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jueves, 17 de septiembre de 2020

1870 o la batalla de Sedán en El Confidencial Cultura

 



La pasada semana mi artículo en El Confidencial Cultura versó sobre 1870, la guerra franco prusiana y la batalla de Sedán, nacimiento del suicidio de Europa. Si quieres puedes leerlo aquí

jueves, 18 de junio de 2020

Winston Churchill en Todos somos sospechosos



Ayer en Todos somos sospechosos dediqué la bio lucanoriana a introducir la figura de Winston Churchill con relación a la cretina polémica estatuaria de las últimas semanas. Puedes escucharlo aquí

domingo, 24 de mayo de 2020

Memoria y presente en Wonderland


Hace dos fines de semana Marc y servidor hablamos en Wonderland de memoria, presente y Europa, centrándonos en casos alemanes, españoles, catalanes, franceses e italianos. Puedes escucharlo aquí

viernes, 20 de septiembre de 2019

Los amnésicos en 24 horas



Hoy en el paseo cultural de 24 horas Antonio Delgado y servidor dedicamos el paseo cultural de los viernes a Los amnésicos de Géraldine Schwarz. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 38 del enlace clickando aquí

lunes, 9 de septiembre de 2019

Los amnésicos en El Confidencial



Hoy escribo en El Confidencial sobre los Amnésicos, un ensayo excepcional sobre la memoria y Europa.Si quieres puedes leerlo aquí

sábado, 10 de agosto de 2019

La Europa que no pudo ser en El Confidencial



Hoy escribo en El Confidencial sobre la Europa que no ser y se gestó justo antes de 1929 en la mente de los dos hombres de la foto, Aristide Briand y Gustav Stresemann. Si quieres saber más puedes leerlo aquí

viernes, 3 de octubre de 2014

Un susurro de España en Excodra



Un susurro de España, por Jordi Corominas i Julián
Hace pocos meses abdicó el Rey Juan Carlos I. El paso del tiempo suele situar determinados acontecimientos en una óptica del recuerdo colectivo. Todos sabemos qué hacíamos cuando cayeron las torres gemelas, algo que en Cataluña es más bestia todavía porque ese día era festivo y nos pilló con la mesa puesta, casi con la comida en la boca. Sin embargo, el día de la renuncia del heredero de Franco era lunes y tras saber la noticia decidí salir a la calle. La vida seguía su curso con ejemplar normalidad, sin aspavientos. Aún era temprano y supongo que el resto de la jornada tomó otros derroteros abocados a una de las máximas absurdas de nuestra época.

Hacer Historia. La gente nunca la escribe en mayúsculas pero siente una necesidad brutal de protagonizarla porque suele ignorar cómo se redactan sus actos. Esa tarde se convocaron manifestaciones republicanas por toda España y las redes sociales ardían de lemas que evocaban el 14 de abril de 1931, como si nuestros abuelos hubieran revolucionado el país en un abrir y cerrar de ojos. Es triste que Warhol acertara con sus quince minutos de gloria. Las trayectorias, al menos desde el culto al instante, han quedado eclipsadas. Ya ajustará cuentas el reloj. 

Esta sensación eufórica ha recorrido nuestra geografía a lo largo del último lustro desde la inconsciencia de ignorar lo que significa un proceso. Puede que los soberanistas, con cierto criterio, usen el vocablo. Los demás ni siquiera lo mencionan en su base porque se mueven por impulsos que salen desde un desconocimiento brutal que marca la pauta en casi todas las facetas de nuestra sociedad de fachada elevada al cuadrado. Sin conocer la tradición, en este caso el pasado, no puedes aspirar a ir más allá del umbral presente y superarlo para crear nuevas circunstancias. La lección sirve tanto para algunos escritores como para los que fueron a la plaza y pensaron que con el mero hecho de ocuparla iban a derribar el poder.


¿Por qué tanto desconocimiento? La Historia que se enseña en las escuelas españolas es lamentable y sus programas, al menos hasta hace bien poco, lamentables. Yo mismo no pude cursar ningún tipo de asignatura relacionada con la República o la Guerra Civil hasta el segundo año del doctorado. Eso no era un problema porque mi curiosidad había resuelto la papeleta con antelación. En otros casos deduzco que muchos han preferido seguir en una ignorancia que se podría comprobar con mucha facilidad por la calle mediante pocas preguntas.



