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miércoles, 19 de agosto de 2020
El escandalo Profumo en El Confidencial
La semana pasada escribí en El Confidencial sobre el escándalo Profumo, un preludio a toda una era. Si quieres puedes saber más clickando aquí
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martes, 28 de abril de 2020
La ruptura de The Beatles en Todos somos sospechosos
Esta semana pasada dediqué mis bios lucanorianas a la ruptura de The Beatles. Puedes escucharlo aquí
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Jordi Corominas,
The Beatles
lunes, 4 de enero de 2016
Las pelotas de tenis en El Mundo
Mi primer artículo del año en El Mundo habla de I vinti y del Blow Up a partir de las pelotas de tenis, pero a partir de ese hilo surgen más aspectos. Si quieres puedes leerlo aquí
sábado, 13 de abril de 2013
Hablando de John Lennon en Radio Uruguay
Este lunes hablé en Radio Uruguay sobre los libros de John Lennon; naturalmente la charla derivó hacia otros temas, y fue todo muy agradable y un placer comprobar como en la otra orilla se realizan programas que apuestan por tratar temas en profundidad.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Podcast de setas en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint de Wonderland hemos hablado de setas y artes, un tema que ha servido para que pasaran por la sección Alicia en el país de las maravillas, Antoní Gaudí, John Cage y The Beatles. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 37 clickando aquí
sábado, 15 de octubre de 2011
La morsa y John: I Am the Walrus o la cumbre lírica de un genio en Panfleto Calidoscopio

La morsa y John: I Am the Walrus o la cumbre lírica de un genio,por Jordi Corominas i Julián
Cuando uno es pequeño se deja influenciar muy rápido por lo que ve a su alrededor. No recuerdo ni el día y menos aún el momento. Supongo que tenía ocho o nueve años, porque antes no teníamos vídeo en casa. Mi madre puso una cinta para que me distrajera un poco. Era Magical Mistery Tour. Muchas de sus escenas, sobre todo las musicales, me impactaron, destacando en especial la parte de I Am the Walrus. Aquello no era normal, era mejor que los dibujos animados y me pareció una especie de gran lienzo fílmico con el que fantasear toda mi vida. Rebobinar y avanzar, rebobinar y avanzar hasta gastar la cinta. ¿Quiénes eran esos tíos capitaneados por el loco del piano? Un niño no conoce la psicodelia ni el surrealismo, los lleva dentro hasta que la educación se los roba. Quizá por eso quedé prendado por esas imágenes de cuatro individuos vestidos con ropas chillonas que tocaban instrumentos mientras una voz rasgada y contundente soltaba vocablos incomprensibles para mí, que no tenía ni puñetera idea de inglés. Escribir esta frase ha activado otro mecanismo de memoria. Visionaba la película para aprender ese idioma. ¡Menuda valentía la de mi madre! Le estaré siempre agradecido por muchas cosas. En este punto concreto dejó que mi mente fluyera muy libre, sin importarle en exceso si estaba preparado o no para tanta descarga sensorial. Los músicos se transformaban en animales, los policías se daban la mano en un muro, los negros reían poseídos por las burlonas carcajadas enlatadas y un grupo vestido de blanco, uno de ellos con un bigote a lo Hitler, seguía al autocar del viaje, con The Beatles capitaneando la marcha de todo el delirante rebaño que orquestaron en lo que sin lugar a dudas es una obra de arte con mayúsculas, tanto por la canción como por el videoclip rodado en, quien lo iba a decir ante semejante lirismo de denuncia, en el campo de aviación de West Mailling, ubicado en el Condado de Kent.
Los dementes del siglo XIX llevaban un sombrero napoleónico. John Lennon endosa una especie de gorro típico de los manicomios del setecientos. Sabía perfectamente que la sociedad que catapultó a su grupo a la fama no estaba plenamente preparada para entender el paso de la plena aceptación a la irreverencia, y ese símbolo de sanatorio mental es una perfecta metáfora de cómo se sentía en el momento de escribir su poema por excelencia, aunque es posible datar ese estado desde su adolescencia. En este sentido Strawberry Fields Forever y la soledad en lo alto del árbol indican ese temor a la incomprensión, miedo a soltarse que desaparece con la morsa, cuando rompe las cadenas y se viste de gran chamán para apuntar con el dedo todo lo que aborrecía de esa Inglaterra que en 1967 aún usaba muchas censuras que la generación de los sesenta no podía ni debía tolerar.
Para entender la génesis de un monumento hay que situar muy bien su contexto. Ese verano del amor significó la conclusión de muchas cosas en medio del éxtasis lisérgico de paz y amor. Los de Liverpool habían apuntado la ruta con dos discos que muchos juzgaron extraños, una alteración del camino sin muchos baches. Rubber Soul y Revolver fueron la antesala perfecta, un coctel explosivo que mantenía la frescura del pasado con toques que apuntalaban el futuro mediante un mayor trabajo en el estudio, composiciones mucho más logradas y una fuga del romanticismo, válido para las fans, no así para los creadores, a quienes el frenético ritmo de la industria musical les obligó a madurar más deprisa de lo normal tanto en lo personal como en lo artístico. Surgieron joyas como Norwegian Wood, Eleanor Rigby, The Word, For No One o Tomorrow Never Knows que perfilaban un horizonte poliédrico que se consolidaría definitivamente con el abandono de los conciertos en directo y el maná de poder transcurrir todo el tiempo del mundo en Abbey Road, templo de grabación que durante casi medio año albergó en secreto el torbellino que significó para toda una generación el Sargent Pepper's Lonely Hearts Club Band. Su salida marcó un antes y un después que asentó a Paul, George, John y Ringo en una dimensión inalcanzable. Ya no se hablaba de pop, sino de fenómeno cultural, piedra miliar que hizo de la música popular algo más que una amable colección de temas para distraer las expectativas consumistas de los jóvenes.

