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jueves, 2 de septiembre de 2010

Primavera de Café e Izquierda y derecha de Joseph Roth en Revista de Letras



Viena-Berlín, Izquierda-Derecha: Doble ración de Joseph Roth en el período de entreguerras
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 1.09.10


Primavera de café. Joseph Roth
Edición de Helmut Peschina
Traducción de Carlos Fortea
Acantilado (Barcelona, 2010)

Izquierda y derecha.
Joseph Roth
Traducción de
Sandra Chaparro Martínez
Ediciones Barataria
(Barcelona, 2010)


Siempre es una buena noticia recibir novedades con la firma de Joseph Roth, cuya recuperación por parte de Acantilado constituye, en mi modesta opinión, uno de los mayores logros de la edición ibérica en el último decenio. La alegría crece exponencialmente si Barataria decide apostar por este autor con un libro que demuestra toda su versatilidad y visión para ilustrar un tiempo crucial con sutiles pero certeras pinceladas. Ambos sellos han publicado recientemente dos libros ejemplares que se complementan. Primavera de café nos presenta al Roth joven y periodista en su amada Viena, mientras Izquierda y derecha nos muestra al autor de La marcha Radetzky en plena ebullición berlinesa, viviendo la capital germana y analizándola despiadadamente con su pluma de gran poeta en pleno período de entreguerras, cuando la crisis, la inflación galopante y la incertidumbre perfilaron un panorama poco halagüeño que la crisis del capitalismo en 1929 encauzaría hacia una tragedia de proporciones inabarcables culminada con la segunda conflagración mundial y el holocausto. Ambos volúmenes se complementan porque unidos configuran un fresco del mundo alemán tras la debacle de 1918 y preludian crepúsculos, nostalgias y males de difícil solución.

Primavera de café: Un canto a lo excelso del periodismo

Joseph Roth llegó a la capital de Imperio Austrohúngaro en otoño de 1913 dispuesto a estudiar germanística. Su paso por la universidad tiene poco importancia, porque el todavía adolescente prefirió pasear y deleitarse con Viena, ciudad que por aquel entonces aún expresaba en su interior ese auge cultural tan sólo comparable con París, más mencionada pero menos versátil que su rival del Danubio. El súbdito del emperador, al que rendirá pleitesía hasta sus últimos días con obras como La cripta de los capuchinos, se empapa de calles, personas y monumentos, aunque también tiene tiempo para cumplir con su deber patrio antes de la hecatombe que termine con ese sueño coronado de múltiples nacionalidades, crisol centroeuropeo único que expiró tras el cese de las hostilidades en noviembre de 1918, cuando los cañones de la Primera Guerra Mundial silenciaron su fuego y toda Europa inició su lento y estruendoso suicidio. Las águilas cedieron su lugar a la República y lo que era uno se disgregó en una miríada de Estados sacudidos por mil revoluciones, y en esas, porque siempre es lo que más importa, estaban los seres humanos, con su acuciante necesidad de adaptarse y sobrevivir con trabajos que dieran dinero que llevarse al bolsillo para sobrellevar la difícil posguerra.



