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miércoles, 1 de marzo de 2017
Diálogo con Jorge Carrión en El Confidencial Cultura
Hoy en El Confidencial cultura aparece el diálogo que mantuve con Jorge Carrión a propósito de su Barcelona. Libros de los pasajes. Si quieres puedes leerlo aquí
martes, 19 de abril de 2016
El olvido del noi del sucre en El Diario
Esta semana en El Diario hablé del olvido del noi del sucre, Salvador Seguí, a partir de la aparición del libro Apóstoles y asesinos de Antonio Soler. Puedes leer el artículo
aquí en catalán
aquí en castellano
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Leningrado, asedio y sinfonía, de Brian Moynahan, en El Mundo
Hoy aparece en El Mundo mi artículo sobre Leningrado, asedio y sinfonía, de Brian Moynahan, si quieres puedes leerlo aquí
lunes, 8 de septiembre de 2014
Diálogo con Jorge Carrión en Número Cero
La semana pasada conversé con Jorge Carrión sobre "Los huérfanos", segunda novela de la trilogía que inauguró con "Los muertos" y cerrará "Los turistas". Puedes leer la charla en los siguientes enlaces:
Primera parte
Segunda parte
sábado, 16 de agosto de 2014
España en la Gran Guerra, de Fernando García Sanz
España en la Gran Guerra, de
Fernando García Sanz, por Jordi Corominas i Julián
Fernando
García Sanz, España en la Gran Guerra, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014
Siempre
he pensado que el sistema educativo español propicia que el ciudadano cultive
una ignorancia supina sobre la Historia reciente de su país. La calle puede
llenarse de gritos rabiosos en los que suele faltar una verdadera revisión del
pasado. Resulta más que curioso el silencio sobre el principio del Novecientos,
cuándo el contexto propició situaciones que hoy en día se repiten, con los
lógicos matices de cada situación, con apabullante matemática.
No
dedicaremos estas líneas a glosar las similitudes entre el declive del sistema
de la Restauración con lo nacido tras la muerte de Franco. Sin embargo, choca
que se hable tan poco de lo acaecido durante la Gran Guerra en nuestro
territorio. Fernando García Sanz lo intenta sine ira et studio en un ensayo
bien estructurado que acerca la temática a partir de sus puntos clave.
La
situación del país al estallar la contienda no era la más propicia para
intervenir en ella. El desastre del 98 y los fracasos del primer decenio del
siglo XX, con el magnífico colofón de la Semana Trágica de Barcelona y las
frustraciones marroquíes, no invitaban a entrar en el conflicto. Desde un primer
momento la opinión pública se dividió entre germanófilos y aliadófilos. El 19
de agosto el Conde de Romanones publicó sin firmar su famoso artículo Neutralidades que matan, donde apostaba claramente por la opción
que representaban Francia, Inglaterra y Rusia.
Las
potencias enfrentadas consideraron a la Península Ibérica como un espectacular
campo de operaciones tanto en lo geográfico como en lo económico. La inmensidad
de sus costas se revelaba idónea para la innovadora guerra submarina, así como
base de operaciones en el Mediterráneo y el Océano Atlántico. Las reservas
naturales de España se consideraban fundamentales por la abundancia de materias
primas útiles. El autor del volumen no exagera al mencionar la trascendencia de
la pirita y el wolframio español para la suerte de las hostilidades. En este
sentido los aliados llevaron las de ganar, pero todas estas acciones no eran
posibles sin la creación de una amplia red dentro del territorio nacional.
En
esos momentos, eran poco los extranjeros residentes en la piel de toro, hombres
que desde su cotidianidad se plegaron a las órdenes de sus embajadas, empeñadas
en tejer una red de espionaje que posibilitara conocer cualquier movimiento
digno de ser considerado. Los alemanes se llevaron la palma en el empeño. La
población teutona creció como por arte de magia y su control se extendió con
pasmosa facilidad mediante infiltraciones en todos los ámbitos sociales. Eso,
como por otra parte es bien comprensible, implicaba la participación de
españoles en la tarea, hombres y mujeres de toda clase y condición esparcidos
en mil y un lugares a la búsqueda de informaciones que justificaran su cometido.
Si
los germánicos llevaron la iniciativa, sus rivales sólo se quedaron atrás hasta
cierto punto. Pese a ello les costó horrores aplacar el dominio del águila en
los mares, donde los submarinos no tuvieron piedad alguna con navíos y buques
españoles, lo que comportó en más de una ocasión serias crisis diplomáticas
entre el gobierno de Alfonso XIII y las fuerzas aliadas, quienes desconfiaban
de una verdadera neutralidad en medio de lo inestable de la política del
período, donde los cambios ministeriales y militares estaban a la orden del día
y enmarañaban más un tablero ya de por sí complicado.
El
conflicto marítimo es una de las claves que articulan el libro del director de
la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, algo visible en la
abundancia de datos relativos a Italia, inferior a los demás contendientes pero
con un interés fortísimo en asegurar su red española, centrada, como sucedió
con los demás implicados en la partida, en Madrid y Barcelona.
