lunes, 7 de octubre de 2013

Las arpías de Hitler, de Wendy Lower





Las arpías de Hitler de Wendy Lower, por Jordi Corominas i Julián 

Wendy Lower, Las arpías de Hitler, Crítica, Barcelona, 2013
Traducción de Núria Pujol 

A lo largo de los últimos meses he detectado un fuerte interés por la figura de Hanna Arendt entre muchos de mis amigos, bien pesados al preguntarme cada dos por tres si ya había visto una de las películas de la temporada. Mi respuesta siempre era negativa, les contestaba, aunque cambiaré de actitud cuando nadie me interrogue sobre el tema, que me bastaba con el libro La banalidad del mal. Al fin y al cabo me daba la impresión que la gran mayoría de mis allegados mostraban veían en Eichmann un motivo de fascinación más allá de la filosofa norteamericana nacida en Hannover. El hombre juzgado en Jerusalén como eterno estereotipo del funcionario obediente que minimiza al demonio, al tiempo que lo engrandece hasta límites obscenos, desde la más absoluta normalidad.

Han pasado casi setenta años desde  la conclusión de la Segunda Guerra Mundial y nuestra idea de sus millones de muertos suele asociarse con acciones masculinas.  Si repasamos las imágenes de mujeres durante el conflicto las encontraremos entre la población civil y en escasos escenarios de combate. Me vienen al recuerdo las partisanas italianas, las resistentes francesas que raparon a las colaboracionistas y las soviéticas dirigiendo el tráfico motorizado en Berlín tras el final de la contienda. Son imágenes que mezclan tragedia y esperanza. En las mismas no hallamos atisbos de sed de sangre. Destacan los llantos y las sonrisas desde una cierta anomalía que explica más bien poco del papel de las mujeres a lo largo del conflicto.
Las estadísticas mencionan que en las sociedades no genocidas los hombres cometen, de media, un 90% de los crímenes violentos. Las mujeres que les siguen la estela lo hacen en el marco de la violencia doméstica y casi siempre contra individuos del género masculino. Se atribuye la preponderancia masculina a un mayor nivel de autoestima y a la arrogancia del ego que contrasta con los patrones de inseguridad, falta de reafirmación y ciclos depresivos de las hembras, que cuando suelen matar siempre aparecen destacadas en los medios de comunicación por lo excepcional del asunto.



En el Tercer Reich la importancia de la mujer se cifraba en su capacidad reproductora. Dar hijos a la patria era su deber de buenas alemanas. Cuando las tropas nazis invadieron Polonia la situación cambió ligeramente. Desde el ascenso al poder de Adolf Hitler en enero de 1933 se habían realizado ingentes esfuerzos para dotar al cuerpo de funcionarios de una importante presencia femenina. Se formaba a las aspirantes en diferentes escuelas que les proporcionaban posibilidades de tener una carrera como secretarias o enfermeras, las profesiones más codiciadas para las mujeres en el sueño nazi de ocupar el Espacio Vital del Este de Europa, donde cualquier persona capacitada sería bienvenida para la causa.

La idea de la expansión hacia el Este tenía para los jerarcas nazis connotaciones legendarias muy influidas por la epopeya norteamericana de la conquista del Oeste. Hitler y sus secuaces fueron grandes lectores de las novelitas de vaqueros de Karl May y aprovecharon la coyuntura para adoctrinar a sus ciudadanos con dogmas de conquista, superioridad aria y otras consignas que se consolidaron en la mente de los elegidos para emprender la aventura genocida iniciada el 22 de junio de 1941 con la invasión de la Unión Soviética.
Y bien, vayamos al grano. Cuando uno ve un libro titulado Las arpías de Hitler piensa que en su interior encontrará un espeluznante catálogo de horrores, y sí, una vez instalados en los territorios del Este lo acaecido fue de todo menos bonito. Los nuevos ocupantes se comportaban como modernos señores feudales, con una finca, mucho terreno que administrar y unos esclavos a los que desproveer de toda humanidad.



