viernes, 20 de septiembre de 2013

Placas, datos y rodajes



Placas, datos y rodajes.
Leo en el periódico de hoy, viernes 20 de septiembre de 2013, un artículo de Jordi Martí, concejal socialista del Ayuntamiento de Barcelona. El personaje no me inspira ninguna confianza y me parece otra muestra más de un barco viejo a la deriva, pero esa no es ahora mismo la cuestión. Intenta escribir con originalidad sobre problemas municipales y aporta una serie de datos interesantes que desde su perspectiva apuntan a clarísimas posturas independentistas del alcalde Trías.

Vayamos por partes. Es evidente que el actual Consistorio barcelonés dedica mucha atención a las placas, que son política como cualquier elemento del mobiliario urbano. Ya en el siglo XIX con la reforma que dio lugar al Ensanche se prestó mucha atención a los nombres de las calles de la ciudad refundada, símbolos que mostraban la intención de la nueva burguesía de equipararse a sus antepasados medievales que hicieron de la capital catalana una potencia mediterránea. Cada calle encierra una historia y un significado.

Hace año y medio Trías decidió cambiar con premeditación, alevosía y nocturnidad la placa del passatge de la Canadenca, que por arte de magia transformó su letra pequeña. Antes informaba que su nombre era importante por la famosa huelga de enero de 1919 que paralizó Barcelona y supuso un hito histórico del proletariado europeo. El alcalde debió pensar que, en esa época el nacionalismo aún no se había comido al 15m, era mejor eliminar la referencia obrera por una mención a Fred Stark Pearson, fundador de la empresa y uno de los hombres más homenajeados de la Ciudad Condal entre estatuas y avenidas en la zona alta. La maniobra de CiU en el Paralelo se convirtió en su segundo patinazo en la zona donde proclamaron haber comprado a los chinos el Teatro Arnau, algo que en realidad habían hecho los socialistas en la anterior legislatura.

Ahora las placas vuelven a estar de actualidad y Jordi Martí lo plasma en su artículo donde escribe que el alcalde ha aprovecha la canícula veraniega para sacar de la plaza de Sant Jaume la placa de la fachada del Ayuntamiento dedicada a la plaza de la Constitución.



Esta placa ha resistido contra viento y marea todo los regímenes políticos desde 1840, año en que fue colocada sobre el balcón central de la casa de la ciutat. Esta muy bien que el concejal socialista critique la medida que va en sintonía con una apropiación indigna del nomenclátor del espacio público. La crítica es justa, pero Martí, nada que ver con mi querida secuestradora de niños, engaña porque no precisa. En abril de 2012 el grupo de Unitat per Catalunya, capitaneado por Jordi Portabella de ERC y Joan Laporta de Solidaritat, presentó un ruego aceptado por Jaume Ciurana, teniente de alcalde de cultura.

En principio los argumentos para eliminar la placa se centran en evitar la duplicidad de nombres de la plaza, algo que la emblemática cuadrícula del poder catalán ha aguantado bien durante casi dos siglos. Martí demuestra poca habilidad al no mencionar que la supresión de la placa obedece a un escaso apego democrático, no se aprobó en ningún pleno mediante votación, y a una voluntad de imponer una visión monocroma que líquida elementos del pasado considerados irrelevantes y perniciosos, porque generan preguntas, para aquellos que gobiernan.

Podremos vivir sin la placa dedicada a la Constitución de 1837, nadie lo duda, pero no está de más mostrar nuestra repulsa por tanto cinismo a la hora de borrar un plumazo referencias medio invisibles, paranoias de los políticos, porque la gente cuando pasea no suele mirar hacia arriba. En cambio sabemos que muchas personas sí miran o ven la tele para entretenerse y hasta para informarse, aunque esto último es menos recomendable dada la dinámica de nuestra época.



Hablaba de la caja tonta porque en el artículo de Martí se comenta del rechazo del Ayuntamiento de Barcelona a permitir que se rueden algunas escenas de la serie Isabel en la escalinata que da acceso al Museo de Historia y en una de las ventanas del Saló del Tinell. En primer lugar esto se contradice con la publicidad que vende nuestra ciudad como un inmenso plató, que en alguna ocasión pagamos los contribuyentes, cuando a Jordi Hereu le dio por aportar dos millones de euros a Vicky Cristina Barcelona, esa postal en forma de comedia histérica de Woody Allen. En segundo lugar el problema es grave porque la productora Diagonal dice que hasta el momento ningún consistorio se había negado a cederles lugares para dar verosimilitud a la serie. El tercer punto es la negación porque el Ayuntamiento barcelonés considera que la serie tiene poco rigor histórico, algo cierto porque la leyenda que sitúa el recibimiento de los Reyes a Cristobal Colón tras su primer viaje a América en las escaleras del palacio real es eso, mera leyenda porque los hechos sucedieron en el monasterio de san Jerónimo de la Murtra, situado en Badalona.




