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miércoles, 28 de julio de 2021

Bahía Cochinos en El Confidencial

 



Artículo sobre el desembarco de Bahía Cochinos, enero de 1961. Puedes leerlo aquí

martes, 12 de enero de 2021

100 años del PCI en El Confidencial Cultura

 



El primer artículo del año en El Confidencial habla de los 100 años del Partito Comunista Italiano, un fenómeno único en la izquierda europea. Puedes leerlo aquí

viernes, 20 de septiembre de 2019

Los amnésicos en 24 horas



Hoy en el paseo cultural de 24 horas Antonio Delgado y servidor dedicamos el paseo cultural de los viernes a Los amnésicos de Géraldine Schwarz. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 38 del enlace clickando aquí

viernes, 24 de mayo de 2019

Del bloqueo de Berlín a la RFA en El Confidencial Cultura



Este pasado martes en El Confidencial Cultura escribí sobre los 70 años del bloqueo de Berlín y el nacimiento de la RFA. Si quieres puedes leerlo aquí

sábado, 18 de febrero de 2017

martes, 14 de enero de 2014

Diálogo con Iván de la Nuez en Número Cero



Hace cosa de un mes tuve la suerte de charlar con Iván de la Nuez sobre su último ensayo, El comunista manifiesto, donde aborda desde una perspectiva ciertamente innovadora cómo nos ha afectado la caída del muro de Berlín y la influencia de la hoz y el martillo en pleno siglo XXI. Puedes leer el diálogo en estos dos enlaces:

Primera parte

Segunda parte

lunes, 9 de diciembre de 2013

Europa en ruinas, textos antologados por H.M. Enzensberger



Europa en ruinas: relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, por Jordi Corominas i Julián 

H.M. Enzensberger (antólogo), Europa en ruinas: Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, Madrid, Capitán Swing, 2013
Traducción de Begoña Llovet 

Siempre recordaré una escena de Germania anno zero de Roberto Rossellini. El silencio que rodea el entorno del edificio de la antigua cancillería del Reich desaparece porque alguien en su interior ha accionado una grabación con la voz de Adolf Hitler. De repente, la paz de la ruina proyecta su temor porque resucita el pasado, enlatado en unas cintas.

Lejos de Berlín, en Nápoles, otra magna película del director italiano nos muestra los bajos fondos de la posguerra. Unos niños de la ciudad partenopea roban sistemáticamente a los soldados americanos. La misma historia aparece en Europa en ruinas, colección de textos compilados en 1990, justo cuando se abría otra era, por H.M. Enzensberger que ahora edita Capitán Swing. La obra aborda mediante testimonios directos de los hechos el período comprendido entre 1944 y 1948, desde la cercanía del final de la Segunda Guerra Mundial hasta la constatación del nacimiento de otro conflicto, frío pero tenso, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, máximos vencedores del enemigo fascista.



En los últimos tres años el mundo editorial español se ha puesto las pilas a la hora de presentar en nuestro país libros que aborden la apasionante cuestión del Viejo Mundo después del holocausto, los bombardeos aliados y toda la barbarie nazi. Galaxia Gutenberg editó con su habitual solvencia Tierras de sangre de T. Snyder y Continente salvaje, de Keith Lowe. Este último, a la espera de Year zero de Ian Buruma, constituye un estudio insuperable sobre la desolación de unos territorios que vieron sepultado su esplendor entre millones de escombros que dificultaban, luego llegó para algunos el Plan Marshall, la posibilidad de renacer de tanta muerte y ceniza.

Resulta curioso que el tema suscite ahora tanto interés, casi como si nos preparáramos con estas lecturas para entender cómo será el páramo que dejará la crisis. No creo que los tiros del fenómeno inmediata posguerra vayan por ahí, aunque tampoco debemos descartar la opción. Lo que sí tengo claro es que Enzensberger hha seleccionado los documentos, en su mayor parte de escritores y periodistas de gran prestigio, en función de un montaje narrativo y geográfico. 1944 es el año donde los aliados atisbaron la victoria. La acción plasmada en el volumen sucede en dos frentes. En la parte norte, siguiendo la lucha desde el día D, Martha Gellhorn comprueba en Italia la dureza de los combates y la persistencia de unos polacos para volver a pisar su patria. La que en aquel momento era pareja de Hemingway brinda en París escritos que reflejan la euforia posterior a la liberación. No acaecía lo mismo en la holandesa Nimega, donde el miedo a las bombas y el recuerdo de los años de dominio alemán han pasado factura en la población, bien distinta a la Nápoles que retrata Norman Lewis en breves bosquejos donde describe con suma precisión el habitual surrealismo de la capital campana, acentuado en la época por la inmensa miseria que hacía desaparecer hasta tapas de alcantarilla. En esas calles llenas de agujeros improvisados las mujeres intentaban prostituirse para sobrevivir, la comida de calidad era un milagro y los norteamericanos malvivían y se divertían a partes iguales.



