Mostrando entradas con la etiqueta George Martin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta George Martin. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de octubre de 2011

La morsa y John: I Am the Walrus o la cumbre lírica de un genio en Panfleto Calidoscopio





La morsa y John: I Am the Walrus o la cumbre lírica de un genio,por Jordi Corominas i Julián






Cuando uno es pequeño se deja influenciar muy rápido por lo que ve a su alrededor. No recuerdo ni el día y menos aún el momento. Supongo que tenía ocho o nueve años, porque antes no teníamos vídeo en casa. Mi madre puso una cinta para que me distrajera un poco. Era Magical Mistery Tour. Muchas de sus escenas, sobre todo las musicales, me impactaron, destacando en especial la parte de I Am the Walrus. Aquello no era normal, era mejor que los dibujos animados y me pareció una especie de gran lienzo fílmico con el que fantasear toda mi vida. Rebobinar y avanzar, rebobinar y avanzar hasta gastar la cinta. ¿Quiénes eran esos tíos capitaneados por el loco del piano? Un niño no conoce la psicodelia ni el surrealismo, los lleva dentro hasta que la educación se los roba. Quizá por eso quedé prendado por esas imágenes de cuatro individuos vestidos con ropas chillonas que tocaban instrumentos mientras una voz rasgada y contundente soltaba vocablos incomprensibles para mí, que no tenía ni puñetera idea de inglés. Escribir esta frase ha activado otro mecanismo de memoria. Visionaba la película para aprender ese idioma. ¡Menuda valentía la de mi madre! Le estaré siempre agradecido por muchas cosas. En este punto concreto dejó que mi mente fluyera muy libre, sin importarle en exceso si estaba preparado o no para tanta descarga sensorial. Los músicos se transformaban en animales, los policías se daban la mano en un muro, los negros reían poseídos por las burlonas carcajadas enlatadas y un grupo vestido de blanco, uno de ellos con un bigote a lo Hitler, seguía al autocar del viaje, con The Beatles capitaneando la marcha de todo el delirante rebaño que orquestaron en lo que sin lugar a dudas es una obra de arte con mayúsculas, tanto por la canción como por el videoclip rodado en, quien lo iba a decir ante semejante lirismo de denuncia, en el campo de aviación de West Mailling, ubicado en el Condado de Kent.



Los dementes del siglo XIX llevaban un sombrero napoleónico. John Lennon endosa una especie de gorro típico de los manicomios del setecientos. Sabía perfectamente que la sociedad que catapultó a su grupo a la fama no estaba plenamente preparada para entender el paso de la plena aceptación a la irreverencia, y ese símbolo de sanatorio mental es una perfecta metáfora de cómo se sentía en el momento de escribir su poema por excelencia, aunque es posible datar ese estado desde su adolescencia. En este sentido Strawberry Fields Forever y la soledad en lo alto del árbol indican ese temor a la incomprensión, miedo a soltarse que desaparece con la morsa, cuando rompe las cadenas y se viste de gran chamán para apuntar con el dedo todo lo que aborrecía de esa Inglaterra que en 1967 aún usaba muchas censuras que la generación de los sesenta no podía ni debía tolerar.

Para entender la génesis de un monumento hay que situar muy bien su contexto. Ese verano del amor significó la conclusión de muchas cosas en medio del éxtasis lisérgico de paz y amor. Los de Liverpool habían apuntado la ruta con dos discos que muchos juzgaron extraños, una alteración del camino sin muchos baches. Rubber Soul y Revolver fueron la antesala perfecta, un coctel explosivo que mantenía la frescura del pasado con toques que apuntalaban el futuro mediante un mayor trabajo en el estudio, composiciones mucho más logradas y una fuga del romanticismo, válido para las fans, no así para los creadores, a quienes el frenético ritmo de la industria musical les obligó a madurar más deprisa de lo normal tanto en lo personal como en lo artístico. Surgieron joyas como Norwegian Wood, Eleanor Rigby, The Word, For No One o Tomorrow Never Knows que perfilaban un horizonte poliédrico que se consolidaría definitivamente con el abandono de los conciertos en directo y el maná de poder transcurrir todo el tiempo del mundo en Abbey Road, templo de grabación que durante casi medio año albergó en secreto el torbellino que significó para toda una generación el Sargent Pepper's Lonely Hearts Club Band. Su salida marcó un antes y un después que asentó a Paul, George, John y Ringo en una dimensión inalcanzable. Ya no se hablaba de pop, sino de fenómeno cultural, piedra miliar que hizo de la música popular algo más que una amable colección de temas para distraer las expectativas consumistas de los jóvenes.




Pero, como por otra parte es comprensible, la revolución no llega sola, y no podríamos entender una obra del calibre del Pepper sin alguna de las causas de la liberalización de costumbres de los Baby boomers nacidos durante la Segunda Guerra Mundial. El uso de estupefacientes amplió la potencialidad y el lirismo de las canciones. Las drogas entraron en escena y las autoridades gubernamentales no transigieron con el vendaval. The Beatles se salvaron de la quema por ser Baronets del Imperio Británico desde 1965. Otros no tenían esa bula y pagaron su osadía. Entre ellos cabe destacar a varios de los componentes de The Rolling Stones. Brian Jones, Keith Richards y Mick Jagger fueron arrestados. La situación era claramente contradictoria. Paul McCartney se permitía financiar anuncios para la legalización de la marihuana y declarar que había probado la panacea del ácido lisérgico sin sufrir ningún tipo de condena penal. Los demás, peleles que animaban el cotarro, estaban en la lista negra, que ya no sólo se centraba en lo que aquellos melenudos se metieran en el cuerpo. La revista International Times fue clausurada en marzo de 1967 por su material subversivo y las estaciones radiofónicas piratas fueron terminantemente prohibidas por las autoridades. La atmósfera iba haciéndose irrespirable. Lennon lo notaba y una gota colmó su vaso.






En agosto de 1967 The Beatles vivían en la gloria de saberse inmortales desde lo hippie. Se movían a toda velocidad embargados por una dicha indescriptible. Barajaron comprar una isla en Grecia donde montar su propio estudio y vivir aislados, con la tranquilidad de no ser molestados y poder ser amos de su destino. Asimismo, impulsados por el liderazgo espiritual de George Harrison, buscaban confines interiores que les dieran un hálito que prescindiera de vanidades y adentrara sus egos en una espiral benéfica. La solución, una astracanada como la copa de un pino, pareció llegar con un santón hindú. El Maharishi Mahesh Yogui llevaba promocionando su meditación trascendental desde finales de los cincuenta. Muchos habían caído en sus redes. Con los de Liverpool, cazados tras una lectura en el Hilton de Londres, se cobró su gran pieza. El encuentro fue de impacto y convenció a los Fab Four de proseguir con la experiencia en un seminario que se celebraría los días siguientes en la localidad galesa de Bangor. Su marcha fue precipitada y la filmación de su partida muestra a una desolada Cinthya Lennon perder el tren por milímetros en una de sus infinitas derrotas en la lucha por salvar su matrimonio, roto desde sus comienzos por una más que manifiesta incompatibilidad de caracteres entre el divo y la chica que aún creía estar en la época donde todo era un sueño que se antojaba quimérico.




