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sábado, 27 de junio de 2020
Ulises de James Joyce en el Laberint de Wonderland
El pasado domingo Marc Hernández y servidor dedicamos la primera parte del programa a hablar del Ulises desde otra perspectiva. Si quieres puedes escucharla aquí
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jueves, 14 de mayo de 2020
Anna de Noailles en Todos somos sospechosos
Esta semana dediqué las bios lucanorianas de Todos somos sospechosos a la poeta Anna de Noailles, ejemplo de éxito fulgurante antes de la Primera Guerra Mundial y olvido absoluto después de la misma, como si la contienda hubiera subvertido todos los valores existentes. Puedes escucharla en la segunda parte del programa clickando aquí
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sábado, 9 de mayo de 2020
Literatura europea después de una pandemia en 24 horas
Ayer Antonio Delgado y servidor dedicamos el paseo de cada viernes en el 24 horas de RNE a caminar por la literatura europea posterior a la Gran Guerra y la Pandemia de Gripe Española. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 35 clickando aquí
sábado, 6 de julio de 2019
Retos veraniegos en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint he comentado en el Laberint los retos veraniegos lectores, lo que nos sirvió para hablar de Gustave Flaubert, James Joyce y Marcel Proust. Puedes escucharlo aquí
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lunes, 27 de mayo de 2019
Proust contra el tiempo, del rechazo a la gloria literaria en El Confidencial
Ayer escribí en El Confidencial Cultura sobre el centenario del Goncourt de Marcel Proust, si quieres puedes leerlo aquí
domingo, 17 de marzo de 2019
El caso Caillaux en El Confidencial
El pasado sábado escribí en El Confidencial Cultura sobre el caso Caillaux, símbolo del final de la Belle Époque. Si quieres puedes leer el artículo aquí
domingo, 30 de septiembre de 2018
Hoteles y escritores en el Laberint de Wonderland
Esta semana dedicamos el Laberint a hoteles y escritores. Visitamos Barcelona de la mano de Hans Christian Andersen, fuimos al Grand Hotel de Cabourg con Marcel Proust, recalamos en Montreux entre Freddie Mercury y Vladimir Nabokov y terminamos el viaje en París, en el Lutetia de espías, colaboracionistas y ocupaciones. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 30 del enlace clickando aquí
domingo, 13 de noviembre de 2016
Frases literarias de camiseta en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint de Wonderland hemos hablado de frases literarias de camiseta, frases brutales que correrían riesgo de banalización. Hemos elegido palabras de Herman Melville, Marcel Proust, James Joyce y Elio Vittorini. Si quieres puedes escuchar la sección a partir del minuto 35 del enlace clickando aquí
domingo, 25 de septiembre de 2016
Podcast de escritores supuestamente desagradables en el Laberint de Wonderland
Y decimos supuestamente desagradables porque todo el mundo puede serlo en algún momento. Hemos hablado de Arthur Koestler, Jacinto Benavente, Marcel Proust y James Joyce a partir de anécdotas y rumores. Si quieres puedes escuchar la sección a partir del minuto 35 del enlace clickando aquí
domingo, 7 de febrero de 2016
Podcast de erotismo y escritores en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint hemos hablado de erotismo y escritores; empezamos por la particular acción de las prostitutas con Víctor Hugo, continuamos con el tórrido intercambio epistolar entre Nora y James Joyce, proseguimos con las aficiones eróticas de Marcel Proust y terminamos con La Vita Interiore, de Alberto Moravia. Puedes escuchar la charla clickando aquí
martes, 1 de diciembre de 2015
Segunda parte del especial Marcel Proust en Todos somos sospechosos
Esta pasada madrugada Laura González y servidor cerramos el círculo proustiano de Todos somos sospechosos. Si quieres puedes escuchar la charla de noches en la tierra aquí
martes, 24 de noviembre de 2015
Marcel Proust en Todos somos sospechosos de Radio3
Esta madrugada en Todos somos sospechosos hemos dedicado las noches en la tierra a la figura de Marcel Proust, a quien dedicaremos dos programas. Puedes escuchar el primero aquí
domingo, 12 de abril de 2015
Podcast de madres de escritores (y II) en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint hemos cerrado el ciclo dedicado a madres de escritores. Empezamos hablando de Baudelaire y Madame Aupick, seguimos con las blasfemias de Joyce en el lecho de muerte de la suya, continuamos con la dependencia proustiana y terminamos con la polémica de Michel Houellebecq, algo que habla otra vez bastante mal del autor de Las partículas elementales. Puedes escuchar el enlace a partir del minuto 35 del enlace clickando aquí
domingo, 26 de octubre de 2014
Podcast de orgías en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint de Wonderland hemos hablado de orgías en literatura. Empezamos con La febre d'ro de Narcís Oller, viramos a Sodoma y Gomorra de Proust, avanzamos con la Naranja mecánica y concluimos el periplo con El perfume, de Patrick Suskind. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí
sábado, 12 de julio de 2014
La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (y II)
Claude
Arnaud traza en Proust contre Cocteau, inédito en España, las claves que
permiten entender con simple maestría los principales trazos de la personalidad
del autor de La Recherche. La contraposición con el joven príncipe frívolo que
fue Cocteau, ninguneado por estar en todas partes y adaptarse a ellas como si
nada, ratifica la idea de un hombre que a partir de una soledad enfermiza
desarrolló un talante de permisividad autista, donde el mundo era uno pero la
única individualidad era su persona.