Podría guiñar el ojo al Ayuntamiento y decirles que enhorabuena por su amor a las referencias exactas, pero no lo haré porque tras su decisión se oculta el deseo de chafar la fiesta a una producción de Televisión española que mitifica la realidad histórica según el consistorio de la Ciudad Condal. Creo, y sólo he visto publicidad de la serie por lo que no conozco bien su apego a la precisión, que  dentro de una perspectiva publicitaria nunca está de más que muchos millones de espectadores contemplen lo bonita que es Barcelona como decía la canción de Manuel Moreno. El rechazo por causas políticas, verdadera razón en el contexto actual, me parece lamentable y otra bala innecesaria para aumentar la cháchara en los dos bandos. A veces es mejor transigir y dejar que los extremos sigan estables. Romperlos sólo genera estupidez y zozobra.

Diálogo con Gonzalo Torné en la Microrevista



Entrevista a Gonzalo Torné

He quedado con Gonzalo Torné a las doce del mediodía en un bar céntrico. El decorado es antiguo y tranquilo, perfecto para charlar sin problemas y registrar nuestros intercambios sin interferencias. Llego antes de tiempo y repaso mis apuntes sobre su última novela. Divorcio en el aire se adentra en una senda donde, parafraseando a T.S. Eliot, están presente y pasado presentes tal vez en el futuro, y el futuro en el pasado contenido. Para el lector avezado en la obra del escritor barcelonés el nombre de Joan Marc le resultará familiar de Hilos de sangre. Aquí escribe en torno a su relación con Helen mientras la vida le depara otras torturas y parabienes que intenta asimilar entre la normalidad y el desbarajuste del día a día. Digo poco con esta introducción. Dejemos que hable el autor. Enciendo la grabadora.
Jordi Corominas i Julián: ¿Quién no haya leído Hilos de sangre tendrá más problemas para entender Divorcio en el aire?
Gonzalo Torné: No, como mucho se perderá algunos chistes. Las dos historias pertenecen al mismo “mundo”, el personaje principal de Divorcio en el aire tiene un papel secundario en mi anterior novela. Creo que son lecturas independientes y que también tendrá ventajas quien lea primero Divorcio en el aire y despuésHilos de sangre.
¿Son vasos comunicantes?
Tienen un personaje en común, esa es la principal conexión.
Me pareció que la Clara de Hilos de sangre podría ser el Joan Marc deDivorcio en el aire, como si ambos ofrecieran sus versiones de un hecho determinado, aunque los hechos no conecten una novela con otra.
La historia que cuenta Clara en Hilos de sangre es la historia de su familia, y Joan Marc tiene un papel subsidiario. En Divorcio en el aire Clara es supuestamente  la destinataria de lo que cuenta Joan-Marc, un relato donde ella no aparece, el relato de su vida sin ella. No se trata de dos personajes que cuentan la misma historia desde dos puntos de vista.
Por eso decía que no contaban lo mismo.
Sí, no es Rashomon.
Pero ambos son excusas, constituyen un acicate para construir el discurso.
Es verdad. Las dos historias tienen un destinatario concreto que no es el lector. Una historia cambia mucho en función de la persona a la que se la cuentas, si quieres seducirlo, repelerlo o escandalizarlo, aclararle las cosas o dejarlas en suspenso. En mis dos novelas el narrador no le cuenta la historia al lector, el lector se queda con un pie dentro y un pie fuera, asiste a una narración que no está pensada para él, como una especie de voyeur.
Quien haya leído Hilos de sangre habrá conocido al Joan Marc ridículo y banal que sólo repite las noticias de Yahoo. Aquí, como por otra parte es comprensible, adquiere más sustancia.
Uno de los motivos para empezar a escribir la nueva novela, el más frívolo si quieres, es que pensé en Joan-Marc como un contrapunto cómico para la historia de los Motsalvatges, un individuo bastante despreciable. Y para mi sorpresa el personaje cayó muy bien a los lectores, sobre todo a las lectoras. En Divorcio en el aire, estaba decidido a exhibir sin trabas de espacio su ineptitud y su temperamento despreciable. Lo que tenía claro es que la novela tenía que estar en primera persona, era demasiado sencillo ponerse en tercera persona y escribir un libro satítico, el personaje tenía que poder explicarse y confrontarse con el lector.
¿Y crees que Joan Marc tiene tanta buena prosa como la que respira la novela?
Sí, porque Joan Marc sólo existe en mi libro.
Lo digo por su personalidad y formación.
Aquí hay un tema interesante de convención narrativa, los personajes de los libros ¿hablan o escriben?, y ¿a quien le cuentan su historia? Richardson cree necesario justificar el asunto “escribiendo” la novela en cartas, otros recurren a manuscritos encontrados. En George Eliot o en Austen nunca se justifica porque la voz narrativa te habla a ti. Y las novelas en primera persona de Dickens ¿están escritas o contadas? A menos que lo hagas explícito, o juegues a propósito (como Bellow en Herzog o Coetzee en La edad de hierro) en el siglo XX ya importa bien poco. Un narrador puede hablar como el autor considera, con total libertad. Si nos ponemos a buscar en un manicomio tampoco encontraremos a personajes que se expresen como Benji Compson.