Roth fue contratado por el periódico Der neue Tag y escribió su primer artículo el 20 de abril de 1919, fecha en que Adolf Hitler cumplió treinta años de edad. El escritor crecía y el futuro dictador se preparaba para su extraña carrera hacia el poder. La colaboración de nuestro protagonista con el rotativo vienés duró un año, lapso de tiempo más que suficiente para completar una serie de textos que deberían servir de ejemplo para el periodismo de hoy en día por su naturalidad y genio en tratar temas de relevancia social sin caer en ese estilo funcionarial que me atormenta cada vez que abro la prensa diaria. Una cosa es informar sin caer en lo subjetivo, y otra bien distinta es limitarse a copiar el teletipo sin poner nada personal. Las páginas de Primavera de café son una invitación a investigar y sumergirse en el entramado urbano. Su editor, Helmut Peschina, ha dividido la compilación en varias partes que constituyen una larga caminata introspectiva por el estado anímico de Viena tras perder su magia y entrar en la normalidad. Roth observa y comenta cafés, parques, arte, comida y entablando conversación con sus semejantes consigue informaciones excepcionales que van desde los problemas de la cartilla de racionamiento hasta aspectos cotidianos realmente encantadores, como la desaparición de la cobradora del tranvía, una pérdida simbólica que anuncia la mecanización, que sin duda contrasta con el ejemplo de la vieja policía del Ring o las actividades del mercado negro, por no hablar de curiosidades como la mujer más anciana, las lavanderas, los huesos que emergen del pavimento, algo típico en cualquier metrópolis con imponente pasado, o personajes verdaderamente especiales, anomalías que pueblan las calles. Es en estas entrevistas donde emerge un periodismo sabio, que entiende lo sensacional desde perspectivas diametralmente opuestas a las que centran el pulso en la actualidad. La delicia del músico ciego ennoblece toda una profesión por privilegiar la riqueza del detalle y abordar lo cotidiano con su auténtica grandeza al igual que ocurre en la visita a la isla de los desdichados, ciudad ajardinada de locos por inercia de maltrato y desdén. Quien quiera periodismo complaciente no lo encontrará en las noticias de Roth, espectacular en su juvenil honestidad que evolucionará en 1923, ya afincado en Berlín, hacia una prosa más rica en matices, capaz de prescindir del elemento humano para abrazar la maestría en la descripción de lugares normalmente vetados al común de los mortales, fichas de un tablero que amenazaba con desmoronarse sin remisión que el escritor plasma con la pasión del visitante que recupera durante un instante sus raíces sentimentales.

Izquierda y derecha o la inminencia del colapso teutón

Estamos muy acostumbrados a hablar de las dos Españas, y es posible que aún falte una obra capaz de englobar lo que significa esa expresión. Somos miedos, nos falta un gen de la concreción y la valentía para descifrar nuestra historia mediante la buena literatura. En 1929, cuatro años antes del funesto ascenso de Adolf Hitler a la cancillería, Joseph Roth decidió abordar el marasmo en que se veía abocada Alemania en una novela que desde una premisa básica, sutil y muy germánica, plasmó la angustiosa situación de la República de Weimar, con su suerte echada al oportunismo y a la demencia. La trama de Izquierda y derecha, sublime testimonio de su tiempo, se centra en las peripecias de los dos hermanos Bernheim, esperanzas de una familia afortunada hasta que la inutilidad irrumpe en su seno siguiendo el aire que arrastra a todo un país hacia confines poco deseables. El clan tuvo la dicha de ganar el premio gordo de la lotería. Sus hijos crecieron envueltos en una nebulosa propicia que auguraba éxito y ascenso social. En su juventud Paul fue un genio prematuro con el defecto de tocar demasiadas teclas sin apasionarse verdaderamente por ninguna. Su fugacidad era la derrota de la constancia. De la noche a la mañana era experto en arte, estudiaba en Oxford, emprendía la carrera militar en los Dragones y aspiraba hasta las más altas cotas. El estallido de la Primera Guerra Mundial trastocó su existencia, pero aún así no cejó en su empeño. La jornada de la derrota fue noticia por ser apaleado. Confiaba en ser un símbolo, y sino siempre quedaría el banco de papá, probo progenitor con claroscuros que le conferían una fuerza ausente en sus retoños, cínicos adalides del sálvese quien pueda pegando pocos palos al agua, siendo en este sentido Theodor el rey de reyes. Su presencia es una molestia hasta en su propio hogar, si bien sirve a Roth para introducir el tema del irresistible auge nazi con sus proclamas vacías, la violencia por la violencia y una inteligencia basada en el desconocimiento y los lemas impactantes, como si Goebbels tiñera las páginas antes del ministerio de propaganda.