En 1945 Lewis abandonará con pesar la urbe que acoge la tumba de Virgilio. Durante ese año fundacional, una especie de nuevo presente para toda la Humanidad, los crónicas centran su mirada en Alemania, donde varias firmas, de Jannet Flanner a Alfred Döblin, circulan por la otrora temida potencia y directamente alucinan con el panorama que se encuentran a su paso. Las ciudades devinieron infinitos desiertos repletos de contradicciones que compartían la bandera de negar el pasado, generar caos ante la anarquía y sufrir por la utopía de plantear un futuro tras algo más que una debacle. Sin embargo, las reflexiones más interesantes de este instante histórico son las de Edmund Wilson, sobre todo porque transita por varios enclaves significativos y de este modo puede compararlos, lo que da al lector una notable visión de conjunto. El encanto inicial de Roma, con sus bellas y flacas mujeres en bicicleta, se desvanece un mes después cuando llega el calor y la realidad cobra otro sentido bien distinto al que se manifiesta en el orden de Londres, el arrojo de los milaneses, la incertidumbre ateniense y lo arcaico de Creta.

Cada singladura del recorrido es un mapa de pobreza, angustia y estupor ante lo insólito que quizá alcanza el paroxismo en Dachau, donde Martha Gellhorn entiende que los ojos ya se han adaptado a una rutina de horror. Sus crónicas son prototípicas de personas que de América han aterrizado en Europa y observan todo desde cierta inocencia que se refleja en una prosa veloz, con mucha velocidad y detalles que surgen porque quien escribe siente la obligación de no olvidar nada de lo contemplado. En cambio los textos europeos son más lentos, pausados y con un conocimiento de causa que deriva en otro tipo de análisis más seco y desapasionado porque la procesión va por dentro. Un claro ejemplo de lo que decimos se hallan en el suizo Max Frisch, autor de Homo faber, y en el deprimente relato alemán del anarquista sueco Stig Dagerman, impecable tanto en su estilo como en el ritmo que da sólo con un itinerario en tren donde las frustraciones individuales son el resumen de una desesperanza compartida.



Este estado de ánimo, como si el cuerpo se hubiese quedado clavado en medio de una pesadilla y fuera incapaz de despertar, se mantendrá en 1947 y 1948. El alimento no abundará y la reconstrucción seguirá su marcha a trancas y barrancas. Lo explica a la perfección John Gunther desde Belgrado, Atenas, Budapest, Praga y Varsovia. En las cinco el aire se ha viciado de Guerra Fría porque la Historia ha decidido confirmar sospechas de desunión entre democracia y comunismo. La tónica del viraje se mezcla con agudas notas sobre el grado de represión en cada ciudad, con lo que uno ya entiende que muchas de las páginas, bien enfocadas en su justo contexto, ya no eran un llanto: habían evolucionado hasta la ideología y el aviso, algo que se olvida parcialmente en Varsovia, la más destruida por los alemanes, admirable en su esfuerzo de crecer de la nada, como todo el Continente, obligado a aprender de sus errores para no repetirlos jamás.

martes, 19 de junio de 2012

Berlín 1961 de Frederick Kempe en Revista de Letras






La Historia es la mejor novela: “Berlín 1961″, de Frederick Kempe
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 18.06.12


Berlín 1961. Kennedy, Jrushchov y el lugar más peligroso del mundo. Frederick Kempe
Traducción de Carles Andreu
Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores
(Barcelona, 2012)




“La introducción del control fronterizo reinstauró el orden y la disciplina de los habitantes de la Alemania del Este; los alemanes siempre han apreciado la disciplina”.

Nikita Jruschov.

