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martes, 12 de septiembre de 2017
miércoles, 8 de agosto de 2012
Otra reseña más para José García en el blog Rigor textual
En esta ocasión la reseña llega del Blog Rigor textual, y prosigue con las buenas palabras que de momento cosecha José García. Puedes leer la critica clickando aquí
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jueves, 2 de agosto de 2012
Mi novela José García en el Correo de Andalucía
Alejandro Luque ha escrito este artículo sobre José García en el suplemento cultural de El Correo de Andalucía.
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lunes, 30 de julio de 2012
Más menciones a mi novela José García
El verano sigue siendo óptimo para José García. Caen las reseñas y aquí os dejo con dos más, si bien la primera no sé si merece llevar ese nombre porque más bien parece una recopilación de las opiniones vertidas en la contra del libro.
1.- La página de cultura dice lo siguiente
2.- Y Miguel Ares reseña el libro aquí
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jueves, 19 de julio de 2012
Laura Fernández reseña mi novela José García en El Mundo
José García sigue cosechando buenas reseñas en este julio de locos. En esta ocasión es Laura Fernández quien habla de mi novela en la edición digital del periódico El Mundo. Si quieres leer su crítica clicka aquí
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lunes, 16 de julio de 2012
Primera reseña dedicada a mi novela José García en Revista de Letras
Hoy ha aparecido la primera reseña dedicada a mi novela José García, la ha escrito Anna María Iglesia para Revista de Letras. Puedes leerla clickando aquí
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lunes, 9 de julio de 2012
Los manifiestos Vanguardistas latinoamericanos en el Mercurio de Chile y EL PAÍS de Urugua
Sigue la buena acogida de Manifiestos Vanguardistas latinoamericanos. En esta ocasión nos llegan notas desde Chile y Uruguay.
Juan Ignacio Rodríguez Medina habla del libro que prologué para Barataria en el Mercurio de Chile
Federico Fernández Giordano los comenta en EL PAÍS de Uruguay
jueves, 28 de junio de 2012
Lee las primeras páginas de mi novela José García
Hoy la buena noticia es que acaba de aterrizar en librerías mi novela José García, editada por Barataria. Si quieres puedes leer las primeras páginas clickando aquí
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miércoles, 27 de junio de 2012
Podcast del Laberint sobre mi novela José García
Desde hoy está en todas las librerías mi novela José García editada por Barataria. Para cerrar la temporada del Laberint hablamos de ella. Puedes escuchar el podcast a partir del minuto 41 del enlace clickando aquí
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martes, 22 de mayo de 2012
Mi inminente novela "José García" en Letras de Vanguardia
entro de unas semanas aparecerá en la Editorial Barataria mi primera novela en castellano, José García. En Letras de Vanguardia leo unos fragmentos y respondo a las preguntas de Albert Lladó sobre algunos entresijos del libro. Puedes verlo aquí
lunes, 6 de febrero de 2012
El poeta asesinado de Guillaume Apollinaire en Revista de Letras
El poeta asesinado”, de Guillaume Apollinaire
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 6.02.12
El poeta asesinado. Guillaume Apollinaire
Traducción de Manuel Hortoneda
Barataria (Barcelona, 2012)
Siempre he querido imaginar cómo algunos hombres nacidos a finales del siglo XIX sintieron el cambio que se avecinaba. La tecnología debe estar siempre presente en las revoluciones artísticas, pues la creación no puede desligarse de las transformaciones que afectan a toda la sociedad. Esa época canceló un mundo lento y propició un universo veloz que sólo unos pocos elegidos supieron captar porque sus condiciones así lo propiciaron.
Entre ellos, inevitablemente, destaca la figura de Guillaume Apollinaire, ayudado por su azarosa vida que tanto difundió con invenciones de gran calado para agrandar su leyenda. El poeta vanguardista, defensor de la novedad a ultranza pero con la sabiduría de estudiar lo viejo con erudición y pedantería, captó antes que nadie la importancia de lo que se cocía en bajos fondos que con el tiempo asumieron categoría de altos vuelos, y buena parte de culpa fue del loco y polifacético bardo fallecido de manera prematura en los estertores de la Primera Guerra Mundial.
Por circunstancias que no vienen al caso tuve la suerte de mamar desde bien pequeño el impacto de la bande à Picasso en la cultura mundial. El joven pintor malagueño y sus amigos del Bateau Lavoir se deleitaban con la aparición de Apollinaire en sus pocilgas. El desastrado y pulcro esteta encandilaba noches y voces con sus ocurrencias, delirios y teorías de apoyo al cubismo en su instante fundacional. Sin su cometido hubiera sido mucho más difícil que el riesgo triunfara, y el riesgo no sólo era aspiración a saltar de Montmartre a Montparnasse, era pasión auténtica, bien simbolizada por la astracanada del autor de Les Demoiselles y su socio de Las once mil vergas al robar estatuillas ibéricas en el Louvre y padecer el duro trámite de interrogatorios y amenazas, ellos, intocables, e imperecederos por méritos únicos bien plasmados en cuerpo y forma en El poeta asesinado que edita en España Barataria.
Vayamos al grano. El poeta asesinado es una autobiografía parcial que rebosa la energía surrealista, no en vano Apollinaire fue el verdadero inventor del término y la idea, de su autor, entregado a la tarea de escribirse y reescribir los cánones de la modernidad.
La primera parte del volumen es un ajuste de cuentas con la infancia y sus desgracias. El genio de Alcoholes vio la luz en Roma y estuvo ultraprotegido por su madre. En el libro que nos concierne es concebido por la casualidad y su madre, tras muchos dimes y diretes, termina encontrando la estabilidad con un noble parisino que decide ir a Roma para recibir la bendición papal. Quiere que el futuro retoño nazca en Mónaco, pero un despiste les conduce a Múnich, donde la cerveza bávara dará felicidad y anunciará la dicha de Croniamantal, pues ese y no otro será el nombre del poeta dotado de mil talentos que protagoniza la trama, ser a la deriva, solitario a la contra abandonado por muerte y circunstancias por sus progenitores.
