miércoles, 12 de enero de 2011

Adina de Henry James en Revista de Letras



El camafeo del contraste: “Adina”, de Henry James
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 10.01.11


Adina. Henry James
Traducción de Pilar Lafuente
Prólogo de Jorge Ordaz
Navona (Barcelona, 2010)


Viajemos en el tiempo. En la Antigüedad los romanos visitaban Grecia por un profundo complejo de inferioridad cultural. Siglos más tarde los estadounidenses empezaron a repetir la operación instalándose en Europa para admirar las maravillas del Nuevo Mundo, como si su tierra de los milagros fuera una réplica bastarda carente del lustre del adoquín milenario. La historia viene de lejos. Cuando vivía en la Ciudad Eterna tuve la ocasión de conocer a muchos norteamericanos ansiosos por extasiarse ante los vestigios de nuestra gloria, chicos y chicas que caminaban por la mañana y se emborrachaban por la noche tras dar buena cuenta de la Fontana di Trevi, Piazza di Spagna, La bocca della verità y otros ilustres monumentos de la Urbe. Esos jóvenes representan la masificación del Grand Tour, edulcorado por las palomitas del séptimo arte, la glamourosa anorexia de Audrey Hepburn y una visión celestial que más que arte busca la iluminación de la diferencia.

En el siglo XIX los turistas del país de las barras y estrellas tenían caché y la misma arrogancia de siempre alimentada con dinero contante y sonante. Europa se debatía en una marea de cambios y ellos querían aprovecharse del inicio de la decadencia en la gloria del nacionalismo y la formación del Estado moderno. Henry James fue uno de los que pisaron la magia del pasado que se resistía a dejar el mando del presente. Llegó a nuestras latitudes poco después de la caída de la Roma papal en manos del justo empuje unificador de la monarquía piamontesa. En septiembre de 1870 se abrió una brecha en Porta Pía e Italia abandonó la fragmentación territorial, lo que no impidió en absoluto que ese mundo mantuviera sus constantes arcaicas en un instante donde la modernidad se avecinaba sin llamar a la puerta.

Adina es consecuencia del periplo europeo del gran narrador norteamericano. Los mismos italianos se definen como ladrones o astutos, verdad innegable que ignora la tontería que pueden llegar a atesorar por su sempiterna ingenuidad, base de Adina, novela corta donde el neoyorquino roza la perfección al ilustrar dos conceptos opuestos de la existencia. La trama es simple. El narrador es un amigo del protagonista, Sam Scrope, cínico veinteañero cargado de energía con muchas ganas de comerse todo lo que se le ponga por delante, insaciable en su inocencia que esconde bajo la típica coraza de quien no sabe nada y presume con la inutilidad del arrojo. Un buen día ambos, hartos del bullicio romano, recalan en la localidad de Albano. Imagínense la estampa, típica de pintura romántica. Ruinas, vegetación y un Endimión decimonónico reposando de su dolce far niente. Los dos extranjeros sonríen, están acostumbrados a los tópicos, y presenciarlos en directo es epifánico. El bello transalpino reposa ajeno a las inquisidoras miradas. Su rostro refleja la felicidad de quien, despreocupadamente, ha topado con una rareza bajo tierra, como cuando somos niños y escarbamos creyendo que las profundidades ocultan secretos perdidos en un infinito atemporal que esperan ser encontrados para resucitar del olvido, que en su caso se ha presentado en forma de caja con un camafeo sucio, repleto de una arena que esconde todas sus virtudes. Scrope cree captarlas y ofrece al desconocido, que juzga estúpido y analfabeto, once monedas para sellar la transacción. El objeto pasa a sus manos, codiciosas y empeñadas en restituir al topacio su esplendor. Consulta guías, anticuarios y finalmente averigua que el intaglio fue creado en la época del Emperador Tiberio, entre el 14 y el 37 de la era cristiana. Las crónicas recogen que se aprovechó de la púrpura para organizar orgías y fiestas en la Isla de Capri, ganándose ya en vida fama de disoluto, condición acrecentada por coincidir su período en el poder con la supuesta crucifixión del Nazareno.



Scrope lo sabe y teme una maldición, lo que no le impide regalar el camafeo a Adina, una rubia americana, hijastra de su prima, por la que bebe los vientos. La conquista, se prometen y todo parece ir sobre ruedas hasta que el narrador, muy agudo en sus observaciones psicológicas, coincide nuevamente con el desgraciado que tuvo una fortuna y la cedió por una nimiedad. Su nombre es Angelo Beati, y pese a su apellido no es tan tonto. Ha asumido su error y exige una compensación. El Coliseo contempla la charla, mudo e impertérrito. Se anuncia tormenta. El italiano no renuncia al premio y jura venganza, plato que siempre se sirve frío y varía los ingredientes en función del cocinero, que en esta ocasión ha elegido un cóctel explosivo que hará sufrir hasta la muerte a su enemigo mediante un lento veneno mental que no desvela para goce del lector y congoja del norteamericano, intrigado por la osadía de su rival.





Henry James maneja el tempo narrativo con inusual astucia, manteniendo el suspense a lo largo de la trama mientras aporta sutiles pinceladas cargadas de ideas. Scrope simboliza el american way of life y sus ardores capitalistas. Cada persona tiene un precio. Angelo Beati es la linealidad interrumpida por un terremoto, lo elemental que recobra sustancia cuando las cosas se tuercen y el caos del despropósito reclama un retorno al orden desde el honor y la justicia. El siglo XIX fue una centuria de pasiones realmente óptima para mostrar en literatura la importancia de las pasiones. Sobran los ejemplos. Lo interesante de la historia es el contraste entre lo práctico, lo venidero que alteraría las mentalidades, y el despiste propio de un pueblo demasiado acostumbrado a estar rodeado de oropeles que han visto extraviado su valor por formar parte del ambiente. La pérdida incita la recuperación desde el orgullo herido porque el pícaro ha recibido su propia medicina con otro estilo, incómodo y grosero, descarnado por tasar la belleza y robarla a quien la considera un bien personal e intransferible.

Y bellezas hay muchas. Scrope regala el camafeo a Adina y Henry James se relame en su habilidad. Angelo ha caído en su trampa y el protagonista del relato traiciona su armazón de amor al dólar porque Cupido no entiende de dólares. Las contradicciones afloran y el final seguirá con la tónica fascinante con la que los grandes escritores saben dotar a sus invenciones, únicas al reflejar con tino conflictos humanos que seguirán porque no somos iguales y las latitudes son sabias configuradoras de mentalidades que llenan el lienzo de contrastes, tela policroma de la realidad.

