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sábado, 27 de junio de 2020

Ulises de James Joyce en el Laberint de Wonderland



El pasado domingo Marc Hernández y servidor dedicamos la primera parte del programa a hablar del Ulises desde otra perspectiva. Si quieres puedes escucharla aquí

jueves, 14 de mayo de 2020

Anna de Noailles en Todos somos sospechosos



Esta semana dediqué las bios lucanorianas de Todos somos sospechosos a la poeta Anna de Noailles, ejemplo de éxito fulgurante antes de la Primera Guerra Mundial y olvido absoluto después de la misma, como si la contienda hubiera subvertido todos los valores existentes. Puedes escucharla en la segunda parte del programa clickando aquí

sábado, 9 de mayo de 2020

Literatura europea después de una pandemia en 24 horas



Ayer Antonio Delgado y servidor dedicamos el paseo de cada viernes en el 24 horas de RNE a caminar por la literatura europea posterior a la Gran Guerra y la Pandemia de Gripe Española. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 35 clickando aquí

sábado, 6 de julio de 2019

Retos veraniegos en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint he comentado en el Laberint los retos veraniegos lectores, lo que nos sirvió para hablar de Gustave Flaubert, James Joyce y Marcel Proust. Puedes escucharlo aquí

domingo, 17 de marzo de 2019

El caso Caillaux en El Confidencial



El pasado sábado escribí en El Confidencial Cultura sobre el caso Caillaux, símbolo del final de la Belle Époque. Si quieres puedes leer el artículo aquí

domingo, 30 de septiembre de 2018

Hoteles y escritores en el Laberint de Wonderland



Esta semana dedicamos el Laberint a hoteles y escritores. Visitamos Barcelona de la mano de Hans Christian Andersen, fuimos al Grand Hotel de Cabourg con Marcel Proust, recalamos en Montreux entre Freddie Mercury y Vladimir Nabokov y terminamos el viaje en París, en el Lutetia de espías, colaboracionistas y ocupaciones. Si quieres puedes escucharlo a partir del minuto 30 del enlace clickando aquí

domingo, 13 de noviembre de 2016

Frases literarias de camiseta en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint de Wonderland hemos hablado de frases literarias de camiseta, frases brutales que correrían riesgo de banalización. Hemos elegido palabras de Herman Melville, Marcel Proust, James Joyce y Elio Vittorini. Si quieres puedes escuchar la sección a partir del minuto 35 del enlace clickando aquí

domingo, 25 de septiembre de 2016

Podcast de escritores supuestamente desagradables en el Laberint de Wonderland




Y decimos supuestamente desagradables porque todo el mundo puede serlo en algún momento. Hemos hablado de Arthur Koestler, Jacinto Benavente, Marcel Proust y James Joyce a partir de anécdotas y rumores. Si quieres puedes escuchar la sección a partir del minuto 35 del enlace clickando aquí

domingo, 7 de febrero de 2016

Podcast de erotismo y escritores en el Laberint de Wonderland

                 



Hoy en el Laberint hemos hablado de erotismo y escritores; empezamos por la particular acción de las prostitutas con Víctor Hugo, continuamos con el tórrido intercambio epistolar entre Nora y James Joyce, proseguimos con las aficiones eróticas de Marcel Proust y terminamos con La Vita Interiore, de Alberto Moravia. Puedes escuchar la charla clickando aquí

               




martes, 1 de diciembre de 2015

Segunda parte del especial Marcel Proust en Todos somos sospechosos



Esta pasada madrugada Laura González y servidor cerramos el círculo proustiano de Todos somos sospechosos. Si quieres puedes escuchar la charla de noches en la tierra aquí

martes, 24 de noviembre de 2015

Marcel Proust en Todos somos sospechosos de Radio3




Esta madrugada en Todos somos sospechosos hemos dedicado las noches en la tierra a la figura de Marcel Proust, a quien dedicaremos dos programas. Puedes escuchar el primero aquí

domingo, 12 de abril de 2015

Podcast de madres de escritores (y II) en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint hemos cerrado el ciclo dedicado a madres de escritores. Empezamos hablando de Baudelaire y Madame Aupick, seguimos con las blasfemias de Joyce en el lecho de muerte de la suya, continuamos con la dependencia proustiana y terminamos con la polémica de Michel Houellebecq, algo que habla otra vez bastante mal del autor de Las partículas elementales. Puedes escuchar el enlace a partir del minuto 35 del enlace clickando aquí