El sistema educativo ha propiciado esta basura cósmica que aturde a muchos ciudadanos que han elegido ser hijos de su tiempo sin sumergirse en otros, lo que también implica conformarse con una cultura de fachada muy parecida a un quesito de trivial pursuit. La enseñanza se articula a partir de unos esquemas que más que aprender propician vomitar datos que a posteriori se olvidan e internet ha reforzado esta tendencia desde un enciclopedismo popular capaz de elevar a la quintaesencia el fast food mnemotécnico. Ello implica una pérdida colectiva que se notará más en el futuro, pues por mucho que se hable de los enlaces cada vez se desaprovechan más. La Historia es una especie de gran línea donde todos los puntos están entrelazados. Por desgracia cada vez se valoran menos estas conexiones fundamentales porque se prefiere alardear con una fecha o una anécdota que relance el simulacro donde nos hemos instalado.

Sin comprensión de lo pretérito es imposible entender un presente donde muchos creen ser protagonistas a partir de la opinión masiva cuando en realidad sólo comentan elementos de unas casillas rellenadas por los que mandan, bien tranquilos al conseguir su propósito de marcar una agenda de debate dominada por una rapidez que genera obsolescencia programada de las noticias. Uno de los grandes fracasos de mi generación fue, pese a los nuevos partidos políticos de los últimos tiempos, el 15M. Algunos salimos. Otros prefirieron manifestarse delante del teclado para perpetuar la melodía de los zombies modernos que son incapaces de mirar el horizonte, metáfora bien indicativa de cómo van las cosas. Exterior versus interior. Activismo contra la pasividad que predomina sin límite.

De todos modos es posible cambiar los acontecimientos desde una habitación si se tienen los rudimentos para navegar por los mares de Clío, sí, la musa del tema que nos concierne porque desde las comparaciones con otros hechos podemos acercarnos a la actualidad y formularla desde estructuras internacionalistas en el doble sentido de interesarse por las vivencias de otras tierras y aceptar que en nuestra era las fronteras carecen de vigencia desde lo nacional, algo mucho más normalizado en el resto de Europa, donde la acuciante presencia de la Historia ha unido los pueblos en conflictos y hermandades que de las batallas han avanzado hasta lo cultural, imprescindible en el ámbito de estudios comparados de muchas universidades del Viejo Mundo que de este modo muestran al alumnado las relaciones entre los países del Continente para mostrar diferencias y vínculos en común.


¿Y España? Puede que la neutralidad en las dos guerras mundiales y la larga dictadura franquista hayan alargado nuestro catequismo del catetismo, teñido de uniformidad y contrario por norma a la pluralidad. Ir contracorriente suele pagarse, por eso este en muchos aspectos es un país de capillitas que protegen intereses porque más que el verdadero progreso creen en el caciquismo, típico en la banalidad de arquetipos provincianos demasiado vigentes, grupos con mucha cháchara y poca chicha, amigos de vender humo que se asustan si una mosca se desvía de la trayectoria convencional y propone otros rumbos. No intenten leer entrelíneas, o bueno, háganlo, pero lo explicado es una mera constancia histórica española. Corran, consulten las hemerotecas. Marx tenía razón. 