La baronesa fallece en el parto y el padre se suicida en Mónaco. El rumbo, Apollinaire fue un nómada en su niñez, vira drásticamente. Un pastor políglota holandés le acoge y educa, haciéndole renunciar al amor en Et in Arcadia Ego y el adolescente, al fin, aterriza en París, su estación natural que cierra el intenso y disparatado prolegómeno de acelerado ritmo y prosa poligámica, con espacio para insertar fábulas, diálogos teatrales, poemas y todo tipo de textos al servicio del conjunto, pues su autor no aceptaba que las palabras se limitaran a unas leyes concretas.
Tal valentía se confirma en la segunda parte del manuscrito. La llegada al centro del universo cultural del primer Novecientos, con permiso de Viena, direcciona la acción hacia una crítica despiadada con la virtud de la burla bien hilvanada para anular determinadas imposiciones. En este sentido son remarcables el episodio del teatro, donde Croniamantal escuchará con sopor los consejos de un cenáculo erudito trasnochado en su decálogo, y el dedicado a la moda, magnífico escaparate de uniones contradictorias, fantasía, desbordante imaginación y un irreverente estilismo de sombreros pelota, redecillas de ojos de cristal y trajes de sastre con lomos de libros viejos encuadernados en piel de becerro que satirizan lo convencional con suma elegancia, pues como ya anticipamos previamente Apollinaire podía plantar cara a lo vetusto al dominar con maestría el legado de la tradición.
En el segundo tramo de la novela dos son los elementos autobiográficos que sobresalen por calado histórico. El pájaro de Benín es la encarnación del Picasso extasiado por las estatuillas africanas y su potencial de ruptura. Es la creación y también un buen amigo que aconseja a Croniamantal ir al bosque para dar con la tecla del amor. Tristusa Bailarineta es Marie Laurencin, pintora con quien el poeta mantuvo una relación hasta que un alemán finiquitó tan extraño amor, anécdota reflejada en la obra a través de la fuga de Tristusa con Paponat a lo largo y ancho de Europa Central hasta el retorno a Marsella y el estallido popular, causado por un artículo periodístico, contra el exceso de versificadores.
El poeta asesinado incluye una premonición de muerte que no debemos ignorar. Escrito en 1916, el volumen, aunque no puedo confirmar el dato, puede que fuera redactado poco después de las heridas que su autor recibió en combate. ¿Sentía que llegaba su hora? La razzia contra los aedos apunta alto y claro con un dedo hacia la estupidez de la masificación, bien sea informativa, bien de acumulación inútil de artistas que no eran tales. Pasa hoy y ocurrirá siempre, pero no está de más denunciarla. Apollinaire lo hizo y barrió literalmente con todo el Parnaso. Aún así el presagio tuvo un bonito final cuando una década después Picasso se inspiró en unas palabras de su rol en la novela para realizar su estatua más anómala en homenaje al desaparecido, una estatua de nada, como la poesía, y como la gloria.
viernes, 3 de febrero de 2012
Buenas menciones de Manifiestos vanguardistas latinoamericanos
Parece que 2012 será un año movidito, con muchas y buenas novedades. A finales de 2011 tuve la suerte de poder prologar la recopilación de manifiestos vanguardistas que Claudia Apablaza preparó para Barataria. Además de su buena presencia en librerías algunos periódicos y blogs han mencionado en artículos y posts la publicación.
Albert Lladó en La Vanguardia, nota también usada por Clarín
Elvira Ramos en La Biblioteca imaginaria
Encuentro de lecturas también escribió una breve nota
jueves, 22 de diciembre de 2011
El libro de las maravillas de Fernando Clemot en Revista de Letras
Ser Marco Polo, soltar las amarras del conformismo: “El libro de las maravillas”, de Fernando Clemot
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 21.12.11
El libro de las maravillas. Fernando Clemot
Barataria (Barcelona, 2011)
Si echáramos la vista atrás en la Historia, y no hablo sólo de la literaria, comprobaríamos cómo determinados fenómenos generan un espléndido ruido que luego desaparece y casi nadie recuerda. Atanasio de Alejandría definió al Emperador Juliano como una nube que pasaría. Duró dos años, aterrorizó al emergente cristianismo con su obcecada valentía pagana y desapareció en las llanuras persas. El suspiro del apóstata y el símil del obispo de Alejandría pueden servir en las letras, mundo que desde hace unos años vive preso de fotos, debates estériles, generaciones inexistentes, grupos que venden modernidad a cuatro duros y una escasa consistencia que parece olvidar que la mejor arma del escritor es creer en una trayectoria que de forma retrospectiva sirva para valorar la obra, dando al recuerdo del pasado un tono unitario que juzgue lo hecho sin fuegos de artificio y con la consistencia de un discurso elaborado que no es flor de un día y sí de un trabajo diario que crea un corpus sólido ajeno a modas, tendencias y chascarrillos.
Fernando Clemot tiene su mayor virtud, y así debería ser siempre, en la escritura. Así lo entendieron los que premiaron su magnífico Estancos del Chiado con el Premio Setenil en 2009 y así lo valora quien observa que libro tras libro hay un interés por determinados temas que evolucionan en función de las inquietudes y estados de ánimo del autor barcelonés. En El libro de las maravillas el recuerdo y el viaje se funden el magma estático de una clínica lusa de reposo, si bien quizá fuera mejor definir el espacio donde transcurre la acción desde términos agónicos, pues todos y cada uno de los pacientes del recinto ingresaron en él conscientes de estar en las puertas de ese abismo que solemos llamar muerte.
El ambiente es sórdido, kafkiano en su vaivén inmaculado de puertas que se abren y cierran entre consultas, orines y desconsuelos. Uno de los condenados por propia voluntad a destilar su espera de la señora de la guadaña reflexiona sobre su existencia y la encuentra incompleta. Al puzle le faltan piezas y decide completarlas equiparándose con Rustichello de Pisa, compañero entre rejas de Marco Polo. Juntos publicaron Il milione, fantástica crónica de los viajes del veneciano en una época oscura donde sus itinerarios adquirieron categoría legendaria.