domingo, 26 de octubre de 2014

Podcast de orgías en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint de Wonderland hemos hablado de orgías en literatura. Empezamos con La febre d'ro de Narcís Oller, viramos a Sodoma y Gomorra de Proust, avanzamos con la Naranja mecánica y concluimos el periplo con El perfume, de Patrick Suskind. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí

sábado, 12 de julio de 2014

La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (y II)



Claude Arnaud traza en Proust contre Cocteau, inédito en España, las claves que permiten entender con simple maestría los principales trazos de la personalidad del autor de La Recherche. La contraposición con el joven príncipe frívolo que fue Cocteau, ninguneado por estar en todas partes y adaptarse a ellas como si nada, ratifica la idea de un hombre que a partir de una soledad enfermiza desarrolló un talante de permisividad autista, donde el mundo era uno pero la única individualidad era su persona.

En un momento del libro que hemos mencionado al principio de este texto se menciona como Cocteau se enfadó con su amigo por llegar tardísimo a un recital privado. Las anécdotas de este tipo son infinitas y, aunque parezca increíble, pueden explicar los motivos de una obra tan extensa como detallista, último monumento del siglo XIX, agotándolo,  y primera piedra miliar de la novelística del Novecientos.

Proust fue un chico condenado por voluntad propia a un exilio dorado. Con nueve años empezó a sufrir serios problemas de salud que él se preocupó por acrecentar, pues a lo largo de su existencia tampoco hizo mucho caso a los médicos. De hecho, huelga decirlo, pasó más que olímpicamente de la mayoría de sus consejeros. El momento paradigmático que lo resume, una relación maravillosa, es el intercambio epistolar con su corredor bursátil, Lionel Hauser, con más paciencia que un santo, fiel advertidor del desastre de un dinero mal invertido que casi servía para que su cliente se regodeara de una teórica, inminente e imposible ruina.

La obcecación explicaría, y así de lo demuestra Ghislain de Diesbach en su monumental biografía, su lucha para superar el complejo de inferioridad del nuevo rico. El padre de Proust fue un brillante doctor que ejemplificaba un tipo de burgués muy del gusto de la naciente y exultante Tercera República. La familia creció y pudo codearse, entre premios y loanzas, con lo más granado de la aristocracia parisina, que acogió a los hijos del galeno con la naturalidad de aquellas infancias consentidas y custodiadas de finales del siglo XIX. Los encuentros por los Campos Elíseos, el juego léxico propio de una clase privilegiada y  unas coordenadas de orden privado inaccesibles al resto del tejido social de la época.

Estos factores se trasladaron con la edad adulta a los salones, donde el joven Marcel sacó a relucir sus encantos en el diálogo, su atención excesiva con los otros participantes y la manía de querer brillar sin ser considerado por falta de méritos. Poco o nada importaba que en 1896 hubiera publicado Les plaisirs et les jours, libro caro e ignorado. Los años pasaban factura en un medio competitivo donde estaba muy bien que te invitaran, sí, pero contaba y mucho el caché del anfitrión, y claro, no era lo mismo que te invitara Anna de Noailles o Montesquiou, de los que ya volveremos a hablar cuando corresponda, que un don nadie con muchas ínfulas y unos pocos artículos en periódicos de postín, favores de directores abrumados por la pesadez del elegante chupatintas.



El mundo adorado de Proust era una opereta de vanidad que le iba como anillo al dedo para plasmar un todo que sólo adquiriría significado cuando cayó el telón de la Primera Guerra Mundial y muchos descubrieron que los valores de 1914 eran una reliquia en 1918, algo absolutamente pasado de moda. Seguramente el gran valor de La Recherche sea anclar este universo a la eternidad mediante la literatura, y el único modo de hacerlo era a través de una inmensa labor documental que nos llevaría a las anécdotas que Céleste Albaret cuenta en su célebre Monsieur Proust, libro tan hagiográfico que conviene abordar con cautela, si bien contiene algo básico como es la mirada desde el interior del domicilio del autor, con esa habitación de locos entre humos, cervezas del Ritz, manuscritos que se alargaban con notas suplementarias y visitas intempestivas deseadas por nuestro protagonista, derrotado en esa parcela que tanto deseaba dominar, tanto que al final lo hizo con las palabras y unos recuerdos filtrados por otras memorias y muchas, quizá demasiadas preguntas.



