Mostrando entradas con la etiqueta manet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta manet. Mostrar todas las entradas
lunes, 13 de agosto de 2018
Y la Gran Guerra terminó con los duelos en EC Cultura
Hoy hablo en EC Cultura sobre Los duelos, esa práctica periclitada tras la Primera Guerra Mundial. Puedes leerlo aquí
Etiquetas:
Clemenceau,
Debussy,
Duelos,
Duranty,
Guy de Maupassant,
Maeterlinck,
manet
martes, 15 de septiembre de 2015
Impresionismo en Todos somos sospechosos
Esta madrugada Laura González y servidor hemos dedicado nuestra noche en la tierra de Todos somos sospechosos al Impresionismo, tema amplio donde los haya pero abordado con flexibilidad y voluntad didáctica. Puedes escuchar la charla aquí
Etiquetas:
degas,
impresionismo,
Jordi Corominas,
manet,
monet,
Pissarro,
Reinoir,
Sisley,
Todos somos sospechosos
domingo, 10 de mayo de 2015
Podcast de escritores anti institucionales en el Laberint de Wonderland
Esta tarde hemos hablado en el Laberint de Wonderland de escritores anti-institucionales. Hemos empezado por Diógenes de Sinope, seguimos con Thoreau, proseguimos con el pintor E. Manet y terminamos con Oscar Wilde. Puedes escuchar la charla clickando aquí
miércoles, 18 de junio de 2014
Podcast de amistades multidisciplinares en el Laberint
Hoy en el Laberint hemos hablado de amistades multidisciplinares. Por nuestra sección han pasado cuatro duplas excepcionales: Delacroix-Chopin, Manet-Mallarmé, Freud-Mahler y Picasso-Apollinaire. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 38 del enlace clickando aquí
Etiquetas:
amistades multidisciplinares,
Apollinaire,
Chopin,
Delacroix,
Freud,
Mahler,
Mallarmé,
manet,
Picasso
miércoles, 21 de mayo de 2014
Dos lugares y distintas paces: Monet y Barrès, el arte y Venecia
Dos lugares y distintas paces: Monet y Barrès, el arte y Venecia, por Jordi Corominas i Julián
AA.VV., Conversaciones con Claude Monet, Confluencias, Almería, 2014
Traducciones de Jesús Fornieles Alférez, Alfonso Fornieles Ten y José Miguel Parra
Maurice Barrès, Venecia en Guerra, Confluencias, Almería, 2014
Traducción de Juan José Delgado Gelabert
Entre el alud de editoriales independientes que han surgido a lo largo de estos años de crisis algunas figuran entre mis preferidas porque, más allá de la mera reedición de clásicos, intentan elaborar un catálogo con estilo propio, atrevido, consciente de la tradición y con claro afán europeo, lo que significa, y no es poco, querer desprenderse de un cierto tufo provinciano e integrar las piezas que conforman su catálogo en un mapa más allá del golpe de efecto, con voluntad de propuestas que permanezcan.
Una de ellas es la almeriense Confluencias, que alterna calidad textual y editorial. Una de sus últimas propuestas es otra muesca atrevida. Sorprende, o quizá no tanto, que en España pocos sellos se atrevan con conversaciones antiguas o presentes, como si el público nacional fuera cateto e incapaz de aprehender un producto que goza de largo bagaje en Francia y en el mundo anglosajón. En este caso cayó en mis manos un volumen de entrevistas con Monet, genio que no merece figurar como una mera postal. A veces olvidamos que el impresionismo, reto de desafío pictórico contra el avance tecnológico que supuso la fotografía, fue un arte rompedor, incomprendido en su época porque desafiaba las convenciones e intentaba captar la realidad desde una autenticidad de matices que nunca interesaron a la maldita Academia.
Y no hay nada mejor que escuchar las reflexiones del fundador del movimiento desde la sabiduría de la vejez y el reposo. En Giverny Monet coronó toda una trayectoria que del movimiento perpetuo en búsqueda de matices, de Rouen a los pajares, viró al estatismo de un lugar donde él mismo podía diseñar lo que sus pinceles recrearían.
Es en ese espacio privilegiado, remanso de paz y creación, el octogenario francés recibía a visitantes de todo tipo y respondía a sus preguntas, cuestiones que ayudan a entender los surcos de una vida, empezando por esos inicios cargados de entusiasmo y rechazo familiar que terminó superándose, como siempre ocurre si la vocación es cierta y el talento imparable, y propició el encuentro con futuros compañeros de viaje, Renoir y Sisley, inesperados cómplices de una senda desconocida.
