miércoles, 16 de febrero de 2011

Podcast del miércoles 9 de febrero, Literatura y Egipto


El pasado 9 de febrero hablamos en Wonderland de literatura y Egipto desde otra perspectiva. La biblioteca de Alejandría, la desaparición del ejército de Cambises y el graffiti de Rimbaud en Luxor fueron los temas que abordamos. Podéis escuchar el programa clickando aquí

Miércoles 16, Amor en el laberint de Wonderland (Rne4)



Uno de los grandes temas de la literatura universal es el amor. Muchios son los libros que se han centrado en el corazón, y no hablamos de Sálvame, desde que el mundo es mundo. En el laberint hablaremos de Helena de Troya, Tristán e Isolda y para terminar abordaremos las diferencias entre Don Juan, Giacomo Casanova y James Bond para concluir con Joan Salvat Papasseit, del que os dejó un precioso poema.


Encara el tram

Noia del tram, tens l’esguard en el llibre,
i el full s’irisa
en veure’s cobejat.
I el cobrador s’intriga si giraràs el full:
sols per veure’t els ulls!

Que les cames se’t veuen
i la mitja és ben fina;
i tot el tram ets tu.
Però els ull no se’t veuen.

I la teva mà és clara
que fa rosa el teu cos de tafetà vermell,
i el teu mocadoret ha tornat de bugada.
Però els ulls no els sabem!

I si jo ara baixés? -Mai no et sabria els ulls...
Té, ara, ja he baixat!



El laberint a Wonderland

Cada miércoles a partir de las 18h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo: Rne4

martes, 15 de febrero de 2011

Primeras imágenes del show loopoético dedicado al negro de Banyoles (Freedonia 10-2-11)





A cargo de Daniel Jándula, a quien estamos muy agradecidos. En breve publicaremos la crónica con más imágenes de esta primera velada en la que disfrutamos muchísimo. Promete ser un mes de muchas alegrías loopoéticas, os mantendremos informados.




Y Jean Martin se quito la máscara protegido por Lola Farigola, sonriente....




La velocidad era una constante



El público, al que agradecemos su apoyo, se lo pasó en grande

lunes, 14 de febrero de 2011

Panfleto Calidoscopio febrero 2011


Panfleto Calidoscopio


como en un calidoscopio te ofrecemos pequeñas cuentas que satisfagan o piquen tu curiosidad. Sobre cualquier tema en miscelánea, o bien sobre música, cine y literatura.

Sin el apremio de la modernidad y la vanguardia, con la tranquilidad de quien revisa lo pasado. Visiones calidoscópicas de nuestra cultura, eso es lo que pretendemos mostrar.

sumario febrero [nº44/2011]




Hilarante frialdad de lo cotidiano:
J. R. Ackerley
Por Jordi Corominas i Julián



Arte, ¿líquido?
De Zygmunt Bauman
Por Sonia Fernández Pan





La dudosa ética de los cuentos
Por María Zaragoza



Del arte de lo minçusculo
Por Ginés S. Cutillas





Una tentativa de lectura comparada
Por Anna María Iglesia Pagnotta



Abluciones
de Patrick deWitt
Por Marc García García





Mujeres en tiempos de oscuridad III: Unica Zürn
Por Laia López Manrique



El negro de Banyoles
Suite loopoética 2011
Por Jordi Corominas i Julián





La corrupción del lenguaje
Por Federico Fernández Giordano



Espacio inventado
poemas de Santos Domínguez





Primer Concurso de Sinopsis
Calidoscopio

Gigolà de Laure Charpentier y La mejor parte de los hombres de Tristán Garcia en Revista de Letras




De “Gigolà” a “La mejor parte de los hombres”: París homo-lésbico
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 12.02.11


Gigolà. Laure Charpentier
Traducción de Lydia Vázquez Jiménez
Cabaret Voltaire (Barcelona, 2011)

La mejor parte de los hombres. Tristan Garcia
Traducción de Lluís María Todó
Anagrama (Barcelona, 2011)


Dos son las novedades que últimamente han llegado a las librerías en clave homo-lésbica. Ambas sitúan sus tramas en París e intentan captar la realidad del ambiente desde perspectivas diferentes que evolucionan en función de la década donde transcurren. La primera, Gigolà de Laure Charpentier, fue secuestrada en 1972 por lo provocador de su contenido, siendo rescatada treinta años más tarde por el prestigioso sello Fayard. En España la pública Cabaret Voltaire con una cuidada edición que incluye en el epílogo una entrevista con la autora, dura y corrosiva como su personaje, una garçonne que mata poco pero que recuerda por frialdad y carácter al mítico Patrick Bateman de American Psycho.



