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domingo, 1 de agosto de 2021

Mozart en la Viena del siglo XXI en Todos somos sospechosos

 



Programa dedicado al viaje imaginario de Mozart en la Viena de nuestro tiempo. Puedes escucharlo aquí

martes, 6 de octubre de 2020

La secesión vienesa en Todos somos sospechosos

 



Ayer volví al estudio con Laura y dedicamos la bio grupal de Todos somos sospechosos a la secesión vienesa y a la capital austrohúngara durante el tiempo antes de la Primera Guerra Mundial. Puedes escucharla aquí

viernes, 14 de diciembre de 2018

Alma Mahler en Todos somos sospechosos



La pasada madrugada Laura González y servidor dedicamos las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Alma Mahler. Si quieres puedes escucharlo aquí

viernes, 7 de diciembre de 2018

Sigmund Freud en Todos somos sospechosos


La pasada madrugada Laura González y servidor dedicamos la biografía de Todos somos sospechosos a Sigmund Freud. Si quieres puedes escucharla aquí

lunes, 15 de octubre de 2018

Egon Schiele en Todos somos sospechosos



La pasada semana Laura González y servidor dedicamos las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Egon Schiele. Si quieres puedes escucharlo aquí

miércoles, 15 de junio de 2016

La eternidad de un día, clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934) en El Confidencial



Este martes publiqué en El Confidencial mi artículo sobre la eternidad de un día, clásicos del periodismo alemán (1823-1934), una compilación imprescindible editada por Acantilado. Si quieres puedes leerla aquí

viernes, 8 de agosto de 2014

Gustav Mahler de Henry-Louis de la Grange

LA SÍNTESIS DE LA BESTIALIDAD

Gustav Mahler tuvo la suerte de morir en 1911, justo antes del cataclismo del que este año conmemoramos el siglo. La fortuna de su óbito impidió que en vida se asemejara a los que tanto detestó, pues la cultura que nacería después de la Primera Guerra Mundial, amenazante en el horizonte desde principios del novecientos, lo hubiera considerado una especie de reliquia, digna, pero de otro momento ya superado. En este sentido es digno de encomio que el genio austríaco entendiera a la perfección que un nuevo tiempo se avecinaba. De otro modo sería imposible comprender su relación de amistad con Arnold Schoenberg, a quien confesó no entender con total plenitud su camino hacia la revolución que engendraría el dodecafonismo.
La incomprensión del padre era distinta a las reglas canónicas porque se nutría de una esencia que sabe leer el arte a través de etapas que se complementan entre sí por evolución. Sólo de este modo puede captarse cómo Mahler, además de un prodigioso e innovador compositor, fue un excepcional director de orquestra porque asimilaba las enseñanzas de los grandes del pasado para catapultarlos al presente con su pureza intacta e impoluta, consiguiendo que su canon deviniera clásico mediante el virtuosismo de su batuta.
A lo largo de la última década la bibliografía relativa a nuestro protagonista se ha acrecentado en España desde varias perspectivas. Una de ellas topa con una tendencia bastante absurda que copa la fascinación a través de retales biográficos que se convierten en tópicos. Un cierto sector ha privilegiado su recuerdo a través de la insigne, ínclita y polémica viuda. Alma Mahler y sus escritos gozan de gran atractivo para un reducido, aunque trascendente sector de público. Por otra parte existen otro tipo de obras, como la de Norman Lebrecht que comentamos en estas mismas páginas, que prefieren abordar la existencia del compositor mezclándola con sus logros musicales, fundiéndolos en un todo natural que se aleja del mero homenaje, como se da por ejemplo en los recuerdos de Bruno Walter, e investiga cómo avanzó ese torbellino destinado a evitar la indiferencia antes, durante y después de su singladura de medio lustro por este mundo.
Akal
Akal
Para completar la serie, infinita porque siempre surgirán nuevos volúmenes que aportarán algo al ingente material disponible, faltaba que apareciera en castellano la magna, por absoluta, biografía de Henri-Louis de La Grange. En mis memorias de paseante por librerías siempre quedará un hueco para esas pausas en la sección de música mientras dudaba si gastarme ciento ochenta euros equivalentes a tres mil ochocientas páginas sobre el que fue director de las más importantes Óperas del fin de siècle. Miraba esos lomos encuadernados de negro con letras blancas y pensaba si valía la pena gastar tamaña cantidad de dinero. Ahora Akal publica la síntesis de esa maravilla en un solo tomo que resume la bestia, idea muy de acorde con nuestra era, donde los monumentos para ser aprehendidos deben ser guillotinados para facilitar su digestión en una sociedad que pide prisa y concisión.
El resumen, factible gracias al esfuerzo de Joël Richard, enfoca la cuestión de condensar tanta hiperactividad con verdadera solvencia. Si el autor necesitó tanto metraje, por usar una válida metáfora cinematográfica, para cumplir con su cometido fue porque su personaje de predilección fue un monstruo que nunca paró en su voluntad de amar su arte y proyectarlo a los demás. Se ha hablado de un Mahler dictatorial, pero lo que encontramos es, sobre todo, un perfeccionista que no quería dejar ningún cabo suelto en su versatilidad que le proporcionaba el hálito para seguir hacia delante. Ello se ve y se entiende desde las dificultades de su origen, burgués de provincia y judío, hasta su periplo para escalar las cumbres que se había propuesto desde una coherencia envidiable basada en dos factores que anticipan muchas modernidades. Una de ellas es su afán por mezclar lo popular con la alta cultura, como si de este modo hubiera entendido con gran antelación que el siglo XX tomaría estos positivos derroteros. Esta postura, audible desde su primera sinfonía, le granjeó duras críticas a las que se añadieron las de una crítica que alternaba sus reproches entre un furibundo antisemitismo y una escasez de miras donde la afrenta del austríaco era imponer pautas originales que reforzaban lo tradicional desde su asimilación, única forma de superar lo vetusto para brindar la primavera a la Humanidad.
Si usamos estos vocablos es porque la labor creadora era el premio a su trabajo anual en teatros de rompe y rasga. El gran laurel fue dirigir la Hofoper entre 1897 y 1907. La gran institución vienesa era más que una ópera, era el sitio donde medir el pulso de una sociedad que se debatía entre un anquilosamiento esquizofrénico simbolizado por Francisco José, el padre amenazante en la cúspide, y un vigor cultural comparable al de París por pluralidad y riqueza. Las embestidas que propinaron a Mahler eran propias de un conformismo que notaba amenaza en un impulso de limpieza donde lo pretérito se hermanaba con el presente sin dificultad. Alguien llegó a decir que las grandes figuras empequeñecen a los sempiternos enfurruñados, y en este caso la ecuación se cumple a rajatabla. Sólo cuando abandonó su puesto se hizo cruenta su ausencia, pérdida que advertía de un adiós al esplendor y una bienvenida al Nuevo Mundo cargado de oportunidades en contraposición con Europa, condenada a quebrarse en su petrificada insolencia.
Mahler en Nueva York es la inteligencia de quien abandona la nave porque sabe del motor gastado. La leyenda ha querido mostrar su estancia estadounidense desde una óptica enferma que desmiente el experto francés, hagiógrafo sin pasarse al atestiguar una precisión cada vez menos frecuente en el género. La Grange considera, no sin razón, que hoy en día Mahler se hubiera salvado y que sólo se topó con la guadaña porque en 1911 no existían los antibióticos. ¿Influyó en algo lo atribulado de su último lustro con el fallecimiento de una de sus hijas y la crisis con su mujer? No debe descartarse, si bien el autor prefiere mimetizarse con el objeto de estudio hasta el punto de enhebrar una obra donde se exhibe la tenacidad de quien se desvivió por aquello en lo que creía hasta entregarle el alma al creer con obstinación en su misión, pues no puede calificarse de otro modo su carrera, tour de force destinado a la inmortalidad con unos ingredientes que asombran por lucidez y que pueden rastrearse no sólo con el alud de datos que contiene cualquier vida porque el volumen se cierra con un análisis pormenorizado de todas sus piezas, diseccionadas al milímetro, una por una, sin dejar espacio para el defecto o la improvisación.
Decíamos al inicio de este texto que Mahler olió el porvenir. Mientras lo hacía también supo dejar su impronta pese a correr millas por delante con un estilo burgués del instante en que esa clase social era capaz de mejorar la sociedad desde la excepción. El vocerío de la ignorancia le afectó como a todos, pero sabía que su herencia, su verdadero poso, estaba en un pedestal mucho más alto, desde donde no se escucha el ruido y la mediocridad queda apartada con naturalidad. Creía en su estrella y por eso aun la contemplamos.