domingo, 24 de febrero de 2013

¿Una gran ilusión? de Tony Judt en Revista de Letras


“¿Una gran ilusión?”, de Tony Judt

Por  | Destacados | 22.02.13
¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa. Tony Judt
Traducción de Victoria Gordo del Rey
Taurus (Madrid, 2013)
Tony Judt falleció en 2010, pero su lucidez tardará en desaparecer. Su ensayo sobre Europa es un ejemplo de cómo un libro de Historia cumple su función de análisis del pasado para entender el presente con explicaciones sencillas que rebosan una lógica que debería transmitirse a todo hijo de vecino, pues las conclusiones del malogrado pensador indican con claridad el cómo se gestó la Unión Europea y por qué su etapa actual comporta una serie de dificultades económicas y expansivas que ya se intuían a mediados de la década de los noventa del siglo XX, momento en que fueron escritos los textos del volumen.
La primera parte del mismo versa sobre el proceso de construcción de la idea de Europa tras el cataclismo de la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces el Viejo Mundo era un espacio desolado con las constantes vitales alteradas, con el corazón destruido y un oasis de penuria en el horizonte. La configuración geoestratégica del planeta tras el conflicto y la crudeza del mismo movieron la balanza hacia la creación de un nuevo núcleo que sirviera para impedir otra tragedia al tiempo que tranquilizaba al patrón occidental: Los Estados Unidos de América.
La Guerra Fría facilitó las cosas, en el sentido que los países más importantes de Europa Occidental decidieron ponerse las pilas desde finales de los cuarenta para buscar una forma de unión, que de lo económico basado en la agricultura fue tomando vuelo hasta alcanzar en 1995 la nada desdeñable cifra de quince países integrados en la Unión. Sin embargo, en ese instante las cosas ya avanzaban hacia otro paradigma diferente al que nos resume Judt. Entre 1950 y 1989, del acuerdo por el que nació La CECA hasta la caída del muro de Berlín, el equilibrio entre Francia y Alemania, la existencia de la Unión Soviética y la preponderancia de EE. UU. ayudaron a que en la incipiente Comunidad Económica Europea prosperara lo que se dio a conocer como el Estado del Bienestar, que era posible por una serie de factores entre los que cabe incluir el baby boom y un ciclo económico, los treinta gloriosos, que empezó a declinar con la crisis del petróleo de mediados de los setenta.
Tony Judt (foto: Taurus)
El segundo segmento del libro es quizá el más interesante de la obra, centrándose en el verdadero significado de la ampliación hacia el antiguo bloque comunista. François Mitterrand pensaba que con la Unión Soviética se vivía mejor, no por ideología, más bien porque su influencia ejercía una contención sobre los mecanismos de laMitteleuropa, donde Alemania siempre había gozado de una posición privilegiada en los intercambios comerciales con sus vecinos. Esta situación, aparcada mientras Germania permanecía fracturada, revivió con la unificación, y claro, a nadie le amarga un dulce que enriquezca y permita aumentar el poder de un país que siempre ha sido decisivo en el ámbito continental.
Las sonrisas alemanas no ocultan que su beneficio dinamizador tiene algo de exclusivo. La integración del Este es una especie de ilusión utópica por condicionantes que se remontan a los tiempos del Imperio Romano, cuando la unidad entre Occidente y Oriente se dio por perdida. Siglos más tarde, Carlomagno cimentó en sus posesiones una zona que hoy en día es el epicentro de actividad de la Unión Europea. Visto así, casi se puede mostrar la división entre los dos hemisferios del Viejo Mundo desde las Guerras Médicas. En ningún momento de la Historia han estado enlazadas sin fricciones y de poco sirve la retórica churchilliana de Trieste a Stettin y su famoso telón de acero, que ha existido siempre. Los viajeros del siglo XVII consideraban Budapest como una frontera natural que separaba dos formas de entender el universo. La Europa de los Estados Nación en contraste con el magma imponente e inmenso de Rusia, inabarcable en todos los sentidos.
Sólo durante el espléndido paréntesis del Imperio Austrohúngaro existió una posibilidad de alambicar dos polos opuestos, y ello se percibe todavía en una herencia inmortal localizable en mil teselas del mosaico, desde lo arquitectónico hasta lo literario. Pese a ello, ese sueño habsbúrguico en la encrucijada entre el Ochocientos y el Novecientos se basaba sobre todo en la interacción étnica de la región, factor cancelado por Adolf Hitler y el Genocidio. Después de 1945 todo cambió y el yugo de la hoz y el martillo acentuó las distancias. Por lo tanto, Judt considera quimérico establecer un verdadero puente, más complicado si cabe por las diferencias económicas entre la Europa rica y la que aspira a serlo.
El último capítulo del ensayo ahonda en este debate, no sin lanzar una advertencia premonitoria. El disgusto de Francia, los peligros de no poder mantener el Estado del Bienestar y el miedo a que las instituciones primen sobre las personas se anuncian en consonancia con unas metamorfosis que hacen necesaria una refundación donde el Estado cobre importancia positiva con intervenciones que no lo despojen de su importancia, que también deberían tener partidos y sindicatos desde otra fórmula que la actual, caduca y totalmente desarraigada de lo que es la sociedad civil. Tendremos Schengen como símbolo de la libertad, pero eso no es suficiente, porque no sólo de estructuras vive el hombre. El siglo XXI exige que la burocracia se arremangue la camisa, salga a la calle y comprenda. De otro modo la idea de Europa será sólo un bonito esbozo en un papel.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Mi diálogo con Boris Pahor en Revista de Letras