Laure ha renunciado a la carrera de medicina y padece el duro trauma de recordar a su única amor, Sybil, desaparecida prematuramente para transformar a su amada en un animal nocturno que bebe Black and White, viste de smoking, se peina con elegancia y camina con una elegante soberbia sólo equiparable con lo helado, por contundente, de sus movimientos verbales. Su paso por bares y establecimientos levanta rumores y suscita una instantánea atracción que aprovechará doblemente. Conocerá a una puta de baratija y jugará con ella, habituada a cambiar su nombre por imperativos del guión, al Pigmalión, ese entretenimiento que en este caso enmascarará una relación de amo-esclavo que le proporcionará experiencia y las tablas justas para afrontar altas horas de la madrugada con más aplomo, segura y desatada en su intento por dominar la superficie con clase y belleza. Lo entenderá, ya saben que en los clubes hay de todo, una vieja lesbiana que en el otoño de su existencia aún insiste en deleitarse con cuerpos lozanos, dignas carnes para saciar su placer. Odette es millonaria, asegura estabilidad económica y también la prueba de superar el asco para alcanzar lo fijado en el libro de ruta.

Es probable que algunas partes del libro centradas en el sexo senil, por definirlo de alguna manera, levantaran ampollas a principios de los setenta. Gigolà clava su bastón, un fetiche indispensable para identificarla, en la vagina de la anciana, encandilada disfrutando del ritual del orgasmo. Las visitas a la casa de la rica se sucederán y se saldarán con el premio gordo, antesala de un último tramo teñido de amor, resistencia y un inesperado desenlace capaz de confirmar nuestras sospechas.

Si por algo destaca Gigolà es por la voz narrativa en primera persona, acertada porque desde que abrimos el libro percibimos en ella una personalidad con serios desajustes reforzados por un salvaje egocentrismo que es la clave que acciona los mecanismos de la protagonista, despiadada y sin ningún tipo de escrúpulo. Las frases secas y el ritmo veloz acompañan sus andanzas repletas de reflexiones sentenciosas que le confieren un halo maldito empapado de oscuridad. Vamos trasladándonos por los ambientes que frecuenta y asistimos a un carrusel donde cada espacio está dotado de humo neblinoso. Sobran las explicaciones, predomina la sensación de estar en un universo común, transitable por cualquiera, que esconde sus cartas demenciales por un cúmulo de ignorancia del hombre normal, ajeno a los tejemanejes que se desarrollan entre paredes pintadas de vicio.




De 1972 a 2011 median cuatro décadas. El personaje de Gigolà seria muy diferente de haber nacido en el siglo XXI, campo de minas que engendra violencia y permite su representación a gran escala. Laure es hija de una época que, al menos a nivel cultural, aún prefería la sutileza, que bien aplicada suele ser más impactante que la mera sangre al por mayor. Al fin y al cabo no hay que olvidar nunca que Gigolà vio frenada su corrosividad el mismo año en que Europa asistía eufórica a las salas de cine para contemplar El último tango en París, película que, sin envejecer mal del todo, recuerda nuestra pasada ingenuidad, truncada en el colectivo homosexual en 1981 por esa lacra llamada SIDA.

Solidaridad, enfermedad y estupidez: La mejor parte de los hombres.

Que es el tema que da pie a Tristan Garcia para hilvanar una novela que lo confirma a sus treinta escasas primaveras como uno de los nombres a tener en cuenta en el panorama literario francés. Su valentía fundamental consiste en enfocar sin miedo un período casi contemporáneo por el que muchos pasan de puntillas, como si fuera pecado destripar el presente del que sí tenemos suficiente perspectiva histórica. Tres hombres son los protagonistas de este drama con visos cómicos donde la amistad y el amor toman derroteros negativos por culpa de un desquiciado que desde su bella estupidez no deja títere con cabeza.


La trama parte con un toque de suspense muy acertado que presenta al triunvirato protagonista separadamente. Willie Miller es un adolescente que aterriza en París justo cuando Occidente está a punto de asistir al colapso del comunismo. Su despreocupada actitud provinciana, su inocencia casi rimbaudiana, tocará la melodía cuando conozca a Dominique Rossi, un gay militante que transcurre sus jornadas entre la militancia política y el desenfreno de darse festines en el inconsciente Nueva York previo a la pandemia. El tercer hombre es un intelectual de tomo y lomo que medra en la sociedad a base de polémicos ensayos que le proporcionarán fama y un progresivo acercamiento a los mandamases del Hexágono. Leibowitz es el noble cerebro que aprenderá, pese a mantener una cierta integridad, los réditos que da arrimarse al hombro mejor situado. El vínculo entre los tres es Elizabeth Levallois, una periodista de Libération con todas las taras de la mujer contemporánea y una mirada pasional pero objetiva de los males que acecharán a sus amigos y amantes. Willie intimará con Doumé y se contagiará del virus. Romperán y se armará un belén descomunal de declaraciones cruzadas, publicaciones demenciales y un rosario de despropósitos que mostrarán a las claras cómo hasta la más noble causa, el activismo pregonado por Dominique, puede ser pasto de llamas poco aconsejables. En este sentido Rossi constituye el elemento que desde la pulcritud deriva hacia la miseria de la escena pública, en la que se siente muy cómodo su antigua pareja, un revolucionario de pacotilla que ejerce una extraña hipnosis en editoriales y medios de comunicación por su deslenguada actitud, fast food cultural, fugacidad posmoderna de la nada llevada a un extremo que ni Belén Estebán, oiga, y eso que su rol ficcional cada vez se asemeja más al de algunos referentes mediáticos y literarios que creen vislumbrar en el mundo la perfecta plataforma para la vacuidad, vendida como panacea de modernidad vestida de falso underground. Además, el desmelenado chavalito, en una aborrecible reacción infantil, se erige en portavoz de una tendencia mortal al proclamar a los cuatro vientos lo maravilloso que es penetrar sin condón e infectarse, total, ahora la medicina hace milagros y permite respirar igual a base de cócteles farmacéuticos.



