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lunes, 4 de marzo de 2019

Cien años de la Bauhaus en El Confidencial



La semana pasada escribí en El Confidencial sobre el centenario de la Bauhaus. Si quieres puedes leerlo aquí

jueves, 3 de mayo de 2012

La memoria, los agujeros y el hueco en Panfleto Calidoscopio





La memoria, los agujeros y el hueco

Por Jordi Corominas i Julián


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En los últimos tiempos he cogido gusto calidoscópico a los elencos. Permiten la síntesis, tapan defectos y desarrollan un análisis somero de cuestiones que de otro modo se convertirían en un tostón integral. Al reflexionar sobre los agujeros mi mente ha rechazado lo obvio, adentrándose en una espiral que alterna memoria, calle y sensaciones cotidianas que al instalarse en la rutina parecen banales sin serlo. Escribo en una tarde de domingo soleado. Lo ideal sería irse a pasear, pero llevo dos meses con una cita pendiente en mi documento de word, y eso ya de por sí demuestra una carencia personal que resume el reloj. ¿Puedo subsanarla? Lo intentaré. No prometo el cielo, sólo navegar por el vacío en un intento de llenarlo con palabras.

La primera estriba en el pasado y lo borroso de la memoria infantil. La única imagen que retengo de una tarde de hace mil años es un campo árido, una especie de pozo y mi primo sangrando a borbotones por haberse introducido en el misterio. Servidor reía y mi abuela ejercía su lógico papel adulto regañándome por mi osadía. Vocablos, el sol y nada más. Si ahora me preguntaran donde estaba el terreno no sabría responder, y tampoco creo que la magdalena de Proust arreglara el embrollo.

En cambio hay jornadas, pocas, que uno retiene a la perfección. Tengo una sana obsesión por captar detalles, y a veces dos ojos no abarcan la inmensidad, por lo que una cámara fotográfica ayuda a congelar los minutos para introducirlos en nuestro cerebro. La moraleja del asunto, conservada en carpetas digitales, es que la distancia no es el olvido, sino nuestra inactividad. La pérdida radica en lo muerto. Lo vivo tiene bula en nuestros archivos y siempre resucita.



Algunos dirán que la última afirmación es más bien discutible y otros la asociarán con los elefantes y su asombrosa capacidad, sin que nadie haya hurgado en su interior, craneal. Sí, mis ficheros rebosan, lo que no impide el lamento por una tara que antes juzgaba imposible. Cuando era más joven no tenía dudas de mi cronología personal. La precisión marcaba el orden de eventos y me carcajeaba al leer en entrevistas las cavilaciones de famosos sobre su obra pretérita. Desconocía que el cansancio afecta la solidez de la propia información. Envejecemos, aislamos la minucia y privilegiamos lo concreto.




Aún así tengo suerte al querer abrazar la totalidad en el paseo a sabiendas de la utopía que planteo, lo que aumenta el desconsuelo del agujero. Una noche de sábado en Barcelona recorrí más de diez kilómetros del mar a mi casa. En el camino destacaban las ventanas cerradas en contraste con su contrapartida abierta y lumínica. Lo cerrado se metamorfoseó en agujero quimérico. La música y algún cuadro colgado en la pared incitaban mi ansía de conocimiento mediante esos retales dispersos alimentados con el débil sonido de tuberías, camiones de limpieza y los pasos de otros transeúntes ensimismados. No gozamos del poder ubicuo de penetrar en moradas ajenas, ni tampoco del acceso al aburrimiento de lo clausurado por rigor horario. Los bares muertos de asco a las seis de la mañana. Las habitaciones de hotel que atienden la llegada de amantes, un suicidio o la simple repetición del péndulo viajero de rostro multiforme controlado en recepción.

En un albergue de Praga generé un enorme hoyo por mi empecinamiento adolescente en consumir botellas de vino blanco en el Hall del establecimiento. A las tantas desistí, me dormí en el ascensor y aterricé en mi cama de puro milagro. Las lagunas venecianas causadas por ingestas masivas de alcohol son un suplicio del remordimiento. No importa si son de cinco minutos o seis horas. Tememos lo peor por Murphy y el miedo a nuestro inconsciente, que pese a todo no suele traicionarnos con épicas barbaridades que aparcar en un abismo del cajón.






Venecia también es, hasta cierto punto, la esperanza de redención para las brechas. El palacio ducal contiene en su belleza el oprobio del plomo, vocablo que designaba sus famosas prisiones, prodigio de tortura y seguridad para la época. En 1756 Giacomo Casanova agrandó su mito al perforar su techo y escapar, lo que le costó diecisiete años de exilio que usó para vagar por media Europa y rubricar una y otra vez su extraordinario genio con embuste, seducción y excentricidad con copyright de primer hombre moderno, lo que reflejan sus interminables memorias, una joya que sólo llegó a España en una edición digna a finales de 2009 en la que puede observarse cómo a veces el diccionario es injusto con lo pretérito.