Escribo con un orden desordenado. El final de esa aristocracia banal y gloriosa llegó antes para Proust que para los demás. La muerte, casi simultánea, de sus padres inició su alejamiento del mundanal ruido, aunque no hasta los extremos que la leyenda ha querido vender. Su exilio interior fue progresivo y si se leen con atención las semblanzas dedicadas a su persona veremos cómo seguía a rajatabla una rutina muy concreta, viaje entre París y una ciudad de vacaciones donde era capaz de alquilar casi un hotel entero para sentirse bien desde sus manías patológicas. En 1920 Picasso coincidió con él y Joyce en una cena. Dijo que le recordaba a un maniquí de otro tiempo por su atuendo y posado. La definición del genio malagueño suena idónea. Mientras Proust pudo fue alguien que estuvo a la última y se sintió fuerte para exhibirse, único método para ser en un ese microcosmos donde lo presencial era el pasaporte. Cuando su clan desapareció optó por encerrarse en sus filias y fobias, convirtiéndose en su propio yo más auténtico y, por lo tanto, aun más caricaturizado.




Desde 1908 intuyó la llamada de lo que siempre será su legado póstumo, entramado de tantas facetas que sería ridículo resumirlo desde la estética y la psicología. La primera, barco desde donde todo zarpó, se movió en su mente desde el minuto cero de su existencia, catapultándose hasta un punto interesante con la traducción que hizo de Ruskin, donde probablemente aprendió la trascendencia de la minucia significante y de tratar una parte como un conjunto donde piezas minúsculas conforman una especie de colmena, más evidente en lo humano que en las obras de arte. Lo psicológico reluce en todo el manuscrito que aquí hemos denominado La Recherche, mapa mental que asusta porque en su magma recoge un inmenso cuerpo de personajes que bien podrían ser el mismo Proust en ese estancia donde escribía compulsivamente mientras buscaba la perfección y ajustaba cuentas, que de eso también se trataba, con unos y otros. Esta vertiente psicológica también puede estudiarse desde el sueño, y aquí hermanamos, como hace Jean-Yves Tadié, a Freud y Proust en la senda que el primer Novecientos abrió para toda la Humanidad. Ambos, a su manera, hurgaron en una herida que deseaba ser abierta, la de penetrar en el interior para disipar unos fantasmas que llevaban demasiado sujetos a unas prerrogativas medievales. El vienés y el parisino no se conocieron y tampoco consta que tuvieran noticia uno del otro, ni siquiera en lo profesional. No debe extrañarnos que coincidieran en intereses desde enfoques bastante opuestos. Un episodio real encandiló a Proust. Un hombre, al que conocía relativamente, supo de la pérdida de su padre y, así por las buenas, mató a su madre para después suicidarse. El resultado de tan luctuoso hecho fue un señor artículo del francés. Freud, desde su estudio, seguro que hubiera sacado petróleo del suceso.



La Recherche no tuvo un periplo sencillo. Su primer volumen corrió a costa del autor y la efeméride nos permite introducir en este esbozo al admirado André Gide, arrepentido por haber quitado a la NRF la exclusiva inicial, que ganó Grasset, a quien Proust fue fiel hasta que las circunstancias propiciaron una traición muy previsible si se considera su codicia y capricho. Imaginar a Gide sentado en una silla al lado de esa cama proverbial es pura maravilla, sobre todo porque la imagen expresa el choque de dos modos de concebir la literatura y la tensión de una homosexualidad expresada desde perspectivas muy alejadas, hasta el punto que el autor de Los sótanos del Vaticano, famoso por el impacto de su Coridón, se escandalizó con A la sombra de las muchachas en flor.