La otra cara de la moneda es Leibowitz, salpicado por frustraciones ajenas que evocan miserias que creíamos más que asumidas. En él se enlazan la falsa integridad del intelectual y el problema de la distorsión interpretativa. Retoza con la periodista, es oportunista y vende filosofía actual para todos los públicos con prestancia y la descarada sobriedad de quien ostenta inteligencia y distinción de cara a la galería. Da la sensación que su oropel es una cínica falacia propia de su generación, entregada a la glorificación ombliguista sin considerar bajo ningún pretexto que tras ellos habrá un mañana.



Los tres hombres, y su destino, son la ridiculización de figuras que en demasiadas ocasiones aceptamos sin rechistar desde el conformismo imperante que ni siquiera se plantea lo endeble de esos roles, mediocres, repetitivos y sin ninguna pizca de interés al aportar menos que nada por mucho bombo que se den. En España también los tenemos, si bien cabe matizar que la novela debut de Tristan Garcia siempre gozará de mayor tirón en Francia al ser un roman à clef que el lector galo podrá comprender al conocer perfectamente en que celebridades se inspiró el treintañero de Toulouse para armar una obra prístina y contundente que afronta estereotipos y no se arredra al abordar lo contemporáneo.

*(La mejor parte de los hombres, de Tristan Garcia, publicado por Anagrama, sale a la venta en España el 17 de febrero de 2011).

domingo, 13 de febrero de 2011

Las muchas vidas de John Lennon de Albert Goldman en Literaturas.com


Las muchas vidas de John Lennon de Albert Goldman, por Jordi Corominas i Julián

Imagínate siendo un monje nepalí con pocas posesiones y escasa comida. De repente recibes la biografía de John Lennon escrita por Albert Goldman. La lees, te quedas prendado por el personaje y asumes que Occidente es un mundo de locos necesitado de santos posmodernos para nadar y guardar la ropa. El proceso de canonización del Beatle rebelde no requirió instancias vaticanas y empezó en el mismo instante en que la prensa recogió la noticia de su asesinato el 8 de diciembre de 1980 a manos de Mark David Chapman. El cuerpo caliente de la popstar se convirtió en un vestigio idealizado que los arqueólogos restauraron a su gusto para generar una imagen positiva, la del ídolo que cantó a la paz y desafió lo establecido en una ensoñación que clamaba por la ausencia de posesiones. En ocasiones las palabras no se las lleva el viento, pero es muy sencillo alterar un contenido para hacerlo comercialmente viable. George, Paul y Ringo callaron para perpetuar la leyenda, y la vida continuó con un hombre encumbrado en un falso altar que se ha eternizado a base de merchandising, ocultaciones y un silencio que desaparecería si los acólitos leyeran los estudios que muchos historiadores han realizado sobre el chico nacido en Liverpool, el supuesto working class hero con la infancia truncada y una tía que saciaba sus caprichos para evitar sufrimientos.

En 1988 Goldman publicó su magna obra y atendió reacciones. McCartney y Yoko Ono criticaron su visión, que en realidad se ajusta a la que solemos encontrar en otros textos dedicados al autor de I Am the walrus, de personalidad oscilante, profundo desequilibrio emocional y una desesperada ansia de afecto para compensar su crecimiento de huérfano con padres pululando entre la desgracia y la diversión. La música fue su bálsamo, catarsis absoluta que le permitió abandonar su ciudad natal y forjarse una legendaria carrera en los sesenta junto a sus tres compañeros de grupo, entregados a la causa y felices por ser pioneros en una forma de fama insólita, puerta a la sociedad de consumo a través de melodías que desbordaron un vaso que pedía ser llenado de una nueva materia.

Lennon fue el líder hasta que su existencia tomó el sendero de la rutina. Los tres primeros años del cuarteto en la cima tienen su impronta. Acaparaba composiciones, era el rostro visible de la heterodoxia generacional y levantaba con orgullo la bandera del cambio. Sin embargo no supo aceptar su condición y sucumbió en su casa en las afueras, donde consumía televisión, tomaba un vasto catálogo de estupefacientes y mataba las horas en una inopia a la que contribuía fuertemente su desdén por Cinthya, esposa fiel y sumisa, compañera de hogar víctima de mil y una infidelidades. El otro reverso de la moneda Beatle era Paul, siempre hacia delante al residir en el centro de Londres e impregnarse junto a su compañera sentimental de la atmósfera vanguardista de ésa mágica década. McCartney, por inercia, suplantó a su socio en la cúspide del conjunto para darle un rostro irrepetible, de grupo más conocido a mejor banda de la Historia. Mientras eso acaecía Lennon sucumbía a sus inseguridades, ofreciendo grandes destellos de calidad que se desvanecieron al disolverse la formación en octubre de 1969.

