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jueves, 14 de mayo de 2020

Anna de Noailles en Todos somos sospechosos



Esta semana dediqué las bios lucanorianas de Todos somos sospechosos a la poeta Anna de Noailles, ejemplo de éxito fulgurante antes de la Primera Guerra Mundial y olvido absoluto después de la misma, como si la contienda hubiera subvertido todos los valores existentes. Puedes escucharla en la segunda parte del programa clickando aquí

viernes, 21 de junio de 2019

Picasso fotógrafo en 24 horas de RNE


Esta noche Antonio Delgado y servidor hemos dedicado la sección de cultura del 24 horas a Picasso fotógrafo, con motivo de la exposición sobre el tema en su museo barcelonés. Puedes escucharlo a partir de 1:08:40 clickando aquí

viernes, 5 de octubre de 2018

Roland Garros en Todos somos sospechosos




La pasada madrugada se cumplieron cien años de la muerte de Roland Garros, el aviador, no el torneo, y Laura González et moi decidimos hablar de él en Todos somos sospechosos. Puedes escucharlo aquí

miércoles, 14 de junio de 2017

Centenario del ballet Parade en El Confidencial



Este pasado fin de semana escribí en El Confidencial sobre el centenario del ballet Parade, esa encrucijada de la contemporaneidad ideada, entre otros, por Jean Cocteau, Pablo Picasso y Erik Satie. Si quieres puedes leer el artículo aquí

jueves, 13 de abril de 2017

La mentira que siempre dice la verdad en El Mundo



Ayer, buscando una info para un nuevo proyecto, di con este hermoso artículo sobre La mentira que siempre dice la verdad, mi traducción de las poesías de Jean Cocteau. Puedes leerlo aquí

jueves, 22 de diciembre de 2016

Cuestionario Proust poético en La Galla Ciencia



Los chicos de la revista la Galla Ciencia me entrevistaron en una de sus últimas entregas con un cuestionario Proust poético que, si quieres, puedes leer aquí

lunes, 10 de octubre de 2016

Poemas de La mentira que siempre dice la verdad en Ginebra magnolia



El blog Ginebra Magnolia me pidió permiso para publicar en su bitácora tres poemas de la antología La mentira que siempre dice la verdad, de Jean Cocteau, y se lo concedí con gratitud. Si quieres puedes leerlos aquí

martes, 17 de noviembre de 2015

Erik Satie en Todos somos sospechosos


Esta madrugada en nuestras noche en la tierra de Todos somos sospechosos, Laura González y servidor hemos dedicado la sección a Erik Satie. Si quieres, puedes escuchar la charla en el enlace 

jueves, 29 de octubre de 2015

Viernes 30, Coloquio sobre la Mentira que siempre dice la verdad, de Jean Cocteau, en el Espacio LEER



Este viernes en el espacio LEER de la calle Argumosa 37 de Madrid participaré junto a Maica Rivera y Pablo Mazo en un coloquio sobre la poesía de Jean Cocteau con motivo de la publicación de La Mentira que siempre dice la verdad, la antología con los versos del francés que preparé para la editorial Salto de Página. La cita será a las siete de la tarde.

martes, 27 de octubre de 2015

La mentira que siempre dice la verdad de Jean Cocteau, en Todos somos sospechosos




Esta madrugada nuestras Noches en la tierra de Todos somos sospechosos han continuado su periplo francés pasando de Picasso a Jean Cocteau. Hemos repasado su trayectoria mientras recitábamos mi traducción de sus poemas, publicados por Salto de Página en la antología La mentira que siempre dice la verdad. Puedes escuchar el programa aquí

martes, 20 de octubre de 2015

Picasso de Montmartre a la riqueza en Todos somos sospechosos




Esta madrugada en Todos somos sospechosos Laura González y servidor hemos dedicado nuestras noches en la tierra a una segunda parte sobre Pablo Picasso. Hemos hablado del período que va de su regreso definitivo a París en 1904 hasta la muerte de Guillaume Apollinaire el 9 de noviembre de 1918, si quieres puedes escuchar la charla aquí

domingo, 18 de octubre de 2015

Podcast de La mentira que siempre dice la verdad de Jean Cocteau en el Laberint de Wonderland