La trayectoria de ambos hermanos circula acompasada a la de una sociedad desconcertada que tras la rendición de Compiègne tuvo que bailar con la más fea y agarrarse a tablas de salvación poco fiables. Lo interesante de la novela es que su narrador no se limita a explicarnos los dimes y diretes de la pareja protagonista, sino que ahonda más allá ofreciendo un mosaico del estado de la cuestión en todos sus ámbitos. Aparecen artistas que revolucionan con la vanguardia, como si con el descalabro hubiesen hallado, y así fue, la piedra roseta para sacudir con un solo golpe los viejos muebles e instalar primicias, creaciones hacia Pandora para capitanear la nave sin rumbo. Por desgracia su entusiasmo fue estéril porque la situación económica, y en ese punto el libro a veces se puede leer como la crónica de nuestro propio ocaso, era un vaso desbordándose. Primero llegó el caos, luego la inflación galopante y la barra de pan a cuatro millones de marcos. La madre de Paul y Theodor guarda los billetes en una maleta, Paul le aconseja invertir en bolsa y el dinero va perdiendo todo su valor. Sin embargo, siempre hay cambios, y por todos es sabido que en estas épocas de crisis los avispados pueden amasar fortunas, y eso es lo que sucede con el personaje clave del relato, Nikolai Brandeis, que tras su paso por el Ejército Rojo decidió transformase y optó por querer ser millonario, lo que consigue con la hipocresía de amar a la clase media, con la que sólo pretende instaurar un emporio comercial de puro capitalismo. Su escalada genera rechazo entre los viejos mandamases, jerifaltes molestos por ver cómo los advenedizos ocupan su territorio, lo que en un futuro no muy lejano terminará engendrando la alianza entre los grandes empresarios y el naciente frente nacionalista con estructura paramilitar para barrer Alemania de los culpables de la humillación de Versalles, advenedizos y judíos, rémoras para los que estaban anclados en los valores hegemónicos de la tradición. Mientras eso no acaezca, Paul y Theodor serán tratados como peleles y verán la historia pasar delante de sus narices con una conciencia agridulce al ser capaces de vislumbrar su situación desde un conformismo de quien carece de atributos y prefiere la plácida mediocridad a la espera del mañana.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Parts of the process:Idea e ideas de Europa en Bcn Week


Parts of the process: Idea e ideas de Europa by Jordi Corominas i Julián

Dicen las malas lenguas que el Imperio romano empezó su largo y tortuoso camino de disolución cuando el emperador Caracalla otorgó la ciudadanía a todos sus habitantes. La universalidad fue una medida de emergencia para unificar una población que después de dos siglos de paz empezaba a sentir con demasiado ahínco la presencia del enemigo a las puertas. El mundo inició su recogimiento. Las ciudades se enmurallaron, los cerebros renunciaron a la exhuberancia del paganismo y la división fue acrecentándose hasta que los bárbaros se introdujeron en el sistema y quebraron el Estado de moneda única y bilingüismo perfecto. La unidad cedió su espacio a un conglomerado de reinos nacionales que se han perpetuado hasta nuestros días, una Europa fragmentada con exceso de personalismos. España, Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y un largo etcétera, hijas de una misma tierra separadas por orgullo, añejas rivalidades y un mutuo interés hasta el 28 de junio de 1914 por dominar a los demás en la lucha planetaria.

Esa fecha altera y destruye un orden indestructible. El símbolo recae en el Imperio Austro-Húngaro, crisol de nacionalidades que durante medio siglo vivió un esplendor cultural comparable al del París bohemio. La plenitud se esfumó con un atentado en Sarajevo, excusa para activar la Primera Guerra Mundial, palanca suicida del Viejo Mundo. En El mundo de ayer Stefan Zweig narra su encuentro en la neutral Suiza con Romain Rolland. Ambos escritores establecieron un diálogo que culmina en la idea de Europa, concepto espiritual por el que todos los pobladores del Continente compartimos una afinidad que parte de nuestro inconsciente cultural, bien nutrido de un álbum colectivo de libros, proclamas, nombres y esperanzas que son patrimonio común desde el Océano hasta los Urales. Lo absurdo es que los dos intelectuales fueran pioneros en su propuesta. Los obreros se internacionalizaron en 1864 y articularon un lenguaje propio ajeno al pasaporte. ¿No era posible juntar esfuerzos entre territorios delimitados por fronteras?