Las querencias sexuales de Proust son otro de los morbos que despierta. Diesbach menciona burdeles de rompe y rasga del París de la Gran Guerra donde el escritor se divertía con fetichismos que incluían ratas y, especialmente, mucho voyeurismo. Debo confesar que el tema, salvo por el ambiente novelesco que tiene y contiene, me interesa más bien poco, entre otras cosas porque en un ególatra para adentro el verdadero erotismo se centró en su enfermedad, donde las atenciones y los cuidados eran su gran orgasmo. Una vez el éxito le sonrió, consolidándose en la posguerra, otra forma de coito fue su desfile, más intenso por breve, del desquite, como si con la publicación de su sueño imperfecto, así lo prueba el tormento de correcciones y otros menesteres del proceso de edición, hubiera perpetrado el crimen perfecto de sentir el poder del que se le había privado entre fiesta y fiesta.

Decíamos en algún instante de este texto que Proust supo leer que una de las claves que aseguraría el éxito de su Recherche sería adaptarla al mundo que nació después de la Primera Guerra Mundial. Los nombres que inspiraron su magna obra se convirtieron, casi como en el convite de los nobles de La Dolce Vita de Fellini, en zombies ninguneados, graciosas bestias de escaparate. Cocteau, avispado, cambió a Anna de Noailles por Picasso y Satie, Montesquiou comprobó cómo era la inspiración de Charlus y se hundió.

Cuando Proust murió, inmortalizado por Man Ray como si de un dios asirio se tratara, es probable que una parte de su ser deseara el óbito, no tanto para dejar de sufrir como para que su cosecha fuera extendiéndose desde una óptica que acelerara el rendimiento. Una centuria después, pese a que no debe ser muy leído, su triunfo es una evidencia que deslumbra y advierte desde lo meticuloso que siempre cae más en desuso, como si hasta la celebración de su cima fuera otra triste cuestión de fachada.





Céleste Albaret, Monsieur Proust, Madrid, Capitán Swing, 2013
Claude Arnaud, Proust contre Cocteau, París, Grasset, 2013
Ghislain de Diesbach, Marcel Proust, Barcelona, Anagrama, 2013 (reedición)
Jean-Yves Tadié, El lago desconocido entre Proust y Freud, Barcelona, Ediciones del Subsuelo, 2013



viernes, 11 de julio de 2014

La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I)




La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I) 
El camino de este artículo, que en realidad debe contener la simiente de un ensayo, está plagado de baches divertidos, más bien absurdos, que van de la pérdida de ciertos libros a una alergia veraniega en un pueblo perdido en la montaña. Todos estos factores, pueden creerme, explican que un texto destinado a comentar dos libros proustianos termine abarcando varias vertientes relacionadas con lo finisecular y la milagrosa Belle èpoque.

El punto de partida, al que ya volveremos, fue la biografía, reeditada en 2013 por Anagrama, que Ghislain de Diesbach escribió en 1991 dedicada al autor francés más comentado y menos leído. De ahí me metí en los entresijos de las relaciones del monstruo de La Recherche con Freud a través de Jean-Yves Tadié y finalmente, porque soy de lecturas ordenadas y aborrezco cada vez más el gusto actual por la falsa novedad erudita, me sumergí por mero placer en dos volúmenes dedicados al momento de la paz armada, al instante donde el mundo corría hacia un ángulo y Clío, incapaz de finiquitar etapas, decidía pegar un tiro en la suela de Europa.

Quiso cierta dicha que el siempre avispado Eric J. Hobsbawm mencionara en el prólogo de su La era del Imperio la obra de Barbara W. Tuchman, una de las primeras historiadoras que cobró importancia internacional y fue leída por presidentes que tomaban sus disertaciones como ejemplos. Eso, por mucho que el mimético fuera JFK, es algo que debe hacerse sólo si se domina la materia, algo difícil para cualquier lector español aficionado a la Historia. Puede resultar sencillo, sobre todo si se es políglota, armar una bibliografía lógica, pero nuestro mercado gusta mucho de la efeméride y parece olvidar títulos publicados no hace tanto tiempo.




Uno de ellos es La Torre del orgullo, donde Tuchman aborda el período comprendido entre 1890 y 1914 mediante una cierta taxonomía ya superada desde lo metodológico. No se estila, aunque no me extrañaría un retorno a la baja de este modus operandi, hilvanar los temas para llegar a una conclusión rotunda, menos aun cómo lo hace la norteamericana, quien parte de países para dar saltos en el mapa y generar un puzle fascinante que aborda todas las teselas fundamentales del convulso mosaico.