Este domingo en el Laberint de Wonderland hemos hablado de la Mentira que siempre dice la verdad de Jean Cocteau en una mezcla entre recitar fragmentos de sus poemas y hablar de la vida del francés. Si quieres puedes escuchar la sección a partir del minuto 30 del enlace clickando aquí

miércoles, 7 de octubre de 2015

La mentira que siempre dice la verdad de Jean Cocteau en Detour



Empiezan a salir reflexiones, reseñas, críticas, diga el siguiente palabro que se le ocurra, sobre La mentira que siempre dice la verdad, mi antología poética de Jean Cocteau. Inaugura el casillero la revista Detour y si quieres puedes leer la reseña aquí

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Sábado 3, 21 horas, La mentira que siempre dice la verdad de Jean Cocteau en Vergüenza Ajena



Tras la presentación barcelonesa del dos de octubre me traslado el día siguiente a Madrid para recitar La mentira que siempre dice la verdad, mis traducciones de la poesía de Jean Cocteau. Os espero en Vergüenza Ajena a partir de las 21 horas del sábado tres.

martes, 29 de septiembre de 2015

Viernes dos de octubre, 19:30: Presentación de la mentira que siempre dice la verdad, de Jean Cocteau



Ya queda bien poco para la presentación de La mentira que siempre dice la verdad, de Jean Cocteau. Este viernes dos de octubre a las 19:30 presentaré mi traducción de las poesías del francés en Nollegiu. Al día siguiente la cita será en Madrid, en el bar Vergüenza ajena.

lunes, 21 de septiembre de 2015

La mentira que siempre dice la verdad, antología poética de Jean Cocteau



Llevo muchos años apasionado con la figura de Jean Cocteau. Mi sorpresa fue enorme cuando descubrí que aun no se habían traducido sus poesías al castellano por lo que decidí proponer la aventura a Pablo Mazo, editor de Salto de Página y el resultado es La mentira que siempre dice la verdad, una antología poética de la que me he encargado dando lo mejor de mi mismo. Uno cuando termina una labor así siempre piensa que puede mejorarla, traduciría toda mi vida hasta dar con la perfección, pero esta es imposible y por ahora me conformo con haber paliado un hueco y haber aprendido mucho mientras daba vida a los versos del francés en mi lengua. Espero que los disfrutéis tanto como yo los he padecido desde un enorme placer. Puedes adquirirlo aquí

lunes, 1 de junio de 2015

domingo, 5 de abril de 2015

Podcast de madres de escritores (I) en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint hemos hablado de madres de escritores. Empezamos por la tormentosa relación de Balzac con la suya, seguimos con Felicidad Blanc, continuamos con la madre de Pasolini y terminamos con la de Cocteau. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 36 del enlace clickando aquí

sábado, 12 de julio de 2014

La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (y II)



Claude Arnaud traza en Proust contre Cocteau, inédito en España, las claves que permiten entender con simple maestría los principales trazos de la personalidad del autor de La Recherche. La contraposición con el joven príncipe frívolo que fue Cocteau, ninguneado por estar en todas partes y adaptarse a ellas como si nada, ratifica la idea de un hombre que a partir de una soledad enfermiza desarrolló un talante de permisividad autista, donde el mundo era uno pero la única individualidad era su persona.

En un momento del libro que hemos mencionado al principio de este texto se menciona como Cocteau se enfadó con su amigo por llegar tardísimo a un recital privado. Las anécdotas de este tipo son infinitas y, aunque parezca increíble, pueden explicar los motivos de una obra tan extensa como detallista, último monumento del siglo XIX, agotándolo,  y primera piedra miliar de la novelística del Novecientos.

Proust fue un chico condenado por voluntad propia a un exilio dorado. Con nueve años empezó a sufrir serios problemas de salud que él se preocupó por acrecentar, pues a lo largo de su existencia tampoco hizo mucho caso a los médicos. De hecho, huelga decirlo, pasó más que olímpicamente de la mayoría de sus consejeros. El momento paradigmático que lo resume, una relación maravillosa, es el intercambio epistolar con su corredor bursátil, Lionel Hauser, con más paciencia que un santo, fiel advertidor del desastre de un dinero mal invertido que casi servía para que su cliente se regodeara de una teórica, inminente e imposible ruina.