Uno de los grandes ausentes de ese receso fue Brian Epstein. El manager de la formación se había comprometido a asistir. Lo impidieron un fin de semana muy alocado con altas pretensiones erótico-festivas y su irremediable depresión que acabó con sus huesos en la tumba. En esos días finales de agosto el hombre que levantó un imperio se hallaba en una fase terminal de su cuesta abajo. Desde la conclusión de las giras su función en el seno del cuarteto se había vuelto casi irrelevante. Arruinó la opción de dar al mundo un Pepper aún más genial por sus presiones en pos de sacar un single arrollador que, efectivamente, fue el mejor de la Historia. Penny Lane / Strawberry Fields Forever no llegó al número uno. Las dos perlas no se incluyeron en el álbum, quebrando así la idea conceptual de elaborar un Lp conceptual de temática exclusivamente norteña. Además de este pecado Epstein perpetraba otros a nivel financiero que sorprenderían a sus protegidos, absolutamente ignorantes de cuestiones económicas que el antiguo aspirante a la farándula dominaba con descarada maestría. Sin embargo, porque aún no había llegado el lamento del engaño, para John Lennon la condición de Epstein era primordial para su estabilidad. Había sido el padre que nunca tuvo, un hombre en quien confiar desde la diferencia de clase y estilo. Habían veraneado juntos en España y ambos se sentían vinculados por lazos que iban desde su desafío familiar hasta la conciencia de saberse únicos en su género. Por eso el autor de Good Morning Good Morning fue el que más sintió el suicidio accidental del gestor por sobredosis de barbitúricos el 27 de agosto de 1967.

¿Qué harían sin él? ¿Había futuro sin su control extramusical?

El primero de septiembre The Beatles se reunieron en casa de Paul McCartney. Era un cónclave en la cumbre para dilucidar soluciones a corto plazo que capearan el temporal de lo imprevisto. Paul, que desde esa jornada tomó el mando del conjunto de manera absoluta, propuso retomar su idea del Magical Mistery Tour. Alquilarían un autocar y la magia haría el resto entre ocurrencias y nuevo disco que contentara a sus fans. A finales de abril habían casi finiquitado el tema homónimo. El siguiente sería I Am the Walrus. Algunos historiadores opinan que el bajista dejó que Lennon impusiera su voluntad en ese sentido para fortalecer la democracia interna del conjunto. Puede ser. Lo importante es comprobar que cuatro días después de la muerte de Epstein, como si la desgracia hubiese impulsado una catarsis creativa, John ya tenía el germen de nuestro objeto de estudio. ¿Debemos creer esa teoría a pies juntillas? Sí, sin lugar a dudas, pero con matices. Dice la leyenda que una tarde cualquiera el guitarrista rítmico estaba en su casa de Kenwood colocado de LSD y escuchó el sonido de una sirena de policía. Los altibajos de la misma le evocaron los malos ratos pasados por sus compañeros de profesión e inspiraron una melodía que imitara el tono del famoso tono que tantas veces solemos confundir con el de una ambulancia. La oscilación entre lo alto y lo bajo predominaría y la letra sería explosiva para remarcar una serie de absurdidades personales y colectivas. El primer caso alimenta la otra porción canónica de la génesis de la morsa. Pete Shotton, amigo de los tiempos de correrías por los barrios de Liverpool, le comentó que en la escuela los estudiantes dedicaban algunas lecciones de literatura inglesa a desgranar el significado de las canciones de The Beatles. ¿Era necesario darles tanta importancia? ¿No hacían música para entretener a la gente de la calle? Esas preguntas accionaron la palanca de la burla. Lennon escribiría una letra demoledora, tan indescifrable que nada significaría para fundir los sesos de expertos y colegas como Bob Dylan, con el que siempre mantuvo una especie de amor-odio que fluctuaba entre la mutua devoción y un mirar de reojo su actividad para no perder comba. Sin embargo el de Minnesota, aunque ese conocimiento sólo nos lo da la perspectiva, ya no era rival desde su accidente motociclistico acaecido el 29 de junio de 1966.

Para leer más

sábado, 11 de junio de 2011

Matemática Beatle (y IX) en Panfleto Calidoscopio






Abbey Road y la mejor despedida posible para la Historia de la música.

Por Jordi Corominas i Julián


“Let's try to make a record like we used to. Would you come and produce like you used to? I said ´Well, I'll produce it like I used to if you'll let me´. So, Paul rounded up John, George and Ringo we started work on Abbey Road. It really was very happy, very pleasant, and it went frightfully well.”

(George Martin sobre el proceso que llevó a grabar Abbey Road)

John was definitely very odd by this point, and his involvement in all the Abbey Road sessions would be sporadic. For the most part, if we weren't working on one of his songs, he just didn't seem interested.”


(Geoff Emerick sobre la implicación de John Lennon en las sesiones de Abbey Road)

“The one side that Paul and I worked on mainly was the connected one, side two, and that had, slighlty, reluctant, contributions from John. He never liked production; he liked good old rock'n roll. So, one side was to please John, a collection of songs, and the other was to please Paul.”

(George Martin sobre la estructura de Abbey Road)

“My God, those three guys were the ones entertaining him for so long. Now I have to be the one to take the load.”

(Pensamientos de Yoko Ono tras saber que John Lennon iba a dejar The Beatles.)



La historia de The Beatles aúna en su seno elementos que la convierten en un prototipo de relato inolvidable. Unos chicos jóvenes e ilusionados por el Rock and Roll se conocen y forman una banda. Con el paso del tiempo encuentran las tuercas justas para que la máquina funcione. Trabajan duro, actúan en locales de mala muerte, crecen, viajan al extranjero, se curten, dan con un garito idóneo y finalmente un manager les ayuda en su búsqueda hacia el estrellato. Irrumpen en el panorama con fuerza, deslumbran por su look, crecen y ofrecen al mundo un inolvidable repertorio que alcanza su cenit con la madurez de su juventud que les lleva, por lógica y desgracia, a la separación para que sus egos caminen en solitario hacia otras sendas que engrandecieron la leyenda de su colaboración.

El último baile de su singladura fue Abbey Road. Tras el fracaso de las Get Back sessions nada hacía presagiar que los cuatro volvieran a reunirse para grabar un nuevo disco, pero Paul McCartney seguía llevando bien alta la bandera del sueño. Habló con George Martin, le prometió que registrarían las canciones a la vieja usanza y el productor aceptó encantado porque recibió garantías de que hasta John Lennon aprobaba la idea. El otrora líder del conjunto volaba en órbitas de desquicio y perdición clamando por ser escuchado. Era un ser a la deriva que creía, sin duda influido por su esposa, haber finiquitado una etapa que debería abrir un ciclo donde él sería el protagonista indiscutible sin que nadie le tosiera ni limitara. Quizá por eso su actitud durante Abbey Road fue sumamente negativa, como si el grupo que él mismo había creado fuera una molestia, un mero expediente a solventar para ingresar cuantiosas esterlinas y proseguir con su excesivo tren de vida de megalomanía, drogas y mucho despropósito camuflado con pretensiones vanguardistas.