Por aquel entonces la mayor aspiración era el Salón y la estrella ascendente, envuelto en mil polémicas por sus lienzos, era Manet, con quien nuestro protagonista terminó llevándose bien pese a desencuentros iniciales entre similitudes fonéticas y la sorpresa de ver a un jovencito entre los elegidos para participar en el prestigioso certamen. Ambos trabajaron mano a mano, hablaron mucho y siempre tuvieron claro, otro rasgo compartido, que la pintura era un proceso paulatino, un aprendizaje constante donde el tesón era una idea y la repetición una variante en pos de la perfección imperfecta.
De ahí que Monet fuera proclive a permanecer durante largos períodos, aceptara influencias extranjeras y se empapara de atmósferas, claves de progreso, honestidad de evitar límites y asentar lo experimentado para adquirir una impronta personal e intransferible.
El formato entrevista-libro permite que los conocimientos fluyan y se hagan mucho más livianos que en determinados ensayos de tipo canónico. Lo mismo acontece, aunque aquí ya depende del escritor, cuando nos topamos con un buen relato de viaje. Venecia en Guerra de Maurice Barrès lo es, entre otras cosas porque con certeras pinceladas retrata un instante más bien desconocido de la Historia para los que no son italianos: la lucha, planteada con amargo humor por Dino Risi en La grande guerra, entre tricolores y austrohúngares en el conflicto que inauguró el suicidio de Europa en 1914.
De todos es sabido, o debería, que la monarquía de Vittorio Emanuelle III se enmarcó, dentro del sistema de alianzas de la Belle èpoque, junto a Viena y Berlín. Sin embargo, cuando estallaron las hostilidades caviló y atendió, algo muy de esa tierra, siempre chaquetera y dubitativa, siempre atendiendo acontecimientos. En 1915 llegó el momento de traicionar lo pactado y juntarse con Francia, Inglaterra y Rusia.
Y aquí es donde entra en juego Maurice Barrès, hombre con trascendencia en su época y eliminado después del relato por múltiples razones, entre las que figura un nacionalismo reaccionario, un elogio desmedido del individualismo y una ulterior transformación del yo en un nosotros que más que literatura era publicidad. Ello no quita que sea esencial para abrazar con garantías la totalidad de un período que si sólo ceñimos a los nombres de manual queda hueco e incomprensible. Nuestro siglo, tan reaccionario hasta la fecha, cae demasiado en el tópico, por lo que es más que positivo dar con esta crónica de Barres en unos meses donde su furor patriótico encajaba con el ambiente general.
El galo además no se traslada a un enclave irrelevante. La excusa, el verdadero centro de su narración, es Venecia, por aquel entonces ya símbolo de ruina y amada decadencia. Basta con leer a Proust y sentir que las veintidós horas de trayecto desde París eran un insuperable anhelo burgués. Sin embargo la guerra metamorfosea la laguna, perdida para el turismo, víctima de una extraña mansedumbre, como si silencio se hubiese proyectado hasta el infinito, con las aguas paralizadas y las calles dominadas por el malestar de una amenaza invisible.
Si se conoce la relación de fuerzas culturales de la época es gracioso ver cómo la descripción del frente, caótico y salvaje por tanta carnicería, mezcla la constatación de una catástrofe de planificación con arengas que son un testimonio del espíritu predominante. El colofón del volumen es el encuentro con el esteta, el prócer que preludió el fascismo y supo llevar, hasta que fue insoportable, la máscara del héroe: Gabriele d’Annunzio.
Quien haya estado en un palacio veneciano, con su solemnidad y la rareza de saber que los muros se burlan de nosotros por exceso de vivencias, sabrá que lo contado por Barrès es real, desde esa orquestra hasta las bravatas de su igual del otro lado de los Alpes. El cuadro, porque eso es, la efeméride adquiere trascendencia si se sabe que la unión de 1914 derivó, en el caso de los enarboladores de banderas y salva patrias, en posteriores barbaries que nunca está de más recordar con la sutileza del matiz.
miércoles, 26 de junio de 2013
Podcast del Laberint sobre Picnic
Hoy hemos cerrado la temporada del Laberint hablando de Picnics. Entre ellos hemos comentado el de Calipso, Le dejeuner sur l'herbe, la película Picnic y el Picnic Paneuropeo de 1989. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 31 del enlace clickando aquí
Etiquetas:
Calipso,
Kim Novak,
Le dejeuner sur l'herbe,
manet,
Odisea,
Picnic,
Picnic Paneuropeo
sábado, 1 de octubre de 2011
La Folie Baudelaire de Roberto Calasso en Sigueleyendo

El ama de llaves
de la modernidad, por Jordi Corominas i Julián
Publicado en 28 septiembre 2011 por sigueleyendo
Charles Baudelaire soñaba, pero sólo escribió una de sus experiencias oníricas. Roberto Calasso la recoge y sus ansias ensayísticas consiguen que esa excusa ayude a trazar un magnífico cuadro de revolucionarios desdeñados en su época, hombres incomprendidos entre calamidades y éxitos que leían demasiado deprisa para lo que era su tiempo, figuras del Panteón que suscitan curiosidad y forman parte de la cultura popular, que por desgracia, algo lógico en una época de síntesis, recuerda clichés y olvida lo importante de sus aportaciones.