La aplicación de la idea era difícil. En 1929, justo un mes antes del crack de Wall Street, la desesperación y la legítima aspiración de vivir en un mundo sin guerras llevó al francés Aristide Briand a proponer una federación europea que tuviera como principales valores la solidaridad, la prosperidad económica y la cooperación política y social. El sueño se truncó al estallar en mil pedazos la felicidad de los años veinte y nublarse el cielo con nubarrones fascistas. Hitler y lo demás son viejos conocidos que presionaron hasta romper el cordón umbilical del despropósito. 1945 y el adiós a las ambiciones suprematistas. Tocaba reflexionar y resituarse en el mapa. Las nuevas reglas de la Guerra Fría aconsejaban configurar un cuerpo unitario que pudiera contener las embestidas de los grandes bloques. Se creó la Unión del Carbón y el Acero. El 25 de marzo de 1957 Se firmo el pacto de Roma para fundar la Comunidad Económica Europea. Los conflictos siguieron a menor escala. De Gaulle no osaba permitir el ingreso del Reino Unido e ignoraba el aire que respiraba la calle.

De todos es sabido que el ser humano tiene tendencia a practicar sexo durante un apagón o cuando finaliza un conflicto estresante. En 1945 los vencedores del nazismo se conciliaron con el planeta dándole numerosos retoños que emergieron en los años sesenta y desde la diferencia intentaron derribar cualquier residuo decimonónico que entorpeciera su labor. El cine italiano, la Nouvelle Vague, el pop británico y otros fenómenos de la época crearon una transnacionalidad occidental reforzada por la explosión del 68, queja amarga por querer crecer sin rémoras contraproducentes. Ese grito generacional permitió que desaparecieran confines en las mentes de las personas y las ideas se expandieran sin trabas lingüísticas por el progreso del inglés como koiné y el crecimiento del mercado de consumo, diabólica máquina dispuesta a satisfacer las inquietudes de millones de jóvenes que clamaban por renovarse o morir. No es posible afirmar que el LSD tuviese algun tipo de importancia en el proceso, aunque es posible si lo relacionamos con la disolución de barreras y el ir más allá de lo instaurado como axioma por los siglos de los siglos. Amén.

El penúltimo episodio acaeció hace veinte años. La caída del muro de Berlín y la unifación de Alemania reabrieron el debate desde premisas políticas al poder abrazar la perspectiva de una verdadera Unión Europea. Maastricht fue el pistoletazo de salida de un proyecto endeble y ensanchado hacia el Este sin Comunismo que pretende convertirse en bandera de los ciudadanos de veintisiete países. Sin embargo, la pugna sigue en todo lo alto y la crisis la ha corroborado con el proteccionismo económico. Las bellas palabras sirven para rellenar páginas de periódicos pero son estériles sin una coordinación conjunta. La acción baila bajo la superficie que ocultan los titulares. La libre circulación de personas que activó el Tratado de Schengen es la gran bendición que abre el grifo porque transitar es comunicar. Los erasmus, los vuelos low cost y la indudable y desaprovechada preparación de los hijos de los babyboomers nacidos entre los setenta y los ochenta configuran otra vertiente de un europeismo que pese a hallar metaforicamente la deseada unidad territorial debe intervenir para golpear las siglas que nos invaden– BCN,UE– y devolverlas a su originalidad de pies en el suelo. Una Unión Europea o una Barcelona son lugares donde no es quimérico interactuar y construir cimientos sólidos y sostenibles del edificio; es esencial aceptar la existencia de un pensamiento mayoritario que desde su espontaneidad, generada por el mismo contexto histórico y el aprovechamiento de sus grietas benéficas, discrepa de los que gobiernan y articula un discurso cotidiano que no cae en papel mojado porque se vive desde y por la realidad, consciente de la sonora imbecilidad de himnos, enseñas y caducos discursos patrioteros, consciente de la importancia de una comunicación honesta que no truque gestos por mentiras trucadas de cercanía, una democracia de 735 millones de personas donde el intercambio y el desplazarse generen riqueza en la diversidad unitaria del ser humano.