Cada
año propiciaba variaciones internas y externas. El curso de los acontecimientos
españoles era una constante fuente de problemas. Si el país era un nido de
espías, prolongado tras el armisticio, no era extraño que el rey pensara que la
triple crisis de 1917 estuviera ideada por elementos que hacían de España un
lugar que escapaba a su control porque los extranjeros eran capaces de mover
los hilos con una soltura imposible de evitar. Los sucesos militares, políticos
y obreros de ese año tuvieron participación foránea, aunque, lo expreso desde
mi modesta opinión, respondían a factores macerados largamente que se precipitaron
por la conflagración, enriquecedora de pocos, fuente de precariedad para muchos
y letal a la hora de incrementar los desequilibrios de una sociedad enferma que
derivaba hacia la agonía.
Alfonso
XIII quiso vender su papel de mediador en el conflicto para hacer de Madrid la
capital de la paz mundial. Su envite era absurdo porque, efectivamente, poco o
nada podía regir de su corona. Los periódicos estaban a sueldo de las potencias
y manipulaban la información para que los lectores y la órbita del poder
plantearan debates favorables a uno u otro bando. Pese a ello da la sensación
que ni los aliados ni Alemania tuvieron claras las preferencias españolas. En
1916 existió la posibilidad de entrar en guerra con Francia, Inglaterra y
Rusia, pero sus peticiones, donde Marruecos era esencial, no fueron bien
acogidas. Se lograron muchos acuerdos con la triple entente, pactos que no
paraban el desdén y las dudas. El país respondía impotente a las violaciones
marítimas de los teutones, y sólo al final, cuando la derrota del ejército
imperial parecía irreversible, hubo algo de dureza en la posición del gobierno
para con la arrogancia germánica.
Cuando
todo terminó la ingenuidad volvió a triunfar. España pensó que recibiría una
silla en la conferencia de Versalles, vana ilusión, porque Wilson podía charlar
sin que ello supusiera ningún beneficio por el esfuerzo realizado en favor de
la causa ganadora.
El
ensayo de García Sanz es preciso en su desarrollo, disecciona con orden el
laberinto y sabe contar historias que desencorsetan el tono académico. La
historia del comisario Bravo Portillo, a sueldo de los alemanes en Barcelona,
es digna de una novela. Denunciado por el mítico anarquista Ángel Pestaña fue
asesinado en 1919 en lo que puede considerarse como el inicio de los años del
pistolerismo en la Ciudad Condal, preludio de otra suma de malestares que
culminó con el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera y el adiós a una
democracia insalubre que dio paso a siete largos años de dictadura. ¿Fue
consecuencia de la Primera Guerra Mundial en España? Sí, pero esa ya es otra
historia.
lunes, 17 de febrero de 2014
Sonámbulos, de Christopher Clark
Sonámbulos, de Christopher Clark, por Jordi Corominas i Julián
Christopher Clark, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014.
Traducción de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera
Creo tener la suerte de ser profeso, entre otras cosas porque captas el grado de comprensión de los alumnos en torno a determinados temas. Como uno debe ganarse el pan resulta que a veces no puedo centrarme en las temáticas que más me gustan, pero eso también me ha ayudado a comprender que los seres humanos de la contemporaneidad tienen graves problemas para entender el mundo anterior a 1918, como si esa época estuviera enterrada en un magma alejadísimo donde las estructuras no corresponden en absoluto a las actuales pese a, en parte, a configurarlas con una lentitud que se nos escapa.
Los tópicos pueblan ese período. Se suele hablar de era de los caballeros, con una diplomacia intachable y políticos que eran verdaderos gentleman, cuando la verdad es que los cauces diplomáticos, pese a su elegancia de puertas afuera, estaban viciados por una desconfianza mutua que partía de un todo más que consolidado desde un sistema de alianzas que generaba tensión con su sola existencia.
Nos vanagloriamos de nuestra era global, de la que ignoramos su exceso de información que lleva a la desinformación. No asumimos que por aquel entonces el Planeta estaba dominado por una serie de factores que hacían de cualquier punto del globo un lugar estratégico digno de nerviosismo y cuchillos bien afilados.
Eso no impide, y termino la larga introducción, que en medio de la Segunda Revolución Industrial, de la que surgió una buena dosis del veloz siglo XX, se conviviera en pos de encontrar un equilibrio que permitiera al continente europeo seguir siendo el patrón del mundo. La Belle époque, tan rica en su cultura burguesa, fue un momento de incertidumbre, propio del tiempo donde las dudas hacen el futuro incierto. Por eso, y no es en absoluto baladí, se intentaba perpetuar una fachada de orden que propiciara la falsa idea de estabilidad en el marasmo que, sin embargo, podía haberse evitado.
En 1914 los cimientos de lo antiguo se hundían por todos lados. La irrupción de mil vanguardias, no sólo artísticas, era el síntoma más claro de la metamorfosis, pero eso no lo cuenta Sonámbulos, el extraordinario libro de Christopher Clark sobre el proceso que derivó en la Primera Guerra Mundial. El historiador británico traza un enorme y exhaustivo lienzo sobre las causas del conflicto, y lo hace con maestría desde la buena labor de quien sabe lo necesario que es contextualizar para llegar a conclusiones atinadas.