La folie Baudelaire, última obra del escritor italiano, parte de ese viaje dormido del poeta de Las flores del mal hasta sumergirse en algunos detalles de su interior para trazar un cuadro completo del nacimiento de la modernidad en la Francia decimonónica. Algunos dirán que bien, que eso se ha hecho siempre y constituye una tradición teórica casi inexpugnable, repetida mil veces con sus consabidas variantes. No les quitaremos razón, están en lo cierto porque los tópicos se repiten y parece que ya se haya escrito todo sobre el tema, que sin embargo, y ese es el crédito inicial que merece Calasso, merece actualizarse y adquiere sentido en función de la cronología, individual y colectiva.
Tengo muchos recuerdos de la Universidad, fueron años divertidos en los que me dieron una base que luego exploté a mi antojo. Tuve la desgracia, transformada en suerte porque soy un tipo positivo, de suspender cuatro veces la asignatura de francés, y quizá por ello dediqué un verano a recrearme en la literatura del Hexágono. Stendhal fue el primero que cayó en el saco y luego ya me aventuré con Baudelaire, con quien sufrí un flechazo que me instigó a investigar sus circunstancias biográficas, igual de importantes que su legado escrito. En sus observaciones se percibe una clara conciencia de finitud, por eso la decadencia es una visión de los que aún no han entendido que el alba está por aparecer y luce colores insólitos.
Esa insólita irradiación enlaza con lo general. El esplendor del pensamiento baudeleriano coincide con los estertores de la Monarquía de Luis Felipe y la era del Segundo Imperio de Napoleón III. Un modelo se agotaba, tanto en lo artístico como en lo social. El romanticismo fue una resaca dieciochesca que bebía del pasado sin sepultarlo. Los hombres de mediados del Ochocientos se transformaban en obreros y la ciudad, pieza central del tablero, se preparaba para alterar los hábitos de las personas enfocándolos al consumo bajo la apariencia de un ocio alcanzable. Los pasajes y el Bois de Boulogne anunciaban una revolución de dos caras bien marcadas, para que dos relojes se compenetraran entre la ferocidad del capitalismo y la Arcadia campestre a dos pasos de casa. Baudelaire, más agudo que todo eso y también más pretencioso, da en el clavo al percibir lo que se avecina desde la crítica pictórica. Los cuadros del salón de 1846 habían abandonado las togas, pero vestían a los retratados con prendas medievales, renacentistas y barrocas. ¿Y lo contemporáneo? Nulo, inexistente. Con esa apreciación, de una lucidez desarmante resume sin querer el motivo de su condena y de los demás componentes del clan de figuras malditas que recorre Calasso con precisión quirúrgica. Un arte que no aborde las dinámicas palpables en la superficie es nimio, inútil por naturaleza, fantástico para que los burgueses sin autocrítica se relaman en el engaño perpetrado al imponer un cómodo canon que no haga temblar los cimientos del edificio y sirva para decorar el salón.
Manet, quien merecía mucho más que Constantin Guys ser el pintor de la vida moderna, padeció un verdadero suplicio por su osadía al atreverse a presentar Olympia en el Salon de 1865, dos años después de dar la última pincelada al lienzo. Era un desnudo filosófico sí, filosófico y provocador por prescindir de la mitología y apuntar con el dedo hacia la hipocresía, que más tarde Zweig reflejaría en El mundo de ayer, de esos señores casados que disfrutaban con cortesanas de lujo que marcaban la pauta en París, chicas de rompe y rasga con un poder infalible que debían permanecer en la invisibilidad, por eso la mirada de Olympia es una amenaza que atenta contra el orden, porque desde su ausencia de ropajes desvela intangibles de lo putrefacto.
Otro gran aficionado a plasmar el cuerpo femenino fue Ingres. Su inclusión en el elenco puede desconcertar casi tanto como la exclusión de Courbet, quien debería estar por compromiso y sagacidad en el desafío, y no lo decimos por su Origen del mundo, sino más bien por El entierro de Ornans, gran tela, algo reservado para temas clásicos, de un sepelio rural con curas borrachos y una larga fila de caracteres que resumen todo el tejido social del villorrio en una descarnada metáfora de la realidad francesa a mediados del siglo XIX. Sin embargo Courbet goza de aceptación absoluta en su papel transgresor, no así el autor del Baño turco, despreciado por su amor a la línea que tanto contrasta con la apuesta por el color de Delacroix, favorito de Baudelaire.
