sábado, 14 de septiembre de 2013

Kerouac y la generación beat de Jean-François Duval



Las fronteras verbales de un fenómeno inagotable: Kerouac y la generación beat.
Jean François Duval, Kerouac y la generación beat, Barcelona, Anagrama, 2013
Traducción de Francesc Rovira

Supongo que todo hijo de vecino ha sufrido en algún momento de su existencia algún tipo de virus idolátrico, una especie de fundación de influencias, raíces culturales que permiten enhebrar la aguja del origen. Si observo mi tiempo puedo afirmar sin mucho miedo a equivocarme que la generación Beat se ha erigido en una referencia indispensable tanto en lo literario como en lo estético. En lo primero he llegado a encontrarme con burdas imitaciones de fotografías del grupo de Ginsberg y compañía perpetradas por los más jóvenes literatos españoles en un intento de equipararse a sus supuestos ídolos, de los que no sé muy bien si lo son por número de lecturas o por mera fachada.

Esta se expresa en la moda, donde lo Hipster parece ser el dernier cri cuando en realidad nació en el San Francisco de Ferlinghetti hace más de cinco décadas. De este modo la supuesta modernidad de camisas de cuadros, barbas y otras sandeces de efímera actualidad es mera mímesis de un tiempo pretérito que inspira desde el desconocimiento.

Esta dualidad confluye en el exterior del libro de Jean-François Duval que acaba de editar Anagrama, Kerouac y la generación beat. Su interior también tiene una doble vertiente poco hispana, que hace más digna de aplauso su publicación en nuestro país. No estamos acostumbrados a los libros de entrevistas, menos aún con la crisis, pues reza la leyenda no escrita que venden poco, son rarezas y la gente no está interesada en ellos. Sin embargo nuestra época rechaza por la síntesis los ensayos largos. Se descarta la profundidad y por ello debemos hallar nuevas formas de canalizarla. Las charlas son ligeras y aportan una información que se digiere de forma mucho más llevadera por el toma y daca de pregunta y respuesta y la acción de dos seres humanos en un combate intelectual sin sangre ni violencia de ningún tipo.



Los diálogos son un género necesario, la base de cualquier investigación sobre hechos más o menos contemporáneos. La labor del periodista suizo es la de un apasionado que ha dedicado veinte años de su existencia a indagar en lo beat centrándose en Kerouac. Para ello ha querido contar con testimonios de primera mano que no sólo abordan la figura del desdichado autor de On the road. La obra va más allá y mediante las declaraciones de los entrevistados dibuja un mapa de una generación que existió sólo parcialmente, que no se formó a partir de los tópicos manidos en mil manuales y que voló libre desde los tiempos del Village hasta transmitir una herencia malinterpretada. Todo período o etapa tiene en su esencia la genética de un nacimiento, la justa evolución, el desarrollo hasta la consolidación y una deriva de decadencia.

El fundador a ojos de la mayoría fue Allen Ginsberg, primer interrogado de una lista que abarca amoríos de Kerouak, gurús del LSD como Tim Leary, profético en su visión de Internet quince años antes de la eclosión de las redes sociales, poetisas como Anne Waldman y locos desquiciados como Ken Kesey. La trascendencia de Ginsberg surge en los años neoyorquinos y se expande hasta 1956, cuando publicó Aullido y consiguió notoriedad por un juicio que hizo soltar las amarras de la censura a las editoriales. Había llegado la oportunidad y On the road pudo ver la luz en septiembre de 1957, punto de partida de una idea y un hundimiento.



La generación Beat salió a flote y sus integrantes ya estaban en un decadente esplendor muy propicio en los estertores del segundo mandato de Eisenhower, la explosión del baby boom y los nervios demasiado atenazados por tanta Guerra Fría. Burroughs en Tánger ultimaba El almuerzo desnudo. San Francisco lucía como nunca y Kerouac, uno de los primeros escritores que afrontaron el reto de promocionarse en la caja tonta, no sabía cómo afrontar tanta fama de la nada tras años de atender que el contexto fuera el adecuado para que sus obras salieran del cajón y vieran la luz. Se alcoholizó porque desde su mentalidad católica no había mejor manera de suicidarse con lentitud.

Una gran coincidencia, inevitable porque Duval no sabe ocultar su fascinación, entre todos los testigos de lo Beat es resaltar la importancia de Neal Cassady, el hombre que inspiró el Dean Moriarty de la novela más emblemática de Jack Kerouac. Su carisma y personalidad fueron dos factores decisivos en el grupo, que lo tomaba como musa y bufón a partes iguales. Su inmensa energía se inyectó en los demás mientras él, pobre desdichado, veía como sus sueños caían en barrena y el prometedor futuro con el que había soñado se volvía una caricatura de su personalidad transmutada en la de Moriarty. Ese declive, muy bien explicado por Carolyn Cassady, se integra con los sesenta, el consumo masivo de drogas y el autobús lisérgico de Ken Kesey y sus Merry Pranksters, viaje que sirve para enlazar los dos partes del volumen.