Pero, como por otra parte es comprensible, la revolución no llega sola, y no podríamos entender una obra del calibre del Pepper sin alguna de las causas de la liberalización de costumbres de los Baby boomers nacidos durante la Segunda Guerra Mundial. El uso de estupefacientes amplió la potencialidad y el lirismo de las canciones. Las drogas entraron en escena y las autoridades gubernamentales no transigieron con el vendaval. The Beatles se salvaron de la quema por ser Baronets del Imperio Británico desde 1965. Otros no tenían esa bula y pagaron su osadía. Entre ellos cabe destacar a varios de los componentes de The Rolling Stones. Brian Jones, Keith Richards y Mick Jagger fueron arrestados. La situación era claramente contradictoria. Paul McCartney se permitía financiar anuncios para la legalización de la marihuana y declarar que había probado la panacea del ácido lisérgico sin sufrir ningún tipo de condena penal. Los demás, peleles que animaban el cotarro, estaban en la lista negra, que ya no sólo se centraba en lo que aquellos melenudos se metieran en el cuerpo. La revista International Times fue clausurada en marzo de 1967 por su material subversivo y las estaciones radiofónicas piratas fueron terminantemente prohibidas por las autoridades. La atmósfera iba haciéndose irrespirable. Lennon lo notaba y una gota colmó su vaso.

En agosto de 1967 The Beatles vivían en la gloria de saberse inmortales desde lo hippie. Se movían a toda velocidad embargados por una dicha indescriptible. Barajaron comprar una isla en Grecia donde montar su propio estudio y vivir aislados, con la tranquilidad de no ser molestados y poder ser amos de su destino. Asimismo, impulsados por el liderazgo espiritual de George Harrison, buscaban confines interiores que les dieran un hálito que prescindiera de vanidades y adentrara sus egos en una espiral benéfica. La solución, una astracanada como la copa de un pino, pareció llegar con un santón hindú. El Maharishi Mahesh Yogui llevaba promocionando su meditación trascendental desde finales de los cincuenta. Muchos habían caído en sus redes. Con los de Liverpool, cazados tras una lectura en el Hilton de Londres, se cobró su gran pieza. El encuentro fue de impacto y convenció a los Fab Four de proseguir con la experiencia en un seminario que se celebraría los días siguientes en la localidad galesa de Bangor. Su marcha fue precipitada y la filmación de su partida muestra a una desolada Cinthya Lennon perder el tren por milímetros en una de sus infinitas derrotas en la lucha por salvar su matrimonio, roto desde sus comienzos por una más que manifiesta incompatibilidad de caracteres entre el divo y la chica que aún creía estar en la época donde todo era un sueño que se antojaba quimérico.

Uno de los grandes ausentes de ese receso fue Brian Epstein. El manager de la formación se había comprometido a asistir. Lo impidieron un fin de semana muy alocado con altas pretensiones erótico-festivas y su irremediable depresión que acabó con sus huesos en la tumba. En esos días finales de agosto el hombre que levantó un imperio se hallaba en una fase terminal de su cuesta abajo. Desde la conclusión de las giras su función en el seno del cuarteto se había vuelto casi irrelevante. Arruinó la opción de dar al mundo un Pepper aún más genial por sus presiones en pos de sacar un single arrollador que, efectivamente, fue el mejor de la Historia. Penny Lane / Strawberry Fields Forever no llegó al número uno. Las dos perlas no se incluyeron en el álbum, quebrando así la idea conceptual de elaborar un Lp conceptual de temática exclusivamente norteña. Además de este pecado Epstein perpetraba otros a nivel financiero que sorprenderían a sus protegidos, absolutamente ignorantes de cuestiones económicas que el antiguo aspirante a la farándula dominaba con descarada maestría. Sin embargo, porque aún no había llegado el lamento del engaño, para John Lennon la condición de Epstein era primordial para su estabilidad. Había sido el padre que nunca tuvo, un hombre en quien confiar desde la diferencia de clase y estilo. Habían veraneado juntos en España y ambos se sentían vinculados por lazos que iban desde su desafío familiar hasta la conciencia de saberse únicos en su género. Por eso el autor de Good Morning Good Morning fue el que más sintió el suicidio accidental del gestor por sobredosis de barbitúricos el 27 de agosto de 1967.
¿Qué harían sin él? ¿Había futuro sin su control extramusical?
El primero de septiembre The Beatles se reunieron en casa de Paul McCartney. Era un cónclave en la cumbre para dilucidar soluciones a corto plazo que capearan el temporal de lo imprevisto. Paul, que desde esa jornada tomó el mando del conjunto de manera absoluta, propuso retomar su idea del Magical Mistery Tour. Alquilarían un autocar y la magia haría el resto entre ocurrencias y nuevo disco que contentara a sus fans. A finales de abril habían casi finiquitado el tema homónimo. El siguiente sería I Am the Walrus. Algunos historiadores opinan que el bajista dejó que Lennon impusiera su voluntad en ese sentido para fortalecer la democracia interna del conjunto. Puede ser. Lo importante es comprobar que cuatro días después de la muerte de Epstein, como si la desgracia hubiese impulsado una catarsis creativa, John ya tenía el germen de nuestro objeto de estudio. ¿Debemos creer esa teoría a pies juntillas? Sí, sin lugar a dudas, pero con matices. Dice la leyenda que una tarde cualquiera el guitarrista rítmico estaba en su casa de Kenwood colocado de LSD y escuchó el sonido de una sirena de policía. Los altibajos de la misma le evocaron los malos ratos pasados por sus compañeros de profesión e inspiraron una melodía que imitara el tono del famoso tono que tantas veces solemos confundir con el de una ambulancia. La oscilación entre lo alto y lo bajo predominaría y la letra sería explosiva para remarcar una serie de absurdidades personales y colectivas. El primer caso alimenta la otra porción canónica de la génesis de la morsa. Pete Shotton, amigo de los tiempos de correrías por los barrios de Liverpool, le comentó que en la escuela los estudiantes dedicaban algunas lecciones de literatura inglesa a desgranar el significado de las canciones de The Beatles. ¿Era necesario darles tanta importancia? ¿No hacían música para entretener a la gente de la calle? Esas preguntas accionaron la palanca de la burla. Lennon escribiría una letra demoledora, tan indescifrable que nada significaría para fundir los sesos de expertos y colegas como Bob Dylan, con el que siempre mantuvo una especie de amor-odio que fluctuaba entre la mutua devoción y un mirar de reojo su actividad para no perder comba. Sin embargo el de Minnesota, aunque ese conocimiento sólo nos lo da la perspectiva, ya no era rival desde su accidente motociclistico acaecido el 29 de junio de 1966.
Para leer más
sábado, 24 de septiembre de 2011
El sonido de Los Beatles de Geoff Emerick y Howard Masey en Revista de Letras