En
un momento del libro que hemos mencionado al principio de este texto se
menciona como Cocteau se enfadó con su amigo por llegar tardísimo a un recital
privado. Las anécdotas de este tipo son infinitas y, aunque parezca increíble,
pueden explicar los motivos de una obra tan extensa como detallista, último
monumento del siglo XIX, agotándolo, y
primera piedra miliar de la novelística del Novecientos.
Proust
fue un chico condenado por voluntad propia a un exilio dorado. Con nueve años
empezó a sufrir serios problemas de salud que él se preocupó por acrecentar,
pues a lo largo de su existencia tampoco hizo mucho caso a los médicos. De
hecho, huelga decirlo, pasó más que olímpicamente de la mayoría de sus
consejeros. El momento paradigmático que lo resume, una relación maravillosa,
es el intercambio epistolar con su corredor bursátil, Lionel Hauser, con más
paciencia que un santo, fiel advertidor del desastre de un dinero mal invertido
que casi servía para que su cliente se regodeara de una teórica, inminente e imposible
ruina.
La
obcecación explicaría, y así de lo demuestra Ghislain de Diesbach en su
monumental biografía, su lucha para superar el complejo de inferioridad del
nuevo rico. El padre de Proust fue un brillante doctor que ejemplificaba un
tipo de burgués muy del gusto de la naciente y exultante Tercera República. La
familia creció y pudo codearse, entre premios y loanzas, con lo más granado de
la aristocracia parisina, que acogió a los hijos del galeno con la naturalidad
de aquellas infancias consentidas y custodiadas de finales del siglo XIX. Los
encuentros por los Campos Elíseos, el juego léxico propio de una clase
privilegiada y unas coordenadas de orden
privado inaccesibles al resto del tejido social de la época.
Estos
factores se trasladaron con la edad adulta a los salones, donde el joven Marcel
sacó a relucir sus encantos en el diálogo, su atención excesiva con los otros
participantes y la manía de querer brillar sin ser considerado por falta de
méritos. Poco o nada importaba que en 1896 hubiera publicado Les plaisirs et
les jours, libro caro e ignorado. Los años pasaban factura en un medio
competitivo donde estaba muy bien que te invitaran, sí, pero contaba y mucho el
caché del anfitrión, y claro, no era lo mismo que te invitara Anna de Noailles o
Montesquiou, de los que ya volveremos a hablar cuando corresponda, que un don
nadie con muchas ínfulas y unos pocos artículos en periódicos de postín,
favores de directores abrumados por la pesadez del elegante chupatintas.
El
mundo adorado de Proust era una opereta de vanidad que le iba como anillo al
dedo para plasmar un todo que sólo adquiriría significado cuando cayó el telón
de la Primera Guerra Mundial y muchos descubrieron que los valores de 1914 eran
una reliquia en 1918, algo absolutamente pasado de moda. Seguramente el gran
valor de La Recherche sea anclar este universo a la eternidad mediante la
literatura, y el único modo de hacerlo era a través de una inmensa labor
documental que nos llevaría a las anécdotas que Céleste Albaret cuenta en su célebre
Monsieur Proust, libro tan hagiográfico que conviene abordar con cautela, si
bien contiene algo básico como es la mirada desde el interior del domicilio del
autor, con esa habitación de locos entre humos, cervezas del Ritz, manuscritos
que se alargaban con notas suplementarias y visitas intempestivas deseadas por
nuestro protagonista, derrotado en esa parcela que tanto deseaba dominar, tanto
que al final lo hizo con las palabras y unos recuerdos filtrados por otras
memorias y muchas, quizá demasiadas preguntas.