Su último decenio fue atroz, como atroz es la opinión que esta biografía goza en los campos buenistas de la crítica. Ello se debe a que Goldman no se anda con chiquillas al dejar caer perlas que alimenta con buenas dosis narrativas, defecto que ensombrece su labor de abogado del diablo entregado a desvelar la bisexualidad de John con Brian Epstein, manager de The Beatles hasta 1967, y su decrepitud de la mano de Yoko Ono, quien no dudó al enamorar al británico para obtener la notoriedad que su talento le negaba. El romance de la famosa pareja fue un tormento propulsado por el fin del cuarteto de Liverpool, que ellos mismos precipitaron entre tonterías, camas, bolsas y una desagradable intolerancia a la que nadie resistió pese a intentarlo con denuedo. Abbey Road fue la tumba que dio paso a una acelerada descomposición de Lennon en los setenta, politizado, teledirigido y finalmente cautivo de su musa japonesa, ávida de dólares, heroína y notoriedad mundial. El guitarrista rítmico aceptó el juego y siguió produciendo música hasta 1975, cuando dijo basta y se sumergió en una espiral negativa de nulidad al estar controlado y atenazado por la mujer en la que quiso hallar una digna sustituta de la madre que nunca tuvo.

El lector podría pensar que Las muchas vidas de John Lennon es un despiece industrial a gran escala destinado a corromper una visión universal. No se equivoquen. Goldman parece admirar a su biografiado, por lo que su obra es más bien una elegía de lo que pudo ser y no fue entre lamentos, despropósitos, riñas idiotas y la típica ceguera de quien ha olvidado el significado de tener los pies en el suelo. El socarrón del gorro a lo Lenin y las gafas de abuelita fue un desdichado personaje, un maldito instalado en una vorágine negativa de la que no supo escapar. Desperdició un tesoro y eligió hurgar en la basura escondiéndolo a la opinión pública. Quizá, eso al menos expone el libro, en sus últimos meses caviló rebelarse y asumir las riendas. Un demente se lo impidió y los demás se encargaron de alimentar el negocio. El único fuerte reproche al volumen es que prefiere obviar las referencias científicas para facilitar la fluidez del relato, y quizá esas notas al pie que tanto añoramos serían su salvación del escarnio al que fue sometido hace veinte años. Seguramente el tiempo de la razón a Goldman, mientras tanto disfruten de la música, sean felices y recuerden que los claroscuros son una constante de normalidad. Rasgarse las vestiduras es una actividad estéril.

jueves, 10 de febrero de 2011

Jueves 10 de febrero, Free Fall Man+Loopoesia en el Freedonia




El jueves diez de febrero será un día muy especial para Loopoesia. Estrenamos nuestro nuevo show de 2011 basado en el Negro de Banyoles y lo haremos acompañados de un grupo increíble: Free Fall Man.

A continuación pasamos a detallaros la información del evento


Free Fall Man +Loopoesia

Jueves 10 de febrero, puertas abiertas a las 21:00

Freedonia

C/ Lleialtat 6

Metro: Sant Antoni/ Paral.lel

Contribución a los artistas: 4 euros




Loopoesia es amor


miércoles, 9 de febrero de 2011

Miércoles 9, Literatura y Egipto en el Laberint de Wonderland







Estas semanas Egipto está de rabiosa actualidad por la revuelta que esperemos acabe siendo revolución. En el Laberint de Wonderland dedicaremos unos buenos minutos a comentar casos y anécdotas literarias del legendario país de los faraones, desde la desaparición del ejército de Cambises narrada por Heródoto, la mítica Biblioteca de Alejandría, Doña Cleopatra VII y el graffiti de Rimbaud en Luxor serán algunos de los temas que trataremos en el programa.





El laberint a Wonderland

Cada miércoles a partir de las 18h

Radio Nacional- Rne4

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sábado, 5 de febrero de 2011

Las señoritas de escasos medios en Revista de Letras



Último acto de la inocencia: “Las señoritas de escasos medios”, de Muriel Spark
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 3.02.11

Las señoritas de escasos medios. Muriel Spark
Traducción de Gabriela Bustelo
Impedimenta (Madrid, 2011)


“La compostura es el equilibrio perfecto, una ecuanimidad del cuerpo y la mente, una serenidad perfecta en cualquier entorno social.

Vestimenta elegante, limpieza inmaculada y modales perfectos contribuyen a lograr la seguridad en una misma”.

Estos consejos de un curso de compostura se repiten a lo largo de Las señoritas de escasos medios porque una de sus protagonistas los intenta seguir a rajatabla en un enternecedor mecanismo típico de una época y un momento. Y ello se anuncia desde la primera frase, como si Muriel Spark no quisiera concedernos respiro. Hace tiempo, en 1945, toda la gente buena, era pobre, salvo contadas excepciones. La honradez de los humildes se revestía de una ingenuidad que representan las chicas del club May of Teck de Kensignton Road, jóvenes que conviven en una residencia con normas, pero libre, reguladas por tres veteranas matriarcas, custodias del centro y su memoria, en la que se incluye la sospecha de una bomba sin explotar en el jardín.

