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viernes, 30 de julio de 2021

Franco, Mussolini y la SGM en El Confidencial

 



Artículo sobre Franco, Mussolini, el Eje y la Segunda Guerra Mundial. Puedes leerlo aquí

martes, 24 de noviembre de 2020

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Grecia 1940 o la tumba de Mussolini en El Confidencial

 


Hace dos semanas escribí en El Confidencial sobre la invasión italiana a Grecia en octubre de 1940. Si quieres puedes leerlo aquí

domingo, 16 de agosto de 2020

La Conferencia de Potsdam en El Confidencial


Hace dos semanas abordé en El Confidencial la celebración y consecuencias de la Conferencia de Potsdam, broche de estos encuentros durante la Segunda Guerra Mundial. Si quieres puedes leerlo aquí

domingo, 28 de junio de 2020

La invasión nazi de Francia en El Confidencial



La semana pasada escribí en El Confidencial sobre el 80 aniversario de la invasión nazi de Francia, la hora en que tembló el mundo. Puedes leerlo aquí

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Tiempo y poder en El Confidencial



Ayer escribí en El Confidencial sobre tiempo y poder, ensayo de C. Clark sobre la concepción de la Historia en cuatro mandamases alemanes. Si quieres puedes leerlo aquí

jueves, 22 de agosto de 2019

80 años del pacto nazi soviético en El Confidencial



Hoy escribo en El Confidencial sobre los ochenta años del pacto nazi soviético, antesala de la Segunda Guerra Mundial. Puedes leerlo aquí

viernes, 19 de abril de 2019

domingo, 14 de abril de 2019

Pío XII y el Tercer Reich en El Confidencial



Ayer escribí en El Confidencial Cultura sobre la controvertida relación entre Pío XII y el Tercer Reich. Si quieres puedes leerlo aquí

viernes, 5 de abril de 2019

Centenario de la República de Weimar en 24 horas de RNE



Esta noche Antonio Delgado y servidor hemos dedicado la sección cultural del 24 horas de RNE a hablar del centenario de la República de Weimar. Si quieres puedes escucharnos a partir de 1:03:00 clickando aquí

sábado, 3 de noviembre de 2018

Cien años de la Revolución alemana en El Confidencial


Este fin de semana he escrito en El Confidencial sobre los cien años de la Revolución alemana de Noviembre de 1918. Si quieres puedes leerlo aquí

domingo, 2 de septiembre de 2018

martes, 7 de marzo de 2017

Lee Miller en Todos somos sospechosos



Esta madrugada Laura González y servidor hemos dedicado las noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Lee Miller, una modelo que abandonó su profesión inicial para ser fotógrafa, y de las mejores. Si quieres puedes escuchar la charla clickando aquí

viernes, 1 de noviembre de 2013

Secretos de la Segunda Guerra Mundial de Guido Knopp




De hombres, espacios y mitos: Secretos de la Segunda Guerra Mundial de Guido Knopp, por Jordi Corominas i Julián

Guido Knopp, Secretos de la Segunda Guerra Mundial, Barcelona, Crítica, 2013
Traducción de Lara Cortés Fernández

Los aficionados a la Historia saben que el conflicto del que es más fácil encontrar bibliografía es la Segunda Guerra Mundial. Casi podríamos hablar de millones de volúmenes dedicados al tema, por lo que sorprende, en principio, dar con un libro que aborde sus secretos, que son muchos y abundantes como para figurar en un solo manuscrito.

La cosa cambia cuando cogemos el libro y descubrimos el libro de su autor. Guido Knopp es un periodista alemán con una trayectoria que combina lo escrito con una fuerte preocupación didáctica que impulsa mediante documentales. Desde 1984 es director de la sección de Historia del canal alemán ZDF, donde su apuesta ha dado frutos sólidos, muy consistentes.

A principios de este año la Editorial Crítica publicó su Secretos del Tercer Reich. Ahora saca al mercado los del acontecimiento que marcó el siglo XX, y lo hace desde una óptica conocida, la de seleccionar episodios muy concretos que disecciona con precisión quirúrgica.