miércoles, 30 de abril de 2014

La tía Jolesch, o la decadencia de Occidente en anécdotas, de Friedich Torberg



La tía Jolesch, o la decadencia de Occidente en anécdotas, de Friedich Torberg, por Jordi Corominas i Julián

Friedich Torberg, La tía Jolesch, o la decadencia de Occidente en anécdotas, Alba, Barcelona, 2014
Traducción y notas de Isabel Hernández 

El subtítulo de este libro indica que las anécdotas que lo centran son una perfecta muestra para entender la decadencia de Occidente. Ello es, aunque parezca increíble, una muestra de ceguera por parte de su autor, el notorio escritor austríaco Friedich Tolberg, desconocido en nuestra casa como gran parte de esta tradición vienesa que a principios del pasado siglo hizo la competencia a París en la pugna por la capitalidad cultural europea y, por lo tanto, mundial.

La capital del sempiterno Francisco José se diferenció de la ciudad de la luz porque su Babel era el mismo imperio Austrohúngaro. Artistas e intelectuales de todas sus naciones recalaban en ese epicentro donde el sentimiento de clase desaparecía, hasta cierto punto, en el café, punto de coincidencia con su rival francés, si bien cabe distinguir que los vieneses eran un universo en sí mismo por donde pululaban los más variopintos personajes, reflejados en estas memorias indirectas que acaba de editar Alba.

La nostalgia es otro factor que corre por estas páginas repletas de recuerdos, y lo hace como expresión de una pérdida: el famoso finis Austraie. Por eso opino que el declive no nace de las efemérides. Los protagonistas de las mismas sólo fueron peones que no pudieron evitar el desenlace, criaturas que siguieron con su modus vivendi hasta que el estallido de la tormenta fue demasiado fuerte como para salir ilesos.
Ese final de época, plasmada aquí con una melancolía que es de la Joseph Roth y la de tantos otros, acaeció en 1938 con una primera fase de lenta agonía entre 1916 y 1918, entre la muerte del padre supremo que era Francisco José y el final de la Primera Guerra Mundial. La desaparición de la monarquía bicéfala arruinó la edad de oro y empequeñeció las mentalidad.

Los figurantes de la función de Tolberg, grandes y minúsculos nombres, de Schoenberg a un follador insaciable, eran resistentes, hombres con un sublime traje viejo que querían llevar hasta su muerte, hombres ataviados con un lenguaje casi extinto y unas costumbres desmoronadas por esa pesadilla de la que Joyce intento despertar.



Pero no sólo debemos pensar en personas que aguantaron el vendaval. Su defensa de determinados valores en vías de desaparición también era la de un espacio concreto. No puede entenderse el llanto que exprime la triste alegría del recuerdo sin meditar en la metamorfosis de lo urbano. Restaurantes, salones, domicilios, balnearios, auditorios e iglesias que otrora tuvieron un sentido lo perdieron de repente, sin avisar, y ese es el trauma que aborda Torberg, lírico en ocasiones, en otras irónico y normalmente con una fría consciencia del derrumbe, a sabiendas que este llegó en marzo de 1938 con el Anchluss, la anexión nazi de Austria, verdadero finiquito de la cuestión.

Este momento encuentra al autor del volumen en Praga, donde recibe la noticia en un puente de manos de un borracho, brillante metáfora de la caída, íncubo que engendró violencia y adormeció definitivamente el pasado esplendor.

