martes, 6 de agosto de 2013

Mi cuento favorito en 60 Watts

Cuento favorito: Jordi Corominas i Julián

Una batalla de silencio y rotundo estruendo

Por Jordi Corominas i Julián



No creo que pueda existir algo llamado mi cuento favorito, entre otras cosas porque somos hijos de todas nuestras lecturas. Es como si me hablaran de la mujer que más me ha gustado en toda mi vida. A nivel sentimental podría mencionar un nombre en concreto, pero sería injusto porque olvidaría chicas fugaces, amores de cinco segundos en el metro que también configuran parte de mi imaginario.
Sin embargo toca dar una respuesta, que surgió por automatismo. Claudia Apablaza me preguntó la cuestión que encabeza este texto y le respondí al instante, de ahí la ausencia, de duda, “La hora de los cansados” deEnrique Vila-Matas, relato que apareció en primera instancia en Cuentos barceloneses y más tarde en Suicidios ejemplares, libro cuya primera edición es de febrero de 1991.
“La hora de los cansados” me gusta por mil y un motivos, tantos que creo que en sus escasas páginas me da para comentar un sinfín de detalles que demuestran su valor literario, marcado por un ritmo oscilante entre una extrema velocidad y la pausa, paz previa al desenlace de una batalla de silencio y rotundo estruendo.
La trama se ubica en el centro de Barcelona, donde un flaneur de cuarenta años, la edad que tenía Enrique Vila-Matas al escribir el cuento, atisba en La Rambla a un viejo acelerado que le dobla la edad y porta un misterioso maletín. Es Jueves Santo y el anciano conduce al narrador hasta un negocio del que aparece el tercer elemento de la trama: un negro cincuentón con dientes de caníbal que acaba de comprar una figura religiosa, un Niño Jesús de Praga.
De repente el viejo sigue al negro y el alter ego de Vila-Matas a los dos contendientes, configurándose de este modo una surrealista procesión que siempre imaginé como una desigual fila india con el negro medio bailando, el señor mayor acongojado y nuestro hombre en relato siguiéndoles por inercia en medio de la típica multitud barcelonesa, imagen errónea hasta cierto punto porque la narración acaece en la ciudad preolímpica, cuando el centro aún no era el patético infierno de sombreros mexicanos typical spanish y parque temático para robar la capital catalana a sus habitantes.
A otra cosa mariposa. Hay que releer los libros, porque nuestra memoria suele ser más que traicionera. No recordaba el intervalo entre las dos secciones callejeras que nace a partir del súbito cansancio de quien encabeza la comitiva. El particular trío protagonista para en un bar porque el negro quiere beberse unas cervezas, circunstancia que provocará el odio del barman hacia el triunvirato y el descubrimiento de los papeles de la maleta con ese informe 1763 y las averiguaciones de vidas de los otros, historias que no son mías. La información desvía durante un momento, la trampa que posterga el estallido del enigma, al lector del sonido del interior de la valija.
¿Es el viejo un detective de existencias ajenas? Lo es, desde luego, el narrador, que con su juego nos implica en la persecución. Somos el cuarto elemento que sigue a la santísima trinidad de ese Jueves Santos que, ¿esperaban otra cosa, sólo puede recabar en la Catedral de Barcelona, y nada más diremos, no vaya a ser que nos acusen de ser terroristas del spoiler, bombarderos del desvelar tramas, algo nada grave, porque la literatura más que de sus historias, muy bonitas y dignas de ser contadas de madrugada a amigos e incautas, vive de todo el resto de elementos que conforman su cuerpo.