Todos los componentes del cuarteto evolucionaron tras casi un decenio de intenso fervor creativo y mucha presión mediática. George Harrison, movido por espiritualidades y una creciente fe en sus capacidades compositivas, avanzaba hacia la independencia y sentía que ya no podía ser comandado por los dos monstruos que alteraron el panorama de la Historia de la música popular. Tenía muchas letras guardadas en el cajón y quería presentarlas al mundo. Asimismo, galvanizado por Eric Clapton, iba desarrollando una técnica personal en la guitarra. Su fraseo se llenaba de Slide y con él imponía rasgos propios que emergerían a lo largo de sus primeros discos en solitario, cuando llegó a ser el ex Beatle más exitoso con All Things Must Pass, triple Lp que supuso el cenit de su carrera.

Ringo, el fiel batería, atendía acontecimientos. Fue pionero en abandonar la formación, y los demás sabían de su importancia para cohesionar lo que siempre se iba pareciendo más y más a una lucha de egos muy difícil de controlar. En 1969 su labor era más sólida y en Abbey Road ofrecería, con permiso de algunas canciones de Revolver, lo mejor de su repertorio con la banda, a lo que sin duda ayudó la novedad, ya existente en América, en forma de consolas de ocho pistas que dieron a su sonido matices muy especiales.




Paul McCartney seguía siendo el mismo de siempre. De las tensiones previas aprendió varias lecciones. No podía seguir siendo el jefe absolutista de antaño, no convenía para la estabilidad que pretendía lograr con sus compañeros, siempre más proclives al método individual que emergió descarado a lo largo del White Album, cuando abandonaron la idea grupal para centrarse en fórmulas donde cada uno exprimía su talento privilegiando su terreno y usando a los demás como músicos que complementaban el mosaico sonoro. Harrison ya no era un niño, Lennon era irascible y Starr, más comprensivo, podía aceptar consejos que dieran a sus redobles más magia y efectividad en función del tema. Pese a esta comprensible tolerancia el bajista tenía las ideas muy claras, y ello se demostró desde el momento en que volvió a pisar el estudio junto a Ringo y George el 2 de julio de 1969 para retomar lo que sus primaverales discusiones habían dejado interrumpido.

Es importante recalcar que la ausencia de John por el accidente escocés durante la primera semana de trabajo propició un clima laboral idóneo donde se gestó buena parte de la estructura que enhebraría la famosa suite de la cara B de Abbey Road compuesta por You Never Give Me Your Money, Sun King, Mean Mister Mustard, Polythene Pam, She Came in Trough The Bathroom Window, Golden Slumbers, Carry That Weight y The End. En este sentido el hecho que en la jornada inicial McCartney grabara Her Majesty, que debía ir entre Mean Mister Mustard y Polythene Pam, y presentara a los demás Golden Slumbers y Carry That Weight, con Ringo acompañando de manera excepcional en las armonías vocales, indica que el músico tenía bien instaladas en su mente las ideas para crear una suite sinfónica que cerrara el álbum. Durante esas jornadas Harrison ofreció a sus socios la que en mi opinión es la canción más sobrevalorada del conjunto, Here Comes The Sun, alegre e inusual melodía que se le ocurrió después de pasar unas soleadas y anómalas horas junto a su gran amigo, hasta que le robó a su mujer, Eric Clapton. En el tema no participó Lennon, quien una vez se recuperó de sus lesiones irrumpió en el estudio con toda la fanfarria y excentricidad posibles, alquilando una cama en Harrods para que Yoko Ono, a la que se le colocó un micro cerca de la boca para que expusiera sus opiniones, reposara como una reina en medio de la vorágine, con el consiguiente disgusto de los demás.



La llegada del artífice de a Hard Day's Night, su punto álgido de dominio en la banda, enturbió la atmósfera y exhibió fricciones ciertamente innecesarias que en parte explican la división definitiva del disco en dos mitades. La cara A, de Come Together a I Want You, es la clásica colección de canciones, mientras el segundo segmento apuesta con claridad por una continuidad mediante el enlace de varios temas que configuran una unidad. La discusión sobre este punto alcanzó su culminación el 9 de julio, cuando Lennon declinó participar en Maxwell's Silver Hammer, ingenioso vaudeville de McCartney que su antiguo partner compositivo detestaba, y es probable que odiara otros temas o bien se dejara llevar por un egoísmo nada conveniente cuando trabajas en equipo, pues su presencia también es nula en Octopus's Garden, Here Comes The Sun y también, aunque aquí no podemos corroborarlo plenamente, en Golden Slumbers y Carry that Weight. La tensión entre los líderes del cuarteto alcanzó cotas ridículas, con Paul abandonando los estudios de Abbey Road entre lágrimas y John yendo a su casa para destrozar una pintura que el bajista amaba con locura, sin tampoco omitir un nada inocente golpe a la encinta Linda Eastman. Por suerte para la convivencia, estos lances fueron puntuales y durante el mes y medio de elaboración del Lp se mantuvieron las formas pese a ciertas brusquedades entre las que cabe mencionar la exclusión del bajista de las armonías de Come Together o la rabieta del guitarrista rítmico por no poder cantar Oh! Darling, canción que consideraba idónea para su estilo vocal.

Dejando de lado estos desagradables desencuentros, Abbey Road es un disco diferente donde The Beatles no buscaron lo imposible, sino más bien hallar un sonido natural, ciertamente bien producido por George Martin, que reflejara su impronta pop-rock al máximo de sus capacidades donde todos los instrumentos sonaran como tales, sin distorsiones ni rarezas vanguardistas que sólo recibieron acomodo por la destreza de Harrison con el recién adquirido sintetizador Moog. Atrás quedaron los alardes del Pepper, sacrificados por un sonido prístino donde pese a todo aún cabían efectos y una experimentación que se orientó hacia otras brillantes latitudes con un cierto tono oscuro que preludian la separación de los de Liverpool, cuestión que nadie puso sobre la mesa durante aquel intenso y prolífico verano.