Una de las grandes tristezas de nuestro tiempo es la victoria de la velocidad sobre el pasado. Los barceloneses y extranjeros que circulan por las Ramblas no tienen ni idea de su trascendencia revolucionaria. Sus piedras callan ante la profusión de sombreros mexicanos y lo mismo hacen los cimientos de la Potsdamer Platz, símbolo del Berlín moderno, espacio que en su enésima transformación suele identificarse con lo cool y lo alternativo. Si se quiere, la actual capital de Alemania siempre tuvo ese aire corrosivo en bares, atmósfera que combinó a lo largo del siglo XX con ser el lugar más peligroso del Universo, el epicentro donde se condensaban los males que condicionaban el presente y marcaban el futuro. En 1923 fue el pan a tres billones de marcos. Una década después Hitler anunció infaustos porvenires con su nómina a canciller del Reich. En 1945 los mil años quedaron en la ruina, y aquí empieza la historia que lleva a 1961, el muro y el ensayo histórico que Frederick Kempe ha escrito con extraordinaria habilidad, casi como si la profusión de datos correspondiera a una apasionante novela destinada a ser un éxito de ventas. La culpa es de la Historia, construcción que suele aglutinar en sus páginas relatos auténticos que superan sin problemas a la más rebuscada ficción.

Kempe ha sabido leer la aceleración de la Guerra Fría al estructurar la obra en varios campos de acción de manera simultánea. Moscú, Kennedy, Adenauer y la RDA. Jrushchov, Washington, la RFA y Ulbricht. La inminencia de un muro. El check point Charlie, un día de octubre y la culminación del miedo con los tanques de dos grandes superpotencias cara a cara y un silencio congelado con lo nuclear en la mente de todos.


¿Cómo se llega a un punto de no retorno? Los manuales dicen, y con razón, que los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y el espectacular avance del ejército rojo en el Este de Europa determinaron la división del continente en dos bloques. Los soviéticos, y así fue consentido por Eisenhower, ocuparon Berlín y a posteriori la urbe prusiana fue dividida en cuatro zonas de ocupación que en realidad eran dos. La simbología adquirió concreción geo-política con el bloqueo de 1948 y el puente aéreo norteamericano, antesala de la creación de dos Alemanias como metáfora de un conflicto. La Guerra Fría se disputó en muchos enclaves del globo, pero ninguno reunió la energía de Berlín, donde la tensión podía estallar en cualquier momento, sobre todo desde que el milagro económico de la reconstrucción hizo entender que los habitantes de cada lado del telón de acero vivían en condiciones muy dispares, con prosperidad occidental y penurias orientales.

Este desnivel generó sueños de huida que en 1961 adquirieron proporciones colosales. Los súbditos de la RDA escapaban en masa y tanto como Jrushchov como Ulbricht entendieron que debían tapar ese enorme agujero para frenar el colapso del sistema para evitar lo que acaeció, y así el destino del Comunismo se demoró casi tres décadas, en 1989.








Por eso desde la misma toma de posesión de Kennedy la cuestión berlinesa se erigió en la protagonista de las relaciones bilaterales entre los EE.UU. y la URSS. La faceta novelística de la musa Clío se aprecia hasta en la construcción de los personajes. Nikita Jrushchov y John Fitzgerald Kennedy eran antitéticos. Uno fanfarrón para disimular su pavor a perder el poder, que agarraba con fuerza desde su triunfo en el congreso del PCUS de 1956. Su apariencia de solidez contrastaba con la frágil popularidad de su rival, novato, católico y condenado a una inercia negativa en su etapa inicial en la presidencia por herencia de Eisenhower y titubeos que costaron desastres en frentes de vital importancia. El descalabro en Bahía Cochinos, la humillación de la cumbre de Viena y la incapacidad de hacer prevalecer la advertencia de su superioridad atómica sobre el enemigo hicieron que su administración fuera ninguneada tanto por la vieja guardia del Capitolio como por la cúpula del Kremlin.

Lo nuevo pregonado con tanta convicción por JFK olvidó que en política las perspectivas topan con la realidad. No es lo mismo desear la revolución que poder hacerla, y el desdén por lo viejo fue un error letal que resquebrajó la experiencia de lo elemental y la unión de los aliados. Kempe sostiene con informaciones de alto vuelo y anécdotas cotidianas que el muro podía haberse evitado con una acción estadounidense simple, pues el límite entre las dos partes tenía una frágil defensa sin pólvora. El espectáculo de eficiencia de Ulbricht, eficaz en su trato con Jrushchov, para instalar alambre con púas y hormigón en un visto y no visto, se alejaba en exceso de la estupidez de Kennedy y Adenauer en su opereta del joven con prejuicios y el viejo autócrata que no se habla con el recién llegado por una rabieta infantil.





