Mostrando entradas con la etiqueta Resistencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Resistencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de enero de 2021

Los artículos de Combat de Albert Camus en El Confidencial Cultura

 


La semana pasada escribí en El Confidencial Cultura sobre los artículos de Albert Camus en Combat, sin duda uno de los acontecimientos literarios de este 2021. Puedes leerlo aquí

lunes, 26 de agosto de 2019

Robert Brasillach en El Confidencial


Hoy escribo en El Confidencial sobre Robert Brasillach, el escritor más reconocido ejecutado por su colaboracionismo durante la ocupación alemana. Si quieres puedes leer su historia aquí

viernes, 30 de agosto de 2013

La Otra Historia de la Segunda Guerra Mundial de Donny Gluckstein


Donny Gluckstein, La otra Historia de la Segunda Guerra Mundial. Resistencia contra Imperio, Barcelona, Ariel, 2013
Traducción de Joan Andreano Weyland

Estamos en un momento donde se ha impuesto un tipo de discurso que privilegia la síntesis para simplificar contenidos y apuntalar ideas que como siempre parten de unos intereses creados que, y ya no es nada sorprendente, nadie discute porque la sociedad presenta un espectro átono siempre más consolidado y proclive a esconderse cuando suenan las campanas de la polémica.
Poner en duda lo establecido es un ejercicio sano y necesario siempre que se emprenda desde la coherencia de la racionalidad y el contraste.  No basta con protestar gratuitamente. Para barbaridades ya tenemos las que sueltan desde el piso de arriba. Es difícil innovar en temas tan manidos como la Historia de la Segunda Guerra Mundial, conflicto que copa la bibliografía dedicada a cualquier aspecto del fenecido siglo XX. Sin embargo Donny Gluckstein, profesor del Stevenson College de Edimburgo, lo ha logrado con un libro donde desmiente la monocromía y el maniqueísmo que siempre se ha vendido de la conflagración, donde los Aliados emprendieron la lucha porque el enemigo pretendía conquistar el Planeta con unos argumentos que amenazaban la libertad del género humano.

La Otra Historia de la Segunda Guerra Mundial plantea desde su magnífica introducción, clarísima en su enfoque del contexto, una contienda dual. Por una parte tenemos la versión oficial de carácter imperialista que hemos expuesto en el párrafo anterior. La otra es la guerra popular que suele conocerse por el nombre de resistencia, término impreciso porque cada nación afrontó desde su propia óptica la pugna con el invasor o las autoridades oficiales. No puede compararse, por poner dos ejemplos fácilmente reconocibles, el caso francés con el polaco, distintos en fondo y forma, antagónicos pese a coincidir en la cronología. Las coincidencias en muchos casos se basan en que a partir de un territorio un grupo de personas disconformes con el orden establecido enarbolaron la bandera de la disidencia para intentar conseguir que el mundo de la posguerra tuviera mayor justicia social y un reparto más equitativo de bienes.



Gluckstein, hijo del trotskista Tony Cliff, divide el objeto de estudio en cuatro apartados El primero versa sobre  tres países que se encontraron entre los bloques casi sin comerlo ni beberlo. Yugoslavia demostró la fortaleza y pujanza del movimiento partisano, capaz de superar papeles y tratados. el Mariscal Tito se enfrentó a los nazis y a grupos colaboracionistas que contaban con el apoyo aliado. ¿Cómo puede entenderse? ¿No habíamos quedado en que la lógica imperaba? Pues no. En muchas situaciones los soldados aliados se vieron en indeseables tesituras que remarcaban la inutilidad de tanta sangre vertida. ¿Qué sentido tenía combatir al fascismo y colocar a uno de sus jerarcas en el poder una vez terminada la guerra?