Entre el casi anónimo protagonista de El libro de las maravillas y Rustichello distan siglos que no empañan una serie de coincidencias. Ambos transcribieron lo que escucharon en su particular cárcel, que es enfermedad y paciencia de libertad, sin importar que esta sea expirar o respirar aire puro. Sin embargo, la diferencia fundamental radica en la visión autoral, pues la fascinación del hombre medieval iba por otros derroteros bien distintos a los del contemporáneo, que desea conocer para aliviar su mal y construir una pequeña enciclopedia universal que no se para en las palabras, consuelo estéril si meditamos en la posibilidad de un gran pozo que compile la infinitud humana, consuelo fuerte y útil si en el contexto de la novela, donde las sombras que pueblan el hospital gritan mediante diálogos expiatorios para ajustar cuentas consigo mismos en sus últimas horas.
“Siempre se nos ha dicho que en el pasado está la clave del presente y también de nuestro futuro, que todo lo sucedido alimenta de forma definitiva lo que eres y en lo que te convertirás mañana. En mi caso lo que pueda hacer ahora no puede cambiar un futuro que apenas tiene cuerpo así que me pregunto si no podría invertir la lógica de ese proceso”.
Mientras los demás reclusos le cuentan sus anécdotas memorables se hilvana un proceso consistente en desgranar el porqué del recuerdo a través del paso del tiempo hasta hallar su significado absoluto. Los párrafos dedicados a teorizar sobre los motivos de nuestra selección de fragmentos vitales ahondan en una transferencia de lo personal a lo colectivo hasta parir un relato único de vicisitudes hermanadas por barcos, fallecimientos inesperados, exotismo y encrucijadas. Las narraciones que Bridoso, el Doctor Bessa y Clara hacen de sus máximas peripecias enlazan con la fantasía de cruzar la frontera que media entre Occidente y Oriente para derribar la frustración de destruir el inmovilismo que suele caracterizarnos, lo apático que nos paraliza. Cambiar el paradigma, dar con el impulso que dinamite la inercia y alterar el rol para abandonar los ropajes de Rustichello y atreverse a ser Marco Polo.
Si el libro se limitara a recoger testimonios no perdería valor, pero es comprensible que ubicándose su acción en un lugar cerrado ello de pie a una segunda trama dentro de la trama. Por una parte, lo hemos visto, tenemos el hilo interior que tejen los vocablos que recuperan lo pretérito en pos de dar al presente un nuevo sentido. Por otro está la cotidianidad de la Clínica Dantas y la monotonía de sus cuatro paredes, que configura un relato de intriga entre los tejemanejes del misterioso Doctor Keita, la desaparición del galeno Andrade y las idas y venidas del resto del personal. Keita, huraño y fumador de marihuana, es el elemento sospechoso en el que recaen las dudas por su comportamiento, como si ocultara algo y fuera un guardián que preserva secretos y custodia las llaves de su templo, que más que un centro de salud evoca un manicomio con clientes atados de pies y manos por voluntad propia, certera y cruenta metáfora de la realidad que nos atenaza.
La estructura de El libro de las maravillas está concentrada en cinco jornadas con sus respectivas mañanas, tardes y noches, lo que le confiere intensidad y sustenta la premura de Mr. C en sus pesquisas. Pese a ello el ritmo es sosegado porque la intensidad no depende tanto del tono, sino de una acumulación pausada de datos e impresiones que encajan con naturalidad y forjan el armazón que Clemot seguramente pretendía, sin efectismos innecesarios ni licencias a lo banal, con la elegancia de quien sabe que las migas de pan se reparten con equilibrio si se quiere llegar a la meta con coherencia.
Otro punto a destacar es el caleidoscopio de mujeres que brotan a partir de reminiscencias. Lo femenino es un eje gravitatorio que conecta enclaves y experiencias en esta novela de un narrador dotado de especial tacto para con el léxico y que desde la desesperación es capaz de enhebrar esperanza mientras nos recuerda que conviene sacudirse la cobardía y tentar la senda de la aventura si queremos avanzar sin rémoras que nos atormenten.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Manifiestos Vanguardistas Latinoamericanos

Hace cosas de dos meses Claudia Apablaza me ofreció prologar su maravillosa compilación de Manifiestos Vanguardistas de Latinoamérica. Me puse a la labor y el resultado ya está disponible, aunque lo importante es el volumen, único en España tal como menciona la nota de prensa de la editorial:
El libro Manifiestos vanguardistas reúne por primera vez en España los textos fundacionales de las vanguardias latinoamericanas del siglo XX: los panfletos y proclamas de los colectivos de trabajo que surgieron en ese momento y que manifestaban una nueva estética y ética de trabajo y producción artística, la ruptura con los cánones establecidos y los modelos imperantes en ese momento: el creacionista, de Vicente Huidobro; el ultraísta, de Jorge Luis Borges; el antropófago, de Oswald de Andrade; el estridentista, de Salvador Gallardo, Maples Arce y Arqueles Vela; el euforista y el atalayista; el Somos, de Arturo Uslar Pietri; el martinferrista, en Argentina, de Oliverio Girondo; el nadaísta colombiano; el negrista cubano, de Alejo Carpentier; el zoísmo-gesto, panedismo y pancalismo; el vedrinismo, el diepalismo o el postumista, de Andrés Avelino y Rafael Augusto Zorrilla (República Dominicana), entre otros.
lunes, 3 de octubre de 2011
Cutter de Yves Ravey en Literaturas.com

Cutter de Yves Ravey, por Jordi Corominas i Julián
Siempre sentiremos una extraña atracción por la infancia, paraíso perdido que la literaturaha usado de mil y una formas. En estos últimos tiempos se produce una curiosa contradicción. Los expertos opinan que los chavales saben latín antes pese a su pésima preparación académica que les deja, en cierto sentido, desamparados ante algunas diatribas de la existencia. Sin embargo, amamos las historias donde aparecen, porque con ellas ejercitamos el valor de volver atrás e intentar recordar cómo éramos en esa etapa siempre rodeada de una cierta nebulosa porque los años no pasan en balde y las anécdotas conservadas en el cerebro se desdibujan hasta dar al principio de nuestras singladuras surcos muy imprecisos que el arte, acicate mnemotécnico, ayuda a recuperar.