La casilla de salida se sitúa en Inglaterra y explica bien la esquizofrenia de una sociedad pionera en lo laboral y anquilosada en lo social. El gran cambio que irrumpió con el Novecientos se intuía desde decenios atrás, pero los nobles, casta gobernante, preferían seguir con sus rutinas excéntricas para mayor gloria de una época donde la tolerancia, entendida como hipocresía que ocultaba males mayores, permitía que el cadáver no oliera tan dramáticamente. Wilde es el paradigma del no retorno, ejemplo de un doble, expresado con múltiples espejos, destinado a acechar la gloria imperial como advertencia de un malestar que en otros lares se transmitía en clave internacionalista, y no deja de resultar curioso que los desposeídos de la tierra fueran los que pregonaran un mundo sin fronteras, algo que a los patrones poco interesaba en ese empecinamiento nacionalista que caracterizó el fin de la centuria entre problemáticas absurdas y asuntos coloniales.


El Anarquismo cobró carta de peligro público número uno en la última década del diecinueve. Su amenaza, bien esgrimida en Barcelona al atentar contra las tres bestias del sistema, indicaba la vulnerabilidad del poder temporal y la desesperación de una casa que a través de la propaganda por el hecho, con una intuición única de lo mediático del periodismo, asesinaba gerifaltes sin miedo alguno y con escasa efectividad real, pues sus pretensiones sólo cobraron legitimidad y se revistieron de esperanza con la asociación sindical y la presión socialdemócrata en muchos parlamentos del Viejo Mundo, tan arcano que sólo podía lanzarse flechazos en su contra para mostrar disensiones. Una clarísima fue el caso Dreyfus, donde la brillante Francia de Zola y compañía se las tuvo que ver con la intransigencia marcial, las ínfulas de las instituciones y una serie de valores arcanos que querían imponer su estela en la aun inestable Tercera República. La mención, básica en el proceso, al antisemitismo no es casual y revela, algo también presente en la esplendente Viena de por aquel entonces, como el odio interior se postuló como un modo de canalizar tensiones con enemigos externos, con los que era mejor no conflagrar.


La época que trata Tuchman avisaba de unos cambios que no sólo eran tecnológicos. La derrota española de 1898 permitió que, al fin, los Estados Unidos se posicionaran como una gran potencia con aspiraciones imperiales. Se entendía que la época sería para la Marina, y por eso Alemania, que crecía como ningún otro país y además ganaba respeto por sus instituciones educativas, decidió que incrementar su flota era el modo de plantar cara a la inabarcable Gran Bretaña, Reina y señora de los mares y el suelo firme, segura de sí misma por la extensión de sus dominios y por poder dormir tranquila sin avergonzarse como rusos e italianos, derrotados antes Japón y Abisinia, debacles que eran humillaciones porque en un universo europeo era inconcebible perder contra países ajenos a esa órbita centralista.


La rueda siempre gira. Culturalmente los años finiseculares fueron de una riqueza que navegaba de la mano de la revolución tecnológica donde el teléfono, el coche, el aeroplano, la bicicleta y muchos más artefactos aceleraban el paso. No tardarían en llegar los futuristas con su quemad los museos, pero si debemos buscar una raíz comprensible para un gran público deberemos acudir a Wagner, con su aspiración de un arte total, y a Nietzsche como profeta. Ambos se funden, y ahí la historiadora estadounidense hila muy fino, en Richard Strauss, quien asimismo supo aunar otros dos factores que apuntalaban una nueva modernidad: calidad artística y ojo para saber que ser camaleón y apartarse de la linealidad era un triunfo anómalo, revolucionario y más que certero.