***

“La hora de los cansados”, de Enrique Vila-Matas

I
A Mercedes Monmany
Apenas son las seis y ya oscurece cuando me detengo a contemplar la súbita irrupción en las Ramblas de los pasajeros de metro que se han apeado en la estación de Liceo. Se trata de un espectáculo que nunca me defrauda. Hoy, por ejemplo, día de Jueves Santo, surge de entre la multitud un tenebroso viejo que, pese a tener un aspecto cadavérico y transportar un pesado maletín, anda con sorprendente agilidad. Adelanta con pasmosa rapidez a una hilera entera de adormecidos usuarios del metro, se planta muy decidido ante un cartel del Liceo, y allí, muy serio y estudioso, pasa revista al reparto de una ópera de Verdi, adoptando casi de inmediato un gesto de inmensa contrariedad, como si el elenco de estrellas le hubiera decepcionado amplia y profundamente. Este hombre, me digo, este cadáver ambulante tiene algo que me inquieta, que me intriga.
Decido seguirlo. Y muy pronto veo que no va a ser nada fácil hacerlo. Será porque mi jornada de trabajo ha sido larga y dura y a estas horas me siento ya muy cansado, pero lo cierto es que, aunque tengo cuarenta años y él me dobla la edad, anda el viejo tan rápido que, cuando enfila la calle Boquería, por poco le pierdo de vista. Acelero el paso y, por unos instantes, noto cierto desfallecimiento y me digo que voy a desplomarme sobre el asfalto. Luego comprendo que no hay ni mucho menos para tanto, después de todo aún soy joven, lo que sucede es que siempre me imagino al borde del desfallecimiento porque, en mayor o menor medida, siempre ando cansado, cansado de esta lamentable ciudad, cansado del mundo y de la estupidez humana, cansado de tanta injusticia. A veces intento superar ese estado y me reto a mí mismo, me impongo desafíos como este de persistir, sin objetivo alguno, en la persecución de un viejo nada cansado.
De repente mi perseguido, como si quisiera darme un respiro, se detiene frente al escaparate de una tienda de objetos religiosos. Yo avanzo con calma, pegado a la pared, pegado a los escaparates, ahora sin prisas. Le alcanzo, me sitúo a su lado, veo que está espiando el interior de la tienda, donde un negro está comprando una estatuilla del Niño Jesús de Praga. Voy a decirle algo al viejo cuando el negro sale disparado hacia la calle, muy feliz con su compra, y el viejo gira en redondo y le sigue.
Al negro se le ve muy feliz, pero a los veinte pasos se convierte en un hombre repentinamente cansado. Va frenando su marcha hasta acabar andando muy despacio, casi arrastrando los pies, como si la compra le hubiera dejado extenuado, o como si le hubiera llegado de pronto esa sensación de estar en una hora en la que uno se siente ya irremediablemente cansado. Detrás suyo, el viejo también reduce su marcha. Y sólo ahora me doy cuenta de que mi perseguido debe llevar rato persiguiendo al negro, quien no parece que sospeche nada y a buen seguro se llevaría una sorpresa si descubriera la espontánea procesión que se ha organizado detrás de él.
Los tres, muy fatigados, como si nos hubiéramos contagiado mutuamente de cierto cansancio, enfilamos la calle de Banys Nous a un ritmo muy parsimonioso. El negro es un individuo corpulento y muy elegante, de unos cincuenta años, con aspecto de boxeador tierno y cansado. Es ya del todo evidente que no sospecha nada, porque de pronto se detiene, muy confiado, a contemplar su flamante adquisición. La eleva por encima de los hombros, como si quisiera consagrada en un altar imaginario. Detrás de él, y para no adelantarle, el viejo se ha detenido en seco, y yo imito esa inmovilidad. Componemos una curiosa procesión de Jueves Santo. Se suceden luego unos raros e interminables minutos hasta que por fin el negro reemprende su lenta marcha y, tras otros minutos que parecen eternos, acaba entrando en un bar, donde pide una cerveza y luego otra y después otra. De vez en cuando se ríe a solas y muestra horribles dientes de caníbal. Al otro lado de la barra, el viejo no pierde detalle de la ceremonia etílica, mientras yo, justo al Iado del viejo, no pierdo detalle de su obsceno espionaje. Nos demoramos tanto los tres en los gestos que el camarero pierde la paciencia y se revela como un perfecto alérgico a cualquier tipo de manifestación de profundo cansancio y, sabiendo que nos hallamos en pleno crepúsculo, es decir, en esa hora en que hasta las sombras se fatigan, se pone a trabajar como un loco mientras nos envía terribles miradas de odio. Si pudiera, este camarero nos fusilaría sin la menor contemplación. y yo me pongo en pie de guerra y me digo que ya va siendo hora de que todos los cansados de este mundo unamos nuestras fuerzas para acabar, de una vez por todas, con tanta injusticia y estupidez.
Mientras me digo todo esto, el viejo se dedica a buscar algo en su maletín. Por el tictaqueo que detecto, imagino que debe tratarse de un reloj despertador. Pero tal vez, por qué no, podría tratarse de una bomba. Si lo es, yo no la veo. Lo que extrae de su maletín es otra cosa. Ni reloj ni bomba. Se trata de una carpeta roja, con una gran etiqueta en la que puede leerse: “Informe 1. 7 63. Averiguaciones sobre las vidas de los otros. Historias que no son mías.” En el interior de la carpeta hay multitud de folios, repletos de anotaciones hechas a lápiz o bolígrafo. El viejo anota apresuradamente algo en los papeles, y poco después cierra la carpeta, la introduce en el maletín, mira al techo, y silba una habanera. Bonita manera de disimular, me digo por decirme algo, pues en realidad no acierto a descifrar en qué consiste exactamente la actividad del viejo. Doy vueltas al asunto, y acabo preguntándome si tal vez no será un indagador, un perseguidor de vidas ajenas, una especie de ocioso detective, un cuentista.