Diálogo con Boris Pahor, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Entrevistas | 3.09.10



Me aturde pensar que ese día salté del crimen local en la radio al crimen universal con Boris Pahor (Trieste, 1913), autor de Necrópolis (Anagrama), obra donde narra su experiencia en los campos de prisioneros nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Llego pronto a la cita y me divierto observando a una periodista sin la más mínima idea de italiano. Mientras tanto pienso sobre lo asombroso del futuro diálogo con un hombre con el que me separan 67 años y ha vivido como protagonista el horror de la Europa de la primera mitad del siglo XX. Cuando la chica apaga su grabadora y se despide, dispongo la mía encima de la mesa del hall del hotel y pienso en el respeto que me inspira la figura del resistente que sigue rezumando vitalidad a través de su potente timbre de voz, determinado como lo fueron las respuestas que les ofrezco a continuación.

Usted nació en Trieste, ciudad babélica de lengua y culturas.

Antes de la Primera Guerra Mundial era la más bella Babel, los que empezaron a arruinar la vida de Trieste fueron los irredentisti italianos un poco antes, en 1880. Quisieron reivindicar su ciudadanía italiana y eran una minoría, porque la Trieste económica y ciudadana navegaba en otros mares, no estaba por esas cuestiones, quería mantener una independencia ajena al nacionalismo.

Además la misma historia literaria de la ciudad, con nombres como Italo Svevo y James Joyce, ya muestra este espíritu abierto contrario a la uniformidad.


Sí, pero por aquel entonces el problema ya estaba presente. Recuerde que Svevo se llamaba Hector Schmitz, era casi alemán. Le convenía ser Svevo por culpa del irredentismo, demasiado influyente. Joyce es distinto, y se desilusionó de la ciudad cuando retornó en 1918, ya no era la misma, se había roto su esencia. Durante la época austrohúngara Trieste era una ciudad agradable para los eslovenos, no éramos minoría, la urbe estaba al nivel de Maribor o Ljubljana y los austriacos querían construir la universidad eslovena. El mar abría los espíritus y facilitaba la coexistencia entre naciones, siempre armoniosa. Había una enorme sinagoga hebrea, iglesias griegas, negocios germanos, comercio serbio…Los eslovenos teníamos barcas, comerciábamos y los checos nos ayudaron hasta a construir la casa de cultura eslovena, que por desgracia ardió en 1920.

¿Es 1920 la encrucijada que inicia la persecución de los eslovenos en Trieste?


Desgraciadamente ésta es una historia desconocida tanto para Europa como para Italia. Hay muchos italianos cultos que no conocen nuestra resistencia. Tras la Segunda Guerra Mundial luchamos por recuperar el territorio italiano que era esloveno. El problema triestino fue de alcance internacional. ¿Sería para Italia o Yugoslavia? Sabíamos que Churchill y los aliados no hubiesen consentido una Trieste eslava por el factor comunista. El consejo de seguridad de la ONU tampoco podía tolerar un Adriático con marina soviética. Lo dieron a Italia y nos dieron una pequeña salida marítima en Istria. Eslovenia ha sido muy maltratada por los italianos durante más de un cuarto de siglo, y no sólo a nivel de identidad nacional, querían y lograron liquidar nuestra personalidad en todos los sentidos.

Yendo a las cuestiones que aborda en su libro me parece muy interesante su reflexión centrada en que los campos de concentración no fueron un problema hebreo, sino europeo. Al fin y al cabo esta condición hermana el universo concentracionario con la situación de Trieste, dos Babeles que prueban, desde situaciones diametralmente opuestas, lo absurdo del nacionalismo, un invento nacido de una necesidad represora.

No soy el único que lo piensa. El personalismo cristiano francés encarnado por Jacques Maritain dice que es necesario diferenciar entre conciencia nacional y nacionalismo. La primera es muy normal: fidelidad a los antepasados y a la cultura que nos dieron. Es una idea contraria al individualismo porque desea la unidad de la familia, mientras que el nacionalismo implica un sentimiento de superioridad y dominación, cuando quieres conquistar a los demás. Hoy se habla de terminar con el nacionalismo y aceptar la globalización. Muy bien, pero permanecer fieles a una identidad nacional no es nacionalismo. No hay ninguna necesidad de eliminar las comunidades nacionales. La globalización es un poco como el internacionalismo comunista, que también quería ver desaparecer las naciones. Lo mismo sucede con las lenguas, testimonios de lo que somos, destruirlas es una soberana estupidez. Si uno es esloveno y quiere seguir siéndolo debe amar la lengua esté donde esté.