Todo era fachada, de los gobiernos hasta el muro. Las pequeñas cosas, hilillos casi invisibles, decantaron la balanza de una auténtica partida de ajedrez con un tablero oscilante por las decisiones de cada contendiente, jugadores con una mente múltiple en la que daban su opinión antes de mover ficha embajadores, espías, antiguos prohombres y periodistas dispuestos a obtener la exclusiva definitiva. El lance se dirimió en despachos y en la calle. Los hombres encorbatados meditaban entre humo y gritos mientras algunos soldados y transeúntes apretaban teclas inesperadas, lo que hizo del duelo un caos en el que no bastaba ordenar ideas y aplicarlas a rajatabla. Cada jornada deparaba un sobresalto, cada hora contenía en su simiente un órdago para potenciar la absurdidad y la precipitación.

Jrushchov apretaba una palanca y Kennedy cedía, y así fue desde enero de 1961. Las señales de humo soviéticas se confundieron al aterrizar a las barras y estrellas. El hombre del zapatazo en la ONU presionaba con sus modos de campesino y la sofisticación de JFK flaqueaba, atónita y desesperada, estéril ante un vendaval al que no sabía ubicar pese a las toneladas de información de los servicios secretos. En este sentido la mansedumbre se expresa en la violación de los acuerdos de posguerra y el desprecio por todos aquellos que anhelaban abandonar la zona Este de Berlín para abrazar Occidente y una existencia con más recursos e imposiciones menos gravosas. La pasividad del presidente de los Estados Unidos, por su ético horror al imaginar una conflagración termonuclear, valló y reafirmó el status quo del Telón de Acero, que desde el 13 de agosto de 1961 también fue palpable. Si en 1956 los yanquis se lavaron las manos en Hungría, lo de un lustro más tarde fue la rúbrica de lo estático, aumentado y propulsado por apuestas de pocos que molían la esperanza de muchos. Los bloques estaban para quedarse. La Historia se congeló y entretanto sus vedettes desaparecieron. Kennedy asesinado, Jrushchov destituido. Las frases y la leyenda ofuscaron su legado. Pasaron las generaciones y la luz no se encendió para los berlineses hasta noviembre de 1989. Sería discutible analizar hasta que punto la desaparición del Comunismo ha sido positiva para los intereses del Planeta, pero lo que sí queda claro tras la lectura del ensayo de Kempe es que la incompetencia es más importante que soltar un Ich bin ein berliner para que te aplaudan, eso y la calamidad de poseer un infinito arsenal de destrucción masiva y no imponer su pánico al oponente aun sin apretar el botón de muerte universal.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Parts of the process:Idea e ideas de Europa en Bcn Week


Parts of the process: Idea e ideas de Europa by Jordi Corominas i Julián

Dicen las malas lenguas que el Imperio romano empezó su largo y tortuoso camino de disolución cuando el emperador Caracalla otorgó la ciudadanía a todos sus habitantes. La universalidad fue una medida de emergencia para unificar una población que después de dos siglos de paz empezaba a sentir con demasiado ahínco la presencia del enemigo a las puertas. El mundo inició su recogimiento. Las ciudades se enmurallaron, los cerebros renunciaron a la exhuberancia del paganismo y la división fue acrecentándose hasta que los bárbaros se introdujeron en el sistema y quebraron el Estado de moneda única y bilingüismo perfecto. La unidad cedió su espacio a un conglomerado de reinos nacionales que se han perpetuado hasta nuestros días, una Europa fragmentada con exceso de personalismos. España, Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y un largo etcétera, hijas de una misma tierra separadas por orgullo, añejas rivalidades y un mutuo interés hasta el 28 de junio de 1914 por dominar a los demás en la lucha planetaria.

Esa fecha altera y destruye un orden indestructible. El símbolo recae en el Imperio Austro-Húngaro, crisol de nacionalidades que durante medio siglo vivió un esplendor cultural comparable al del París bohemio. La plenitud se esfumó con un atentado en Sarajevo, excusa para activar la Primera Guerra Mundial, palanca suicida del Viejo Mundo. En El mundo de ayer Stefan Zweig narra su encuentro en la neutral Suiza con Romain Rolland. Ambos escritores establecieron un diálogo que culmina en la idea de Europa, concepto espiritual por el que todos los pobladores del Continente compartimos una afinidad que parte de nuestro inconsciente cultural, bien nutrido de un álbum colectivo de libros, proclamas, nombres y esperanzas que son patrimonio común desde el Océano hasta los Urales. Lo absurdo es que los dos intelectuales fueran pioneros en su propuesta. Los obreros se internacionalizaron en 1864 y articularon un lenguaje propio ajeno al pasaporte. ¿No era posible juntar esfuerzos entre territorios delimitados por fronteras?