¿Por qué no hemos sabido hasta ahora de casos de asesinas nazis durante la ocupación? Por tres motivos básicos. El primero ya lo hemos mencionado: la historia visual y escrita ha excluido al género femenino del mal en la guerra. El segundo radicaba en la ausencia de archivos disponibles, problema paliado a partir de la caída del Comunismo en Europa Oriental. El tercero era consecuencia de la Guerra Fría y estribaba en el escaso número de condenas femeninas por actos de guerra, más numerosas en la República Democrática Alemana, donde la vergüenza del holocausto se tapó menos que en su vecina federal, donde los nazis, tras un leve período de justicia objetiva, salieron bien librados de sus fechorías porque el nuevo Estado requería funcionarios capacitados para reflotar la nave tras el naufragio.

Estos tres motivos dificultaron el conocimiento de los crímenes femeninos. Wendy Lower se centra en pocas asesinas y disecciona con acierto sus existencias antes, durante y después de la encrucijada que supuso la Segunda Guerra Mundial. La mayoría, dentro de sus lógicas diferencias, tenían en común una aplastante rutina cotidiana que combinaba deseos adolescentes de prosperidad y el desarrollar su vida en el Tercer Reich, factor que obviamente la condicionó hasta terribles extremos. La obra de la autora estadounidense puede leerse desde el prisma morboso de comprobar cómo los asesinatos perpetrados por las nazis fueron fríos, cínicos y calculados, pero también puede abordarse, y ella lo remarca muy bien en los puntos clave de su manuscrito, como la quiebra invisible de la normalidad, tanto que ni sus protagonistas se enteraron de su violación de la misma. Eran esposas, enfermeras, secretarias y agentes del Reich y sólo cumplían su deber. Haciéndolo en una época demencial determinados códigos de conducta se consentían. No infringían ninguna ley porque sus superiores aprobaban su conducta por muy anómalo que fuera disparar a judíos desde un balcón o presenciar, en pleno embarazo, una matanza vestida con uniforme para mimetizarse con los verdugos.



El análisis de Lower es irreprochable. Las arpías de Hitler vivieron la posguerra, salvo una excepción que confirma la regla, desde la tranquilidad exterior y el remordimiento interno. Llegará un momento en que su perfidia pase a la televisión. Cuando lo haga sería interesante que no llegara desde los tópicos que permiten altos índices de audiencia. Series como Hijos del Tercer Reich han enfocado la cuestión con sensibilidad. Sería deseable que futuros productos sigan esa tendencia para no caer en sensacionalismos baratos tan propios de nuestra era, tópicos de manipulación y conformidad con un paso aprendido de oídas.

viernes, 4 de octubre de 2013

Las muchachas de Sanfrediano de Vasco Pratolini




La comedia, el género y el compromiso social de la posguerra: Las muchachas de Sanfrediano de Vasco Pratolini, por Jordi Corominas i Julián

Vasco Pratolini, Las muchachas de Sanfrediano, Impedimenta, Madrid, 2013
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Florencia tiene muchas bellezas. Si sales del ferrocarril encuentras en un santiamén la via delle Belle donne, maravilloso eufemismo para referirse, con casi toda seguridad, a las prostitutas que suelen instalarse en las calles colindantes a las estaciones. Si dejamos atrás la parte monumental de la capital toscana y cruzamos el ponte vecchio nos adentraremos en un universo mucho más auténtico y tranquilo. El barrio de Sanfrediano es el enclave florentino que condensa las esencias de la ciudad de Michelangelo y tantos otros, un lugar repleto de vida con el lenguaje propio de las clases populares.

He tenido la suerte de estar en sus calles bastantes veces. Hoy en día no se percibe el ambiente que plasmó Vasco Pratolini en Le ragazze di Sanfrediano, libre, desenfadado y con los códigos no escritos de todo espacio delimitado sin fronteras, territorios donde sus habitantes saben cómo comportarse por tradición y el mero hecho de pisar las calles, sus calles.

Hace años vi la adaptación cinematográfica de Valerio Zurlini, un director de actrices que es conocido por La ragazza con la valigia y la despampanante presencia de Claudia Cardinale. Pratolini es un autor que gozó del favor de los cineastas italianos de la edad de oro. En 1954 Carlo Lizzani versionó su Cronaca dei poveri amanti, quizá su novela más comprometida. Le ragazze di Sanfrediano se publicó en 1948 y  se enmarca dentro del neorrealismo que impregnó la primera cultura italiana de posguerra, factor que puede ayudar a los no avezados en la materia a entender la estrecha relación entre el séptimo arte y la literatura durante ese período, donde el país transalpino supo comerse el mundo desde la pobreza y su vocación de hablar de lo que en términos críticos se conoce como pasado presente, reconocible en clásicos fílmicos como Roma città aperta y Paisà de Roberto Rossellini, Ossessione y La terra trema de Luchino Visconti o Sciuscià y Ladri di biciclette de Vittorio De Sica.