¿Cuándo decide escribir Necrópolis?

Tras la conclusión de la guerra estuve en Bergen-Belsen, no en el campo, y me mandaron un año y medio a un sanatorio francés por problemas pulmonares. Antes caminé kilómetros hasta llegar a París. Volví a Trieste en la Navidad de 1946, me doctoré en Filosofía y letras a finales de 1947 y ya en 1948 publiqué una compilación de relatos donde hablaba de mi experiencia en los campos.

¿El libro se publica en 1967, verdad?


Sí, veinte años después. Pasé una jornada solo en el campo de Natzweiler-Struhof, que había visitado previamente en 1956. Fue en esa segunda visita cuando me vino la idea. ¿Por qué no escribir un libro sobre mis vivencias en varios campos? Busqué la triple unidad de lugar, espacio y tiempo. Es un libro especial porque además de hablar de todos los campos lo hice desde mi experiencia.





Desde mi punto de vista es diferente a otros libros sobre el fenómeno que tratan más la gran tragedia, y en cambio usted se centra en pequeños detalles que son un radiografía de los campos sin insistir en el dolor, que se sobreentiende.

Espero haberlo logrado. Hace poco entendí que mi libro necesitaba una introducción. Mi libro habla de los campos de trabajo donde fueron condenados los anti-nazis que llevaban el triángulo rojo. Hace una semana estuve en París para ver un documental sobre el libro y lo han titulado así, El triángulo rojo, el símbolo de los resistentes contra el nazismo, no se debe confundir con los hebreos de Auschwitz, hombres inocentes, no como nosotros, culpables por actividades de oposición. Éramos resistentes.

El único punto en común entre Auschwitz y su campo es que en ambos recintos se buscaba la muerte del preso mediante el trabajo. Arbeit macht frei.

Trabajar hasta la extenuación. Tuve la suerte de ejercer mi labor en interiores, sin pisar la nieve ni empaparme de lluvia con ese vestido que era como cartón. Era enfermero, eso me salvó.

Y al trabajar como enfermero creo que usted explica en el libro que al ver tanta muerte terminó siendo insensible a la misma.


Sí, y es algo horrible, una pesadilla. Uno puede habituarse a cualquier cosa. Al principio, cuando te quitan todo y te dan los pantalones y la chaqueta, te sientes nulo, pero como enfermero la posición era diferente. Primo Levi nos llamaba eminentes y nos condenaba porque no íbamos a la mina, nuestra labor era ligera, sin excavar ni cargar piedras pensando en la hora de la menestra. Gracias a Dios viví otro tipo de sufrimiento.

De todos modos padeció y adquirió mayor conciencia del horror.

Sí, y también sentí mucha impotencia. Había un médico noruego que sabía de los movimientos de los alemanes en el frente. Ese doctor era una personalidad en su país y me impresionaba. Hablábamos en un alemán de andar por casa. Ambos lo aprendimos en el colegio y eso nos ayudó. En mi caso era contrario a aprenderlo, pero luego me resultó de gran ayuda aunque en Trieste me detuvieron y llegaron a maniatarme en una silla.



Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial uno de sus compañeros de reclusión publicó un libro donde proponía masacrar a todos los alemanes.

El libro se llamaba N&N, Nacht und nebel, noche y niebla. Se equivocaba, no solucionas nada actuando como tus enemigos. Los alemanes se arrepienten de lo sucedido. En abril estuve en el campo de Dora-Mittelbau donde se construían las V-1 en las galerías subterráneas. Las construían deportados y también las saboteaban, lo que costó muchas muertes. Hoy no se habla de ese campo porque Wernher Von Braun trabajó mucho y bien para los Estados Unidos, por eso casi nadie conoce su existencia.




Me hablaba de su visita al campo…


Este año el discurso lo pronunció el vicepresidente del parlamento alemán y en todo momento se disculpó por las brutalidades de la guerra. Otra vez en Bergen-Belsen el político habló de la necesidad de pensar cada día en los errores del pasado. La actitud alemana es totalmente contraria a la italiana. También existieron campos italianos.