Miércoles 12 de enero, Escritores que quisieron quemar manuscritos en Wonderland de Rne4



No hay nada más humano que ser perfeccionista y querer quemar lo incompleto, como si la obra a pulir fuese un oprobio a esconder, un pecado capital incrementado si el autor de uan obra pide que sea pasto de las llamas en su testamento. Destruir el legado es peligroso, máxime si tienes amigos que no cumplirán tu última voluntad. Hoy en Wonderland inauguramos 2011 con una hoguera de escritores que quisieron quemar sus manuscritos, desde Virgilio hasta Kafka pasando por Nabovokov y R.L.Stevenson...




El laberint a Wonderland

Cada miércoles a partir de las 18h

Radio Nacional- Rne4

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En directo: Rne4

martes, 11 de enero de 2011

El final de Rasputin de Félix Yusúpov en Panfleto Calidoscopio



El final de Rasputin: Objetividades subjetivas en el ajedrez narrativo

Por Jordi Corominas i Julián

Yo todo lo puedo. Todo lo que deseo, lo hago, y todos me escuchan. Las palabras de Rasputin confirmaron las temibles sospechas del príncipe Feliks Yusúpov: el antiguo cuatrero era el amo y señor de Rusia, movía los hilos cortesanos como un avezado titiritero que mantenía su poder mediante una sutil danza de equilibrio, contundencia, misticismo y carisma. Su muerte era la única solución viable para encauzar el rumbo de un Imperio en guerra y a la deriva, golpeado en la frontera y en el interior, moribundo postrado en un clima de histórica inopia. Yusúpov, casado con una sobrina del Zar, encabezó la aristocrática conspiración, lucha de clases en las altas esferas de nobles contra un mujik, culminada con éxito tras una serie de golpes legendarios en la fría noche del 16 de diciembre de 1916. La resistencia del santón era inédita y tan insaciable como su afición al vino y las orgías. Comió pastelitos con cianuro, bebió un Madeira envenenado de la mejor cosecha, cayó, se recuperó, recibió múltiples tiros, lo ataron y, finalmente, el río Neva acogió su cadáver, impertérrito al ver sumergirse en sus heladas aguas al hombre que emergió de la nada para crear una burbuja de poder casi perfecta, muy bien integrada en el corazón de los Románov, donde sus opiniones eran consideradas máximas infalibles que facilitaban nombramientos ministeriales, deposiciones, decisiones eclesiásticas, contratos de suministros y la sospecha, siempre presente y siempre salvada en el claroscuro.

Su desaparición física no alteró los cálculos de la musa Clío. Los nuevos héroes del pueblo fueron condenados a un breve destierro en sus fincas campestres. La Primera Guerra Mundial prosiguió en ahínco de hambruna y destrucción. En febrero de 1917 un golpe de Estado instauró la República y Yusúpov pudo volver a San Petersburgo, pero por poco tiempo, pues en noviembre triunfó la Revolución rusa y la sangre azul tuvo que emigrar del país. El príncipe se exilió en París, donde transcurrió el resto de existencia en calidad de gran filántropo para el resto de compatriotas que escapaban del régimen bolchevique y buscaban cobijo en el seno de otras naciones. Su labor caritativa no le impidió escribir varios libros de memorias, de entre los que destaca El final de Rasputín, recientemente editado en España por Nevsky Prospects, que leí atraído por la figura del monje loco, montada en mi cerebro por referencias poco fiables y una famosa canción de los años setenta con la que suele terminar cualquier conversación de bar sobre el personaje, más conocido por sus atributos sexuales que por su intrigante papel en los estertores de una autocracia. Por eso al abrir el volumen me enganché sin mucha dificultad. La prosa de Yusúpov es ágil, informativa y sabe mantener la intriga, lo que refuerza la estructura del texto, autobiografía novelada que alterna la acción con fragmentos de un tono más sentimental, confesiones que al tener connotación histórica cobran otra entidad, que aún así podemos catalogar como la crónica de la preparación de un asesinato. En caso de haberlo perpetrado un plebeyo del siglo XXI devoraríamos las páginas escalofriados, pendientes de hallar lo cotidiano reconocible, con épica de la normalidad, lo que, como es comprensible, no ocurre con los preparativos para acabar con Grigori Yefímovich, maniobras que circulan por lugares emblemáticos envueltos en el lujo característico de las más distinguidas moradas donde pocos determinan el destino de muchos.

El príncipe narra su aventura idealizando su cometido, que sigue un esquema arquetípico basado en la virtud y la pureza de los liberadores y la absoluta maldad de su víctima, ajusticiada por amor a la Patria, madre todopoderosa. Al tratarse de un crimen político, su comparación más prístina parte del tiranicidio de Harmodio y Aristogitón en el siglo VI a.C. y culmina, con sus infinitas repeticiones, en el asesinato de Julio César por parte de rebeldes patricios romanos que antes de empuñar sus dagas frecuentaban el círculo íntimo del conquistador de las Galias, a quien idolatraban desde su odio. Lo mismo acaece con Rasputin. Yusúpov se gana su confianza en intensas partidas de ajedrez verbal donde dora mucho la píldora, estudia al enemigo y destroza sus defensas mostrándose dócil y cauto, encantador hipócrita que en privado, en su atribulada álgebra mental, detesta:

"Su cara, cubierta de barba desaliñada, era de lo más normal, de mujik, con rasgos pronunciados, feos, óvalo basto y nariz larga; unos pequeños ojos gris claro lanzaban miradas escrutadoras y desagradablemente huidizas desde debajo de unas cejas tupidas y enmarañadas. Llamaba la atención su forma de comportarse: parecía desenvuelto al moverse, pero al mismo tiempo en toda su figura se percibía cierto recelo, algo sospechoso, cobarde, de rastreador. Esa desconfianza vigilante también lucía en sus ojos claros y hundidos."



Sin embargo, el deber puede al asco y las brumas se disipan. Abandonado el plan A de disuasión y soborno sólo queda encender la mecha para la definitiva aniquilación del adversario, sabio de la hipnosis demonizado hasta el extremo, vulgar campesino que malvivió en Siberia, escoria anacrónica instalada en pastos con demasiado oropel para su catadura moral, más demacrada si cabe por abuso de alcoholes, visitas a los gitanos y sexo desenfrenado con damas de alta y baja alcoba. Yusúpov sabe pausar los tempos y marca bien el suspense entre reflexiones, ralentizaciones fruto del diálogo y un tono determinado que nos transporta hasta la cita definitiva en el hogar del príncipe, generoso en detalles que completan la descripción del suceso entre crucifijos, copas, armarios, cómicos apagones y el resucitar del místico beodo, flirteando con la inmortalidad para mayor desesperación de sus anfitriones.