Entretanto, el negro paga sus consumiciones y, con su más que premioso paso, se dirige hacia la salida. Cuando finalmente alcanza la calle, el viejo paga su café, pago yo el mío, y me digo que vamos a volver a las andadas, a la lenta y pausada procesión. Pero no. Llegamos a la Baixada de Santa Eulalia, y el negro da señales de haber recuperado fuerzas. Las cervezas han obrado el milagro, y la procesión se anima. Se diría que el negro lleva alas, porque va por la Baixada como si quisiera batir el récord del mundo. Al viejo se le ve encantado de poder practicar de nuevo su deporte favorito. Y yo, qué remedio, me lanzo también a tumba abierta por la Baixada. Aunque sé que a semejante velocidad no puede uno permitirse el lujo de pensar en otras cosas, me da por reflexionar en torno a la hora en la que estamos, en torno al siempre misterioso crepúsculo, esa hora vasta, solemne, grande como el espacio: una hora inmóvil que no está señalada en el cuadrante, y sin embargo es lige¬ra como un suspiro, rápida como una mirada, la hora de los cansados.
Me estrello contra un muro, a cien metros de la catedral. El golpe que me doy es de campeonato, y lo que más me molesta en todo esto es que el negro y el viejo, ajenos al accidente, prosiguen su desenfrenada carrera. Rechazo tanto los primeros auxilios de ímprobos ciudadanos como la perversa extremaunción de un cura con sotana y, poniéndome en pie con mucha rabia, reanudo como puedo la persecución, dejando tras mis pasos un patético reguero, pequeñas gotas de sangre, el precio de mi locura, de mi insensata incursión en vidas ajenas, en historias que no son mías.
Cerca de una de las puertas laterales de la catedral, localizo a perseguido y perseguidor. Me calmo al recuperar la tercera plaza en la singular procesión, pero no es una calma total, ya que del golpe contra el muro me queda un dolor que va ganando en intensidad, y no puede decirse que vea las estrellas, pero sí en cambio un globo de luz, una araña de mil fuegos. Medio cegado por esa luz, veo que el viejo se detiene frente a una de las puertas laterales, saca del maletín un espectacular llavero y entra en lo que debe ser la sacristía de la catedral. Todo sucede muy rápido. Y, tras un sonoro portazo, el viejo desaparece de mi vista sin ni tan siquiera dedicarme una mirada de disculpa por haberme arruinado la diversión. Sin ni tan siquiera un adiós, una mirada de desprecio o de compasión. Nada. Desaparece como el rayo, y me deja a mí persiguiendo al negro. Me digo que tal vez he andado equivocado, que el viejo en realidad no perseguía a nadie, tal vez sólo andaba transportando una bomba que hará que vuele por los aires la catedral.
Pero ¿qué hago persiguiendo al negro? Le veo entrar en la catedral y arrodillarse ante el Cristo de Lepanto. Me digo que ya está bien por hoy. Me encuentro sumamente cansado. Pienso en mi mujer, mi difunta mujer, y evoco los días aquellos en que nos citábamos frente a este Cristo. También los cansa¬dos tenemos corazón, también los cansados nos enamoramos alguna vez. Yo la quise mucho. Me viene al recuerdo una noche de verano, bailando los dos en una terraza colgante, apretándola yo a ella contra mi cuerpo cansado, pensando que jamás podría desprenderme del olor de su piel y sus cabellos. y recuerdo que los músicos tocaban Stormy Weather. Qué días aquéllos. Y luego, las citas frente a este Cristo, y las promesas de no separarse nunca. También los cansados somos unos sentimentales.
En un acto casi reflejo, reliquia del pasado, me santiguo, pienso en la batalla de Lepanto, me estremezco, oigo el estruendo de los cañones, pienso en la bomba que transportaba el viejo y en que será mejor que abandone pronto el templo, me apoyo en una columna, decido dar media vuelta y olvidarme del negro, giro en redondo y, con mis cansinos pasos, salgo a la plaza de la catedral, voy en busca del rastro de mi propia sangre, comienzo a desandar el camino, marcho hacia las Ramblas que nunca debí dejar. Ando fumando. Tras cada bocanada, atravieso mi humo y estoy donde no estaba, donde antes soplaba. Y de pronto noto a mis espaldas una respiración ronca, y poco después recibo un golpe seco en la nuca. Me giro asustado, y veo al negro que me dedica su mejor sonrisa de caníbal y me pregunta por qué ando siguiéndole. No salgo de mi asombro. Le digo que más bien es él quien lo hace. Deja de reír y me mira desafiante, parece muy enojado, me da unos segundos para que le dé una respuesta satisfactoria. Veo muy claro que, si no invento rápidamente algo, puedo morir devorado.
Providencialmente, me acuerdo de la carpeta del viejo. Le digo que soy un perseguidor de vidas ajenas, una especie de ocioso detective, un cuentista. Le digo que vivo fuera de mí. Le explico que me gusta mucho el aire libre así como tener los ojos bien abiertos. Le cuento que sigo a la gente para indagar cosas acerca de ella, cosas que luego introduzco en mis cuentos. Coloca sobre mi hombro una mano inmensa y amenazante y me pregunta cómo se llama el cuento en el que estoy trabajando. Le digo lo primero que se me ocurre: Yo vendo unos ojos negros. Me mira con absoluto recelo, y luego me dice que él no quiere ser el personaje de ningún cuento. Me muestra su puño y me asegura que es más grande que el de Cassius Clay. No, no, y no, creo que dice. No quiero salir en ese cuento. Le digo que estoy muy fatigado, que he decidido no incluirle en el cuento y que, por favor, deje seguir su camino a un pobre hombre cansado. Sorprendentemente, su rostro pierde toda ferocidad. La palabra cansado parece haber obrado el milagro. Vuelve a ser el boxeador tierno y fatigado que vi en la calle de Banys Nous. Me dice que se llama Romeo y que si puede acompañarme hacia las Ramblas. Respiro de alivio, y le digo que por supuesto y que le contaré por el camino la historia de un viejo sacristán cansado y anarquista al que hoy he seguido. Andamos apoyándonos el uno en el otro, terriblemente extenuados. Es ya totalmente de noche, y suenan a lo lejos las campanadas de las siete. Me está diciendo que quiere regalarme el Niño Jesús de Praga cuando, al enfilar la Baixada de Santa Eulalia, oímos una fuerte explosión. El gas, dice Romeo. La más que probable bomba de un viejo kamikaze, le aclaro yo. Se pone aún más tierno y sentimental el negro cuando le digo que está volando por los aires la catedral.