La clase política italiana es especialista en esconder las partes más oscuras de la Historia patria.


Y eso nos afecta a los eslovenos. Ahora hay un día que recuerda los muertos del diez de febrero de 1945 en Trieste, pero olvidan sin muchas complicaciones todas las fechorías del fascismo con nuestra nación.

En mi opinión el gran error de Europa como nación es que la mayoría de los países del Viejo Mundo ocultan las zonas más lóbregas de su Historia. En el caso español se hace la vista gorda cuando se habla de de derogar la ley de amnistía de 1977 y sobre todo la derecha, aunque también los socialistas, creen que es mejor no tocar el pasado.


En Italia todos quieren silenciar el pasado, hasta el PD (ndlr: Partito Democratico), que dice representar a la gente de izquierda. ¿Entonces por qué creas estos absurdos días conmemorativos? A veces me enervo porque sigue existiendo esa mentalidad de la grande nación versus la pequeña, como si los muertos de la primera fueran más importantes. En el caso italiano hay mucha hipocresía, pues ellos empezaron la guerra con Hitler, luego, tras el armisticio de 1943, las tornas cambiaron y al tener los aliados en casa echaron a Mussolini el 25 de julio de 1943. Sí, tuvieron partisanos pero eso no implica esconder todas las barbaridades que perpetraron los fascistas, y eso el PD lo obvia. En 1965 se creó una comisión histórica italo-eslovena encargada de revisar la historia de las relaciones entre ambos países desde 1880 a la fecha del acuerdo. Trabajamos siete años en esa misión y sólo se publicó la parte eslovena, la italiana quedó en el cajón, cerrado con llave porque se avergüenzan y son incapaces de aceptar sus pecados. Los estudiantes deben conocer los errores de sus abuelos. Los franceses continúan esforzándose en entender el por qué hubo disputas con los alemanes. Recientemente, pues soy Caballero de la Legión de Honor, recibí una revista del ministerio de la guerra donde se analizaba al pormenor la relación entre Alemania y Francia en 1914 para entender la evolución de los dimes y diretes entre ambos países, mientras los italianos siguen creyéndose superiores y nos ven a los eslovenos como pobres desgraciados, siguen siendo racistas.

España e Italia son países enfermos porque al esconder su pasado no pueden construir su presente.

No se han reconciliado con su Historia y quien no se reconcilia y da luz a su pasado no puede avanzar con garantías hacia el futuro.

Seguimos hablando de cómo la Historia la escriben los vencedores y durante unos minutos proseguimos la charla comentando la importancia de los dialectos en Italia. Pahor tiene una energía de otro siglo, una fuerza que se extinguirá y nos dejará más huérfanos, sin duda. Recuerdo conversaciones con amigos cuando tenía veinte años. El catalán es un dialecto. No. Sí. No. Politiqueos de sobremesa. El casi centenario esloveno cree que cualquier dialecto es una lengua por sus características especiales porque cree en la diversidad absoluta, y eso, en un mundo siempre más abocado a la unicidad para el control, es un tesoro demasiado valioso.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La calma y el mirar en Panfleto Calidoscopio




Vértigo de W.G. Sebald

Por Jordi Corominas i Julián




“Como es sabido, Inglaterra es una isla aparte. Si se quiere ir a Inglaterra se necesita un día entero”. Ernst Herbeck.

Este texto tiene tres historias interiores y un homenaje. A finales de 2002, justo cuando terminaba mi licenciatura en Humanidades, entré en La Central. Entre los destacados del mes lucía amarillento Austerlitz de W.G. Sebald. Unas semanas después estaba harto, sin saberlo, de mi estrechez de miras para con el niño de la portada y el recuerdo napoleónico. El alud de críticas positivas y las consideraciones de muchos escritores sobre la aclamada novela ejercían en mí un rechazo por exceso de aceptación, como si su éxito fuese una moda pasajera insana, lobotomía de fin de semana en el desierto por culpa de un accidente automovilístico, muerte al rico reclamo comercial de encumbrar por morbosa materia mortuoria.