Un imprescindible: “El sonido de Los Beatles”, de Geoff Emerick y Howard Masey
Por Jordi Corominas i Julián | Portada | 21.09.11
El sonido de Los Beatles. Geoff Emerick y Howard Masey
Prólogo de Elvis Costello
Traducción de Ricard Gil
Urano (Barcelona, 2011)
Paradojas de la vida. Si hablara con el mago de la lámpara le pediría ser durante unas horas Geoff Emerick para descargar el disco duro de su memoria, plagada de recuerdos juveniles en los que aparecen cuatro veinteañeros de Liverpool enfrascados en sus genialidades. El autor de El sonido de Los Beatles, horrible apaño hispano que destroza el original Here, There and Everywhere de la edición británica, fue ingeniero de sonido del grupo más famoso del siglo XX entre 1966 y 1969. Vivió el giro copernicano de Revolver, la consagración del Pepper, las disputas del White Album y la rúbrica del Abbey Road, siendo pieza clave y fiel observador del auge que precipita la belleza de una decadencia gloriosa, inigualable por su anomalía, como si los discos no sufrieran los lógicos desencuentros propiciados por la madurez de George, Paul, John y Ringo.
La mirada de Emerick es nostálgica, como si quisiera reflejar un tiempo perdido que nunca volverá. Da en el clavo porque su narración produce empatía con el lector, ansioso por aprender anécdotas que por su trascendencia adquieren carácter histórico. El libro es un viaje a una Arcadia mitificada que marca el ritmo evolutivo de la sociedad en los sesenta. En Abbey Road la magia surgió por imperativo. Cuando el autor del volumen que nos concierne ingresó en EMI todos sus empleados debían vestir acorde con los requisitos de la cadena laboral. Camisa blanca y pantalón negro para perpetuar un orden de falso comunismo en la pirámide capitalista de la música. Los discos se vendían con otra intencionalidad. Los artistas eran estrellas con limitaciones horarias y profesionales en las que el endiosamiento pop aún no había cobrado su dimensión actual. En este sentido el flechazo entre nuestro protagonista y su foco de atención es significativo. The Beatles en 1962 eran unos pipiolos que sólo ostentaban frescura a raudales, sin más. El trato que recibían era el propio de quien es contratado para desarrollar su empeño estipulado en un papel. Tocar, grabar y a casa. Gracias.
Las cosas cambiaron por la dinámica de los acontecimientos. Los Fab Four se transformaron en una máquina de ingresar dinero que merecía privilegios absolutos. Lo aprovecharon para imponer su criterio artístico aliados con George Martin, quien supo ver el talento de los chicos y llevarlo hasta el paroxismo con los métodos de otrora, una verdadera proeza en la que colaboró Geoff Emerick. Imaginen que Lennon pide que su voz suene como mil monjes tibetanos en la cima de una montaña. Primero te quedas en blanco. Luego activas el cerebro y ofreces una solución. Así fue el debut del ingeniero en Tomorrow Never Knows, al que seguirían varios frenesíes heroicos que además le sirvieron para comprender la personalidad de esos extraños individuos que dominaban el mundo con guitarras, bajos y baterías, pregonando paz y amor mientras en su fuero interno luchaban por asimilar la vorágine, mediática y creativa. Sin ese combate no entenderíamos el porqué de Revolver al White Album se nada en un éxtasis que culmina en reproches, peleas y Yoko Ono, culpable de la ruptura hasta cierto punto. La vida toma caminos y es un constante río de descubrimientos y sorpresas. The Beatles eran una familia forjada en la adolescencia, donde los sueños compartidos son un acicate que el progresar de la existencia reforzó y diluyó. Harrison se interesó por la cultura india. Las mujeres irrumpieron con estrépito. La fama llevó a la protección y cada uno quiso cultivar su jardín. Pónganse en su piel. Doscientas canciones no pasan en balde. Nadie, absolutamente nadie ha generado tantos quilates de oro en tan breve período cronológico, lo que significa transcurrir muchos días con las mismas caras al lado, sin tener otra opción por confianza en la alquimia y la inercia de saberse en el paraíso. Hasta decir basta, lo que Emerick anticipó en el doble blanco al no soportar la tensión existente en el estudio y abandonar la sesiones de grabación para preservar su salud mental y tomarse un respiro de tanta intensidad.
La pausa fue corta. A mediados de 1969 fue nuevamente solicitado para aportar su granito de arena a lo que sería el último disco del conjunto, Abbey Road, título nacido del hastío pero que simbolizaba el fin de una época y la importancia de esas cuatro paredes. En este sentido el libro publicado por Urano es fundamental porque ofrece detalles de un período muy mal estudiado en la trayectoria del cuarteto, quizá porque siempre se ha preferido el chismorreo de la debacle al análisis de la misma. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo eran las relaciones entre los dos líderes de la banda? ¿Cuál era la actitud de Harrison en los meses del adiós? El cuadro deparaba síntomas de descomposición que quedaron, en parte, relegados por la entrega de Paul, George y Ringo en completar una obra que se equiparara al resto de sus perlas. Lennon remaba en otra dirección más egocéntrica, preocupándose sólo por sus canciones mientras desquiciaba a los demás con una cama para Yoko y caprichos de divo enloquecido salvo cuando se hacía su voluntad o las sesiones devenían un juego infantil, como acaeció con The End y su serie de solos de guitarra.
En algún que otro instante parece que el núcleo de la narración sea Paul McCartney. En una reciente reseña Diego Manrique lo dice aún más claro. Emerick es un hombre de Paul, lo que explicaría el trato de favor que las palabras desprenden, fruto de lo intenso de su relación. El bajista es visto desde los primeros compases con un sutil bastón de mando al ostentar mayores dotes musicales. Lennon era la exuberancia y el descaro, pero quien manejaba los intangibles era el compositor de Eleanor Rigby, siempre atento al detalle melódico, siempre presente en su tesón por mantener al grupo unido y propulsarlo a latitudes desconocidas desde un afán perfeccionista inaudito y que la posteridad valorará en su justa medida, multiplicándose en varios ámbitos, dejándose los dedos con su instrumento y gestionando al monstruo de cuatro cabezas para que no se hundiera. Lo único que podía destruir al acorazado Beatle era su propia grandeza. Así terminó una aventura a la que siguieron carreras en solitario. El ingeniero pasó a ser productor, y gracias a ese progreso decisivo podemos deleitarnos con su relato nigeriano de la grabación de Band on The Run en Lagos, cuando Paul sufrió lo que no está escrito entre desastres sin precedentes, robos de letras y un colapso respiratorio que hizo temer por su aún joven singladura. El pánico cedió a un renacimiento y el disco fue uno de los más celebrados de los setenta, cuando la alegría del decenio anterior era un miraje y la música popular viraba hacia espectros con otras tonalidades.
Para cualquier aficionado devoto a los de Liverpool El sonido de los Beatles es un libro que no puede faltar en su estantería. Contiene informaciones de alguien que vivió el septenio dorado desde dentro, por lo que los datos, pese a su necesaria subjetividad, transmiten más, lo que se palpa en cómo Emerick nos cuenta las cosas. Es de agradecer que algunas editoriales españolas, y no precisamente las de más renombre, publiquen lo esencial de la bibliografía sobre el conjunto. Pasito a pasito los huecos van llenándose, pero seguirán con la abundancia de los de Blackburn, Lancashire, hasta que no veamos en nuestro país volúmenes del calibre de Revolution in the head de Ian MacDonald, The Complete Beatles Recording Sessions de Mark Lewisohn o Many years from now de Barry Miles.
sábado, 11 de junio de 2011
Matemática Beatle (y IX) en Panfleto Calidoscopio