Cara A: Seis gemas de cuatro monstruos


Además de lo dicho, hay otros matices que debemos abordar si queremos trazar un cuadro completo antes de entrar propiamente en materia. Si analizamos las letras de las canciones de Abbey Road, comprobaremos cómo Lennon es más bien escueto. Su grifo compositivo se había cerrado por sus devaneos con la heroína y la exageración de su imagen pública que catapultaría hasta límites grotescos en los meses posteriores, recibiendo en diciembre el título de personaje ridículo del año, lo que contrasta con la quizá excesiva exhuberancia de McCartney y la solidez de Harrison en Something, pilar de su trayecto con el conjunto que le hizo célebre. A nivel musical el disco se sostiene sobremanera en la adecuada coordinación entre el bajo, que recorre los temas con pasmosa versatilidad, la batería, más potente que en ninguno de los anteriores Lp's, y el ejemplar y polivalente fraseo, con algún que otro solo nada gratuito, de George con la guitarra. Todos estos factores convergen a la perfección en Come Together, pieza inaugural, ralentizada a sugerencia de McCartney, en la que John a ritmo de Blues da su última gran contribución lírica con un intento de composición a la Walrus a la que añade mala leche, rabia y hasta una sugerencia de suicidio, shoot me, capeada en las primeras cuatro barras por el sonoro bajo de Paul, magistral a lo largo de toda la melodía que domina con envidiable desparpajo hasta en el segundo previo a la irrupción del riff de piano eléctrico, fragmento que hasta Lennon se dignó a aplaudir al ser el perfecto intermedio entre la parte inicial y una conclusión donde la guitarra de Harrison borda su parte con destellos que anticipan la gloria de Something. Durante la primera cara del disco las canciones no están enlazadas y cada músico da rienda suelta a su propia estrella. Considerada por Frank Sinatra como la mejor composición de amor del último medio siglo, Something sintetiza en sus poco más de tres minutos lo que debe ser una sentida canción de amor que alcanza universalidad a través de las palabras que exprime, la adecuada producción sinfónica de George Martin, el subterráneo y rico bajo de Paul -criticado a posteriori por Harrison, quien intentó dirigir a su colega a lo largo de las varias sesiones que dieron luz a esta maravilla- y una contenida batería con aires nostálgicos que no encoge una guitarra que efectúa el solo de rigor cuando corresponde y puntea cuando es preciso para generar algo inolvidable.

Si quieres leer más

sábado, 11 de diciembre de 2010

Matemática Beatle VII en Panfleto Calidoscopio






Completar el yo y regenerarse buscando el origen

Por Jordi Corominas i Julián


“There was a lot of información on the double album. But I agree that we should have put it as two separates albums. The ´White´and the ´Whiter´Album.”
(Ringo Starr sobre la polémica del exceso de canciones en The White Album)

“There was a huge between John and Yoko. There's no doubt about it: they were completely together mentally and I think that as that bond grew, so John lessened his bond with Paul and the others, which obviously caused problems. It was no the happy-go-luck-foursome, fivesome with me, that it used to be.”
(George Martin sobre la simbiosis John-Yoko y los problemas que causó durante las sesiones de The White Album)

After Sgt. Pepper, the new album felt more like a band recording together. There were a lot of tracks where we just placed live, and then there were a lot of tracks that we'd recorded and that would need finishing together. There was also a lot of more individual stuff, and for the first time people were accepting that it was individual.”
(George Harrison sobre The White Album y la evolución de The Beatles)

“The break-up of the Beatles can be heard on the double album, on which, I tought that every track sounded as if it came from and individual Beatle.”
(John Lennon y su interpretación de The White Album).

El 18 de septiembre de 1968 era un día especial. Recordad cuando erais pequeños y no existía el VHS o el DVD. Se emitía en la televisión británica The girl can't help it, y The Beatles se juntaron para verla en casa de Paul McCartney, próxima a los estudios de Abbey Road. Mientras esperaba a sus compañeros para deleitarse con los números de Gene Vincent, Eddie Cochran y Little Richard escribió el esbozo de Birthday, canción que una vez terminó la película grabaron en un abrir y cerrar de ojos. Era el grupo al completo en su salsa, en un rock and roll a la Chuck Berry que interpretaron a la perfección, sin fisuras, con un entusiasmo que se igualaba al de la fiesta de cumpleaños que pregonaba la letra, diálogo de aniversario compartido que empuja la tercera cara del disco hacia una búsqueda del ente que acompañe al yo. Es muy posible que esta unión temática surja de mi imaginación, aunque si se analiza con detenimiento el recorrido de esta fracción del Lp se puede percibir una evolución que, además, encaja con la madurez del cuarteto, más refinado y con una búsqueda de contenido allende las clásicas composiciones amorosas que lo encumbraron. Sí, lo femenino flota, está presente, pero la meta franquea otros objetivos. La tenebrosa celebración que media entre Back in the USSR y Julia lo simboliza con un traspaso de poderes, un limbo entre el pasado y el presente, de la madre natural al goce de elecciones personales. Reafirmado este cruce del Rubicón, que en McCartney es vitalista con I will y en Lennon doloroso con la ya mencionada Julia, la última parte del Lp es un cúmulo de certezas dividido en dos partes, de Birthday a Long long long, de Revolution1 a Good night, que entierra lo pretérito y desde un renacimiento infantil augura un mañana donde la luz del nuevo día permitirá avanzar sin miedo a la incertidumbre.




Para leer más

domingo, 10 de octubre de 2010

El primer lost weekend de John Lennon (1968-1970) en Standdart




El primer lost weekend de John Lennon: Desbarajustes de un ser en búsqueda de su identidad (1968-1970) por Jordi Corominas i Julián

En 1980 John Lennon murió asesinado y se convirtió en santo. Sus pecados anteriores quedaron enterrados con su cuerpo. Se le recuerda como defensor de la paz y genio musical. Los estereotipos siempre ocultan tormentos y partes oscuras que conviene estudiar si queremos ser justos con la verdad. La historia canónica del chico de Woolton cita dos años de locura durante el primer lustro de los setenta, bienio conocido como The Lost Weekend por borracheras, desmanes y una falsa desmotivación que no fue tal. Hubo tiempos peores. La ruptura de The Beatles en la historiografía dedicada al cuarteto de Liverpool está mal estudiada y aún falta un texto que enmarque los hechos con precisión científica. A lo largo de estas páginas intentaremos entender como su primer líder se hundió entre 1968 y 1970. Precipitó los acontecimientos acompañado de una famosa japonesa. ¿La culpa es de Yoko Ono? La artista nipona activó resortes, pero los adultos somos responsables de nuestros actos.



Sexy sadie, what have you done: un hombre a la deriva.

El 12 de abril de 1968 John Lennon regresó a Londres acompañado de su mujer Cynthia, George Harrison, Pattie Boyd y el chiflado griego Alex Mardas, quien les convenció de que el Maharishi utilizaba su posición en el ashram de Rishikesh, donde llevaban dos meses en un curso de meditación trascendental, para obtener favores sexuales de las alumnas. El colapso de la paz afectó a Lennon. Durante el viaje se emborrachó y confesó a su esposa todas sus infidelidades. La rubia sumisa respiró aliviada y dejó pasar la tormenta creyendo que la retahíla de nombres era un retorno a la antigua confianza. Se equivocaba. El principio del fin asomaba por la ventanilla del avión.
Las cosas se calmaron durante un mes en la casa de Kenwood. John se drogaba como siempre y consumía televisión como un atontado. Faltaba poco para un viaje a Nueva York con Paul para promocionar Apple, el sello multidisciplinar de The Beatles con el que pretendían fundar el comunismo de occidente por el que cualquier persona con inquietudes tendría la posibilidad de publicar sus creaciones. La visita estadounidense fue como la seda. Ambos socios se compenetraron a las mil maravillas. La única diferencia entre ambos fue el naciente amor que el bajista sentía por la fotógrafa Linda Eastman. Lennon observó, camino del aeropuerto, como su compañero cogía la mano de la estadounidense de manera especial. Se alegraba y padecía porque su existencia iba por otros derroteros. Su ardor compositivo había cedido y, a diferencia de los inicios, ya no llevaba con firmeza el timón de la nave Fab Four. Paul era adicto al trabajo y se organizaba mejor: tenía siempre las ideas claras. Sin embargo, quedaban dos consuelos: Sus cócteles de pastillas y Yoko Ono, quien le mandaba cada dos por tres misteriosas notas que acrecentaban su curiosidad y le empujaban, sin saberlo, hacia un renacimiento cargado de dolor.