La aplicación de la idea era difícil. En 1929, justo un mes antes del crack de Wall Street, la desesperación y la legítima aspiración de vivir en un mundo sin guerras llevó al francés Aristide Briand a proponer una federación europea que tuviera como principales valores la solidaridad, la prosperidad económica y la cooperación política y social. El sueño se truncó al estallar en mil pedazos la felicidad de los años veinte y nublarse el cielo con nubarrones fascistas. Hitler y lo demás son viejos conocidos que presionaron hasta romper el cordón umbilical del despropósito. 1945 y el adiós a las ambiciones suprematistas. Tocaba reflexionar y resituarse en el mapa. Las nuevas reglas de la Guerra Fría aconsejaban configurar un cuerpo unitario que pudiera contener las embestidas de los grandes bloques. Se creó la Unión del Carbón y el Acero. El 25 de marzo de 1957 Se firmo el pacto de Roma para fundar la Comunidad Económica Europea. Los conflictos siguieron a menor escala. De Gaulle no osaba permitir el ingreso del Reino Unido e ignoraba el aire que respiraba la calle.

De todos es sabido que el ser humano tiene tendencia a practicar sexo durante un apagón o cuando finaliza un conflicto estresante. En 1945 los vencedores del nazismo se conciliaron con el planeta dándole numerosos retoños que emergieron en los años sesenta y desde la diferencia intentaron derribar cualquier residuo decimonónico que entorpeciera su labor. El cine italiano, la Nouvelle Vague, el pop británico y otros fenómenos de la época crearon una transnacionalidad occidental reforzada por la explosión del 68, queja amarga por querer crecer sin rémoras contraproducentes. Ese grito generacional permitió que desaparecieran confines en las mentes de las personas y las ideas se expandieran sin trabas lingüísticas por el progreso del inglés como koiné y el crecimiento del mercado de consumo, diabólica máquina dispuesta a satisfacer las inquietudes de millones de jóvenes que clamaban por renovarse o morir. No es posible afirmar que el LSD tuviese algun tipo de importancia en el proceso, aunque es posible si lo relacionamos con la disolución de barreras y el ir más allá de lo instaurado como axioma por los siglos de los siglos. Amén.

El penúltimo episodio acaeció hace veinte años. La caída del muro de Berlín y la unifación de Alemania reabrieron el debate desde premisas políticas al poder abrazar la perspectiva de una verdadera Unión Europea. Maastricht fue el pistoletazo de salida de un proyecto endeble y ensanchado hacia el Este sin Comunismo que pretende convertirse en bandera de los ciudadanos de veintisiete países. Sin embargo, la pugna sigue en todo lo alto y la crisis la ha corroborado con el proteccionismo económico. Las bellas palabras sirven para rellenar páginas de periódicos pero son estériles sin una coordinación conjunta. La acción baila bajo la superficie que ocultan los titulares. La libre circulación de personas que activó el Tratado de Schengen es la gran bendición que abre el grifo porque transitar es comunicar. Los erasmus, los vuelos low cost y la indudable y desaprovechada preparación de los hijos de los babyboomers nacidos entre los setenta y los ochenta configuran otra vertiente de un europeismo que pese a hallar metaforicamente la deseada unidad territorial debe intervenir para golpear las siglas que nos invaden– BCN,UE– y devolverlas a su originalidad de pies en el suelo. Una Unión Europea o una Barcelona son lugares donde no es quimérico interactuar y construir cimientos sólidos y sostenibles del edificio; es esencial aceptar la existencia de un pensamiento mayoritario que desde su espontaneidad, generada por el mismo contexto histórico y el aprovechamiento de sus grietas benéficas, discrepa de los que gobiernan y articula un discurso cotidiano que no cae en papel mojado porque se vive desde y por la realidad, consciente de la sonora imbecilidad de himnos, enseñas y caducos discursos patrioteros, consciente de la importancia de una comunicación honesta que no truque gestos por mentiras trucadas de cercanía, una democracia de 735 millones de personas donde el intercambio y el desplazarse generen riqueza en la diversidad unitaria del ser humano.