Si Roth, volvamos al ilustre literato, mostraba su amargura por el adiós en cada novela, sobre todo en La cripta de los capuchinos, Tolberg lo hace sacrificando su ego para dar voz a los que le acompañaron mientras las cosas iban bien. De este modo nos introduce en un sendero que es el de la Viena judía, moto intelectual y económico de la urbe del vals. Este grupo, también presente en Praga como baluarte de la población alemana del lugar, era una cultura propia que, pese al antisemitismo creciente desde el último tercio del Ochocientos, supo erigirse en suprema preceptora para el resto de la sociedad desde el arte y la cotidianidad. No debe sorprendernos si a lo largo de la Tía Jolesch aparecen ilustres nombres como Karl Kraus, de quien España necesitaría saber mucho más para aprender, Ludwig Wittgenstein, Gustav Mahler y otros coetáneos, de Von Hofmmansthal a Loos, que enhebraron una revolución con una aguja dorado equiparable a los poderes del Rey Midas.

Ellos son un motivo importante para zambullirse en lo que nos cuenta Torberg, aunque no quiero engañarles. La grandeza se cifra en las pequeñas historias de otros figurantes anónimos a los que se rinde homenaje del mejor de los modos: con la escritura como conservadora de lo que se fue, como magnífica llave de preservación de una memoria gigante a través del conjunto de minucias significantes.

lunes, 8 de julio de 2013

La metáfora de 1913 entre la ignorancia y la esperanza en Sigueleyendo


La metáfora de 1913 entre la ignorancia y la esperanza, por Jordi Corominas i Julián
Hace pocos días una revista comparó al reciente ganador de un premio literario con Picasso y su banda. La publicación semanal, que no hace tanto tiempo gozó de un cierto prestigio, cometía un error de peso que viraba hacia la banal pedantería hispana, esa que se compone de mencionar nombres rimbombantes sin tener ni idea de lo que se habla. En primer lugar el articulista se equivocó por exceso, pues mencionó una retahíla de nombres que iban desde Brancusi hasta Matisse pasando por Apollinaire. Aquí el error radica en que la que se conoció como Bande à Picasso no englobaba tanta gente y duró un período limitado, el que corresponde a los años iniciales del pintor malagueño en París. El segundo fallo del chupatintas, pues no merece otro nombre, era de apreciación, ya que afirmaba con rotundidad que los nombres de la vanguardia fueron ninguneados, sin que nadie pudiera sospechar su posterior fortuna para con la posteridad.

La astracanada es grave porque pone como supremo ejemplo el estreno del Ballet Parade en 1917,  como si por aquel entonces los cómplices del crimen positivo de la modernidad fueran unos desconocidos, falacia absoluta que puede comprobarse con la simple lectura de libros y hemerotecas.

En España la ignorancia es muy atrevida y tomamos al público por imbécil, por eso algunos creen que es muy fácil engañar desde la incultura que se solventa con buenas lecturas y una voluntad de aprender, porque precisamente uno de los problemas que nos lleva a situaciones tan grotescas es la eliminación del contexto y la referencia, como si el presente se bastara sin remitirse al pasado con seriedad, sólo con fuegos de artificio propios de un país que a partir de comportamientos como el que describimos siempre se vuelve más provinciano.

El martes de la semana pasada, quizá en el mismo instante en que se publicaba la atrocidad que acabo de triturar con más suavidad de la que parece, recibí en mi buzón un volumen de la Editorial Salamandra titulado 1913 Un año hace cien años. La obra, cuyo autor es el historiador y periodista cultural Florian Illies, engancha y encaja con el espíritu pedagógico de nuestra época: la anécdota prevalece sobre la profundidad como invitación y acicate para ir más allá si el contenido es de interés para quien consuma el mosaico con todas sus teselas, creadas con intención fragmentaria para lograr una unidad que en muchas ocasiones es ficticia.

 Lo didascálico suele triunfar desde una cierta superficialidad. No es el caso de este estudio dedicado a revisar en forma de almanaque cultural los hitos del mal llamado mundo civilizado en 1913, justo hace un siglo, cuando Europa intuía la despedida de una gran época y la inminencia de una guerra que se anunciaba desde una incertidumbre mitigada por un esplendor artístico que marcaría parte de la centuria, vencedor de su batalla contra los límites superados del Ochocientos.

La edición del libro en España resulta interesante porque la lógica formación germánica de Florian Illies centra la investigación de 1913 en el ámbito centroeuropeo, denostado en nuestras fronteras, siempre más partidarias de contemplar París como el centro de la modernidad. Tal pensamiento no es ni mucho menos falso. Sin embargo la preferencia por la ciudad de la luz tiende a olvidar como Berlín y, sobre todo, Viena eran dos faros con una potencia sin igual. Quien haya leído el fascinante La Viena de Wittgenstein de Janik y Toulmin me entenderá a la perfección. La capital del Imperio Austrohúngaro, gobernado por un vetusto gobernante que prefería cazar a atender las amenazas en ciernes provenientes de los Balcanes, era un poliédrico hervidero donde se juntaron varias generaciones prodigiosas. Era posible caminar por esa urbe y encontrarse con Sigmund Freud, Gustav Klimt, Arnold Schonberg, Arthur Schnitzler, Egon Schiele, George Trakl, Robert Musil, Oskar Kokoscha o el guardián del lenguaje, Karl Krauss, a quien vemos enamorado de una noble seguidora de Rilke que le empuja a desatender su escritorio durante más de dos días, todo un récord para el editor y redactor de Die Fackel, periódico que sería necesario resucitar en España para controlar el malbaratamiento del lenguaje por parte de políticos y otros bichos deseosos de disimular sus asquerosas tropelías.