El dúo estelar de la música pop aterrizó en Heathrow el 16 de mayo. Dos días después Lennon convocó al grupo en la sede de Apple. Les iba a anunciar un mensaje de suma importancia: era Jesucristo. Los demás, hastiados por sus excentricidades, escucharon y callaron. No podían intuir que esa reunión era la última que iban a tener como verdadera unidad. El 19 de mayo John estaba solo en su mansión. Había mandado a Cynthia de vacaciones y se aburría como una ostra. Llamó a la japonesa, le pagó el taxi y la invitó a entrar. Le enseño varias cintas con sus grabaciones y decidieron registrar una que fuera sólo suya, publicada posteriormente bajo el título, menos famoso que la portada, Two Virgins. Transcurrió la noche, hicieron el amor al amanecer y al día siguiente Cynthia llegó y se encontró a su marido y a la extraña inquilina enfundados en sendas batas blancas. Love is free, free is love. Se inauguraba una historia de amor que liberaría a Lennon de muchas trabas y le sumiría en peligrosas adicciones con las que intentó superar la agonía de estar más que nunca ante los focos de la opinión pública mientras sonaban campanas de boda y su vieja banda se disolvía en pleno esplendor creativo.





The White Album y la anulación del individuo: John Lennon se transforma en John and Yoko, y viceversa.


El 30 de mayo la rutina volvió a Abbey Road con el inicio de las sesiones de grabación del álbum blanco, doble LP para el que Lennon llegaba preparado con más de quince nuevas composiciones y otro hallazgo más especial. El estudio 2 ya no era el dominio infranqueable de cuatro hombres y su productor George Martin. Yoko irrumpió para quedarse. Los chicos se consternaron. Paul intentó ser diplomático, pero George y Ringo se lo tomaron mucho peor, sobre todo cuando entendieron que la pareja de su compañero emitía opiniones sobre cómo tocaban los temas arguyendo que al conocer bien la música clásica tenía mayor capacidad auditiva para entender cuando un instrumento sonaba mal. Es increíble pensar lo fuerte que era la unión de The Beatles. Aguantaron eso y hasta dejaron que la japonesa participara en tres temas: Revolution 9, The continuing story of Bungalow Bill y Birthday. Asimismo Paul fue generoso y les dio todo su apoyo, dejando que vivieran en su casa de Cavendish Avenue hasta que se colapsó viendo la pasividad de los enamorados, quienes devoraban televisión y se drogaban a mansalva. Aún así estuvo con ellos la noche del 18 de junio, cuando todo el conjunto asistió a la representación teatral de los antiguos libros humorísticos de John en el Old Vic Teather. La prensa obtuvo la carnaza deseada. Por aquel entonces los prejuicios racistas eran numerosos en el Reino Unido. La bomba estalló y fue incontrolable. Las fans se histerizaron. Los rotativos se frotaron las manos. El infierno puede que sea eso y la heroína. Las tensiones entre los integrantes del cuarteto se incrementaron de la noche a la mañana. El trabajo se volvió un suplicio, con continuos enfrentamientos causados por el inusual comportamiento de John, celoso por otro éxito de Paul con Hey Jude ,que relegó Revolution a la cara B del primer single del sello Apple, y por la independencia de su principal partenaire artístico, obstinado en dirigir a sus amigos para salvar lo que George Martín, frase que sólo podía emitir un antiguo piloto de la RAF, definió como excesiva indisciplina mental. Ringo abandonó el grupo el 20 de agosto tras una estúpida discusión por el relleno de un tom-tom. A su regreso halló su batería ornada con flores. Las aguas se calmaron hasta el 9 de octubre, vigésimo octavo cumpleaños de Lennon, cuando la atmósfera se hizo irrespirable al grabar McCartney el tema Why Don’t we do it in the road sólo con la ayuda de Starr. Era una composición muy del gusto de John y ello provocó su ira, como si su otrora hermano lo hubiese dejado de lado. En realidad no hacía nada de eso. Había un plazo de entrega para el disco y tocaba meter toda la carne en el asador para completar la épica compilación de treinta canciones en las que, si se analiza la labor de cada beatle, John fue avaro para con los demás al no tocar en varios temas de George Harrison y desdeñar varios esfuerzos de McCartney, como sucedió con la controvertida, porque para gustos los colores, Ob-la di, ob-la da, donde no obstante contribuyó con el alegre piano de apertura.



Drogas, divorcios, peleas y descomposición.

La armonía retornó durante veinticuatro heroicas horas entre el 15 y el 16 de octubre, cuando junto a Paul y George Martin montó las cuatro caras del álbum blanco. Dos jornadas más tarde fue detenido junto a Yoko Ono en Montagu Square, calle en la que Ringo les dejó una casa para que convivieran. La intervención policial, de la que habían sido advertidos con anterioridad, precipitó el aborto de Yoko y la obtención de la custodia de Julian Lennon por parte de Cynthia, pues John admitió el adulterio. El juicio por posesión ilícita de resina de cannabis se saldó con una multa de 150 libras y el pago de 20 guineas por las costas del juicio. Mencionamos la sentencia porque será decisiva en el futuro norteamericano de Lennon, dado que el gobierno Nixon se basó en ella para negarle la carta verde de residente en Estados Unidos.

Como pueden entender, las condiciones no eran las más propicias para emprender un nuevo proyecto Beatle. El álbum blanco se vendía como rosquillas, las críticas eran excelentes y había margen para descansar. El cúmulo de circunstancias era demasiado fuerte. A todas las ya mencionadas desgraciadas se unió, por conservadurismo e hipocresía de aquel tiempo histórico, la campaña de destrucción causada por la portada de Two Virgins con la inseparable pareja fotografiada tal como vino al mundo. Les llovieron los reproches y ellos, inasequibles al desaliento, siguieron consumiendo heroína. El 18 de diciembre aparecieron en el Royal Albert Hall, que seguía sin sus cuatro mil agujeros vaticinados en A day in the life, dentro de un gran saco blanco, acto inaugural de sus locuras que revolucionaron el planeta por su vanguardista actitud para pedir la paz, actividades que tuvieron su apogeo entre 1969 y 1970 con el bed-in, la canción Give peace a chance y el famoso cartel War is over if you want.