sábado, 3 de agosto de 2013

Diálogo con Luis Goytisolo en Microrevista




Entrevista a Luis Goytisolo

Es miércoles por la tarde y he quedado con Luis Goytisolo en el bar de un céntrico hotel barcelonés para charlar sobre Naturaleza de la novela, libro con el que ganó el último Premio Anagrama de Ensayo. La obra traza una evolución del género, desde su formación hasta su actual decrepitud, producto, entre otras muchas cosas, de una sociedad que ha caído en la banalización del gusto y el amor por las pantallas que todo lo invaden.
Antes de empezar con la entrevista hablamos durante unos minutos de películas y novelas que han envejecido mal, que ya no resisten el paso del tiempo. Asimismo coincidimos en elevar a T.S. Eliot a un altar de admiración compartida. Surgen los temas y los encadenamos, por lo que, sin presión alguna, decido encender la grabadora para permitir que el diálogo fluya sin ningún tipo de cortapisas, y así fue salvo por los gritos de una mujer que casi imploraba la presencia de su amiga Alicia, a la que nunca conoceremos en persona pese a su empeño por dificultar la transcripción de la conversación que sigue a estas palabras introductorias.
Jordi Corominas i Julián: Supongo que tanto el punto de partida como las ideas que expones en Naturaleza de la novela las tenías clarísimas desde hace tiempo.
Luis Goytisolo: Había publicado bastantes ensayos sobre el tema en la sección de Opinión de EL PAÍS. Los recogí en un libro que titulé El porvenir de la palabra, editado en Taurus. El asunto siempre me interesó y, finalmente, decidí entrar en él, porque se habla de la novela como si fuese algo residual, como si simplemente derivara de la novela pastoril, de la epopeya o de los libros de caballería, y no, tampoco es eso.
Por eso fijas un desarrollo y una evolución muy concreta partiendo de textos antiguos y con la Biblia como paradigma.
Como un paradigma no directo, no de su época, surge como tal en el Renacimiento, donde coinciden el nacimiento de la imprenta, la literatura oral no puede generar la novela, la recuperación del mundo clásico, la divulgación de la Biblia en las lenguas vulgares y la secularización de la vida social. Algunos siguieron siendo creyentes, pero en ese momento la sacralidad deja de ser el tema casi exclusivo en el mundo cultural.
La imprenta propicia sobre todo, dentro de un grupo muy reducido de personas, es pasar el hecho de la lectura de una cosa pública a un acto íntimo.
Claro. Por ejemplo no podemos llamar a La Celestina una obra de teatro, es un poco anterior a la imprenta. La novela que pongo como punto de partida de un nuevo género es el Quijote, la gran sátira de los libros de caballería.
Hablas de una santísima trinidad literaria: el Quijote en la novela, Montaigne en lo ensayístico y Shakespeare desde lo teatral, que terminan por configurar un nuevo orden.
Exactamente. La importancia de la Biblia es un poco distinta a la de la recuperación de la cultura clásica, porque en el Occidente cristiano es lo que se le ensañaba a un niño, era y es el primer relato, que está en nuestro inconsciente y siempre influye, lo tenemos en nuestro código genético. Aprendemos a leer y avanzamos en nuestras lecturas, pero la Biblia siempre está presente aunque no lo pensemos.
Por eso intentas distinguir, al hablar de novelistas, entre bíblicos y evangélicos.
Sí. Cuando éramos pequeños, cuando apenas sabía leer, ya nos contaban historias de la Biblia, sobre todo el de Sansón, que era inverosímil, tanto como el de Noé. Cuando nos decían eso de que Dios está en todas partes, incluso en nuestros pensamientos, pensaba en lo absurdo de la frase. ¿Qué le importaba a él lo que yo pensara? Sin embargo eso no deja de marcarte e influye en cualquier planteamiento.
A raíz de lo que expones el Antiguo testamento predomina hasta el Renacimiento. Hasta ese momento casi no tenemos relatos evangélicos, porque la mayoría de textos, pienso en poemas épicos y cantares de gesta, muestran un relato de origen.
Son relatos, hasta la Ilíada, que tienen algo más bíblico, pero por ejemplo La Odisea es más evangélica, así como El cantar de mío Cid, que por lenguaje y temáticas ya exhibe una cercanía. En cambio La chanson de Roland es como un retumbar de truenos, una cosa tremenda.
El gran cambio acaece en el Renacimiento, y en el caso que nos concierne el paradigma es el Quijote.
Ya es otro planteamiento. Viene prefigurado quizá por los cuentos de Bocaccio, que ya son graciosos, hasta podrían haber quemado a su autor, que arriesgo muchísimo. El Lazarillo también es muy gracioso. El Quijote es el origen de lo que hoy se llama el humor inglés. Es un tipo de humor que se perdió en España porque lo sarcástico, insultante, áspero y vejatorio de Quevedo ganó ante la suavidad cervantina.
Lo podemos relacionar el mismo Quijote, que narra, fluye y no busca la risa: surge sola.
Hace que explotes, pero no te dice que lo contado es muy gracioso, como cuando sacan a bailar al Quijote en Barcelona. Dice las cosas seriamente, como cuando en la primera parte, en una de sus salidas, tropieza con tres campesinas que van a lomos de mula y las toma por princesas hasta que Sancho le aclara las cosas. Te mondas de risas, pero no pone énfasis en la carcajada, es el humor de Dickens por ejemplo, el del Pickwick.
Y lo hemos perdido, quizá hasta hace un siglo existía este humor a nivel popular.
Sí, pero lo hemos perdido. La picaresca en el Lazarillo es divertida, pero luego se vuelve una mera cosa de delincuentes y chorizos. Quizá corresponde a una degeneración de la misma sociedad.
Y el Quijote, otra muestra de su vanguardismo, es que contiene ya la idea de estructura.
Ya lo creo.
Y es revolucionario, porque hasta el siglo XX la estructura no se toma como algo fundamental.
En el siglo XIX ya se considera, empieza a organizarse, pero juega un papel definitivo en el siglo XX, cuando la estructura se revela fundamental para la comprensión de los hechos, tanto en Faulkner como en John Dos Passos.
Lo de la estructura me hizo pensar mucho, porque cuando entrevisto a autores actuales noto que la mayoría se dejan llevar y no piensan en la estructura. Quizá esta respuesta encaja con las cosas que anuncias en el epílogo en relación a la decadencia de la novela.
Me haces pensar en algo que puede ser verdad y es que en realidad hablo del tipo de novela que me interesa. Creo que en los ejemplos que saco destacan la estructura, el estilo y el tono, elementos claves, canónicos en un relato. Me llama la atención lo que dices de dejarse llevar. Para mí eso es imposible. ReleyendoLas afueras me doy cuenta de que, con razón, la maltraté bastante porque no conseguí lo que deseaba. Yo quería crear un teatro del mundo, con repeticiones de nombres a niveles completamente distintos, pero no logré mi objetivo. En cambio en Antagonía tenía un plan general que salió.
También puede ser por un cambio de influencias. A mí me educaron desde unas referencias muy europeas y norteamericanas, y ahora observo que muchos autores contemporáneos toman otras, ya no contemplan determinados nombres que han marcado la Historia de la literatura.
Es lo que digo en el epílogo. Uno elige sus referencias por lo que decía Goethe, por afinidades electivas. En este sentido, yendo a lo que dices, la socialdemocratización de la enseñanza ha provocado una pérdida de exigencia, y por eso algunos nombres imprescindibles ya no se toman como base. Sin embargo creo que cada tiempo muestra derivas diferentes. Goethe advertía del peligro que corría Víctor Hugo por exceso de escritura, y Stendhal detestaba los textos de Chateaubriand.
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Stendhal y Goethe desarrollaban con esas opiniones un pensamiento propio y crítico que sabe prescindir de la tendencia y piensa en lo intemporal, en la escritura que va más allá del mero presente.
En ese sentido Goethe es admirable por su clarividencia en la mayor parte de las cosas. Es casi científico. Critica con coherencia, interpreta el mundo en función de un punto de vista objetivo.
Hasta Goethe sabe renunciar y entiende que con el Werther le han condenado.
No quería saber nada de su delito de juventud.
¿Cómo enmarcas el Werther en la naturaleza de la novela? Es casi el primer bestseller.
Es un problema de Goethe más que de la literatura. Impresionó muchísimo a la juventud de la época, como ahora pueden impresionar grupos musicales. Es lo que pasa con el Romanticismo, que suele dar pie a confusión. Stendhal lo detestaba. Hay algunos escritores románticos, novelistas y poetas, y alguno no está mal, como Walter Scott.
La moda del Romanticismo dura como mucho veinte años. Stendhal, Balzac y Flaubert ya van hacia otro campo.