La novela de Pratolini se enmarca en esta senda. A lo largo de sus páginas la guerra partisana contra el fascismo sigue siendo un motivo central en las discusiones de los muchachos, que ya empiezan a sufrir la americanización sociocultural que los Estados Unidos impusieron con sutileza desde su condición ganadora. Los jóvenes aún no van con tejanos, pero sí identifican la realidad con las estrellas de las pantallas, portadoras de sueño, tiranas de la conciencia colectiva del siglo XX. Aldo es Bob por su asombroso parecido con Robert Taylor. Trabaja fuera de Sanfrediano, y eso le permite mantener una doble vida. En el trabajo es un profesional cumplidor, otro más del montón tanto por sus prestaciones laborales como por su atractivo físico. En el barrio, donde se mueve como pez en el agua, es un aspirante a Casanova que quiere emular a los antiguos rompecorazones de la zona. Su elenco de conquistas es impresionante y turbador, entre otras cosas porque Bob ve a cada una de sus enamoradas como apéndices a simultanear. Gina, su vecina y ficticia prometida desde la infancia, cree que pasarán por el altar. Mafalda, pelirroja y con carácter, está hasta las narices del moreno. Bice sabe que no es de fiar, que es sólo un pasatiempo. Silvana y Loretta también han caído en sus redes, como Tosca, rubia, adolescente y frágil que bebe los vientos por el fanfarrón, odiado por el resto de parroquianos del bar donde además de pavonearse por sus líos de falda vence a todos en el billar.



Es normal recordar cómo las novelas de por aquel entonces mantenían un tono naif donde el orden imperante, machista, católico y con la mujer convertida en un inofensivo reclamo de esperanza, prevalecía y Cupido triunfaba con rotundidad. Esta constante de las producciones culturales del neorrealismo no importaba mucho a los creadores, hábiles como para introducir en las tramas otros aspectos conflictivos que hicieron exclamar al recientemente fallecido Giulio Andreotti que los trapos sucios se lavan en casa.

Le ragazze di Sanfrediano denuncia con mucha elegancia la problemática de los partisanos y la cara dura de muchos que tras el fin de la Segunda Guerra Mundial afirmaron haber participado en la lucha antifascista, algo que daba prestigio entre el pueblo y se denostaba desde el gobierno, obcecado en su reforma de la Historia para cumplir con su aliado transoceánico. Pratolini, un narrador ágil y nada barroco, introduce el tema con inteligencia en uno de los instantes clave de la obra, estructurada con un esquema clásico de auge y caída desde la cotidianidad, donde lo casual nunca lo es y las circunstancias flotan en una lógica de rompecabezas con piezas que siempre terminan encajando.



El texto contiene aspectos típicos del discurso de su autor, desde los lazos de solidaridad, el amor por la ciudad, el valor de la amistad y la sabiduría a la hora de elegir un tono, en este caso de comedia con la tensión narrativa focalizada en el más que previsible choque de trenes entre ellas y el protagonista. El elogio y la crítica se complementan entre despertares y debilidades en ambos bandos. No hay moralina, sólo una intuición de determinados conceptos que con el transcurrir de los decenios se pondrán de moda con relación al género.


Le ragazze di Sanfrediano quizá no alcance la grandeza de Metello. Es injusto compararlas. Corresponden a dos momentos en la trayectoria de Pratolini. La extraordinaria noticia es verlo traducido al castellano, un idioma donde la modernidad italiana no es todo lo conocida que debería y donde aún faltan por traducir pequeñas perlas neorrealistas como L’Agnese va a morire de Renata Viganò, obra que, como otras más conocidas de Pavese o Moravia, muestra el compromiso del arte para con la sociedad civil, atributo fundamental de la cultura de un país con un Novecientos impresionante. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Podcast de escritores que se canibalizaron en el Laberint de Wonderland