Y creo que es un gran resentido.
No pasa por un buen momento. Es una conciencia exasperada. Escribe en caliente, y esa es una ventaja de la literatura sobre el ensayo: puedes incluir todos los prejuicios que quieras, puedes exagerar, ser parcial e injusto, contradecirte.
El ejemplo más claro para entender a Joan Marc y cómo no tiene tapujos para expresar sus prejuicios es cómo reacciona cuando al llegar a su piso critica con saña a los gays de una sauna vecina.
Es una cabeza que funciona a rachas. Recoge los materiales con los que piensa de sitios muy dudosos, y con Clara tiene la suficiente confianza para expresarse no sólo con libertad, sino también exagerando: por juego, por malicia, para escandalizarla, para que reaccione de alguna manera.
Joan Marc tiene su lucidez hasta en la elección del tema. Habla de Helen porque puede herir a Clara, le cuenta a su ex mujer la historia de su otra ex, algo suele doler mucho, mete el dedo en la llaga.
No lo había pensado, pero es cierto. Joan-Marc supongo que también busca contarle algo de su vida que ella no conoce bien para seguir interesándola. Joan-Marc le cuenta a Clara la historia de su vida con ella, un desastre considerable, mientras se nos hurta la historia de los dos juntos, la parte más agradable. Podría decirse que la novela explora por omisión cómo es la vida de uno si le sustrajesen del relato a la persona más importante.
Y el pasado llega al presente, y no sólo con Helen.
La novela va saltando en el tiempo.
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Cambia con naturalidad de un tiempo a otro, de Helen a Pedro María.
Hay otra convención literaria que aconseja que los personajes recuerden en orden. Uno se remonta a enero de 1976 y luego viene febrero y luego marzo. Pero la verdad es que un segundo antes estabas pensado en un verano de la infancia, y al siguiente en preveer si vas a necesitar el paraguas. En la novela se va de un tiempo a otro, cada vez más deprisa, hasta que en las últimas páginas, si todo ha ido bien, se salta de un tiempo a otro de manera muy rápida.
No pensamos cronológicamente.
No. Tampoco hay referencias cronológicas. La novela no es muy escrupulosa con las fechas, aunque hay algunas menciones de pasada que permiten situar la acción, en Hilos de sangre una de las pistas es la Champios League de Rijkaard.
Sí, porque en Divorcio en el aire por ejemplo no se puede datar con exactitud el momento madrileño en que conoce a Helen.
Igual podría calcularse, pero está mejor así, neblinoso.
Joan Marc concibe Barcelona y Madrid de manera muy graciosa. Para criticar a Clara habla de Eixample Superstar y para juzgar a Madrid cae en el tópico de su provincianismo.
Joan-Marc nació en Madrid y ha hecho vida en Barcelona. El personaje no expresa juicios míos, claro, sino que le atribuyo ideas y opiniones que den juego literario. En cualquier caso la idea que en Barcelona tenemos de Madrid como una ciudad de provincias tiene su guasa.
Me fijé porque me interesa mucho el espacio y Joan Marc cuando se mueve emite juicios muy taxativos.
Es cierto, derrama juicios. Nunca tiene una actitud neutra. Todo le sugiere una valoración, aunque tenga que improvisarla.
Y este juicio puede verse desde otro punto de vista por Helen, que odia Madrid por la fritanga y los toros y desea irse a Barcelona.
Helen llega a Madrid y va a Barcelona con supuestos imaginarios, como nos pasa a todos, por otra parte. Antes de visitar Nueva York, Londres o Berlín, ya tienes una
En Divorcio en el aire el prejuicio puede crearse de forma más contundente y rotunda porque tanto Joan Marc como Helen tienden a lo grotesco.
Creo que en parte pueden parecer grotescos (a mí no me lo parecen) por efecto del hábito, los escritores tenemos cierta tendencia a fijarnos en la vida de intelectuales o de personas con una gran competencia mental y autoconciencia moral. Divorcio en el aire se deteniene en vidas que no solemos examinar. De personas que no pueden o no saben apoyarse en una razón y en una imaginación trabajadas y maduras. Joan-Marc tiene modales, pero no es un hombre culto. Apenas se cita una vez a Freud (y en un contexto donde hubiese sido igual de pertinente citar a Mickey Mouse), y creo que no se menciona ningún libro, no se les permite a los personajes apoyarse en ninguna inteligencia ajena. Helen, por ejemplo, trata de vivir con las ideas de las teleseries y de la autoayuda.
Y lo grotesco también surge por el contraste porque él tiene una formación de clase alta y ella es una chica de Montana que llega a Europa y dedica parte de su tiempo a emborracharse.