En Cutter, novela del escritor francés Yves Ravey, su presencia activa dos rasgos característicos de esa edad del hombre: la desconfianza hacia los adultos y la influencia que estos pueden ejercer en mentes maleables por inexpertas. Lucky y su hermana no son niños normales. Perdieron a su padre y del hogar materno pasaron a un Centro de Menores del que se alejan una vez a la semana para servir a la familia Kaltenmuller, un peculiar matrimonio compuesto por un marido trabajador y una mujer de rompe y rasga. Si han conseguido esta vía de escape es gracias a su tío, jardinero de una finca en apariencia normal, pero ya se sabe, cualquier pequeño gesto en la ficción puede desencadenar un torbellino, que aquí palpamos con más estrépito por el estilo cortante, como el título de su obra, del autor, que de este modo incrementa el suspense de una trama que implica más al lector a partir del detalle que siempre nutre lo criminal.
Sí, hay un asesinato. La economía de medios de la narración desvela la personalidad de los protagonistas con cuatro pinceladas, como en un lienzo impresionista con otro tipo de matices. El tío no es agua clara y está en constante tensión al defender su puesto, si bien su interés y prepotencia parecen apuntar a intereses ocultos. La esposa es sibilina y encaja con estereotipos del género negro que aquí, algo con lo que nos encontraremos hasta en la eternidad, pretende ser reconvertido a través de un punto de vista original. El ojo de Lucky es la clave. Calla y observa. Acata y aprende, tanto que los demás lo desean que se transforme en la perfecta marioneta que apuntale coartadas y objetivos de las polichinelas de una función donde es inevitable caer en tópicos manidos que cobran otra perspectiva cuando estalla la caja de los truenos en el garaje y el abnegado marido fallece en misteriosas circunstancias que no descubriremos hasta los compases finales del manuscrito.
Ya saben. Dos ojos ven menos que cuatro. Irrumpe un inspector y el efecto títere se extiende. ¿Quién se llevará el trofeo? ¿Quién conseguirá los favores de Lucky? Sus doce problemáticas primaveras dificultan la tarea. Unos quieren engatusarle, otros desean conducir su mirada hacia la verdad. La figura de Saúl, policía sagaz y muy deductivo, transporta el relato hacia una previsible caja de pistas esparcidas por el minúsculo territorio donde se desarrolla la acción. El niño hará de lazarillo desde la incomodidad de quien percibe riesgo en cualquier rincón y es consciente que cada uno de ellos encierra secretos capaces de solucionar el entuerto. No importa si se trata de un árbol, una caja o el comedor. Los espacios, opresivos y reduccionistas al jugarse la partida entre cuatro paredes, dirigen un doble envite físico y mental. Por una parte tenemos la búsqueda que posibilite la resolución del caso, y por la otra el noble intento de sanar del desquicio a una criatura condicionada por eventos que superan su inmadurez, abocada a lo salvaje por la crueldad de los mayores.
La intriga se sostiene, el ritmo no decae y los argumentos planteados beben de las fuentes que desde que el mundo es mundo han delimitado este tipo de narraciones. Los crímenes suelen ser mayoritariamente por amor y dinero en instantes de agitación donde el cálculo inicial se revela imposible de fracturar. La sangre conlleva el poder de la inmortalidad temporal, con el tejido impregnado de falsa impunidad. En este libro el interés estructural radica en cómo se enfoca la investigación y las consecuencias que la misma puede generar para Lucky, víctima de una trampa envenenada que amenaza con determinar su futuro.
Yves Ravey completa con Cutter un experimento narrativo nada audaz que adquiere atractivo por los ingredientes sobre los que monta su cuerpo. Si el niño hubiera sido un monigote del sistema, un puer canónico, lo inesperado no tendría tantas opciones de aparecer como en la historia que nos concierne, en la que ningún elemento puede darse por descontado pese a que un buen lector podrá intuir desde la mitad de la trama las partículas que llevan a finiquitarla.
viernes, 2 de septiembre de 2011
La mampara de Marta Brunet en Revista de Letras
La pérdida y lo femenino burgués: “La mampara”, de Marta Brunet
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 30.08.11
La mampara. Marta Brunet
Prólogo de Paz Balmanceda
Barataria (Barcelona, 2011)
Las fronteras siempre han sido demasiado dañinas. Sin embargo sirven para entender el progreso de determinadas sociedades. El mundo no se para, es circular y reparte suerte y coincidencias en todos sus hemisferios. Mientras leía La mampara de la chilena Marta Brunet imaginaba la historia del joven Alberto Moravia paseando por Roma aquel lejano día de octubre de 1922 en que los fascistas iniciaron veinte años de negritud para el país transalpino. Un septenio más tarde el pequeño gran Pincherle sorprendió a propios y extraños con Gli indifferenti, ópera prima que tras sortear la censura marcó un antes y un después que en mi opinión aún no valoramos en su justa medida. Su demoledor retrato de la burguesía se movía por un clima ultradecadente donde la ciudad parecía congelada en un magma infinito del que no se podía escapar. El movimiento existía, pero las cosas permanecían inmóviles por el orden de una clase social demasiado arraigada a unos banales privilegios de los que nunca ha querido desprenderse. La crítica, maquillada en una historia de amoríos y posesiones, de ese sopor supuso un azote al régimen de Mussolini y exhibió unas constantes que acompañarían el resto de la trayectoria del escritor romano.