Hoy en el Laberint hemos hablado de escritores canibalizados. Nuestro viaje por este tema ha transitado por el efecto camiseta que hace prevalecer la fachada ante el contenido, Salvador Dalí, Ernest Hemingway y Michel Houellebecq, puedes escuchar la charla a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí

martes, 1 de octubre de 2013

Miércoles, Autores canibalizados en el Laberint de Wonderland



Tras hablar de caníbales y vampiros este miércoles el Laberint se centrará en autores que se han canibalizado. La obra ha desaparecido ante la impronta del personaje, bien porque la sociedad de consumo gusta de estas banalidades, bien porque los egos en ocasiones devienen marcas que llevan la obra a un pozo sin fondo. La cata tendrá los siguientes platos:


1.- El efecto camiseta: El Che, Kafka, Rimbaud y Picasso, símbolos de culto en la ignorancia de sus obras.

2.- Ernest Hemingway y el mito ante todo

3.- Salvador Dalí o el paradigma

4.- Michel Houellebecq, el Mourinho de la literatura


Cada miércoles a partir de las 14h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo:Rne4

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Podcast de la charla con Marina Espasa en torno a "El vampir" de J.W. Polidori



Esta tarde en el Laberint de Wonderland hemos tenido la suerte de contar con la presencia de Marina Espasa, con quien hemos hablado del libro "El vampir" de J.W. Polidori, obra fundacional del fenómeno vampirico en la modernidad. Marina ha traducido al catalán la nouvelle del secretario personal de Lord Byron y ha escrito el prólogo de esta edición publicada por Angle Editorial. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí

martes, 24 de septiembre de 2013

El boom de conmemorar cualquier cosa en Todos somos sospechosos

Esta noche en Todos somos Sospechosos Laura González y servidor hemos comentado el tema de las conmemoraciones absurdas. Desde hace un tiempo las redes sociales y una sociedad que busca privilegiar un conocimiento de Trivial Pursuit que anule el presente han propiciado un boom de la efeméride. Se recuerdan todos los aniversarios de famosos e ídolos en un retorno a elementos básicos bastante peligrosos que más que mostrar progreso apuntan a la imitación de los cangrejos.  Puedes escuchar la charla aquí

Un verano con Jean Cocteau (y IX): El cordón umbilical

Un verano con Jean Cocteau (y IX): “El cordón umbilical”