Se acerca la conclusión de la Segunda Guerra Mundial en Europa. El ambiente es alegre e incierto. Leyendo el libro uno puede evocar ciertos largometrajes europeos de los años cincuenta por la mentalidad femenina imperante antes de la liberación sexual y el auge absoluto del consumismo. Las muchachas sueñan, flirtean con soldados o se encierran en burbujas de mentira, alienación y anhelo utópico. Entre ellas reina una camaradería apremiada por la necesidad. El racionamiento impone su ley y cualquier ayuda es bien recibida. Anne tiene un vestido de Schiaparelli que pasa de un cuerpo a otro en las grandes ocasiones. Ése trapito simboliza una unión que en absoluto excluye la independencia individual. Joanna es la hija de un pastor. No sale mucho y recita maravillosamente. Selina es guapa a rabiar, está en los huesos y es más bien díscola. Por su parte Jane, normal en un lugar donde hasta algunas se inventan romances con famosos, es regordeta y levanta misterio a su paso porque conoce a mucha gente del mundo de los libros. Trabaja en una editorial y se dedica, por insistencia de su jefe, a investigar a los autores que controla el sello.

Jane es el vínculo entre el pasado y el presente. Es columnista y descubre que un poeta anarquista, Nicholas Paddington, ha sido martirizado en Haití. La noticia activa la válvula del recuerdo hasta transportarnos a ése curioso establecimiento fundado durante la edad eduardiana, válido según sus propios estatutos para proporcionar seguridad económica y amparo social a las señoritas de escasos medios con una edad inferior a los treinta años, que se vean obligadas a residir lejos de sus familias por tener que desempeñar un trabajo en Londres.


Muriel Spark publicó el libro en 1963 y decidió contar con la trascendencia mnemotécnica de ciertas fechas claves para estructurar su relato. Las solteronas de provincia viven en la capital del Imperio británico con estupor y una alegría cargada de tópicos y temores que, vistos desde la distancia, hacen esbozar una sonrisa maligna por la velocidad del cambio en la última media centuria. La inocencia permanece porque el reloj aún no se ha acelerado y la existencia sigue su senda habitual entre esperanza, dietas para mantener la figura y la ilusión de un futuro mejor. Por lo demás, las distracciones no abundan y se limitan a diversiones pretelevisivas en la sala de juegos con la bella Joanna deleitando al respetable con los versos de El naufragio del Deutschland o la emoción de creer subir peldaños por asistir a eventos diferentes, exclusivos de la bohemia. Jane se lleva la palma en este aspecto. Es iconoclasta por inmiscuirse con tímida naturalidad en un universo masculino cargado de egos que se pavonean en lecturas y charlas que aprietan las tuercas de la acritud. Su labor vigilante, amenizada por la redacción de cartas a célebres literatos para ganar un sueldo extra, introduce en el relato al finado, Nicholas Paddington, ansioso por publicar su poemario sin saber que su nueva amistad será una guía hacia el fascinante microcosmos de las señoritas de escasos medios. El hombre que más tarde, como su creadora, se convertirá a la fe cristina asiste embelesado al desfile de las candorosas damiselas, encantadas de recibir la visita del apuesto bardo. Se sucederán amores, marujeos y una serie de efemérides donde es importante captar los detalles al ser la narradora una sutil bestia que va depositando pistas y guiños que cobran su verdadera dimensión cuando terminemos la lectura. Toda palabra tiene su miga, toda mención anecdótica es esencial en el rompecabezas que Anthony Burgess juzgó como una de las mejores novelas inglesas del siglo XX.




Ellas, recatadas y salvajes, circulan en una tierra abocada a la más brutal metamorfosis de las costumbres que enterraría lo pacato y daría a la otrora Pérfida Albión el rostro de la perpetua tendencia. Muchas veces olvidamos que de un período a otro suele mediar un interregno, pausa entre dos situaciones. En el Reino Unido el paréntesis duró escasos cuatro meses, de la victoria contra Hitler a la rendición de Japón. En medio, la jornada más decisiva acaeció el 27 de julio de 1945, cuando el partido laborista derrotó al conservador de Sir Winston Churchill. El triunfo de Clement Attle abría las puertas a un Estado remodelado que proporcionó Bienestar y dio un empuje diverso al país. Ese mismo día, con la radio encendida en forma de sonido que aúna lo banal y lo sublime, una sorpresa espera lejana de la azotea del club May of Teck, finiquitando para siempre la protegida puerilidad de las residentes, siempre en las nubes marcadas en las cartas de su era.