No estoy seguro de que la diferencia sea tan grotesca. El caso es que Joan-Marc es ahora quien cuenta la historia y quien cuenta la historia tiene todo el poder sobre las personas “narradas”.
La hermana de Joan Marc no aparece mucho pero lo que dice cuenta sobre manera.
Es una voz.
Pero es de esas influencias que tenemos en nuestra cabeza que terminan martilleándote y determinando muchas más cosas de lo que parece a simple viste.
Por supuesto, las voces del resto de personajes se filtran por las rendijas del relato, son como breves ráfagas de contrapunto, otra manera posible de contar la historia. La hermana es una influencia fuerte en la vida de Joan-Marc, aunque sólo sea por proximidad; cada uno vive desplegando su rollo mental, ¿no?, pero este tema principal está acompañado de líneas melódicas, lo que los demás piensan sobre nosotros, y que, por equivocado o infeccioso que sea, puede afectarnos por insistencia.
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En Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín se habla de cómo en la novela victoriana aparecían las tías para aumentar la tensión narrativa de las novelas, esa era su misión.
En el prólogo Toibin defiende lo contrario de lo que hace en el resto del libro donde se dedica al alto chismorreo: a buscar modelos familiares para los personajes y los temas de los autores. El prólogo parece escrito por el Toibin novelista (uno de los mejores) al Toibin periodista: los padres mueren en las novelas por cuestiones estructurales, para dejar espacio. Respondo lo mismo cuando me preguntan (como si me hubiese comido a los míos) porque no hay padres en Hilos de sangre: porque me estorban para desarrollar a los personajes. Es bien chato pensar que la imaginación de Mann necesitase a sus desastrosos hijos para formar personajes.
Y en este sentido la hermana tiene esta función estructural.
Sí, es una autoridad cómica, un elemento distorsionador.
Comentabas que en nuestra generación no se estilan personajes que pisen lo cotidiano porque se privilegian caracteres más intelectuales. EnDivorcio en el aire enfocas la cotidianidad de manera muy normal y por eso termina siendo cómica. De hecho el día a día no deja de ser una sucesión de prejuicios.
Entiendo lo que quieres decir. Pero “cotidianeidad” es un término complicadísimo, una suerte de contraseña para pasar de contrabando el material más anodino. En cierto sentido la vida cotidiana no es literatura, es como hacer música con el ruido de la calle, muy bien, ya sé que se intenta, pero no es música.
Uso cotidianidad porque es la palabra que me sirve para vincular.
Busco situaciones con valor dramático, intenso, si quieres, aunque dentro de una normalidad.
Pero la cotidianidad es normal…
Dentro de una vida normal hay situaciones excepcionales que no son cotidianas. Lo que intento decir es que ni sales extraterrestres ni hago costumbrismo. Invento momentos importantes en la vida de los personajes.
Los objetos y las situaciones sirven para hilvanar teorías sin necesidad de una intencionalidad súper intelectual, pienso, por ejemplo, en la casa de Pedro María.
Te decía que los personaje son son intelectuales, pero cualquier novela es una operación intelectual sofisticada y sostenida en el tiempo. Cuando uno dice que ha escrito el libro con las vísceras pueden darse dos posibilidades: que efectivamente teclea con los intestinos y es un monstruo de feria, o que esté usando una figura, y, por tanto, una operación intelectual. Que los personajes no sean intelectuales me ayuda a emplear recursos más propios del pensamiento literario que del ensayístico: contradecirse, pensar con prejuicios, decir una cosa lúcida y después una idiota…
La casa de Pedro María me fascina, y me hizo pensar a nivel estructural que se correspondía con la parte del pasado de Hilos de sangre.
Seguro que hay muchas relaciones entre los dos libros que yo no aprecio. Uno de los temas de Divorcio en el aire es la gestión del pasado. Una opción posible es la preservar el pasado lo máximo posible. La casa es un emblema de esta actitud: no generar nada nuevo, concentrarse en que el desgaste sea lo más lento posible.
Te lo imaginas como un espacio cerrado y oscuro, sin nada de luz.
Y tiene un fregadero.
Hasta surge un discurso filosófico.
Hay un alegato a favor de ralentizar la vida, la slow life. Es un punto de vista muy respetable que defienden personas tan inteligentes como Junot Díaz. Pero en la novela hay muchos discursos coherentes y atendibles a los que se les da un uso torcido. Joan-Marc lo ve como un disparate, porque él es el enemigo de la nostalgia y a la lentitud, un hombre adicto al presente.
Por eso juzga un determinado uso de Facebook como algo idiota.
Cuando empezó Facebook, si no recuerdo mal, el gran reclamo para apuntarte y el uso principal que se le daba, era para recuperar viejas amistades, sólo que no eran tan viejas. No tengo nada contra Facebook ni contra ese empleo particular que supongo ya en desuso, pero me sirve para preguntarme cuál es el motivo de que mi generación sea tan nostálgica sin haber cumplido los cuarenta años.