Un buen día el ciclón desapareció y mi cartera se puso a dieta. Compré la falsa contienda y se produjo el hechizo. A mis 24 años Austerlitz fue una revelación. Durante largo tiempo devoré sus páginas con lentitud, deseando que nunca terminaran. El punto y final me sumergió en una especie de letargo cerebral donde el recuerdo de esas líneas sin apenas párrafos recorría mis sinapsis dándoles una alegría de crecimiento complementada por las fotografías y la maravillosa prosa poética de Sebald, un autor que más que frases encadena una continuidad narrativa en forma de río léxico-reflexivo engendrado entre paseos, historia y un viajar físico e interior en dirección fija a Europa desde múltiples ángulos que emergen mediante el noble acto de pasear, pues hasta en el estatismo de la pausa se tiene la sensación de avanzar con pies y mente hacia el constante caminar de una conciencia excepcional.
Mi pasión fue agrandándose. La ausencia en el mercado español, salvo unas pésimas primeras ediciones en Debate, del corpus narrativo del alemán me llevó a bucear por Internet y adquirirlo en francés. Leer en una lengua que conoces pero que no es tuya completamente es un ejercicio de pasión y autoengaño, más que nada al alterarse la noción básica de comprensión, que todo lo capta sin percibirlo igual. Sin embargo, mi experiencia gala fue fructífera y me permitió hallar la explicación por qué Enrique Vila-Matas tituló Doctor Pasavento su última novela antes de la atendida Dublinesca. El barcelonés había leído Vértigo con esmero, encantándose con una publicidad de 1913: Dottore Pesavento. Specialista. Bocca. Denti. Estrazione senza dolore. Dentiere senza Palato. Dos clásicos modernos hermanados en un juego que reafirma la literatura como un único libro, agua distribuida desde un mismo caudal que se reinterpreta nutriéndose de sus inextinguibles elementos.


Un lustro es mucho, demasiado. Las horas vuelan y lo largo deviene corto en suspiros. 2010. Anagrama presenta una nueva traducción de Vértigo. Revisitarloen castellano es una experiencia que traspasa la mera barrera bibliófila y se instala en la senda personal de entender las metamorfosis de nuestro ego, sorprendido por la clarividencia de una tinta ya catada con anterioridad. Mis impresiones no han dado ningún vuelco, sólo han evolucionado tras superar una dura prueba. El lector no avezado en la prosa de Sebald puede padecer graves problemas por la intensidad del texto tanto en estilo como en contenido. La vorágine que generan los enlaces y los escasos respiros transporta hacia una dimensión donde las ideas se suceden a un ritmo, nunca mejor dicho, vertiginoso y desconcertante por la naturalidad de las meditaciones, contundentes caricias casi imposibles de captar en su totalidad para quien se estrena en estas lides.




Vértigo y el encadenamiento de la casualidad:
precisas coincidencias para reforzar la memoria