En Yugoslavia Tito cambió ese paradigma, pero en Grecia, donde la resistencia fue más allá de la guerrilla y plantó la semilla de una revolución, los aliados no se anduvieron con chiquitas a la hora de plantar su pica en la Hélade. En otoño de 1944 Churchill y Stalin se repartieron las áreas de influencia del Mediterráneo y la cuna de la civilización occidental tenía impronta británica. El ejército de su majestad capeó una rebelión en Atenas y mató sin muchos miramientos a los griegos que lucharon por mantener los progresos que la ELAS había conseguido durante los meses de ocupación nazi. El líder de los dedos en forma de V tiene, como casi todos los mandatarios del período, una parte gris que resulta más visible en el gerifalte soviético. Stalin permitió sin ambages que el levantamiento de Varsovia fuera liquidado por los nazis mientras el ejército rojo esperaba a las puertas de la capital polaca. Los ingleses mandaron suministros para perpetuar la insurrección, que pereció sin remedio por la increíble ausencia de ayuda en otro ardid del zar comunista contra un país que detestaba sobremanera.



En esta zona de Europa Letonia constituye una excepción porque todas las iniciativas de luchar contra el ocupante colapsaron por las raíces históricas del pequeño país báltico. Ni los rusos ni, a posteriori, los alemanes eran bienvenidos, unos por eterna enemistad, otros por su nula empatía y extrema crueldad. No se formaron grupos de combatientes capaces de inquietar al invasor, fenómeno que contrasta con la actividad y organización de los núcleos reacios en las fronteras aliadas.

El caso galo es famoso y Gluckstein lo incluye para diferenciar la Resistencia en mayúsculas de su identificación con De Gaulle, quien se apropió del concepto para mayor gloria de su leyenda áurea. En Gran Bretaña los bombardeos y la penuria económica conllevaron protestas y huelgas en la isla porque la gente más que derrotar a un adversario quería un Estado del Bienestar para el mañana que les asegurara lo esencial para vivir. En Estados Unidos las tensiones, resueltas con la Guerra Fría, fueron racistas. Los japoneses residentes en la tierra de las barras y estrellas fueron encarcelados en campos de concentración y los negros padecieron marginaciones en el ejército y en su cotidianidad que prosiguieron después de las revueltas de Detroit.



En los países del Eje la dinámica fue similar a la de otros pueblos liberados. En Alemania fue complicado durante la larga noche nazi generar estructuras resistentes que, no obstante, brillaron cuando la derrota se hizo inevitable a partir de Stalingrado. El golpe fallido contra Hitler de julio de 1944 exhibe la cara aristocrática de la oposición, mientras que la popular correspondió a las milicias antifascistas que gobernaron ayuntamientos antes de ser desballestadas por los americanos, quienes preferían mantener el cuerpo funcionarial sin muchas pérdidas, algo que se constató cuando la quimera de la alianza entre anglosajones y soviéticos pasó a mejor vida y las circunstancias de la Guerra Fría provocaron tanto en Alemania como en Austria una amnistía a los criminales de antaño.

En Italia la agitación partisana se mezcla con el cinismo aliado. En julio de 1943 el Gran Consejo Fascista depuso a Mussolini y lo sustituyó por un militar no muy contrario a éste. El Mariscal Badoglio fue acogido junto al Rey Vittorio Emanuelle III por los aliados que ocupan el sur de la bota. En el norte y en la Roma los partisanos plantaron cara a los alemanes y allanaron la senda para su expulsión de las fronteras tricolores. Las jornadas de abril de 1945 dieron esperanzas para que el país se convirtiera en una zona de claro perfil izquierdista. El Comité de Liberación Nacional lo hizo imposible y la guerra popular de los que combatieron por propia iniciativa contra los nazifascistas fue silenciada. Sus proezas, su valentía y nobleza, fueron ocultadas durante años. Como en muchos otros territorios los salvadores merecían ser considerados escoria para preservar acuerdos y un correcto dibujo del planisferio.



Por último el autor, que juzga escasa su investigación pese a la lucidez que demuestra con sus averiguaciones, aborda tres colonias asiáticas. La India no se amilanó durante la conflagración e inició el camino hacia su independencia. Indonesia y Vietnam son dos broches de oro en la tesis de Gluckstein de enseñar al lector el cinismo de los buenos de la película. Los aliados no tuvieron grandes remordimientos para ordenar a sus soldados luchar junto a los japoneses para evitar los procesos de secesión de dos zonas que aglutinaban muchos intereses comerciales.