Quien recoge ideas osadas y sabe encadenar cuestiones con gran maestría es, era, el difunto Eric J. Hobsbawm. Su figura sigue reivindicándose, y en estos tiempos de crisis sus síntesis históricas cobran más valor porque la misma sociedad rechaza lo monográfico intenso para quedarse con bloques asequibles que permitan un conocimiento de Trivial Pursuit. Aun así no quiero que se me malinterprete, entre otras cosas porque en el texto que reeditó hace poco Crítica se condensan los temas con afán democrática con la intención de servir la Historia en una bandeja de plata al alcance de cualquier mortal que sienta curiosidad. A diferencia de Tuchman, que dispara con bala y no da lugar al respiro, su La era del Imperio presenta desde sus notas iniciales una coherencia basada en imbricar segmentos hasta configurar un todo meridiano, de la economía al feminismo, de la fe en la ciencia al camino que llevó a la fatídica guerra de 1914. El alud de buenos datos del apéndice, indispensable, dan a la obra un temple distinto desde su intención de máxima proximidad, pequeño regalo si consideramos que a lo largo de sus más de cuatrocientos folios el autor no olvida ningún detalle y es exhaustivo hasta lograr la consecución de su objetivo.


Estos dos libros sirven, desde puntos de vista diametralmente opuestos, para comprender el período previo a la Gran Guerra. A lo largo de este 2014 la bibliografía española relacionada con el conflicto se ha incrementado con títulos oportunistas y otros imprescindibles. Uno de ellos, recomendable al 100%, es Sonámbulos de Christoper Clark, lúcido al explicar las causas que llevaron a la conflagración que aceleró el suicidio europeo. Clark, magistral en su crónica del entramado del asesinato de Sarajevo, es objetivo dentro de su subjetividad y no acusa con el dedo a Alemania con el descaro de otros. Quizá esto es así porque es mayor conocedor actual de Guillermo II y sabe que las meadas fuera de tiesto del Kaiser poco o nada tuvieron que ver en la explosión de las hostilidades en aquel caluroso julio de 1914. También lo considero así David Fromkin, quien sin embargo sí se recrea en sostener la tesis canónica de responsabilizar al Reich del desencadenamiento de la orgia de sangre y muerte. Su libro, inédito en España y muy recomendado en el resto del Continente, se titula Le dernier éte de l’Europe y es una especie de alma gemela del de Clark con algunas diferencias de peso. La primera es estilística. Ambos textos son fluidos, pero el de Fromkin, más didascálico, tiene un aire de cercanía que atrapa en contraste con lo académico de Sonámbulos, algo más farragoso. Un segundo punto de disensión lo encontraríamos en cómo se estructuran las ideas. Clark, y aquí redunda en su faceta de investigador puro y duro, divide el texto en largos capítulos muy lógicos con su contenido. Si son extensos es porque una ecuación de principio y fin así lo requiere. Fromkin es más breve e intenso, como si con la forma de la obra quisiera conferirle una intensidad letal que toma velocidad a medida que nos acercamos a los acontecimientos culminantes.




Leí Sonámbulos hace meses y aun hoy en día puedo afirmar sin temor a equivocarme que es el mejor libro sobre la Génesis de la Primera Guerra Mundial que ha aparecido en España a lo largo de 2014. Sin embargo recomiendo leer con atención el volumen de Fromkin, pues capta como ningún otro el absurdo político-diplomático que degeneró en la mayor matanza que el mundo había vivido hasta la fecha.
Las conmemoraciones en nuestra era son de una flagrante estupidez. Ya hemos hablado alguna vez de cómo cualquier aniversario es bueno para mostrar una falsa erudición. Si el número es redondo cobra más sentido sacar productos relacionados con la efeméride, y así ha sido con 1914, aunque si llega a darles por la primera gran derrota napoleónica también hubiera estado bien, no crean. En Cataluña se habla de 1714 y en Toledo de un siglo antes con el Greco y de repente, todos los catorces tienen un sentido Áulico que se vende desde el gusto actual por la anécdota de cuatro duros, útil para rellenar una información del telediario o una charla del bar.