Muriel Spark tejió esta obra con un hilo muy fino, textura de precisión quirúrgica aliada con una admirable economía de medios narrativos que sintetiza sin quedarse corta al acertar con sus disecciones, desprovistas de pesados tramos descriptivos. Lo concreto da ritmo al texto, crónica con un deje de nostalgia que asume la irreparable defunción del ayer, superado, lo que no impide captarlo para la posteridad mediante una parcela que lo resume a la perfección desde una épica de las pequeñas cosas.

jueves, 3 de febrero de 2011

Crimen, educación sentimental en Revista de Letras





Crimen, educación sentimental, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 31.01.11

Nunca fui un gran lector de novela negra. Recuerdo una estantería de mi casa repleta de volúmenes amarillos de la colección “La Cua de Palla” y también que de pequeño me gustaba la serie de Perry Mason, por la música y porque era en blanco y negro, pero la resolución del crimen y la épica del detective no me engancharon como en cambio si ocurrió con la lectura de periódicos, donde la sección de sucesos siempre fue una de mis favoritas. Hace poco, mientras buscaba documentación sobre crímenes barceloneses para un programa radiofónico, me zambullí en la hemeroteca de La Vanguardia para ver si era verdad un disparate que rondaba desde hacía siglos por mi cabeza. Y sí, el sábado 20 de febrero de 1993 el rotativo barcelonés recogía que Antonio López Cañete intentó asesinar a su mujer disfrazado de Hitler. No sé si esa breve nota fue la culpable de mi interés por un mundo muy oscuro que cuando aparece en las novelas tiene un extra de construcción que, sin embargo, no puede competir con la realidad, pura y dura, eléctrica porque las historias son de carne y hueso por mucho que hoy en día la prensa las use injustamente como un material de usar y tirar. Fíjense por ejemplo en el crimen del Bar Joan. Alguien accedió a su interior y, preso de la ira, se cargó a la madre y el hijo propietarios del negocio. Ha pasado casi un año y los hechos siguen sin aclararse. Transito con cierta frecuencia por esa esquina de la Diagonal. Otros han ocupado el puesto de los muertos y hay clientes bebiendo café, como si el fatídico delito no hubiese nunca sucedido. Miro la puerta transparente y me estremezco ligeramente pensando en las vallas que, no hace tanto, ocultaban la entrada. Queramos o no la sangre vertida con pistolas, venganzas, desamores o dinerales es cotidiana. Y eso es lo que la hace atractiva a mis ojos porque en su esencia escribe un cuadro del estado de una sociedad, sus transformaciones y el estupor que siempre nos espera al pisar la calle.

En Italia les encantan los homicidios. Vas a las maravillosas librerías Feltrinelli y hasta tienen una sección de crónica negra dedicada a efemérides históricas. En el país transalpino existe una querencia nacional por lo lúgubre con el añadido de poseer rasgos específicos que aumentan la pasión. Existe la expresión un delitto italiano. El secuestro de Aldo Moro y el asesinato de Pier Paolo Pasolini forman parte de esta categoría por ser asuntos donde aún prevalece el misterio, pese a que en principio no haya atisbo de duda en la resolución. Los flecos por cubrir permanecen sin importar la sentencia, y lo mismo sucede con efemérides puntuales que estremecen a la Nación.



Mis dos casos favoritos son bastante antiguos. En La Segunda Guerra Mundial, Milán se ahogaba por la masiva afluencia de inmigrantes sicilianos. Uno de ellos, aprovechando que su mujer e hijos aún no habían salido de la isla, se ligó a una sensual veinteañera que alertó a la chismosa comunidad sícula de la capital lombarda. Las voces del romance llegaron al sur y la familia emprendió la ruta del norte para que las cosas volvieran a la normalidad. Rina Fort fue despedida de la empresa de Giuseppe Ricciardi y éste retomó su vida conyugal hasta que la noche del 29 de noviembre de 1946 una furia irrumpió en su hogar acabando con sus tres hijos, uno de diez meses, y esposa. Las fotos de la escena del crimen son devastadoras. Rina Fort, ayudada según la sentencia por un cigarrillo de la risa que la mareó hasta la extenuación, se despechó a gusto. Su juicio fue uno de los acontecimientos de la década. La sala se llenó hasta los topes al no existir todavía la televisión. Dino Buzzati cubrió el evento en un ejemplo de lo que debería ser el periodismo de sucesos, con una prosa insuperable, reflexiones acertadas y una visión que iba más allá de los cadáveres para centrarse en el clima que había generado la brutalidad de una mujer en la ciudad. Rina fue condenada y, paradójicamente, pasó buena parte de sus años carcelarios tejiendo ropa para niños. Falleció de un infarto en 1988, tranquilada, aislada del ruido y su leyenda.




Rina no es la única chica de la serie. Tuvo una ilustre predecesora que, tras matar a sus víctimas, descuartizaba los cuerpos hasta reciclarlos para fabricar jabón o elaborar dulces. Leonarda Cianculli es el punto intermedio, luego verán el motivo de su inclusión, previo al tiro de escopeta que liquidó a la marquesa Casati Stampa y su amante, el soldado Massimo Minorenti. El asesino fue un marido celoso, que tras perpetrar la masacre se suicidó. Parece un caso claro. Se equivocan. Las pruebas incluían un diario donde la finada describía al detalle un seguido de juegos sexuales que estimulaban al Marqués, ávido por ver a su mujer en brazos de excitados jovencitos que alucinaban con el busto de Anna, pionera en someterse a costosas operaciones de cirugía estética. El militar fue la gota que colmó el vaso y rompió el acuerdo voyeurístico porque surgió el amor, y eso, comprenderán, el noble no pudo soportarlo.