Escribo
con un orden desordenado. El final de esa aristocracia banal y gloriosa llegó
antes para Proust que para los demás. La muerte, casi simultánea, de sus padres
inició su alejamiento del mundanal ruido, aunque no hasta los extremos que la leyenda
ha querido vender. Su exilio interior fue progresivo y si se leen con atención
las semblanzas dedicadas a su persona veremos cómo seguía a rajatabla una
rutina muy concreta, viaje entre París y una ciudad de vacaciones donde era
capaz de alquilar casi un hotel entero para sentirse bien desde sus manías
patológicas. En 1920 Picasso coincidió con él y Joyce en una cena. Dijo que le
recordaba a un maniquí de otro tiempo por su atuendo y posado. La definición
del genio malagueño suena idónea. Mientras Proust pudo fue alguien que estuvo a
la última y se sintió fuerte para exhibirse, único método para ser en un ese
microcosmos donde lo presencial era el pasaporte. Cuando su clan desapareció
optó por encerrarse en sus filias y fobias, convirtiéndose en su propio yo más
auténtico y, por lo tanto, aun más caricaturizado.
Desde
1908 intuyó la llamada de lo que siempre será su legado póstumo, entramado de
tantas facetas que sería ridículo resumirlo desde la estética y la psicología.
La primera, barco desde donde todo zarpó, se movió en su mente desde el minuto
cero de su existencia, catapultándose hasta un punto interesante con la
traducción que hizo de Ruskin, donde probablemente aprendió la trascendencia de
la minucia significante y de tratar una parte como un conjunto donde piezas
minúsculas conforman una especie de colmena, más evidente en lo humano que en
las obras de arte. Lo psicológico reluce en todo el manuscrito que aquí hemos
denominado La Recherche, mapa mental que asusta porque en su magma recoge un inmenso
cuerpo de personajes que bien podrían ser el mismo Proust en ese estancia donde
escribía compulsivamente mientras buscaba la perfección y ajustaba cuentas, que
de eso también se trataba, con unos y otros. Esta vertiente psicológica también
puede estudiarse desde el sueño, y aquí hermanamos, como hace Jean-Yves Tadié,
a Freud y Proust en la senda que el primer Novecientos abrió para toda la
Humanidad. Ambos, a su manera, hurgaron en una herida que deseaba ser abierta,
la de penetrar en el interior para disipar unos fantasmas que llevaban
demasiado sujetos a unas prerrogativas medievales. El vienés y el parisino no
se conocieron y tampoco consta que tuvieran noticia uno del otro, ni siquiera
en lo profesional. No debe extrañarnos que coincidieran en intereses desde
enfoques bastante opuestos. Un episodio real encandiló a Proust. Un hombre, al
que conocía relativamente, supo de la pérdida de su padre y, así por las
buenas, mató a su madre para después suicidarse. El resultado de tan luctuoso
hecho fue un señor artículo del francés. Freud, desde su estudio, seguro que
hubiera sacado petróleo del suceso.
La
Recherche no tuvo un periplo sencillo. Su primer volumen corrió a costa del
autor y la efeméride nos permite introducir en este esbozo al admirado André Gide,
arrepentido por haber quitado a la NRF la exclusiva inicial, que ganó Grasset,
a quien Proust fue fiel hasta que las circunstancias propiciaron una traición
muy previsible si se considera su codicia y capricho. Imaginar a Gide sentado
en una silla al lado de esa cama proverbial es pura maravilla, sobre todo
porque la imagen expresa el choque de dos modos de concebir la literatura y la
tensión de una homosexualidad expresada desde perspectivas muy alejadas, hasta
el punto que el autor de Los sótanos del Vaticano, famoso por el impacto de su
Coridón, se escandalizó con A la sombra de las muchachas en flor.
