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martes, 30 de diciembre de 2014

Diálogo con Joan Guerrero y Javier Pérez Andújar en El Diario



Hace unas semanas entrevisté a Joan Guerrero y a Javier Pérez Andújar con motivo de su "Milagro en Barcelona", editado por Ariel. Puedes leer la charla


aquí en catalán

aquí en castellano

sábado, 20 de diciembre de 2014

El exilio imposible, de George Prochnik




La utopía de un retorno: El exilio imposible, de George Prochnik, por Jordi Corominas i Julián
George Prochnik, El exilio imposible: Stefan Zweig en el fin del mundo, Ariel, Barcelona, 2014
Traducción de Ana Herrera Ferrer
No deja de ser curioso que El mundo de ayer fuera el libro que resucitó la popularidad de Stefan Zweig entre los lectores hispanoparlantes. Su gran última obra, memorias que de la individualidad vierten a lo global de un universo desaparecido, fue la piedra con la que el malogrado Jaume Vallcorba empezó a edificar el edificio de una nueva fama para el austríaco. Pasados los años el fenómeno se ha consolidado y es normal que entre el mundillo literario el autor de 24 horas en la vida de una mujer sea citado como un referente de principios de siglo XX.

En vida fue célebre y adquirió una dimensión mundial que ni siquiera la tortura del nazismo paró en lo brillante de su notoriedad. Era celebrado y se le consideraba un símbolo mucho más importante que Joseph Roth o Arthur Schnitzler, y eso por mencionar otros dos nombres de esa generación dorada que convirtió a Viena en una de las capitales literarias del mundo con permiso de Londres y París.

Sin embargo, y es posible que George Prochnik lo insinúe entre líneas a lo largo de su notable ensayo, su época terminara en 1918, cuando cayó el Imperio de los Augsburgo y su difícil construcción nacional desmoronó una riqueza milagrosa en pleno centro de Europa. Puede que así fuera, pero Zweig sólo lo notó porque las piezas del tablero cambiaron de repente y su idea europea, que defendió con el ahínco propio del pionero, sufrió por el proteccionismo económico, el cierre de fronteras y la debacle que suponían los pasaportes como arma de control ciudadano. Este elemento fue su suplicio a partir de 1933.

El ascenso al poder de Adolf Hitler y el progresivo auge del nazismo en Austria, culminado con el Anschluss, le convirtieron en un fugitivo físico y mental, lo primero por la obligación de escapar de las garras enemigas y lo segundo por el malestar de saber que su hora se esfumaba ante la cruda metamorfosis del contexto histórico. Bath, Salzburgo, Nueva York y Brasil en dos ocasiones lo alejaron de un epicentro que iba condenándose a seguir la espiral que predominaba en el continente, con el inevitable encumbramiento de los totalitarismos que despreciaban las letras y nutrían al hombre de su perniciosa ideología.



Por eso, por el contraste entre el presente y el pasado que cedía inexorable, Prochnik usa en su personalísima investigación el recurso de mirar atrás y sumergirse en la Viena donde su protagonista disfrutó del estrellato entre cafés, la idiosincrasia burguesa y la amistad con esa gran constelación artística de la capital de Francisco José. Mediante la explicación de esa gloria puede comprenderse mejor el desasosiego interno del escritor en su periplo de exilio donde siguió con su incesante actividad con un sinfín de biografías, novelas y proyectos que alternaba con cenas multitudinarias, conferencias y el magno esfuerzo de adaptarse a sabiendas que nunca estaba en casa. Los supervivientes de esa época lo recuerdan como un hombre afable que sin embargo padecía por lo perdido, demasiado consciente en su labor de asimilar que era una utopía regresar a la salida de casilla por la que siempre transitaría en otro sentido consistente en vagar y vagar porque juzgaba casi cada elemento desde el riesgo, como cuando abandonó Inglaterra ante la amenaza, siempre improbable, de una invasión nazi durante los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial.