Su exposición se centra en las dos décadas previas a la catástrofe. Parte del meollo, Serbia, y luego se adentra en los centros de decisión, esa serie de Imperios y Estados que, a la espera de la definitiva irrupción norteamericana, consideraban el Viejo Mundo como el único punto gravitatorio del orbe terráqueo. Era muy complicado, pese a los intentos de Bismarck, cuadrar el círculo de la avenencia porque había demasiados intereses en juego. En cualquier demarcación podían surgir disputas. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XIX Inglaterra temió que la clave fuera rusa y virara hacia la India entre ferrocarriles e inciertos tableros. Francia estaba acomplejada por la derrota de 1870. Alemania, con su excéntrico Kaiser, quemaba las naves en aumentar su potencia naval mientras aceleraba el paso en la industria. Austrohungría era un gigante con pies de barro que siempre amenazaba disolución pese a la brillantez de su capital, rival de París en la creación de la modernidad. La Sublime Puerta se tambaleaba. Italia, joven e inexperta, aguardaba la opción más certera.
Europa, en cierto sentido, era un asunto familiar. Willy, Nicky y Georgie eran primos y se escribían cartas íntimas. Las democracias fiaban el devenir geopolítico a lo que decidieran sus oficinas de asuntos exteriores, fiándose de expertos que, asimismo, no tenían la última palabra porque el factor militar aún incidía mucho en lo estatal.
El embrión del mal estaba teñido de secretismo. Agradezco sobremanera, y percibo la constante en la actualidad del género, los ensayos que no son frías piezas de biblioteca. Clark inicia su tour de force con el salvaje asesinato en 1903 de Alejandro, Rey de Serbia. De este modo, muy novelístico por cómo se desarrollaron los acontecimientos, engancha al lector y crea la dramatis personae que llegará hasta el final de su relato. Los asesinos fueron glorificados en Belgrado. La bestia Apis movió los hilos del regicidio a Sarajevo. En medio, en esa capital que deseaba expansión, están los cables, las embajadas y una serie de peones que desmienten la tranquilidad mediante un estrés que condicionaba a millones de súbditos y ciudadanos. No escapaba ni Freud, quien, al saber que la conflagración era inminente, escribió que su libido era Austrohungría, casi nada.
Entretanto, y se agradece una clara explicación de hechos fundamentales que muchas biografías soslayan, el crédito francés facilitó que la nueva Serbia fuera una máquina bélica sensacional que se presentó en sociedad entre 1912 y 1913, cuando los Balcanes, ya tensos desde la ocupación y anexión de Bosnia a manos de las tropas de Francisco José I, se volvieron la pesadilla indeseada que atemorizó a propios y extraños. Rusia, con los búlgaros a treinta kilómetros de Constantinopla, temió por sus planes. Los demás observaron el desmorone de la vetusta gloria otomana con ojos que mezclaban lucro armamentístico y flema escéptica.
De todos modos la crónica, magníficamente documentada, de Clark tiene otro mérito que debe ser reconocido: alterna con fluidez episodios humanos y decisiones de hondo calado político. La ansiedad y la precipitación se juntan con lo que solemos definir como Historia en mayúsculas, desde las pesquisas ministeriales hasta la planificación y culminación del asesinato de Francisco Fernando el 28 de junio de ese infausto año del que conmemoramos el siglo.
El capítulo dedicado a la muerte del heredero de la corona bicéfala es espectacular a partir del modo en que desgrana el suceso, con frialdad y precisión que enlazan con lo organizado de los preparativos, dignos de la mejor película criminal. Gavrilo Princip sólo fue un trozo de la cadena montada por la Mano Negra. Sus disparos dieron paso al tramo más apasionante, la agonía del desenlace, con una histeria a cuentagotas donde el todo es pausado y la guinda se dirime entre una reunión bilateral franco-rusa, un ultimátum vienés demoledor y un colofón menos bien conocido de lo que solemos pensar.
Clark no piensa en culpables y por lo tanto, con claridad, carga contra el artículo 231 del Tratado de Versalles. Su interés es el de quien quiere llegar al fondo del porqué encadenando la serie de eventos que llevaron a una autodestrucción continental, un volantazo en toda regla, un salirse del circuito trazado en el mapa. Asimismo compara, pero no lo hace gratuitamente. Es probable que en una centuria nuestros nietos contemplen la crisis europea de principios del siglo XXI y la describan desde una complejidad cercana a lo inasible. El deber del historiador es darle luz. Sonámbulos lo consigue y planta sus cimientos en perspectivas que, sin ser definitivas, no distan mucho de ese anhelado umbral.
martes, 31 de diciembre de 2013
Federico García Lorca en Nueva York y La Habana: Cartas y recuerdos
Federico García Lorca en Nueva York
y La Habana: Cartas y recuerdos, por Jordi Corominas i Julián
Christopher
Maurer, Andrew A. Anderson, Federico García Lorca en Nueva York y La Habana:
Cartas y recuerdos, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013
Hay
encrucijadas que el público conoce a través de su leyenda. Cuando penetra en su
interior se sorprende y goza porque el mito cobra forma humana y desde sus
defectos podemos comprender mejor sus virtudes. En este sentido está bien claro
el antes y después que para Federico García Lorca supuso cruzar el charco. La
publicación en 1927 del Romancero gitano le brindó el éxito anhelado, difícil
de gestionar y repleto de tópicos que duran hasta nuestros días. Daba la sensación
que el triunfo venía envenenado y se aliaba con otras facetas de la existencia
para complicar la vida al que con el tiempo se ha erigido como el poeta español
más conocido del siglo XX.