La segunda, desde mi humilde opinión, habla más de apéndices del movimiento, siempre que consideremos lo Beat como una mezcla heterodoxa, perdonen la redundancia,  que tuvo su epicentro en Nueva York y luego, con el éxito, desplazó sus tentáculos hasta triunfar en el sentido de instalarse en el imaginario colectivo, con lo que ello implica desde las exégesis hasta las deformaciones. En este sentido Tim Leary presume, a las puertas de su muerte, de lo apasionante de su ideario de acumulación de datos biográficos y de una increíble, no se la negaremos, capacidad profética. Ken Kesey se cree demasiado un papel fijo desde sus múltiples saltos a la fama. Ambos son esperpentos de una gloria fenecida y encumbrada entre habladurías, emociones y fanatismos. Sus recuerdos sirven, y con eso nos damos por satisfechos.  Con eso y The day after Superman died. Mencionan como epígono a Bukowski, quien pasó una noche frenética con Cassady y por espíritu tenía algo de Beat, término que, pese a la excepcional cosecha de Duval, suena a invención adaptable al gusto del consumidor, como si así se confirmara su modernidad de líneas imprecisas pese a toda su potencia hipnótica. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Diálogo con Jorge Carrión en la Microrevista



Entrevista a Jorge Carrión

Es jueves por la tarde. He quedado con Jorge Carrión para hablar de Librerías, obra por la que fue proclamado finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2013. Antes de vernos paseo un poco por la ciudad. Como pueden imaginar el lugar de nuestra cita coincide con el título del libro. La elegida es Laie, tanto por su centralidad, está cerca de todo, como por la ausencia de ruido de su cafetería, perfecta para hablar sin que otras voces perjudiquen la calidad de lo registrado.
Llego justo cuando José Antonio Muñoz recoge su equipo tras entrevistar a Jorge. Como el director de Revista de Letras lleva cámara aprovechamos para sacarnos las fotos que ilustran este diálogo que, finalmente, empieza tras unos largos prolegómenos muy normales después del verano y su maleta de temas pendientes y su sinfín de qué tal te ha ido. Enciendo la grabadora.
Jordi Corominas i Julián: Librerías es un ensayo que toma muchos caminos. Puedes leerlo como una biografía oculta y también como un libro de viajes. ¿Cuál era tu intención inicial?
Jorge Carrión: La que tú comentas. Escribir un ensayo que no fuera académico. No soy historiador de la cultura ni de la historia del libro. Respeto mucho a los expertos en estas materias y los utilizo y los cito para nutrir mi ensayo, pero justamente dándole una pátina más personal y trabajando en ese terreno que tanto me interesa, tan sebaldiano, entre la crítica cultural, la crónica de viajes y la autobiografía creo que lograba algo que resultaba más interesante para el lector y también para mi propia experiencia.
En ningún momento quisiste armar un manual de historia de las librerías.
Soy incapaz, no estoy formado para ello y en cambio por mi condición de escritor de viajes y de crítico cultural con muchos intereses, incapaz de fijarme en una parcela de estudios y pasarme diez años en archivos y biblioteca estudiando ese microcosmos, creo que era más honesto enfocar el libro tal como lo he hecho.
Los datos científicos surgen a partir de la visita física a las librerías que aparecen en el libro.
Hay una gran complementariedad entre transitar por el espacio y documentarme para poder pensarlo mejor. Para mi es fundamental en todo lo que hago esa relación entre la experiencia vital y la intelectual. Por ejemplo escribíTeleshakespeare para explicarme porque pasaba tantas horas viendo series.
Maquetaci—n 1
En primer lugar quieres entenderte a ti mismo, y luego, mientras avanzas en la elaboración del texto y sus matices, ya consigues el otro punto: la transmisión de tus ideas al lector.
Para que al otro le interese lo que me interesó con anterioridad. Nunca escribo de temas que no me apasionen, debo implicarme totalmente en ellos.
El proceso de Librerías empieza antes de que pensaras en su existencia.
Claro, fue algo muy irreflexivo e intuitivo de sentirme bien en librerías desde muy joven. Adquirí el hábito, y lo hice sistemático, de viajar y visitar librerías, casi siempre las importantes del lugar donde me encontraba. Acabo de pensar que este libro no existiría sin Internet, y por muchas razones. Una de ellas es que antes de su aparición era muy difícil averiguar cuál era la librería importante de una ciudad.
Sí, y además también usas Internet para un elemento importante, dependiente de lo visto y vivido, que es comprobar si las librerías que visitaste siguen en pie o han desaparecido.
Y ver sus mutaciones, si siguen en su dirección de siempre y otros detalles. En muchas ocasiones me he encontrado que algunas ya no existen, lo que me impulsa a buscar pistas sobre su desaparición y averiguar cómo murió y porqué, algo casi imposible sin Internet.
Al haber visitado tantas librerías acabas creando en el libro un elenco de estructuras sociales de nuestro tiempo.
Intento analizar la librería, igual que hice antes con las series de televisión, como plataformas u observatorios privilegiados para entender la política de una sociedad y un momento histórico concreto, también el deseo en contextos determinados.