Si enfoco todo esto desde un cierto pesimismo es porque, salvo casos aislados, nadie hablará del quince. Cuando llegue el dieciocho volveremos a recordar el centenario del armisticio y aparecerán mil y un cachivaches sobre Versalles y lo inestable de la posguerra. Desde mi humilde opinión para entender el inicio y el final hay que asumir el proceso que media entre ambos extremos, y en este sentido vamos atrás, como los cangrejos, pero si lo focalizamos sólo en la Gran Guerra veremos que de nada sirve que cada x tiempo una editorial saque una novela, y no hablo de la inteligente Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre, que aborde el tema no, hablo de material de primera calidad que muestre al público español cómo la Historia tiene muchos entresijos que aquí sepultamos ante lo elemental. Por eso no creo que nadie se atreva a sacar La Grande Guerre d’Apollinaire, de Annette Becker, ensayo donde el tópico del poeta trepanado cae en saco roto y se expone cómo el nacionalismo afectó en la mente del padre de las vanguardias, obcecado en purgar su pecado original de no nacer francés con heroísmo en el frente, su participación en la oficina de censura y unas posiciones políticas bien próximas a la Action Française de Maurras, partido protofascista de tendencia monárquica.



Apollinaire, quien en las trincheras también vislumbró el valor estético de la cacharrería, cayó en la trampa de la bandera. Su canto del cisne, Les Mamelles de Tirésias, puede y debe leerse en esa clave nacionalista que él, aún en la onda de sus amigos que habían permanecido en París, vendió desde una óptica surrealista, propulsando la palabrita a unos altares que después otros aprovecharían. No sería Proust uno de ellos. De hecho todo este artículo sale de sus entrañas y seguirá su estela para significar los universos paralelos de una época irrepetible.


Annete Becker, La Grande Guerre d’Apollinaire, Texto, París, 2014
Christoper Clark, Sonámbulos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014
David Fromkin, Le dernier été de l’Europe, Grasset, París, 2004
Eric J. Hobsbawm, La era del Imperio (1875-1914), Crítica, Barcelona, 2013
Barbara W. Tuchman, La torre del orgullo (1890-1914), Barcelona, Península, 2007


martes, 24 de junio de 2014

Anna de Noailles en Mujeres Malditas de Rne5



Esta pasada madrugada hablé en Mujeres Malditas de Anna de Noailles, princesa y poetisa que destacó durante los tiempos de la Belle èpoque, y no sólo por sus versos, pues además de los mismos brilló por iniciativas culturales, carisma y su salón, donde acudía lo más granado de la sociedad parisina del primer Novecientos. Una vez terminó la Primera Guerra Mundial, casi de repente, pareció ser de otra época. Puedes escuchar la charla sobre su persona aquí

miércoles, 11 de junio de 2014

Podcast de Escritores bibliotecarios en el Laberint



Hoy en el Laberint hemos hablado de escritores bibliotecarios. Hay muchos, y por eso hemos centrado el tiro en Giacomo Casanova, Lewis Carroll, Marcel Proust y Eugeni d'Ors. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 38 del enlace clickando aquí

jueves, 29 de mayo de 2014

Podcast de ocultamientos en el Laberint de Wonderland



Ayer en el Laberint hablamos sobre ciertos ocultamientos literarios. Empezamos con la curiosa historia de Jean Santeuil, un mueble y un armario. Seguimos la ruta con los manuscritos de Canetti, custodiados en un búnker suizo y terminamos con la manipulación del pasado a la que se sometió Margaret Mitchell y fue sometido Erich Maria Remarque. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 43 del enlace clickando aquí

martes, 1 de abril de 2014

La bestia de París y otros relatos, de Marie-Luise Scherer




La bestia de París y otros relatos, de Marie-Luise Scherer, por Jordi Corominas i Julián

Marie-Luise Scherer, La bestia de París y otros relatos, Sexto Piso, Madrid, 2014
Traducción de José Aníbal Campos

Creo que lo buenos reportajes más que dar respuestas deben generar preguntas, ser capaces de llegar al alma del lector para que siga indagando en las cuestiones que los textos presentan. Antes de que cayera en mis manos La bestia de París, y otros relatos, no conocía a Marie Luise- Scherer. El libro, otro acierto de Sexto Piso, resulta atractivo desde un primer momento, los ojos se lo comen por la imagen de la cubierta, terrorífica, tanto que hace pensar en un volumen macabro que sólo lo es hasta cierto punto.
El primer plato es criminal y traza una línea muy oscura. Durante algún tiempo investigué casos de mujeres asesinas en Barcelona. Los asesinatos con acento femenino son raros, una excepción que sorprende, como también lo hace que las víctimas sean ancianas desvalidas. En la Ciudad Condal la bestia se llamaba Remedios Sánchez y preparaba tortillas a la policía a mediados de pasada década. Veinte años atrás la capital francesa tembló por un caso parecido con bastantes más ingredientes, entre otras cosas porque los protagonistas del suceso simbolizan un tiempo y una época.