Esa misma Viena sirve a Ilies, que estructura el libro mes a mes para así hilvanar las historias que relata y dar al lector una evolución coherente de los acontecimientos, para trenzar una poética muy estimulante. En los primeros meses del año coincidieron por sus jardines Adolf Hitler y Josif Stalin. Uno transcurría sus jornadas entre la frustración del rechazo y la comodidad de un albergue que le servía para ahorrar mientras pintaba acuarelas para turistas. El otro era un refugiado que esperaba volver a Rusia para emprender la revolución. Quizá se cruzaron en Schönnrbun, quizá alzaron su mano para saludarse con la educación de antaño mientras en otro barrio no muy lejano surgían nuevas propuestas que sacudían el dominio del padre, el yugo del Imperio inamovible que tanto gustaba a Berlanga y que por aquel entonces estaba en pleno shock ante la revelación del suicidio de un coronel homosexual que desveló importantes secretos militares a Russia. El aire quería pólvora.

Si por mí fuera hablaría hasta la extenuación de Viena, del grito contra el ornamento de Loos, valiente al desafiar lo establecido con edificios de envidiable racionalidad, pero lo escrito por Illies abarca más espectros. Si seguimos en lo austrohúngaro veremos los padeceres de Kafka, paradigma de la moda clínica del momento, la neurastenia por encima de cualquier otro mal, quemado por su trabajo y por esa existencia de Gregor Samsa en el hogar familiar a la espera de poder colmar su amor con la dubitativa Felice Bauer, tranquila en Berlín, donde se desarrollaban otros movimientos de caballos azules, pinturas salvajes y un puente de lienzos con Kirchner, Marc y otros genios devorando la velocidad contemporánea para plasmar con sus pinceles una realidad inédita.

Si nos trasladamos a París nos movemos a una dimensión con otros colores. Duchamp quiere abandonar el arte, juega a ajedrez, encuentra objetos y encuentra prestigio en Nueva York, donde el Armory Show presenta la vanguardia europea para asombro de los habitantes del Nuevo Mundo.



Picasso es omnipresente. Desde Viena Schnitzler declara amar su producción anterior al cubismo, que es fruto de un rechazo generalizado en las misivas de la mayoría de nombres que surcan las páginas de este curioso resumen de la tensión previa a la Gran Guerra. El pobre malagueño tuvo su año de pesadilla con muertes y calamidades que afectaron a su perro, su padre y hasta a su flamante nueva amante. El único consuelo ante tanto infortunio era aspirar a continuar con una senda atrevida, compartida con Braque en un estilo y con Matisse en la capitanía. La fama del prodigio de las señoritas de Aviñón ya era tan grande que los periódicos anunciaban a bombo y platillo sus desplazamientos, por lo que el pobre, que ya había abandonado Montmartre por el más plácido y burgués Montparnasse, tuvo que  escapar de Cèret para pensar y exprimirse con tranquilidad.



El gran escándalo parisino de 1913 fue la presentación, en el teatro de los Campos Elíseos, de la consagración de la primavera de Igor Stravinski. El 29 de mayo fue una fecha para el recuerdo. Los ruidos, las danzas y el planteamiento escenográfico no podían dejar a nadie indiferente: saltaban las protestas, se apagaban las luces y el murmullo era vida, indicio de un cambio que se avecinaba mientras la Mona Lisa seguía desaparecida hasta que en noviembre su ladrón, orgulloso de restituirla a Italia, picó su propio anzuelo.

1913 fue un año espectacular. Illies menciona poco Moscú, casi nada Londres y ni siquiera se acerca por nuestras latitudes salvo para mencionar que en Barcelona nació Ramón Mercader. Tal aproximación demuestra la miseria que imperaba en el sur, con un norte rebosante de energía y determinados epicentros que ocupaban las semillas con voluntad transgresora. Nosotros penábamos la decadencia, no en el sentido que fascinaba a Thomas Mann, sino más bien desde una óptica de desechos de la Historia, que avanzaba con descubrimientos científicos, progreso tecnológico y rivalidades eternas que siguen marcando la pauta.
Francia y Alemania eran los enemigos fundamentales. Estados Unidos despertaba de un letargo que nunca existió y el ambiente reclamaba una transformación que igualara la cultura, obstinada en entender con premura el adiós de una era, con la sociedad. El ingreso al verdadero siglo XX, palpable en la inmensa epidermis del Planeta, se postergaba y la puerta terminó abriéndose con dinamita.


En algún momento de este año pensé en el número catorce. En 1714 terminó la guerra de Sucesión y Francia consolidó su dominio europeo encumbrando a Felipe V como Rey de España. En 1814 la epopeya napoleónica tocaba a su fin. Una centuria más tarde estalló el polvorín en medio de un extraño fragor mezclado de entusiasmo popular y vigor vanguardista. Quizá 2014 depare sorpresas desagradables, pero libros como el de Florian Illies deberían ayudarnos a comprender que las crisis suelen regenerar, y en las artes propician rebasar límites. Mi tristeza radica en el hecho que constato, día a día, una actitud diametralmente opuesta a la de entonces, con la banalidad en auge y una ceguera supina que impide propulsar otra ruptura de los límites en cualquier ámbito para derribar el muro y enhebrar fronteras sin nombre que nos corresponde bautizar. 

lunes, 20 de junio de 2011

¿Por qué Mahler? de Norman Lebrecht en Revista de Letras



Gradaciones del conocimiento concreto: “¿Por qué Mahler?”, de Norman Lebrecht
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 18.06.11


¿Por qué Mahler?. Cómo un hombre y diez sinfonías cambiaron el mundo. Norman Lebrecht
Traducción de Bárbara Zitman
Alianza Editorial (Madrid, 2011)


Hay muchas maneras de llegar a un libro, y si nos ponemos quisquillosos podríamos buscar a lo largo y ancho de nuestra biografía hasta dar con una chispa primigenia. En el caso que nos concierne imagino la semilla inconsciente en la infancia, con mi madre escuchando alguna sinfonía del gran Gustav. A nivel conciente tengo claro que Morte a Venezia fue mi primer contacto auténtico con la obra de Mahler. La quinta y su trágica melancolía viajará eternamente con el Aschenbach del director italiano, quien no ignoraba que Thomas Mann basó la figura central de su novela en ciertas características del genio nacido en Iglau.