El ingrediente que excitó mi pensamiento comparativo entre Chile e Italia se debe a una característica compartida de la obra que motiva esta reseña con la que inauguró la singladura del autor de Il disprezzo. En ambas el núcleo central de la narración se configura a través de una familia huérfana del patriarca que ha posibilitado un pomposo estilo de vida, lo que implica una lucha por la supervivencia y mantener la apariencia de un estatus. En ambas hay una madre y dos retoños, que en La mampara son féminas. La única diferencia de peso en el armazón de personajes es que Brunet elige una aparición masculina menos peligrosa que el Leo de Moravia, pues coincidirán conmigo en que es más saludable el antiguo propietario de la casa que un amante con ambiciones inmobiliarias. El susto, la traca, espera en otra residencia, porque en el siglo XX una trama burguesa sin dudas de sensualidad y seducción quedaba coja.
Las casualidades mencionadas no son tales, sino que simplemente articulan contextos diferentes en sociedades que transitan por carreteras de diversas velocidades. El volumen que presenta Barataria en España fue editado en Buenos Aires allá por el lejano 1946, cuando su autora ya llevaba más de dos decenios sorprendiendo con una prosa atrevida, sumamente rítmica y muy moderna por los temas tratados, en los que privilegiaba una psicología de la mujer insólita para su época.
Vayamos al meollo. La muerte de su marido ha dejado a la madre de Ignacia Teresa y Carmen desconsolada y con la misión de cargar con el duro de peso de cambiar un rumbo de opulencia. Su experiencia le permite adaptarse al nuevo contexto. Renuncia a la mayoría de lujos y sólo se aferra a la mansión de siempre por amor, recuerdo o mera subsistencia. Ignacia Teresa es su mejor aliada. Trabaja en una empresa que la sume en la normalidad y cumple sus deberes de hija ejemplar, modesta y consciente del infortunio, rasgo que la aleja de Carmen, empeñada en soñar con una permanencia del esplendor pasado que simboliza su apego al teléfono como objeto de prestigio y contacto con una realidad de rompe y rasga. La chica, guapa y con clase, acude a fiestas galantes, se queja y pulsa con tenacidad un inexistente acelerador para no marchitar la flor de su condición, pues ella no ha nacido para ganar dinero con el sudor de su frente, está destinada a lo exclusivo, sea lo que sea, cueste lo que cueste.
La novela, estructurada en capítulos que por su duración crean una especie de tobogán de emociones, atiende con precisión el devenir de las tres protagonistas. La madre es la guardiana que cuida de cuatro paredes y pretende lo mismo con sus dos niñas. La luz que brilla en la noche es su padecer en la imposibilidad del control. Ignacia Teresa, más presente en el primer tramo, desaparece tras la parte más brillante, puro arte donde en pocas páginas se condensa una poética de lo cotidiano de muy altos vuelos.
“Desde pequeña asocia ideas, busca símiles, piensa en imágenes. No es que le guste, porque eso indicaría preferencias y en ella esto es algo tan innato, como lo es tener los ojos azul oscuro, de uva, que parecen negros y que de pronto se observa que no lo son”.
Estas pocas líneas viran hacia una introspección absoluta de la mujer que se funde con el paisaje urbano porque tiene hambre y busca saciarla. Su apetito es culinario y vital, pues quien escribe supone que Ignacia Teresa es un alter ego de la narradora. Entra a un bar, duda y sigue el consejo del camarero. La escena que sigue, con sus manos y las de un inmigrante español queriendo entrelazarse, son una metáfora de la soledad y la ausencia de dos mundos que no volverán.
Si La mampara fuera una película imaginaríamos un fundido en negro. De repente saltaríamos a estancias nobles con jóvenes ávidos de una diversión que se presume, por poses y composición de la imagen que el texto forma en nuestra cabeza, más bien aburrida. Es el discreto encanto de la burguesía hundida en sus propias heces. Ignacia Teresa es clara, diáfana, por eso no ocupa mucho espacio. Carmen es complicada y confusa. Sus aventuras copan el final en una lágrima sostenida que abraza cuerpos en el baile, bebe whisky y se pavonea desde su inferioridad, que es temor a que un día se vierta la última gota de opulencia y aparezca su particular cenicienta.
La contraposición entre ambas hermanas vertebra un discurso basado en la aceptación de una metamorfosis en la que ganar no es quimérico. La asunción de la pérdida es la clave que apaciguará el dolor y engendrará otros horizontes en un canto a la capacidad de lo humano para sobreponerse a las adversidades y tumbarlas con capacidad de adaptación.
Celebramos la publicación de La mampara y deseamos que lleguen a nuestras manos más libros de Marta Brunet en la colección “Humo hacia el sur”, recuperadora de las vanguardias del Novecientos del otro lado del charco y titulada cómo una novela de la autora chilena. Lo anhelamos desde unas coordenadas de recuperación de un legado que sirve sobremanera en la actualidad, pues sin lo pretérito, sin lo clásico que es moderno a rabiar, no seremos capaces de lograr una literatura que no sólo sea fast food y voracidad de mercado, sino que innove, apueste por el riesgo y no olvide que lo que muestra el retrovisor es fuente de aprendizaje con sólidos cimientos, útiles para el presente, armas de calidad que den al viaje libresco fuegos nada artificiales.
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martes, 5 de octubre de 2010
Miércoles 6, Fernando Clemot en mi sección el Laberint del programa Wonderland de Rne4

El miércoles seis en Wonderland contaremos con la visita de Fernando Clemot, con quien hablaremos de su trayectoria hasta la fecha, sus proyectos futuros y su inminente aterrizaje en Turín para participar en el Festival I luoghi delle parole.

El laberint a Wonderland
Cada miércoles, salvo en esta edición, a partir de las 18h
Radio Nacional- Rne4
100.8 fm Barcelona
En directo: Rne4
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jueves, 2 de septiembre de 2010
Primavera de Café e Izquierda y derecha de Joseph Roth en Revista de Letras

Viena-Berlín, Izquierda-Derecha: Doble ración de Joseph Roth en el período de entreguerras
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 1.09.10
Primavera de café. Joseph Roth
Edición de Helmut Peschina
Traducción de Carlos Fortea
Acantilado (Barcelona, 2010)
Izquierda y derecha.