Las
querencias sexuales de Proust son otro de los morbos que despierta. Diesbach
menciona burdeles de rompe y rasga del París de la Gran Guerra donde el
escritor se divertía con fetichismos que incluían ratas y, especialmente, mucho
voyeurismo. Debo confesar que el tema, salvo por el ambiente novelesco que
tiene y contiene, me interesa más bien poco, entre otras cosas porque en un
ególatra para adentro el verdadero erotismo se centró en su enfermedad, donde
las atenciones y los cuidados eran su gran orgasmo. Una vez el éxito le sonrió,
consolidándose en la posguerra, otra forma de coito fue su desfile, más intenso
por breve, del desquite, como si con la publicación de su sueño imperfecto, así
lo prueba el tormento de correcciones y otros menesteres del proceso de
edición, hubiera perpetrado el crimen perfecto de sentir el poder del que se le
había privado entre fiesta y fiesta.
Decíamos
en algún instante de este texto que Proust supo leer que una de las claves que
aseguraría el éxito de su Recherche sería adaptarla al mundo que nació después
de la Primera Guerra Mundial. Los nombres que inspiraron su magna obra se
convirtieron, casi como en el convite de los nobles de La Dolce Vita de
Fellini, en zombies ninguneados, graciosas bestias de escaparate. Cocteau,
avispado, cambió a Anna de Noailles por Picasso y Satie, Montesquiou comprobó
cómo era la inspiración de Charlus y se hundió.
Cuando
Proust murió, inmortalizado por Man Ray como si de un dios asirio se tratara,
es probable que una parte de su ser deseara el óbito, no tanto para dejar de
sufrir como para que su cosecha fuera extendiéndose desde una óptica que
acelerara el rendimiento. Una centuria después, pese a que no debe ser muy
leído, su triunfo es una evidencia que deslumbra y advierte desde lo meticuloso
que siempre cae más en desuso, como si hasta la celebración de su cima fuera
otra triste cuestión de fachada.
Céleste Albaret, Monsieur Proust, Madrid, Capitán
Swing, 2013
Claude Arnaud, Proust contre Cocteau, París, Grasset,
2013
Ghislain
de Diesbach, Marcel Proust, Barcelona, Anagrama, 2013 (reedición)
Jean-Yves
Tadié, El lago desconocido entre Proust y Freud, Barcelona, Ediciones del Subsuelo,
2013
viernes, 11 de julio de 2014
La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I)
La excusa de Proust o la
fascinación por la Gran Guerra (I)
El
camino de este artículo, que en realidad debe contener la simiente de un
ensayo, está plagado de baches divertidos, más bien absurdos, que van de la
pérdida de ciertos libros a una alergia veraniega en un pueblo perdido en la
montaña. Todos estos factores, pueden creerme, explican que un texto destinado
a comentar dos libros proustianos termine abarcando varias vertientes
relacionadas con lo finisecular y la milagrosa Belle èpoque.
El
punto de partida, al que ya volveremos, fue la biografía, reeditada en 2013 por
Anagrama, que Ghislain de Diesbach escribió en 1991 dedicada al autor francés
más comentado y menos leído. De ahí me metí en los entresijos de las relaciones
del monstruo de La Recherche con Freud a través de Jean-Yves Tadié y
finalmente, porque soy de lecturas ordenadas y aborrezco cada vez más el gusto
actual por la falsa novedad erudita, me sumergí por mero placer en dos
volúmenes dedicados al momento de la paz armada, al instante donde el mundo
corría hacia un ángulo y Clío, incapaz de finiquitar etapas, decidía pegar un
tiro en la suela de Europa.
Quiso
cierta dicha que el siempre avispado Eric J. Hobsbawm mencionara en el prólogo
de su La era del Imperio la obra de Barbara W. Tuchman, una de las primeras
historiadoras que cobró importancia internacional y fue leída por presidentes
que tomaban sus disertaciones como ejemplos. Eso, por mucho que el mimético
fuera JFK, es algo que debe hacerse sólo si se domina la materia, algo difícil
para cualquier lector español aficionado a la Historia. Puede resultar
sencillo, sobre todo si se es políglota, armar una bibliografía lógica, pero
nuestro mercado gusta mucho de la efeméride y parece olvidar títulos publicados
no hace tanto tiempo.