Paul McCartney era incapaz de entender la palabra reposo.

Su vida eran The Beatles. Creía en el grupo y desde hacía un tiempo rabiaba por volver a pisar un escenario y demostrar al mundo que el cuarteto seguía siendo todo un espectáculo en directo. Algunos historiadores opinan que el gran error de los de Liverpool fue no anunciar el fin de las giras cuando dieron su último concierto el 29 de agosto de 1966 en el Candlestick Park de San Francisco porque mantuvieron la expectación de un retorno a las giras, algo que el bajista aprovechó para convencer a sus amigos de volver a los orígenes, prescindir de todos los arreglos de producción, apostar por la simplicidad y grabar un único concierto como colofón de un documental que se completaría con los ensayos previos al show. Ese proyecto, supuesta ruina de desentendimiento, se título Get Back y fue dirigido cinematográficamente por Michael Lindsay- Hogg, quien poco podía suponer que estaba asistiendo al desmoronamiento de uno de los mayores mitos del siglo XX. Del vuelve se paso al déjalo estar. Let it be. Fueron sesiones muy productivas que dieron para un LP, publicado en 1970, y un sinfín de canciones que servirían tanto para Abbey Road como para los primeros trabajos en solitario de los integrantes de la banda.
Las sesiones comenzaron el dos de enero de 1969 en situaciones más bien poco agradecidas. The Beatles estaban acostumbrados a trabajar en horarios nocturnos y adaptarse a levantarse por la mañana y a las luces psicodélicas instaladas para el rodaje en Twickenham fue un íncubo incrementado por el comportamiento de John, acompañado de Yoko hasta para ir al baño. Varias fueron las gotas que colmaron el vaso. El 8 de enero George, crecido por un reciente viaje a EE.UU donde pasó varias semanas con Bob Dylan, y su antiguo ídolo de adolescencia llegaron a las manos; el diez el guitarrista dejó el grupo víctima de la tensión, rematada por la actitud marimandona de McCartney, quien le decía cómo debía tocar su instrumento. El desbarajuste alcanzó cotas surrealistas cuando el 13 John decidió que Yoko seria su portavoz. Al día siguiente lo entrevistó la televisión canadiense y apenas podía balbucear por el efecto de la heroína. Palidez mortal, habla atropellada, pensamiento confuso. ¿Quieren más? El 18 Lennon declaró que Apple estaba a punto de quebrar. Paul pudo arreglarlo, pero el daño estaba hecho. Quedaba la música, donde Lennon apenas contribuyó con Don’t Let me down, obras menores como I dig a pony y viejas canciones de 1968 como Across the Universe, aunque el esfuerzo de ese turbulento enero dio sus frutos con la génesis de una de las composiciones más importantes e hipnóticas de la historia del grupo: I want you, completada meses más tarde durante las sesiones de Abbey Road.




¿And in the end the love you take is equal to the love you make?: Beatledammerung.

Toda ruptura tiene un preludio. En el caso de The Beatles la muerte de Brian Epstein, acaecida el 27 de agosto de 1967, fue la mecha que prendió el fuego. Tras el éxito del Pepper los chicos se sentían los dioses de la contemporaneidad. Jugaron todo al rojo y creyeron que podían autogestionarse. Apple resultó ser una interesante iniciativa que descubrió artistas de relumbrón, pero se les fue de las manos, y su generosidad tuvo mucho que ver en el asunto. Sus amigos de toda la vida tomaron la sede de Savile Row n3 como una Babilonia en miniatura. Se acumularon facturas astronómicas hasta que entendieron que necesitaban un coordinador que pusiera orden. John eligió a Allen Klein, de quien Mick Jagger comentó que estaba bien si les gustaban ese tipo de cosas. Klein era un tipo rudo hábil en los negocios que contrastaba con la opción elegida por Paul McCartney: Lee Eastman, padre de su novia Linda y futuro pilar de la fortuna económica que el compositor de Eleanor Rigby cimentaría a lo largo de las siguientes décadas. Lennon y Yoko se aliaron con el burdo norteamericano hasta desquiciar a Eastman en una reunión en el Hotel Claridge. Ringo y George estaban presentes y aceptaron a Klein, lo que no estaba dispuesto a hacer Paul. Aguantó hasta el 9 de mayo, día en que una acalorada discusión, McCartney quería que el nuevo manager se llevara un porcentaje menor de representación, cerró la puerta al acuerdo colectivo. Esos no fueron los únicos problemas económicos. La actitud irreverente de John hizo que las acciones de Northern songs se tambalearan en el parqué de la bolsa londinense. Sin avisar a nadie Dick James vendió el 23% de sus acciones a Lew Grade, que con estas sumaba el 35% del total, pues su conglomerado televisivo ya poseía un 12%. El magnate hizo una oferta para comprar el resto de la sociedad. The Beatles, esta vez bajo la dirección conjunta de Allen Klein, decidieron ir a por la mayoría de acciones. John y Paul tenían un 15% cada uno y los otros dos componentes del grupo tenían un 16%. Faltaba poco para obtener la mayoría de capital y casi alcanzaron un acuerdo con los representantes de un consorcio de la City que tenían en su haber el 14% de las acciones. En una de las reuniones Lennon perdió los nervios y gritó que estaba harto de que siempre le anduvieran jodiendo los mismos tíos de corbata sin mover el culo de sus poltronas. Esos señores cambiaron de bando y todo se fue al garete, desde un acuerdo para prolongar su compromiso creativo con Paul más allá de 1973 hasta la propiedad de Northern Songs y sus perlas en forma de canciones.

La desbandada general podía salvarse. McCartney llamó a George Martin para pedirle si quería producir con ellos un disco como los de antes, es decir, con una producción correcta y colaboración en equipo. Todos estaban de acuerdo y esa aventura terminó llamándose Abbey Road, LP donde se trabajó en buena sintonía salvo en determinados momentos. Justo antes de empezar las sesiones John, que tenía el carné pero apenas sabía conducir, tuvo un accidente el primero de julio de 1969 mientras circulaba por Golspie, en el norte de Escocia. Se recuperó antes que Yoko, quien fiel a su hábito asistió a las horas de estudio sentada en una cama que hicieron transportar desde Harrod’s.