Yo pienso en un rechazo del presente.
Puede ser, pero no hay que descartar el impacto del cambio tecnológico. Creo que nuestros padres no vivieron algo parecido. Empezamos a vivir en un mundo que ya no existe, que dejó de existir rapidísimo (el de las cartas de papel, las máquinas de escribir), no es sólo nostalgia consumista, es casi la conmoción de una fractura. En Hilos de sangre aparecen unos pájaros que son como el vínculo entre la época de los dinosaurios y la de los primeros mamíferos, algo así somos nosotros, en versión modesta.  Es un tema que no tengo claro. También es cierto que la creencia en una entidad suprahumana que va a salvarte individualmente y preservar tu conciencia, tus recuerdos y tus gustos ha ido de baja. Igual por ahí también se cuela este frenesí por documentar el presente, por conservalo. Bueno, el caso es que en la novela se dan bastantes vueltas a estos asuntos.
Y él quiere tener presente.
¿Quién?
Joan Marc.
Joan Marc, sí.
Además ahora que lo pienso en su época madrileña su mejor amigo, Bicente, ya organiza fiestas vintage, mientras que en aquella Barcelona no existía la nostalgia del pasado.
Eso dice él, sí. En cualquier caso Joan-Marc se resiste a la nostalgia, la ve como una muerte en vida. Toda la excursión narrativa por su pasado es un intento de recuerar a Clara, lo que quiere es tirar hacia delante. ¿Es un barbarismo?
Puede ser. El Word lo arreglará.
¿Estas seguro? No me fío nada, marca en rojo todos los tacos.
En tus novelas me gusta que pongas en cursiva las palabras catalanas que usas, vocablos muy expresivos que potencian el significado de las frases.
Aquí somos bilingües y tolerantes. A diferencia de lo que predican los darwinistas lingüístas de ambos bandos, en Barcelona las dos lenguas conviven, invadiéndose, pero conviven. Hay cosas que se expresan mejor en un idioma que en otro, o palabras que me gustan más en una lengua que en la otra. “Nyclis” es mucho mejor que “Alfeñique”, donde vas a parar. Cuando escribo recurro a la palabra en catalán si me viene a la cabeza en catalán, en francés si me viene en francés. Tampoco son tantas.
Cambio de tercio radicalmente. ¿Eres un autor que piensa mucho la estructura antes de escribir o la decides sobre la marcha?
Descubro la estructura del libro a medida que voy escribiendo. Primero necesito el tono del personaje, cómo habla, cómo piensa. En este caso necesitaba un tejido verbal muy flexible que me permitiese moverse de una idea sutil a una tontería supina en el mismo párrafo. También necesitaba un registro amplio. Una vez di con este tono, cuando más o menos tengo amueblada la mente del personaje, empiezo a buscarle problemas, desarrollo situaciones a ver qué pasa. Y si sigo así varios meses al final empiezo a entender los temas del libro y a vislumbrar una estructura.
Es interesante, porque a partir de los elementos construyes la estructura, no partes de un folio en blanco donde terminas marcando las partes.
Es así. No puedo pensar qué forma tendrá el libro si siquiera sé qué desean o temen los personajes. Alguna idea tengo, claro. En Hilos de sangre, por ejemplo, trabajé mucho los finales de las cinco partes, así que en Divorcio fantaseaba con escribir un libro sin partes, elaborar mucho las transiciones cuando se salta en el tiempo para que fuesen fluidas y poder acelerar el ritmo de estos desplazamientos al final. Entiendo que haya escritores que sean capaces de pensar en una estructura de antemano, pero el resultado, ya me perdonarán, es un poco basto: “en una parte habla Juan y en la otra Pedro”. Para organizar el material necesitas material. Muchos libros nacen muertos porque están al servicio de una disposición demasiado evidente. Los mejores libros tienen una estructura sutil que se va revelando despacio al lector. Hay muchos ejemplos. Y ahora que lo pienso, hay un ejemplo que se ríe de todo lo que llevo dicho: el Ulises, que es un libro programático.
El Ulises son dieciocho novelas en una.
Sí, y también una novela unitaria, muy pensada. La novela es un género tan inconformista que siempre encuentras un ejemplo que te fastidia la teoría.
¿Con Divorcio en el aire cierras el ciclo Joan Marc?
Bueno, su última aparición cronológica es en la quinta parte de Hilos de sangre. Pero sí, creo que hemos terminado.
¿No piensas en él como personaje que articule tu trayectoria narrativa?
No. Me divierte ponerme de parte de un personaje con unas ideas y una procedencia social tan distintas a las mías. Pero también me divertí con Gabriel Montsalvatges el otro personaje masculino relevante del que he escrito en primera persona. Imagino otros caracteres para explorar, pero igual dentro de diez años me apetece echar una ojeada a su vida para ver cómo le ha ido. No está previsto, pero ¿quien sabe?, ¿quién puede saber nada?