Y detestaban lo romántico con toda razón. Su actitud debía ser muy contracorriente. También es curioso que prevalecen los autores que no trabajan sólo para el presente, los demás han caído en el olvido. Stendhal con El rojo y el negro prefigura Proust.
Y logra implicar emocionalmente al lector. Unos de mis más gratos recuerdos de adolescencia es la lectura de las cien primeras páginas de La Cartuja de Parma. ¿Stendhal inicia lo que tú llamas suprarrelato y Eliot correlato objetivo?
Sí, Stendhal en este sentido es un pionero. Le dio perspicacia haber sido bonapartista en el sentido que no le gustaban las tonterías que se cometieron durante la Revolución, pero mucho menos las de la época anterior. Después de un tiempo con Bonaparte y la defensa de las luces se topó que la época después de Napoleón era de hijos de papá que vendían una cultura rebajada.
Y su conciencia del yo. Es una punta de lanza.
Como Balzac, que quería abarcarlo todo desde todos los niveles sociales.
En esa época el mundo se va haciendo más veloz.
Fue una época de grandes cambios que quizá ahora no valoramos porque estamos demasiado ensimismados en nuestra época.
El simple hecho de romper con el silencio es revolucionario. Además el género novelístico, porque el mundo acorta distancias y padece una aceleración, se expande y se abre a muchos países que hasta entonces no habían sido importantes en lo literario.
Se generan estilos nacionales en países sin tradición como Rusia, que genera un estilo inconfundible. Los norteamericanos se independizan. Les cuesta un poco. Edgar Allan Poe es importante, pero es muy poco estadounidense en su literatura. Para encontrar autores genuinamente norteamericanos debemos esperar a Walt Whitman en poesía y a Mark Twain con Huckleberry Finn en la novela. Hemingway existe gracias a este libro.
Hace años Vila-Matas publicó un artículo sobre Moby Dick donde hablaba en tus mismo términos: Moby Dick es universal porque es una novela americana que va más allá de la nacionalidad.
Prácticamente todo lo que escribió pasa fuera, en la costa de Chile, en Oceanía y en otros lugares. Moby Dick transcurre en el mar. Henry James escribe desde Inglaterra e incluso sus Bostonianas podrían ambientarse en el Londres de la época y nada cambiaría.
¿Y cómo podemos interpretarlo desde la evolución de la novela? ¿Una globalización de los temas? ¿Mundos menos diferentes?
Los padres de la Patria, por así decir, tenían una gran influencia británica, pero estaban muy vinculados a Francia. Desde el principio su tradición era muy europea. En el siglo XX Estados Unidos ya se incorpora totalmente a Occidente, pero igualmente sus escritores huyen.
El lector asiduo de novela integra Europa y Estados Unidos en un mismo pack.
Son perfectamente intercambiables. Henry James ya vivió los rascacielos. John Dos Passos ya marca, si bien se puede detectar en El Gran Gatsby, una diferencia, un cambio entre los dos mundos, sobre todo en el Nueva York de Manhattan Tranfer.
John Dos Passos en este sentido es un narrador bíblico, pero los narradores de esa época que enfocan la novela desde un protagonismo de la ciudad también tienen un punto evangélico, con ese tratamiento de los personajes como marionetas.
Puede ser, pero Joyce en el Ulises traza dos itinerarios por Dublín con Bloom y Dedalus, dos viacrucis. Uno sabe que su mujer está acostándose con otro y por eso gana tiempo, mientras Stephen siente un desamparo muy fuerte y se emborracha.
En el Ulises te puedes imaginar un mapa de la ciudad con los personajes moviéndose.
Peones de un gran tablero. En algunos casos se mezclan los elementos bíblicos y evangélicos.
En relación a las novelas del primer siglo XX me llama la atención que las que son muy experimentales, que rompen con la evolución lógica, quedan apartadas del canon.
Joyce y Proust tienen una obra amplísima, son grandes obras. Cada parte deUlises es una novela y se puede leer de manera diferente. Leopold Bloom y la historia de las niñas en la playa se cuenta de un modo que es totalmente nuevo.
En ese fragmento hay una simultaneidad casi cinematográfica.
Y es muy expresivo. Cuenta cosas y resiste sin ser una curiosidad, que es algo que sí ocurre con muchas películas. ¿Cuál es la materia prima de la novela? La palabra. ¿Y qué es la palabra? Una objetivización de los conceptos con los que pensamos y la capacidad de sugestión de los conceptos es enorme. Pensamos en palabras, y la capacidad de evocación de las mismas es muy superior a las imágenes.
Después de Proust y Joyce hablas de otros autores, pero ambos autores suponen una cúspide de la que ya sólo es posible descender.
Eso mismo pensaba T.S. Eliot, a partir de ese punto iba a llegar un declive. Esto tambén lo había pensado Stendhal, desanimado ante el panorama de su época. Por eso digo que ojala me equivoque yo y la novela resurja de una forma distinta.
En el cine no se acogen soluciones narrativas al estilo de Joyce hasta los italianos de los primeros sesenta, pero tienen que pasar setenta años de historia del séptimo arte para llegar a esas soluciones.
El cine considerado bueno de los años cuarenta tiene cosas que estaban bien, pero a nivel narrativo es muy tradicional. De niño estaba fascinado por la belleza suprema de María Montez, la actriz dominicana. Hace poco me llevé una desilusión enorme porque no le vi nada, tampoco a Las mil y una noches, que siempre me pareció un coñazo. El cine envejece peor, como ciertas cosas del tránsito del mudo al sonoro que entonces eran serias y ahora me provocan risas por su absurdidad.
Como los carteles de varietés de principio de siglo, con ese lenguaje ya trasnochado.
Efectivamente. Lenguajes que ya no se sostienen de ningún modo. Han envejecido fatal.
En algunos momentos del ensayo hablas de determinadas estructuras literarias insostenibles que ahora triunfan, como los relatos germánicos, los mitos célticos y las novelas románticas. ¿Por qué triunfan ahora?
Es algo muy relacionado con la educación, que antes era mucho más amplía, con un soporte clásico mucho más fuerte. La mitología germánica es infantil, incoherente y absurda. En el mundo clásico todo está muy definido, hasta las tareas de los dioses, tienen un papel lógico. La Ilíada también es coherente, en cambio en lo germánico el sinsentido abunda.
La ridiculez de gustos presentes por lo romántico y relatos eróticos de un nivel literario bajo…
Y con mucha violencia. La técnica del fogonazo se impone.
Los bestsellers con capítulos cortos y un punto de inflexión que aturda. ¿Quedarán las grandes novelas como un reducto para estudiosos?
En principio así será, aunque no somos futurólogos y no podemos adivinarlo. No retornaremos a la Edad Media, pero sí estamos asistiendo a una supresión de contenidos y conocimientos que eran las referencias para entender el mundo: Geografía e Historia, Historia del pensamiento, Historia de las religiones. En una situación así es cuando triunfan estos relatos disparatados de dragones que lanzan llamas que devienen realidad, virtual, en los juegos de consolas.
La proliferación de pantallas.
Y es desesperante. Hay series, recuerdo ahora Dowtown abbey o Big bang theory, que me resultan bien estructuradas o graciosas, pero muchas otras rebosan de incoherencia entre futurismos y sangre gratuita.
En un momento de finitud debería emerger una nueva vanguardia.
Lo que pasa es que no lo podemos imaginar.
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Los contextos son bien distintos, pero la época puede recordar en parte al principio de siglo XX, donde la solidez burguesa se desmoronó y la vanguardia, en plena crisis, ocupó el terreno cultural.
Hace poco Anagrama publicó dos libros de Philipp Blomm, Años de vértigo, que trata sobre los primeros años del siglo XX, y Gente peligrosa, sobre la cultura de Salón que generó la ilustración. Los cambios que acaecieron entre el siglo XIX y el XX fueron más importantes que los actuales. Ahora Internet lo copa todo.
Pero permitieron tratar el concepto de límite. Las vanguardias asumieron que debían rebasar una frontera. Quizá ahora mismo no nos demos cuenta y estemos en una situación parecida.
Es muy posible, pero no somos profetas. Ni T.S. Eliot, ni Ortega ni el crítico Lionel Trilling supieron vaticinar determinadas cosas ni encontraron respuestas. En este sentido Trilling en los años cincuenta apostó por la supervivencia de la novela desde una perspectiva ideológica. O eran textos capitalistas o realistas soviéticos. De otro modo el género estaba condenado a morir.
Muchos periodistas han proclamado que con tu libro proclamabas la muerte de la novela, lo que me parece totalmente impreciso.
Así es. En el libro muestro lo que se ha entendido por la novela: cuando aparece, que características tienes y su estado actual. Fundamentalmente es eso.
Lo otro es puro sensacionalismo.
Sí, en ningún momento he querido ser el enterrador del género.