Lorca
no pasaba por una buena época en 1929. La historia canónica nos hablaría del
viaje por Nueva York, Vermont y Cuba, lugares propicios para una transformación
que en verso cosechó un libro excepcional y en las tablas una obra donde las
máscaras caían y la modernidad campaba a sus anchas.
Hay
más, y lo han recopilado con maestría los profesores Maurer y Anderson en un
extraordinario volumen editado con su habitual maestría por Galaxia Gutenberg.
La obra compila el epistolario lorquiano del período, una cronología completa
del mismo y la sucesión de recuerdos de todos aquellos que vieron, pensaron y
hasta imaginaron a nuestro protagonista en su estancia entre la capital del
mundo y la antigua colonia española.
Las
cartas que escribió el mismo Federico muestran a un hombre encantado con la
experiencia de perderse en el marasmo desde una relativa calma propiciada por
su estancia en la Universidad, excusa de un itinerario donde las mentiras que
cuenta a sus padres, siempre bien informados de sus andanzas, son más bien
piadosas en pos de justificar el dinero recibido. Es gracioso comprobar cómo en
las epístolas se cuenta una ficción que, obviamente, poco o nada tiene que ver
con la realidad neoyorquina del poeta, entregado al descubrimiento de un
universo donde su carisma hacía innecesario aprender inglés porque sabía
ganarse a cualquiera sin hablar, sólo con su presencia. Esta magia le abrió las
puertas de una atribulada vida social en la que conoció a escritores de todo
tipo mientras se sumergía en el conocimiento de la negritud que paragonaba a lo
gitano, idea que evolucionó en La Habana, cuando comprobó que la musicalidad de
la isla tenía un color único, ciertamente incomparable. Ese compás inédito es
una buena metáfora del significado de su estancia en el extranjero, fuga e
iluminación a partes iguales.
En
las cartas vemos a un hombre que vive la Historia en directo, el episodio del
crack bursátil de 1929, y se preocupa ante la incertidumbre de su país, en
plena agonía de la dictadura de Primo de Rivera. Asimismo se percibe una
nostalgia casi infantil, de niño protegido que debe volar pese a querer volver
al nido para seguir con su periplo existencial y literario, aliñado durante su experiencia
ultramarina por el contacto con tradiciones que dotan a su pluma de otra
dimensión y refuerzan la afirmación de su propia sexualidad.
Federico
García Lorca mitigó la distancia del terruño por la ingente presencia española
en la urbe estadounidense y en la capital cubana. Los recuerdos muestran como
Ignacio Sanchez Mejías, la Argentinita, Dámaso Alonso, García Maroto, Fernando
de los Ríos, León Felipe, Julio Camba y otros compartieron charlas, horas y
risas con el poeta, de quien se dibuja un retrato que fluctúa entre la crónica
y el espejismo de su posterior encumbramiento trágico. Alguna que otra anécdota
tiene el trazo de improbables recuerdos. Si bien se especifica que Nueva York
tenía un aire fresco, donde todo el mundo se conocía, suena incierto que Hart
Crane y el granadino intimaran en casa del primero entre marineros y diversión.
El
volumen se centra más, sobre todo porque hay más documentación, en la fase
norteamericana. Sin embargo la unión de las piezas transmite la sensación que
el cambio con mayúsculas llegó en Cuba, donde puede que ciertas similitudes con
ciudades andaluzas y el idioma hicieran de la estancia una especie de paraíso
de liberación que afirmaron la personalidad del autor de Bodas de sangre,
cambiado de pies a cabeza, más consciente de sí mismo, con menos inocencia y un
tono más rudo que captó Norma Bricknell en la despedida, como si la alegría
hubiese virado hacia otro estado, mutación de crecimiento, avance hacia la
consolidación de un estilo que enterraba el pasado y fusionaba dos esferas en
una sola mente que desde entonces supo hilvanar el entusiasmo por su tierra con
las dadivas de otras latitudes siempre beneficiosas.
domingo, 25 de noviembre de 2012
Continente salvaje de Keith Lowe en Revista de Letras
Las partes ocultas, y fundamentales, del guión: “Continente salvaje”, de Keith Lowe
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 24.11.12
Continente salvaje. Keith Lowe
Traducción de Irene Cifuentes
Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2012)
Hay una forma sencilla de narrar la Historia de la Segunda Guerra Mundial. El esquema, trilladísimo y apto para cualquier consumidor, habla de una lucha del bien contra el mal. Los aliados eran los salvadores del mundo, enfrentado al demonio fascista. La lucha, absolutamente maniquea desde este punto de vista, se prolongó durante seis largos años, que culminaron en Europa con la batalla de Berlín y la celebración de la victoria el ocho de mayo de 1945, cuando cesaron las hostilidades en todo el Continente.