Uno
de ellos es La Torre del orgullo, donde Tuchman aborda el período comprendido
entre 1890 y 1914 mediante una cierta taxonomía ya superada desde lo
metodológico. No se estila, aunque no me extrañaría un retorno a la baja de
este modus operandi, hilvanar los temas para llegar a una conclusión rotunda,
menos aun cómo lo hace la norteamericana, quien parte de países para dar saltos
en el mapa y generar un puzle fascinante que aborda todas las teselas
fundamentales del convulso mosaico.
La
casilla de salida se sitúa en Inglaterra y explica bien la esquizofrenia de una
sociedad pionera en lo laboral y anquilosada en lo social. El gran cambio que
irrumpió con el Novecientos se intuía desde decenios atrás, pero los nobles,
casta gobernante, preferían seguir con sus rutinas excéntricas para mayor
gloria de una época donde la tolerancia, entendida como hipocresía que ocultaba
males mayores, permitía que el cadáver no oliera tan dramáticamente. Wilde es
el paradigma del no retorno, ejemplo de un doble, expresado con múltiples
espejos, destinado a acechar la gloria imperial como advertencia de un malestar
que en otros lares se transmitía en clave internacionalista, y no deja de
resultar curioso que los desposeídos de la tierra fueran los que pregonaran un
mundo sin fronteras, algo que a los patrones poco interesaba en ese
empecinamiento nacionalista que caracterizó el fin de la centuria entre
problemáticas absurdas y asuntos coloniales.
El
Anarquismo cobró carta de peligro público número uno en la última década del
diecinueve. Su amenaza, bien esgrimida en Barcelona al atentar contra las tres
bestias del sistema, indicaba la vulnerabilidad del poder temporal y la
desesperación de una casa que a través de la propaganda por el hecho, con una
intuición única de lo mediático del periodismo, asesinaba gerifaltes sin miedo
alguno y con escasa efectividad real, pues sus pretensiones sólo cobraron
legitimidad y se revistieron de esperanza con la asociación sindical y la
presión socialdemócrata en muchos parlamentos del Viejo Mundo, tan arcano que
sólo podía lanzarse flechazos en su contra para mostrar disensiones. Una
clarísima fue el caso Dreyfus, donde la brillante Francia de Zola y compañía se
las tuvo que ver con la intransigencia marcial, las ínfulas de las
instituciones y una serie de valores arcanos que querían imponer su estela en
la aun inestable Tercera República. La mención, básica en el proceso, al
antisemitismo no es casual y revela, algo también presente en la esplendente
Viena de por aquel entonces, como el odio interior se postuló como un modo de
canalizar tensiones con enemigos externos, con los que era mejor no conflagrar.
La
época que trata Tuchman avisaba de unos cambios que no sólo eran tecnológicos.
La derrota española de 1898 permitió que, al fin, los Estados Unidos se
posicionaran como una gran potencia con aspiraciones imperiales. Se entendía
que la época sería para la Marina, y por eso Alemania, que crecía como ningún
otro país y además ganaba respeto por sus instituciones educativas, decidió que
incrementar su flota era el modo de plantar cara a la inabarcable Gran Bretaña,
Reina y señora de los mares y el suelo firme, segura de sí misma por la
extensión de sus dominios y por poder dormir tranquila sin avergonzarse como
rusos e italianos, derrotados antes Japón y Abisinia, debacles que eran
humillaciones porque en un universo europeo era inconcebible perder contra
países ajenos a esa órbita centralista.
La
rueda siempre gira. Culturalmente los años finiseculares fueron de una riqueza
que navegaba de la mano de la revolución tecnológica donde el teléfono, el
coche, el aeroplano, la bicicleta y muchos más artefactos aceleraban el paso.
No tardarían en llegar los futuristas con su quemad los museos, pero si debemos
buscar una raíz comprensible para un gran público deberemos acudir a Wagner,
con su aspiración de un arte total, y a Nietzsche como profeta. Ambos se
funden, y ahí la historiadora estadounidense hila muy fino, en Richard Strauss,
quien asimismo supo aunar otros dos factores que apuntalaban una nueva
modernidad: calidad artística y ojo para saber que ser camaleón y apartarse de
la linealidad era un triunfo anómalo, revolucionario y más que certero.