El deseo parte de un factor muy benjaminiano que es el escaparate como puerta de acceso al mismo deseo y al consumo.
El escaparate supone la apertura del espacio privado al espacio público y la invasión visual del mismo para tratar de tender anzuelos al consumidor y empujarlo a entrar en la tienda. En el caso de las librerías la revolución es cuando las mesas portátiles invaden la acera porque así la literatura se vuelve algo palpable dentro de la propia calle y parte de la circulación. Cuando caminamos devoramos páginas y páginas de información que tenemos a nuestro alrededor. La librería te invita a hacerlo en el interior.
Y el escaparate es la introducción a la estructura de la librería, porque al fin y al cabo su presentación parte del librero, es su decisión. Nuestra época ha revalorizado su figura, pero con anterioridad era anecdótico cuando en realidad es fundamental, da la impronta al negocio.
Los libreros intuyeron o pensaron el geomarketing antes que otro tipo de negocios, entre otras cosas porque las librerías son más antiguas que los supermercados. Habitualmente encuentras en la entrada de las librerías las revistas, muy cerca las publicaciones relativas a la ciudad del negocio y después progresivamente te alejas del ingreso hacia otros ámbitos literarios y al fondo das con los ensayos. Hay una geografía de la cultura intrínseca a la librería y una disposición que tiene que ver con un acceso. Depende de cómo pongan los libros llegarás a ellos con menor o mayor dificultad.
No es como en un supermercado, donde sitúan los productos esenciales al fondo para que piques mientras te acercas a tu objetivo. En la librería se produce un efecto contrario porque las novedades suelen estar al principio del recorrido.
Sí. Pero ya no hay límites. La contaminación es constante. Ahora en las librerías, al lado de la caja, están los libros pequeños, los lápices y las libretas igual que en el supermercado encuentras los caramelos y las chocolatinas. Esto demuestra un contagio en el modo de pensar la venta y el consumo.
Jorge Carrión 8
Volvamos al librero.
Sí, es importante hacerlo. Es un prescriptor, una figura esencial en la historia de la circulación de la información cultural. Se ha pensando mucho en el librero como profesional, pero menos como intelectual. Es un microcrítico y es esencial lo que recomienda.
Y no deja de pensar en literatura porque se va a su casa, lee en la cama y de este modo cultiva su criterio que al día siguiente influirá en sus clientes.
La embajada de la librería es la mesita de noche del librero. Termina en la librería, cierra la caja, cena y sigue leyendo. Es un circuito inagotable. La librera de la librería El Virrey de Lima me comentaba que nunca terminaba los libros. Hay libreros sistemáticos y otros que prueban y tienen suficiente con una degustación.
Cualquier librero en su casa tienen una biblioteca y la librería es el almacén que permite formarla. La evolución de esta idea a lo largo de los siglos ha variado mucho. Desde tu punto de vista personal cómo juzgas este aspecto.
En el libro hablo poco de la biblioteca personal, pero efectivamente la librería es un centro de distribución donde con los años adquieres los libros que configuran una parte esencial de tu personalidad que es tu biblioteca. Es un lugar de frontera entre dos países: el país de la editorial y del almacén de libros invisible y la república de tu casa donde tu creas tu propio paisaje.
Ahí iba. Muchos lectores y escritores tienen una librería fetiche y van a ella sabiendo que es el sitio donde alimentaran su biblioteca y, por ende, su intelecto.
Al final del libro hablo de mi costumbre de dejar el código de barras o la pegatina de la librería dentro del libro para que este recuerde su ADN o su lugar de procedencia. En mi caso compro en muchas distribuidas por muchos lugares del mundo. Tengo una biblioteca más plural y heterodoxa, pero hay gente que en cambio va a su librería de confianza y ello conlleva que su biblioteca proceda casi en su integridad de un mismo lugar.
Y eso también determina cómo ordenas tu biblioteca.
En mi caso la ordena por géneros, áreas geográficas y temas, con una parte muy importante de teoría del viaje, otra de viajes y secciones dedicadas a la teoría literaria, una a Barcelona…
Al fondo está la sección de Barcelona de esta librería. Subes las escaleras y antes de entrar al bar es la última parte con libros de todo el recinto.
Es muy interesante esa sección porque invade el restaurante y conecta con la escalera la librería con la restauración, cancelando separaciones. La pared donde están los libros es una especie de comunión de espacios y una pequeña instalación de arte contemporáneo.
Y las librerías modernas necesitan este tipo de elementos para destacar y distinguirse de sus competidoras.
Sí, es importante encontrar iconos reconocibles que les proporcionen una identidad, algo que marque la diferencia.
Las librerías modernas destacan por un orden impoluto, en cambio las legendarias, con muchos marcadores, favorecen tener libros por el suelo, como si así mostraran su originalidad y prestigio a través de un desorden ordenado.
Un caos fotogénico.
Y eso atrae al visitante.
Claro, porque por un lado lo reconoce por las fotos antiguas y por el otro esa atmósfera es la que reconocemos como cultura noble y misteriosa, por eso hablo en el libro de Harry Potter y de La bella y la bestia, donde la librería es infinita y supuestamente desordenada.