lunes, 29 de julio de 2013

Un verano con Jean Cocteau (III): Thomas el impostor en Revista de Letras

Un verano con Jean Cocteau (III): “Thomas el impostor”

Por  | Destacados | 29.07.13
Thomas el impostorThomas el impostor. Jean Cocteau
Traducción, introducción y notas de
Montserrat Morales Peco
Cabaret Voltaire (Barcelona, 2006)
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“Su teoría consistía en que había que poner el caballete delante de una obra maestra y copiarla sin que la composición se llegara a parecer a ella. Él, puso su caballete delante deLa princesse de Clèves y resultó Le bal du comte d’Orgel. Yo puse mi caballete delante de las cien primeras páginas de La chartreuse de Parme, y la obra resultante fue Thomas el impostor”.
La cita, sacada de una entrevista que Cocteau concedió a Roger Stéphane, sólo demuestra que nuestro protagonista era un gran mentiroso a medias encandilado en el recuerdo de la época compartida junto aRaymond Radiguet, el adolescente que con formas antiguas sacudía el prisma de la modernidad. Durante los primeros años veinte pide un retorno al orden que expresa en varias de sus obras y culmina con un ensayo que es cualquier cosa menos clásico. Al mismo tiempo su afirmación de basarse en las cien primeras páginas de La Cartuja de Parma, quizá las más pletóricas de su admirado Stendhal, es falaz, pues Thomas el impostor sigue el juego de máscaras que ya observamos en La gran separación, si bien el punto de vista es distinto y se centra en su trayectoria personal durante la Primera Guerra Mundial.
Cocteau fue declarado inútil para el servicio militar gracias a las influencias de su madre. Sin embargo, por juventud y su insaciable curiosidad que le impedía perderse cualquier acontecimiento significativo, optó por trabajar para la Cruz Roja en un peculiar convoy del que también formaba parte Misia Edwards, musa inspiradora de muchos artistas que en España conocemos esencialmente por su último apellido, pues fue esposa del pintor Josep Maria Sert. Esta mujer, que Proust consideraba un monumento histórico, es una de las grandes desconocidas de la vanguardia, con su atribulada vida de San Petersburgo a París. Junto al poeta de Orfeo presenció uno de tantos bombardeos de Reims y aportó su granito de arena a la causa aliada durante el conflicto de las trincheras, que contemplarían la enjuta pero elegante figura de Jean Cocteau en Nieuport y Coxide, cerca del mar del Norte.
Nuestro héroe se enroló, sin ser él nada de eso, en el cuerpo de los fusileros marinos. Cuando se descubrió su estafa salvó el pellejo desde una doble perspectiva: de haber continuado con su disfraz hubiera muerto en combate. Su acción, otro capricho de genio, se ahorró un más que seguro Consejo de Guerra tras intercesiones varias, final bien diferente al del protagonista de su segunda novela publicada en 1923.
Tras estos primeros párrafos el lector habrá entendido sin mucha dificultad que los dos personajes clave de Thomas el impostor se basan tanto en Misia Sert, doble casi perfecto de la princesa Clémence des Bormes, como en el propio Jean Cocteau, doppelgänger a medias de Thomas Fontenoy, quien también debe rasgos a un tal Raoul que se hacía pasar por el sobrino del general de Castelnau y con su procedencia lograba salvoconductos para las ambulancias de la Cruz Roja.
Fabrice Rouleau en un fotógrama de la película "Thomas l'imposteur" (G. Franju, 1965)
Fabrice Rouleau en un fotógrama de la película “Thomas l’imposteur” (G. Franju, 1965)
Lo mismo, abrir una puerta tras otra, consigue Guillaume Thomas de Fontenoy, un jovencito de dieciséis años que aún no sabe muy bien lo que es la realidad. La toma como un juego, y aprovecha el nombre de la localidad donde nació para confundirse con un sobrino del general Fontenoy. La ficción bebe de episodios reales que se adornan con los lógicos matices de toda novela. En este caso Cocteau crea un personaje que vive en una truculenta fantasía, la guerra, y disfruta con ella a la búsqueda de estímulos que alargan el patio de recreo. Entre ellos están las chicas, encabezadas por la princesa de Bormes, que al igual que el adolescente estafador también prefierejouer. Para espectadores de la opereta ya tenemos a su hija Henriette y a la enfermera Madame Valichel, que aceptan su papel sin rechistar porque no necesitan escapar del suelo que pisan, asumen el malestar de la situación e intentan exprimir su jugo positivo, una con la pasión por su oficio, la otra con la ilusión de un amor al que Guillaume ni puede ni quiere responder con la prestancia que se requiere.
Guillaume Thomas es el escapismo. Su tía ignora el motivo de sus largas ausencias y los demás no saben de su engaño, salvo Pesquel-Duport, director de un periódico que usará la información a cuentagotas en su lucha por alcanzar el amor de la princesa. El caos loco de los viajes por el frente va apagándose, el heroísmo cede a la normalidad de París y el único que aspira a prolongar el delirio del íncubo es Thomas, decidido, pura marioneta de Cocteau, a prolongar su pasatiempo de fábula en el norte, donde es muy bien recibido por los fusileros marinos, chicos abrumados por el prestigio de su supuesto apellido y encantados de sus anécdotas y jovialidad. El destino dará una brusca pirueta a tanta algarabía, pero antes brindará una nueva fusión de las damas y el timador, encuentro propiciado por el afamado aspirante al corazón de la otra iluminada de la trama, la princesa ansiosa por sortear la crudeza del presente y enfocarlo como una ruleta donde muchas de las combinaciones son victoriosas.
La muerte de Thomas, no me vengan ahora con spoilers cuando se trata de buena literatura, hermana por única vez en su existencia realidad y ficción porque la primera cancela la segunda con juguetes nada divertidos. Los apodos de los muchachos de la compañía de fusileros, de Fantomas a muerte súbita, mezclan presagios con la cantinela del fracaso de la aventura y el sadismo de toda conflagración humana.
Thomas el impostor puede leerse como el capricho de Cocteau con el famoso que hubiera pasado si, entrelazando así, desde la privacidad pública de quien escribe, otra vez realidad y ficción, pero también puede interpretarse como la otra cara de la moneda de El diablo en el cuerpo, donde el narrador, otro adolescente alienado con el contexto histórico, se atreve a mantener una relación con una esposa que viola las normas del matrimonio y es infiel a su marido, un soldado ajeno al mal que se cierne lejos de bombas y bayonetas.