Nueva York tenía duende, sí, pero no desde una perspectiva lorquiana. Irse a zonas un poco más alejadas fue un alivio que topaba con la velocidad norteamericana, arquetipo de futuro, droga para un mañana sin viejas costumbres ni acicates pretéritos. Zweig parece considerarse una reliquia deprimida sin solución, y eso se corrobora hasta en Brasil, donde es recibido con los brazos abiertos, publica un libro donde habla del gran porvenir que le ve al país sudamericano y se aclimata al imprevisto rumbo de su existencia entre la lentitud del tiempo, lo barato de su domicilio y la posibilidad de ser agasajado mientras transcurren los días y termina obras que serían su legado póstumo para toda la Humanidad.

Su estatus propiciaba facilidades que en otra tesitura hubieran sido gratas. En aquel instante de decadencia las agradecía sin más porque también llegaban críticas. Fue un hombre amante del progreso con cierta ambigüedad política. Los escritores de la tierra del orden y progreso le acusaron de venderse al establishment carioca con su Brasil, país de futuro, producto que consideraban banal por tener una visión demasiado sesgada de una realidad muy desconocida para ese sexagenario que dejó iluminarse antes de cerrar las persianas de su singladura.




Su suicidio, dadas las circunstancias, huele a punto y final previsible que sintetiza las contradicciones vitales de un hombre egoísta que empujó hacia la muerte a su segunda pareja, mucho más joven y con opciones para sobrevivir a la masacre bélica. Ello no sucedió y sólo demuestra la egolatría tan típica de los grandes de la primera mitad del siglo XX, capaces de empujar a sus semejantes a un mimetismo accional dañino se mire por donde se mire. En esa cama de Petrópolis Zweig escribió con su último suspiro otra página más de unas andanzas en las que asoma la posteridad entremezclada con el deambular de una inteligencia que no supo reponerse del gran mazazo del nazismo, sepulturero de la diversidad, salvaje notario de la defunción de una era agonizante desde que desapareció la bandera del águila bicéfala.

martes, 11 de noviembre de 2014

El gran depredador: Gabriele d'Annunzio, de Lucy Hugues Hallett





Radiografía de una bestia incomparable: El gran depredador: Gabriele d’Annunzio, emblema de una época, de Lucy Hugues-Hallett, por Jordi Corominas i Julián


Lucy Hugues Hallett, El gran depredador: Gabriele d’Annunzio, emblema de una época, Ariel, Barcelona, 2014
Traducción de Amelia Pérez de Villar


Resulta curioso pensar que un hombre en perpetuo movimiento como Gabriele d’Annunzio terminará los tres últimos lustros de su existencia encerrado entre los inmensos muros de una residencia que fue, al unísono, su prisión y el mayor símbolo de libertad. La adquisición del Vittoriale por parte de la Italia mussoliniana le permitió gastar a manos llenas sin preocuparse ni por deudas ni la escritura. Había alcanzado un cénit que era su decadencia, la redención en forma de condena, controlado para que no molestara al orden que anticipó con su surrealista comandancia en Fiume.
Lucy Hugues-Hallett define al vate, un brillante literato olvidado porque se le identifica demasiado con una serie de rasgos negativos, como el gran depredador. Acierta. La vida del chico nacido en Pescara fue una gran novela incomparable, un retablo barroco entre el fin de siècle y la locura del Novecientos, entre lo avanzado de sus propuestas y el deseo de perpetuar una época que no podía sobrevivir.


Una anécdota sirve para definir bien la idiosincrasia del protagonista de este magnífico ensayo. En 1895 coincide con André Gide en Florencia. El escritor francés se asombra porque su colega ha devorado todos los libros y conocido a todos los personajes de relumbrón del momento. Queda fascinado por una extraña humildad que luego, con el paso de los años, se desgastó pese a un brillo paradójico donde el amor y el odio competían en una carrera encarnizada.

Del transalpino, y la biografía lucha por superar ese sentido, ha quedado la máscara que asesinó su trayectoria artística. El hombre prevalece ante el autor porque su descaro al aunar elegancia e individualismo superaba cualquier media imaginable desde un exceso sempiterno que rayaba en la obsesión de la omnipresencia y la omnipotencia al querer registrar cualquier suceso, poseer a todas las mujeres y ser un príncipe descastado porque pese a su exacerbado nacionalismo él, ni más ni menos, era su única ideología certera.