El primero de la serie esconde muchas intrigas. Rudolf Hess fue la mano derecha de Adolf Hitler desde Múnich hasta su misterioso vuelo a Inglaterra. El nazi menos conocido atesora muchos relatos dignos de ser más investigados. Su devoción para con su líder no impidió que desde 1940, una vez el Tercer Reich dominaba todo el continente, pensara en la conveniencia de firmar la paz con el Reino Unido y establecer un nuevo Status quo europeo que permitiera abordar la invasión de la Unión Soviética con plenas garantías, sin miedo a un segundo frente en el Oeste.

El viaje aéreo de Hess encierra muchas preguntas, entre las que cabe mencionar si Hitler conocía las intenciones de su lugarteniente, asimismo fascinante por dos otros motivos: su extraña presencia en los juicios de Núremberg y su supuesto suicidio con 93 años en la cárcel de Spandau, de la que era el último prisionero, solo y abandonado en el inmenso recinto berlinés.



Hess falleció con 93 años. Hitler murió más joven con un historial médico de ciencia ficción, entre otras cosas por las leyendas que ha generado su salud. ¿Tomaba drogas? ¿Le inyectaron cocaína en vena? ¿Era de fiar el célebre Doctor Morel? Más allá del Parkinson de sus últimos años, el dictador nazi tuvo lo que puede considerarse una mala salud de hierro con ciertos toques paranoicos que ya se vislumbran con el excesivo efecto que tuvo el gas mostaza que le cerró los ojos justo al final de la Primera Guerra Mundial. Su impacto fue excesivo, mostrándonos un futuro canciller con tendencia a obcecarse con sus males hasta darles una forma alejada de la realidad, como si todo fuera más grave, y lo mismo ocurrió con sus problemas estomacales que le resolvió Morel diciéndole, así suelen funcionar las cosas, al paciente lo que quería escuchar.



Se seguirá discutiendo sobre las dolencias del Führer, quizá no tanto de grupos especiales de los ejércitos combatientes en la Segunda Guerra Mundial, selectos grupúsculos encargados de realizar misiones especiales como la que supuso el rescate de Mussolini en el Gran Sasso, la más famosa operación de este tipo durante la contienda, aunque no la única. En el capítulo se cuentan las protagonizadas por los soldados nazis, resistentes hasta el final, tanto que hasta llegaron a asesinar al alcalde de Aquisgrán elegido por los estadounidenses en octubre de 1944 tras la liberación de la ciudad.



Otro aspecto bastante ignorando que trata Knopp es la aventura del submarino U 513, localizado por un equipo germánico brasileño tras décadas de rastreo en su búsqueda. Las aguas lo guardarán hasta que su material aguante en el silencio de las profundidades. El interior de la máquina brinda aún información vital para entender la trayectoria de una maquinaria asesina porque casi ningún hombre implicado en la guerra submarina volvió a casa sano y salvo. La mayoría fallecieron en esa lucha oculta, poco presente en la narración canónica de esos años, donde la mayor parte de batallas, así nos lo han enseñado, se desarrollaban desde tierra y aire. El mar no sólo sirvió para el desembarco de Normandía o los combates contra Japón: su importancia se puede medir desde los océanos, donde salvajes creaciones de hierro cargadas de torpedos esperaban la más mínima ocasión para disparar contra el enemigo y desgastarlo a cuentagotas, factor que hilvana lo acuático con la montaña y el mito de la fortaleza alpina con el que se clausuran los cinco secretos.



Los servicios secretos especularon demasiado con la potencia de la fortaleza alpina. Se la consideraba el último bastión donde el nacionalsocialismo intentaría aguantar hasta el último suspiro. La idea, descabellada por completo, fue cundiendo entre las tropas aliadas, y hasta mayo de 1945 se consideró que las montañas servirían a los alemanes para alargar su agonía durante meses. Esta teoría quedó desmontada cuando cesaron las hostilidades. Hitler se suicidó en Berlín y los Alpes, que bien podrían haber servido como postrer reducto como demuestran las fortificaciones existentes en Suiza, quedaron como un lugar interesante donde se depositaron innumerables obras de arte y los yanquis hicieron su agosto reclutando científicos para la causa y a miembros de los servicios secretos del adversario para afrontar el siguiente trecho del camino una vez el fascismo cayó derrotado: La Guerra Fría.