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Podcast del Laberint dedicado al canibalismo en las artes



Hoy hemos dedicado el Laberint al canibalismo en las artes. Iniciamos el recorrido por la Teogonía de Hesíodo, mezclándola con el Saturno devorando a sus hijos de Goya. Después hemos navegado hasta la balsa de la medusa de Théodore Géricault y de ahí hemos seguido en los mares con el Gordon Pym de E.A. Poe para terminar con El silencio de los corderos y su paso del libro al celuloide. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 36 del enlace clickando aquí

martes, 17 de septiembre de 2013

Miércoles 18, canibalismo en el Laberint de Wonderland



En el Laberint los temas salen en directo. Hablamos de cualquier historia y, de repente, se activa el remolino de posibilidades futuras. De este modo surgió la cuestión canibal, con una cata suave para lo que es, suave y fuerte:


1.- Saturno devorando a sus hijos, de Hesiodo a Goya.

2.- La balsa de la medusa de Théodore  Géricault

3.- E.A. Poe y su Narración de Arthur Gordon Pym

4.- El silencio de los corderos del libro al celuloide




Cada miércoles a partir de las 14h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo:Rne4

Ha vuelto, de Timur Vermes



Los límites del juego: Ha vuelto de Timur Vermes, por Jordi Corominas i Julián
Timur Vernes, Ha vuelto, Barcelona, Seix Barral, 2013
Traducción de Carmen Gauger

Madrugada de sábado. Me llaman varios libros. Descarto los más sesudos y me decanto por el de la cubierta más simple y atractiva. Ha vuelto, y por la composición gráfica es fácil deducir que se trata de Adolf Hitler. No soy un lector inocente. Sabía de antemano del éxito cosechado en Alemania por la novela, polémica por ir al límite en el tratamiento del personaje, una provocación que la mayoría de habitantes del país germánico aceptaron de buen grado, sobre todo porque desde hace décadas, seguramente desde la unificación del país, se educa a la población en un espíritu crítico que ha cancelado, si es que eso es posible, las heridas del pasado mediante modelos educativos, propuestas pedagógicas y una oferta cultural, del Hundimiento a Hijos del Tercer Reich, brillante que ya me gustaría hallar en nuestro territorio, donde muchos problemas surgen por la ignorancia del ciudadano para con el pasado.

Vayamos al libro. Adolf Hitler se despierta en 2011, y nada, abre los ojos plenamente recuperado del sinfín de achaques físicos y mentales que padecía cuando se pegó un tiro el 30 de abril de 1945. Para el Führer no pasan los años, y hasta su uniforme está limpio e impoluto, pero claro, lo que antaño era moda ahora es burla y rareza. Berlín se ha vuelto la meca de la modernidad de fachada y su antiguo amo y señor desentona por completo.

Un quiosquero será su tabla de salvación. El bueno de Adolf sufre en silencio, y no piensen en anuncios televisivos. Imaginen volver al Planeta tras un largo sueño de más de seis décadas. Las preguntas saturan el cerebro del genocida, intrigado por tanta metamorfosis imprevista. Su nula empatía dificulta todavía más las cosas. Es incapaz de cambiar el chip y ponerse en situación. Si acude a una tintorería relámpago y ve a un turco lo juzga extraño. Si le prestan ropa contemporánea protesta por lo anómalo. ¿Qué suerte podía depararle el futuro? El hombre de los periódicos se divierte con su cháchara política, tan perfecta en léxico y gesticulaciones. Sí, usted es el doble perfecto del nazi, no se preocupe, hablaré con unos de la tele, ya verá…


Y nada, como pueden comprender aquí tenemos la base para el disparate y el delirio. Una productora decide contar con Adolf Hitler como colaborador en un programa humorístico y su número rebasa las expectativas hasta convertirse en un fenómeno nacional. Las observaciones del cómico que se toma todo demasiado en serio, y por eso sus protectores admiran su supuesta capacidad de improvisación, oscilan entre la cantinela nacionalsocialista sin modificaciones y el fino análisis de fenómenos actuales que van desde la homologación hasta ciertos absurdos imposibles durante la primera mitad del siglo XX.

El Hitler del siglo XXI, con un cutis perfecto, tiene despacho propio y se preocupa por los que le han contratado y trabajan con él. Su secretaria le enseña a navegar por Internet y a manejar el móvil. Su magnetismo y los pingues beneficios que aporta a la empresa hacen que se le salude muchas veces brazo en alto en el ambiente privado, donde le advierten que el único tema tabú son los judíos.

Por otra parte está el problema de su identidad. Si le preguntan cuál es su nombre responde, con pasmosa naturalidad, Adolf Hitler. Necesita documentos para desarrollar su existencia en el siglo XXI.

Poco más avanzaremos. El Fúhrer de Vermes es un narrador maravilloso que engancha con sus explicaciones y desgrana sus múltiples dudas. Acepta que los platós han cambiado el ritual del discurso, que es su principal preocupación en su nuevo oficio. Si antes hablaba para grandes multitudes que se concentraban en un mismo espacio ahora lo hace para un público más numeroso que se congrega alrededor de una caja de donde salen imágenes, escaparate del que parten más iniciativas idóneas para explotar su encanto con las masas, trucos mágicos que Goebbels no hubiera imaginado ni en sus mejores sueños.



Sus objetivos son los de volver al poder, pero claro, el desfase del dictador en la era de Angela Merkel asegura las risas en un santiamén. El absurdo de las respuestas, las vueltas de tuerca y la troupe de fieles de Hitler hacen el resto. Es fácil comprender los motivos de la repercusión de la novela en Alemania, donde también cabe decir que la crítica la juzgó desde elementos que enmarcan mejor la sátira, siempre útil para desenmascarar la realidad presente en sus taras y costumbres que damos por demasiado asumidas.