Podríamos cerrar esta reseña desde premisas banales. La brillantez de una edición es una suma compleja. Nevsky ha cuadrado un tríptico que juega con la efeméride protagonista. El prólogo narrativo de Patricia Esteban Erlés sitúa al anciano Yusúpov en el exilio, delirante por los efluvios de la memoria de la noche en la que soñó dar un vuelco trascendental. El postfacio de Luis Antonio de Villena es un regalo que cumple la norma de no dar por cerrada una lectura hasta el punto y final. Sin su ensayo, cercano y clarividente, nos habríamos quedado con la impresión de un maniqueo envite con dos roles muy definidos. A un lado del ring, el noble que sufre por la irremisible decadencia. En el otro el rufián que manipula a su antojo y sin escrúpulos, borrados por sus alas de insecto que se codea con lo sagrado. Villena reubica el escenario al trazar el auténtico perfil biográfico del líder conspirador. Yusúpov aprovechó desde su adolescencia los privilegios de su linaje. Acudía a los festejos de la juventud durada y se travestía con los vestidos y joyas de su madre, llegando a embelesar a más de un oficial. Era guapo, lo sabía y derrochó dinero hasta que fue llamado al orden y se casó, cancelando así las habladurías sobre su homosexualidad.



Estos datos dan un giro de 180 grados a nuestra percepción del asunto y demuestran que el punto de vista es fundamental. Sí vemos, y más cuando quien explica los hechos es el protagonista, todo por el color del cristal con que se mira. La superioridad ética desaparece y descubrimos que la pugna entre ambos contendientes fue una contienda entre iguales. Freud se relamería. Yusúpov desata su ira contra Rasputín porque el mujik ostenta lo que desea, vicio y poder, que deberían recaerle por su posición social. Su frustración, maquillada por el rango y las intenciones, se proyecta en el monje, su siamés con fortuna. De este modo, el asesinato sería un ajuste de cuentas para paliar el desencanto, ejecutar al doble y adquirir sus privilegios al salvar a Rusia del cáncer que corroía sus entrañas.

"Como en un libro, página tras página, iba pasando por mi memoria todo lo vivido: el encuentro con Rasputin, la decisión lentamente madurada de destruirlo, el doloroso juego de ser amigo de un hombre abominable, el duro engaño al que tuve que recurrir y toda la tensión inhumana de esfuerzo espiritual que había sido necesaria para tener el valor de soportar hasta el final el papel asumido."

El papel asumido. Cualquier escritor autobiográfico goza de la gran ventaja de ser dueño de sus contenidos para la posteridad. El estilo adoptado por el ilustre exiliado exhibe un doble plano, astuto y mordaz que nos persuade apuntalando su yo, lúcido artefacto que al delinearse con ciertos trazos ficcionales, y convencernos con rotundidad, construye un carácter literario que ratifica su credo y genera objetividad desde lo irreprochable de sus propósitos, curiosa paradoja si se tiene en cuenta que todo texto autobiográfico es subjetivo más allá de su esencia.

El final de Rasputin, Príncipe Feliks Yusúpov. Editorial Nevsky Prospects. Páginas 224. Año 2010. ISBN: 978-84-937466-7-4

domingo, 9 de enero de 2011

Breve Historia del culo en Revista de Letras


Traseros hasta en la sopa: “Breve historia del culo”, de Jean-Luc Henning
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 8.01.11


Breve historia del culo. Jean-Luc Henning
Traducción de José Miguel González Marcén
Principal de los Libros (Barcelona, 2010)


Son las nueve y media de un frío sábado decembrino. Mad men en la tele. Me encanta la serie y me cautiva Christina Hendricks. Sale del despacho. Se contonea. Silencio. Suspiro. ¡Madre del amor hermoso! Termina el episodio y cambio de canal. Blanco y negro italiano con ribetes dorados. Monica Bellucci, digna sucesora del animal más bello del mundo. Tiemblan los adoquines de Roma. ¡Mamma mia, mamma mia let me go! Cuando visito el Louvre siempre me detengo para contemplar La muerte de Sardanápalo del inmortal Delacroix. Me fascina la esclava desnuda, con su inolvidable as de oros, sagrado cuadril pictórico. No, no soy un culópata, sólo un ser humano normal y corriente que adora las posaderas. Caminar por la calle y voltearse está mal visto, pero oigan, vivimos una maldita vez, así que lo reconozco, cuando observo belleza, por mucho que sea trasera, me gusta admirarla, quizá desaparezca para siempre jamás, y los ojos se crearon para mirar e intentar deleitarse.

El culo es una parte corporal oculta y fascinante, casi prohibida porque durante siglos fue considerada inmoral, un oprobio basado en parte en la sodomía, prohibida por ley en Francia hasta 1791. Jean- Luc Henning le ha dedicado una breve historia que sorprenderá a propios y a extraños. Las mentes sensibles podrán leerlo sin escandalizarse, y espero que suceda lo mismo con aquellas personas maniáticas que consideren el tratamiento de su texto algo machista, no hagan como la sufragista que acuchilló en 1914 a la inocente Venus del espejo de Velázquez. No es sexismo, simplemente el autor repasa la milenaria tradición de las callanas y deduce que las femeninas han sido mucho más representadas, y nadie debe rasgarse las vestiduras. El antifonario de las mujeres tiene el doble de células adiposas que el del hombre, dándole un volumen más carnoso que provocará el delirio hasta que las estrellas se apaguen y el Planeta desaparezca. Sin embargo, es bien sabido que los griegos tenían una cierta querencia por el salvohonor masculino, pero si nos quedáramos en lo conocido deshonraríamos la magnífica investigación del autor galo, brillante al detectar la escasez de estudios sobre el tema y desarrollar una tesis que desde el fragmento se mete de lleno en el agujero, perdón, en el meollo de la cuestión.



¿Quieren saciar su curiosidad? Volvamos a lo helénico. Admiramos las estatuas marmóreas de la Antigüedad. Les recomiendo prescindir de catálogos e ir directamente al museo, pues de otro modo no podrán admirar esas nalgas de piedra tan bien esculpidas, perfección que es amor por la anatomía humana perpetuada en el arte por pintores, bailarines, cineastas, escritores y lo que ustedes quieran. El tabalario causó pavor desde la noche de los tiempos. En Roma, los encargados de la vigilancia de las costumbres eran conocidos como inspectores del culo, parte muy desdeñada, útil para faltar al respeto cuando queremos protestar. Los hooligans lo enseñan y la gente crea insultos que lo mencionan cada dos por tres. Por otra parte, creo que todos hemos sido niños. Las amigas de nuestras madres se arremolinaban a nuestro alrededor y admiraban lo inmaculado de nuestra puerta trasera, única al no causar estupor ni, dios nos libre, deseo carnal de ningún tipo. Cuando crecemos nuestra mente evoluciona y se fija en el tamaño. Sí, en la variedad reside el gusto. Los hay pequeños, de melocotón, grandes, respingones, estrechos, aficionados al contoneo, discretos, caídos y duros como una roca. El trascorral tiene gran cantidad de devotos. Dirán que sus funciones son limitadas, que no tiene ni voz ni voto. De acuerdo, pero si se paran a pensar las veces que lo admiran durante la jornada o las ocasiones en que acude a su mente concluirán que tiene su importancia.