Casanova era astuto y se granjeó una más que notoria fama con las mujeres. Retozó con más de un centenar, y tanta testosterona ha enterrado en una fosa común sus virtudes literarias, pioneras en describir lo exterior desde el yo y anticipar lo novelesco con un estilo que exalta lo individualista integrándolo en el espacio, foco central para comprendernos y desestimar pretensiones de exclusividad para con lo que nos rodea, factor que entendió de otra manera Kant con sus caminatas de metrónomo en la actual Kaliningrado. Sus ojos asimilaron el entorno hasta desnudarlo de lo superfluo, actitud compartida un siglo más tarde por el arquitecto Adolf Loos, quien a falta de filosofía lo exhibió con una rotunda provocación que derrotaba la cursilería austrohúngara delante del Palacio Imperial.




Su sastrería Goldman&Salatsch desafía al mismísimo Hofburg de Francisco José, Sisí y la multiculturalidad de la corona. El adorno es delito, cubre agujeros con voluntad de acumular en un atentado contra lo prístino que suele vencer en eras de penumbra, desde la Edad Media hasta el barroco. La desnudez de los muros vieneses era una inminencia de defunción que la Primera Guerra Mundial certificó.

Una hermosa canción, la quinta del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, es Fixing a Hole. En ella Paul McCartney rebosa su habitual optimismo a partir de un pequeño acto del día a día: arreglar un desperfecto en su granja escocesa. La lluvia que fastidiaba el suelo es una metáfora de los pájaros que infestaban a muchos que por ir a la última no se enteraban de la misa la mitad, seres alienados que rehúyen la simpleza porque desde su óptica no tiene mérito ni glamour. A veces los límites nacen por no aceptar lo esencial, y ahí surge el mayor agujero que a todos atormenta, la soledad, bestia que no se reduce con cháchara y tristes estruendo. La perfección huele a imperfección y el exceso desorienta. Lo catamos con la información y su frenesí aniquilador de la armonía, y en nuestras vidas lo que desborda es la velocidad y un engaño colectivo que envenena cada porción del pastel hasta lograr que el círculo suene hueco en su plenitud.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Años de vértigo de Philipp Blom en Revista de Letras





De la virgen a la dinamo: Años de vértigo de Philipp Blom, por Jordi Corominas i Julián


En 1889 la Torre Eiffel causó estupor, pero sobrevivió a los siempre volátiles fastos de la Exposición Universal de Paris. La ciudad de la luz celebró la entrada al siglo XX con otra de esas muestras que congelaban el mundo en un escaparate en forma de pabellón. La imponente construcción dy hierro seguía gobernando el horizonte, aunque su otrora modernidad se había convertido en una sólida altura muy diferente a los acontecimientos de la superficie, entregados a un inédito frenesí que sacudió algo más conciencias para alterar la faz del Planeta y guiarlo hacia la modernidad que ni tan siquiera interrumpió la Primera Guerra Mundial. El reputado historiador británico Eric J. Hobsbawm considera que la pasada centuria fue corta, iniciándose en 1914 y concluyendo con la caída del muro de Berlín en 1989. Su apreciación, justa en lo político, ignora que la transformación de Occidente venía gestándose desde mucho antes, quizá desde el mismo momento en que se construyó el primer tramo de ferrocarril para enterrar lo estático y propulsar la máquina humana hacia una velocidad desmedida que marcaría su futuro entre contradictorios railes. La novedad se asumía como suprema panacea que, sin embargo, veía obstaculizada su aceptación completa por culpa de la tradición. El cristianismo y la ilustración seguían siendo los valores supremos que determinaban el punto de vista moral y estético. Picasso, Schnitzler, Freud, Joyce o Marinetti experimentaban y emitían lo auténtico que tanto costaba asumir. Buena prueba de ello la tenemos en el edificio de la sastrería Goldman&Saltasch, justo enfrente del Palacio Imperial de Viena. Adolf Loos diseñó un edificio que resumía su época, situándolo en un punto que desafiaba el viejo orden. El adorno innecesario debía retirarse y despejar el camino para lo prístino, funcional y concreto.

La locura de la aceleración fue la culminación de un proceso. El imaginario colectivo suele asociar lo decimonónico a un regusto romántico con ribetes de doble moral victoriana. Philipp Blom lo reinterpreta para todos los públicos e hila muy fino porque sabe de causas y consecuencias. El optimismo científico que desmontaba lo inmóvil bíblico se mezcló en la postrimerías del Novecientos con una aguda necesidad de incertezas para hallar claves desconocidas. Nietszche fue el oráculo de lo bueno y lo nefasto. El filósofo de la voluntad de poder y el superhombre recibió la condena de ser malinterpretado al primar todavía, y seguimos en lo mismo, intereses nacionales. Empequeñecer la superficie dándole brío no servía en un plano histórico porque cada Nación quería seguir pregonando una potencia excluyente. El colonialismo era un efecto directo bastante inútil, válido para exhibir tribus en jaulas, perpetrar genocidios en el Congo y presumir de triunfos, pero la verdadera lucha seguía siendo la de los poderosos que querían exprimir el jugo que daban los pobres de sus fronteras, peones de un juego macabro.