Quien
recoge ideas osadas y sabe encadenar cuestiones con gran maestría es, era, el
difunto Eric J. Hobsbawm. Su figura sigue reivindicándose, y en estos tiempos
de crisis sus síntesis históricas cobran más valor porque la misma sociedad
rechaza lo monográfico intenso para quedarse con bloques asequibles que
permitan un conocimiento de Trivial Pursuit. Aun así no quiero que se me
malinterprete, entre otras cosas porque en el texto que reeditó hace poco
Crítica se condensan los temas con afán democrática con la intención de servir
la Historia en una bandeja de plata al alcance de cualquier mortal que sienta
curiosidad. A diferencia de Tuchman, que dispara con bala y no da lugar al
respiro, su La era del Imperio presenta desde sus notas iniciales una
coherencia basada en imbricar segmentos hasta configurar un todo meridiano, de
la economía al feminismo, de la fe en la ciencia al camino que llevó a la
fatídica guerra de 1914. El alud de buenos datos del apéndice, indispensable,
dan a la obra un temple distinto desde su intención de máxima proximidad,
pequeño regalo si consideramos que a lo largo de sus más de cuatrocientos
folios el autor no olvida ningún detalle y es exhaustivo hasta lograr la
consecución de su objetivo.
Estos
dos libros sirven, desde puntos de vista diametralmente opuestos, para
comprender el período previo a la Gran Guerra. A lo largo de este 2014 la bibliografía
española relacionada con el conflicto se ha incrementado con títulos
oportunistas y otros imprescindibles. Uno de ellos, recomendable al 100%, es
Sonámbulos de Christoper Clark, lúcido al explicar las causas que llevaron a la
conflagración que aceleró el suicidio europeo. Clark, magistral en su crónica
del entramado del asesinato de Sarajevo, es objetivo dentro de su subjetividad
y no acusa con el dedo a Alemania con el descaro de otros. Quizá esto es así
porque es mayor conocedor actual de Guillermo II y sabe que las meadas fuera de
tiesto del Kaiser poco o nada tuvieron que ver en la explosión de las
hostilidades en aquel caluroso julio de 1914. También lo considero así David
Fromkin, quien sin embargo sí se recrea en sostener la tesis canónica de
responsabilizar al Reich del desencadenamiento de la orgia de sangre y muerte.
Su libro, inédito en España y muy recomendado en el resto del Continente, se
titula Le dernier éte de l’Europe y es una especie de alma gemela del de Clark
con algunas diferencias de peso. La primera es estilística. Ambos textos son
fluidos, pero el de Fromkin, más didascálico, tiene un aire de cercanía que
atrapa en contraste con lo académico de Sonámbulos, algo más farragoso. Un
segundo punto de disensión lo encontraríamos en cómo se estructuran las ideas.
Clark, y aquí redunda en su faceta de investigador puro y duro, divide el texto
en largos capítulos muy lógicos con su contenido. Si son extensos es porque una
ecuación de principio y fin así lo requiere. Fromkin es más breve e intenso,
como si con la forma de la obra quisiera conferirle una intensidad letal que
toma velocidad a medida que nos acercamos a los acontecimientos culminantes.
Leí
Sonámbulos hace meses y aun hoy en día puedo afirmar sin temor a equivocarme
que es el mejor libro sobre la Génesis de la Primera Guerra Mundial que ha
aparecido en España a lo largo de 2014. Sin embargo recomiendo leer con
atención el volumen de Fromkin, pues capta como ningún otro el absurdo
político-diplomático que degeneró en la mayor matanza que el mundo había vivido
hasta la fecha.
Las
conmemoraciones en nuestra era son de una flagrante estupidez. Ya hemos hablado
alguna vez de cómo cualquier aniversario es bueno para mostrar una falsa
erudición. Si el número es redondo cobra más sentido sacar productos
relacionados con la efeméride, y así ha sido con 1914, aunque si llega a darles
por la primera gran derrota napoleónica también hubiera estado bien, no crean.
En Cataluña se habla de 1714 y en Toledo de un siglo antes con el Greco y de
repente, todos los catorces tienen un sentido Áulico que se vende desde el
gusto actual por la anécdota de cuatro duros, útil para rellenar una
información del telediario o una charla del bar.