Yoko Ono hizo un corto de siete minutos con trescientos sesenta nalgatorios ilustres. Su experiencia pertenece a la época audiovisual. Antes, los pinceles llevaban las de ganar y la mitología, aturde reflexionar y darse cuenta que hasta hace bien poco era el paradigma que resumía el comportamiento humano, se representaba hasta la saciedad. Las tres gracias de Rubens ocupan el lienzo y desbordan exhuberancia por el exceso con una rotundidad que Ingres repite en el baño turco, pero con más sutileza al repartir sus alargadas féminas en ese maravilloso tondo de 1862. No es que los enfants de la patrie tengan la primicia sobre tan noble parte. El autor barre para casa en sus apreciaciones sobre la grupa, y es bien normal. Géricault amaba las de los caballos, Edgar Degas frecuentaba los burdeles en busca de inspiración y el Marqués de Sade rompió tabúes en la desenfrenada locura del siglo XVIII, donde Occidente se dio a la lujuria y no sólo con Casanova, sino con el jolgorio típico de las épocas que amenazan ruina y exigen destapar vergüenzas para aliviar el dolor de la pérdida. El sufrimiento también está en el culo. Uno de los grandes personajes del Setecientos, el filósofo Rousseau, confesó disfrutar de los azotes, sadomaso light indemne a la tortura por eso de la piel regenerada del trasero. Las condenas por el ano eran terribles. Una rata entubada circulaba por su interior y los reos pedían el fin del suplicio hasta desangrarse.

Dejémonos de malos olores. Henning no menciona mucho los pedos, aunque su escaparate del orificio es interminable. Pellizcarlo produce sobresaltos y un leve dolor agradable, casi gracioso. Magrear y ser magreado. Partirse el culo. La expresión tiene tela marinera. ¿Cómo fraccionar algo dividido simétricamente? Gómez de la Serna quiso hallar igualdades pectorales porque con las nalgas no podía jugar y Buñuel poetizó la similitud de esas zonas erógenas en Un perro andaluz en la escena donde un ciego palpa los senos de una mujer desnuda que se metamorfosean en el protagonista del ensayo publicado por Principal de los Libros, a quien damos la bienvenida y auguramos más éxitos cargados de atrevimiento y originalidad. Al menos han conseguido que los que hemos leído su libro pensemos en ellos cuando acariciamos el tabalario de alguien a la luz de la luna, que, fíjense bien, también remite al culo. No se obsesionen.

sábado, 8 de enero de 2011

Los Once de Pierre Michon en Revista de Letras


De la literatura, el artefacto, la Historia y el pensamiento útil: “Los Once”, de Pierre Michon
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 6.01.11


Los Once. Pierre Michon
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Anagrama (Barcelona, 2010)
Gran Premio de novela de la Academia Francesa


Se necesitan muchos años para ser creíble, dar una vuelta de tuerca a la Historia y dar verosimilitud en el engaño. Les puedo asegurar que Pierre Michon lo ha conseguido en Los Once, y su buen trabajo le habrá costado. Puede estar satisfecho. No creo que llegue a leer esta reseña, pero seguramente se alegraría al saber que mientras leía su pequeña gran obra consultaba Wikipedia a la búsqueda de informaciones sobre un lienzo de cuatro metros de alto y casi tres de largo que cierra la colección del Museo del Louvre. La tela representa, en una especie de santa cena laica, a los once miembros del Comité de Salvación Pública que en 1794 regían los destinos de la Francia revolucionaria en el período del terror: Robespierre, Billaud, Carnot, Prieur, Prieur, Couthon, Robespierre, Collot, Barère, Lindet, Saint-Just y Saint-André. Once.



¿Y Judas?

Es el mismísimo Michon, traidor al lector al engañarlo con afán enciclopédico de quien se sabe capaz de manipular el arte de la novela mediante la adoración a la Musa Clio. Puede resultar feo empezar desde el final, pero no es así. El cuadro centra el libro y por lo tanto es justo resumir lo que muestra. Once señores que alababan al pueblo y tergiversaban la información para obtener sus objetivos. Podían hacerlo. Todos menos uno tenían pasado en las letras, dominaban la palabra y conocían demasiado bien el poder que ello comporta. Michon también lo sabe, y lo aprovecha en beneficio de la literatura entendida como un juego pedagógico con normas conceptuales y estéticas.

Al concluir la lectura no pensé en Borges, sino en Sebald, causante del recuerdo imperecedero de Austerlitz y su vendaval de aprovechamiento histórico para exponer ideas mediante un viaje por lugares minúsculos pero trascendentales ignorados por la mayoría. El alemán construyó su monumento con un personaje inolvidable, titiritero involuntario que dibujaba la tragedia europea del siglo XX. El francés retrocede más en el tiempo para continuar con la evocación investigativa de fantasmas autobiográficos y mitos personales en una trama que retrocede hasta el siglo XVII al tener presente el axioma del origen como clave para entender las partes que llevan al todo. Y ese inicio, tras un confuso tramo inicial de rosa Tiépolo que entenderemos a medida que avance el relato, se sitúa en el Limusín, con unos campesinos trabajando en la apertura de un canal con sus manos sucias de barro. El contexto importa, y quizá por eso los primeros Coréntin no podían aspirar a la púrpura artística, no al menos el padre del pintor imaginario, empeñado en el éxito literario que llevaba a la inevitable París, que no se acaba nunca y que ya entonces anunciaba oropeles y delirios de grandeza imposibles porque, lo dijo Goethe en su momento, reza la tradición que para sembrar bien la semilla de la gloria cultural deben quemarse cartuchos generacionales. El pionero, el entusiasta, sucumbirá dejando el camino sembrado para que el hijo, más apto y preparado por la arcana experiencia de los genes, recoja la anhelada cosecha. El retoño se llama François-Élie Corentin y ha sido educado por su abuela y su madre en el campo, donde entre viñas, hierbas y setos ha aprendido matices cromáticos que le serán de gran utilidad en su carrera pictórica que avanza pese a su condición social. Antes de 1789 se juntó con almas afines, y esas amistades luego le serán de gran utilidad hasta catapultar su nombre en el Panteón de los inmortales, y así lo recoge, siempre según el habilidoso artefacto de Michon, el historiador Jules Michelet, que dedica a la gestación de su célebre cuadro doce páginas de su Historia de la Revolución Francesa.