Por  | Destacados | 20.09.13
El cordón umbilicalEl cordón umbilical. Jean Cocteau
Prólogo y notas de Alfredo Taján
Traducción de Antonio Álvarez
Editorial Confluencias (Málaga, 2012)
Cómpralo aquí
“No creo que progresemos copiando, y pienso que si golpeamos sobre el mismo clavo acabaremos por aplastarlo. Una obra solo vale si se integra en una obra. Lo que cuenta es el conjunto, y la repetición de un estilo provocaría ese aburrimiento, respetado por los lectores, que lo ven como una fidelidad a uno mismo, cuando en realidad es resultado de la pereza”.
Jean Cocteau murió el 11 de octubre de 1963. Dos horas antes de expirar se había enterado del fallecimiento de Edith Piaf, a quien encumbró con la obra teatral Le bel indifférent, una de tantas victorias del parisino.
En los últimos años de su existencia, como si intuyera que la dama blanca esperaba para llevárselo a los Campos Elíseos, donde a buen seguro su sombra lleva una existencia más que feliz. Entre 1960 y 1962 escribió dos poemarios, Cerèmonial espagnol du Phénix y Le Requiem, pintó unos paneles para la tienda de su amiga Ana de Pombo y escribió El cordón umbilical, del que sería fácil comentar que se refiere al desapego de lo terrenal, pero no, la cosa va por otros derroteros. La editorial Plon pensó en una colección que se titularía “Yo y mis personajes”. Denise Bourdet, su directora, contactó rápidamente con Cocteau y le propuso participar. El libro que ahora se edita en España tuvo una edición original con una tirada limitada a doscientos ejemplares ilustrados con cuatro litografías de su autor.
El príncipe de los poetas, hiperbólico apodo que se ganó a pulso tras tantos años al pie del cañón, quiso que El cordón umbilical fuese otra prueba más de su versatilidad, por lo que cuidó con especial esmero la estructura del volumen, que abre y cierra con tres sonetos en homenaje a las memorias renacentistas deBenvenuto Cellini. El grueso del contenido está dividido en tres secciones que abordan con singularidad su relación con todos los personajes que generó a lo largo de casi medio siglo de poliédrica producción artística.
"Flamenco", de Jean Cocteau, incluido como desplegable en el volumen.
“Flamenco”, de Jean Cocteau, incluido como desplegable en el volumen.
La primera es una especie de autobiografía que todo autor debería considerar y surge de la excusa esencial de Flaubert y Madame Bovary o la identificación entre el creador y su propia invención. Cocteau camina por su trayectoria y nos descubre secretos que aclaran vertientes de su poética al no centrarse solamente en la disección de las criaturas que pululan por sus manuscritos. Sí, nos desvela su enamoramiento por una Germaine que inspira la de La gran separación, pero mientras lo hace no se priva de cavilar sobre cómo los personajes poseen un cuerpo propio una vez se ha puesto el punto final al proceso de escritura, como si con la entrega del manuscrito estos escaparan y vivieran una singladura individual desde lo póstumo vital. Al mismo tiempo su nueva senda les permite ir a su aire, conocer otros mundos, ser disfrutados por el lector y experimentar en sus propias carnes cómo el avance del Novecientos, nada nuevo bajo el sol, fue sepultando los textos largos para privilegiar roles chisposos que enlazaban con el mal de reconocer sin conocer.
La segunda parte avanza con sus laberintos de siempre, que alcanzan un punto medio en la inteligencia del padre preocupado para con sus obras. Cuando uno las escribe, sobre todo si tiene vocación de perturbar y nadar contracorriente, su aceptación puede levantar polémica y una gran polvareda sin sentido porque parecen insultar el buen gusto y la corrección política, ese vicio adquirido de la mayoría. Sin embargo la receta dicta que con el paso de los años, si son sólidas, adquirirán condición clásica al fatigarse la lucha y las costumbres. Lo vanguardista se transforma en algo que conviene aprender. Algunos lo han intentado imitar, se ha producido la repetición negativa y el pionero adquiere un brillo auténtico porque se ha comprobado que los sucesores eran mera farsa, pura mediocridad que quería vestirse de gala.
El tercer segmento versa sobre aquellos que sin penetrar en los libros jugaron un papel similar al de los personajes en vida, llevándose la palma el panameño Al Brown, boxeador que hizo historia en los años veinte al ser el primer hispano que gano el título mundial de boxeo. El éxito quemó sus neuronas y cayó en una espiral de alcohol y drogas hasta que Cocteau, un empecinado de los imposibles, quiso recuperarle porque veía en el púgil una suerte de poesía. Devino su mánager y hombre de confianza, urdió métodos que desconcertaban a sus rivales como darle agua en una botella de champagne y sólo desistió al ver lo utópico de su plan. La azarosa carrera de ese dilapidado prodigio era la otra cara de la moneda, el reverso de la tragedia griega de Marcel Cerdan, amigo de nuestro protagonista y amante de Edith Piaf que dijo adiós a este mundo en un accidente aéreo cuando estaba en la cumbre de su fama.
En su última película, el espectacular Testamento de Orfeo de 1959, Jean Cocteau es juzgado por un tribunal que le acusa de inocencia al ser capaz de perpetrar no uno, sino varios crímenes, y de querer penetrar en un mundo que no es el suyo. Se declara culpable de ambos delitos y responde que ha querido saltar la célebre cuarta pared sobre la cual los hombres escriben sus amores y sus sueños para retar al tedio y rechazar la rutina. Lo hace, proclama, por la rebeldía que la audacia opone a las reglas y por estar imbuido de una naturaleza creativa, perfecta expresión del espíritu de contradicción propio del ser humano. La desobediencia es un sacerdocio. ¿Qué harían los niños, los héroes y los artistas sin ella?
En El cordón umbilical Cocteau se divorcia de los jueces, otra muestra de la independencia del creador y un disparo de clarividencia, alabanza de los defectos de nuestros hijos indisciplinados, alegres en la heterodoxia, lúcidos al dar color al horizonte y quebrantar la monocromía de los que desean un canon liso y silencioso.