El siguiente reto fue el de la profundidad. Quien ama la cultura alemana sabe de su constante interrelación entre artes, que quizá alcance su apogeo en la Viena de la decadencia habsbúrgica. El apabullante fresco que Klimt dedicó a Beethoven converge con las charlas de café de Krauss y Zweig, vira al delirio burgués de los Wittgenstein, acoge un diván con Freud y Schnitzler, besa la simplicidad arquitectónica con Loos y me transporta a la Ópera.

Los caminos son impredecibles. Conocí con anterioridad el papel de Schoenberg porque me resultó interesante en relación a los enlaces poéticos. De su atonalidad llegué a Mahler por referencias y porque un día de septiembre de 2010 accedí a una exposición que Viena le dedicaba. Estaba todo. Cada sala era una sinfonía de detalles que recorrían su existencia. Era imposible escapar. Cómo fumaba y caminaba. Su estilo al dirigir. Sus constantes cambios de residencia eran prueba de un temperamento inquieto que a medida que gastaba el recorrido iba dándome migajas que incrementaban el apetito. Alma y el padecer. El psicoanálisis de Leiden. La heterodoxa unidad de su obra. La muerte y una camisa blanca.

Durante los primeros meses de 2011 me plantee seriamente estudiar más la figura del compositor austrohúngaro con el fin de versificar para un proyecto la historia de su paseo con Sigmund Freud. Desde entonces escucho las salvajadas en positivo de este pionero, pero hasta hace poco no tuve la oportunidad de dar con un libro adecuado para encajar las notas con la biografía, algo que siempre he considerado esencial. El periplo vital del artista suele facilitar la comprensión de sus creaciones.



Norman Lebrecht dio con Gustav Mahler en el edificio de Marylebone donde se casó Paul McCartney. En 1974 el autor del volumen publicado por Alianza experimentó un flechazo imperecedero. Viajó por todo el orbe para visitar los lugares emblemáticos de su ídolo, recorrió infinitas salas de conciertos, se deleitó, adquirió el juicio del experto y, finalmente, se sintió preparado para explicar al resto de la Humanidad su experiencia.

Ser un último del COU permite valorar en su justa medida el bajón experimentado por la ensayística. El nivel de los manuscritos ha sufrido un brusco descenso de calidad en los últimos decenios, lo que asimismo es una ventaja porque casi involuntariamente se configura una gradación de niveles idóneos para familiarizarse con temas de nuestra predilección. Buceando por mi biblioteca encontré libros sobre Mahler de los setenta y los noventa. Eran espléndidas ediciones muy bien documentadas con el defecto de ser demasiado densas para un iniciado con conocimientos medios.

En este sentido el libro de Lebrecht no decepciona, entre otras cosas porque cumple esa reciente máxima no escrita de redactar un ensayo con estilo fluido para que la lectura no se haga pesada. Las notas están al final de cada capítulo, lo que sin duda también facilita la labor para aquellos que no estén ansiosos por captar pistas. Desde el principio sentimos cómo se pretende una familiaridad que todo lo impregna. Las reflexiones pierden sesudez al tratar las cuestiones a lo catequista para allanar las dificultades de una singladura tan anómala.

Si tienen miedo, piérdanlo. No soy partidario de estas intromisiones del narrador. Lebrecht mezcla gustoso comentarios eruditos con anécdotas personales que en ocasiones exceden el límite correcto, alargándose hasta resultar cargantes, un desperdicio que dispersa la atención y que podría haber dejado para otra sección del manuscrito. Dividido en cuatro partes, la central es la segunda, donde nos adentramos en el contexto histórico y circulamos por la Mitteleuropa de finales del Ochocientos. A diferencia de otros contemporáneos, Mahler dio rienda suelta a su imparable talento desde un origen modesto, por lo que su etapa inicial es un fascinante fresco de toda una inmensa región que coronaba Viena, donde el genio aterriza tras haber recalado previamente en Leipzig, Praga, Budapest y Hamburgo, ciudades en las que deja su caleidoscópica impronta.



La consagración de 1897, cuando es nombrado director de la Ópera de la capital austríaca, tiene sus claroscuros, desde la conversión al cristianismo por el antisemitismo imperante hasta la incomprensión que Mahler sentía para con sus composiciones, a las que sin embargo mimaba y calificaba con optimismo, de otro modo no se puede entender la frase en la que el músico afirma que su tiempo aún no ha llegado, lo que en cambio sí ha sucedido con Strauss.

Mahler en Viena era un dios controvertido. Admirado y despreciado. Amado y vilipendiado a partes iguales. Se casará con Alma, una de las mujeres más impactantes del siglo XX, luchará contra la enfermedad, desarrollará una hiperactiva apoteosis creativa y se despedirá tras un decenio intenso. Nueva York será su último destino en la dirección. Éxtasis y debacle. Amor y desesperación. Temor y muerte. La genialidad es evidente y el personaje imanta. No estamos leyendo ninguna novela. La mejor sobre Mahler debe ser una biografía de biografías que acumule todos los datos, una especie de monumento quimérico. Ya en vida algunas personas registraron la mayoría de sus acciones, anotándolas en libretas, diarios de fragmentos, destellos a devorar cuando Mahler adquiera cuerpo y música en nuestras sinapsis.

Otro aspecto remarcable del libro de Lebrecht es su coherencia al relacionar los intereses y motivos de las sinfonías más allá de la partitura, mostrándonos su fortuna a lo largo del Novecientos tanto en lo histórico como en lo emocional, factor del que bebe copiosamente el autor.

La tercera parte persevera, y lo aplaudimos, en lo didascálico. Se desgranan las mejores interpretaciones de sinfonías y canciones, información completada con un detallado elenco de películas y novelas inspiradas en Mahler. Utilidad, esa es la palabra que marca las casi cuatrocientas páginas del volumen, clausurado con una serie de consejos bastante banales para saber si estamos preparados para el envite y una más que completa bibliografía. Si lo que quieren es saber más les gustará con algún reparo, si saben demasiado les resultará escasa.