Lucy Hugues-Hallett entendió que sólo podía abordar la dimensión que supone D’Annunzio desde una perspectiva fragmentaria que propiciara una unidad. Abarcar su absoluto es imposible y la solución para intuirlo es mostrarlo desde la técnica de las facetas, casi como si fuera un cuadro cubista que para entender debe ser observado durante muchos minutos. Quizá por eso tanto ella como yo hemos empezado por el final de la singladura, donde las esencias del poeta quedan al descubierto. Su inquietud por el movimiento, preludio de futuristas y guía del esteticismo totalitarista, era mera frustración de quien vive por encima de sus posibilidades y se empecina en ese objetivo. Durante cuarenta años vagó entre camas y domicilios a la búsqueda de una paz utópica que saciara un gran sentimiento de incomprensión.

Desde esta perspectiva su existencia fue la victoria de la obstinación. Anticipó aspectos narrativos que luego cultivaron mitos como Proust y Joyce, pero la sociedad lo juzgó desde el escándalo y la egolatría. Aceptó la culpabilidad de su marginación enfrentándose a ella con un constante redoble de tambores. Cada obra era un salto hacia delante del inconformismo exhibicionista. Sabía de su talento, lo proclamaba a los cuatro vientos y erraba a partir de un impulso que no podía refrenar. Eso explicaría su relación con la Duse cuando ya no bastaba introducirse en la nobleza a la que no pertenecía. Podían despreciarle por abolengo, pero él impondría el suyo del espíritu en un país proclive a la idolatría.



Como esta no llegaba se cansó de esperarla y se exilió voluntariamente en París. En la ciudad de la luz desarrolló sus capacidades baudelerianas de flaneur, captó la atención de la iconoclastia residente en la capital de la cultura y plantó la semilla del quien por no estar de repente es reclamado.
En estas llegó la Primera Guerra Mundial y la oportunidad soñada. Pese a quedarse ciego de un ojo presentó su candidatura a héroe con vuelos que cargaba de lirismo mediante el lanzamiento de panfletos en suelo enemigo. Voló a Viena, aconsejó a los austríacos bajar las armas y regresó a Venecia, otro guiño al decadentismo, alabado por multitudes enloquecidas que le veneraban como un nuevo dios de la modernidad. Estos triunfos motivaron su auge en la posguerra, donde hasta los mandatarios italianos que debían negociar ganancias territoriales en Versalles le temían al creer que el pueblo, siempre tan voluble, le auparía al poder supremo, que sólo podía ser dictatorial en alguien que se había aburrido hasta el paroxismo en su breve etapa de parlamentario.

La llamada real hacia el puesto de primer ministro no sonó y como contrapartida surgió el invento de invadir Fiume, actual Rijeka, y crear desde ese puerto una utopía demencial basada en el amor que le profería la soldadesca y una población emocionada por desfiles, bravuconadas, fiestas donde hasta apareció el yoga, ¡en 1920!, y un estilo que imitaría Benito Mussolini un par de años después tras su Marcha sobre Roma. La acción política dannunziana era un disparate anárquico al que el fascismo, más consciente de lo que significaba gobernar, supo dar orden, pero las premisas las sentó el escritor, amante del drama, fiera del desequilibrio que cuando cedió el mando de su pequeña regencia acató las vueltas del destino. Su camino había sido estelar, más no podía ofrecer en su batiburrillo que mezclaba papel sensacionalista y genialidad artística.

Resulta increíble comprobar que en nuestro país, tan necesitado de escritores que exhiban algún tipo de compromiso más allá del ombligo, no esté siquiera traducido Il piacere, que tanta fortuna cosechó en los estertores del siglo XX. La relación entre Italia y España en lo literario se viste de ropajes donde pocos nombres traspasan la frontera de un lado a otro. En Roma, pese a que muchos autores jóvenes ocupan durante un breve lapso un lugar en las estanterías, lo más sencillo es dar con Marías y Vila-Matas, poco más salvo clásicos como García Lorca. En lo que nos concierne algunas editoriales han hecho un estupendo trabajo que ha recuperado nombres como el inmenso Elio Vittorini. Sin embargo D’Annunzio sigue en la zona maldita que provoca su aura. Esperemos que el libro de Lucy Hugues-Hallett, tan premiado en el Reino Unido, sea un acicate para superar este injusto olvido, pequeña barrera de vergüenza por el bagaje que aun falta en la maleta bibliófila de la piel de toro.