Las crónicas dicen que ese verano fue tranquilo. Otros, entre ellos Geoff Emerick, dicen que The Beatles se comportaban con muchas ínfulas. ¿Qué grupo es capaz de realizar tres excelsas piezas de arte durante un año de crisis? Saben la respuesta, pero si Abbey Road es tan soberbio se debe en parte a su montaje, casi estropeado por el egocentrismo de Lennon. Algunos de sus ataques anti-McCartney incluían dividir las dos caras del LP para que no coincidieran sus canciones con las de su antiguo socio, líder del cuarteto e impulsor junto a George Martin de la espléndida cara B, suite sinfónica en la que nuestro protagonista participó con una canción nueva, Sun King, y dos trozos recuperados del viaje a la India: Mean Mister Mustard y Polythene Pam. Tan grande era la tensión que Ian MacDonald recoge en su espléndido Revolution in the head que en una ocasión Lennon persiguió a McCartney hasta su casa y rompió uno de sus cuadros favoritos que él mismo le había regalado. Las fotos del 23 de agosto de 1969, tres días después de terminar su colaboración, hablan por si mismas. Las sonrisas escasean y todos evitan mirarse, lo que se traduciría en la ruptura definitiva del 20 de septiembre de 1969, cuando, tras actuar en Toronto con la Plastic Ono Band, John pidió el divorcio a Paul, mantenido en secreto hasta el diez de abril de 1970, cuando McCartney, harto del desdén de sus compañeros y del deliberado sabotaje por parte de Phil Spector en la producción de The Long and winding road, publicó su primer trabajo en solitario, que contenía en su interior una entrevista dirigida donde se anunciaba el fin de la mítica colaboración que transformó la historia de la cultura popular del siglo XX.

Durante ese período Lennon prosigue con su crisis, disimulada por su activismo y un mínimo brillo musical. Renunció a su título de Baronet del Imperio Británico por la guerras de Biafra, Nigeria y Vietnam y porque Cold Turkey había bajado en las listas, se cortó el pelo, fue elegido hombre de la década y personaje ridículo de 1969 y, finalmente, saldó su combate con la adicción y la inseguridad a través de un libro que le dio luz y le llevó a la terapia primal de Janov, elemento imprescindible para entender una obra tan sincera y carente de artificio como su John Lennon- Plastic Ono Band. The dream is over.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Paul McCartney de John Ames Carlin en Revista de Letras




En la tierra media de la bibliografía Beatle: Paul McCartney de John Ames Carlin por Jordi Corominas i Julián

John Ames Carlin, Paul McCartney, Barcelona, Viceversa, 2010
Traducción de Martín Rodríguez-Courel


Las biografías no autorizadas suelen ser escabrosos engendros destinados a escarbar en la mugre de sus protagonistas. Otra posibilidad, cada vez más presente en nuestro catálogo editorial, es que su autor opte por una investigación donde varias tesis articulen el discurso. Es el caso de Paul McCartney. Peter Ames Carlin analiza la vida del bajista de The Beatles desde una óptica oscilante entre amables matices y críticas que no rebasan una imaginaria línea de riesgo, disparando con cautela, neutral pese a las tentaciones destructivas que en algún momento se intuyen, lo que es positivo al permitir que el lector saque sus conclusiones. El trabajo del periodista norteamericano no pretende ser una Biblia, sino más bien un digno cuaderno de bitácora donde aprender a navegar por los vericuetos de sesenta y ocho años inagotables, únicos por la hiperactividad de su objeto de estudio, un músico obsesionado por no estar solo, como si la prematura muerte de su madre le hubiese obligado mentalmente a buscar otra persona para rendir al máximo de sus posibilidades.




Paul McCartney nació en Liverpool el 18 de junio de 1942. Hijo de clase obrera, fue afortunado al tener una familia preocupada por educar a sus hijos para construirles un futuro más halagüeño desde valores norteños como el trabajo o el mantenerse fiel a unos principios. El compositor de Eleanor Rigby fue un niño extrovertido y observador que sacaba buenas notas en la escuela, donde disfrutaba con las clases de literatura inglesa y mataba las horas muertas desarrollando un notable talento para el dibujo. Sin embargo se avecinaba la tragedia en forma de cáncer. Su madre Mary, una enfermera que contribuía copiosamente a los ingresos del hogar, falleció en 1956 y Paul cayó en la lógica depresión que apaciguaría con el Rock and Roll. Elvis. Buddy Holly. Little Richard. Los libros académicos quedaron esquinados por la guitarra y Radio Luxemburgo. La música lo transportaba a una felicidad que llenaba todo, animándole a esforzarse para aprender los acordes y hasta para soñar con escribir sus propias canciones. El seis de julio de 1957 los astros convergieron. Era la fiesta del barrio de Woolton y los exteriores de la iglesia de Saint Peter acogían conciertos juveniles. Cuando llegó el turno de los Quarrymen, Paul fijó su atención en el cantante, un chico desgarbado que improvisaba la letra y desprendía carisma pese a no tocar de maravilla. Era John Lennon. Su amigo en común Iván Vaughan hizo de maestro de ceremonias y McCartney, siempre con el don de cazar al vuelo buenas vibraciones, se presentó a quien marcaría su existencia interpretando con su guitarra Twenty flight rock. Lennon quedó impresionado y decidió reclutarlo para la banda. Hicieron migas y, sin saberlo, cimentaron una unión que desde su diversidad los asemejaba. Si uno era impulsivo, anárquico, lenguaraz y diestro, el otro era calculador, ordenado, diplomático y zurdo. Su simbiosis se hizo irrompible cuando Julia, la madre de Lennon, murió atropellada en 1958. Esa luctuosa coincidencia fue un vínculo de comprensión para paliar la pérdida compartida. Eran siameses que se entendían a la perfección, pero para acometer su deseo de ir más allá necesitaban más compañeros de calidad. El tercer hombre es George Harrison, a quien Paul conoció en el autobús 86. Era el pequeñajo. Poco importaba. Tocaba la guitarra mejor que nadie y fue incorporado. Ya tenemos la base de donde surge la imperiosa búsqueda de bolos, el interés por componer canciones, las deserciones, Pete Best, Hamburgo, los primeros amoríos, el sexo desenfrenado las anchetas para soportar largas sesiones, los exis, el retorno a Liverpool, la idolatría local, The Cavern, Brian Epstein, la fallida audición de Decca, Ringo y el contrato con EMI de la mano de George Martin. Estamos en 1962 y el libro ha tratado estos asuntos a ritmo de vértigo y con una escritura que no quiere caer en la frialdad del ensayo riguroso mediante un cierto lenguaje juvenil que no estorba, aunque no lo echaríamos en falta. Asimismo Ames Carlin sabe administrar el tempo del relato y pone miguitas útiles para plasmar rasgos de la personalidad de McCartney, a quien el autor considera, ya desde su adolescencia, maníaco del control, amante de su oficio, entusiasta del espectáculo, inquieto por naturaleza y suave manipulador. Estas características saldrán a relucir especialmente en su etapa Beatle, bien trazada al ser abordada como una evolución constante hasta que se cierra un ciclo. El veinteañero que aterriza en Londres tiene una innata curiosidad. Se ennovia con la joven actriz Jane Asher y reside en casa de su familia durante dos años y medio en los que se relaciona con lo más granado de la atmosfera cultural del swinging London, aficionándose a otras artes y haciendo sus pinitos en el cine y la música experimental. Junto a sus compañeros de grupo surca nuevos confines que combinan junto a las giras, siempre más numerosas y agobiantes porque ni siquiera se oyen en el escenario por culpa de la histeria del público. Los estudios de Abbey Road se transforman en el patio de recreo de la modernidad con cuatro tipos instalados en la cima del mundo que en vez de conformarse apuestan por asentarse como músicos rompiendo con los parámetros habituales del show-bussiness. Abandonan el directo en 1966, aunque desde Rubber Soul centraban sus esfuerzos en ir más allá, portavoces generacionales, creadores de un pop-rock que trascendía géneros y los reconvertía con pasmosa facilidad. Desde Revolver John reconoció que Paul estaba creciendo como la espuma tanto a nivel musical como compositivo y la situación se consolidó durante la lenta disolución del conjunto que, como ocurre en la mayoría de la bibliografía Beatle, se explica sucintamente, quizá porque el autor prefiere con acierto dedicarse a sorprendernos con algunos datos insólitos como la posibilidad de añadir un fondo electrónico a Yesterday o la idea de hacer una película con el Sgt. Pepper’s en la que participaran directores del calibre de Fellini, Visconti o Antonioni, genialidades de McCartney, quien en esa época era el hombre con más energía del planeta en su empeño de pensar portadas únicas, canciones de todo tipo, bajos impagables, imaginar filmes, montar Apple, ir con mujeres y divertirse junto a John, Ringo y George, lo que sucedió hasta que las aguas se enrarecieron por un cúmulo de circunstancias. Sí, está Yoko Ono, y también Linda Eastman, disputas económicas, las sesiones de Get back, las adicciones de Lennon, la madurez de Harrison, reafirmaciones de estilos individuales y un extraño hastío que terminó con la magia, no sin antes registrar obras maestras que culminan con el Medley de la cara B de Abbey Road, donde McCartney cierra el telón con una doble suite melódica de altos vuelos que resumía la historia del cuarteto y preludiaba el difícil porvenir. And in the end the love you take is equal that the love you make. John y Paul se distanciaron por muchos motivos y el divorcio, silenciado durante meses, estalló en septiembre de 1969 tras mutuos reproches. Lennon dictó sentencia y McCartney esperó durante meses un replanteamiento en la imprevisible mente de su socio que permitiera mantener el sueño. Se retiró junto a Linda, quien desde ese instante ejercerá de nueva pareja vital del músico, a una granja de Escocia, sumergiéndose en una indigencia de rico hundido en la miseria psicológica, bebiendo, fumando y, finalmente, recuperándose para grabar, tocando él todos los instrumentos, un disco en su casa con una consola de 4 pistas. Salió el diez de abril de 1970 y en una entrevista adjunta se comunicaba el punto y final de The Beatles.