Mourinho no inventó nada. ¿Por qué? ¿Por qué? Ese el gran interrogante que se plantea el musicólogo británico. Mi porqué es otro, y es meditar sobre cómo al rizar el rizo de la síntesis podemos derivar en la vacuidad del adorno. Está muy bien ofrecer al público distintas gradaciones de conocimiento, pero una cosa es eso y otra incorporar nimiedades que infantilizan la lectura, lo que en realidad es menospreciar al lector, al que se otorga un trato en exceso condescendiente, como si fuéramos incapaces de soportar la concisión de lo científico.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Años de vértigo de Philipp Blom en Revista de Letras





De la virgen a la dinamo: Años de vértigo de Philipp Blom, por Jordi Corominas i Julián


En 1889 la Torre Eiffel causó estupor, pero sobrevivió a los siempre volátiles fastos de la Exposición Universal de Paris. La ciudad de la luz celebró la entrada al siglo XX con otra de esas muestras que congelaban el mundo en un escaparate en forma de pabellón. La imponente construcción dy hierro seguía gobernando el horizonte, aunque su otrora modernidad se había convertido en una sólida altura muy diferente a los acontecimientos de la superficie, entregados a un inédito frenesí que sacudió algo más conciencias para alterar la faz del Planeta y guiarlo hacia la modernidad que ni tan siquiera interrumpió la Primera Guerra Mundial. El reputado historiador británico Eric J. Hobsbawm considera que la pasada centuria fue corta, iniciándose en 1914 y concluyendo con la caída del muro de Berlín en 1989. Su apreciación, justa en lo político, ignora que la transformación de Occidente venía gestándose desde mucho antes, quizá desde el mismo momento en que se construyó el primer tramo de ferrocarril para enterrar lo estático y propulsar la máquina humana hacia una velocidad desmedida que marcaría su futuro entre contradictorios railes. La novedad se asumía como suprema panacea que, sin embargo, veía obstaculizada su aceptación completa por culpa de la tradición. El cristianismo y la ilustración seguían siendo los valores supremos que determinaban el punto de vista moral y estético. Picasso, Schnitzler, Freud, Joyce o Marinetti experimentaban y emitían lo auténtico que tanto costaba asumir. Buena prueba de ello la tenemos en el edificio de la sastrería Goldman&Saltasch, justo enfrente del Palacio Imperial de Viena. Adolf Loos diseñó un edificio que resumía su época, situándolo en un punto que desafiaba el viejo orden. El adorno innecesario debía retirarse y despejar el camino para lo prístino, funcional y concreto.

La locura de la aceleración fue la culminación de un proceso. El imaginario colectivo suele asociar lo decimonónico a un regusto romántico con ribetes de doble moral victoriana. Philipp Blom lo reinterpreta para todos los públicos e hila muy fino porque sabe de causas y consecuencias. El optimismo científico que desmontaba lo inmóvil bíblico se mezcló en la postrimerías del Novecientos con una aguda necesidad de incertezas para hallar claves desconocidas. Nietszche fue el oráculo de lo bueno y lo nefasto. El filósofo de la voluntad de poder y el superhombre recibió la condena de ser malinterpretado al primar todavía, y seguimos en lo mismo, intereses nacionales. Empequeñecer la superficie dándole brío no servía en un plano histórico porque cada Nación quería seguir pregonando una potencia excluyente. El colonialismo era un efecto directo bastante inútil, válido para exhibir tribus en jaulas, perpetrar genocidios en el Congo y presumir de triunfos, pero la verdadera lucha seguía siendo la de los poderosos que querían exprimir el jugo que daban los pobres de sus fronteras, peones de un juego macabro.




Nietzsche habló de fusilar a todos los antisemitas. Sabía lo que se avecinaba. Cuando la masa, odiosa palabra, cayó rendida a los encantos de la sociedad de consumo cavaba, sin saberlo, la tumba de la esquizofrenia. Los mandamases no comprendieron que la era que se iniciaba movería fichas bien distintas, donde las empresas metamorfosearían la sociedad en pos de beneficio y teórica felicidad para el colectivo. La era de la reproducibilidad hizo que el universo se empequeñeciera y se incrementara la venta de relojes, porque el tiempo siempre iba más rápido y las campanas no bastaban para controlarlo. El surtido de distracciones era inmenso, una epifanía que hoy en día encontraríamos en la revolución que internet ha supuesto en las comunicaciones. Cine, carreras de coches, bicicletas, grandes almacenes, la actualidad al minuto, vacaciones en la costa y liberación femenina. El privilegio de la oportunidad encrespó el ánimo de los que desde arriba contemplaban el baile. El placer de la plebe y su arrojo recibieron réplica en la perversión de adoptar nobles presupuestos científicos para propugnar darwinismos nauseabundos. Eugenesia y manicomios, oídos sordos ante la mayor parte de las reivindicaciones y una estúpida soberbia agarrada al cetro.