Knopp trata  aquello que toca con rigor y puede saciar varios tipos de hambre. Habrá lectores que lo degustarán contentos por acostarse y saber una cosa más, mientras otros disfrutarán las investigaciones del teutón, útiles para quienes ya dominan la materia y desean acceder a estudios más a fondo de los que aquí se sirve un aperitivo, el acicate para continuar con la curiosidad y ampliarla con títulos más específicos.



lunes, 8 de julio de 2013

La metáfora de 1913 entre la ignorancia y la esperanza en Sigueleyendo


La metáfora de 1913 entre la ignorancia y la esperanza, por Jordi Corominas i Julián
Hace pocos días una revista comparó al reciente ganador de un premio literario con Picasso y su banda. La publicación semanal, que no hace tanto tiempo gozó de un cierto prestigio, cometía un error de peso que viraba hacia la banal pedantería hispana, esa que se compone de mencionar nombres rimbombantes sin tener ni idea de lo que se habla. En primer lugar el articulista se equivocó por exceso, pues mencionó una retahíla de nombres que iban desde Brancusi hasta Matisse pasando por Apollinaire. Aquí el error radica en que la que se conoció como Bande à Picasso no englobaba tanta gente y duró un período limitado, el que corresponde a los años iniciales del pintor malagueño en París. El segundo fallo del chupatintas, pues no merece otro nombre, era de apreciación, ya que afirmaba con rotundidad que los nombres de la vanguardia fueron ninguneados, sin que nadie pudiera sospechar su posterior fortuna para con la posteridad.

La astracanada es grave porque pone como supremo ejemplo el estreno del Ballet Parade en 1917,  como si por aquel entonces los cómplices del crimen positivo de la modernidad fueran unos desconocidos, falacia absoluta que puede comprobarse con la simple lectura de libros y hemerotecas.

En España la ignorancia es muy atrevida y tomamos al público por imbécil, por eso algunos creen que es muy fácil engañar desde la incultura que se solventa con buenas lecturas y una voluntad de aprender, porque precisamente uno de los problemas que nos lleva a situaciones tan grotescas es la eliminación del contexto y la referencia, como si el presente se bastara sin remitirse al pasado con seriedad, sólo con fuegos de artificio propios de un país que a partir de comportamientos como el que describimos siempre se vuelve más provinciano.

El martes de la semana pasada, quizá en el mismo instante en que se publicaba la atrocidad que acabo de triturar con más suavidad de la que parece, recibí en mi buzón un volumen de la Editorial Salamandra titulado 1913 Un año hace cien años. La obra, cuyo autor es el historiador y periodista cultural Florian Illies, engancha y encaja con el espíritu pedagógico de nuestra época: la anécdota prevalece sobre la profundidad como invitación y acicate para ir más allá si el contenido es de interés para quien consuma el mosaico con todas sus teselas, creadas con intención fragmentaria para lograr una unidad que en muchas ocasiones es ficticia.

 Lo didascálico suele triunfar desde una cierta superficialidad. No es el caso de este estudio dedicado a revisar en forma de almanaque cultural los hitos del mal llamado mundo civilizado en 1913, justo hace un siglo, cuando Europa intuía la despedida de una gran época y la inminencia de una guerra que se anunciaba desde una incertidumbre mitigada por un esplendor artístico que marcaría parte de la centuria, vencedor de su batalla contra los límites superados del Ochocientos.