shakespeare
Este paradigma romántico de desorden y polvo tiene su origen en París.
París y Londres son las capitales culturales del siglo XIX. En Inglaterra no surgieron las vanguardias y la capital francesa, pese a no ser el único lugar de los ismos del primer siglo XX, creó una tradición de centro artístico internacional que entronca con las librerías, sobre todo con La Maison des Amis des Livres de Adrienne Monnier y la Shakespeare and Company de Sylvia Beach.
En el libro aparece la otra vertiente de librerías parisinas, como La Hune, librerías más contemporáneas.
Son las verdaderas librerías para los consumidores locales, sin el marcador turístico. La segunda Shakespare and Company, la de George Whitman, no es una buena librería, es una librería famosa.
Más de fachada que contenido.
Tiene gran contenido en el sentido del número de volúmenes, sobre todo de segunda mano, mientras que La Hune y otras se centran en los libros nuevos. La Shakespeare and Company es turística y asimismo basa gran parte de sus ingresos en postales, calendarios y libros conmemorativos.
 Este tipo de ventas siempre será más frecuente, presente y necesario.
Creo que sí, sería interesante que cualquier librería trate de ver qué capital simbólico puede atraer visitantes. Si hubiera una conciencia clara en España de, por ejemplo, cuales son las librerías donde compran sus libros Enrique Vila-Matas, Javier Marías o Rafael Chirbes habría gente que iría a esas librerías por seguir esa estela, pero no hay interés por reivindicar eso, ni siquiera casos pasados como los lugares donde García Márquez o Vargas Llosa compraban sus libros cuando vivían en Barcelona.
En cambio hay librerías como la Catalonia, recientemente desaparecida, que desaprovecharon sus contenidos extra más allá de los libros. Tenían un quiosco de prensa internacional perfecto por su posición céntrica, al lado del Corte Inglés y a dos pasos de plaça Catalunya, y lo quitaron. Es un ejemplo de mala gestión.
No reivindicaron su legado y estoy muy de acuerdo en lo que dices, pero aparte de eso es curioso ver cómo nos enteramos de la importancia de la Catalonia sólo cuando cerró, no tenía ninguna placa ni nada que nos recordara su trascendencia.
Eso es una cuestión barcelonesa, una ciudad donde escasean las placas, que ni siquiera tienen uniformidad a diferencia de lo que ocurre en otras capitales europeas.
En cambio en muchos restaurantes hay fotos de clientes ilustres y su placa de monumento nacional o de lugar de interés histórico. ¿Por qué no había algo así en la Catalonia?
Es de esperar que librerías más jóvenes como La Central o Laie enmienden este error e introduzcan en su imaginario elementos que recuerden su importancia histórica.
¿Por qué las fotos de aquí son de Joyce y Sylvia Beach? ¿Cómo es que brillan por su ausencia imágenes de autores que presentaron sus libros en librerías barcelonesas? ¿No sería mejor alimentar la importancia de la presencia de escritores locales o de ilustres visitantes como Borges?
Sólo hay algo parecido en el Café Salambó de la calle Torrijos.
Sí, pero es un café, no una librería. Fomentar ese recuerdo de la presencia física de escritores en lugares sólo podría redundar en beneficio de la librería, porque justamente las librerías tienen que alimentar que lo no puede darte una página web, como los cuerpos.
Sentir que puedes hacer tuyo un local y crear implicaciones más íntimas.
Efectivamente, que haya una comunidad de escritores implicados con la librería y que exista una comunidad de lectores que interaccionan con los escritores gracias a la intermediación de la librería.
¿En el resto del mundo es normal esta homologación fotográfica con imágenes de nombres típicos y tópicos?
Sí, desde los tiempos de Sylvia Beach, pero ella colgaba fotos de escritores vivos a los que admiraba. Lo que no sé es si los libreros actuales admiran y leen a los escritores locales vivos.
Y también influye el modelo de negocio. Todas las librerías, como es bien comprensible, quieren vender, y muchas lo hacen desde un modelo despersonalizado. En cambio si vas a una librería de barrio, por ejemplo Pequod, el trato será distinto y la idea de librero será otra.
Es la diferencia entre librero y dependiente y también la que existe entre el trabajador silencioso y el que usa conversación. Echo mucho de menos conversar en las librerías de Barcelona. Soy tímido, no hablo mucho con desconocidos, pero a veces por respetar la privacidad del cliente el librero español no se comunica, no interactúa con los que visitan su negocio.
De todos modos en el libro preguntas allá donde vas.
Sí, pero he preguntado mucho menos de lo que debería. Debía haber mencionado en el libro que muchas veces me he ido de librerías sin hablar con nadie por timidez o incomodidad. El proyecto ha durado quince años y en ocasiones se me hacía extraño explicarles el motivo de mi interés por hablar con ellos. También me sabe mal no haber sacado más fotos en librerías por vergüenza.
Estos quince años de investigación entroncan con los cambios tecnológicos de nuestra era que también influyen en el desarrollo de las librerías.