El resumen seguiría con la paz, que fue breve porque los dos grandes ganadores del conflicto se olvidaron de la barbarie por intereses del nuevo orden. Surgió la Guerra Fría y el telón de acero, con su representación palpable en el Muro de Berlín, dividió el Viejo Mundo en bloques antagónicos. Pero antes los vencedores juzgaron a los culpables de la contienda, criminales genocidas que nunca más participaron en política.
La Resistencia en los países ocupados, y con eso terminamos esta breve síntesis, fue homogénea y su apuesta por la liberación brindó concordia para el futuro. Sus participantes devinieron héroes nacionales.
Y podríamos seguir hasta el infinito con la simplicidad que ignora el matiz. Lo general sin el detalle ofrece una visión sesgada que Keith Lowe se concentró en enmendar mediante una investigación basada en el análisis de Europa tras el supuesto silencio de las armas. El joven historiador británico disecciona el período inmediatamente posterior a la rendición incondicional germana y para apuntalar sus teorías las articula desde cuatro parámetros esenciales: El legado de la guerra, venganza, limpieza étnica y guerra civil. Al cerrar el volumen aplaudimos por lo brillante de la exposición y la luz que aporta a cuestiones habitualmente desdeñadas pese a su suma importancia. La única pega de Continente salvaje es su brevedad, algo chocante por sus quinientas páginas, pero que tiene razón porque Lowe sólo puede abordar una miríada de conceptos en muy pocas páginas. Supongo que es un esbozo de una obra monumental, meros retazos de un magma excelente y extenuante por su información.
Así, la primera parte sirve de introducción al conjunto, como si la destrucción física, los desplazamientos, las hambrunas y el caos fueran un aperitivo para platos más concretos. Cada capítulo regala datos sorprendentes que se insertan en la normalidad de ese trágico instante. Imaginar el panorama no es complicado a pesar de su dureza. Ciudades en ruinas, ámbitos rurales desolados y millones de seres humanos vagando en un lugar con fronteras, barbarie y mucha ausencia de familiares y, sobre todo, de una brújula donde orientarse porque se inicia una inédita cronología. Lo pretérito se ha cancelado entre megalomanías fascistas, bombardeos civiles y un fanatismo que no ha dicho su última palabra.
La venganza aquí no se sirvió fría. Eran demasiadas las heridas y los rencores como para que lo cabal se integrara en el paisaje donde la sed de sangre era insaciable. Los campos de concentración y exterminio asistieron, con el beneplácito de americanos y soviéticos, al desahogo de los prisioneros con sus verdugos, que de la noche a la mañana pasaron a ser esclavos, maltratados con especial inquina por el ejército rojo, implacable con los soldados capturados a su Némesis. Cambiaron las tornas, y la brutalidad tuvo su actuación estelar, cebándose incluso en niños y mujeres. Hasta aquí la ira de los peones del tablero. Reyes y reinas, gobernantes y burócratas, articularon una opereta en forma de juicios y limpieza de la administración. No sólo hubo Nuremberg. Recuerdo una escena de El buen alemán de Steven Soderbergh donde la cámara se fija en un pasillo estructurado a partir de eternas hileras de archivos con fichas de millones de alemanes condenables por sus actos. Para refundar Europa era necesario depurar los cuadros funcionariales para que se despojaran de su hedor totalitario. En Italia y Alemania se dictaron miles de sentencias en ese sentido, pero cuando el viento sopló en la dirección de un mundo bipolar, el bloque occidental decidió rehabilitar a esos antiguos servidores del Estado, por interés y por, lo que no justifica en absoluta la medida, su solvencia en el asunto. Eso sí, lo canónico prefiere mencionar mujeres colaboracionistas rapadas y sogas al cuello.
Las dos últimas secciones de Continente salvaje son de alto voltaje puro al examinar con precisión quirúrgica dos aspectos espinosos que suelen soslayarse en la idea de Europa forjada a lo largo de más de medio siglo. Stefan Zweig y Toni Judd rememoraron -uno desde la nostalgia de lo reciente, otro desde la reflexión erudita- una Europa sin pasaportes y nulas barreras. El centro de este particular universo relucía por su composición multiétnica, factor fundamental de la prosperidad sociocultural del Imperio Austrohúngaro. Las poblaciones de tan vasta zona convivían desde hacía siglos en la mezcla, que no sólo aniquiló Hitler con el Holocausto y Stalin con su exterminio ucraniano durante el final de los años veinte y el inicio del siguiente decenio. Al terminar la Segunda Guerra Mundial se extendió un ansia de pureza racial que respetara el nombre del territorio. Polonia para los polacos, por ejemplo. Surgieron millones de refugiados, los alemanes eran expulsados de tierras a las que habían pertenecido durante generaciones, alargándose así el drama de la alienación, que en otros casos culminaba en ejecuciones, razzias y otras lindezas que tuvieron sus episodios más detestables en Ucrania, Polonia y Yugoslavia, si bien su influencia infectó el cuerpo europeo hasta la sobredosis, y sólo la inmigración actual ha vuelto a desbaratar el siempre dañino monolitismo nacional.