Joseph Roth
Traducción de
Sandra Chaparro Martínez
Ediciones Barataria
(Barcelona, 2010)
Siempre es una buena noticia recibir novedades con la firma de Joseph Roth, cuya recuperación por parte de Acantilado constituye, en mi modesta opinión, uno de los mayores logros de la edición ibérica en el último decenio. La alegría crece exponencialmente si Barataria decide apostar por este autor con un libro que demuestra toda su versatilidad y visión para ilustrar un tiempo crucial con sutiles pero certeras pinceladas. Ambos sellos han publicado recientemente dos libros ejemplares que se complementan. Primavera de café nos presenta al Roth joven y periodista en su amada Viena, mientras Izquierda y derecha nos muestra al autor de La marcha Radetzky en plena ebullición berlinesa, viviendo la capital germana y analizándola despiadadamente con su pluma de gran poeta en pleno período de entreguerras, cuando la crisis, la inflación galopante y la incertidumbre perfilaron un panorama poco halagüeño que la crisis del capitalismo en 1929 encauzaría hacia una tragedia de proporciones inabarcables culminada con la segunda conflagración mundial y el holocausto. Ambos volúmenes se complementan porque unidos configuran un fresco del mundo alemán tras la debacle de 1918 y preludian crepúsculos, nostalgias y males de difícil solución.
Primavera de café: Un canto a lo excelso del periodismo
Joseph Roth llegó a la capital de Imperio Austrohúngaro en otoño de 1913 dispuesto a estudiar germanística. Su paso por la universidad tiene poco importancia, porque el todavía adolescente prefirió pasear y deleitarse con Viena, ciudad que por aquel entonces aún expresaba en su interior ese auge cultural tan sólo comparable con París, más mencionada pero menos versátil que su rival del Danubio. El súbdito del emperador, al que rendirá pleitesía hasta sus últimos días con obras como La cripta de los capuchinos, se empapa de calles, personas y monumentos, aunque también tiene tiempo para cumplir con su deber patrio antes de la hecatombe que termine con ese sueño coronado de múltiples nacionalidades, crisol centroeuropeo único que expiró tras el cese de las hostilidades en noviembre de 1918, cuando los cañones de la Primera Guerra Mundial silenciaron su fuego y toda Europa inició su lento y estruendoso suicidio. Las águilas cedieron su lugar a la República y lo que era uno se disgregó en una miríada de Estados sacudidos por mil revoluciones, y en esas, porque siempre es lo que más importa, estaban los seres humanos, con su acuciante necesidad de adaptarse y sobrevivir con trabajos que dieran dinero que llevarse al bolsillo para sobrellevar la difícil posguerra.

Roth fue contratado por el periódico Der neue Tag y escribió su primer artículo el 20 de abril de 1919, fecha en que Adolf Hitler cumplió treinta años de edad. El escritor crecía y el futuro dictador se preparaba para su extraña carrera hacia el poder. La colaboración de nuestro protagonista con el rotativo vienés duró un año, lapso de tiempo más que suficiente para completar una serie de textos que deberían servir de ejemplo para el periodismo de hoy en día por su naturalidad y genio en tratar temas de relevancia social sin caer en ese estilo funcionarial que me atormenta cada vez que abro la prensa diaria. Una cosa es informar sin caer en lo subjetivo, y otra bien distinta es limitarse a copiar el teletipo sin poner nada personal. Las páginas de Primavera de café son una invitación a investigar y sumergirse en el entramado urbano. Su editor, Helmut Peschina, ha dividido la compilación en varias partes que constituyen una larga caminata introspectiva por el estado anímico de Viena tras perder su magia y entrar en la normalidad. Roth observa y comenta cafés, parques, arte, comida y entablando conversación con sus semejantes consigue informaciones excepcionales que van desde los problemas de la cartilla de racionamiento hasta aspectos cotidianos realmente encantadores, como la desaparición de la cobradora del tranvía, una pérdida simbólica que anuncia la mecanización, que sin duda contrasta con el ejemplo de la vieja policía del Ring o las actividades del mercado negro, por no hablar de curiosidades como la mujer más anciana, las lavanderas, los huesos que emergen del pavimento, algo típico en cualquier metrópolis con imponente pasado, o personajes verdaderamente especiales, anomalías que pueblan las calles. Es en estas entrevistas donde emerge un periodismo sabio, que entiende lo sensacional desde perspectivas diametralmente opuestas a las que centran el pulso en la actualidad. La delicia del músico ciego ennoblece toda una profesión por privilegiar la riqueza del detalle y abordar lo cotidiano con su auténtica grandeza al igual que ocurre en la visita a la isla de los desdichados, ciudad ajardinada de locos por inercia de maltrato y desdén. Quien quiera periodismo complaciente no lo encontrará en las noticias de Roth, espectacular en su juvenil honestidad que evolucionará en 1923, ya afincado en Berlín, hacia una prosa más rica en matices, capaz de prescindir del elemento humano para abrazar la maestría en la descripción de lugares normalmente vetados al común de los mortales, fichas de un tablero que amenazaba con desmoronarse sin remisión que el escritor plasma con la pasión del visitante que recupera durante un instante sus raíces sentimentales.