viernes, 30 de agosto de 2013

La Otra Historia de la Segunda Guerra Mundial de Donny Gluckstein


Donny Gluckstein, La otra Historia de la Segunda Guerra Mundial. Resistencia contra Imperio, Barcelona, Ariel, 2013
Traducción de Joan Andreano Weyland

Estamos en un momento donde se ha impuesto un tipo de discurso que privilegia la síntesis para simplificar contenidos y apuntalar ideas que como siempre parten de unos intereses creados que, y ya no es nada sorprendente, nadie discute porque la sociedad presenta un espectro átono siempre más consolidado y proclive a esconderse cuando suenan las campanas de la polémica.
Poner en duda lo establecido es un ejercicio sano y necesario siempre que se emprenda desde la coherencia de la racionalidad y el contraste.  No basta con protestar gratuitamente. Para barbaridades ya tenemos las que sueltan desde el piso de arriba. Es difícil innovar en temas tan manidos como la Historia de la Segunda Guerra Mundial, conflicto que copa la bibliografía dedicada a cualquier aspecto del fenecido siglo XX. Sin embargo Donny Gluckstein, profesor del Stevenson College de Edimburgo, lo ha logrado con un libro donde desmiente la monocromía y el maniqueísmo que siempre se ha vendido de la conflagración, donde los Aliados emprendieron la lucha porque el enemigo pretendía conquistar el Planeta con unos argumentos que amenazaban la libertad del género humano.

La Otra Historia de la Segunda Guerra Mundial plantea desde su magnífica introducción, clarísima en su enfoque del contexto, una contienda dual. Por una parte tenemos la versión oficial de carácter imperialista que hemos expuesto en el párrafo anterior. La otra es la guerra popular que suele conocerse por el nombre de resistencia, término impreciso porque cada nación afrontó desde su propia óptica la pugna con el invasor o las autoridades oficiales. No puede compararse, por poner dos ejemplos fácilmente reconocibles, el caso francés con el polaco, distintos en fondo y forma, antagónicos pese a coincidir en la cronología. Las coincidencias en muchos casos se basan en que a partir de un territorio un grupo de personas disconformes con el orden establecido enarbolaron la bandera de la disidencia para intentar conseguir que el mundo de la posguerra tuviera mayor justicia social y un reparto más equitativo de bienes.



Gluckstein, hijo del trotskista Tony Cliff, divide el objeto de estudio en cuatro apartados El primero versa sobre  tres países que se encontraron entre los bloques casi sin comerlo ni beberlo. Yugoslavia demostró la fortaleza y pujanza del movimiento partisano, capaz de superar papeles y tratados. el Mariscal Tito se enfrentó a los nazis y a grupos colaboracionistas que contaban con el apoyo aliado. ¿Cómo puede entenderse? ¿No habíamos quedado en que la lógica imperaba? Pues no. En muchas situaciones los soldados aliados se vieron en indeseables tesituras que remarcaban la inutilidad de tanta sangre vertida. ¿Qué sentido tenía combatir al fascismo y colocar a uno de sus jerarcas en el poder una vez terminada la guerra?

En Yugoslavia Tito cambió ese paradigma, pero en Grecia, donde la resistencia fue más allá de la guerrilla y plantó la semilla de una revolución, los aliados no se anduvieron con chiquitas a la hora de plantar su pica en la Hélade. En otoño de 1944 Churchill y Stalin se repartieron las áreas de influencia del Mediterráneo y la cuna de la civilización occidental tenía impronta británica. El ejército de su majestad capeó una rebelión en Atenas y mató sin muchos miramientos a los griegos que lucharon por mantener los progresos que la ELAS había conseguido durante los meses de ocupación nazi. El líder de los dedos en forma de V tiene, como casi todos los mandatarios del período, una parte gris que resulta más visible en el gerifalte soviético. Stalin permitió sin ambages que el levantamiento de Varsovia fuera liquidado por los nazis mientras el ejército rojo esperaba a las puertas de la capital polaca. Los ingleses mandaron suministros para perpetuar la insurrección, que pereció sin remedio por la increíble ausencia de ayuda en otro ardid del zar comunista contra un país que detestaba sobremanera.