En uno de los mejores capítulos de la obra, Blomm comenta cómo el terremoto de transformaciones acabó con los nervios de muchos hombres. El género masculino lidiaba con lo incomprensible al percibir que una estructura muy estable, hasta mediados del siglo XIX el transporte era casi idéntico que en el Imperio romano, se despeñaba y erigía un magma irreconocible por la dichosa fugacidad que impregnaba la materia. La neurastenia, agotamiento, selló muchos cerebros desconcertados. Es paradójico pensar que el inicio de la pasada centuria fuera el instante en que más se violó la pureza de la realidad, justo cuando ir a la Ópera ya no era una experiencia única porque el gramófono la trasladaba al hogar. Interiorizar, como un psicólogo austrohúngaro escarbando en nuestras conexiones y un malagueño yendo a lo básico mediante cubos. Este mismo pintor resolvió sus dudas en la representación de su idea abrazando lo éxito de culturas lejanas. África, las Islas Marquesas y lo oriental no eran el maná, sino una excusa para revindicar el hartazgo con la cultura establecida y volar sin las ataduras de lo establecido, en clara disonancia, ¿les suena, verdad?, con las transformaciones que acaecían en cuerpos y mentes. Los héroes de antaño eran una reliquia suplantada por actores del celuloide, viñetas gráficas, ladrones a la Robin Hood y santones, ojala alguien en España se atreva con la figura de Gusto Gräser, que renunciaban a la opulencia en pos de una paz aislada. El pueblo acogía con interés noticias criminales y desdeñaba, con la prensa asintiendo para vender a raudales, la trascendencia de asesinatos políticos. El homicidio de moda en el verano de 1914 no fue el de Sarajevo, sino la arrebatada acción de la mujer de un ministro que vació el cargador de su revólver contra un director de periódico. El honor, que el duelo eternizaba en lo arcaico, y las pulsiones elementales primaban sobre la muerte de un Archiduque que derivaría en la primera conflagración mundial. Lo vulgar, entendido desde una óptica clasista, se volvía femenino y lo elevado rebosaba demasiada testosterona. Lo fálico campaba a sus anchas en las cancillerías y en las desproporcionadas ambiciones de los jerifaltes. El Titanic fue un preludio de su fracaso que estalló, y prolongó su agonía hasta 1945, con una declaración de guerra a la que nadie, y como muestra la famosa frase de Kafka manipulada por Vila-Matas, prestó excesiva atención.



Philipp Blom ha escrito un libro espléndido cargado de virtudes. Durante demasiados años hemos visto el período 1900-1914 cómo una Belle èpoque decadente. No nos equivocábamos, pero fijarse demasiado en el oropel impide observar con más atención los aspectos que facilitaron su debacle. El autor alemán da en el blanco aunando capacidad de síntesis, buena prosa y una sabiduría que lleva a Karl Marx. La Historia se repite y nunca está de más paragonar épocas para entender mejor la presente, donde el término crisis esconde matices que sobrepasan lo económico.

Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambios en Occidente, 1900-1914, Barcelona, Anagrama, 2010

jueves, 2 de septiembre de 2010

Primavera de Café e Izquierda y derecha de Joseph Roth en Revista de Letras



Viena-Berlín, Izquierda-Derecha: Doble ración de Joseph Roth en el período de entreguerras
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 1.09.10


Primavera de café. Joseph Roth
Edición de Helmut Peschina
Traducción de Carlos Fortea
Acantilado (Barcelona, 2010)

Izquierda y derecha.
Joseph Roth
Traducción de
Sandra Chaparro Martínez
Ediciones Barataria
(Barcelona, 2010)


Siempre es una buena noticia recibir novedades con la firma de Joseph Roth, cuya recuperación por parte de Acantilado constituye, en mi modesta opinión, uno de los mayores logros de la edición ibérica en el último decenio. La alegría crece exponencialmente si Barataria decide apostar por este autor con un libro que demuestra toda su versatilidad y visión para ilustrar un tiempo crucial con sutiles pero certeras pinceladas. Ambos sellos han publicado recientemente dos libros ejemplares que se complementan. Primavera de café nos presenta al Roth joven y periodista en su amada Viena, mientras Izquierda y derecha nos muestra al autor de La marcha Radetzky en plena ebullición berlinesa, viviendo la capital germana y analizándola despiadadamente con su pluma de gran poeta en pleno período de entreguerras, cuando la crisis, la inflación galopante y la incertidumbre perfilaron un panorama poco halagüeño que la crisis del capitalismo en 1929 encauzaría hacia una tragedia de proporciones inabarcables culminada con la segunda conflagración mundial y el holocausto. Ambos volúmenes se complementan porque unidos configuran un fresco del mundo alemán tras la debacle de 1918 y preludian crepúsculos, nostalgias y males de difícil solución.

Primavera de café: Un canto a lo excelso del periodismo

Joseph Roth llegó a la capital de Imperio Austrohúngaro en otoño de 1913 dispuesto a estudiar germanística. Su paso por la universidad tiene poco importancia, porque el todavía adolescente prefirió pasear y deleitarse con Viena, ciudad que por aquel entonces aún expresaba en su interior ese auge cultural tan sólo comparable con París, más mencionada pero menos versátil que su rival del Danubio. El súbdito del emperador, al que rendirá pleitesía hasta sus últimos días con obras como La cripta de los capuchinos, se empapa de calles, personas y monumentos, aunque también tiene tiempo para cumplir con su deber patrio antes de la hecatombe que termine con ese sueño coronado de múltiples nacionalidades, crisol centroeuropeo único que expiró tras el cese de las hostilidades en noviembre de 1918, cuando los cañones de la Primera Guerra Mundial silenciaron su fuego y toda Europa inició su lento y estruendoso suicidio. Las águilas cedieron su lugar a la República y lo que era uno se disgregó en una miríada de Estados sacudidos por mil revoluciones, y en esas, porque siempre es lo que más importa, estaban los seres humanos, con su acuciante necesidad de adaptarse y sobrevivir con trabajos que dieran dinero que llevarse al bolsillo para sobrellevar la difícil posguerra.