Abbey Road y la mejor despedida posible para la Historia de la música.
Por Jordi Corominas i Julián
“Let's try to make a record like we used to. Would you come and produce like you used to? I said ´Well, I'll produce it like I used to if you'll let me´. So, Paul rounded up John, George and Ringo we started work on Abbey Road. It really was very happy, very pleasant, and it went frightfully well.”
(George Martin sobre el proceso que llevó a grabar Abbey Road)
John was definitely very odd by this point, and his involvement in all the Abbey Road sessions would be sporadic. For the most part, if we weren't working on one of his songs, he just didn't seem interested.”
(Geoff Emerick sobre la implicación de John Lennon en las sesiones de Abbey Road)
“The one side that Paul and I worked on mainly was the connected one, side two, and that had, slighlty, reluctant, contributions from John. He never liked production; he liked good old rock'n roll. So, one side was to please John, a collection of songs, and the other was to please Paul.”
(George Martin sobre la estructura de Abbey Road)
“My God, those three guys were the ones entertaining him for so long. Now I have to be the one to take the load.”
(Pensamientos de Yoko Ono tras saber que John Lennon iba a dejar The Beatles.)
La historia de The Beatles aúna en su seno elementos que la convierten en un prototipo de relato inolvidable. Unos chicos jóvenes e ilusionados por el Rock and Roll se conocen y forman una banda. Con el paso del tiempo encuentran las tuercas justas para que la máquina funcione. Trabajan duro, actúan en locales de mala muerte, crecen, viajan al extranjero, se curten, dan con un garito idóneo y finalmente un manager les ayuda en su búsqueda hacia el estrellato. Irrumpen en el panorama con fuerza, deslumbran por su look, crecen y ofrecen al mundo un inolvidable repertorio que alcanza su cenit con la madurez de su juventud que les lleva, por lógica y desgracia, a la separación para que sus egos caminen en solitario hacia otras sendas que engrandecieron la leyenda de su colaboración.
El último baile de su singladura fue Abbey Road. Tras el fracaso de las Get Back sessions nada hacía presagiar que los cuatro volvieran a reunirse para grabar un nuevo disco, pero Paul McCartney seguía llevando bien alta la bandera del sueño. Habló con George Martin, le prometió que registrarían las canciones a la vieja usanza y el productor aceptó encantado porque recibió garantías de que hasta John Lennon aprobaba la idea. El otrora líder del conjunto volaba en órbitas de desquicio y perdición clamando por ser escuchado. Era un ser a la deriva que creía, sin duda influido por su esposa, haber finiquitado una etapa que debería abrir un ciclo donde él sería el protagonista indiscutible sin que nadie le tosiera ni limitara. Quizá por eso su actitud durante Abbey Road fue sumamente negativa, como si el grupo que él mismo había creado fuera una molestia, un mero expediente a solventar para ingresar cuantiosas esterlinas y proseguir con su excesivo tren de vida de megalomanía, drogas y mucho despropósito camuflado con pretensiones vanguardistas.
Todos los componentes del cuarteto evolucionaron tras casi un decenio de intenso fervor creativo y mucha presión mediática. George Harrison, movido por espiritualidades y una creciente fe en sus capacidades compositivas, avanzaba hacia la independencia y sentía que ya no podía ser comandado por los dos monstruos que alteraron el panorama de la Historia de la música popular. Tenía muchas letras guardadas en el cajón y quería presentarlas al mundo. Asimismo, galvanizado por Eric Clapton, iba desarrollando una técnica personal en la guitarra. Su fraseo se llenaba de Slide y con él imponía rasgos propios que emergerían a lo largo de sus primeros discos en solitario, cuando llegó a ser el ex Beatle más exitoso con All Things Must Pass, triple Lp que supuso el cenit de su carrera.
Ringo, el fiel batería, atendía acontecimientos. Fue pionero en abandonar la formación, y los demás sabían de su importancia para cohesionar lo que siempre se iba pareciendo más y más a una lucha de egos muy difícil de controlar. En 1969 su labor era más sólida y en Abbey Road ofrecería, con permiso de algunas canciones de Revolver, lo mejor de su repertorio con la banda, a lo que sin duda ayudó la novedad, ya existente en América, en forma de consolas de ocho pistas que dieron a su sonido matices muy especiales.