Los medios de comunicación se llevan el gran tortazo por su cinismo y capacidad de usar cualquier oportunidad para lucrarse. Las comparaciones son odiosas y en todas partes cuecen habas. El filón nazi de la productora se da con otros totalitarismos en España con tertulias imbéciles y presentadores que faltan al respeto del televidente, enganchado a mediocridades casi por imperativos del espíritu del tiempo, algo que Ha vuelto refleja sin cortarse un pelo aunque sin ser tan excesivo como alguno podrá esperar. Se ajusta al exceso tolerado, lo dinamita en ocasiones y consigue nuestro beneplácito mediante una prosa inteligente y una carcajada en ocasiones irrefrenable.  

domingo, 15 de septiembre de 2013

Algunas reflexiones tras la Vía Catalana



El 11 de septiembre de 2013 me desperté tarde, salí a comprar el periódico y esperé con paciencia el momento de cumplir con mis escasas obligaciones en ese miércoles festivo. A las dos de la tarde cogí el metro, sufrí con sus tiempos de espera y, finalmente, llegué a la radio para charlar en directo sobre libros y la tristeza del adiós de un verano.

Al terminar el programa recibí una llamada y fui a casa de unos amigos con los que pasé casi toda la tarde. Al decirles adiós volví a pisar la calle y observé la excitación de la jornada de la vía catalana y las ganancias del Barça con tanto entusiasmo, beneficios bien visibles en la abundancia de la segunda camiseta con las cuatro barras. ¡Viva Qatar!

Mi primera impresión, confirmada durante mi paseo de más de cuarenta minutos, fue la gran cantidad de niños ataviados son símbolos independentistas. No se trataba sólo de chavales, también los bebés iban equipados con merchandising nacionalista. Hace meses contemplé en un pueblo del Montseny el enarbolamiento de una estelada. La escena era bonita y dominguera. Un grupo de personas se habían reunido al lado de una iglesia para cantar els segadors y observar cómo el trapito alcanzaba el cielo del mástil. Me detuve a una distancia prudencial, contemplé el acto y sólo me turbó, porque nadie puede dudar de su ejemplar pacifismo, la presencia de un niño que gritaba e imitaba los gestos de los adultos.

Por inercia cinéfila pensé en una escena de la película Cabaret, uno de esos momentos donde el celuloide ha logrado transmitir el miedo que da la Historia del siglo XX. Dejé pasar la efeméride hasta que este miércoles me asusté por tanta proliferación y, sobre todo, por la naturalidad de su exhibición que me confirmó más tarde el especial de TV3 donde se preguntaba a un niño de tres porqué había participado en la vía. Sobran las palabras.



Al llegar a casa me conecté al ordenador porque me parece más vital, efectivo y real seguir la información mediante las redes sociales. Twitter mostraba la euforia de los manifestantes, felices por la cifra de un millón seiscientos mil participantes emitida por la Conselleria d’Interior de la Generalitat. Los números dicen mucho, pero en este caso me intrigaron varias cosas que se confirmaron a lo largo de la semana. En primer lugar me sorprendió que ningún medio o estamento presentara otra apreciación. Lo dicho por Ramon Espadaler se aceptó sin más cuando los cálculos iniciales eran de cuatrocientas mil personas. ¿Qué pasó durante esos días? ¿Por qué los periódicos no activaron sus cálculos estadísticos? EL PAIS demostró en 2012 que el millón y medio de la gran manifestación era una falacia y que lo más real, por ocupación de espacio y extensión de la marcha, era pensar en seiscientos mil seres humanos reivindicando sus ideas en Barcelona.

Es posible que en 2013 fuera una utopía cubrir los más de cuatrocientos quilómetros de la vía catalana y mostrar números fiables de participación. De todos modos que sólo una institución emitiera un dato concreto es una derrota que siempre planteara una duda razonable a quien escribe. Fin de la cita.



Como decía las reacciones entusiastas coparon parte de mi TL. Las prisas nunca son buenas compañeras, y aquí aparecieron con orgullo y una especie de victoria antes de cruzar la meta muy peligrosa, entre otras cosas porque, algo que la televisión pública de Cataluña ha hecho muy bien desde hace un año, en un país de siete millones de personas hay sentimientos dispares, y no es nada anómala la discrepancia civilizada que algunos quieren evitar mediante un monopolio de la opinión y el sentimiento. Ese día el más que condenable acto fascista en la Blanquerna de Madrid encrespó más los ánimos, rematados en la espiral monocroma por las palabras de Soraya sobre la mayoría silenciosa, una astracanada que bien podría haberse ahorrado.

Sin embargo todo es matizable. Los que hablaban en las redes eran los partidarios de la independencia, el dret a decidir, tan necesario para acabar con este tormento y justo por regeneradora lógica democrática, quedaba relegado a un segundo plano. No sé qué dirían los españolistas, pero sí puedo afirmar que los dos bandos han monopolizado la atención mediática.