Volví a Barcelona siendo un experto del crimen tricolore.

Obreros y burgueses. Cara y cruz. Lo bajo y lo alto se funden. Destacan en el inconsciente colectivo porque la muerte en las zonas privilegiadas rompe la inquebrantable paz del dinero y da rienda suelta a la especulación cotilla, y el tan manido yo ya sabía que la fachada no se corresponde con lo que acaece entre las cuatro paredes del lujo. Un lunes cualquiera de febrero de 2009 me encaminaba a mis tristes horas en un miserable trabajo cuando topé con una multitud agrupada en torno a un caótico círculo en Travessera de Gràcia con Santaló. Alargué el cuello en plan jirafa. Me sobresalté.


El cadáver de Félix Martínez Touriño aún estaba caliente. El sicario que liquidó al empresario, director del Centro de Convenciones Internacional de Barcelona, había escapado minutos antes. Fue una investigación ejemplar que destapó una trama increíble, capitaneada por un hombre que no quiso perder su puesto y optó por atentar contra su jefe pagando una cuantiosa cantidad a empleados de la muerte. Con ello esperaba proseguir sus corruptelas audiovisuales y conservar su elevado tren de vida. El episodio de Santaló me animó a realizar un mapa con los casos más célebres para averiguar dónde se mata más. Los barrios opulentos, en parte por su ya mencionada notoriedad en los periódicos, copaban buena parte del entramado, distribuyéndose el resto entre el mar, un ambiente siempre propicio porque el agua supuestamente elimina y disipa sospechas, y otras latitudes, entre las que no relucía la periferia, acallada desde una óptica de desinterés por lo mundano, como si los sucesos del extrarradio no contuvieran ninguna nota remarcable al ser anodinos y vulgares, sin la pizca de una trama jugosa para entretener al respetable, falta de respeto que disuelve la igualdad de la crónica negra.





Enriqueta Martí hermanó sombreros de copa con boinas. A principios de siglo XX dirigió un burdel infantil en la Calle Minerva hasta que fue denunciada. Su expediente, al ser concurrido su lupanar por los hijos de la crème de la crème condal, desapareció e incrementó sus actividades en el número 29 de la Calle Ponent, actual Joaquín Costa. Enriqueta visitaba hospicios por las mañanas y al caer el sol aparecía por el Liceu bien engalanada para negociar con sus clientes pútridas transacciones. Tuétano de niños, cataplasmas contra la tuberculosis. Un buen día una chiquilla desapareció y el Raval, que si hoy es territorio inmigrante entonces lo era de la combativa clase obrera barcelonesa, se alarmó. Corría 1912. Finalmente, y obvio un sinfín de minucias significantes, un indicio destapó el terror y la vampira fue desenmascarada, y con ella su chiringuito de los horrores con una habitación llena de frascos y huesos que testimoniaban sus atrocidades. Hasta que se hundió el Titanic fue la comidilla en bares, pasajes y mercados. Murió en la prisión de mujeres y las causas del óbito se desconocen con precisión. Se habló de cáncer y de un arrebato de sus compañeras, aunque lo más probable es que la pelaran para que no abriera boca, sabía demasiado de los más pudientes y viciosos que, en un momento histórico crítico, justo después de la Semana Trágica, se aprovechaban de los más desfavorecidos con saña y cinismo.




Gatos y perros, juntos y revueltos. Tanto el crimen de la Calle Santaló como la acongojante experiencia de Enriqueta son casos epocales que simbolizan el latir de su década. En cierto sentido son socios de Carmen Broto, inmortal al perecer en una agitada y rocambolesca noche. Marsé basó parte de Si te dicen que caí en el luctuoso acontecimiento que en sus cimientos engloba toda la flora y la fauna de la Barcelona de posguerra, desde la rubia a lo Veronica Lake que de desdichada pasa a amante del amo del Tívoli hasta los típicos pícaros que creen dar el gran golpe pretendiendo robar la caja fuerte de un magnate mediante la ayuda de la chica. Carmen transcurrió la velada yendo al cine con su atildado caballero y después quedó con Jesús Navarro Manau. El padre de éste era un reputado cerrajero y tenía la misión de abrir el cofre del tesoro. No pudo hacerlo. Las cosas se torcieron en un coche, los nervios estallaron y con ellos llegó la muerte y el entierro en un huerto de la Calle Legalidad. Los ladrones en 1949 eran gente honrada, y dos de los tres implicados se suicidaron con cianuro. Sentimiento de culpa, remordimiento común que engrandeció un mito al que la literatura contribuyó.

En todos estos ejemplos encontramos elementos de supervivencia, habitual motor del crimen. Amor, dinero, celos, trabajo, sexo. Asimismo comparten un matiz clave: desear la perfección, que no existe si se resuelve el caso, por lo que un inspector dijo muy bien que no existen asesinatos perfectos, sólo investigaciones defectuosas. Podríamos comentar la frase horas y desmontaríamos una de las máximas del género negro, donde las indagaciones del héroe detective suelen llegar a la meta con el laurel atendiendo al triunfador.