Roth fue contratado por el periódico Der neue Tag y escribió su primer artículo el 20 de abril de 1919, fecha en que Adolf Hitler cumplió treinta años de edad. El escritor crecía y el futuro dictador se preparaba para su extraña carrera hacia el poder. La colaboración de nuestro protagonista con el rotativo vienés duró un año, lapso de tiempo más que suficiente para completar una serie de textos que deberían servir de ejemplo para el periodismo de hoy en día por su naturalidad y genio en tratar temas de relevancia social sin caer en ese estilo funcionarial que me atormenta cada vez que abro la prensa diaria. Una cosa es informar sin caer en lo subjetivo, y otra bien distinta es limitarse a copiar el teletipo sin poner nada personal. Las páginas de Primavera de café son una invitación a investigar y sumergirse en el entramado urbano. Su editor, Helmut Peschina, ha dividido la compilación en varias partes que constituyen una larga caminata introspectiva por el estado anímico de Viena tras perder su magia y entrar en la normalidad. Roth observa y comenta cafés, parques, arte, comida y entablando conversación con sus semejantes consigue informaciones excepcionales que van desde los problemas de la cartilla de racionamiento hasta aspectos cotidianos realmente encantadores, como la desaparición de la cobradora del tranvía, una pérdida simbólica que anuncia la mecanización, que sin duda contrasta con el ejemplo de la vieja policía del Ring o las actividades del mercado negro, por no hablar de curiosidades como la mujer más anciana, las lavanderas, los huesos que emergen del pavimento, algo típico en cualquier metrópolis con imponente pasado, o personajes verdaderamente especiales, anomalías que pueblan las calles. Es en estas entrevistas donde emerge un periodismo sabio, que entiende lo sensacional desde perspectivas diametralmente opuestas a las que centran el pulso en la actualidad. La delicia del músico ciego ennoblece toda una profesión por privilegiar la riqueza del detalle y abordar lo cotidiano con su auténtica grandeza al igual que ocurre en la visita a la isla de los desdichados, ciudad ajardinada de locos por inercia de maltrato y desdén. Quien quiera periodismo complaciente no lo encontrará en las noticias de Roth, espectacular en su juvenil honestidad que evolucionará en 1923, ya afincado en Berlín, hacia una prosa más rica en matices, capaz de prescindir del elemento humano para abrazar la maestría en la descripción de lugares normalmente vetados al común de los mortales, fichas de un tablero que amenazaba con desmoronarse sin remisión que el escritor plasma con la pasión del visitante que recupera durante un instante sus raíces sentimentales.

Izquierda y derecha o la inminencia del colapso teutón

Estamos muy acostumbrados a hablar de las dos Españas, y es posible que aún falte una obra capaz de englobar lo que significa esa expresión. Somos miedos, nos falta un gen de la concreción y la valentía para descifrar nuestra historia mediante la buena literatura. En 1929, cuatro años antes del funesto ascenso de Adolf Hitler a la cancillería, Joseph Roth decidió abordar el marasmo en que se veía abocada Alemania en una novela que desde una premisa básica, sutil y muy germánica, plasmó la angustiosa situación de la República de Weimar, con su suerte echada al oportunismo y a la demencia. La trama de Izquierda y derecha, sublime testimonio de su tiempo, se centra en las peripecias de los dos hermanos Bernheim, esperanzas de una familia afortunada hasta que la inutilidad irrumpe en su seno siguiendo el aire que arrastra a todo un país hacia confines poco deseables. El clan tuvo la dicha de ganar el premio gordo de la lotería. Sus hijos crecieron envueltos en una nebulosa propicia que auguraba éxito y ascenso social. En su juventud Paul fue un genio prematuro con el defecto de tocar demasiadas teclas sin apasionarse verdaderamente por ninguna. Su fugacidad era la derrota de la constancia. De la noche a la mañana era experto en arte, estudiaba en Oxford, emprendía la carrera militar en los Dragones y aspiraba hasta las más altas cotas. El estallido de la Primera Guerra Mundial trastocó su existencia, pero aún así no cejó en su empeño. La jornada de la derrota fue noticia por ser apaleado. Confiaba en ser un símbolo, y sino siempre quedaría el banco de papá, probo progenitor con claroscuros que le conferían una fuerza ausente en sus retoños, cínicos adalides del sálvese quien pueda pegando pocos palos al agua, siendo en este sentido Theodor el rey de reyes. Su presencia es una molestia hasta en su propio hogar, si bien sirve a Roth para introducir el tema del irresistible auge nazi con sus proclamas vacías, la violencia por la violencia y una inteligencia basada en el desconocimiento y los lemas impactantes, como si Goebbels tiñera las páginas antes del ministerio de propaganda.

La trayectoria de ambos hermanos circula acompasada a la de una sociedad desconcertada que tras la rendición de Compiègne tuvo que bailar con la más fea y agarrarse a tablas de salvación poco fiables. Lo interesante de la novela es que su narrador no se limita a explicarnos los dimes y diretes de la pareja protagonista, sino que ahonda más allá ofreciendo un mosaico del estado de la cuestión en todos sus ámbitos. Aparecen artistas que revolucionan con la vanguardia, como si con el descalabro hubiesen hallado, y así fue, la piedra roseta para sacudir con un solo golpe los viejos muebles e instalar primicias, creaciones hacia Pandora para capitanear la nave sin rumbo. Por desgracia su entusiasmo fue estéril porque la situación económica, y en ese punto el libro a veces se puede leer como la crónica de nuestro propio ocaso, era un vaso desbordándose. Primero llegó el caos, luego la inflación galopante y la barra de pan a cuatro millones de marcos. La madre de Paul y Theodor guarda los billetes en una maleta, Paul le aconseja invertir en bolsa y el dinero va perdiendo todo su valor. Sin embargo, siempre hay cambios, y por todos es sabido que en estas épocas de crisis los avispados pueden amasar fortunas, y eso es lo que sucede con el personaje clave del relato, Nikolai Brandeis, que tras su paso por el Ejército Rojo decidió transformase y optó por querer ser millonario, lo que consigue con la hipocresía de amar a la clase media, con la que sólo pretende instaurar un emporio comercial de puro capitalismo. Su escalada genera rechazo entre los viejos mandamases, jerifaltes molestos por ver cómo los advenedizos ocupan su territorio, lo que en un futuro no muy lejano terminará engendrando la alianza entre los grandes empresarios y el naciente frente nacionalista con estructura paramilitar para barrer Alemania de los culpables de la humillación de Versalles, advenedizos y judíos, rémoras para los que estaban anclados en los valores hegemónicos de la tradición. Mientras eso no acaezca, Paul y Theodor serán tratados como peleles y verán la historia pasar delante de sus narices con una conciencia agridulce al ser capaces de vislumbrar su situación desde un conformismo de quien carece de atributos y prefiere la plácida mediocridad a la espera del mañana.