La repetición mejora y es el perfecto pasaporte para la auténtica percepción de detalles caídos en el debut. Abro la traducción de Carmen Gómez García y sonrío al encontrar en la línea de salida al viejo amigo Stendhal en plena juventud bélica ascendiendo el San Bernardo junto a treinta y seis mil almas guiadas por Bonaparte. Sus anotaciones y bocetos introducen con irónica seriedad documental, algo típico en el autor de Los emigrados, los temas fundamentales del volumen. Henry Beyle dio nombre a un famoso mal de belleza superlativa. Se enamoraba del arte hasta el límite, y en ocasiones el deseo de conservar lo observado se obtenía mediante la compra de una postal con poderes eternizantes. ¿Obvio? No. Lo vivido se desfigura a través de la reproducción, poderosa y canalla, vencedora en la lucha de la memoria al imponerse al verdadero recuerdo. Esta deformación es una traición personal causada por la manía de añadir y desconfiar de nuestras posibilidades mnemotécnicas. Creemos en demasía que acumular es victoria, y la existencia tiene mecanismos que favorecen la ligereza de equipaje, máxime si nos hallamos fuera de hábitats conocidos y queremos saborear lo inédito sin trabas. El lamento stendhaliano se corresponde a la imbecilidad contemporánea de la fotografía como registro de lo que fue, monstruosidad canceladora de los cinco sentidos, sepultados en un pozo sin fondo que transmite fuit hic y despersonalización absoluta, aunque Sebald aprovecha la circunstancia para darle la vuelta y engendrar un mapa inverso que del ornamento barroco navega hacia el retorno al origen. El hombre del siglo XXI se atiborra de medicamentos que, con toda probabilidad, agravan su salud. El genial creador de espejos que ponemos en el camino cocinó lo mejor de su cosecha entre 1829 y 1842 aquejado de síntomas sifilíticos empeorados por la ingesta de medicamentos con alto grado de toxicidad. Ese suplemento le acercó a la guadaña al redundar en el fallo de manipular un cuerpo hasta hacerlo irreconocible. Murió en la actual calle Danielle-Casanova, anécdota que Sebald usa en su provecho en el siguiente tramo de la novela, All’estero, una de las cumbres literarias de los últimos veinticinco años. El narrador irrumpe como protagonista. Es un ser solo, en cierto modo desgraciado en su vagar delirante donde cree ver a Dante en Viena, ciudad donde no pretende encontrarse con nadie pese a mencionar el vacío de llamar en vano a varios números de teléfono. El autista que circula por el Viejo Mundo es culto y parece sentir un ambiguo temor reverencial que aplaca en sus raros momentos junto a viejos amigos internados en sanatorios mentales, trastornados símbolo del malestar de todo un continente que ha perdido la atención por la calma y el mirar, valores expresados en el transportarse sin velocidad del protagonista, a quien empezamos a entender en Venecia. Sus coordenadas se entrelazan con las del gran Giacomo Casanova pionero entre pioneros en el laberinto de la modernidad, héroe burlador del plomo del palacio ducal de la Serenísima, fugado de lujo esa noche de todos los Santos de 1756. 224 años después Sebald está en el lugar de los hechos y registra la efeméride en la agenda, modo de exprimir su operación de libertad en las válvulas que mueven su materia gris. Lo importante –pese a ser un artefacto sin máscara, sincero y honesto en sus ardides– no es rememorar, sino vivir y dar cuenta de lo imprevisto para activar partículas que fundan el presente con el pasado para así tener una línea recta de la que todos somos partícipes. Europa. La travesía transalpina inyecta dosis de pistas, nombres y situaciones presentes por una intencionalidad clara de no dejar ningún cabo suelto y aunar las pequeñas migajas en una intrincada construcción formal con hondo contenido conceptual. Por eso urge regresar siete años después, para que el rompecabezas pueda completarse y las piezas adquieran sentido. Por eso la huida de esa Pizzeria en Verona, Ludwig y la violencia insensata. Por eso desviaciones en la ruta y reposos en moradas con gentiles italianas de anhelo y despedida hasta nunca. Tierras kafkaianas en el horizonte. 1913 desde Sciascia y los periódicos que con su barita mágica abocan, por instantes, al protagonista a desplazarse al tiempo cronológica que obsesiona su mente para luego aceptar que la máquina del tiempo no existe y ceder el protagonismo a Franz Kafka y su viaje a un sanatorio de Riva. La repetición es sutil y elegante. El mítico checoslovaco marcha por los mismos sitios que Sebald, y hasta el meollo de sus vivencias es un calco de lo leído en All’estero, entre la chica de la pensión y el alemán. En este caso la lírica alcanza altas cotas con lo intangible de la mujer del agua y ese amor perdido por no darse direcciones ni nombres, como si el anonimato pudiese preservar una pureza que defendemos pero siempre queremos derribar. La única diferencia radica en las desapariciones. En 1913 un suicida. En 1987 un pasaporte. En ambas coyunturas una firma resolvió la cuestión.

La historia como protagonista: doblez que busca unidad
Podemos concluir que el doble domina. Los paralelismos tienden a converger y propician la unidad que, como ya dijimos hace escasas páginas, se aprehende volviendo al origen. El círculo vicioso es redentor. Los cambios del pueblo natal son trayectorias, progreso aniquilador de viejas reliquias mentales. Sentarse en una mesa conocida décadas después de la última vez es recapitular y diseccionar. Caballos locos, bares sofisticados que arruinan muchedumbres rurales. Elencos de catástrofes perdidas en la noche de los tiempos y conservadas en manuales académicos como advertencia. El final es menos árido, una sinfonía que, contenta con el sudor de la frente tras la batalla de ideas, con un tono cotidiano de abandono hacia Inglaterra, isla donde Sebald residió más de la mitad de su vida, geografía compartida que le tendió un puente-vínculo del que tenemos mucho que aprender más allá de las letras.