Ya tenemos los ingredientes, ahora urge el porqué. Solemos admirar las creaciones del pasado fijándonos en texturas, composiciones y detalles. Es lícito hacerlo, aunque quizá convendría ser menos perezosos y zambullirnos en su contexto. Es probable que, de este modo, entenderíamos más los motivos que empujaron al artista a comprometerse con un tema, máxime si tenemos en cuenta que es precisamente durante el final del siglo XVIII cuando se soltó el lastre de la exigencia del encargo. Jacques Louis David es el esteorotipo. El pintor del Juramento de los Horacios representó en sus lienzos lo que le vino en gana con una clara intención moralizante abriendo una veda que, a posteriori, otros como Gericault y Delacroix aprovecharon para exprimir su genio sin las ataduras de la obligación. Idealizamos la igualdad, la libertad y la fraternidad sin atender las notas al pie de página, preferimos ser positivos y verter el magma histórico en una olla que justifique una visión preconcebida basada en una absoluta simplicidad. Paremos un momento. Tomemos aire. Los años previos al Dieciocho Brumario fueron una lucha atroz por el poder donde la inestabilidad predominó. Se sepultaron las coordenadas del Antiguo régimen, y es bien sabido que un cetro lleva a otro cetro, por lo que, como comprenderán, los nuevos jerifaltes necesitaban pinceles que simbolizaran el cambio de rumbo e hicieran reconocibles los rostros que estaban en la cúspide para que el pueblo, ninguneado desde una demagogia igualitaria que llevó al Imperio, vitoreara a sus salvadores, aficionados en demasía a Madame Guillotine.

Los Once, el falso retrato grupal de los mandamases del terror y la estupenda novela de Michon, es la constatación de unas señas detestables que se repitieron por los siglos de los siglos, amén, hasta que la fotografía y la era de la reproducibilidad alteraron el escenario. La pintura mostraba cómo los de arriba querían ser vistos por los de abajo. Al terminar la lectura imaginamos su acabado. El autor de Rimbaud el hijo nos ha atiborrado positivamente, a lo largo de ciento treinta y siete páginas, de datos que permiten contemplar la obra, pero, insisto, lo más importante no estriba en su contenido, sino en el proceso que lleva a su elaboración. La iglesia de San Nicolás. Tres hombres. Otro expectante. Monedas en la mesa. Palabras. ¿Caravaggio y San Mateo? No, una ficción capaz de resumir una dinámica humana entre la perfidia y la perversidad del cálculo destructivo, una lección de Historia desde su completa manipulación, loa de lo pretérito y su importancia para comprender los entresijos del presente, donde el embuste al colectivo maneja otra moneda para convencernos. No confundamos apóstoles con pontífices. Michon es un oro extraño: activa el resorte de lo que no debemos olvidar si queremos seguir en nuestros cabales.

jueves, 6 de enero de 2011

Yo hubiera o hubiese amado y Antología poética de Félix Francisco Casanova en Revista de Letras


Esbozos de un talento: Yo hubiera o hubiese amado y Antología poética de Félix Francisco Casanova, por Jordi Corominas i Julián
Nadie duda, que de haber vivido en 2010, Félix Francisco Casanova tendría un blog, pero es una suerte que su fecha natalicia se situara en 1956, porque de este modo su legado es un diario auténtico donde un adolescente más que talentoso desgrana sus inquietudes y ensayos en privado, que es lo que cuenta en estos casos. La pérdida de las notas íntimas en la posmodernidad es un mal que algunos juzgan beneficioso, como si exponer el yo de manera sempiterna en la esfera pública fuera una virtud irrenunciable para mayor gloria del género humano, entregado al exhibicionismo en una desenfrenada carrera del renuncio a la paz del secreto, del proceso vital y creativo en el silencio de un cuaderno guardado religiosamente en el cajón de la mesilla de noche. Yo hubiera o hubiese amado es el testimonio de un chico de otro tiempo, antes de la red, antes de las bitácoras en las que anónimos y firmas con el pecho henchido se permiten opinar del día a día expuesto a los cuatro vientos. El poeta canario, fallecido en enero de 1976 como consecuencia de un escape de gas, escribía sus pensamientos cotidianos desde la anómala normalidad de un cerebro privilegiado que, pese a todo, bailaba al son propio de su edad.


Su diario de 1974 es una amalgama de noches, versos, amores, obsesiones por divas del celuloide, viajes, notas académicas, amores roqueros tendientes siempre más al paraíso del blues y una digna, por escueta, labor amanuense que registra lecturas, concesiones de premios y esbozos de poemas
¿Acaso tú, mi querido aire de invierno,
no bostezas como el rey del ajedrez
que espera su decapitación
leyendo a los románticos?
que en ocasiones te hacen sentir pequeño por sus osadías líricas y en otros casos
El autobús de medianoche
pasará por aquí, frente a tu casa,
sonará tres veces el claxón


tienen la impronta, que siempre debería acompañarnos, de quien está aprendiendo y apunta sus hallazgos con la aspiración de mejorarlos bajo la sabia estela del paso del tiempo. Félix era una bestia lúcida, un oasis en una isla enmarcada geográficamente en una tierra que vivía sus últimas horas grises de franquismo y se aprestaba a cambiar un rostro del que, sin duda, él hubiera sido parte integrante por desparpajo y un genio indiscutible que sus notas muestran con arrogante timidez, capaz de soltar un toma ya al cosechar laureles mientras se sorprende con la belleza femenina que apenas está conociendo a sus magníficas dieciocho primaveras cargadas de energía, velocidad y una maleta repleta de sueños que trascendían universidades, que no universalidades, al adherirse a la existencia, bruja maldita de goce y constante insinuación.


Los diarios suelen ser, y éste no rompe la norma, una extraordinaria fuente de información para filólogos interesados en desentrañar los dimes y diretes vitales y literarios de sus protagonistas. El toque diferencial de Yo hubiera o hubiese amado son los cuentos que cierran el volumen, breves piezas de desbordante ingenio con buenas dosis de surrealismo canónico al partir de la realidad y transformarla al gusto de quien la asume como base inspiradora del proceso creativo al haberla asimilado.