Si
enfoco todo esto desde un cierto pesimismo es porque, salvo casos aislados, nadie
hablará del quince. Cuando llegue el dieciocho volveremos a recordar el
centenario del armisticio y aparecerán mil y un cachivaches sobre Versalles y
lo inestable de la posguerra. Desde mi humilde opinión para entender el inicio
y el final hay que asumir el proceso que media entre ambos extremos, y en este
sentido vamos atrás, como los cangrejos, pero si lo focalizamos sólo en la Gran
Guerra veremos que de nada sirve que cada x tiempo una editorial saque una
novela, y no hablo de la inteligente Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre,
que aborde el tema no, hablo de material de primera calidad que muestre al
público español cómo la Historia tiene muchos entresijos que aquí sepultamos
ante lo elemental. Por eso no creo que nadie se atreva a sacar La Grande Guerre
d’Apollinaire, de Annette Becker, ensayo donde el tópico del poeta trepanado
cae en saco roto y se expone cómo el nacionalismo afectó en la mente del padre
de las vanguardias, obcecado en purgar su pecado original de no nacer francés
con heroísmo en el frente, su participación en la oficina de censura y unas
posiciones políticas bien próximas a la Action Française de Maurras, partido
protofascista de tendencia monárquica.
Apollinaire,
quien en las trincheras también vislumbró el valor estético de la cacharrería,
cayó en la trampa de la bandera. Su canto del cisne, Les Mamelles de Tirésias,
puede y debe leerse en esa clave nacionalista que él, aún en la onda de sus
amigos que habían permanecido en París, vendió desde una óptica surrealista,
propulsando la palabrita a unos altares que después otros aprovecharían. No
sería Proust uno de ellos. De hecho todo este artículo sale de sus entrañas y
seguirá su estela para significar los universos paralelos de una época
irrepetible.
Annete
Becker, La Grande Guerre d’Apollinaire, Texto, París, 2014
Christoper
Clark, Sonámbulos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014
David
Fromkin, Le dernier été de l’Europe, Grasset, París, 2004
Eric
J. Hobsbawm, La era del Imperio (1875-1914), Crítica, Barcelona, 2013
Barbara
W. Tuchman, La torre del orgullo (1890-1914), Barcelona, Península, 2007
martes, 24 de junio de 2014
Anna de Noailles en Mujeres Malditas de Rne5
Esta pasada madrugada hablé en Mujeres Malditas de Anna de Noailles, princesa y poetisa que destacó durante los tiempos de la Belle èpoque, y no sólo por sus versos, pues además de los mismos brilló por iniciativas culturales, carisma y su salón, donde acudía lo más granado de la sociedad parisina del primer Novecientos. Una vez terminó la Primera Guerra Mundial, casi de repente, pareció ser de otra época. Puedes escuchar la charla sobre su persona aquí
miércoles, 11 de junio de 2014
Podcast de Escritores bibliotecarios en el Laberint
Hoy en el Laberint hemos hablado de escritores bibliotecarios. Hay muchos, y por eso hemos centrado el tiro en Giacomo Casanova, Lewis Carroll, Marcel Proust y Eugeni d'Ors. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 38 del enlace clickando aquí
jueves, 29 de mayo de 2014
Podcast de ocultamientos en el Laberint de Wonderland
Ayer en el Laberint hablamos sobre ciertos ocultamientos literarios. Empezamos con la curiosa historia de Jean Santeuil, un mueble y un armario. Seguimos la ruta con los manuscritos de Canetti, custodiados en un búnker suizo y terminamos con la manipulación del pasado a la que se sometió Margaret Mitchell y fue sometido Erich Maria Remarque. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 43 del enlace clickando aquí
martes, 1 de abril de 2014
La bestia de París y otros relatos, de Marie-Luise Scherer
La bestia de París y otros relatos, de Marie-Luise Scherer, por Jordi Corominas i Julián
Marie-Luise Scherer, La bestia de París y otros relatos, Sexto Piso, Madrid, 2014
Traducción de José Aníbal Campos
Creo que lo buenos reportajes más que dar respuestas deben generar preguntas, ser capaces de llegar al alma del lector para que siga indagando en las cuestiones que los textos presentan. Antes de que cayera en mis manos La bestia de París, y otros relatos, no conocía a Marie Luise- Scherer. El libro, otro acierto de Sexto Piso, resulta atractivo desde un primer momento, los ojos se lo comen por la imagen de la cubierta, terrorífica, tanto que hace pensar en un volumen macabro que sólo lo es hasta cierto punto.