Miércoles 25, Marina Espasa y El vampir de John William Polidori en el Laberint de Wonderland



En esta época donde los vampiros causan furor no está de más recordar uno, quizá el más importante de los orígenes literarios del fenómeno en el lejano verano de 1816, cuando las temperaturas bajaron salvajemente y cualquier atisbo de sol y calor era quimérico. En la Villa Diodati cercana al lago Lemán cuatro ilustres ingleses decidieron escribir cuentos de fantasmas para matar el tedio. De esa noche de aburrimiento nacieron Frankenstein y El vampiro de J.W. Polidori, atribuido en muchas ocasiones a Lord Byron cuando fue obra de su secretario personal.

Hablaremos de esta nouvelle con su traductora al catalán, Marina Espasa, quien además escribió el prólogo de la edición publicada por la editorial Angle.






Cada miércoles a partir de las 14h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo:Rne4

domingo, 22 de septiembre de 2013

Un verano con Jean Cocteau (VIII): La corrida del 1 de mayo en Revista de Letras

Un verano con Jean Cocteau (VIII): “La corrida del 1 de mayo”

Por  | Destacados | 15.09.13
La corrida del 1 de mayoLa corrida del 1 de mayo. Jean Cocteau
Traducción de David Villanueva Sanz
Demipage (Madrid, 2009)
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“Hace ya varios siglos que se engaña al público descaradamente, Se le engaña por el espejo más o menos deformado del trampantojo y de la engañifa. Se le enseña algo que ya conoce, sabiendo que prefiere reconocer a conocer”.
Supongo que entre un público general es fácil recordar una imagen estereotipada de Jean Cocteau, ya viejo, junto a Pablo Picasso en los toros. Son imágenes de los años cincuenta que los muestran como dos mitos ociosos, contentos de conocerse, dichosos de una fama que les permitía literalmente hacer cualquier cosa, incluso mezclarse con la multitud enloquecida ante tanta leyenda y simpatía.
El primero de mayo, no me gusta lo numérico del título que traiciona el original francés, de 1954 el toreroDámaso Gómez brindó un toro a Jean Cocteau en la Maestranza de Sevilla. De este modo el matador ponía en manos del poeta la suerte de su propia existencia, gran responsabilidad para el francés que cogió la montera y atendió el desenlace.
Uno podría pensar que el libro comentará sólo el episodio de esta tarde primaveral. No es así. A partir del arte del toreo se desarrolla una intensa reflexión sobre España que parte de su animal simbólico hasta alcanzar una visión de conjunto que debe leerse en función de la época en que fue pensada. Cocteau roza en más de un momento la apoteosis del tópico, pero su punto de vista es el de un extranjero que asiste asombrado al espectáculo del país y su fiesta más representativa, justo antes de la explosión del Real Madrid de Alfredo Di Stéfano y el cambio de paradigma que representó el auge del fútbol para el régimen franquista.
Cocteau analiza el toreo desde una perspectiva lírica que, no podíamos esperar otra cosa, se remonta al Minotauro, con esa primitiva lucha entre el hombre y la bestia. De ahí, sin embargo, avanza hacia otras latitudes que se centran, además de su incondicional amor por la curiosa figura de Don Tancredo, en la muerte como un aura que rodea la escenografía del lance, dama blanca omnipresente, ganadora de una mayúscula atención que invade todos los detalles de la plaza, desde el público hasta las banderillas. Este pensamiento se puede relacionar con lo que decía Nicomedes Méndez, verdugo de Barcelona entre finales del siglo XIX y principios del XX, sobre la elección de su oficio. Ese señor, odiado por sus conciudadanos por el papel que ejercía y representaba, confesó que de no ser verdugo hubiese deseado la profesión de torero, más que nada por la expectación generada entre el respetable, y ese clamor, ése morbo tan español, va íntimamente ligado con la señora de la guadaña.