Repetición de motivos y timidez en el atrevimiento: Cuarenta contra el agua


Si me preguntan cual ha sido la lectura que más me ha impactado a lo largo de 2010 diré sin parpadear que ningún libro me conmocionó tanto como El don de Vorace, estrepitosa novela que exige pausas para respirar y asimilar el enorme caudal poético de su autor, desatado en la modulación de un ritmo tan libre que sin quererlo inventa léxico y unas atmósferas inimitables, de aquellas donde puedes palpar la luz y la oscuridad porque su potencia genera una cascada de memorables imágenes que se encadenan con lógica aplastante, como si Casanova escribiera obras maestras desde la cuna. No podemos decir lo mismo de la antología poética Cuarenta contra el agua. Los poemas seleccionados por Francisco Javier Irazoki son joyas en ciernes, bocetos a madurar que percibimos por la repetición de motivos y vocablos. La lluvia, el agua y los árboles aparecen por doquier, apreciándose un profundo cambio estilístico a partir de 1975, cuando los versos cobran otro tono y las composiciones adquieren sustancia y recorrido, alargándose mediante una solvencia dialogada que rebosa sinceridad y gana tanto en síntesis como en afán descriptivo al abandonar una introspección algo forzada y lanzarse sin miedo al mundo, transportándonos a su visión con envidiable convencimiento de quien ha dado con la tecla justa.


Estos últimos poemas configuran una pequeña porción de la verdadera capacidad de Félix Francisco Casanova, valiente al confesarse
Quisiera ordenar con lógica
mi discurso,
pero no puedo
desde una óptica que pese a su corta edad reflexiona sobre el texto y el lenguaje mientras cavila sobre romances y orgasmos.




El siglo XXI tiene una innata tendencia a vender sus productos literarios con estruendosos lemas que transforman la literatura en una panacea sin la que, en principio, es imposible vivir. Félix Francisco Casanova sólo se asemeja a Rimbaud en la casualidad cronológica. Ambos engendraron su obra en los años setenta de su siglo y, de repente, desaparecieron. Uno decidió abandonar el Viejo Mundo para surcar mares y recalar en Etiopía tras marear con profusión su perdiz viajera. El otro vio sesgada su singladura cuando daba esperanzas desde el innegable destello. Mi madre, a la que suelo escuchar siempre con atención, cree que es muy osado usar el término genio. Félix Francisco Casanova era una esperanza, y como tal debemos juzgar su legado, tristes por no poder leer más del niño que amenazaba con una revolución que sigue pendiente en las letras hispanas.

Félix Francisco Casanova, Yo hubiera o hubiese amado. Diario íntimo (1974), Madrid, Demipage, 2010
Félix Francisco Casanova, Antología poética. Cuarenta contra el agua, Madrid, Demipage, 2010

lunes, 3 de enero de 2011

Poema "El adiós de una primavera"


El adiós de una primavera por Jordi Corominas i Julián


Bombonas de butano, decoración navideña.
El día de los dos dálmatas hombres mayores
escupen en vasos de gamuza decretando
la muerte del rock and roll.

Muchos desgraciados les besan los pies,
el mayordomo se apoya en la pared esgrafiada,
desafía languideces peatonales ahora que
la lluvia camufla el reguero, camino
urinario en las baldosas del cementerio.

En la otra calle salen desnudas del supermercado,
han decapitado estatuas grecorromanas guardando
las astillas en un monedero que el sol rechaza,
amor, anacronismo moderno.

Mascarás hipocondría asumiendo la derrota,
hilarás despojos, sórdida servidumbre
que ampara risas en la trastienda del sonotone.

La explosión será átona, como tu vida.

Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky en Revista de Letras


Algunos apuntes sobre Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky, por Jordi Corominas i Julián
Recomiendo vivamente a cualquier escritor del orbe leer Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky. Cabe aplaudir la valentía del argentino al trazar un cuadro completo de los límites del oficio de escribir y sus encasillamientos críticos entre esos dos ríos llamados Academia y Mercado. La obra parte de los idealizados sesenta y concluye con el célebre juicio de 1857 contra Gustave Flaubert y los excesos que esa época vio en Madame Bovary. Entremedias el contenido es denso y útil, un mapa fácil de navegar que exige tener las neuronas muy frescas y una voluntad de hierro para asimilar todos los conceptos e ideas que esgrime con naturalidad, poniendo los puntos sobre las ies sin dejar títere con cabeza desde una perspectiva sumamente mordaz que va desgranando varios estados de la cuestión. Ruego de antemano que disculpen mi insuficiencia para plasmar en esta breve reseña todos los puntos tratados por el autor, que pese a centrar su análisis en su tierra consigue hacerlo válido también para España o cualquier otra Nación.
I
Siempre existirá un canon fundacional. En el caso argentino los ochenta engendraron una santa trilogía- Libertilla, Fogwill y Aira- que cargó contra sus antecesores y planteó el campo de batalla para que otros les atacaran a posteriori. La década de los noventa vio nacer una política literaria que se asimilaba a la política de su tiempo, con Menem vendiendo parabienes para las clases medias, que rápidamente desearon éxito y notoriedad. En el campo de nuestro interés eso se plasmó, y ruego que comparen la situación con la España de la burbuja y el crédito a diestro y siniestro, en el surgimiento de jóvenes mediáticos que vendían sus textos desde la actitud, literatura convertida en comunicación. Ningún escritor debería preocuparse de la popularidad, pero esta nueva escuela basó su impronta en fórmulas publicitarias, imagen corporativa y el triunfo por encima de cualquier otra opción, eso sí, anunciando una supuesta vanguardia pop que desde una estrategia agresiva se hermanaba con el capitalismo salvaje de su época. Envejecieron rápido.
II
En todo sistema de valores se pretende crear un orden; los grupos se enfrentan sin chocar porque hay espacio para casi todos salvo para quien, desde el atrevimiento, hace saltar la banca y cae en el ostracismo pese a su rupturismo. El escritor sin público no se encuadra en ningún bando y desde un no lugar habla: ése es el sitio de la literatura de izquierda.
III
Gran parte de la literatura argentina no conoce el fracaso porque tampoco conoce el riesgo. Aplíquenlo a la geografía que prefieran: es una ecuación perfecta. En ello incide que el aburguesamiento de la sociedad se ha hecho completo y es fácil satisfacer al lector desde elecciones que no turban porque siguen esquemas determinados como la primacía de la trama, la búsqueda del texto bien escrito y la burocracia del relato con su introducción, nudo y desenlace. Violar esos principios es remar en contra de la complacencia generalizada que contenta a los que recibieron instrucción estatal y quieren presumir de leer obras inteligentes con aliños experimentales. Auster, Saramago, Kundera y otros satisfacen ese anhelo sin ensuciar el patio, dejándolo impoluto porque su uso de la anécdota no supone ninguna amenaza ni desestabiliza el tinglado.
IV
Dickens sigue entre nosotros y lleva las riendas. Tabarovsky no entra al trapo porque sus reflexiones son de 2004. En tiempos de crisis puede resultar interesante calibrar la funcionalidad del realismo en literatura, pero esta idea, si bien válida, es inútil en el discurso por el que circulamos. El problema se centra en ignorar las vanguardias, paréntesis excepcional que por una parte impone demasiado respeto y, por la otra, ha sido asimilado por la sociedad de consumo, quien las banaliza incluyéndolas en la publicidad y las artes para vanagloriarse de una sabiduría fútil. ¿Es posible experimentar con autenticidad?
V
La respuesta es afirmativa. Si el autor acepta las coordenadas del mercado y la academia pero presenta una obra que no piense en su recepción puede prevalecer en su postura vanguardista al burlar la máxima del producto ofrecido al consumidor. Algunas novelas de Camilo José Cela serían un buen ejemplo. Tabavarovsky opta por abordar el caso Flaubert por el exceso: “Si la literatura fuese inútil, si fuese lo que sobra, lo que está de más, si no tuviese ningún otro fin más que sí misma, si no fuese más que la escritura de su escritura, perdería su inocencia, perdería el juicio.”
VI
Volvamos a las vanguardias. Tenían alegría y sus artífices estaban entregados a la causa en una fiesta entre cabarets, estudios monacales, experimentos con licencia para el atrevimiento y una vocación transformadora que hoy siquiera atisbamos porque la convención prevalece y las cartas están demasiado marcadas para que nadie, por suerte siempre existirán poblados de irreductibles galos, se aventure a caer en el destierro de la nada.
VII
Para hacerlo conviene follar con el lenguaje: “En la fractura, la literatura se escribe fuera de la voluntad, más allá del yo-posición centrada del mundo de la armonía-, se escribe en la incomodidad, en un sin lugar: en la comunidad inoperante de los que no tienen comunidad.” La locura de revisar cada frase como si fuera una novela, la demencia de la trágica soledad, perfecta trampa del arte que nunca termina y exige una finalización.
IX
Librarse de la metafísica y ser consciente de la imposibilidad de narrar. Hemos perdido la inocencia y tenemos demasiado interiorizados los modos de representación. Hay teclas capaces de cancelar lo consabido. Aflorar otra materia conlleva desafíos. La cuestión es saber si somos capaces de afrontarlos.
X
No tengo claro si sé qué es la literatura de izquierda. Aún así he meditado y aprendido con un ensayo, y eso demuestra su envergadura.