La debacle del fascismo está bien registrada en manuales y libros de Historia. Sin embargo el arrojo del pueblo para metamorfosear la sociedad suele apartarse. Con muy buen tino, aunque cada época tiene sus coordenadas, el autor escocés apunta que si entonces la gente normal se unió para mejorar el porvenir contra el imperialismo, hoy en día la misión de los desheredados del mundo es combatir el oprobio del desmantelamiento con la misma fuerza que nuestros antecesores. Para eso, entre muchas otras cosas, sirve ser adicto a la Musa Clío. 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Continente salvaje de Keith Lowe en Revista de Letras






Las partes ocultas, y fundamentales, del guión: “Continente salvaje”, de Keith Lowe
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 24.11.12



Continente salvaje. Keith Lowe
Traducción de Irene Cifuentes
Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2012)




Hay una forma sencilla de narrar la Historia de la Segunda Guerra Mundial. El esquema, trilladísimo y apto para cualquier consumidor, habla de una lucha del bien contra el mal. Los aliados eran los salvadores del mundo, enfrentado al demonio fascista. La lucha, absolutamente maniquea desde este punto de vista, se prolongó durante seis largos años, que culminaron en Europa con la batalla de Berlín y la celebración de la victoria el ocho de mayo de 1945, cuando cesaron las hostilidades en todo el Continente.

El resumen seguiría con la paz, que fue breve porque los dos grandes ganadores del conflicto se olvidaron de la barbarie por intereses del nuevo orden. Surgió la Guerra Fría y el telón de acero, con su representación palpable en el Muro de Berlín, dividió el Viejo Mundo en bloques antagónicos. Pero antes los vencedores juzgaron a los culpables de la contienda, criminales genocidas que nunca más participaron en política.

La Resistencia en los países ocupados, y con eso terminamos esta breve síntesis, fue homogénea y su apuesta por la liberación brindó concordia para el futuro. Sus participantes devinieron héroes nacionales.

Y podríamos seguir hasta el infinito con la simplicidad que ignora el matiz. Lo general sin el detalle ofrece una visión sesgada que Keith Lowe se concentró en enmendar mediante una investigación basada en el análisis de Europa tras el supuesto silencio de las armas. El joven historiador británico disecciona el período inmediatamente posterior a la rendición incondicional germana y para apuntalar sus teorías las articula desde cuatro parámetros esenciales: El legado de la guerra, venganza, limpieza étnica y guerra civil. Al cerrar el volumen aplaudimos por lo brillante de la exposición y la luz que aporta a cuestiones habitualmente desdeñadas pese a su suma importancia. La única pega de Continente salvaje es su brevedad, algo chocante por sus quinientas páginas, pero que tiene razón porque Lowe sólo puede abordar una miríada de conceptos en muy pocas páginas. Supongo que es un esbozo de una obra monumental, meros retazos de un magma excelente y extenuante por su información.

Así, la primera parte sirve de introducción al conjunto, como si la destrucción física, los desplazamientos, las hambrunas y el caos fueran un aperitivo para platos más concretos. Cada capítulo regala datos sorprendentes que se insertan en la normalidad de ese trágico instante. Imaginar el panorama no es complicado a pesar de su dureza. Ciudades en ruinas, ámbitos rurales desolados y millones de seres humanos vagando en un lugar con fronteras, barbarie y mucha ausencia de familiares y, sobre todo, de una brújula donde orientarse porque se inicia una inédita cronología. Lo pretérito se ha cancelado entre megalomanías fascistas, bombardeos civiles y un fanatismo que no ha dicho su última palabra.