viernes, 26 de julio de 2013

El cementerio del Teatre Grec en Bcn Mes



El cementerio del Teatre Grec, by Jordi Corominas i Julián
¡Pobre Montjuic! Durante años fue víctima de un olvido injusto que relegaba su belleza a la condición de basurero de Barcelona. La montaña mágica ha sido durante décadas un muerto ilustre que sólo ha gozado de gloria efímera mediante grandes acontecimientos como la Exposición Internacional de 1929 o Los Juegos Olímpicos de 1992.

En la primera se inauguró, entre muchas otras cosas de carácter españolista y perspectivas fascistas como la propiciada por las dos torres venecianas y el Palau Nacional, el Teatre Grec, complemento perfecto a una red de jardines que a principios de los años veinte dieron otro tono a un paisaje que necesitaba orden para dar a la zona algo más que, el clasismo siempre ha existido, meros merenderos populares y la cantinela de la noia i el soldat. Esta cancioncita muestra la cara alegre del monte, donde las parejas tonteaban los domingos y la esperanza se expresaba en un jolgorio colectivo, algo que intenta conseguir, la organización del Festival Grec, que ha decidido, según la Wikipedia porque no tiene sentido organizar actividades al aire libre fuera de la estación veraniega, usar el flamante teatro sólo durante el mes que dura su magno evento.

Este hecho, y sé que aquí muchos discreparán, demuestra lo ridículo de determinados parámetros culturales barceloneses. Me gustaría saber qué ocurriría si me da por coger mis bártulos un día cualquiera, plantarme en la construcción ideada por Ramón Reventós y Nicolau Maria Rubió i Tudurí para montar una performance. ¿Me detendrían por realizar un acto ilegal? ¿Saldría en TV3 pese a proponer actividades en castellano?

Hace poco he encontrado por la ciudad carteles que sugieren proponer actividades en solares vacíos. El Teatre Grec lo es durante once meses donde se pudre en silencio y su magnífica acústica llora por la imposibilidad del ruido, aniquilado porque el interés económico prima ante lo creativo desde una perspectiva muy poco democrática, exclusiva y elitista.


En otro artículo, ahora sólo puedo desearos felices vacaciones, ahondaremos en la cuestión del embrutecimiento y banalización de la cultura. Bibiana Ballbé en el Santa Mónica y una revista empecinada, a partir de su figura, en proponer un debate que supuestamente habla de la vitalidad artística catalana. Se equivocan: hablar de asuntos tan mediocres sólo demuestra que la provincia ya está instalada en su cerebro. Una lástima.

martes, 23 de julio de 2013

La ruleta catalana de Artur Mas en Bcn Mes



La ruleta catalana de Artur Mas, by Jordi Corominas i Julián
En 2008 tuve una revelación en la peluquería, donde entendí que muchos catalanes son como una serie de tv3, la televisión pública que en estos tiempos de anulación de la Democracia no necesita telebasura porque tiene nacionalismo a todas horas, el menú perfecto para convencer a muchos habitantes de las santas razones de sus gobernantes. Escribí la reflexión en forma de poema y dejé que avanzara la crisis hasta que el once de septiembre de 2012, un martes más de manifestaciones, descubrí que Barcelona sufría una histórica invasión de banderas que provocaron un súbito enriquecimiento de los chinos, esos señores tan amables. Los previsores compraron esteladas, trapito que recuerda el estandarte cubano tras 1898. Los que se arruinaron a medias apostaron por senyeres, que de nada sirvieron, porque el lema ya no era Llibertat, Amnistía y Estatut d’Autonomia: ahora, treinta y cinco años después, el grito por la independencia era un clamor que seguramente congregó a seiscientos mil catalanes, una cifra respetable que ni por asomos se aproximaba al millón y medio que vendieron los organizadores.