Nietzsche habló de fusilar a todos los antisemitas. Sabía lo que se avecinaba. Cuando la masa, odiosa palabra, cayó rendida a los encantos de la sociedad de consumo cavaba, sin saberlo, la tumba de la esquizofrenia. Los mandamases no comprendieron que la era que se iniciaba movería fichas bien distintas, donde las empresas metamorfosearían la sociedad en pos de beneficio y teórica felicidad para el colectivo. La era de la reproducibilidad hizo que el universo se empequeñeciera y se incrementara la venta de relojes, porque el tiempo siempre iba más rápido y las campanas no bastaban para controlarlo. El surtido de distracciones era inmenso, una epifanía que hoy en día encontraríamos en la revolución que internet ha supuesto en las comunicaciones. Cine, carreras de coches, bicicletas, grandes almacenes, la actualidad al minuto, vacaciones en la costa y liberación femenina. El privilegio de la oportunidad encrespó el ánimo de los que desde arriba contemplaban el baile. El placer de la plebe y su arrojo recibieron réplica en la perversión de adoptar nobles presupuestos científicos para propugnar darwinismos nauseabundos. Eugenesia y manicomios, oídos sordos ante la mayor parte de las reivindicaciones y una estúpida soberbia agarrada al cetro.



En uno de los mejores capítulos de la obra, Blomm comenta cómo el terremoto de transformaciones acabó con los nervios de muchos hombres. El género masculino lidiaba con lo incomprensible al percibir que una estructura muy estable, hasta mediados del siglo XIX el transporte era casi idéntico que en el Imperio romano, se despeñaba y erigía un magma irreconocible por la dichosa fugacidad que impregnaba la materia. La neurastenia, agotamiento, selló muchos cerebros desconcertados. Es paradójico pensar que el inicio de la pasada centuria fuera el instante en que más se violó la pureza de la realidad, justo cuando ir a la Ópera ya no era una experiencia única porque el gramófono la trasladaba al hogar. Interiorizar, como un psicólogo austrohúngaro escarbando en nuestras conexiones y un malagueño yendo a lo básico mediante cubos. Este mismo pintor resolvió sus dudas en la representación de su idea abrazando lo éxito de culturas lejanas. África, las Islas Marquesas y lo oriental no eran el maná, sino una excusa para revindicar el hartazgo con la cultura establecida y volar sin las ataduras de lo establecido, en clara disonancia, ¿les suena, verdad?, con las transformaciones que acaecían en cuerpos y mentes. Los héroes de antaño eran una reliquia suplantada por actores del celuloide, viñetas gráficas, ladrones a la Robin Hood y santones, ojala alguien en España se atreva con la figura de Gusto Gräser, que renunciaban a la opulencia en pos de una paz aislada. El pueblo acogía con interés noticias criminales y desdeñaba, con la prensa asintiendo para vender a raudales, la trascendencia de asesinatos políticos. El homicidio de moda en el verano de 1914 no fue el de Sarajevo, sino la arrebatada acción de la mujer de un ministro que vació el cargador de su revólver contra un director de periódico. El honor, que el duelo eternizaba en lo arcaico, y las pulsiones elementales primaban sobre la muerte de un Archiduque que derivaría en la primera conflagración mundial. Lo vulgar, entendido desde una óptica clasista, se volvía femenino y lo elevado rebosaba demasiada testosterona. Lo fálico campaba a sus anchas en las cancillerías y en las desproporcionadas ambiciones de los jerifaltes. El Titanic fue un preludio de su fracaso que estalló, y prolongó su agonía hasta 1945, con una declaración de guerra a la que nadie, y como muestra la famosa frase de Kafka manipulada por Vila-Matas, prestó excesiva atención.



Philipp Blom ha escrito un libro espléndido cargado de virtudes. Durante demasiados años hemos visto el período 1900-1914 cómo una Belle èpoque decadente. No nos equivocábamos, pero fijarse demasiado en el oropel impide observar con más atención los aspectos que facilitaron su debacle. El autor alemán da en el blanco aunando capacidad de síntesis, buena prosa y una sabiduría que lleva a Karl Marx. La Historia se repite y nunca está de más paragonar épocas para entender mejor la presente, donde el término crisis esconde matices que sobrepasan lo económico.

Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambios en Occidente, 1900-1914, Barcelona, Anagrama, 2010