Izquierda y derecha o la inminencia del colapso teutón
Estamos muy acostumbrados a hablar de las dos Españas, y es posible que aún falte una obra capaz de englobar lo que significa esa expresión. Somos miedos, nos falta un gen de la concreción y la valentía para descifrar nuestra historia mediante la buena literatura. En 1929, cuatro años antes del funesto ascenso de Adolf Hitler a la cancillería, Joseph Roth decidió abordar el marasmo en que se veía abocada Alemania en una novela que desde una premisa básica, sutil y muy germánica, plasmó la angustiosa situación de la República de Weimar, con su suerte echada al oportunismo y a la demencia. La trama de Izquierda y derecha, sublime testimonio de su tiempo, se centra en las peripecias de los dos hermanos Bernheim, esperanzas de una familia afortunada hasta que la inutilidad irrumpe en su seno siguiendo el aire que arrastra a todo un país hacia confines poco deseables. El clan tuvo la dicha de ganar el premio gordo de la lotería. Sus hijos crecieron envueltos en una nebulosa propicia que auguraba éxito y ascenso social. En su juventud Paul fue un genio prematuro con el defecto de tocar demasiadas teclas sin apasionarse verdaderamente por ninguna. Su fugacidad era la derrota de la constancia. De la noche a la mañana era experto en arte, estudiaba en Oxford, emprendía la carrera militar en los Dragones y aspiraba hasta las más altas cotas. El estallido de la Primera Guerra Mundial trastocó su existencia, pero aún así no cejó en su empeño. La jornada de la derrota fue noticia por ser apaleado. Confiaba en ser un símbolo, y sino siempre quedaría el banco de papá, probo progenitor con claroscuros que le conferían una fuerza ausente en sus retoños, cínicos adalides del sálvese quien pueda pegando pocos palos al agua, siendo en este sentido Theodor el rey de reyes. Su presencia es una molestia hasta en su propio hogar, si bien sirve a Roth para introducir el tema del irresistible auge nazi con sus proclamas vacías, la violencia por la violencia y una inteligencia basada en el desconocimiento y los lemas impactantes, como si Goebbels tiñera las páginas antes del ministerio de propaganda.
La trayectoria de ambos hermanos circula acompasada a la de una sociedad desconcertada que tras la rendición de Compiègne tuvo que bailar con la más fea y agarrarse a tablas de salvación poco fiables. Lo interesante de la novela es que su narrador no se limita a explicarnos los dimes y diretes de la pareja protagonista, sino que ahonda más allá ofreciendo un mosaico del estado de la cuestión en todos sus ámbitos. Aparecen artistas que revolucionan con la vanguardia, como si con el descalabro hubiesen hallado, y así fue, la piedra roseta para sacudir con un solo golpe los viejos muebles e instalar primicias, creaciones hacia Pandora para capitanear la nave sin rumbo. Por desgracia su entusiasmo fue estéril porque la situación económica, y en ese punto el libro a veces se puede leer como la crónica de nuestro propio ocaso, era un vaso desbordándose. Primero llegó el caos, luego la inflación galopante y la barra de pan a cuatro millones de marcos. La madre de Paul y Theodor guarda los billetes en una maleta, Paul le aconseja invertir en bolsa y el dinero va perdiendo todo su valor. Sin embargo, siempre hay cambios, y por todos es sabido que en estas épocas de crisis los avispados pueden amasar fortunas, y eso es lo que sucede con el personaje clave del relato, Nikolai Brandeis, que tras su paso por el Ejército Rojo decidió transformase y optó por querer ser millonario, lo que consigue con la hipocresía de amar a la clase media, con la que sólo pretende instaurar un emporio comercial de puro capitalismo. Su escalada genera rechazo entre los viejos mandamases, jerifaltes molestos por ver cómo los advenedizos ocupan su territorio, lo que en un futuro no muy lejano terminará engendrando la alianza entre los grandes empresarios y el naciente frente nacionalista con estructura paramilitar para barrer Alemania de los culpables de la humillación de Versalles, advenedizos y judíos, rémoras para los que estaban anclados en los valores hegemónicos de la tradición. Mientras eso no acaezca, Paul y Theodor serán tratados como peleles y verán la historia pasar delante de sus narices con una conciencia agridulce al ser capaces de vislumbrar su situación desde un conformismo de quien carece de atributos y prefiere la plácida mediocridad a la espera del mañana.
martes, 1 de diciembre de 2009
El golfo de los poetas de Fernando Clemot en Culturalia

Blues toscano: El golfo de los poetas de Fernando Clemot
por Jordi Corominas i Julián
Hay algo meritorio si un narrador se fija en la influencia que el espacio puede generar sobre sus personajes. Ser humano implica oler y prenderse de las auras que rezuman los lugares. En el caso de Leo Carver, escritor de éxito sumido en una destructiva vorágine, volver al golfo de los poetas es una última oportunidad de encontrarse y cerrar agrias cuentas con sus años mozos. La vida le ha sonreído y el exceso ha sido su fiel compañero de viaje. Sin embargo, entre el vicio múltiple y las noches en blanco emerge un hombre lúcido que en plena edad madura revisita su existencia, balcón al que se asoma desde una casa toscana en la que transcurre sus vacaciones junto a su hija Selma, su segunda mujer, una amiga de la misma y un infinito surtido de licores, dulce y borrosa compañía de angustia y reflexión.
Fernando Clemot(Barcelona, 1970) ha creado una novela centrada en dos ejes de delirio y búsqueda. El primero articula todo el estilo narrativo y desde el empecinado alcoholismo del protagonista surca líneas en las que la confusión del pensamiento se expresa en redundancias amorosas y un deslizarse por marasmos conocidos a los que se vuelve por inercia y un cierto deseo de inmortalidad. Carver está en decadencia pero aun así conserva su halo carismático, lo que le permite tener una solvencia para con los demás que alarga su agonía entre devaneos amorosos, juergas demenciales parecidas a una ejecución cronometrada y un proceder que se sabe patético y sobrevive sólo porque el cuerpo resiste con plena independencia respecto a su dueño, obcecado en acceder a clavijas de su primera edad adulta, factor clave de su quete en pos de alcanzar verdades y saber si la muerte de su gran amor fue un accidente o un fatal error de sexo, drogas y rock and roll. Para descubrirlo y superar un dolor muy profundo quedará con el marginado de su pandilla de la universidad, un jurista con el que comparte abandono y pérdida bajo el signo de trágicas circunstancias ante las que el hombre común poco o nada puede hacer.