La obcecación explicaría, y así de lo demuestra Ghislain de Diesbach en su monumental biografía, su lucha para superar el complejo de inferioridad del nuevo rico. El padre de Proust fue un brillante doctor que ejemplificaba un tipo de burgués muy del gusto de la naciente y exultante Tercera República. La familia creció y pudo codearse, entre premios y loanzas, con lo más granado de la aristocracia parisina, que acogió a los hijos del galeno con la naturalidad de aquellas infancias consentidas y custodiadas de finales del siglo XIX. Los encuentros por los Campos Elíseos, el juego léxico propio de una clase privilegiada y  unas coordenadas de orden privado inaccesibles al resto del tejido social de la época.

Estos factores se trasladaron con la edad adulta a los salones, donde el joven Marcel sacó a relucir sus encantos en el diálogo, su atención excesiva con los otros participantes y la manía de querer brillar sin ser considerado por falta de méritos. Poco o nada importaba que en 1896 hubiera publicado Les plaisirs et les jours, libro caro e ignorado. Los años pasaban factura en un medio competitivo donde estaba muy bien que te invitaran, sí, pero contaba y mucho el caché del anfitrión, y claro, no era lo mismo que te invitara Anna de Noailles o Montesquiou, de los que ya volveremos a hablar cuando corresponda, que un don nadie con muchas ínfulas y unos pocos artículos en periódicos de postín, favores de directores abrumados por la pesadez del elegante chupatintas.



El mundo adorado de Proust era una opereta de vanidad que le iba como anillo al dedo para plasmar un todo que sólo adquiriría significado cuando cayó el telón de la Primera Guerra Mundial y muchos descubrieron que los valores de 1914 eran una reliquia en 1918, algo absolutamente pasado de moda. Seguramente el gran valor de La Recherche sea anclar este universo a la eternidad mediante la literatura, y el único modo de hacerlo era a través de una inmensa labor documental que nos llevaría a las anécdotas que Céleste Albaret cuenta en su célebre Monsieur Proust, libro tan hagiográfico que conviene abordar con cautela, si bien contiene algo básico como es la mirada desde el interior del domicilio del autor, con esa habitación de locos entre humos, cervezas del Ritz, manuscritos que se alargaban con notas suplementarias y visitas intempestivas deseadas por nuestro protagonista, derrotado en esa parcela que tanto deseaba dominar, tanto que al final lo hizo con las palabras y unos recuerdos filtrados por otras memorias y muchas, quizá demasiadas preguntas.



Escribo con un orden desordenado. El final de esa aristocracia banal y gloriosa llegó antes para Proust que para los demás. La muerte, casi simultánea, de sus padres inició su alejamiento del mundanal ruido, aunque no hasta los extremos que la leyenda ha querido vender. Su exilio interior fue progresivo y si se leen con atención las semblanzas dedicadas a su persona veremos cómo seguía a rajatabla una rutina muy concreta, viaje entre París y una ciudad de vacaciones donde era capaz de alquilar casi un hotel entero para sentirse bien desde sus manías patológicas. En 1920 Picasso coincidió con él y Joyce en una cena. Dijo que le recordaba a un maniquí de otro tiempo por su atuendo y posado. La definición del genio malagueño suena idónea. Mientras Proust pudo fue alguien que estuvo a la última y se sintió fuerte para exhibirse, único método para ser en un ese microcosmos donde lo presencial era el pasaporte. Cuando su clan desapareció optó por encerrarse en sus filias y fobias, convirtiéndose en su propio yo más auténtico y, por lo tanto, aun más caricaturizado.