Jean Cocteau, Pablo Picasso y Luis Miguel Dominguín (foto: Lucien Clergue, 1959 / F.N.D.)
Jean Cocteau, Pablo Picasso y Luis Miguel Dominguín (foto: Lucien Clergue, 1959 / F.N.D.)
Nuestro protagonista ya intuyó la decadencia de la sociedad del espectáculo, que a buen seguro, desde ciertas posiciones muy políticamente correctas que muestran cómo estamos en una época de cultura claramente de derechas travestidas de izquierda, criticaría sus opiniones por radicales y marcianas. La solemnidad con la que Cocteau viste el toreo surge de una nobleza pretérita que él, en una de sus apreciaciones erróneas, identifica con el presente, aunque eso no es lo más importante. Queda la arquetípica soledad del encargado de asesinar al animal, la parafernalia que envuelve la acción y el componente mítico de la misma, desafío heroico, locura y exhibicionismo por amor al escaparate.
A lo largo de su disertación, llamarlo ensayo resultaría algo más que osado, Cocteau se recrea con la búsqueda de etimologías. Le sale la vena flamenca, viaja al origen del término y mientras tanto lo asocia con la costumbre española de despreciar desde la ignorancia, lo que no es óbice para considerar a nuestro país como un poeta en estado puro exento de vulgaridad y con el don de sufrir porque es un cuerpo que siempre se inmola para renacer, ave fénix empecinada en la derrota para alzar de nuevo el eterno edificio repleto de contrastes.
El libro transita por un sinfín de aplausos y loas a artistas patrios. Dalí es quien quiere romper con la ceremonia mientras se desarrolla. A Manolete se le exalta, así como a Federico García Lorca, alma gemela truncada en un fusilamiento. Quien se lleva la palma es Pablo Ruiz Picasso en la parte más interesante del manuscrito. No era la primera vez donde Cocteau hablaba de su amigo, pero aquí, quizá por notar la cercanía de un adiós, es más expresivo y lúcido que en otras ocasiones, desgranando la intimidad de su relación y el asombro de ver crecer la genialidad del malagueño. La madurez ayuda a formular un discurso donde se insiste en la trascendencia de ser inimitable, de no crear ni escuelas ni modelos porque nadie es capaz de hacer nada similar. Eso ocurrió con Picasso, único y por eso aún más considerado por Cocteau, quien disfruta con el recuerdo de su juventud, las emociones romanas, los retratos en el estudio, el vigor de Montparnasse, las disensiones de los años veinte, la política y el elogio constante de alguien que siempre emprendía caminos inéditos porque desconocía dónde estaba la meta, cogiendo lo que fuera del suelo para ser niño, evolucionar y deslumbrar con honesta intensidad.
La corrida del 1 de mayo es, en realidad, un compendio de amor para con España y sus fetiches desde los ojos de un galo anómalo. Al final el torero burló al último suspiro y el poeta incómodo le transmitió fortuna. Pasó el cataclismo, corrió la dicha y amaneció una lectura que debe encararse con ánimo de ponerse en la piel del otro, autor, extranjero y monstruo con lentes diseñadas para disparar ráfagas impresionistas que dan en el blanco que es nuestro cerebro.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un verano con Jean Cocteau (VII): La dificultad de ser