Para leer más: www.revistaculturalia.biz
sábado, 21 de noviembre de 2009
Humo hacia el sur: recuperación de las vanguardias latinomericanas en Revista de Letras

Humo hacia el sur: recuperación de las vanguardias latinomericanas por Jordi Corominas i Julián
“Nosotros (…) nos ateníamos a la olla podrida literaria española y americana. Porque, como en la ínsula Barataria, es manjar de canónigos y ricachones”
(Martín Adán, La casa de cartón)
Antes del famoso boom latinoamericano de los sesenta, hubo otro en esas mismas latitudes, quizá más importante por pionero y libertador. La literatura del otro lado del charco decidió integrarse en la veloz modernidad del siglo XX y soltar amarras culturales con la Madre Patria para navegar y descubrir otros horizontes que la transformaron, dándole más brío, estilo y fuerza experimentadora.
Los hombres que propiciaron esta revolución siguen siendo grandes desconocidos. Estos malditos involuntarios vivieron su época bajo el signo de la más profunda incomprensión. Ahora su obra recobra vida mediante Ediciones Barataria y su colección Humo del sur, serie de doce títulos anuales, dos por bimestre, prologados por prestigiosos autores españoles.
Juan Emar abre el baile desde su afán rupturista, corroborado por el origen de su nom de plume. J’en ai marre. Estoy harto. Nacido en Santiago de Chile en 1893, desarrolló su actividad en varios campos de la creación, formando parte del colectivo de artistas plásticos Montparnasse, del que podemos destacar a los hermanos Ortiz de Zárate. En 1917 publicó Torcuato, debut que precedió a un largo silencio, roto en los años treinta, cuando vieron la luz varias novelas breves y el conjunto de cuentos Diez, relatos en los que exhibe un demoledor instinto de fractura en relación al pasado. Emar será ninguneado durante años y morirá en 1964 sin dar a conocer su proyecto más ambicioso, Umbral, novela de cuatro mil páginas dividida en cinco libros, finalmente editada en 1996. Para su presentación en nuestro país la editorial barcelonesa ha optado por Un año, breve texto que glosa el transcurrir de un hombre obsesionado con el número 14 a lo largo de doce meses agitados desde fragmentos y vivencias que pese a su apariencia surrealista hablan con voz certera sobre la realidad y sus fenómenos. Las alegorías fluyen y los significados emergen a medida que avanzan las páginas. La prosa juega y expresa una profunda necesidad de cambio con símbolos que marcan una evolución en el camino a seguir desde que Cristo resbala, se da un fuerte golpe en la nuca y sus clavos aterrizan punzantes en sus piernas. La muerte del hijo de Dios tiene su continuación en el deslizarse de los vocablos, metáfora útil para comprender la honda preocupación de Emar por apartar la ropa vieja y formular con el abecedario nuevos vestidos que en Un año lucen, y no sólo por el lenguaje, guerrero contra el tópico por influencia de Vicente Huidobro. El chileno bebió mucho vanguardismo durante su larga estancia en Paris y ello se nota en ciertas temáticas que van desde el uso de elementos cotidianos de modernidad, su pesadilla con el teléfono y la risa, hasta la plena conciencia de lo únicos y especiales que son los momentos carentes de trascendencia histórica. La rotunda imaginación del autor no le impide escarbar en terrenos filosóficos para apuntalar sus teorías. El bien y el mal son un punto erróneo de partida para comprender lo que nos rodea. Conviene prescindir de maniqueísmos para avanzar y fundirse con la naturaleza o el medio urbano, partes integrantes del devenir humano, totalidad benéfica que debe ser plasmada si se quiere captar una totalidad pura, cosmogonía de la repetitiva rutina y sus accidentes con vistas más allá del horizonte convencional.
Martín Adán o el atrevimiento
Rafael de la Fuente Benavides nació en Lima el 27 de octubre de 1908. Conjugó en su seudónimo una especie de plenitud humana. Martín significa mono en Lima y Adán fue el primer hombre. Con tan sólo veinte años publicó La casa de cartón, novela que en muchos momentos puede recordar a las sinfonías urbanas que tanta fortuna cosecharon en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, tanto en cine como en literatura. Su endiablada prosa penetra en todos los matices de la calle, invadiendo baldosas, balcones, farolas, malecones, asnos y un largo etcétera con una exhuberancia propia de su juventud, que reparte colores a cada paso que da y llena el estilo de una carga lírica que llega al paroxismo en el capítulo Poemas underwood, mezcla de aforismos con toque de greguería, pequeños versos maquillados y una feroz crítica, estéril en más de una ocasión, hacia nombres ilustres de su tiempo, como si la mofa irónica sobre ellos le diera un inexistente plus. La mención a Pirandello, Proust, Joyce, Spengler y otras personalidades parece más bien un pedante e innecesario exorcismo de un autor novel preocupado por no dar la talla y mostrar ante sus compatriotas una cultura excepcional al alcance de muy pocos, alarde de frívola erudición que el conjunto exculpa por brillantez, originalidad y atrevimiento.

No creemos que sea casual la elección de dos novelas donde la desaparición de un amigo articula un discurso tendiente al encuentro de nuevas fórmulas y conocimientos, como si la existencia terrenal, demasiado apagada y conformista, fuera insuficiente para hallar la piedra filosofal válida para derribar los muros de la tradición y avanzar hacia senderos desconocidos que indudablemente beben de Europa y adquieren forma propia desde características locales. Otro aspecto que vincula Un año con La casa de cartón es la insatisfacción del amor, burla de quienes desean iluminaciones metafísicas porque los pies se cansaron de la tierra yerma y aspiran a flechazos metafísicos con vistas al futuro que es su escritura, santa arma decisiva al finiquitar de un difícil plumazo el vetusto edificio colonial y sus anquilosamientos culturales. Trazando la línea de la vanguardia en el continente andino lograron abrir la puerta al prohibido prohibir que abrazara una inmensidad donde fuera posible, y así fue, jugar al psicoanálisis, perseguir viejas, hacer chistes…todo, menos morir.
Un año. Juan Emar. Prólogo de Enrique Vila-Matas
La casa de cartón. Martín Adán. Prólogo de Vicente Luis Mora
Ediciones Barataria (Barcelona, 2009)
http://www.revistadeletras.net/humo-hacia-el-sur-recuperacion-de-las-vanguardias-latinomericanas/
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