El cierre observa otro hecho constatado que no suele difundirse en la esfera pública porque es motivo de vergüenza y sacarlo a colación implicaría revisar mitos patrióticos que configuran el calendario conmemorativo y, más importante, la versión oficial histórica de cada país. Muchos de ellos padecieron guerras civiles simultáneamente a la principal, y en la mayoría de casos el duelo fraticida duró más allá de 1945. Un paradigma de lo que significó esto se halla en Italia, donde partisanos y fascistas se enzarzaron en disputas que a posteriori se dilucidaron más en despachos de Washington que en montañas piamontesas. El creciente temor a una oleada comunista hizo que los héroes de la Resistencia pasaran a ser villanos que dieron con sus huesos en la cárcel, bonito tributo a su esfuerzo por acabar con la pesadilla de la ocupación. La preponderancia norteamericana y la imposición de sus postulados completarían su operación cuando fue vetada la inclusión de ministros comunistas en gobiernos occidentales.
Continente salvaje es una investigación de muchos quilates que, como todo buen ensayo histórico, no sólo desmenuza el pasado. Su doble mérito radica en abrir la puerta a un campo bastante virgen hasta la fecha, y que pese a su vacío bibliográfico es primordial para comprender determinadas dinámicas del Viejo Mundo, dinámicas que aún siguen atenazando nuestra tranquilidad. Por eso es recomendable aprehender su origen, para evitar reproduzca males que por coherencia ya deberíamos haber enterrado.
martes, 19 de junio de 2012
Berlín 1961 de Frederick Kempe en Revista de Letras

La Historia es la mejor novela: “Berlín 1961″, de Frederick Kempe
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 18.06.12
Berlín 1961. Kennedy, Jrushchov y el lugar más peligroso del mundo. Frederick Kempe
Traducción de Carles Andreu
Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores
(Barcelona, 2012)
“La introducción del control fronterizo reinstauró el orden y la disciplina de los habitantes de la Alemania del Este; los alemanes siempre han apreciado la disciplina”.
Nikita Jruschov.
Una de las grandes tristezas de nuestro tiempo es la victoria de la velocidad sobre el pasado. Los barceloneses y extranjeros que circulan por las Ramblas no tienen ni idea de su trascendencia revolucionaria. Sus piedras callan ante la profusión de sombreros mexicanos y lo mismo hacen los cimientos de la Potsdamer Platz, símbolo del Berlín moderno, espacio que en su enésima transformación suele identificarse con lo cool y lo alternativo. Si se quiere, la actual capital de Alemania siempre tuvo ese aire corrosivo en bares, atmósfera que combinó a lo largo del siglo XX con ser el lugar más peligroso del Universo, el epicentro donde se condensaban los males que condicionaban el presente y marcaban el futuro. En 1923 fue el pan a tres billones de marcos. Una década después Hitler anunció infaustos porvenires con su nómina a canciller del Reich. En 1945 los mil años quedaron en la ruina, y aquí empieza la historia que lleva a 1961, el muro y el ensayo histórico que Frederick Kempe ha escrito con extraordinaria habilidad, casi como si la profusión de datos correspondiera a una apasionante novela destinada a ser un éxito de ventas. La culpa es de la Historia, construcción que suele aglutinar en sus páginas relatos auténticos que superan sin problemas a la más rebuscada ficción.
Kempe ha sabido leer la aceleración de la Guerra Fría al estructurar la obra en varios campos de acción de manera simultánea. Moscú, Kennedy, Adenauer y la RDA. Jrushchov, Washington, la RFA y Ulbricht. La inminencia de un muro. El check point Charlie, un día de octubre y la culminación del miedo con los tanques de dos grandes superpotencias cara a cara y un silencio congelado con lo nuclear en la mente de todos.
¿Cómo se llega a un punto de no retorno? Los manuales dicen, y con razón, que los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y el espectacular avance del ejército rojo en el Este de Europa determinaron la división del continente en dos bloques. Los soviéticos, y así fue consentido por Eisenhower, ocuparon Berlín y a posteriori la urbe prusiana fue dividida en cuatro zonas de ocupación que en realidad eran dos. La simbología adquirió concreción geo-política con el bloqueo de 1948 y el puente aéreo norteamericano, antesala de la creación de dos Alemanias como metáfora de un conflicto. La Guerra Fría se disputó en muchos enclaves del globo, pero ninguno reunió la energía de Berlín, donde la tensión podía estallar en cualquier momento, sobre todo desde que el milagro económico de la reconstrucción hizo entender que los habitantes de cada lado del telón de acero vivían en condiciones muy dispares, con prosperidad occidental y penurias orientales.