¿En qué quedamos? ¿Por qué Ingres? La respuesta esencial llegó a principios con las bañistas de Cézanne y las prostitutas de Picasso, deudoras innegables de un abuelo al que se consideró trasnochado por ir contracorriente por su pretendido apego a la herencia de David. Calasso hila aún más fino y proporciona un dato demoledor, una de esas casualidades que la Historia de las artes depara entre cajones y catálogos incompletos. Hace poco se encontraron en el secrétaire de Ingres cuatro daguerrotipos. Uno de ellos muestra un cuadro desaparecido donde el retrato de una mujer desnuda con fondo negro deslumbra por un efecto óptico que da a la epidermis una densidad muy atrevida, masa que avanza hacia nosotros, abstracción de lo real que esperaba su instante de revelación, como si nosotros fuéramos el retrato de Madame Moitessier que se alza insolente tras el caballete. Ella ya sabía las prestaciones del estudio y la obsesión que entroncaba la labor de Ingres con los paseos de Kant para ejercer de reloj de cuco en el desierto de Konigsberg. Esas caminatas despojaron a todas las construcciones de lo superfluo y centraron el pensamiento en la esencia, siembra que tenía su reverso en la exaltación del ego por parte de Giacomo Casanova. La primera tendencia nutre a Ingres, recibe confirmación con Degas mediante sus bailarinas y llegará a la vanguardia, sin importar que esta sea picassiana o vienesa. La segunda semilla, más mundana, flotará con Stendhal, impregnará la paleta de los impresionistas y proseguirá su marcha sin perder nunca la referencia de lo mental, sin lo que sería utópico narrar el transcurso de lo cotidiano, pues hasta la descripción de pequeñísimas efemérides son subjetivas.
Ambas confluyen en Rimbaud, quien abre la puerta de una modernidad a otra, porque el dichoso vocablo tiene eso, es unitario aún descomponiéndose en mil pedazos a cada segundo que pasa. Alienta y se metamorfosea cuando ha cumplido su pacto con una fase, ave fénix que siempre resurge de sus cenizas para instalarse en una monarquía de advertencia en la incomprensión. Sus apóstoles emiten la buena nueva y topan con un sordo muro que recupera su audición cuando el tiempo ya está maduro para nuevos frutos. Rimbaud tuvo una breve fase poética, tres años en los que arrasó literalmente con la tradición al corromper la forma y dotar al cuerpo del justo puñal para matar a los dioses pocos minutos antes de Nietzsche. En el caos de la orfandad, cuando los homínidos vagan desorientados, es cuando podemos disparar las balas que destrocen la panorámica y le confieran nuevos bríos. Con su misión finiquitada Arthur optó por recorrer mundo y redundar en lo de ser pionero instalándose en Harar, donde devoró libros de cualquier materia que no fuera literaria, como si así se contradijera con el universo que él mismo contribuyó a despeñar con lentitud depositando su bomba programada para que otros la activaran.
Rimbaud no fue, exactamente, el hijo poético de Baudelaire, clásico en sus alejandrinos y pretencioso en sus aspiraciones de figurar, de otro modo no se hubiese aspirado a un sillón de la Academia y de suceder a Diderot en su rol fundacional. El autor de El rosa Tiepolo sugiere que Ducasse y Laforgue estaban dotados de la genética del padre, le eran congeniales sin calcar su lírica, de la que avistaron más una actitud para picar una piedra inaugural que prescindiera de la ruina y el ocaso.
Roberto Calasso se ha adentrado sin miedo en un burdel repleto de cuadros, libros desperdigados y estancias con polvo acumulado por desidia. Al penetrar en él ha certificado que un dandi llevaba las llaves, actuando de catalizador para la clientela, dándoles una energía que lanzó con coraje con la esperanza de esparcirla para que calara hondo y propiciara una revolución que trascendiera la estética. Consiguió sus objetivos y ahora, en pleno 2011, debemos reflexionar sobre si su cometido puede trasladarse a nuestra época desde otros parámetros adaptados a la misma. Por lo pronto el término moderno ha sucumbido y es una parodia de lo que fue, mal augurio cuando quizá urja más que nunca un replanteamiento general que desde el presente entierre tanto plato efímero y propicie solidez crítica que ensanche miras. No hay que ser exhibicionista para dar puñetazos en la mesa.
LA FOLIE BAUDELAIRE
Roberto Calasso
Traducción de Edgardo Dobry
ANAGRAMA
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









_-_Venezia_circa_1870.jpg)