Paul McCartney seguía siendo el mismo de siempre. De las tensiones previas aprendió varias lecciones. No podía seguir siendo el jefe absolutista de antaño, no convenía para la estabilidad que pretendía lograr con sus compañeros, siempre más proclives al método individual que emergió descarado a lo largo del White Album, cuando abandonaron la idea grupal para centrarse en fórmulas donde cada uno exprimía su talento privilegiando su terreno y usando a los demás como músicos que complementaban el mosaico sonoro. Harrison ya no era un niño, Lennon era irascible y Starr, más comprensivo, podía aceptar consejos que dieran a sus redobles más magia y efectividad en función del tema. Pese a esta comprensible tolerancia el bajista tenía las ideas muy claras, y ello se demostró desde el momento en que volvió a pisar el estudio junto a Ringo y George el 2 de julio de 1969 para retomar lo que sus primaverales discusiones habían dejado interrumpido.
Es importante recalcar que la ausencia de John por el accidente escocés durante la primera semana de trabajo propició un clima laboral idóneo donde se gestó buena parte de la estructura que enhebraría la famosa suite de la cara B de Abbey Road compuesta por You Never Give Me Your Money, Sun King, Mean Mister Mustard, Polythene Pam, She Came in Trough The Bathroom Window, Golden Slumbers, Carry That Weight y The End. En este sentido el hecho que en la jornada inicial McCartney grabara Her Majesty, que debía ir entre Mean Mister Mustard y Polythene Pam, y presentara a los demás Golden Slumbers y Carry That Weight, con Ringo acompañando de manera excepcional en las armonías vocales, indica que el músico tenía bien instaladas en su mente las ideas para crear una suite sinfónica que cerrara el álbum. Durante esas jornadas Harrison ofreció a sus socios la que en mi opinión es la canción más sobrevalorada del conjunto, Here Comes The Sun, alegre e inusual melodía que se le ocurrió después de pasar unas soleadas y anómalas horas junto a su gran amigo, hasta que le robó a su mujer, Eric Clapton. En el tema no participó Lennon, quien una vez se recuperó de sus lesiones irrumpió en el estudio con toda la fanfarria y excentricidad posibles, alquilando una cama en Harrods para que Yoko Ono, a la que se le colocó un micro cerca de la boca para que expusiera sus opiniones, reposara como una reina en medio de la vorágine, con el consiguiente disgusto de los demás.

La llegada del artífice de a Hard Day's Night, su punto álgido de dominio en la banda, enturbió la atmósfera y exhibió fricciones ciertamente innecesarias que en parte explican la división definitiva del disco en dos mitades. La cara A, de Come Together a I Want You, es la clásica colección de canciones, mientras el segundo segmento apuesta con claridad por una continuidad mediante el enlace de varios temas que configuran una unidad. La discusión sobre este punto alcanzó su culminación el 9 de julio, cuando Lennon declinó participar en Maxwell's Silver Hammer, ingenioso vaudeville de McCartney que su antiguo partner compositivo detestaba, y es probable que odiara otros temas o bien se dejara llevar por un egoísmo nada conveniente cuando trabajas en equipo, pues su presencia también es nula en Octopus's Garden, Here Comes The Sun y también, aunque aquí no podemos corroborarlo plenamente, en Golden Slumbers y Carry that Weight. La tensión entre los líderes del cuarteto alcanzó cotas ridículas, con Paul abandonando los estudios de Abbey Road entre lágrimas y John yendo a su casa para destrozar una pintura que el bajista amaba con locura, sin tampoco omitir un nada inocente golpe a la encinta Linda Eastman. Por suerte para la convivencia, estos lances fueron puntuales y durante el mes y medio de elaboración del Lp se mantuvieron las formas pese a ciertas brusquedades entre las que cabe mencionar la exclusión del bajista de las armonías de Come Together o la rabieta del guitarrista rítmico por no poder cantar Oh! Darling, canción que consideraba idónea para su estilo vocal.
Dejando de lado estos desagradables desencuentros, Abbey Road es un disco diferente donde The Beatles no buscaron lo imposible, sino más bien hallar un sonido natural, ciertamente bien producido por George Martin, que reflejara su impronta pop-rock al máximo de sus capacidades donde todos los instrumentos sonaran como tales, sin distorsiones ni rarezas vanguardistas que sólo recibieron acomodo por la destreza de Harrison con el recién adquirido sintetizador Moog. Atrás quedaron los alardes del Pepper, sacrificados por un sonido prístino donde pese a todo aún cabían efectos y una experimentación que se orientó hacia otras brillantes latitudes con un cierto tono oscuro que preludian la separación de los de Liverpool, cuestión que nadie puso sobre la mesa durante aquel intenso y prolífico verano.
Cara A: Seis gemas de cuatro monstruos
Además de lo dicho, hay otros matices que debemos abordar si queremos trazar un cuadro completo antes de entrar propiamente en materia. Si analizamos las letras de las canciones de Abbey Road, comprobaremos cómo Lennon es más bien escueto. Su grifo compositivo se había cerrado por sus devaneos con la heroína y la exageración de su imagen pública que catapultaría hasta límites grotescos en los meses posteriores, recibiendo en diciembre el título de personaje ridículo del año, lo que contrasta con la quizá excesiva exhuberancia de McCartney y la solidez de Harrison en Something, pilar de su trayecto con el conjunto que le hizo célebre. A nivel musical el disco se sostiene sobremanera en la adecuada coordinación entre el bajo, que recorre los temas con pasmosa versatilidad, la batería, más potente que en ninguno de los anteriores Lp's, y el ejemplar y polivalente fraseo, con algún que otro solo nada gratuito, de George con la guitarra. Todos estos factores convergen a la perfección en Come Together, pieza inaugural, ralentizada a sugerencia de McCartney, en la que John a ritmo de Blues da su última gran contribución lírica con un intento de composición a la Walrus a la que añade mala leche, rabia y hasta una sugerencia de suicidio, shoot me, capeada en las primeras cuatro barras por el sonoro bajo de Paul, magistral a lo largo de toda la melodía que domina con envidiable desparpajo hasta en el segundo previo a la irrupción del riff de piano eléctrico, fragmento que hasta Lennon se dignó a aplaudir al ser el perfecto intermedio entre la parte inicial y una conclusión donde la guitarra de Harrison borda su parte con destellos que anticipan la gloria de Something. Durante la primera cara del disco las canciones no están enlazadas y cada músico da rienda suelta a su propia estrella. Considerada por Frank Sinatra como la mejor composición de amor del último medio siglo, Something sintetiza en sus poco más de tres minutos lo que debe ser una sentida canción de amor que alcanza universalidad a través de las palabras que exprime, la adecuada producción sinfónica de George Martin, el subterráneo y rico bajo de Paul -criticado a posteriori por Harrison, quien intentó dirigir a su colega a lo largo de las varias sesiones que dieron luz a esta maravilla- y una contenida batería con aires nostálgicos que no encoge una guitarra que efectúa el solo de rigor cuando corresponde y puntea cuando es preciso para generar algo inolvidable.
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viernes, 20 de mayo de 2011
The Beatles en Tenerife de Nicolas González Lemus en Revista de Letras