Thierry Paulin era un joven de provincias con ínfulas. Se deslumbró por París y quiso mimetizarse. Tenía muchos elementos en su contra, desde su homosexualidad hasta el color de su piel. El mulato con ambiciones se enamoró de un chico similar. Juntos pensaron en ser reyes, y para lograrlo necesitaban un dinero que no proporcionan sus correrías por el mundo del espectáculo. Así fue como optaron por una vía rápida y contundente: cargarse a viejecitas indefensas.



Con el paso de los meses llegaron las desavenencias amorosas. Paulin y Mathurin se separaron como amigos y el primero siguió la estela de sangre porque deseaba seguir viviendo a todo trapo. Sus presas eran tortugas que no esperaban terminar así sus días. Su verdugo estaba poseído por una inercia que le impulsó, mientras se bebía la existencia con drogas y noche, a matar a más de veinte mujeres hasta que la fiesta, como siempre ocurre, dio paso a la detención. No hay crímenes perfectos, sólo malas investigaciones.
Mientras escribo la reseña he pensado que sus cuatro relatos son homicidios con tendencia a recorrer el siglo XX. El segundo se centra en un maltrecho poeta que disfrutó de las mieles del reconocimiento junto a grandes compañeros de viaje. Philippe Soupault, como la mayor parte de los protagonistas de esos gloriosos años veinte parisinos, es poco conocido en España. Fue uno de los grandes impulsores del surrealismo, conoció a Apollinaire y fue una especie de gemelo de André Breton, hasta que este, uno de los egos más insoportables de la pasada centuria, optó por pontificar lo que exigía el más alto grado de libertad. De Breton se ha escrito demasiado, y no conviene olvidar su caminar como si fuera una estatua de bronce. Más que el arte quiso ser inmortal antes de morir, y eso se refleja en las reflexiones de este paseo por lo que fue Soupault, contrario a tanta doctrina absurda que se cargó un grupo heterogéneo que pese a su avidez de éxito aportó conceptos clave para la cultura contemporánea, pilares que hoy en día se tergiversan desde el disparate y una idealización nutrida de ignorancia.



La tercera crónica parece sacada de la fiesta de los nobles de La Dolce Vita. Tras el fracaso de Luchino Visconti, quien a buen seguro hubiese realizado una joya inmortal, el alemán Volker Schlöndorf recogió el testigo y plasmó parte de la Recherche proustiana en el séptimo arte. El plató del rodaje sirve a la autora para trazar un retrato donde nobles de capa caída alternan con actores que, desde mi punto de vista, apuntan al fracaso del proyecto. De nada sirve la presencia de Delon o la bella Ornella Muti. La cámara que es la prosa se vuelca al pasado, recuerda cómo Proust hilvanó su leyenda entre salones donde se dedicaba a observar mientras nadie daba un duro por su trayectoria literaria. Las anécdotas del gran Marcel y ese París desaparecido entre las brumas dan paso a una última historia que podemos relacionar con los dimes y diretes de la filmación. La moda es un escaparate que Scherer capta con ironía desde la enorme ridiculez de la pose, el oropel y la figuración de egos rotos, pues al fin y al cabo el volumen es eso, un largo desfile de personalidades fragmentadas entre baches de la singladura concentrados en el punto más especial del
planeta.



Cada uno de los cuatro estudios, con mucho brío y un serio desenfado, abordan también como los seres humanos colisionamos contra antagonistas afines. Paulin topa con su propio reflejo, Narciso muerto de imposibilidad. Soupault ve en Cocteau a su Némesis por envidia, de ahí el colectivo y las barbaridades para epatar. Schlöndorf sucumbe ante el monstruo que quiere reproducir. Finalmente, sin ser menos que los otros, las ropas y embustes descritos alrededor de la pasarela son frustraciones sociales devorados por la única victoriosa de esta trama perpetua: París.