartera del cretino, Malpaso, Barcelona, 2013
Traducción
de Ramón de España
Me
llega La cartera del cretino a casa y no la tiro a la basura, no piensen mal,
es de Vonnegut, es inédita y merece reposo; decía el emperador Augusto aquello
de apresúrate lentamente y, créanme, para cuestiones lectores conviene hacerle
caso. Luego diremos que sí, devoré el libro, y suele ser cierto, pero también
hay que degustar las páginas, captar su sabor porque forman parte de un
conjunto en principio coherente, con una línea común y unas ideas que reflejan
el pensamiento de su autor.
Abro
el volumen e intento no distraerme con la belleza del naranja que envuelve su
diseño. Tengo experiencias con el escritor norteamericano, sucumbí a su
Matadero 5 y al Desayuno de los campeones, pero no sé tanto como Laura
Fernández, que siempre me menciona algo del bueno de Vonnegut, como si fueran
amigos de toda una vida. Su entusiasmo, del que suelo fiarme, fue una de las
razones por las que afronté esta nueva lectura con muchas ganas, y debo decir
que la prueba se ha superado con holgura.
En
primer lugar por determinados juegos que son de mi agrado. La cartera del
cretino es una colección de relatos que culminan con un ensayo que es todo
arrojo y otro cuento incompleto, su última pieza de ciencia ficción. La
compilación inicial está dividida en episodios que muestran una especie de unidad
invisible entre las partes, unidad que si existe es temática y de estilo a
partir de determinadas obsesiones y rasgos inconfundibles del escritor de
Indiana.
Entre
tibio y Tombuctú es un delirio de empecinamiento de un pintor que tras perder a
su mujer y salvar la vida de su vecino se pregunta, mediante el capricho de un
médico, si es cierto aquello que cuando casi te vas al otro barrio te pasa toda
la vida por delante. Para comprobarlo fríe a preguntas al pobre galeno e idea
un endiablado sistema que para funcionar requerirá casi que los astros se
alineen y desafíen la conflagración del absurdo, siempre presente en nuestra
existencia a partir de pequeños detalles capaces de alterar el panorama con un
soplido. Lo mismo ocurre en Roma, relato donde una obra de teatro topa con la
machacona insistencia de un padre corrupto que controla los movimientos y las
costumbres de su hija, a la que impide desarrollar con naturalidad la afición
que la liberara del tedio.
Esa
voluntad de escapar del aburrimiento asoma en Paraíso junto al río, narración
con trampa donde un chico y una chica coinciden mientras golpean una piedra. El
encuentro conduce, algo que suele ser frecuente pese a que nos fijemos poco en
la minucia, a otro lugar donde la historia recibirá justa rúbrica, bien
diferente a la del cuento que da título al volumen. La cartera del cretino, con
un final sutil e imprevisto como marca de fábrica de Vonnegut, donde un
estudiante de teología perderá el oremus y querrá dilapidar la fortuna legada
por sus padres en pocos días. ¿Las causas? Eso mismo se pregunta su experto
consejero, quien con afán detectivesco seguirá a su cliente para meternos en un
embolado caricaturesco, no tan pronunciado en Señorita Snow, está despedida.
Aquí la clave, que revela una honda observación de la psicología de mediocres
en altos puestos laborales, es la belleza de una jovencita, obstáculo
insalvable para alguien que ya tuvo que vérselas con el exceso de guapura de
una mujer. La cosa deriva en un episodio fuera de la oficina para corroborar la
simpleza de todos y la profunda soledad del hombre contemporáneo.
En
París, Francia vemos como la vejez puede tener múltiples rostros que van desde
las famosas viruelas hasta una negatividad que Vonnegut decide enfocar desde el
surrealismo que es mero reflejo de la realidad y sus excesos. El viaje de una
pareja a la capital de las Galias le sirve para inmiscuir a otro matrimonio
retrógrado y a una pareja de enamorados que levantan envidias en los viajeros
del tren rumbo a París. La desgracia, la calamidad y las apariencias vertebran
esta apoteosis de cotidianidad llevada a la hipérbola para que riamos y el
narrador se divierta con sus marionetas.
Sin
embargo este disfrute, que en muchos casos a lo largo de su trayectoria se ha
visto como indudable cinismo, contiene un poso de amargura que transmite el
último capítulo que constituye el ensayo titulado El último de Tasmania. ¿Quién
era? Los habitantes de esta isla se extinguieron porque los colonizadores los
juzgaron demasiado feos como para irse a la cama con ellos. Así desapareció un
cachito de humanidad. El escritor de origen alemán insiste en este potente
texto en cómo el hombre blanco, y no es nada casual la constante mención al día
de la basura, perpetua la sumisión del otro e intenta excusar con lustrosas
reflexiones encuadernadas y de venta en librerías. Los dos conceptos que
resumen el pensamiento expuesto son el que nace de la metáfora de los dos
Heinrich. El primero se apellidaba Himmler y mientras amaba a los animales se
dedicaba a exterminar sin piedad a sus semejantes. El otro era escritor de los
buenos, se apellidaba Böll y opinaba que el gran error de los humanos, su
principal defecto, ha sido, es y será la obediencia.
Y
de ella deriva el grito mudo de la excavadora que todo lo alisa, segundo gran
pensamiento a tener en cuenta, simbolizada en nuestra era contemporánea, hay
que tener en cuenta que el ensayo fue escrito en 1992, por la televisión,
invento que no se añade a las pocas fechas clave que debemos aprender para
simular tener una visión del universo porque sería demasiado poco pudoroso
hacerlo, el dominio debe ser sigiloso, los artefactos ya ejecutan su melodía,
inacabada en el caso de Vonnegut con su La ciudad robot y el señor Caslow,
aunque la sensación de terminar de leer sin ver un punto y final tiene algo de
reconfortante porque la imaginación es inagotable y continuar esa línea es un
acicate más, otra muesca oculta del revólver.
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