Llevábamos casi dos años de la legislatura donde el gobierno monocolor de Convergència i Unió presidido por Artur Mas se gustaba como cobaya del futuro, con esos indecentes, por no usar un adjetivo más grueso, recortes en sanidad y educación, salvajes cargas policiales y un sinfín de atentados contra los derechos por los que nuestros antepasados lucharon y perdieron la vida, pues Barcelona, algo que no interesa mucho que se recuerde, fue la rosa de foc, la ciudad de la lucha, cargada de voluntad por enfrentarse a una serie de prohombres que querían patrimonializar Catalunya en pos de los intereses económicos de unos pocos.

El doce de septiembre Artur Mas quiso reencarnarse en Francesc Macià, Lluís Companys y Enric Prat de la Riba sin llegarles a la suela de los zapatos. Los dos primeros rompieron la hegemonía de la Lliga regionalista y apostaron por un republicanismo que en ocasiones perdió la cabeza, pero que también tuvo muchos aciertos en un período histórico más que complicado. El tercero en discordia fue un hombre que siguió la senda de fortalecer Catalunya sin perjudicar a España, creyendo en un destino común de mejora cuando la tierra que piso era el motor económico del Estado.

Mas malinterpretó la Historia. En un momento de recesión comparable a la de 1929 decidió usar la demagogia para salvar el pellejo y huir hacia delante. Convocó elecciones plebiscitarias y sus asesores le diseñaron un cartel donde era un mesías que dirigía la voluntad del pueblo, eslogan que recordaba sospechosamente al título de una película de Leni Riefenstahl.   
         
El cartel circuló por toda Catalunya y se organizó una campaña demencial que llegó al paroxismo con la retransmisión en directo de la llegada del President, como le llama ajustándose a la verdad desde el exceso la televisión pública, a la Plaça de Sant Jaume tras recibir negativas de Mariano Rajoy en Madrid. El acto supuestamente espontáneo era parangonable a la acción policial de los secretas del 25S en Madrid por los mástiles. Tan del alma salió la bienvenida al héroe que esas astas medían igual. ¡Qué perfecta organización! ¡Qué maravilla de entendimiento entre desconocidos!

La gente no hablaba de otra cosa y al poner toda la carne en el asador dio la sensación que nos habíamos vuelto locos. Acudimos a las urnas el domingo 25 de noviembre con el mal augurio de una abrumadora mayoría absoluta que desestabilizaría todavía más la atmósfera y propulsaría el adiós a las medidas verdaderamente necesarias para proseguir la farsa, legitimada por los votos. También el Partido Popular sacó mayoría en 2011 y ya ven el amor que despierta entre la ciudadanía.

La sorpresa fue el fracaso. Subió ERC, el laxante para que muchos optaran por creer más la cantinela porque Oriol Junqueras es historiador, como Toni Soler. Vivimos en un país donde un humorista puede soltar barbaridades y recibir aplausos porque dirigió un programa de la caja tonta que fue muy gracioso. Pero el futuro no son risas enlatadas.

Me quedaré corto, de poco servirán mil palabras. Ha pasado más de medio año desde la cita electoral. Las encuestas hablan de sorpasso, los casos de corrupción salpican a CiU. Bárcenas está en la cárcel y Millet en la calle. El Palau de la música es un templo burgués que simboliza todo lo que ha pasado en este pequeño país, que diría Pep Guardiola, desde hace decenios. Los de siempre toman el pelo y parte de los que no llegan a fin de mes festejan sus proclamas bombardeadas por tierra, mar y aire, hasta con conciertos por una libertad que no hemos perdido pese a los mercados y la desfachatez de los que nos mandan.

He visto varias veces en mi vida a Artur Mas, la primera cuando cumplí veinticinco años, la última en la radio. Es político, quiere serlo y se le nota, pero también es un supremo estafador que no menciona casi nunca la paralización de los presupuestos de 2013, los que perpetuán las tijeras mientras se desvía la atención hacia las banderas en una época donde cede el Estado Nación y las fronteras desaparecen porque el mundo ha virado sentido y la solidaridad va camino de imponerse entre los que no ostentan corbata ni imputaciones.

Lo más triste es que hemos llegado a un punto donde alguien podrá calificar este artículo de antipatriota o fascista, cuando sólo quiere expresar un descontento y la obligación de una transparencia, de un realismo para con el presente. Me defino catalán, español, europeo y ciudadano del mundo, una persona que detesta el vocablo tolerancia porque de por sí ya implica una hipocresía mezquina, pues tolerar significa consentir sin aprobar expresamente. Navegar hacia una misma dirección y salir de la crisis es vital. Montar aquelarres de feria para escurrir el gran bulto es desvergüenza y oprobio.

En 2014 la cuerda se tensará. Cada vez piso menos Barcelona porque así lo requieren mis obligaciones profesionales, pero al mismo tiempo siempre la quiero más desde el lamento. Llegará el tricentenario y los flamantes próceres culturales que nos asemejan siempre más a una provincia con parque temático incorporado seguirán lanzando proclamas incendiarias que nos alejarán de Europa. El cosmopolitismo será una camiseta. La última vuelta de tuerca la han dado desde el otrora partido interclasista, esa ERC que compara lo que vendrá con las rutas que tomaron en 1809 Bolívar y no hace tanto Kosovo, dos paseos repletos de sangre que ellos enarbolan con entusiasmo, vendiéndolos blancos e impolutos.


Aún así el gran irresponsable es Artur Mas. No puedo discutir el dret a decidir porque es lógico que cualquier pueblo merece expresar lo que quiere a través de la justicia democrática, pero usted no está vendiendo eso, lo que usted vende es humo para eclipsar las manchas que embrutecen su casita con un huerto del que sólo crecen hierbajos. Es época de cambio, nadie lo duda, pero asimismo es una era de prioridades que faciliten el bienestar de la población que gobierna. Es posible que un día despierte y se encuentre fuera de su butaca y el sistema de partidos haya destrozado lo vigente para enhebrar un orden nuevo que espero, desde mi ingenuidad, sea más justo desde una perspectiva social. Mientras usted se siente en su trona de niño pequeño que se burla de los demás sólo consigue división y crispar, empobreciendo el panorama en cualquier ámbito, homologando que es gerundio desde el cinismo más absoluto, el de aquellos que anteponen su voluntad y la de los suyos a la del pueblo por muchas consignas que vomite en papel mojado. La Historia es un tribunal sin reloj.       

Ilustración de Nil Bartolozzi