El segundo McCartney: desmintiendo, a medias, mitos.


En realidad la nota no era tan contundente, dejaba abierta la puerta, pero dio igual porque la prensa buscaba grandes titulares. Paul, el último en bajar de la nave, fue acusado de dinamitar un bien universal, y así fue en parte durante décadas, pues el asesinato de John Lennon en 1980, no hizo sino engrandecer la figura de su partenaire compositivo, elevado a los altares por actitud, rebeldía y dejar, sucede desde Aquiles, un bonito cadáver. La acción de Mark David Chapman hizo olvidar lo prolíficos que fueron los años setenta para el compositor de Penny Lane. Ames Carlin se preocupa por intentar dar una válida visión de contexto, y se agradecen sus interpretaciones de los álbumes, pero sobre todo su descripción de la metamorfosis maquillada de nada ha pasado que supone el paso de un grupo insuperable a el reto de no perder comba desde otras coordenadas, pues Paul quiso mantener la idea del conjunto a través de la familia y Wings, elementos que ya no eran un acicate competitivo, sino un instalarse en la comodidad de ser jefe, comandante y general del rebaño. La ausencia de sana rivalidad fue paliada a ojos del mundo por el amor a Linda, y era cierto, si bien el músico siguió preocupándose por exprimir el limón y progresar con cada trabajo, encontrándose y redescubriéndose con una banda a la fuga que más bien era un séquito del matrimonio, víctima de su imitación a John y Yoko. Al fin y al cabo el pulso competitivo, el espejo, siempre era su amigo con el que se enfrentó agriamente, se reconcilió y se alejó. Les separaba el océano y dos concepciones distintas de los treinta. Paul y su calma agitada; John y su furia previa a ser amo de casa. Uno se mantuvo en la brecha y el otro se retiró del ruido hasta resucitar con Double Fantasy y recibir un balazo. Hasta ese momento McCartney era el Beatle en la brecha, el hombre que llevaba veinte años acumulando números uno y elaborando un proyecto que de lo colectivo saltó, por los conocidos imperativos del guión, a lo individual, con sus éxitos y altibajos, era una referencia que el edificio Dakota oscureció el ocho de diciembre de 1980.





Se salta de diez en diez. Llegan los ochenta y la desaparición de Lennon es otro bache, el caos inesperado que cierra un año donde le han detenido en Japón por posesión de marihuana y ha disuelto Wings. Se recicla, padece por cómo sigue haciendo lo que le gusta, vuelve al regazo de George Martin, experimenta, dirige una película, recibe pleitos de los otros Beatles, sigue destacando en las listas y descansa de los conciertos hasta 1989, cuando se inicia su postrer fase que sintetiza y aúna las anteriores por recuperación del espíritu Beatle tanto en conciertos como a nivel de perpetuar el mito con el reencuentro de los tres supervivientes en los noventa. McCartney sigue gozando de popularidad y es apreciado tanto en lo alto como en lo bajo. Es Sir, activista, showman, compositor de música clásica y pop, pintor, poeta, reciente divorciado y parece no querer frenarse en un hasta que el cuerpo aguante que por una vez le ve solo, sin John, Linda ni Heather Mills, asentado en una vorágine que es sinónimo de su energía.
A la espera de Many years from now: Las carencias del Beatlebook en España
A lo largo del siglo XXI se han ido editando en España obras generales sobre el conjunto de Liverpool y las carreras por separado de sus integrantes, libros que no pretenden ser exhaustivos, sino ser guías que impulsen a ampliar información en volúmenes más especializados. En este sentido la biografía escrita por Peter Ames Carlin se ubica en la tierra media, pues no es La morsa era Ringo, una extraordinaria introducción a The Beatles mediante 101 anécdotas, ni John Lennon de Philip Norman, que aspira a lo definitivo. Como toda bibliografía ensayística, la dedicada a los Fabfour tiene diversos niveles. Piano piano si va lontano. El lector con mínimos conocimientos sobre McCartney se entretendrá con la obra y una vez la termine tendrá ganas de más. Quien haya devorado Many years from now de Barry Miles, biografía oficial de Paul, o Revolution in the head de Ian MacDonald revisará los datos que aporta el periodista de The Oregonian y asentirá con la cabeza satisfecho de sus conocimientos; sólo algunas minúsculas parcelas saciarán su afán de novedad. No tienen derecho a quejarse. El libro publicado por Viceversa llena un hueco y abre el camino para que vayan subiéndose peldaños. Take a sad song and make it better.