Por supuesto. Cuando empecé a viajar no llevaba cámara digital. El mundo ha mutado y la llegada de Internet ha cambiado radicalmente lo que entendíamos por librerías. Si comparas las páginas web de las librerías norteamericanas con las españolas verás que se potencia mucho más la presencia física del escritor, en las nuestras las agendas casi son ocultas. Insisto en que debería potenciarse mucho más la dimensión que tiene que un escritor acuda a las librerías para firmar libros o charlar con los lectores.
Es un espacio social.
Lo es, de otro modo retrocede.
Hasta me hizo pensar toda la anécdota de que en las librerías antiguas los libros no estaban encuadernados. ¿Crees que volverá a darse en un futuro?
No creo que sea posible en términos de librería, sí en términos de impresión en casa, donde se podrá decidir la portada, la encuadernación y hasta la tipografía o el tamaño.
Sabemos que el papel sobrevivirá. Mi pregunta iba más en el hecho que quizá el cliente del futuro querrá o podrá elegir el diseño del libro que desee a la carta.
Una fusión de librería y copistería. Además la máquina de impresión tiene todo el sentido, ahora que se está perfeccionado, porque si vas a una librería y preguntas por el libro te lo quieres llevar. De otro modo entras en Amazon, lo consigues y te lo envían sin más.
tipos infames
¿Crees que la galaxia de las redes sociales sirve como acicate al consumo y motivación para visitar las librerías?
Estoy convencido. Librerías como Pequod, Tipos Infames, Dòria Llibres o Librería de la Plata de Sabadell han entendido que es necesario crear una comunidad virtual que se retroalimente con la comunidad física.
Y así aseguran la fidelización de los clientes.
Claro, crear una comunidad y sentir que eres parte de un proyecto. El caso de Paco Camarasa con Negra y Criminal es interesantísimo. Sus socios se han implicado hasta tal punto en ese proyecto que no les importa pagar una cuota a cambio de unos servicios y sentir que son un patronato que apoya la librería.
Y Paco Camarasa es un ejemplo de librero de resistencia.
Es un tipo de librero que se ubica en la tradición que defiendo en el libro. Uno que sea gestor de quince librerías no entrara en la tradición artesanal, la tradición de identificación con el negocio, la tradición de interlocución y prescripción directa con el cliente, la tradición de los libreros que saben perfectamente los gustos de su comunidad es la que alimenta gente como Paco Camarasa.
Es la contraposición entre dos tiempos: la lentitud, el mimo y el tacto de antaño versus la velocidad, la fachada y comprar rápido, el duelo entre la tradición que defiendes y las prácticas de las grandes superficies.
En el libro también menciono, relacionado con esto, que nunca sabes donde hay un gran librero. Es posible que en Fnac o en el Corte Inglés encuentres grandes jóvenes libreros, y en cambio en otros sitios más previsibles puedes desilusionarte porque el librero no está a la altura del lugar. Ser librero es algo que se lleva dentro.
El otro día un cliente elogió en Twitter a un librero de Fnac y el perfil de la tienda lo retuiteó.
En el mundo anterior a la crisis el librero era algo distinto a lo que es ahora y ojala estas personas que trabajan en grandes superficies puedan consolidar su vocación en lugares más artesanales e independientes. Es como el viajero y el turista. No puedes meterte en el cerebro de una persona y saber si es viajero o turista, es algo que va por dentro.
Son pequeños matices.
Pero no pueden juzgarse desde fuera.
Lo curioso de nuestra época es que el librero le está ganando la partida al crítico.
El librero siempre le ha ganado la partida, pero hasta ahora su opinión no era visible. Los libros que han influido, se han vendido y han sido leídos siempre han sido los recomendados por libreros, de otro modo no alcanza un gran número de lectores.
¿Y no se une una revalorización del librero con un desprestigio de la crítica?
El librero como prescriptor es algo tan antiguo como su oficio. Con las redes sociales y el microblogging el lector y el librero se han hecho visibles como microcríticos, y eso ha hecho que de pronto nos hemos dado cuenta que el discurso crítico institucionalizado en el fondo no tiene mucho más valor que el del lector o el del librero, son distintos.
Y el librero tiene el valor añadido de la propiedad relativa, es el que está con los libros. El librero que durante el franquismo escondía los libros bajo la mesa tenía más posibilidades de terminar entre rejas.
El librero es un agente político porque en contextos de dictadura o de ausencia de libertad de expresión es una persona muy expuesta a los mecanismos de control o de censura.
¿Hacía donde crees que irán las librerías en el siglo XXI?
Por un lado tenemos la librería como espectáculo. Otra tendencia es la librería como espacio de restauración, con tienda de vinos, restaurante, con más espacio para mesas que para libros. Por último está la tendencia de la librería muy pequeña con una comunidad muy fiel y pocos empleados que son los dueños. Las librerías virtuales están por definirse. Tengo mucha fe en que van a surgir nuevas formas de librería. En Gracia en el mercado hay una librería que es una parada, y en otras ciudades de España este experimento va consolidándose. No hay límites, el único recurso es que la gente invente y genere nuevas formas de librería y de negocio.
Fotografías del entrevistado de José Antonio Muñoz