La venganza aquí no se sirvió fría. Eran demasiadas las heridas y los rencores como para que lo cabal se integrara en el paisaje donde la sed de sangre era insaciable. Los campos de concentración y exterminio asistieron, con el beneplácito de americanos y soviéticos, al desahogo de los prisioneros con sus verdugos, que de la noche a la mañana pasaron a ser esclavos, maltratados con especial inquina por el ejército rojo, implacable con los soldados capturados a su Némesis. Cambiaron las tornas, y la brutalidad tuvo su actuación estelar, cebándose incluso en niños y mujeres. Hasta aquí la ira de los peones del tablero. Reyes y reinas, gobernantes y burócratas, articularon una opereta en forma de juicios y limpieza de la administración. No sólo hubo Nuremberg. Recuerdo una escena de El buen alemán de Steven Soderbergh donde la cámara se fija en un pasillo estructurado a partir de eternas hileras de archivos con fichas de millones de alemanes condenables por sus actos. Para refundar Europa era necesario depurar los cuadros funcionariales para que se despojaran de su hedor totalitario. En Italia y Alemania se dictaron miles de sentencias en ese sentido, pero cuando el viento sopló en la dirección de un mundo bipolar, el bloque occidental decidió rehabilitar a esos antiguos servidores del Estado, por interés y por, lo que no justifica en absoluta la medida, su solvencia en el asunto. Eso sí, lo canónico prefiere mencionar mujeres colaboracionistas rapadas y sogas al cuello.




Las dos últimas secciones de Continente salvaje son de alto voltaje puro al examinar con precisión quirúrgica dos aspectos espinosos que suelen soslayarse en la idea de Europa forjada a lo largo de más de medio siglo. Stefan Zweig y Toni Judd rememoraron -uno desde la nostalgia de lo reciente, otro desde la reflexión erudita- una Europa sin pasaportes y nulas barreras. El centro de este particular universo relucía por su composición multiétnica, factor fundamental de la prosperidad sociocultural del Imperio Austrohúngaro. Las poblaciones de tan vasta zona convivían desde hacía siglos en la mezcla, que no sólo aniquiló Hitler con el Holocausto y Stalin con su exterminio ucraniano durante el final de los años veinte y el inicio del siguiente decenio. Al terminar la Segunda Guerra Mundial se extendió un ansia de pureza racial que respetara el nombre del territorio. Polonia para los polacos, por ejemplo. Surgieron millones de refugiados, los alemanes eran expulsados de tierras a las que habían pertenecido durante generaciones, alargándose así el drama de la alienación, que en otros casos culminaba en ejecuciones, razzias y otras lindezas que tuvieron sus episodios más detestables en Ucrania, Polonia y Yugoslavia, si bien su influencia infectó el cuerpo europeo hasta la sobredosis, y sólo la inmigración actual ha vuelto a desbaratar el siempre dañino monolitismo nacional.




El cierre observa otro hecho constatado que no suele difundirse en la esfera pública porque es motivo de vergüenza y sacarlo a colación implicaría revisar mitos patrióticos que configuran el calendario conmemorativo y, más importante, la versión oficial histórica de cada país. Muchos de ellos padecieron guerras civiles simultáneamente a la principal, y en la mayoría de casos el duelo fraticida duró más allá de 1945. Un paradigma de lo que significó esto se halla en Italia, donde partisanos y fascistas se enzarzaron en disputas que a posteriori se dilucidaron más en despachos de Washington que en montañas piamontesas. El creciente temor a una oleada comunista hizo que los héroes de la Resistencia pasaran a ser villanos que dieron con sus huesos en la cárcel, bonito tributo a su esfuerzo por acabar con la pesadilla de la ocupación. La preponderancia norteamericana y la imposición de sus postulados completarían su operación cuando fue vetada la inclusión de ministros comunistas en gobiernos occidentales.

Continente salvaje es una investigación de muchos quilates que, como todo buen ensayo histórico, no sólo desmenuza el pasado. Su doble mérito radica en abrir la puerta a un campo bastante virgen hasta la fecha, y que pese a su vacío bibliográfico es primordial para comprender determinadas dinámicas del Viejo Mundo, dinámicas que aún siguen atenazando nuestra tranquilidad. Por eso es recomendable aprehender su origen, para evitar reproduzca males que por coherencia ya deberíamos haber enterrado.

domingo, 30 de octubre de 2011

Y siguió la fiesta de Alan Riding en Revista de Letras


Recuperar la amnesia, solear los claroscuros: “Y siguió la fiesta”, de Alan Riding
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 30.10.11


Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding
Traducción de Carles Andreu
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores (Barcelona, 2011)


La Historia que cuenta Alan Riding en Y siguió la fiesta tiene un origen lejano, tanto que si quien escribe se pusiera quisquilloso podría remontarse a Carlomagno y hasta a la noche de los tiempos. No lo haré, aunque sí precisaré que desde 1870 la situación estaba al rojo vivo entre Francia y Alemania. Alsacia y Lorena. Proclamaciones imperiales. Derrotas inasumibles. Paces en vagones y un tratado imposible de cumplir facilitaron la tarea hasta llegar al maldito diez de mayo de 1940, fecha de la invasión nazi contra el Benelux y Francia. El otrora país henchido de igualdad, libertad y fraternidad gozaba de un significado especial para el resto del mundo. En décadas recientes la historiografía cultural ha destacado con mucho tino la labor fundamental de Viena para comprender las revoluciones intelectuales del siglo pasado, pero hasta hace bien poco París era la luz que eclipsaba cualquier otra referencia. La llamada de Baudelaire inició una senda que en lo literario convocó a escritores de todas las nacionalidades que querían embriagarse de una misteriosa magia de modernidad, y lo mismo hicieron los pintores, bien conscientes que quien no residía en la capital del Hexágono corría el riesgo de quedar fuera de juego en el gran tablero de las artes.



En 1940 la urbe del amor, hasta en eso destacaba, también era famosa por cines, teatros, cabarets e infinitos espectáculos que eternizaban su noche en una fiesta no muy distinta a la que Hemingway proclamó en su famoso libro de recuerdos. No es que las personas ignoraran la amenaza que se cernía en el horizonte: simplemente optaron por divertirse hasta que el sonido militar pisara los adoquines de los Campos Elíseos, lo que acaeció el 14 de junio, jornada infame para la libertad y gloriosa para el miedo. A Hitler sólo le quedaba una batalla pendiente en Europa. Inglaterra esperaba, y mientras tocaba adoptar medidas para con la vencida, que a nivel territorial fue dividida en dos partes, una ocupada y otra colaboracionista, el Régimen de Vichy, que paradójicamente, o no tanto, comandaba el Mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra Mundial. ¿Y en lo cultural?

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, tenía las ideas claras. El objetivo de la campaña de Francia era poner fin a la dominación cultural gala en Europa y a lo largo y ancho del globo terráqueo. París era la clave y por eso una de las manos derechas del Führer creó un departamento con más de mil doscientos empleados destinados a controlar los avatares del mundillo que hasta aquel entonces había marcado tendencia. Selección, aceptación y censura. El complejo de inferioridad teutón era enorme. Se dieron órdenes para que ninguna propuesta francesa traspasara la frontera alemana sin permiso y se extremaron las medidas para que la vida volviera a su cauce bajo una apariencia de normalidad una vez las bombas cesaron y los uniformes plagaron las avenidas con su tela de advertencia. Los gerifaltes se dieron el lujo de un tour turístico y Hermann Goering sació sus ansías saqueadoras para decorar su palacete y exportar grandes obras que por suerte fueron recuperadas tras el conflicto gracias a la habilidad de una funcionaria del Jeu de Paume que anotó con meticulosidad todo lo que entraba en el recinto usado por los nazis como depósito previo a los trenes. El Louvre quedó a salvo porque desde 1938 el gobierno Daladier inició el traslado de gran parte de la colección para evitar su confiscación y posterior traslado. El arte degenerado, al que los nazis dedicaron una muestra que exhibiera lo que para ellos era el horror, fue expuesto en galerías donde los marchantes superaban el temor de presentar lo prohibido apoyándose en clientes de confianza.