La edición del libro en España resulta interesante porque la lógica formación germánica de Florian Illies centra la investigación de 1913 en el ámbito centroeuropeo, denostado en nuestras fronteras, siempre más partidarias de contemplar París como el centro de la modernidad. Tal pensamiento no es ni mucho menos falso. Sin embargo la preferencia por la ciudad de la luz tiende a olvidar como Berlín y, sobre todo, Viena eran dos faros con una potencia sin igual. Quien haya leído el fascinante La Viena de Wittgenstein de Janik y Toulmin me entenderá a la perfección. La capital del Imperio Austrohúngaro, gobernado por un vetusto gobernante que prefería cazar a atender las amenazas en ciernes provenientes de los Balcanes, era un poliédrico hervidero donde se juntaron varias generaciones prodigiosas. Era posible caminar por esa urbe y encontrarse con Sigmund Freud, Gustav Klimt, Arnold Schonberg, Arthur Schnitzler, Egon Schiele, George Trakl, Robert Musil, Oskar Kokoscha o el guardián del lenguaje, Karl Krauss, a quien vemos enamorado de una noble seguidora de Rilke que le empuja a desatender su escritorio durante más de dos días, todo un récord para el editor y redactor de Die Fackel, periódico que sería necesario resucitar en España para controlar el malbaratamiento del lenguaje por parte de políticos y otros bichos deseosos de disimular sus asquerosas tropelías.



Esa misma Viena sirve a Ilies, que estructura el libro mes a mes para así hilvanar las historias que relata y dar al lector una evolución coherente de los acontecimientos, para trenzar una poética muy estimulante. En los primeros meses del año coincidieron por sus jardines Adolf Hitler y Josif Stalin. Uno transcurría sus jornadas entre la frustración del rechazo y la comodidad de un albergue que le servía para ahorrar mientras pintaba acuarelas para turistas. El otro era un refugiado que esperaba volver a Rusia para emprender la revolución. Quizá se cruzaron en Schönnrbun, quizá alzaron su mano para saludarse con la educación de antaño mientras en otro barrio no muy lejano surgían nuevas propuestas que sacudían el dominio del padre, el yugo del Imperio inamovible que tanto gustaba a Berlanga y que por aquel entonces estaba en pleno shock ante la revelación del suicidio de un coronel homosexual que desveló importantes secretos militares a Russia. El aire quería pólvora.

Si por mí fuera hablaría hasta la extenuación de Viena, del grito contra el ornamento de Loos, valiente al desafiar lo establecido con edificios de envidiable racionalidad, pero lo escrito por Illies abarca más espectros. Si seguimos en lo austrohúngaro veremos los padeceres de Kafka, paradigma de la moda clínica del momento, la neurastenia por encima de cualquier otro mal, quemado por su trabajo y por esa existencia de Gregor Samsa en el hogar familiar a la espera de poder colmar su amor con la dubitativa Felice Bauer, tranquila en Berlín, donde se desarrollaban otros movimientos de caballos azules, pinturas salvajes y un puente de lienzos con Kirchner, Marc y otros genios devorando la velocidad contemporánea para plasmar con sus pinceles una realidad inédita.

Si nos trasladamos a París nos movemos a una dimensión con otros colores. Duchamp quiere abandonar el arte, juega a ajedrez, encuentra objetos y encuentra prestigio en Nueva York, donde el Armory Show presenta la vanguardia europea para asombro de los habitantes del Nuevo Mundo.



Picasso es omnipresente. Desde Viena Schnitzler declara amar su producción anterior al cubismo, que es fruto de un rechazo generalizado en las misivas de la mayoría de nombres que surcan las páginas de este curioso resumen de la tensión previa a la Gran Guerra. El pobre malagueño tuvo su año de pesadilla con muertes y calamidades que afectaron a su perro, su padre y hasta a su flamante nueva amante. El único consuelo ante tanto infortunio era aspirar a continuar con una senda atrevida, compartida con Braque en un estilo y con Matisse en la capitanía. La fama del prodigio de las señoritas de Aviñón ya era tan grande que los periódicos anunciaban a bombo y platillo sus desplazamientos, por lo que el pobre, que ya había abandonado Montmartre por el más plácido y burgués Montparnasse, tuvo que  escapar de Cèret para pensar y exprimirse con tranquilidad.