Podcast del Laberint de Wonderland dedicado a las formas del verano



Ayer retornamos al Laberint de Wonderland y lo hicimos en olena forma hablando de las formas del verano, entre las que mencionamos la violencia con Nadie está a salvo de Sam, las rupturas con De repente el último verano, las revoluciones de antaño que eran muy numerosas en la estación estival y por último la canícula simbolizada con Muerte en Venecia. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 39 clickando aquí

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Miércoles 11, formas del verano en el Laberint de Wonderland


Con septiembre vuelve hasta el Laberint de Wonderland. Hoy iniciamos la cuarta temporada y para empezar nada mejor que hablar de formas de abordar el verano. La primera es la violencia, donde hablaremos del Hijo de Sam y la película que le dedicó Spike Lee, de ahí pasaremos a las rupturas propias de esta estación con, De repente el último verano, para continuar con las revoluciones con el calor y terminar con el bochorno de Muerte en Venecia.


Cada miércoles a partir de las 14h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo:Rne4

lunes, 9 de septiembre de 2013

14 de Jean Echenoz



El lirismo de la minucia: 14 de Jean Echenoz, por Jordi Corominas i Julián
Jean Echenoz, 14, Anagrama, Barcelona, 2013
Traducción de Javier Albiñana
Estamos metidos de lleno en una era que rechaza el presente, engullido por la velocidad que anula la solidez de las noticias y oculto por un cambio de dinámicas que la mayoría se niega a comprender. El alud de célebres defunciones certifica el adiós al siglo XX y coincide con la estúpida moda de conmemorar cualquier aniversario, como si hubiéramos perdido la brújula y necesitáramos demostrar nuestro conocimiento a través de la banalidad de la anécdota.

Dentro de pocos meses se cumplirá una centuria del inicio de la Primera Guerra Mundial, decisiva para sepultar la prórroga del Ochocientos e inaugurar definitivamente una época revolucionaria de progreso y destrucción donde todo se aceleró sin remedio. El asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo fue la excusa para activar un mecanismo que paralizó al Viejo Mundo hasta noviembre de 1918, cuando el agotamiento de recursos y la intervención norteamericana decantaron la balanza para el bando aliado en detrimento de las potencias centrales.



Si les interesa el tema están de enhorabuena porque este conflicto que durante mucho tiempo fue conocido como la guerra olvidada resucitará en 2014 como por arte de magia. Asimismo es una suerte que el primer plato del que se prevé un extenso menú sea una novela de Jean Echenoz, que tras su trilogía biográfica abandona el retrato de la pequeñez de los gigantes, hombres geniales enfrentados con un contexto empecinado en negarles, para adentrarse en una nouvelle donde vuelve a mostrar su maestría para con lo minúsculo.

14 es, ante todo, y con ello casi resumiríamos su contenido sin necesidad de rizar ningún rizo, una obra unitaria donde el lirismo inunda el conjunto mediante minucias significantes de un día a día teñido de terror y anomalía por la pólvora y la muerte. Ya desde el principio intuimos que la poesía de la brevedad surcará el texto. El toque a rebato de las campanas anuncia una desgracia que debía durar dos semanas, así lo piensa el optimista Charles, altivo ante la modestia de su hermano Anthime, quien ve el futuro con negros nubarrones de duración indeterminada. Ambos, enamorados de la misma mujer, acuden a la oficina de reclutamiento junto a Padioleau, Bossis y Arcenel, jóvenes de La Vendée que emprenden el camino hacia la batalla con un entusiasmo ingenuo repleto de alcohol e incertidumbre.



Toda guerra es un paréntesis matiza el contenido de sus extremos y apuntala la palabra que ocupará su hueco. La de 1914 se pensó con tácticas antiguas y terminó por ser el aperitivo a la modernidad con rasgos del Novecientos. Los aviones surcaban los cielos sin metralleta y nadie esperaba ni gases ni trincheras, símbolos de una inmovilidad absoluta mientras la técnica avanzaba hacia una sofisticación letal que cambió el color del horizonte.

En 14, fiel reflejo inventado de un pasado real, los soldados son marionetas, balas de una ruleta rusa. Los agentes exteriores tienen una potencia que escapa al control de los peones, maniatados tanto en su campo de acción como por circunstancias casuales que ejercen felices su baile de lo inesperado. Charles, por poner un ejemplo, es el personaje más odioso porque dispone de todos los parabienes posibles para que las bombas no le afecten. Tiene padrinos y evita el gélido frente del norte para volar y sentirse libre. ¿Seguro?
Nada lo es en esta nouvelle donde su autor afina la puntería porque la experiencia es un grado y a cada libro que pasa sabe economizar mejor las palabras para dar en el centro de la diana al primer intento. El menos es más sirve para que las imágenes propuestas adquieran una resonancia increíble al no requerir más que la esencia para proyectarse con claridad en la mente del lector, desde un paseo a escondidas fuera del barullo hasta la genialidad de un amor que redime la crueldad y es un canto optimista al mañana.