Damián Tabaravosky, Literatura de izquierda, Cáceres, Periférica, 2010

domingo, 2 de enero de 2011

Paseos Simultáneos en Culturamas






UN PASEO SIMULTÁNEO POR LA CIUDAD, SU INTIMIDAD Y LA HISTORIA

Por Claudia Apablaza.


Paseos simultáneos

Jordi Corominas i Julián

Vitruvio Ediciones

Madrid, 2010


Jordi Corominas i Julián nació en Barcelona el 28 de abril de 1979 es autor de la novela Una dona que sap jugar amb els peus y la biografia Macrina la madre. En diciembre de 2008 publicó su segunda novela Colors.

Es coeditor de Calidoscopio, editor asociado de Bcn Week, es cofundador y miembro activo del proyecto Loopoesia.

En septiembre de 2009 coeditó, junto a Ana S. Pareja, Matar en Barcelona (Alpha Decay). Tras su paso por la Cadena SER, Corominas tiene en la actualidad una sección sobre literatura en Wonderland de Rne4.

¿En qué momento decidiste cambiar de escribir en catalán a castellano? ¿Podría haber sido este libro escrito en catalán?

En realidad no hay un momento de cambio. Tengo la suerte de ser bilingüe desde pequeño porque en casa mi madre me hablaba en catalán y mi abuela en castellano. Cuando escribí mis dos primeras novelas en catalán fue porque las sentía en ese idioma, sobre todo la segunda, Colors, en la que emplee un catalán rural que se adecuaba al tono utópico de la historia. En Paseos Simultáneos el castellano es el idioma principal entre otras cosas porque siempre lo usé para la poesía. Por otra parte la simultaneidad del libro, la posibilidad que sus versos ocurran en cualquier lugar del mundo, potenciaba el castellano en un sentido de universalidad.

Por qué una ciudad como Barcelona la vivencias prioritariamente en castellano, si eres catalanoparlante.

Priorizo el castellano por lo dicho anteriormente. Barcelona sale más que ningún otro espacio porque vivo en ella, pero es una anécdota, si te fijas en Paseos Simultáneos el espacio se desdibuja desde su simultaneidad, el movimiento es incesante y trazar un mapa preciso del recorrido del paseante es imposible. Quizá en eso radique la voluntad de no tener fronteras y prescindir del límite, una barrera más mental que real, insana para aquel que desee elaborar una escritura fluida, sin cortapisas.

¿Por qué Paseos simultáneos? ¿Puedes explicar el origen de este título?

La génesis del título y de la obra viene de una búsqueda personal sobre cómo reflejar la realidad en literatura. Justo antes de empezar a parir esta suite poética escribí un relato, que en breve publicará la editorial Barataria, muy detallista porque el recorrido de la protagonista estaba cargado de símbolos premonitorios. Me puse en su piel y pasee el trayecto más de cuarenta veces para que nada escapara a mi ojo. Su conclusión me agotó porque exprimí un tipo de realismo válido, pero al fin y al cabo convencional que estaba bien sin permitir alcanzar una totalidad por lo limitado del espacio. En enero de 2008, agotado tras esa prueba, empecé a tomar notas en un cuadernito rojo. Lo llevaba conmigo y me harté de apuntar cosas mientras paseaba, el siguiente poema resume muy bien mi nueva concepción de la realidad en literatura, donde para captar la totalidad no basta con la linealidad, hay que bifurcarse y ser simultáneo.

¿Con cuanta gente hablas?

Estoy transcribiendo

mil frases nacidas

del aire de voces,

amantes, arcanos,

amigos, cretinos

y funambulistas

en la encrucijada,

la cuestión(¿)

del significado

su forma

y contenido sin

duda el afilador

de la metro

lo sabía,

rugía, y con sus pies

entendía como

captar el mundo

en suspiros

de oralidad común

totalitaria y democrática

en el espacio simultáneo.

Cronos no se para.

Voces de todo tipo, sabiendo que lo trascendental no lo es tanto y que con lo cotidiano la literatura puede abrazar mundo para intentar encontrarle un sentido.