Este desnivel generó sueños de huida que en 1961 adquirieron proporciones colosales. Los súbditos de la RDA escapaban en masa y tanto como Jrushchov como Ulbricht entendieron que debían tapar ese enorme agujero para frenar el colapso del sistema para evitar lo que acaeció, y así el destino del Comunismo se demoró casi tres décadas, en 1989.

Por eso desde la misma toma de posesión de Kennedy la cuestión berlinesa se erigió en la protagonista de las relaciones bilaterales entre los EE.UU. y la URSS. La faceta novelística de la musa Clío se aprecia hasta en la construcción de los personajes. Nikita Jrushchov y John Fitzgerald Kennedy eran antitéticos. Uno fanfarrón para disimular su pavor a perder el poder, que agarraba con fuerza desde su triunfo en el congreso del PCUS de 1956. Su apariencia de solidez contrastaba con la frágil popularidad de su rival, novato, católico y condenado a una inercia negativa en su etapa inicial en la presidencia por herencia de Eisenhower y titubeos que costaron desastres en frentes de vital importancia. El descalabro en Bahía Cochinos, la humillación de la cumbre de Viena y la incapacidad de hacer prevalecer la advertencia de su superioridad atómica sobre el enemigo hicieron que su administración fuera ninguneada tanto por la vieja guardia del Capitolio como por la cúpula del Kremlin.
Lo nuevo pregonado con tanta convicción por JFK olvidó que en política las perspectivas topan con la realidad. No es lo mismo desear la revolución que poder hacerla, y el desdén por lo viejo fue un error letal que resquebrajó la experiencia de lo elemental y la unión de los aliados. Kempe sostiene con informaciones de alto vuelo y anécdotas cotidianas que el muro podía haberse evitado con una acción estadounidense simple, pues el límite entre las dos partes tenía una frágil defensa sin pólvora. El espectáculo de eficiencia de Ulbricht, eficaz en su trato con Jrushchov, para instalar alambre con púas y hormigón en un visto y no visto, se alejaba en exceso de la estupidez de Kennedy y Adenauer en su opereta del joven con prejuicios y el viejo autócrata que no se habla con el recién llegado por una rabieta infantil.

Todo era fachada, de los gobiernos hasta el muro. Las pequeñas cosas, hilillos casi invisibles, decantaron la balanza de una auténtica partida de ajedrez con un tablero oscilante por las decisiones de cada contendiente, jugadores con una mente múltiple en la que daban su opinión antes de mover ficha embajadores, espías, antiguos prohombres y periodistas dispuestos a obtener la exclusiva definitiva. El lance se dirimió en despachos y en la calle. Los hombres encorbatados meditaban entre humo y gritos mientras algunos soldados y transeúntes apretaban teclas inesperadas, lo que hizo del duelo un caos en el que no bastaba ordenar ideas y aplicarlas a rajatabla. Cada jornada deparaba un sobresalto, cada hora contenía en su simiente un órdago para potenciar la absurdidad y la precipitación.
Jrushchov apretaba una palanca y Kennedy cedía, y así fue desde enero de 1961. Las señales de humo soviéticas se confundieron al aterrizar a las barras y estrellas. El hombre del zapatazo en la ONU presionaba con sus modos de campesino y la sofisticación de JFK flaqueaba, atónita y desesperada, estéril ante un vendaval al que no sabía ubicar pese a las toneladas de información de los servicios secretos. En este sentido la mansedumbre se expresa en la violación de los acuerdos de posguerra y el desprecio por todos aquellos que anhelaban abandonar la zona Este de Berlín para abrazar Occidente y una existencia con más recursos e imposiciones menos gravosas. La pasividad del presidente de los Estados Unidos, por su ético horror al imaginar una conflagración termonuclear, valló y reafirmó el status quo del Telón de Acero, que desde el 13 de agosto de 1961 también fue palpable. Si en 1956 los yanquis se lavaron las manos en Hungría, lo de un lustro más tarde fue la rúbrica de lo estático, aumentado y propulsado por apuestas de pocos que molían la esperanza de muchos. Los bloques estaban para quedarse. La Historia se congeló y entretanto sus vedettes desaparecieron. Kennedy asesinado, Jrushchov destituido. Las frases y la leyenda ofuscaron su legado. Pasaron las generaciones y la luz no se encendió para los berlineses hasta noviembre de 1989. Sería discutible analizar hasta que punto la desaparición del Comunismo ha sido positiva para los intereses del Planeta, pero lo que sí queda claro tras la lectura del ensayo de Kempe es que la incompetencia es más importante que soltar un Ich bin ein berliner para que te aplaudan, eso y la calamidad de poseer un infinito arsenal de destrucción masiva y no imponer su pánico al oponente aun sin apretar el botón de muerte universal.
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jueves, 7 de julio de 2011
La vida secreta de Gala Dalí en Literaturas.com

La vida secreta / Diario inédito
Gala Dalí
Cada publicación relacionada con Salvador y Gala Dalí atrae la atención de propios y extraños. Es innegable que la pareja caló hondo en el imaginario colectivo. Un mundo tan controlado como el Occidental necesita de ingeniosos excéntricos para recordar que algunos tienen la suerte de dar rienda suelta a su delirio. El genio de Figueres fue un precursor del marketing contemporáneo. Imaginarlo en la era de las redes sociales es delicioso, pues seguramente agitaría aún más las conciencias. También es posible que no las necesitara porque su habilidad para captar a la concurrencia era única y excepcional.