La belleza de lo imprevisto contiene en su mecanismo la geografía concreta del absurdo. No creo que Echenoz haya querido lanzar con 14 un alegato antibelicista de primera magnitud. Su trayectoria siempre tendrá el fino hilo de la observación que sin necesidad de juicio determina y emite veredictos sutiles. Aquí están presentes con esa ausencia de ruido característica, con la elegancia de quien sabe que ingredientes usa para dar al plato un sabor imborrable. Los elementos cotidianos y las normas que los hombres se imponen cuando visten de uniforme hablan de un desbarajuste donde la quiebra de la normalidad produce monstruos desde un supuesto orden justo y necesario.


Para narrar un drama no sirve ser lacrimógeno. Echenoz sabe que hasta lo más excepcional se tiñe de rutina que es mera asunción del vaivén. Los personajes de 14 se impregnan de esta filosofía y circulan por la superficie conscientes que, con todas sus desdichas, la guerra terminará porque la rueda siempre gira y hasta en una caja de zapatos nuestra especie sabe, o quiere, guardarse ases en la manga para sorprenderse ante la adversidad de la monotonía, quizá el verdadero enemigo, quizá el único muro que impide avanzar más allá de nuestras trincheras mentales. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Diálogo con Enrique Vila-Matas en Número Cero



El pasado mes de junio tuve la suerte de charlar con Enrique Vila-Matas durante una hora sobre su libro París no se acaba nunca, reeditado por Seix Barral. A continuación os dejo los enlaces para leerla entera.


Primera parte

Segunda parte

Tercera parte





Foto: Elena Blanco Benito.

Depresiones postvacacionales en Todos somos sospechosos de Radio 3

Ya hemos vuelto. Todos somos sospechosos encara su segunda temporada con las pilas cargadísimas. Mi retorno se centró en hablar de las depresiones postvacacionales entre rutina, tópicos, amores, deportes y mil matices. Puedes escuchar el programa aquí

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Martes 10 de septiembre, 19 horas: Loopoesía 2013 en Fnac Triangle (Barcelona)



Llevo casi dos meses sin Loopoesía, pero Los lotófagos vuelven a la carga el 10 de septiembre en Fnac Triangle. El año pasado actuamos justo ese mismo día y repetir es garantía de un trabajo bien hecho, así que nos sentimos muy contentos por poder presentar, quizá por última vez en Barcelona, el show de 2013 porque después el calendario de otoño seguirá por Sevilla y Zaragoza antes de culminar este gran año en Santiago de Chile y Valparaíso.


Loopoesía 2013 en Fnac Triangle

Martes 10 de septiembre, 19 horas

Plaça de Catalunya 4

Entrada gratuita



Loopoesía es amor




domingo, 1 de septiembre de 2013

Un verano con Jean Cocteau (VI): El libro blanco



Un verano con Jean Cocteau (VI): El libro blanco, por Jordi Corominas i Julián

Jean Cocteau, El libro blanco, Barcelona, Cabaret Voltaire, 2010
Traducción y estudio de Montserrat Morales Peco
Prólogo e ilustraciones de Jean Cocteau

“El mundo acepta las experiencias peligrosas dentro del ámbito del arte porque no toma el arte en serio, pero las condena en la vida real.”

A finales de 1927 Jean Cocteau escribió en el Hotel de l’Étoile de Chablis un breve texto de carácter autobiográfico, un rompecabezas donde ubicó las piezas con una anarquía que confluía en la lógica mediante el libre albedrío de quien las compone. En ese momento su vida se había convertido en un intrincado laberinto donde el opio ejercía su tiranía y la mente volaba hacia muchos destinos para intentar hallar acomodo en un camino de salvación.
Esta fase, trágica pero fructífera como siempre ocurre con nuestro protagonista, surgió a partir del inesperado fallecimiento de Raymond Radiguet, que sumió al poeta en un estado de desesperación que sólo aplacaron la ingesta masiva de droga y algún que otro intento de abrazar la fe. Sin embargo, los años veinte destacarán en su trayectoria con poemarios del calibre de L’Ange Heurtebise, obras teatrales como Orfeo, la novela Les enfants terribles, que escribió del tirón en una semana, y una serie de escritos que abren la década de los treinta y nos muestran a un autor en pleno esplendor creativo, desde Opium hasta La voix humane pasando por su debut cinematográfico con Le sang d’un poète.

Tanta efervescencia en las artes no impedía la consolidación del rostro jánico de Cocteau, con uno público siempre presente y otro privado que ocultaba facetas no muy bien vistas hasta hace pocos años. La homosexualidad fue un conflicto que le acarreó malestar durante gran parte de su vida, hasta el punto que en algún que otro instante intentó ir con mujeres para ver si podía, dentro de la mentalidad imperante por aquel entonces, sanarse e integrarse en una normalidad que le disgustaba y agradaba a partes iguales.