Unos ilustres desconocidos en la Isla: “The Beatles en Tenerife”, de Nicolas González Lemus
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 18.05.11
The Beatles en Tenerife. Estancia y beatlemanía.
Nicolás González Lemus
Nivaria Ediciones (La Laguna, Tenerife, 2010)
Corría 1960 y cinco chicos de Liverpool tocaban en un local de Hamburgo. Un veinteañero alemán con pinta existencialista entró en el local y se quedó prendado por lo que escuchaban sus oídos. Era Klaus Voorman y el quinteto que actuaba cada noche en el Kaiserkeller estaba compuesto por Pete Best, Stu Sutcliffe, George Harrison, John Lennon y Paul McCartney.
Días más tarde el joven teutón llevó al garito a su novia Astrid Kirchner, aspirante a fotógrafa. Nació una amistad que el paso del tiempo convertiría en legendaria y llevaría a tres de los miembros del mejor conjunto de la historia de la música pop a Tenerife. ¿Dónde? Sí, a Tenerife en la primavera de 1963, cuando empezaban a ser conocidos en Gran Bretaña y su manager Brian Epstein les dio vacaciones tras sus primeros éxitos en las listas de éxitos.
El fenómeno y la calidad tardarían en llegar. El grupo había sufrido ciertas transformaciones desde esa lejana noche germana. Pete fue expulsado y Ringo dio el toque justo, indispensable por mucho que algunos desdeñen al verdadero señor de los anillos, a la batería, marcando el ritmo y acompañando a Paul, siempre solvente con el bajo. En 1962 consiguieron su primer contrato discográfico, pulieron defectos y se lanzaron a la aventura de conquistar el mundo desde su isla hasta el infinito.

La historia que cuenta Nicolas González Lemus en The Beatles en Tenerife es la crónica de un tiempo y un lugar a través de la presencia de Ringo, George y Paul en la capital de las Canarias. Por aquel entonces, y bien hace el autor en dedicar una parte importante de la obra al contexto histórico, el régimen franquista inició una leve apertura internacional que potenció el turismo hasta los topes. Y claro, los británicos, en esa Europa que se desperezaba de la posguerra e ingresaba en una nueva era, fueron el blanco perfecto para promocionar sol, alegría y plácidas estancias entre playa y piscina. Los vuelos comerciales eran escasos, largos y muy pesados, con constantes escalas que mareaban y sorprendían cuando se alcanzaba el destino previsto en la ruta. Era ingresar en territorio nacional y toparse con prohibiciones absurdas que The Beatles padecieron en forma de críticas cuando actuaron en Barcelona y Madrid, pero que conocieron por vez primera en Tenerife, donde el dueño del club de ocio más importante les negó la posibilidad de actuar porque su aspecto, que en 1963 no era muy osado, se consideraba deleznable por la media melena y el descaro de la juventud.
Por lo demás los chicos disfrutaron de su estancia. Harrison se lo pasó en grande conduciendo el deportivo del padre de Voorman, quien les cedió el chalet familiar en Los Realejos, Paul casi se ahoga por las corrientes de la playa de arena negra de Martiánez, donde sus dos compinches siguieron la tradición inglesa de calcular mal los efectos del sol hasta conseguir ese moreno tan poco bronceado y sí muy rojo gamba que sólo logran los súbditos de la no tan Pérfida Albión.
Las vacaciones del guitarrista, el batería y el bajista del ilustre cuarteto se poblaron de visitas tradicionales que, sin embargo, tienen el valor de mostrar una determinada visión de esa España en vías de desarrollo. El Lido San Telmo era el último reclamo del Puerto de la Cruz, siendo frecuentado el establecimiento por mitos mundiales como Winston Churchill, que con toda probabilidad no se emocionaba al ver cómo los aborígenes como los aborígenes con las rubias despampanantes que se dejaban caer por el establecimiento.
No sabemos si los tres turistas se rieron de los Alfredo Landa de la zona, pero sí conocemos gracias a Nicolás González Lemus otros detalles curiosos, desde la previsible ascensión hasta lo que entonces se podía subir del Teide hasta su presencia en una corrida de toros porque McCartney, quien desde los setenta es un acérrimo defensor de los animales, era aficionado a la fiesta nacional.
El volumen constituye asimismo un viaje sentimental de suma importancia porque mediante los datos que aporta nos sumergimos en una España que provoca hilaridad y esperanza. En el primer caso soltamos carcajadas al leer los comentarios de la prensa sobre la gira nacional del cuarteto en 1965. El siguiente fragmento da buena prueba de la carpetovetónica mentalidad hispana, patético anacronismo cuando el reloj marcaba otra hora más moderna y revolucionaria:
“En fin, que nosotros no seremos los mejores del mundo. Aún existe algo de virtud española que es decoro y compostura. ¿Hipocresía, homenaje que rinde el vicio a la virtud? No lo sé. Pero si en cualquier círculo hispánico aparece un melenudo a los Beatles no faltarán Dalilos que le corten el pelo”.