El gran escándalo parisino de 1913 fue la presentación, en el teatro de los Campos Elíseos, de la consagración de la primavera de Igor Stravinski. El 29 de mayo fue una fecha para el recuerdo. Los ruidos, las danzas y el planteamiento escenográfico no podían dejar a nadie indiferente: saltaban las protestas, se apagaban las luces y el murmullo era vida, indicio de un cambio que se avecinaba mientras la Mona Lisa seguía desaparecida hasta que en noviembre su ladrón, orgulloso de restituirla a Italia, picó su propio anzuelo.

1913 fue un año espectacular. Illies menciona poco Moscú, casi nada Londres y ni siquiera se acerca por nuestras latitudes salvo para mencionar que en Barcelona nació Ramón Mercader. Tal aproximación demuestra la miseria que imperaba en el sur, con un norte rebosante de energía y determinados epicentros que ocupaban las semillas con voluntad transgresora. Nosotros penábamos la decadencia, no en el sentido que fascinaba a Thomas Mann, sino más bien desde una óptica de desechos de la Historia, que avanzaba con descubrimientos científicos, progreso tecnológico y rivalidades eternas que siguen marcando la pauta.
Francia y Alemania eran los enemigos fundamentales. Estados Unidos despertaba de un letargo que nunca existió y el ambiente reclamaba una transformación que igualara la cultura, obstinada en entender con premura el adiós de una era, con la sociedad. El ingreso al verdadero siglo XX, palpable en la inmensa epidermis del Planeta, se postergaba y la puerta terminó abriéndose con dinamita.


En algún momento de este año pensé en el número catorce. En 1714 terminó la guerra de Sucesión y Francia consolidó su dominio europeo encumbrando a Felipe V como Rey de España. En 1814 la epopeya napoleónica tocaba a su fin. Una centuria más tarde estalló el polvorín en medio de un extraño fragor mezclado de entusiasmo popular y vigor vanguardista. Quizá 2014 depare sorpresas desagradables, pero libros como el de Florian Illies deberían ayudarnos a comprender que las crisis suelen regenerar, y en las artes propician rebasar límites. Mi tristeza radica en el hecho que constato, día a día, una actitud diametralmente opuesta a la de entonces, con la banalidad en auge y una ceguera supina que impide propulsar otra ruptura de los límites en cualquier ámbito para derribar el muro y enhebrar fronteras sin nombre que nos corresponde bautizar. 

sábado, 20 de octubre de 2012

La retirada, de Michael Jones, en Revista de Letras







Lo imposible y la obsesión: “La retirada”, de Michael Jones,por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 16.10.12



La retirada: la primera derrota de Hitler.
Michael Jones
Traducción de David León Gómez
Crítica (Barcelona, 2012)


Los hechos que Michael Jones narra en La retirada son fundamentales para entender el devenir del siglo XX y pueden compararse por su trascendencia de encrucijada con Las Guerras Médicas u otras efemérides militares que cortaron el aliento del Universo.

En 1941 Hitler era amo y señor de la Europa continental. Su pacto de agosto de 1939 con Stalin le permitía tener tranquilidad en el flanco oriental y centrar todos sus esfuerzos en derribar la resistencia de Gran Bretaña, que pese al empeño nazi no cedió durante la batalla aérea de Inglaterra. El duelo en el aire pospuso para siempre la invasión y dio alas al Führer para propulsar su megalomanía hasta extremos napoleónicos, un error que marcaría el devenir de la Segunda Guerra Mundial.

El siguiente objetivo implicaba abrir un segundo frente e invadir al gran enemigo ideológico: La Unión Soviética. El reto dependía de muchos factores que desde el principio negaron la idoneidad de la operación. Mussolini y su torpeza militar retrasaron un mes el inicio del infierno conocido como Barbarroja, en honor al gran comandante, mito del nacionalismo teutón del Ochocientos, del Sacro Imperio Romano Germánico.