Además de buen pintor, Dalí es considerado como un magnífico escritor, como demuestran varios de sus libros, entre los que destaca su vida secreta, maravilla de delirio y verdades como puños ocultas tras un surrealismo que quizá era más bien una tapadera para desenmascarar la realidad. Su mujer no le iba a la zaga en habilidades literarias, y para muestra el botón que nos ofrece Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, un diario inédito con una crónica rusa y una breve historia de su estancia norteamericana en los años cuarenta, durante la Segunda Guerra Mundial.
El tópico reza que detrás de cada gran hombre se esconde una gran mujer. En el caso de Elena Dimitrievna su aura trasciende lo clásico y se instala en los parámetros de la excepcionalidad. Su mérito radicó en su adoración a Kairos, el dios griego del momento oportuno. De muy jovencito abandonó su país natal y topó con un aspirante a poeta en un sanatorio para tuberculosos. Paul Éluard fue su primera toma de contacto con la farándula creativa, y con él permaneció hasta ese flechazo veraniego de 1929 en el incomparable y peligroso marco de Cadaqués, cuando se fraguó una alianza amorosa y comercial destinada a transgredir por naturaleza.
Gala nunca se conformó con ser un mero adorno del éxito de su marido. Antes de ingresar esa vorágine fue la única mujer presente en el cuadro de Max Ernst que representaba a la flor y nata del surrealismo, y ello se debió a sus agudas dotes sexuales y a una inteligencia fuera de lo común. Desde una sombra visible ejercía su influencia y no dejaba ningún cabo suelto. Por lo que hemos podido comprobar también cultivaba inquietudes no exentas de talento.
La vida secreta-diario inédito no es un manuscrito para los que pretendan descubrir algo nuevo bajo el sol del mito. Bien es sabido que la musa del pintor nació en una familia burguesa de intelectuales que vivió en Moscú justo en los prolegómenos de la Revolución de Octubre. El relato de ese tiempo destaca por una veloz prosa con profundo lirismo, si bien no sabemos si la debemos a la pluma de tan insigne mujer o a la esmerada traducción de Ignacio Vidal-Folch, quien en el epílogo confiesa el enorme esfuerzo de su labor. El volumen se enrique estéticamente con la muestra de alguna de las cuartillas originales, difíciles de entender por la letra a mano redactada en francés, de ahí nuestra duda, lo que no es obstáculo para disfrutar de unas vivencias en las que predomina la descripción de la relación con sus hermanos contada desde la cotidianidad de la burguesía de otrora. El mayor quería brillar en las letras. El pequeño era malvado, un ser indisciplinado que disfrutaba quitando los ojos a las muñecas de la protagonista hasta que recibió la inolvidable reprimenda de ser atado y amenazado con unas tijeras cerca de sus pupilas para que no repitiera sus lamentables acciones.
En esta primera parte ya se intuye una mujer que mantiene lúcidos recuerdos de la atmósfera en la que creció. Los pájaros sin alas y la feria de la ciudad se desplazan al campo siberiano para transcurrir un verano irrepetible, casi mágico por la ingenuidad que destilan las páginas entre hallazgos campesinos, hilarantes explosiones, nados salvajes en el río y la constatación de diferentes contextos que impactaron en su mente dejando una imborrable impronta de esa tierra de silencio previo a la modernidad.
La prosa, afilada y sumamente ágil, repite el mismo esquema en el segundo segmento, dedicado a una efeméride de madurez, una vez alcanzada la fama y la celebridad mundiales. Salvador y Gala circulaban por el Planeta cual emperadores de lo absurdo y eran agasajados allá donde iban. Nueva York los recibió de manera estelar y ellos agradecieron el ofrecimiento permaneciendo ocho años en la gran manzana.
Gala en su crónica juega al impulso y a la sutileza del romance con la clase que caracteriza a los narradores de raza. Sitúa los detalles en su punto exacto, retrasa la resolución y ambiente los hechos dando un suspense que más allá de la lectura será la delicia de los que busquen corroborar la leyenda negra erótico-festiva de la enérgica dama nacida en Kazan. Sí, Gala no va con medias tintas y parece insinuarnos un flirteo culminado a espaldas del hombre con el que compartió la mayor parte de la existencia.
Más que un diario inédito, el libro es la recopilación de dos emociones, estados de ánimo propios de alguien que evoluciona y se da cuenta de ello al mirar atrás con esbozos de memoria. Los textos introductivos no aportan mucho, siendo debates que se han repetido una y otra vez. Comparar a Gala con Salvador es absurdo y vacuo en una introducción, sólo puede aportar confusión y un canto a la hagiografía que en nada ayuda a la credibilidad del contenido, que se defiende solito sin añadidos que enturbien una magnífica edición más apta para entendidos en la materia que para neófitos con ganas de introducirse en tan fascinante universo.
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