Los jóvenes opinaban de manera bien distinta. Es interesante la reflexión sobre la capacidad que tuvo la música en los sesenta para alentar a una generación frustrada para romper lazos con la impuesta monotonía y volar más allá de las normas marcadas. La última parte del libro aborda el auge del movimiento rock en Canarias con grupos que adoptaban nombres anglosajones y sobrevivían a base de interpretar las canciones de sus ídolos. Entre estos chiquillos, el transcurrir de los años es pura calamidad, estaba Teddy Bautista, el sinvergüenza que ahora preside la SGAE y que también tuvo ilusiones artísticas con su formación Los Canarios, conocidos a finales de la década que nos concierne por su composición Get on your knees. Sin embargo, el ambiente no sólo se nutría de imitaciones. La música constituyó un elemento de rebelión desde dentro del franquismo. Nicolás González Lemus, quien vivió ese período al pie del cañón, aporta su crónica personal desde el amor a los de Liverpool y su experiencia en la OJE, Organización juvenil española, de Tenerife, donde él y otros amigos pidieron que el delegado local les dejara un cuarto para escuchar sus vinilos. Al final, tras una breve tolerancia, les prohibieron reunirse entre esos muros porque los mandamases creían que el único tema era criticar a Franco.
Esa España de charanga y pandereta cancelaba guateques, secuestraba discos y vivía ajena a la tormenta positiva que agitaba todo el hemisferio occidental. El diez de abril de 1970 The Beatles se separaron, pero para los que crecieron en esa época su espíritu siempre estará presente, tanto que hasta ha merecido este peculiar manuscrito que rellena un hueco en la bibliografía dedicada a cuatro locos cuerdos que con sus melodías cambiaron para siempre la faz de la tierra.
domingo, 13 de febrero de 2011
Las muchas vidas de John Lennon de Albert Goldman en Literaturas.com

Las muchas vidas de John Lennon de Albert Goldman, por Jordi Corominas i Julián
Imagínate siendo un monje nepalí con pocas posesiones y escasa comida. De repente recibes la biografía de John Lennon escrita por Albert Goldman. La lees, te quedas prendado por el personaje y asumes que Occidente es un mundo de locos necesitado de santos posmodernos para nadar y guardar la ropa. El proceso de canonización del Beatle rebelde no requirió instancias vaticanas y empezó en el mismo instante en que la prensa recogió la noticia de su asesinato el 8 de diciembre de 1980 a manos de Mark David Chapman. El cuerpo caliente de la popstar se convirtió en un vestigio idealizado que los arqueólogos restauraron a su gusto para generar una imagen positiva, la del ídolo que cantó a la paz y desafió lo establecido en una ensoñación que clamaba por la ausencia de posesiones. En ocasiones las palabras no se las lleva el viento, pero es muy sencillo alterar un contenido para hacerlo comercialmente viable. George, Paul y Ringo callaron para perpetuar la leyenda, y la vida continuó con un hombre encumbrado en un falso altar que se ha eternizado a base de merchandising, ocultaciones y un silencio que desaparecería si los acólitos leyeran los estudios que muchos historiadores han realizado sobre el chico nacido en Liverpool, el supuesto working class hero con la infancia truncada y una tía que saciaba sus caprichos para evitar sufrimientos.
En 1988 Goldman publicó su magna obra y atendió reacciones. McCartney y Yoko Ono criticaron su visión, que en realidad se ajusta a la que solemos encontrar en otros textos dedicados al autor de I Am the walrus, de personalidad oscilante, profundo desequilibrio emocional y una desesperada ansia de afecto para compensar su crecimiento de huérfano con padres pululando entre la desgracia y la diversión. La música fue su bálsamo, catarsis absoluta que le permitió abandonar su ciudad natal y forjarse una legendaria carrera en los sesenta junto a sus tres compañeros de grupo, entregados a la causa y felices por ser pioneros en una forma de fama insólita, puerta a la sociedad de consumo a través de melodías que desbordaron un vaso que pedía ser llenado de una nueva materia.
Lennon fue el líder hasta que su existencia tomó el sendero de la rutina. Los tres primeros años del cuarteto en la cima tienen su impronta. Acaparaba composiciones, era el rostro visible de la heterodoxia generacional y levantaba con orgullo la bandera del cambio. Sin embargo no supo aceptar su condición y sucumbió en su casa en las afueras, donde consumía televisión, tomaba un vasto catálogo de estupefacientes y mataba las horas en una inopia a la que contribuía fuertemente su desdén por Cinthya, esposa fiel y sumisa, compañera de hogar víctima de mil y una infidelidades. El otro reverso de la moneda Beatle era Paul, siempre hacia delante al residir en el centro de Londres e impregnarse junto a su compañera sentimental de la atmósfera vanguardista de ésa mágica década. McCartney, por inercia, suplantó a su socio en la cúspide del conjunto para darle un rostro irrepetible, de grupo más conocido a mejor banda de la Historia. Mientras eso acaecía Lennon sucumbía a sus inseguridades, ofreciendo grandes destellos de calidad que se desvanecieron al disolverse la formación en octubre de 1969.
Su último decenio fue atroz, como atroz es la opinión que esta biografía goza en los campos buenistas de la crítica. Ello se debe a que Goldman no se anda con chiquillas al dejar caer perlas que alimenta con buenas dosis narrativas, defecto que ensombrece su labor de abogado del diablo entregado a desvelar la bisexualidad de John con Brian Epstein, manager de The Beatles hasta 1967, y su decrepitud de la mano de Yoko Ono, quien no dudó al enamorar al británico para obtener la notoriedad que su talento le negaba. El romance de la famosa pareja fue un tormento propulsado por el fin del cuarteto de Liverpool, que ellos mismos precipitaron entre tonterías, camas, bolsas y una desagradable intolerancia a la que nadie resistió pese a intentarlo con denuedo. Abbey Road fue la tumba que dio paso a una acelerada descomposición de Lennon en los setenta, politizado, teledirigido y finalmente cautivo de su musa japonesa, ávida de dólares, heroína y notoriedad mundial. El guitarrista rítmico aceptó el juego y siguió produciendo música hasta 1975, cuando dijo basta y se sumergió en una espiral negativa de nulidad al estar controlado y atenazado por la mujer en la que quiso hallar una digna sustituta de la madre que nunca tuvo.
El lector podría pensar que Las muchas vidas de John Lennon es un despiece industrial a gran escala destinado a corromper una visión universal. No se equivoquen. Goldman parece admirar a su biografiado, por lo que su obra es más bien una elegía de lo que pudo ser y no fue entre lamentos, despropósitos, riñas idiotas y la típica ceguera de quien ha olvidado el significado de tener los pies en el suelo. El socarrón del gorro a lo Lenin y las gafas de abuelita fue un desdichado personaje, un maldito instalado en una vorágine negativa de la que no supo escapar. Desperdició un tesoro y eligió hurgar en la basura escondiéndolo a la opinión pública. Quizá, eso al menos expone el libro, en sus últimos meses caviló rebelarse y asumir las riendas. Un demente se lo impidió y los demás se encargaron de alimentar el negocio. El único fuerte reproche al volumen es que prefiere obviar las referencias científicas para facilitar la fluidez del relato, y quizá esas notas al pie que tanto añoramos serían su salvación del escarnio al que fue sometido hace veinte años. Seguramente el tiempo de la razón a Goldman, mientras tanto disfruten de la música, sean felices y recuerden que los claroscuros son una constante de normalidad. Rasgarse las vestiduras es una actividad estéril.
viernes, 21 de enero de 2011
Matemática Beatle VIII en Panfleto Calidoscopio