Desde 1908 intuyó la llamada de lo que siempre será su legado póstumo, entramado de tantas facetas que sería ridículo resumirlo desde la estética y la psicología. La primera, barco desde donde todo zarpó, se movió en su mente desde el minuto cero de su existencia, catapultándose hasta un punto interesante con la traducción que hizo de Ruskin, donde probablemente aprendió la trascendencia de la minucia significante y de tratar una parte como un conjunto donde piezas minúsculas conforman una especie de colmena, más evidente en lo humano que en las obras de arte. Lo psicológico reluce en todo el manuscrito que aquí hemos denominado La Recherche, mapa mental que asusta porque en su magma recoge un inmenso cuerpo de personajes que bien podrían ser el mismo Proust en ese estancia donde escribía compulsivamente mientras buscaba la perfección y ajustaba cuentas, que de eso también se trataba, con unos y otros. Esta vertiente psicológica también puede estudiarse desde el sueño, y aquí hermanamos, como hace Jean-Yves Tadié, a Freud y Proust en la senda que el primer Novecientos abrió para toda la Humanidad. Ambos, a su manera, hurgaron en una herida que deseaba ser abierta, la de penetrar en el interior para disipar unos fantasmas que llevaban demasiado sujetos a unas prerrogativas medievales. El vienés y el parisino no se conocieron y tampoco consta que tuvieran noticia uno del otro, ni siquiera en lo profesional. No debe extrañarnos que coincidieran en intereses desde enfoques bastante opuestos. Un episodio real encandiló a Proust. Un hombre, al que conocía relativamente, supo de la pérdida de su padre y, así por las buenas, mató a su madre para después suicidarse. El resultado de tan luctuoso hecho fue un señor artículo del francés. Freud, desde su estudio, seguro que hubiera sacado petróleo del suceso.



La Recherche no tuvo un periplo sencillo. Su primer volumen corrió a costa del autor y la efeméride nos permite introducir en este esbozo al admirado André Gide, arrepentido por haber quitado a la NRF la exclusiva inicial, que ganó Grasset, a quien Proust fue fiel hasta que las circunstancias propiciaron una traición muy previsible si se considera su codicia y capricho. Imaginar a Gide sentado en una silla al lado de esa cama proverbial es pura maravilla, sobre todo porque la imagen expresa el choque de dos modos de concebir la literatura y la tensión de una homosexualidad expresada desde perspectivas muy alejadas, hasta el punto que el autor de Los sótanos del Vaticano, famoso por el impacto de su Coridón, se escandalizó con A la sombra de las muchachas en flor.

Las querencias sexuales de Proust son otro de los morbos que despierta. Diesbach menciona burdeles de rompe y rasga del París de la Gran Guerra donde el escritor se divertía con fetichismos que incluían ratas y, especialmente, mucho voyeurismo. Debo confesar que el tema, salvo por el ambiente novelesco que tiene y contiene, me interesa más bien poco, entre otras cosas porque en un ególatra para adentro el verdadero erotismo se centró en su enfermedad, donde las atenciones y los cuidados eran su gran orgasmo. Una vez el éxito le sonrió, consolidándose en la posguerra, otra forma de coito fue su desfile, más intenso por breve, del desquite, como si con la publicación de su sueño imperfecto, así lo prueba el tormento de correcciones y otros menesteres del proceso de edición, hubiera perpetrado el crimen perfecto de sentir el poder del que se le había privado entre fiesta y fiesta.

Decíamos en algún instante de este texto que Proust supo leer que una de las claves que aseguraría el éxito de su Recherche sería adaptarla al mundo que nació después de la Primera Guerra Mundial. Los nombres que inspiraron su magna obra se convirtieron, casi como en el convite de los nobles de La Dolce Vita de Fellini, en zombies ninguneados, graciosas bestias de escaparate. Cocteau, avispado, cambió a Anna de Noailles por Picasso y Satie, Montesquiou comprobó cómo era la inspiración de Charlus y se hundió.

Cuando Proust murió, inmortalizado por Man Ray como si de un dios asirio se tratara, es probable que una parte de su ser deseara el óbito, no tanto para dejar de sufrir como para que su cosecha fuera extendiéndose desde una óptica que acelerara el rendimiento. Una centuria después, pese a que no debe ser muy leído, su triunfo es una evidencia que deslumbra y advierte desde lo meticuloso que siempre cae más en desuso, como si hasta la celebración de su cima fuera otra triste cuestión de fachada.





Céleste Albaret, Monsieur Proust, Madrid, Capitán Swing, 2013
Claude Arnaud, Proust contre Cocteau, París, Grasset, 2013
Ghislain de Diesbach, Marcel Proust, Barcelona, Anagrama, 2013 (reedición)
Jean-Yves Tadié, El lago desconocido entre Proust y Freud, Barcelona, Ediciones del Subsuelo, 2013