¿Atacas a los catalanes en este texto “Entendí en la/ peluquería que/ los catalanes son/como una serie de tv3”, “Te lo hago saber/ Catalanismo,/ all in all is/ all we are/ entre Pinto y Valdemoro,/colorín colorado/ con un zapato me he encontrado.”? ¿Qué es lo que quieres hacer relucir en ese ataque?

En realidad no es ningún ataque, sino una apreciación. Catalunya vive una dicotomía típica de nuestro tiempo. Por una parte está lo que vende el poder y en el otro lado del ring está la realidad, que va siendo siempre más multicultural y abierta a mil estímulos, lo que no entienden muchos de mis ciudadanos, que aun parecen vivir según los cánones que imponen los medios, por eso lo de los catalanes son como una serie de tv3. No es una falta grave, simplemente es reflejar la realidad tal cual es, y en mi nación mucha gente sigue anclada a una imagen de programa de sobremesa, lo que es pésimo, como lo es el nacionalismo de cualquier tipo, otra forma de limitarse porque impide ver más allá del ombligo. No somos tan importantes y de hecho el poemario inicia con unos versos que ya definen mi postura: mis casas tendrán todos los balcones del universo.

Lo simultáneo se da en el cruce de tu intimidad, la historia universal, la política y los paseos por la ciudad. ¿Qué cruce estableces entre esos elementos?

Supongo que al querer mostrar una totalidad es normal que estos elementos se crucen, porque son parte de un mismo cuerpo, la sociedad. Por otra parte supongo que influye mi formación universitaria en el campo de la historia, y que en mi día a día hable con mis amigos de los temas que mencionas, fundidos entre sí por lógica elemental y poetizados de esta manera porque muchas veces lo cotidiano queda excluido de la Historia en mayúsculas, y desde mi punto de vista cualquier hecho por minúsculo que sea contiene en su esencia una épica demasiado ignorada.

La Historia queda en este texto propuesta de forma atemporal, más bien determinada por los registros que la ciudad guarda de ella. ¿Es esa la línea de trabajo que tienes con esa disciplina: la Historia está guardada y registrada en la ciudad; y por tanto la Historia podría ser el registro que un paseante tiene de la ciudad que habita?

Si las piedras hablaran nos sorprenderíamos. La ciudad es una caja fuerte de la Historia, y la respiramos en el aire cada día, a cada paso que damos. Roma, donde viví un par de años, me lo enseñó, mientras en Barcelona aprendí que, efectivamente, cada ciudadano genera su intrahistoria. Si unimos todas alcanzamos un completo mosaico de lo humano.

Es un texto que momentos mezcla varias lenguas: castellano, catalán, inglés francés, italiano. ¿Cuál es la propuesta de esa mezcla?


La universalidad y la inercia del paseo, que es la vida por su inextinguible afán de sorprendernos y la capacidad que tiene el ser humano de captar muchos conocimientos. Si hay tantos idiomas en los paseos es porque cuando vas por la calle no hay una uniformidad lingüística entre las palabras que las personas van soltando, ondas sonoras que muestran como cualquier caminata puede ser una metáfora del mundo. Paseos simultáneos son 136 poemas enlazados porque así el lector entiende mejor que está paseando y que hay una continuidad. Recomiendo dar importancia a cada una de sus piezas desde el conjunto, pues individualmente sólo son pequeñas teselas, partes de un paseo que cobra sentido al abarcarlo entero.

¿Por qué dices que Chile es narcoléptico?

Chile es narcoléptico porque a mi me droga mucho por la belleza de sus mujeres, la simpatía de sus gentes y un extraño hermanamiento con el país que seguramente acentuaré más aun cuando lo visite.

Para terminar, ¿podrías relacionar este libro con tu trabajo Loopoético? ¿Se vinculan? Y de paso ¿podrías hablarnos de Loopoesía y enseñarnos el manifiesto Loopoético?

Paseos Simultáneos es la madre lírica de Loopoesia. Lo escribí entre enero y abril de 2008 y fue donde entendí mi interés por los poemas enlazados que en Loopoesia son más reducidos porque ya nacen con intención de ser musicalizados por mi socio Neill Higgins. Para que me entiendan los lectores les diré que Loopoesia es un proyecto músico poético donde mis suites poéticas- las nocheviejas del Patriarca y la Balada del delineante en 2009 y Los jugadores de Ajedrez de Plaza Catalunya en 2010- y su musicalización sirven de base para una performance poética con muchos elementos. Hay dos personajes, y uno de ellos, Jean Martin du Bruit, es el protagonista; el otro es Lola Farigola, Bailarina que siempre tiene más protagonismo siguiendo música y versos. Hay pausas entre poema y poema para que el público no se pierda, pues es un espectáculo denso donde Jean Martin du Bruit, un ser enmascarado con un traje fucsia y una camisa rosa, lanza gominolas, se rodea de símbolos como el Negro de Banyoles o George Harrison, recita versos improvisados, decapita una muñeca fascista y apuesta por lo multidisciplinar como máxima forma de expresión artística. Si en algo coinciden ambos proyectos es en su afán experimentador, que al fin y al cabo para mi no es tal porque considero ambos actos creativos como parte de mi normalidad. Experimentar parece que tenga que ser lo anómalo y eso es así porque estamos anclados en tradiciones que sirven para agotarlas, superarlas e inventar, de otro modo la vida sería demasiado aburrida, ya dice algún verso del poemario que nos han malacostumbrado a creer en la línea recta, y eso es criminal.

sábado, 1 de enero de 2011

Año nuevo, nuevo Panfleto Calidoscopio




Panfleto Calidoscopio dic-ene [nº 43/2010-2011]


Como en un Calidoscopio te ofrecemos pequeñas cuentas que satisfagan o piquen tu curiosidad. Sobre cualquier tema en miscelánea, o bien sobre música, cine y literatura.

Sin el apremio de la modernidad y la vanguardia, con la tranquilidad de quien revisa lo pasado. Visiones Caleidoscópicas de nuestra cultura, eso es lo que pretendemos mostrar.

sumario [nº43/2010-2011]




Sobre la creación artística con Andrés Barba
Por Sonia Antón Ríos



Andy Wharhol
Por Sonia Fernández Pan





Los bohemios españoles
Por Miguel Baquero



Premitis
Por María Zaragoza





Matemática Beatle VIII
Por Jordi Corominas i Julián



Roland Barthes
Por Anna Maria Iglesia





Carta a Mal-Herido
Por La Misántropa



El final de Rasputin
Por Jordi Corominas i Julián





Nadezhda Teffi
Por Adolfo López Chocarro



Dan Auerbach
Por Federico Fernández Giordano





Ganador XVIII Premio de Relato Círculo Cultural Faroni



Espacio inventado
Poemas de Beatriz Russo