El mayor y más apasionante problema, que Alan Riding analiza al pormenor, se centró en cómo enfocar aguantar la pesadilla sin salpicarse. Los soldados de la Wehrmacht asistían con descuentos a la Ópera, donde tenían asientos reservados. Los burdeles estaban a rebosar y la música era el único punto de unión entre dos pueblos opuestos entregados a un más que comprensible recelo mutuo que aconsejó a los grandes nombres actuar con mucha cautela, si bien algunos no mostraron pudor alguno a la hora de codearse con sus nuevos amos. Sacha Guitry prosiguió con su hiperactividad y asistía a cualquier sarao de los nazis. Jean Cocteau fue algo más comedido. Su presencia en la grandilocuente exposición dedicada a ensalzar la escultura de Arno Breker contrasta con su arrojo al respaldar a un desconocido decisivo, Jean Genet, que de no ser por el dandi opiómano no hubiese encontrado acomodo a hurtadillas para su Notre-Dame des fleurs, de la que Robert Denoël imprimió treinta copias. Cocteau arriesgó más de la cuenta por su fervor estético al recrear en un guión para Jean Delannoy la leyenda de Tristán e Isolda. Los protagonistas de L’éternel retour fueron su amante Jean Marais y Madeleine Sologne, tan rubios que después de la liberación muchos opinaron que su cabellera era un alegato a la raza aria, por la que bebía los vientos Pierre Drieu La Rochelle, antisemita irredento que dirigió durante la ocupación la emblemática Nouvelle Revue Française. El mantenimiento de la publicación fundada por André Gide supuso un respiro para Gallimard, acusada de bolchevique, y un extraño paradigma de amistad entre literatos. Drieu La Rochelle pidió, en una especie de conciliación ideológica, que el resistente Jean Paulhan fuera su adjunto. Este se negó, pero aceptó colaborar, quizá porque sabía que el autor de Gilles había hablado con los nazis para protegerle junto a Louis Aragon, que a lo largo de esos cuatro años de íncubo transformó su lírica para dar esperanza al pueblo con la poesía, y lo mismo aplicó a sus versos Paul Éluard, estandarte de la resistencia con Liberté.



Pese a que la Historia lo ha absuelto e idolatrado como un tótem sacro, no podía decir lo mismo Jean Paul Sartre, que en la investigación premiada con el Premio Internacional de Ensayo Josep Palau i Fabre aparece como un inteligente estratega que supo vender su compromiso patriótico a la perfección pese a ser un oportunista de última hora bien diferente de Camus, un recién llegado que causó sensación, y el inagotable Malraux. Este círculo elitista nos lleva a Picasso, quien llegó a pedir la nacionalidad francesa por pavor a ser deportado por su defensa de la República Española. El genio del Gernika permaneció en su hogar de adopción sin apenas ser molestado. Recibió la visita de Ernst Jünger, oficial nazi que transcurrió su estancia en París entre el salón de Florence Gould, americana que organizó en sus aposentos una peculiar tertulia en la que cabían asesinos, figurantes, espontáneos y cualquiera que quisiera sentirse alguien en medio de tinieblas y una decrepitud que no arruinó la tan querida nocturnidad y los aplausos en las plateas.

Resumir el volumen editado por Galaxia Gutenberg requeriría un ensayo suplementario, y francamente no hay ninguna necesidad de redactarlo porque Riding ha elaborado un texto definitivo sobre un período convulso y en demasía olvidado. Los aficionados a la Segunda Guerra Mundial, entre los que me incluyo, suelen desmenuzar la conflagración sin penetrar en el pantano de la ocupación francesa. Se menciona la invasión y hasta 1944 nuestro vecino desaparece del mapa. Normandía lo resitúa. La excepción es la Resistencia, que desde mi punto de vista se observa y se menta sin exhaustividad. Quizá ello se deba a que no aceptamos un universo con la tricolor manchada. Puede ser. Tampoco descartaría una vergüenza colectiva fruto de una ceguera para apaciguar los pecados de figuras sospechosas. Lo mismo debieron pensar en 1945. Los juicios fueron cortos y se diluyeron para no causar escándalo y propiciar la desmemoria. Hubo poca sangre, escasas ejecuciones y mucho perdón. Las imágenes de las amantes rapadas engaña, es una verdad que nutre una manipulación tan grande como que el ejército galo ganó por méritos propios la contienda. Lean Y siguió la fiesta. Cambien su paradigma. La Historia, más tarde que temprano, suele ajustar cuentas.