Es indudable que Cocteau no figuraba en la ortodoxia de la sociedad de su tiempo, pero aún así respetaba determinados parámetros. Buena prueba de ellos es la operación que emprendió con El libro blanco. Lo escribió en un lapso corto de tiempo y decidió editarlo con el Maurice Sachs, quien, pese a la biografía que le dedicó no hace tanto Enrique López Viejo, sigue siendo un gran desconocido en España.

La obra salió en una edición limitada de poco más de treinta ejemplares y era anónima, con lo que Cocteau renunciaba a postularse como defensor de la causa homosexual. La ausencia de firma incidía en su aceptación a regañadientes de los esquemas políticamente correctos, algo que medio desmintió en 1930 cuando añadió, junto a su rúbrica, una serie de dibujos que ilustraban las vivencias del protagonista del Libro blanco a los que acompañó con un prólogo donde desmentía su autoría del texto y aclaraba que no deseaba incluir su nombre al conjunto de páginas porque éstas adquirirían la apariencia de una autobiografía cuando él, Cocteau, se reservaba la escritura de la suya, aún más singular.



¿Tan escandaloso es El libro blanco? Debemos hacer el esfuerzo de trasladarnos a la mente de un lector de la época. En 1928 un relato de estas características era inmoral y sacudía los cimientos del público burgués. Nada raro si seguimos los pasos de nuestro poliédrico artista, que sin duda armó una narración de gran belleza por su lirismo y el impacto de determinadas imágenes en una prosa desprovista de filigranas desde su objetivo de contar una expiación, porque el texto se configura en confesión moderna para expulsar demonios y respirar con libertad la urgencia de reinventar el amor.

Muchos han creído que lo vertido en El libro blanco es meramente autobiográfico, y no van errados del todo pese a no se puede tomar al pie de la letra lo escrito, dado que Jean Cocteau cocina un tutti frutti de vivencias que disloca tanto en tiempo como en espacio. Nos habla de la muerte de su madre cuando quien desapareció cuando él era un chiquillo fue su padre, suicida por motivos que desconocemos, si bien el narrador se plantea si su progenitor compartía su gusto por el sexo masculino.



En todo caso la evolución de la trama exhibe la desesperación de quien se siente cenizo en su batalla erótica. La primera víctima del infortunio que arrastra es el jovencito Dargelos, Adonis del instituto de pútridos olores, cárcel salvada por la aparición de un Dios mortal que consolida la atracción por los hombres intuida en la infancia entre gitanos desnudos, sirvientes y otras escenas donde se remarca el impacto del cuerpo desprovisto de ropajes en un contexto natural, otra arma de polémica por el enfoque positivo que se confiere al asunto.

Tras las experiencias adolescentes-entre las que se incluyen una serie de aventuras muy similares a las de la novela La gran separación, intento de adecuarse a lo canónico simbolizado en la mujer- nos adentramos en los misterios de la gran ciudad con un ménage à trois donde el protagonista es pura bondad para remediar el desaguisado de una prostituta y su chulo. De ahí nos movemos al sur, trasladándonos a Toulon, donde Cocteau proyecta el recuerdo de su estancia marsellesa cuando escapó de su casa a los quince años y malvivió en el puerto de la antigua colonia focense entre putas, criminales y marineros. Puede que uno de ellos inspirara a Pas de chance, pero sabemos que no fue así, pues este personaje, entrañable en su llanto de soledad, se basa en Marcel Servais, a quien el poeta conoció en Toulon en verano de 1927 en compañía de su amigo Jean Desbordes.

“La iglesia estaba desierta. Los pescadores no entraban. Admiré el fracaso de Dios; es el fracaso de las obras maestras. Lo que no impide que sean ilustres y venerados.”

La redención, lo que nos sitúa en el clasicismo estructural de un relato iconoclasta, debe llegar por la religión, no sin antes transitar por tugurios de perdición donde el protagonista se recreará con juegos de espejos y voyeurismo. El estímulo católico se inserta, como ya hemos mencionado, en el perfil autobiográfico del propio Cocteau, quien intentó seguir los preceptos místicos del padre Jacques Maritain. La aparición, y así acaece  también en El libro blanco, de un nuevo amor truncará esta apuesta. Jean Desbordes será el sustituto de Radiguet, llenará su hueco y servirá como modelo para H., quien sin embargo es mucho más diabólico desde su promiscuidad bisexual que abocará al narrador otra vez a los brazos de la institución más vetusta del Planeta. Le tienta el monasterio, insuficiente para subsanar su desasosiego en la estela de negativas, golpes bajos y el tormento que producen los efectos de intentar querer y no ser correspondido desde la plenitud anhelada. El final, de una modernidad admirable, habla por sí solo.

“Un vicio de la sociedad convierte en vicio mi rectitud. En Francia, ese vicio no vale el presidio debido a la tradición de los Hijos de Cambacérès y a la longevidad del Código Napoleón. Pero no acepto que sólo se me tolere. Eso hiere mi amor del amor y de la libertad.”