Un verano con Jean Cocteau (VII): “La dificultad de ser”

Por  | Destacados | 9.09.13
La dificultad del serLa dificultad de ser. Jean Cocteau
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Siruela (Madrid, 2006)
Cómpralo aquí
“En última instancia, todo tiene arreglo, menos la dificultad de ser, que no la tiene”.
A finales de 1946 Jean Cocteau se siente enfermo. Ha superado un infarto, la sospecha de su colaboracionismo con los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y nota que su mejor época es un agridulce recuerdo. Una nueva era llama a la puerta y cree no estar invitado a la función. Rueda La bella y la bestia, piensa en el pasado y decide que es hora de hablarse para recapitular y al mismo tiempo escribir un libro que “no tiene más proyecto que entablar conversación con quienes lo lean. Es lo contrario de una clase. Intuyo que poco enseñaría a quien me trate. Sólo aspira a coincidir con desconocidos a quienes les hubiera gustado conocerme y charlar conmigo acerca de esos enigmas por los que no se interesa Europa y se convertirán en el susurro de unos pocos mandarines chinos”.
Y tenía razón, como también la tuvo cuando dijo que se valoraría su legado treinta años después de su muerte. En pleno siglo XXI sus palabras son proféticas porque las opiniones vertidas en La dificultad de ser versan sobre temas esenciales pero minoritarios. Es fácil imaginar al poeta en plena redacción sin pensar en la estructura, libre a través de breves capítulos que plasmaban lo básico de unas ideas profundas que para él, pasada la cincuentena, eran un testamento desde el que ofrecer su pequeño granito de arena a la cultura.
En uno de los fragmentos se menciona la línea, que desde la vida deviene permanencia de la personalidad. Las observaciones biográficas ajenas se convierten en confesiones encubiertas. Podemos saber de la infancia y sus sobresaltos, avanzar hacia el extraño físico del creador francés, con esos pelos que siempre fueron rebeldes y nunca se pusieron de acuerdo, como si con su discrepancia quisieran vaticinar la pluralidad de su propietario, pero con el simple apunte de preferencia por creadores sólidos. Cocteau nos desmiente de una tacada el mito de su frivolidad tan enarbolado por sus detractores, petimetres frustrados ante tanta inmensidad.
Jean Cocteau (foto: D. P.)
Jean Cocteau (foto: D. P.)
La tan cacareada ligereza de Cocteau corresponde a un nervio incapaz de estarse quieto, con ansias de salir, respirar y atrapar las infinitas dádivas de la realidad. La risa debe ser de aquellas que exploten por los cuatro costados, que llenen el espacio, como la de Guillaume Apollinaire, rotundo corporalmente y noble en atenciones para con los demás. En el retrato del bardo fallecido dos días antes del armisticio de la Gran Guerra se halla una descripción de un grupo y de un modo de entender la existencia. La bohemia trabajadora, porque sin este atributo sólo queda en fuegos de artificio, se alía con un compromiso de ir contracorriente para no caer en el pozo de la basura oficial desde una posición de coherencia en un sentido ético y estético. El ornamento, ya lo anunció el arquitecto Loos, sobra en cualquier tesitura al ser un añadido vacuo, que estorba en la ruta que conduce a resultados que reflejen una postura artística útil al no querer adoctrinar, pues en el ADN de todo artista debe prevalecer una libertad ausente de la rendición de cuentas. Las balanzas comerciales son para los economistas y los empresarios.
Alguien dirá que este planteamiento se sostiene desde una óptica burguesa. Nadie lo niega. La vida de Jean Cocteau fue la de un ser que desde la conciencia de su clase prefirió usar su condición acomodada para agitar el corral. Lo fácil hubiera sido quedarse en casa, leer, escribir y deleitarse en la inopia. La inutilidad era un imposible para esa generación. Los tópicos de miseria y desgracia, que tanto gustan a los que gustan de leer en diagonal, eran más mentales que monetarios. Picasso tuvo que quemar telas, sí, pero nunca le faltó de nada por solidaridad y prestigio, del que nunca andó falto por mucho que la leyenda quiera, nunca mejor dicho, pintar un panorama desolador en Montmartre. Cocteau valora en muchos fragmentos de La dificultad de ser esa excepcionalidad, la burguesía buena, sin necesidad de mentarla directamente. El aire era otro, París una Torre de Babel y ellos los privilegiados de la cuerda locura que impregnaba el ambiente, donde por otra parte, ya en la fase terminal del sueño, cabían todos los talentosos, desde Max Jacob hasta Jean Genet, a quien Cocteau protegió desde la primera hora.
La señora de la guadaña es la otra gran protagonista de este compendio de reflexiones. Era bueno irse de un funeral porque el difunto no había asistido, pero esa broma era una mera escapatoria para evitar la losa de remembrar tantos desaparecidos entre amigos y amantes. El avión de Roland Garros. El tifus yRadiguet. Marcel Khill asesinado en Alsacia. Jean Desbordes torturado por la Gestapo. Quedaba la lectura, la hermandad, la belleza y el consuelo de seguir con el día a día, donde amenazaba la nueva enfermedad del siglo, por la que él mismo había transitado en su etapa opiácea: la evasión por culpa de un temor, nada hemos inventado, a la bomba atómica, las noticias de los periódicos, la velocidad de posguerra y los decretos del gobierno de turno.
El alud mediático sepulta el lirismo. El poeta sabe que se volverá invisible. Los deportes de invierno tomarán el relevo, los versos se irán a un agujero donde un grupúsculo abrazará el postureo y la mediocridad de no salir de la provincia. Mientras tanto Jean Cocteau, que escribió la dificultad del ser para sanar de su mal y ofrecernos una herencia siempre vigente y transmisible mientras floten partículas de curiosidad en nuestra maltrecha atmósfera.