Me estoy enrollando más que una persiana. Soy un bicho raro. El año pasado fui, hasta que la crisis segó mi silla, la voz del crimen en Radio Barcelona- Cadena SER. Cada semana husmeaba en archivos y presentaba un nuevo relato, siempre basado en hechos reales. Aprendí a perder sensibilidad. Poco importaba si un santero cubano se cargaba a un infeliz y luego se enclaustraba en una sauna gay para pasar inadvertido, y poco me afectaba si un criado metía el cuerpo de su amo en una maleta y la mandaba a Madrid para que los restos penaran durante meses en Atocha. Nada ni nadie, pese a lo escabroso del todo, me sacudía. La razón era simple: la conclusión era accesoria, lo que me importaba era rasgar la pared para retroceder en la cronología hasta dar con las características personales de víctima y verdugo. Entender sus pasados para averiguar cómo habían llegado a ese paraje de no retorno que viola uno de los diez mandamientos, y quizá eso es lo que explique mi profundo desinterés por la novela negra, donde el artificio es constante y se quiere revestir lo previo de un aura absurda que casi nunca abraza autenticidades, dándome la sensación que muchos autores prefieren épater le bourgeois a recrear el teatro de la realidad en su paroxismo teñido de normalidad.

A sangre fría es bello porque es fiel hasta el extremo con lo narrado y rebosa alta literatura. Sherlock Holmes es ingenio a raudales. Ripley me exalta más con Highsmith que con Renée Clement o Anthony Minguella, aunque no iguala el monumento fílmico que es Le samourai de Jean Pierre Melville, obra maestra del polar francés. Claro que admiro creaciones de ficción centradas en lo truculento, pero si me ponen delante un plato de Dexter diré no gracias, páguenme un billete a Londres que así repetiré la ruta de Jack el destripador, un número uno, un Dios de los homicidas. Su anonimato es su victoria. Pasear por Whitechapel y reconocer en las piedras los pasos del monstruo es una delicia impagable. El enclave de la primera de sus fechorías sigue idéntico a 1888, con acomodo para el coche de caballos. El último se ha transformado en un deslucido parking que ensucia el itinerario al impedirnos contemplar la estancia de alquiler de Mary Jane Kelly, despellejada y con su corazón en la mesa. Chutamos una piedra y volvemos al hotel, u otra vez a Barcelona. En 1956 se cargaron a un millonario hindú en el Ritz. Sangre y vísceras en la 523. Pillaron al asesino porque llevaba un abrigo de color en un período gris hasta en la ropa. En 1971 una disminuida selló su condena al toparse con un trastornado vendedor de biblias a domicilio que quería dibujarla en un albergue de postín en la Rambla haciéndose pasar en el registro por el Marqués de Alcántara.

Y mil más, infinitos. Hago un braimstorming privado y compruebo que los libros no pueden con la realidad, lo que me plantea una pregunta matemática por evidente. ¿no será que mi problema radica en cómo enfocan los literatos el género negro? ¿No será que pido una imposible traslación del aire al papel? ¿Me he vuelto loco y no tengo remedio? Uy, son tres cuestiones, pluralidad. Ideas, dar un ritmo distinto a lo conocido, apostar por el riesgo puro del castillo de naipes y desbaratar convenciones. Fácil decirlo, difícil hacerlo. Me cabreo cuando las listas de ventas ofrecen best-sellers negros que en su estructura se asemejan al juego del Barça por lo fluido del salto entre capítulos y una recursividad técnica muy lograda porque consigue lo máximo desde lo breve.

No quiero eso, ni tampoco dar la razón a Camilo Sesto con y ya no puedo más, siempre se repite la misma historia. Vivir así no es morir de amor. Quizá si hubiese prestado más atención a los tomos amarillos de mis estanterías dedicaría mis esfuerzos a la ficción y no seria prisionero de la realidad, con esos ángulos recónditos que son un pedacito de mi educación sentimental. Si la economía de una editorial da su beneplácito publicaré a lo largo de estos meses un compendio de relatos donde la muerte ejerce su implacable magnetismo. Sólo hay un asesinato, lo demás son intentos o casualidades del día a día. Pensando en la manera de terminar este extenso artículo acudió en mi auxilio un cuento de Enrique Vila-Matas, La hora de los cansados. Hay un seguimiento, bombas, explosiones, risas y la apabullante genialidad del autor de El mal de Montano, imprevisible desde lo palpable, certero en su humor trágico con el inolvidable trío protagonista. Escritores de novela negra a lo Vila-Matas con poderes sobrenaturales para dejarse de pamplinas y mojarse con la realidad tanto en lo psíquico como en lo espacial para que las personas no sean estereotipos y los escenarios revistan sacralidad cotidiana.

Ps: El día después del crimen del bar Joan pasé por el lugar, merodeando para captar el aire que se respiraba. Una chica tomaba notas en su libreta. Me enamoré. Para ella el recuerdo de ser la figura invisible que en mis paseos simboliza la curiosidad, o lo insaciable de la misma, eso sí, Vittorio Gassman dixit en I soliti ignoti, “tutto si deve fare scientificamente“.