Matemática Beatle VIII:Seis meses de pesadilla
Por Jordi Corominas i Julián
”See them round the clubs”
(George Harrison a sus compañeros tras abandonar temporalmente las Get Back sessions, 10 de enero de 1969)
“We were the past and she was the future. We were in the middle of that and we had to try to understand it.”
(Paul McCartney sobre Yoko y la trascendencia de su relación con John Lennon.)
“ Paul was the workhaholic, or the Beatleaholic. Because John and I lived quite close to each other in Weybridge we'd be at this house or ours, and we'd having a very lovely day, really smooth- and then the phone would ring and it would always be Paul saying I think we should get back in the studio, lads. We gotta do this. Oh no, I don't want to. I want to be on holiday. But Paul would kick us around and we'd go back in.”
( Ringo Starr, sobre la adicción laboral de Paul McCartney.)
I'm not going to be fucked around by men in suits sitting on their fat arses in the city”
(Palabras textuales de John Lennon, tras rechazar un acuerdo con instituciones de la City para poseer la mayor parte de Northern Songs.)

1968 cerró sus puertas. El último acto de un movido año Beatle fue la aparición de John Lennon y Yoko Ono ocultos en una bolsa de plástico. El espectáculo acaeció el 18 de diciembre en el Royal Albert Hall, sin cuatrocientos agujeros, pero con los dos enamorados retorciéndose, bonita metáfora de su reciente calvario entre abortos, detenciones por poseer cannabis, polémicas portadas, adicciones y la disensión que su comportamiento causaba en el cuarteto de Liverpool, liderado ante la siempre más clamorosa anarquía apática de sus compañeros por Paul McCartney. Su tesón al querer conservar la vieja unidad le causaba muchos quebraderos de cabeza. Notaba el desasosiego y se desesperaba pese a la felicidad que le producía su relación con Linda Eastman. La americana era fuente de calma en lo personal y suponía el mantenimiento del status quo vital con su socio compositivo. Los dos iban distanciándose a marchas forzadas por la misma razón que les hermanó: su carácter diametralmente opuesto. El bajista demostraba suficiente madurez como para aunar lo sentimental con lo profesional, renqueante tras las turbulencias de The White Album. Una noche, dormía en su granja de Escocia y vio a su madre en sueños. Mother Mary. La fallecida le aconsejo que no se preocupara mucho porque todo volvería al orden. A la mañana siguiente la experiencia onírica le sugirió dos baladas siamesas, Let it be y The long and winding road, y un recuerdo reciente cargado de nostalgia. En septiembre de 1968 la banda actuó en directo para el show televisivo de David Frost. Se lo pasaron en grande y el antiguo clima de camaradería volvió con naturalidad. ¿Por qué no preparar un espectáculo para la caja tonta y recuperar la magia de cuando eran más jóvenes y tocaban Rock and Roll? La propuesta, un auténtico retorno a las raíces, fue secundada con reparos que se acrecentaron, sobre todo por parte de George Harrison, cuando el entusiasmo de Paul condujo el asunto hasta Michael Lindsay-Hogg, director que había grabado con ellos los videoclips promocionales de Paperback writer y Rain. El cineasta debió frotarse las manos al imaginar un documental que mostrara a The Beatles trabajando en la preparación de un concierto que debería celebrarse, tras desestimar hacerlo en la emblemática Roundhouse londinense, en el anfiteatro romano de Trípoli, llenándose poco a poco de seres de todas las razas mientras el crepúsculo anunciaba la irrupción de los FabFour. El plan era viable en enero porque al mes siguiente Ringo volvía a sus andares interpretativos con el rodaje de The Magic Christian. Los productores de la película habían reservado los estudios cinematográficos de Twickenham para el 3 de febrero de 1969, quedando un hueco mensual libre en enero que fue ocupado por Dennis O'Dell, director de Apple Films.

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