En esta zona de Europa Letonia constituye una excepción porque todas las iniciativas de luchar contra el ocupante colapsaron por las raíces históricas del pequeño país báltico. Ni los rusos ni, a posteriori, los alemanes eran bienvenidos, unos por eterna enemistad, otros por su nula empatía y extrema crueldad. No se formaron grupos de combatientes capaces de inquietar al invasor, fenómeno que contrasta con la actividad y organización de los núcleos reacios en las fronteras aliadas.

El caso galo es famoso y Gluckstein lo incluye para diferenciar la Resistencia en mayúsculas de su identificación con De Gaulle, quien se apropió del concepto para mayor gloria de su leyenda áurea. En Gran Bretaña los bombardeos y la penuria económica conllevaron protestas y huelgas en la isla porque la gente más que derrotar a un adversario quería un Estado del Bienestar para el mañana que les asegurara lo esencial para vivir. En Estados Unidos las tensiones, resueltas con la Guerra Fría, fueron racistas. Los japoneses residentes en la tierra de las barras y estrellas fueron encarcelados en campos de concentración y los negros padecieron marginaciones en el ejército y en su cotidianidad que prosiguieron después de las revueltas de Detroit.



En los países del Eje la dinámica fue similar a la de otros pueblos liberados. En Alemania fue complicado durante la larga noche nazi generar estructuras resistentes que, no obstante, brillaron cuando la derrota se hizo inevitable a partir de Stalingrado. El golpe fallido contra Hitler de julio de 1944 exhibe la cara aristocrática de la oposición, mientras que la popular correspondió a las milicias antifascistas que gobernaron ayuntamientos antes de ser desballestadas por los americanos, quienes preferían mantener el cuerpo funcionarial sin muchas pérdidas, algo que se constató cuando la quimera de la alianza entre anglosajones y soviéticos pasó a mejor vida y las circunstancias de la Guerra Fría provocaron tanto en Alemania como en Austria una amnistía a los criminales de antaño.

En Italia la agitación partisana se mezcla con el cinismo aliado. En julio de 1943 el Gran Consejo Fascista depuso a Mussolini y lo sustituyó por un militar no muy contrario a éste. El Mariscal Badoglio fue acogido junto al Rey Vittorio Emanuelle III por los aliados que ocupan el sur de la bota. En el norte y en la Roma los partisanos plantaron cara a los alemanes y allanaron la senda para su expulsión de las fronteras tricolores. Las jornadas de abril de 1945 dieron esperanzas para que el país se convirtiera en una zona de claro perfil izquierdista. El Comité de Liberación Nacional lo hizo imposible y la guerra popular de los que combatieron por propia iniciativa contra los nazifascistas fue silenciada. Sus proezas, su valentía y nobleza, fueron ocultadas durante años. Como en muchos otros territorios los salvadores merecían ser considerados escoria para preservar acuerdos y un correcto dibujo del planisferio.



Por último el autor, que juzga escasa su investigación pese a la lucidez que demuestra con sus averiguaciones, aborda tres colonias asiáticas. La India no se amilanó durante la conflagración e inició el camino hacia su independencia. Indonesia y Vietnam son dos broches de oro en la tesis de Gluckstein de enseñar al lector el cinismo de los buenos de la película. Los aliados no tuvieron grandes remordimientos para ordenar a sus soldados luchar junto a los japoneses para evitar los procesos de secesión de dos zonas que aglutinaban muchos intereses comerciales.


La debacle del fascismo está bien registrada en manuales y libros de Historia. Sin embargo el arrojo del pueblo para metamorfosear la sociedad suele apartarse. Con muy buen tino, aunque cada época tiene sus coordenadas, el autor escocés apunta que si entonces la gente normal se unió para mejorar el porvenir contra el imperialismo, hoy en día la misión de los desheredados del mundo es combatir el oprobio del desmantelamiento con la misma fuerza que nuestros antecesores. Para eso, entre muchas otras cosas, sirve ser adicto a la Musa Clío.