Por mi parte creo que existe una tercera vía bastante mayoritaria, pero ojo, que nadie se me tire encima, que las ganas siempre están presentes. No hablo de un término medio, más bien de personas que no son favorables a la independencia ni apuestan por lo que estos primeros han definido por un unionismo recalcitrante. Hay otras opciones. El federalismo es tomado a guasa y no se augura una pronta recuperación de su justo ideal. La emocionalidad de todo el proceso hace que se lea y conozca poca Historia de España y Cataluña como para poder opinar con argumentos. Mucha gente quiere paz y no necesita de extremos porque en este momento, y probablemente en otros también, hay cosas más importantes en las que pensar y el enfrentamiento de la gente normal sólo lleva a la derrota de un colectivo bastante perjudicado por la crisis.

La idea de la independencia, dirigida por la ANC que comparte Community Manager en Twitter con CiU y tiene una dirigente que yo desde luego no he elegido porque no pertenezco a la Asamblea, huele a gran cortina de humo para desviar la atención de problemas más importantes. En Cataluña el movimiento 15m, potente en la primera oleada del mismo como demuestra el episodio del asedio al Parlamento, se ha esfumado. Lo social ha sucumbido ante lo nacional. El fracaso de las primeras elecciones plebiscitarias de noviembre de 2012 parecía frenar el impulso de esa huida hacia delante, pero la inopia de Mariano Rajoy ha dado alas y una nueva marcha a la cuestión.



¿Dónde queda la acción del gobierno de Mas? Su inoperancia es tremenda y el rédito por su dolce far niente increíble. No han aprobado los presupuestos de 2013, los recortes en Sanidad y Educación se han incrementado y oye tú, nada, sigamos con el empeño de la bandera, ya viviremos con hojas de parra para tapar nuestra vergüenzas. Quizá deberíamos situarlas en otras partes.



En pleno siglo XXI lo normal es derrumbar fronteras, no reforzarlas. El Estado Nación va camino de desaparecer en Europa, donde la Unión se convertirá en un órgano federal una vez se hayan eliminado los obstáculos de la gran depresión y la angustia ceda a una normalidad que, todo hay que decirlo, no sé si alcanzaremos. De todos modos si comparamos vías veremos que el contexto no acompaña. Muchos independentistas han colgado estos días listas de países europeos que adquirieron su soberanía a lo largo del siglo XX. Una primera oleada corresponde a los que aprovecharon el desmembramiento de los Imperios tras la Primera Guerra Mundial. La segunda es la del cambio de paradigma que supuso el punto y final de la Guerra Fría como recordarán todos los de mi generación que de repente, sin Unión Soviética y una feroz guerra en Yugoslavia, vieron un mapa con muchos más nombres que empollar.

Es en este contexto, 1989 y la caída del telón de acero, cuando los países bálticos- Estonia, Letonia y Lituania, montan la cadena del 23 de agosto de ese año coincidiendo con el cincuenta aniversario de la firma del pacto de no agresión germano-soviético entre Ribbentrop y Molotov. La fecha se eligió con pleno sentido de una conciencia histórica y un instante que coincidía con muchas otras zonas en su esperanza de liberación.



La cadena báltica se enmarcaba en una situación irreversible que marcaba la conclusión del siglo XX corto. La catalana nace del aprovechamiento de un populismo que seguirá a tope durante 2014 con la saturación de actos dedicados al tricentenario del asedio de 1714, del que mucho podría discutirse, algo que, desde luego, no haré en este texto.

Todo nacionalismo en esencia es conservador. Siempre hablo de los beneficios que los chinos consiguen con tanta bandera. No creo en ellas, restringen y alucino con la hipocresía ajena. No me gustan en ningún caso, por eso juzgo indecente que un catalán vea a un español con una y lo llame fascista, mientras que si él la luce es progresista.

El nacionalismo es en esencia conservador, y el catalán parte de unas élites que crearon su maquinaria desde finales del siglo XIX para beneficiar a sus intereses comerciales e industriales. Cuando el pueblo hablaba en contra de sus intereses callaban, como acaeció durante la Semana Trágica de 1909. La lliga Regionalista es la abuela de CiU, que desde un principio quiso usar sus métodos tanto en Madrid como en Barcelona. Cualquier comparación con nombres brillantes no debe aplicarse ahora, el presente es bastante más lamentable que el pasado, donde al menos existió la ERC de la Segunda República, capaz de juntar dos ánimos tan dispares como los de Macià y Companys.

En fin, decía lo de la esencia conservadora del nacionalismo por las reacciones internacionales. Diputados de la Lega Nord, partido de extrema derecha del norte de Italia, con camisetas con la estelada y dos primeros ministros bálticos hablando del tema. ¿Y bien?


Antes del boom independentista existía algo llamado catalanismo consistente en querer mejorar desde el Principado al conjunto de España mediante el diálogo. Es normal que el motor proponga ideas para activar al resto de la locomotora. Madrid siempre ha sido una empecinada, pero el diálogo, que es cosa lenta y se ejerce con prestancia y mucha paciencia, siempre ha sido mejor solución que la confrontación. Hablen, voten o hagan lo que sea, pero por favor, que termine de una maldita vez el bombardeo que oculta cuestiones de más trascendencia. Por cierto, ¿alguien piensa explicar qué ocurrirá si se produce la independencia? De momento en ese sentido impera el mutismo, y creo que no me extraña.