Michael Jones podría haber completado una investigación tradicional basada en datos de batallas, posiciones en el frente y otros detalles típicos del conflicto. Es de agradecer que los haya plasmado desde una perspectiva humana que se hilvana con la Historia y genera un relato asequible al tiempo que científico, algo en lo que sigue la estela de, entre otros, Antony Beevor, pionero en abrir el camino de privilegiar lo humano para entender la magnitud de la tragedia a través de testimonios directos e informaciones que sumadas desde su cotidianeidad dan como resultado un magma espeluznante.

Los mapas y la ambición indicaban tres metas que debían completarse con la mayor celeridad posible. La obstinada creencia en la efectividad de la Blitzkrieg olvidaba factores determinantes. Rusia no es Francia, y la vastedad de su territorio hacia surgir un sinfín de opciones que no se barajaron con suficiente eficacia.

Moscú era un anhelo, punto y final de una senda que empezó con buen pie al pillar desprevenido al gigante soviético. El primer día de hostilidades, 22 de junio de 1941, la aviación rival sucumbió a las bombas del cielo. Lo inesperado del pistoletazo de salida sirvió para ganar una gran ventaja, y las semanas siguientes confirmaron una tendencia favorable a la Wehrmacht, fuerza que desde la victoria empezaba a cimentar las raíces de la derrota con su trato infame a la población civil y su desidia voluntaria para con los millones de presos rusos que fueron tratados como bestias destinadas a morir sin siquiera llevarse un mendrugo de pan a la boca. En este sentido la crónica de Jones no sorprende, pues quien haya leído Tierras de sangre de Tim Snyder sabe que la intención hitleriana era vaciar el otrora país de los zares para confirmar el espacio vital en el Este y eliminar, como quien no quiere la cosa, a más de treinta millones de individuos que el régimen nazi consideraba seres inferiores.

Las dudas nacieron con el paso de los meses. Las tácticas de 1940 ya no servían en Rusia y la conquista se alargaba hasta límites insospechados. En noviembre, con la capital relativamente cerca de las posiciones alemanas, se lanzó un órdago que era un todo o nada. Las tropas divisaron en algunos momentos las torres del Kremlin, y hasta una compañía se situó a quince kilómetros de la ciudad, justo donde los autobuses finalizaban su recorrido, cruda metáfora que significó el adiós a la esperanza de tomar la pieza más preciada, que por aquel entonces había resucitado de sus cenizas por dos evidencias que cualquier otro estratega hubiese considerado antes de emprender tamaña aventura: la infinita reserva humana soviética y el general invierno, contra el que en ningún momento se prepararon para su llegada porque esperaban concluir su misión antes de la nieve, el frío y el ocaso.




De este modo, el cinco de diciembre las tornas cambiaron radicalmente. El ejército rojo iba equipado para la estación invernal, y sus tropas provenientes de Siberia desbarataron las anárquicas posiciones nazis, siempre más dispersas y desorientadas ante las tormentas de todo tipo que asolaban su singladura. La retirada fue un desbarajuste táctico que creció hasta los topes cuando Hitler destituyó al general Guderian y ordenó no dar ni un solo paso atrás. Su delirio perjudicó la esencia de la razón, pues para aspirar a no perder comba era mucho mejor organizar una retirada hacia una zona estable, y en el caótico frente a treinta o más grados bajo cero su torpeza fue fatal.

Los hombres vieron vacilar su fe en la providencia mesiánica del Führer. Quemaban pueblos, huían, disparaban con la tecnología que sobrevivía a la debacle, cantaban canciones navideñas para reconciliarse consigo mismos y deliraban ocasionalmente al recibir ataques, riéndose entre las balas como si la vida ya no importara y su presencia entre compañeros congelados y miembros sueltos fuera una macabra anécdota de la casualidad. Y no, no lo era. Los peones de Clío entendieron el absurdo de toda conflagración, demasiado tarde. Las páginas que versan sobre las penurias de la temporada de la ruina son escalofriantes en su minucia del desamparo, cancelado parcialmente con el retorno a la cordura que supuso la llegada del general Model, quien dio nuevos bríos a la Wehrmacht y deparó que la primavera abriera una luz de incertidumbre en el desenlace de las contienda.