El primer plato es criminal y traza una línea muy oscura. Durante algún tiempo investigué casos de mujeres asesinas en Barcelona. Los asesinatos con acento femenino son raros, una excepción que sorprende, como también lo hace que las víctimas sean ancianas desvalidas. En la Ciudad Condal la bestia se llamaba Remedios Sánchez y preparaba tortillas a la policía a mediados de pasada década. Veinte años atrás la capital francesa tembló por un caso parecido con bastantes más ingredientes, entre otras cosas porque los protagonistas del suceso simbolizan un tiempo y una época.
Thierry Paulin era un joven de provincias con ínfulas. Se deslumbró por París y quiso mimetizarse. Tenía muchos elementos en su contra, desde su homosexualidad hasta el color de su piel. El mulato con ambiciones se enamoró de un chico similar. Juntos pensaron en ser reyes, y para lograrlo necesitaban un dinero que no proporcionan sus correrías por el mundo del espectáculo. Así fue como optaron por una vía rápida y contundente: cargarse a viejecitas indefensas.
Con el paso de los meses llegaron las desavenencias amorosas. Paulin y Mathurin se separaron como amigos y el primero siguió la estela de sangre porque deseaba seguir viviendo a todo trapo. Sus presas eran tortugas que no esperaban terminar así sus días. Su verdugo estaba poseído por una inercia que le impulsó, mientras se bebía la existencia con drogas y noche, a matar a más de veinte mujeres hasta que la fiesta, como siempre ocurre, dio paso a la detención. No hay crímenes perfectos, sólo malas investigaciones.
Mientras escribo la reseña he pensado que sus cuatro relatos son homicidios con tendencia a recorrer el siglo XX. El segundo se centra en un maltrecho poeta que disfrutó de las mieles del reconocimiento junto a grandes compañeros de viaje. Philippe Soupault, como la mayor parte de los protagonistas de esos gloriosos años veinte parisinos, es poco conocido en España. Fue uno de los grandes impulsores del surrealismo, conoció a Apollinaire y fue una especie de gemelo de André Breton, hasta que este, uno de los egos más insoportables de la pasada centuria, optó por pontificar lo que exigía el más alto grado de libertad. De Breton se ha escrito demasiado, y no conviene olvidar su caminar como si fuera una estatua de bronce. Más que el arte quiso ser inmortal antes de morir, y eso se refleja en las reflexiones de este paseo por lo que fue Soupault, contrario a tanta doctrina absurda que se cargó un grupo heterogéneo que pese a su avidez de éxito aportó conceptos clave para la cultura contemporánea, pilares que hoy en día se tergiversan desde el disparate y una idealización nutrida de ignorancia.
La tercera crónica parece sacada de la fiesta de los nobles de La Dolce Vita. Tras el fracaso de Luchino Visconti, quien a buen seguro hubiese realizado una joya inmortal, el alemán Volker Schlöndorf recogió el testigo y plasmó parte de la Recherche proustiana en el séptimo arte. El plató del rodaje sirve a la autora para trazar un retrato donde nobles de capa caída alternan con actores que, desde mi punto de vista, apuntan al fracaso del proyecto. De nada sirve la presencia de Delon o la bella Ornella Muti. La cámara que es la prosa se vuelca al pasado, recuerda cómo Proust hilvanó su leyenda entre salones donde se dedicaba a observar mientras nadie daba un duro por su trayectoria literaria. Las anécdotas del gran Marcel y ese París desaparecido entre las brumas dan paso a una última historia que podemos relacionar con los dimes y diretes de la filmación. La moda es un escaparate que Scherer capta con ironía desde la enorme ridiculez de la pose, el oropel y la figuración de egos rotos, pues al fin y al cabo el volumen es eso, un largo desfile de personalidades fragmentadas entre baches de la singladura concentrados en el punto más especial del
planeta.
Cada uno de los cuatro estudios, con mucho brío y un serio desenfado, abordan también como los seres humanos colisionamos contra antagonistas afines. Paulin topa con su propio reflejo, Narciso muerto de imposibilidad. Soupault ve en Cocteau a su Némesis por envidia, de ahí el colectivo y las barbaridades para epatar. Schlöndorf sucumbe ante el monstruo que quiere reproducir. Finalmente, sin ser menos que los otros, las ropas y embustes descritos alrededor de la pasarela son frustraciones sociales devorados por la única victoriosa de esta trama perpetua: París.
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